22 - La huida

Edward asintió con la cabeza y él se marchó precipitadamente poco después.
Gianna observó la capa prestada de Edward con gesto astuto y especulativo. El cambio no pareció sorprenderle nada.
¬ó¬ŅOs encontr√°is bien las dos? ¬ópregunt√≥ Edward entre dientes lo bastante bajo para que no pudiera captarlo la recepcionista. Su voz sonaba ruda, si es que el terciopelo puede serlo, a causa de la ansiedad. Supuse que segu√≠a tenso por la situaci√≥n.
—Será mejor que la sientes antes de que se desplome —aconsejó Alice—. Va a caerse a pedazos.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que temblaba de la cabeza a los pies, temblaba tanto que todo mi cuerpo vibraba hasta que al fin me casta√Īetearon los dientes, la habitaci√≥n empez√≥ a dar vueltas a mi alrededor y se me nubl√≥ la vista. Durante un momento de delirio, me pregunt√© si era as√≠ como Jacob se sent√≠a justo antes de transformarse en hombre lobo.
Escuch√© un sonido discordante, como si estuvieran aserrando algo, un contrapunto extra√Īo a la m√ļsica de fondo que, por contraste, parec√≠a risue√Īa. El temblor me distra√≠a lo justo para impedirme determinar la procedencia.
—Silencio, Bella, calma —me pidió Edward conforme me guiaba hacia el sofá más alejado de la curiosa humana del mostrador.
—Creo que se está poniendo histérica. Quizá deberías darle una bofetada —sugirió Alice.
Edward le lanzó una mirada desesperada.
Entonces lo comprendí. Oh. El ruido era yo. El sonido similar al corte de una sierra eran los sollozos que salían de mi pecho. Eso era lo que me hacía temblar.
—Todo va bien, estás a salvo, todo va bien —entonaba él una y otra vez. Me sentó en su regazo y me arropó con la gruesa capa de lana para protegerme de su piel fría.
Sab√≠a que ese tipo de reacci√≥n era una estupidez por mi parte. ¬ŅQui√©n sab√≠a cu√°nto tiempo me quedaba para poder mirar su rostro? Nos hab√≠amos salvado y √©l pod√≠a dejarme en cuanto estuvi√©ramos en libertad. Era un desperdicio, una locura, tener los ojos tan llenos de l√°grimas que no pudiera verle las facciones con claridad.
Pero era detrás de mis ojos donde se encontraba la imagen que las lágrimas no podían limpiar, donde veía el rostro aterrorizado de la mujer menuda del rosario.
—Toda esa gente... —hipé.
—Lo sé —susurró él.
¬óEs horrible.
—Sí, lo es. Habría deseado que no hubieras tenido que ser testigo de esto.
Apoyé la cabeza sobre su pecho frío y me sequé los ojos con la gruesa capa. Respiré hondo varias veces mientras intentaba calmarme.
¬ó¬ŅNecesitan algo? ¬ópregunt√≥ una voz en tono educado. Era Gianna, que se inclinaba sobre el hombro de Edward con una mirada que intentaba mostrar empat√≠a, una mirada profesional y cercana a la vez. Al parecer, no le preocupaba tener el rostro a cent√≠metros de un vampiro hostil. O bien se encontraba en una total ignorancia o era muy buena en lo suyo.
—No —contestó Edward con frialdad.
Ella asintió, me sonrió y después desapareció.
Esperé a que se hubiera alejado lo bastante como para que no pudiera escucharme.
¬ó¬ŅSabe ella lo que sucede aqu√≠? ¬óinquir√≠ con voz baja y ronca. Empezaba a tranquilizarme y mi respiraci√≥n se fue normalizando.
—Sí, lo sabe todo —contestó Edward.
¬ó¬ŅSabe tambi√©n que alg√ļn d√≠a pueden matarla?
