21 - El veradicto

Jane nos esperaba en el ascensor con gesto de indiferencia e impedía con una mano que se cerrasen las puertas.
Los tres vampiros de la familia de los Vulturis se relajaron m√°s cuando estuvimos dentro del ascensor. Echaron hacia atr√°s las capas y dejaron que las capuchas cayeran. Felix y Demetri eran de tez ligeramente oliv√°cea, lo que, combinado con su palidez terrosa, les confer√≠a una extra√Īa apariencia. Felix ten√≠a el pelo muy corto, mientras que a Demetri le ca√≠a en cascada sobre los hombros. El iris de ambos era de un color carmes√≠ intenso que se iba oscureciendo de forma progresiva hasta acercarse a la pupila. Debajo de sus envolturas llevaban ropas modernas, blancas y anodinas. Me acurruqu√© en una esquina y me mantuve encogida junto a Edward, que me sigui√≥ acariciando el brazo con la mano, pero en ning√ļn momento apart√≥ la mirada de Jane.
El viaje en ascensor fue breve. Salimos a una zona que ten√≠a pinta de ser una recepci√≥n bastante pija. Las paredes estaban revestidas de madera y los suelos enmoquetados con gruesas alfombras de color verde oscuro. Cuadros enormes de la campi√Īa de la Toscana intensamente iluminados reemplazaban a las ventanas inexistentes. Hab√≠an agrupado de forma muy conveniente sof√°s de cuero de color claro y mesas relucientes encima de las cuales hab√≠a jarrones de cristal llenos de ramilletes de colores v√≠vidos. El olor de las flores me record√≥ al de una casa de pompas f√ļnebres.
Había un mostrador alto de caoba pulida en el centro de la habitación. Miré atónita a la mujer que había detrás.
Era alta, de tez oscura y ojos verdes. Hubiera sido muy hermosa en cualquier otra compa√Ī√≠a, pero no all√≠, ya que era tan humana de los pies a la cabeza como yo. No comprend√≠a qu√© pintaba all√≠ una mujer, rodeada de vampiros y a sus anchas.
Esbozó una amable sonrisa de bienvenida.
¬óBuenas tardes, Jane ¬ódijo.
Su rostro no denot√≥ sorpresa alguna cuando ech√≥ un vistazo a los acompa√Īantes de Jane, ni a Edward, cuyo pecho desnudo centelleaba tenuemente con destellos blancos, ni siquiera a m√≠, con el pelo alborotado y de aspecto horrendo en comparaci√≥n con los dem√°s.
Jane asintió.
¬óGianna.
Luego prosiguió hacia un conjunto de puertas de doble hoja situado en la parte posterior de la habitación, y la seguimos.
Felix le gui√Ī√≥ el ojo a Gianna al pasar junto al escritorio y ella solt√≥ una risita tonta.
Nos aguardaba otro tipo de recepción muy diferente al otro lado de las puertas de madera. El joven pálido de traje gris perla podía haber pasado por el gemelo de Jane. Tenía el pelo más oscuro y los labios no eran tan carnosos, pero resultaba igual de encantador. Se acercó a nuestro encuentro, sonrió y le tendió la mano a ella.
¬óJane...
¬óAlec ¬órepuso ella mientras abrazaba al joven. Intercambiaron sendos besos en las mejillas y luego nos miraron a nosotros.
—Te enviaron en busca de uno y vuelves con dos... y medio —rectificó al reparar en mí—. Buen trabajo.
Ella rompió a reír. El sonido era chispeante de puro gozo, similar al arrullo de un bebé.
—Bienvenido de nuevo, Edward —le saludó Alec—. Pareces de mucho mejor humor.
—Ligeramente —admitió Edward con voz monocorde.
Contemplé de refilón el rostro severo de Edward y me pregunté si antes podía haber estado de peor humor. Alec rió entre dientes mientras yo me pegaba a su lado.
¬ó¬ŅY √©sta es la causante de todo el problema? ¬ópregunt√≥ con incredulidad.
