2 - Asalto en el khalian mire

Finales de verano, 3E1602
[Presente]

De nuevo se escuch√≥ el relincho de un corcel presa de p√°nico, quebrando el s√ļbito silencio, a pesar de que una espesa cortina formada por juncos de los pantanos imped√≠a a Elyn ver nada situado m√°s all√° de unos pocos metros a su alrededor. Adem√°s, obstaculizaban su visi√≥n las largas sombras proyectadas por el Sol poniente. Se encontraba a√ļn a una distancia indeterminada, pero considerable, del extremo m√°s lejano del Khalian Mire, y por consiguiente no pod√≠a perder tiempo en distracciones; porque aqu√©l era un lugar de reputaci√≥n siniestra, y le era preciso llegar m√°s all√° del l√≠mite oriental de las marismas antes de que muriera el d√≠a, so pena de verse retenida toda la noche en aquel entorno maligno. Y sin embargo, aquello parec√≠a un corcel en apuros, y ella era una vanadurin.
Empu√Īando el sable que hab√≠a desenvainado instintivamente al o√≠r los relinchos, Elyn avanz√≥ abri√©ndose paso por debajo de los largos filamentos grises de un falso musgo que colgaba de las ramas secas de un cercano cipr√©s muerto, inclinado sobre el suelo fangoso.
¬ó√Ānimo, Viento ¬ósusurr√≥ a su yegua, al tiempo que rozaba con sus talones los flancos grises, para estimularla a avanzar. Y en el pantano que la rodeaba, todos los gorjeos, los gorgoteos y la pisadas furtivas se detuvieron, como si sus at√≥nitos habitantes esperaran, conteniendo la respiraci√≥n, el descubrimiento del terror agazapado delante deella. √önicamente la incesante nube de mosquitos, moscas y t√°banos que zumbaban por encima de su cabeza y de sus hombros no parec√≠a sentirse afectada; su avidez de sangre empujaba de tanto en tanto a uno o dos de aquellos insectos fuera del enjambre y a trav√©s del olor acre de la hierba gila, hasta conseguir picarla a ella o al caballo. Elyn procuraba pasar por alto esos picotazos mientras, con los nervios en tensi√≥n, fijaba su atenci√≥n en lo que ten√≠a al frente.
Poco a poco la yegua gris siguió avanzando, y de nuevo resonó el relincho aterrorizado, al que respondió Viento con un suave bufido.
Los juncos empezaron a clarear, y de alg√ļn lugar lleg√≥ el chapoteo de un animal que pataleaba en el lodazal. Tambi√©n se oy√≥ una voz grave que mascullaba juramentos.
—¡Kruk! ¡Dók, praug, dök!
Gradualmente los ruidos se fueron debilitando, y Elyn se encontr√≥ en el borde de una peque√Īa charca, de unos diez metros de di√°metro. Cerca del centro de la misma se debat√≠a un poni presa de p√°nico; y detr√°s, hundido en el barro hasta el pecho, forcejeando y renegando ¬ólos ojos de Elyn se estrecharon con un s√ļbito resplandor de odio¬ó, se revolcaba ¬°un enano!
Mientras Viento se abr√≠a paso entre los juncos, el poni dej√≥ s√ļbitamente de agitarse. El enano levant√≥ la vista, y al tropezar con Elyn, sus ojos ¬óigual que los de ella antes¬ó se estrecharon ante presencia de aquella ¬°mujer! alta, agraciada, de ojos verdes y cabello cobrizo, vestida de cuero y tocada con un casco de acero.
El crep√ļsculo avanzaba con rapidez. Pasaron unos instantes largos, tensos, mientras ellos se cruzaban miradas de aborrecimiento ninguno de los dos romp√≠a el silencio.
¬ę¬ŅDebo, puedo, ayudar a uno de ellos?¬Ľ Elyn sent√≠a agitarse en su interior las emociones en un torbellino. Pero cuando su mano: dirigi√≥ a la cuerda atada a su silla de montar...
¬óNo se te ocurra ayudarme, mujer, porque antes prefiero hundirme en este cenagal hasta llegar al mism√≠simo Neddra, que ser ayudado por un jinete. ¬óEn su boca, las palabras ¬ęmujer¬Ľ y ¬ęjinete¬Ľ parec√≠an insultos, y en los ojos sombr√≠os del enano, fijos todav√≠a en los de ella, se percib√≠a una intensa hostilidad.