—Es consciente de que existe esa posibilidad —aquello me sorprendió. El rostro de Edward era inescrutable—. Alberga la esperanza de que decidan quedársela.
Sentí que la sangre huía de mi rostro.
¬ó¬ŅQuiere convertirse en una de ellos?
√Čl asinti√≥ una vez y clav√≥ los ojos en mi cara a la espera de mi reacci√≥n.
Me estremecí.
¬ó¬ŅC√≥mo puede querer eso?¬ósusurr√© m√°s para m√≠ misma que buscando realmente una respuesta¬ó. ¬ŅC√≥mo puede ver a esa gente desfilar al interior de esa habitaci√≥n espantosa y querer formar parte de eso?
Edward no contestó, pero su rostro se crispó en respuesta a algo que yo había dicho.
De pronto, mientras examinaba su rostro tan hermoso e intentaba comprender el porqué de aquella crispación, me di cuenta de que, aunque fuera fugazmente, estaba de verdad en brazos de Edward y que no nos iban a matar, al menos por el momento.
—Ay, Edward —se me empezaron a saltar las lágrimas y al poco también comencé a gimotear.
Era una reacci√≥n est√ļpida. Las l√°grimas eran demasiado gruesas para permitirme volver a verle la cara y eso era imperdonable. Con seguridad, s√≥lo ten√≠a de plazo hasta el crep√ļsculo; de nuevo como en un cuento de hadas, con l√≠mites despu√©s de los cuales acababa la magia.
¬ó¬ŅQu√© es lo que va mal? ¬óme pregunt√≥ todav√≠a lleno de ansiedad mientras me daba amables golpecitos en la espalda.
Enlac√© mis brazos alrededor de su cuello. ¬ŅQu√© era lo peor que √©l pod√≠a hacer? S√≥lo apartarme, as√≠ que me apretuj√© a√ļn m√°s cerca.
¬ó¬ŅNo es de locos sentirse feliz justo en este momento? ¬óle pregunt√©. La voz se me quebr√≥ dos veces.
√Čl no me apart√≥. Me apret√≥ fuerte contra su pecho, tan duro como el hielo, tan fuerte que me costaba respirar, incluso ahora, con mis pulmones intactos.
—Sé exactamente a qué te refieres —murmuró—, pero nos sobran razones para ser felices. La primera es que seguimos vivos.
¬óS√≠ ¬óconvine¬ó. √Čsa es una excelente raz√≥n.
—Y juntos —musitó. Su aliento era tan dulce que hizo que la cabeza me diera vueltas.
Me limité a asentir, convencida de que él no concedía a esa afirmación la misma importancia que yo.
¬óY, con un poco de suerte, todav√≠a estaremos vivos ma√Īana.
—Eso espero—dije con preocupación.
¬óLas perspectivas son buenas ¬óme asegur√≥ Alice. Estaba tan quieta que casi hab√≠amos olvidado su presencia¬ó. Ver√© a Jasper en menos de veinticuatro horas ¬óa√Īadi√≥ con satisfacci√≥n.
Alice era afortunada. Ella podía confiar en su futuro.
Yo no era capaz de apartar la mirada de Edward mucho rato. Le observé fijamente, deseando más que nunca ese futuro que nunca ocurriría, que aquel momento durara para siempre o si no, que yo dejara de existir cuando acabara.
Edward me devolvió la mirada, con sus suaves ojos oscuros y resultó fácil pretender que él sentía lo mismo. Y así lo hice. Me lo imaginé para que el momento tuviera un sabor más dulce.
Recorrió mis ojeras con la punta de los dedos.
¬óPareces muy cansada.
¬óY t√ļ sediento ¬óle repliqu√© en un susurro mientras estudiaba las marcas moradas debajo de sus pupilas negras.
√Čl se encogi√≥ de hombros.
¬óNo es nada.
¬ó¬ŅEst√°s seguro? Puedo sentarme con Alice ¬óle ofrec√≠, aunque a rega√Īadientes; preferir√≠a que me matara en ese instante antes que moverme un cent√≠metro de donde estaba.
—No seas ridícula —suspiró; su aliento dulce me acarició la cara—. Nunca he controlado más esa parte de mi naturaleza que en este momento.
Tenía miles de preguntas para él. Una de ellas pugnaba por salir ahora de mis labios, pero me mordí la lengua. No quería echar a perder el momento, aunque fuera imperfecto, así, en una habitación que me ponía enferma, bajo la mirada de una mujer que deseaba convertirse en un monstruo.
En sus brazos, era más que fácil fantasear con la idea de que él me amaba. No quería pensar sobre sus motivaciones en ese momento, máxime si estaba actuando de ese modo para mantenerme tranquila mientras continuara el peligro, o bien porque se sentía culpable de que yo estuviera allí y no deseaba sentirse responsable de mi muerte. Quizás el tiempo que habíamos pasado separados había bastado para que no le aburriera todavía, pero nada de esto importaba. Me sentía mucho más feliz fantaseando.
Permanec√≠ quieta en sus brazos, memorizando su rostro otra vez, enga√Ī√°ndome...
Me miraba como si √©l estuviera haciendo lo mismo aunque entretanto discut√≠a con Alice sobre la mejor forma de volver a casa. Intercambiaban r√°pidos cuchicheos, y comprend√≠ que actuaban as√≠ para que Gianna no pudiera entenderlos. Incluso yo, que estaba a su lado, me perd√≠ la mitad de la conversaci√≥n. Me dio la impresi√≥n de que el asunto iba a requerir alg√ļn robo m√°s. Me pregunt√© con cierto desapego si el propietario del Porsche amarillo habr√≠a recuperado ya su coche.
¬ó¬ŅY qu√© era toda esa ch√°chara sobre cantantes? ¬ópregunt√≥ Alice en un momento determinado.
¬óLa tua cantante¬óse√Īal√≥ Edward. Su voz convirti√≥ las palabras en m√ļsica.
—Sí, eso —afirmó Alice y yo me concentré por un momento. Ya puestos, también me preguntaba lo mismo.
Sentí cómo Edward se encogía de hombros.
¬óEllos tienen un nombre para alguien que huele del modo que Bella huele para m√≠. La llaman ¬ęmi cantante¬Ľ, porque su sangre canta para m√≠.
Alice se echó a reír.
Estaba lo suficientemente agotada como para dormirme, pero luch√© contra el cansancio. No quer√≠a perderme ni un segundo del tiempo que pudiera pasar en su compa√Ī√≠a. De vez en cuando, mientras hablaba con Alice, se inclinaba repentinamente y me besaba. Sus labios ¬ósuaves como el vidrio pulido¬ó me rozaban el pelo, la frente, la punta de la nariz. Cada beso era como si aplicara una descarga el√©ctrica a mi coraz√≥n, aletargado durante tanto tiempo. El sonido de sus latidos parec√≠a llenar por completo la habitaci√≥n.
Era el paraíso, aunque estuviéramos en el mismo centro del infierno.
Perd√≠ la noci√≥n del tiempo por completo, por lo que me entr√≥ el p√°nico cuando los brazos de Edward se tensaron en torno a m√≠ y √©l y Alice miraron al fondo de la habitaci√≥n con gesto de preocupaci√≥n. Me encog√≠ contra el pecho de Edward al ver a Alec traspasar las puertas de doble hoja. Ahora, sus ojos eran de un vivido color rub√≠; a pesar del ¬ęalmuerzo¬Ľ, no se le ve√≠a ni una mancha en la ropa.
Eran buenas noticias.
¬óAhora, sois libres para marcharos ¬óanunci√≥ con un tono tan c√°lido que cualquiera hubiera pensado que √©ramos amigos de toda la vida¬ó. Lo √ļnico que os pedimos es que no permanezc√°is en la ciudad.