Elyn envain√≥ el sable y tir√≥ de las riendas de Viento para da media vuelta. ¬ę¬°Puah! He sido una loca al pensar siquiera en salvar a un enano.¬Ľ Pero en el momento en que la yegua reculaba, el poni empez√≥ a chapotear de nuevo, a gru√Īir y relinchar, con los ojos desorbitados por el terror. Elyn apret√≥ los dientes y oblig√≥ a dar de nuevo la vuelta a
Viento, desenrollando al mismo tiempo la soga.
¬óNo puedo dejar que un corcel muera por mi culpa, enano; soy una vanadurin.
Ahora era Elyn quien parec√≠a haber proferido un insulto al pronunciar la palabra ¬ęenano¬Ľ.
Después de formar un lazo en el extremo de la cuerda, Elyn la lanzó hacia la cabeza del caballito, pero falló porque el aterrorizado animal se movía continuamente a un lado y otro. Elyn recogió la cuerda y volvió a lanzarla, y en esta ocasión el lazo rodeó la cabeza del poni, que pataleaba, pero enseguida los tirones furiosos del animal lo libraron del lazo.
Entre resoplidos de disgusto, empujones y tirones a los arreos de su montura, el enano consiguió colocarse delante del animal.
—Aquí, mujer, echa la cuerda —ordenó con arrogancia.
Elyn lanzó de nuevo la soga, y el enano deslizó el lazo sobre la cabeza del poni, y lo colocó en torno a su cuello.
Elyn hizo pasar el extremo de la cuerda con una doble vuelta por el pomo de su silla de montar, y gritó:
¬ó¬°Vamos, Viento! ¬°Tira!
Y mientras Elyn sujetaba con todas sus fuerzas la cuerda atada al pomo y daba gritos a su yegua, y Viento reculaba y tironeaba, y el poni avanzaba tratando de asentar sus patas en suelo firme, el enano cruzó también la zona de arenas movedizas, agarrado a la cola y empujando a su montura hasta que, finalmente, el animal se encontró a salvo.
Y con él, también el enano.
Elyn no pod√≠a ver el aspecto de su detestado enemigo, porque estaba cubierto de barro, empapado y rodeado por una nube de insectos que se precipitaban sobre √©l; adem√°s, ol√≠a al gas de los pantanos; el olor f√©tido a huevos podridos que emanaba de √©l y de su poni asalt√≥ su nariz, y aquel hedor le imped√≠a fijar en √©l su atenci√≥n. Sin embargo, como todos los enanos, ten√≠a entre metro veinte y metro y medio de estatura ¬ómetro cuarenta o cuarenta y cinco, juzg√≥ ella¬ó, con hombros proporcionalmente mucho m√°s anchos que los de un hombre. Aparte de aquello, nada pod√≠a decir, porque la luz del crep√ļsculo hab√≠a dejado paso a una penumbra cada vez m√°s cerrada, y √©l no era otra cosa que una vaga silueta recortada contra la oscuridad.
Elyn se arrellan√≥ en la silla y mir√≥ hacia abajo, llena de desprecio, a aquel odiado enano, al tiempo que acariciaba con la mano el pu√Īo de su espada; y √©l miraba con fijeza a la detestada jinete, empu√Īando una maza y un hacha de doble filo. Ninguno de los dos dec√≠a una palabra.
No puede decirse lo que podía haber ocurrido después, porque en aquel mismo momento, con un estremecimiento de terror, el poni reculó de un salto, y habría escapado a todo correr de no estar sujeto por la cuerda.
¡Ssss! ¡Ssssh! Venidas al parecer de ninguna parte, unas flechas de astas negras pasaron zumbando a su alrededor, invocando al Muerte con el silbido de su vuelo. De todos lados surgieron aullido salvajes, mezclados con el estrépito de los juncos rotos.
¬ó¬ŅQu√©...? ¬ógrit√≥ Elyn, incapaz de ver aquellos mort√≠feros proyectiles que cruzaban silbando la oscuridad, pero reconociendo por el sonido lo que eran.
—¡Squam! —gritó al mismo tiempo el enano, que saltó a la silla del poni y liberó el cuello del animal de la soga que lo rodeaba ¡Rápido!
Los dos se lanzaron velozmente adelante, con Elyn al frente blandiendo su sable. Ante ella se alzaron unas sombras oscura ¬ę¬°Enemigos! ¬°Armados y atacando!¬Ľ.