Edward no hizo amago de protestar; su voz era fría como el hielo.
¬óEso no es problema.
Alec sonrió, asintió y desapareció de nuevo.
¬óAl doblar la esquina, sigan el pasillo a la derecha hasta llegar a los primeros ascensores ¬ónos indic√≥ Gianna mientras Edward me ayudaba a ponerme en pie¬ó. El vest√≠bulo y las salidas a la calle est√°n dos pisos m√°s abajo. Adi√≥s, entonces ¬óa√Īadi√≥ con amabilidad. Me pregunt√© si su competencia bastar√≠a para salvarla.
Alice le lanzó una mirada sombría.
Me sentí aliviada al pensar que había otra salida al exterior; no estaba segura de poder soportar otro paseo por el subterráneo.
Salimos por un lujoso vest√≠bulo decorado con gran gusto. Fui la √ļnica que volvi√≥ la vista atr√°s para contemplar el castillo medieval que albergaba la elaborada tapadera. Sent√≠ un gran alivio al no divisar la torrecilla desde all√≠.
Los festejos continuaban con todo su esplendor. Las farolas empezaban a encenderse mientras recorríamos a toda prisa las estrechas callejuelas adoquinadas. En lo alto, el cielo era de un gris mate que se iba desvaneciendo, pero la oscuridad era mayor en las calles dada la cercanía de los edificios entre sí.
Tambi√©n la fiesta se volv√≠a m√°s oscura. La capa larga que arrastraba Edward no llamaba ahora la atenci√≥n del modo que lo habr√≠a hecho en una tarde normal en Volterra. Hab√≠a otros que tambi√©n llevaban capas de sat√©n negro, y los colmillos de pl√°stico que yo hab√≠a visto llevar a los ni√Īos en la plaza parec√≠an haberse vuelto muy populares entre los adultos.
—Ridículo —masculló Edward en una ocasión.
No me di cuenta del momento en que Alice desapareció de mi lado. Miré alrededor para hacerle una pregunta, pero ya se había ido.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Alice? ¬ósusurr√© llena de p√°nico.
¬óHa ido a recuperar vuestros bolsos de donde los escondi√≥ esta ma√Īana.
Se me había olvidado que podría usar mi cepillo de dientes. Esto mejoró mi ánimo de forma considerable.
¬óEst√° robando otro coche, ¬Ņno? ¬óadivin√©.
Me dedicó una gran sonrisa.
¬óNo hasta que salgamos de Volterra.
Parecía que quedaba un camino muy largo hasta la entrada. Edward se dio cuenta de que me hallaba al límite de mis fuerzas; me pasó el brazo por la cintura y soportó la mayor parte de mi peso mientras andábamos.
Me estremecí cuando me guió a través de un arco de piedra oscura. Encima de nosotros había un enorme rastrillo antiguo. Parecía la puerta de una jaula a punto de caer delante de nosotros y dejarnos atrapados.
Me llevó hasta un coche oscuro que esperaba en un charco de sombras a la derecha de la puerta, con el motor en marcha. Para mi sorpresa, se deslizó en el asiento trasero conmigo y no insistió en conducir él.
Alice habló en son de disculpa.
—Lo siento —hizo un gesto vago hacia el salpicadero—. No había mucho donde escoger.
—Está muy bien, Alice —sonrió ampliamente—. No todo van a ser Turbos 911.
Ella suspiró.
—Voy a tener que comprarme uno de ésos legalmente. Era fabuloso.
—Te regalaré uno para Navidades —le prometió Edward.
Alice se dio la vuelta para dedicarle una sonrisa resplandeciente, lo que me preocupó, ya que había empezado a acelerar por la ladera oscura y llena de curvas.
¬óAmarillo ¬óle dijo ella.
Edward me mantuvo abrazada con fuerza. Me sentía calentita y cómoda dentro de la capa gris. Más que cómoda.
—Ahora puedes dormirte, Bella —murmuró—, ya ha terminado todo.
Sabía que se estaba refiriendo al peligro, a la pesadilla en la vieja ciudad, pero yo tuve que tragar saliva con fuerza antes de poderle contestar.
¬óNo quiero dormir. No estoy cansada.
Sólo la segunda parte era mentira. No estaba dispuesta a cerrar los ojos. El coche apenas estaba iluminado por los instrumentos de control del salpicadero, pero bastaba para que le viera el rostro.
Presionó los labios contra el hueco que había debajo de mi oreja.
—Inténtalo —me animó.
Yo sacudí la cabeza.
Suspiró.
¬óSigues igual de cabezota.
Lo era. Luché para evitar que se cerraran mis pesados párpados y gané.
La carretera oscura fue el peor tramo; luego, las luces brillantes del aeropuerto de Florencia me ayudaron a seguir despierta, y también el hecho de poder cepillarme los dientes y ponerme ropa limpia; Alice le compró ropa nueva a Edward y dejó la capa oscura en un montón de basura en un callejón. El vuelo a Roma era tan corto que no hubo oportunidad de que me venciera la fatiga. Me hice a la idea de que el de Roma a Atlanta sería harina de otro costal de todas todas, por eso le pregunté a la azafata de vuelo si podía traerme una Coca-Cola.
—Bella... —me reconvino Edward, sabedor de mi poca tolerancia a la cafeína.
Alice viajaba en el asiento de atrás. Podía oírle murmurar algo a Jasper por el móvil.
—No quiero dormir —le recordé. Le di una excusa que resultaba creíble porque era cierta—. Veré cosas que no quiero ver si cierro ahora los ojos. Tendré pesadillas.
No discutió conmigo después de eso.
Podría haber sido un magnífico momento para charlar y obtener las respuestas que necesitaba. Las necesitaba, pero, en realidad, prefería no escucharlas. Me desesperaba simplemente el pensar lo que podría oír. Teníamos cierto tiempo por delante y él no podía escapar de mí en un avión, bueno, al menos, no con facilidad. Nadie podía escucharnos excepto Alice; era tarde y la mayoría de los pasajeros estaba apagando las luces y pidiendo almohadas en voz baja. Charlar podría haberme ayudado a luchar contra el agotamiento.
Pero, de forma perversa, me mord√≠ la lengua para evitar el flujo de preguntas que me inundaban. Probablemente, me fallaba el razonamiento debido al cansancio extremo, pero esperaba comprar algunas horas m√°s de su compa√Ī√≠a y ganar otra noche m√°s, al estilo de Sherezade, si pospon√≠a la discusi√≥n.
As√≠ que consegu√≠ mantenerme despierta a base de beber Coca-Cola y resistir incluso la necesidad de parpadear. Edward parec√≠a estar perfectamente feliz teni√©ndome en sus brazos, con sus dedos recorri√©ndome el rostro una y otra vez. Yo tambi√©n le toqu√© la cara. No pod√≠a parar, aunque tem√≠a que luego, cuando volviera a estar sola, eso me har√≠a sufrir m√°s. Continu√≥ bes√°ndome el pelo, la frente, las mu√Īecas... pero nunca los labios y eso estuvo bien. Despu√©s de todo, ¬Ņde cu√°ntas maneras se puede destrozar un coraz√≥n y esperar de √©l que contin√ļe latiendo? En los √ļltimos d√≠as hab√≠a sobrevivido a un mont√≥n de cosas que deber√≠an haber acabado conmigo, pero eso no me hac√≠a sentirme m√°s fuerte. Al contrario, me notaba tremendamente fr√°gil, como si una sola palabra pudiera hacerme pedazos.
Edward no habló. Quizás albergaba la esperanza de que me durmiera. O quizá no tenía nada que decir.