¡Shkkk! ¡Shkkk! Elyn blandió el sable, y un líquido negruzco salpicó al brotar con fuerza de unos enemigos que vacilaban y caía ante aquella hoja afilada, muertos antes de tocar el suelo.
Viento cruzó el cerco de hierro, y muy pronto corría libre entre los matorrales. Detrás, Elyn podía oír el antiguo grito de guerra de los enanos:
¬ó¬°Ch√Ękka shok! ¬°Ch√Ękka cor!
Y también escuchó el ¡chunk! de la maza del enano al machacar huesos de los enemigos, mientras el poni conseguía asimismo librarse de la emboscada.
Y en la distancia, el viento traía también los aullidos de los pe seguidores.
¬°Ssssh!, silbaban los juncos, cimbre√°ndose como la flexible hoja de acero de una espada ante los flancos de Viento y las piernas de Elyn, y parec√≠a que tambi√©n ellos intentaban dar tajos a aquellos ¬ęintrusos¬Ľ, herir de alguna forma a jinete y montura en fuga ¬°del t√©trico cenagal.
Mientras cruzaba al galope los espesos matorrales, entre maldiciones, Elyn solt√≥ la soga que arrastraba sujeta a√ļn al pomo de su silla de montar, temiendo que se enganchara en alguna rama e hicieron caer juntos a caballo y jinete.
Elyn no podía ver nada salvo sombras negras que se precipitaba sobre ella en la oscuridad, vagas formas de ébano que iba dejando atrás en su carrera.
¬ęNo puedo seguir a esta velocidad de locura.¬Ľ
¡Y de repente, Viento se encontró chapoteando con el agua a la altura del vientre!
¡Zas! Tirando con fuerza de las riendas de Viento, Elyn forzó a la yegua a retroceder hacia la orilla. En ese momento pasaba el poni al galope, y el enano tiró del ronzal con fuerza atrás y a la izquierda, obligándolo a detenerse.
¬ó¬°Kruk, mujer!. ¬ógru√Ī√≥ la voz del enano entre las sombras de √©bano-, ¬°nos est√°n persiguiendo de cerca! ¬°Cabalgas como si estuvieras ciega!
Elyn clavó los talones en los flancos de Viento y gritó en respuesta:
¬ó¬°Est√ļpido enano...!
Unos aullidos guturales rasgaron la oscuridad. De nuevo, las flechas negras silbaron a su alrededor, cuando ya Viento había conseguido volver a la orilla.
¬óS√≠gueme, jinete; los ojos de los ch√Ękka ven mejor que los tuyos.
El enano espoleó al poni y se lanzó de frente contra una sombra oscura que había salido de entre los juncos que bordeaban el camino. ¡Chunk! La maza de combate quebró el tulwar que se le oponía, y aplastó el casco y el cráneo del enemigo.
Elyn espoleó su yegua tras el caballito lanzado al galope, mientras una flecha invisible en la oscuridad chocaba contra su yelmo.
El poni aceler√≥ la marcha, corriendo en zigzag por el f√©tido pantano, siempre en direcci√≥n al este, tratando de llegar a la linde del gran Khalian Mire para poder escapar. Elyn no pod√≠a saber con exactitud cu√°ntos obst√°culos elud√≠a el enano, ya se tratara de precipicios, lodazales, lagunas, arenas movedizas, ci√©nagas o cualquier otra cosa, y tampoco sab√≠a por qu√© raz√≥n lo segu√≠a, dadas las circunstancias en que se hab√≠an conocido ambos, pero el caso es que lo sigui√≥. S√≥lo en muy pocas ocasiones, a lo largo de aquella carrera en la oscuridad, pudo Elyn atisbar fugazmente al enano y a su peque√Īo caballo en alguno de los frecuentes cambios de direcci√≥n que emprend√≠an, abri√©ndose paso por entre el espeso follaje de √©bano que los azotaba al pasar. Pero era Viento, y no Elyn, la que segu√≠a; y eso es todo lo que pod√≠a hacer la yegua, dada la menor corpulencia y superior agilidad del poni.
Lejos a la derecha, Elyn podía oír los aullidos de los enemigos y el estruendo de la persecución entre la maleza. Los perseguidores conocían los caminos de aquella ciénaga traicionera, y habían tomado un atajo esperando cortar el paso de sus presas.