Salí triunfante en la lucha contra mis párpados pesados. Estaba despierta cuando llegamos al aeropuerto de Atlanta e incluso vimos el sol comenzando a alzarse sobre la cubierta nubosa de Seattle antes de que Edward cerrara el estor de la ventanilla. Me sentí orgullosa de mí misma. No me había perdido ni un solo minuto.
Alice y Edward no se sorprendieron por la recepci√≥n que nos esperaba en el aeropuerto Sea-Tac, pero a m√≠ me pill√≥ con la guardia baja. Jasper fue el primero que divis√©, aunque √©l no pareci√≥ verme a m√≠ en absoluto. S√≥lo ten√≠a ojos para Alice. Se acerc√≥ r√°pidamente a ella, aunque no se abrazaron como otras parejas que se hab√≠an encontrado all√≠. Se limitaron a mirarse a los ojos el uno al otro, y a pesar de todo, de alg√ļn modo, el momento fue tan √≠ntimo que me hizo sentir la necesidad de mirar hacia otro lado.
Carlisle y Esme esperaban en una esquina tranquila lejos de la l√≠nea de los detectores de metales, a la sombra de un gran pilar. Esme se me acerc√≥, abraz√°ndome con fuerza y cierta dificultad, porque Edward a√ļn manten√≠a sus brazos en torno a m√≠.
—¡Cuánto te lo agradezco...! —me susurró al oído.
Después, se arrojó en brazos de Edward y parecía como si estuviera llorando a pesar de que no era posible.
¬óNunca me hagas pasar por esto otra vez ¬ócasi le gru√Ī√≥.
Edward le dedicó una enorme sonrisa, arrepentido.
¬óLo siento, mam√°.
¬óGracias, Bella ¬óme dijo Carlisle¬ó. Estamos en deuda contigo.
—Para nada —murmuré. La noche en vela empezaba a pasarme factura. Sentía la cabeza desconectada del cuerpo.
—Está más muerta que viva —reprendió Esme a Edward—. Llévala a casa.
No sabía si era a casa adonde quería irme ahora; llegados a este punto, me tambaleé, medio ciega a través del aeropuerto, mientras Edward me sujetaba de un brazo y Esme por el otro.
No estaba segura de si Alice y Jasper nos seguían o no, y me sentía demasiado exhausta para mirar.
Creo que, aunque continuara andando, en realidad estaba dormida cuando llegamos al coche. La sorpresa de ver a Emmett y Rosalie apoyados contra el gran Sedán negro, bajo las luces tenues del aparcamiento, me recordó algo. Edward se envaró.
—No lo hagas —susurró Esme—. Ella lo ha pasado fatal.
—Qué menos —dijo Edward, sin hacer intento alguno de bajar la voz.
¬óNo ha sido culpa suya ¬óintervine yo, con la voz pastosa por el agotamiento.
—Déjala que se disculpe —suplicó Esme—. Nosotros iremos con Jasper y Alice.
Edward fulminó con la mirada a aquella vampira rubia, absurdamente hermosa, que nos esperaba.
—Por favor, Edward —le dije. No me apetecía viajar con Rosalie más que a él, pero yo había causado suficiente discordia ya en su familia.
√Čl suspir√≥ y me empuj√≥ hacia el coche.
Emmett y Rosalie se deslizaron en los asientos delanteros sin decir una palabra, mientras Edward me acomodaba otra vez en la parte trasera. Sabía que no iba a conseguir mantener abiertos los párpados mucho más tiempo, así que dejé caer la cabeza contra su pecho, derrotada, y permití que se cerraran. Sentí que el coche revivía con un ronroneo.
—Edward —comenzó Rosalie.
—Ya sé —el tono brusco de Edward no era nada generoso.
¬ó¬ŅBella? ¬óme pregunt√≥ con suavidad.