De nuevo el poni torci√≥ a la izquierda, y luego a la derecha; y Viento lo sigui√≥. Al este, delante de ellos, Elyn pudo ver la Luna que se alzaba sobre los √°rboles, de modo que sus rayos plateados despertaban reflejos en el agua del Mire. Sus ojos agradecieron la aparici√≥n de aquel c√≠rculo de plata, porque ahora pod√≠a reconocer lo que eran en realidad las sombras que se cruzaban a su paso: mont√≠culos, √°rboles de cuyas ramas colgaba musgo, macizos de juna altos floridos, y n√ļcleos impenetrables de matojos en un mar inacabable de maleza. Tambi√©n empez√≥ a ver los obst√°culos que evitaban el enano y el poni, a medida que la luz creciente espejeaban las superficies l√≠quidas que se extend√≠an a derecha e izquierda; aunque en algunos lugares no era el reflejo de las aguas lo que brilla sino los espectrales resplandores de los fuegos fatuos, que algunos llaman luces fantasmas.
¬ó¬°Brik! ¬°√Ďik! Blap...
Los habitantes de la ciénaga callaban cuando el poni y la yegua pasaban chapoteando a su lado, y transcurría mucho tiempo de que recomenzaran sus cantos nocturnos.
De nuevo se escucharon m√°s cercanos los aullidos de los seguidores, y ahora Elyn pudo o√≠r el chapoteo producido por muchos pies que corr√≠an sobre el fango, a su derecha, aproxim√°ndose cada vez m√°s con la intenci√≥n de cortarles el paso, seg√ļn supuso Pero el enano y el poni segu√≠an corriendo en l√≠nea recta, sin girar porque a ambos lados se ve√≠a el reflejo del agua, y Elyn s√≥lo pod√≠a esperar lograr rebasar el punto de intercepci√≥n antes de que los engendros llegaran a √©l.
Pero no hab√≠a de ocurrir as√≠, porque unas sombras negras se destacaron del fondo oscuro, tanto delante como detr√°s del camino segu√≠an, dando gritos y aullidos guturales, y agitando porras y cuchillos. Y a la luz de la Luna, Elyn pudo ver por primera vez a sus enemigos: ¬ę¬°Rutcha! ¬°Rutcha armados con cimitarras, tulwar, porras y bastones!¬Ľ.
Los engendros tenían aproximadamente metro veinte de estatura, piel atezada, ojos amarillos, piernas vendadas, brazos arqueados, orejas largas y puntiagudas, y unas sonrisas ávidas mostraban unos colmillos aguzados, muy separados; y habían irrumpido en medio del camino que seguían sus presas.
El enano espoleó a su poni y Elyn a su yegua, porque no les quedaba más alternativa que intentar abrirse paso por la fuerza.
Cuando Elyn se precipitó sobre el primer grupo, una porra rutch le golpeó la pierna, y ella dejó de sentir la presencia de su pie derecho. También sufrió una herida de tulwar en el brazo izquierdo, y sintió cómo la sangre caliente se mezclaba con el sudor bajo el cuero de su vestido.
¬°Shhhk! A la p√°lida luz de la Luna el sable de Elyn cort√≥ con mort√≠fera precisi√≥n, de un tajo, el brazo del rutch que se hab√≠a agarrado a su estribo, y √©ste cay√≥ hacia atr√°s con un aullido, sujet√°ndose el mu√Ī√≥n sangrante. Otros dos seres se cruzaron en su camino, espole√≥ a Viento, pas√≥ de un salto por encima de ellos, y una vez m√°s consigui√≥ salir de aquel c√≠rculo de hierro. Delante corr√≠an el poni y el no cuya maza estaba manchada de sangre negra.
Tres veces más, en el curso de aquella noche llena de peligros, los rutcha les cortaron el paso, porque para interceptarlos el Falso Pueblo tomaba atajos desconocidos para la pareja, en tanto que Filos seguían las revueltas de un camino tortuoso y lleno de barro, que rodeaba cientos de charcas y otros obstáculos. Y en cada ocasión la pareja consiguió atravesar el cerco entre gritos de batalla, golpes y estocadas con maza y sable, aprovechando el ímpetu de la yegua y del poni para dispersar a los rutcha. No salieron indemnes de la aventura, porque a pesar de su torpeza los rutcha eran muy capaces de golpear con fuerza, y los dos sufrieron un durísimo asalto en el encuentro final.
Pero finalmente, molidos y ensangrentados, salieron libres de la trampa del gran Khalian Mire y llegaron a su linde oriental. Allí el caballito y la yegua pudieron ya correr sin obstáculos por las llanuras de Aralon, camino de su Destino.