Mis párpados revolotearon abiertos de golpe. Era la primera vez que ella se dirigía a mí directamente.
¬ó¬ŅS√≠, Rosalie?¬óle pregunt√©, vacilante.
—Lo siento muchísimo, Bella. Me he sentido fatal con todo esto y te agradezco un montón que hayas tenido el valor de ir y salvar a mi hermano después de todo lo que hice. Por favor, dime que me perdonas.
Las palabras eran torpes, y sonaban forzadas por la verg√ľenza, pero parec√≠an sinceras.
—Por supuesto, Rosalie —mascullé, aferrándome a cualquier oportunidad que la hiciera odiarme un poco menos—. No ha sido culpa tuya en absoluto. Fui yo la que saltó del maldito acantilado. Claro que te perdono.
El discurso me salió de una sensiblería bastante empalagosa.
—No vale hasta que recupere la conciencia, Rose —se burló Edward.
—Estoy consciente —repliqué; sólo que sonó como un suspiro incomprensible.
—Déjala dormir —insistió Edward, pero ahora su voz se volvió un poco más cálida.
Todo quedó en silencio, a excepción del suave ronroneo del motor. Debí de quedarme dormida, porque me pareció que sólo habían pasado unos segundos cuando la puerta se abrió y Edward me sacó del coche. No podía abrir los ojos. Al principio, pensé que todavía estábamos en el aeropuerto.
Y entonces escuché a Charlie.
—¡Bella! —gritó a lo lejos.
—Charlie —murmuré, intentando sacudirme el sopor.
—Silencio —susurró Edward—. Todo va bien; estás en casa y a salvo. Duérmete ya.
—No me puedo creer que tengas la cara dura de aparecer por aquí —bramó Charlie, dirigiéndose a Edward. Su voz sonaba ahora más cercana.
¬óD√©jalo, pap√° ¬ógru√Ī√≠, pero √©l no me escuch√≥.
¬ó¬ŅQu√© le ha pasado? ¬óinquiri√≥ Charlie.
—Sólo está extenuada, Charlie —le tranquilizó Edward con serenidad—. Por favor, déjala descansar.
—¡No me digas lo que tengo que hacer! —gritó Charlie—. ¡Dámela! ¡Y quítale las manos de encima!
Edward intentó trasladarme a los brazos de Charlie, pero yo me aferré a él usando mis tenaces dedos. Sentí cómo mi padre tiraba de mi brazo.
¬óD√©jalo ya, pap√° ¬óconsegu√≠ decir en voz m√°s alta. Me las apa√Ī√© para mantener los p√°rpados abiertos y mirar a Charlie con los ojos lega√Īosos¬ó. Enf√°date conmigo.
Estábamos en la puerta principal de mi casa, que permanecía abierta. La capa de nubes era demasiado espesa para determinar la hora.
—Puedes apostar a que sí —prometió Charlie—. Entra.
—Vale. Bájame —suspiré.
Edward me puso de pie. Sabía que estaba derecha, pero no sentía las piernas. Caminé con dificultad, hasta que la acera giró de pronto hacia mi rostro. Los brazos de Edward me atraparon antes de que me diera un buen trompazo contra el asfalto.
—Déjame sólo que la lleve a su cuarto —pidió Edward—. Después me marcharé.
¬óNo ¬ógrit√©, llena de p√°nico. Todav√≠a no hab√≠a conseguido mis respuestas. Deb√≠a quedarse al menos hasta ese momento, ¬Ņno?
—No estaré lejos —me prometió Edward, susurrándome tan bajo al oído que no había ni una posibilidad de que Charlie pudiera haberlo oído.
No escuch√© la respuesta de Charlie, pero Edward entr√≥ en la casa. Mis ojos s√≥lo aguantaron abiertos hasta las escaleras. La √ļltima cosa que sent√≠ fueron las manos fr√≠as de Edward mientras me soltaba los dedos, aferrados a su camisa.