Edward se limit√≥ a sonre√≠r con expresi√≥n desde√Īosa. Despu√©s, se le hel√≥ la sonrisa en los labios.
¬ó¬°Me la pido primero! ¬óintervino Felix con suma tranquilidad desde detr√°s.
Edward se revolvi√≥ mientras en lo m√°s profundo de su pecho resonaba un gru√Īido tenue. Felix sonri√≥. Su mano estaba levantada, con la palma hacia arriba. Curv√≥ sus dedos dos veces, invitando a Edward a iniciar una pelea.
Alice rozó el brazo de Edward.
—Paciencia —le advirtió.
Intercambiaron una larga mirada y yo deseé poder oír lo que ella le estaba diciendo. Supuse que era todo lo que podían hacer sin atacar a Felix, ya que luego respiró hondo y se volvió hacia Alec, que, como si no hubiera pasado nada, dijo:
¬óAro se alegrar√° de volver a verte.
—No le hagamos esperar —sugirió Jane.
Edward asintió una vez.
Alec y Jane se tomaron de la mano y abrieron el camino por otro corredor amplio y ornamentado... ¬ŅSe acabar√≠an alguna vez?
Ignoraron las puertas del fondo ¬ótotalmente revestidas de oro¬ó y se detuvieron a mitad del pasillo para desplazar uno de los paneles y poner al descubierto una sencilla puerta de madera que no estaba cerrada con llave. Alec la mantuvo abierta para que la cruzara Jane.
Quise protestar cuando Edward me ¬ęayud√≥¬Ľ a pasar al otro lado de la puerta. Se trataba de un lugar con la misma piedra antigua de la plaza, el callej√≥n y las alcantarillas. Todo estaba fr√≠o y oscuro otra vez.
La antec√°mara de piedra no era grande. Enseguida desembocaba en una estancia enorme, tenebrosa ¬óaunque m√°s iluminada¬ó y totalmente redonda, como la torreta de un gran castillo, que es lo que deb√≠a de ser con toda probabilidad. A dos niveles del suelo, las rendijas de un ventanal proyectaban en el piso de piedra haces de luminosidad diurna que dibujaban rect√°ngulos de l√≠neas finas. No hab√≠a luz artificial. El √ļnico mobiliario de la habitaci√≥n consist√≠a en varios sitiales de madera maciza similares a tronos; estaban colocados de forma dispar, adapt√°ndose a la curvatura de los muros de piedra. Hab√≠a otro sumidero en el mismo centro del c√≠rculo, dentro de una zona ligeramente m√°s baja. Me pregunt√© si lo usaban como salida, igual que el agujero de la calle.
La habitaci√≥n no se encontraba vac√≠a. Hab√≠a un pu√Īado de personas enfrascadas en lo que parec√≠a una conversaci√≥n informal. Hablaban en voz baja y con calma, originando un murmullo que parec√≠a un zumbido flotando en el aire. Un par de mujeres p√°lidas vestidas con ropa de verano se detuvieron en una de las zonas iluminadas mientras las estaba observando, y su piel, como si fuera un prisma, arroj√≥ un chisporroteo multicolor sobre las paredes de color siena.
Todos aquellos rostros agraciados se volvieron hacia nuestro grupo en cuanto entramos en la habitaci√≥n. La mayor√≠a de los inmortales vest√≠a pantalones y camisas que no llamaban la atenci√≥n, prendas que no hubieran desentonado ah√≠ fuera, en las calles, pero el hombre que habl√≥ primero luc√≠a una larga t√ļnica oscura como boca de lobo que llegaba hasta el suelo. Por un momento, llegu√© a creer que su melena de color negro azabache era la capucha de su capa.
—¡Jane, querida, has vuelto! —gritó con evidente alegría. Su voz era apenas un tenue suspiro.
Avanzó con tal ligereza de movimientos y tanta gracilidad que me quedé embobada, con la boca abierta. No se podía comparar ni siquiera con Alice, cuyos movimientos parecían los de una bailarina.
Mi asombro fue a√ļn mayor cuando flot√≥ cerca de m√≠ y le pude ver la cara. No se parec√≠a a los rostros anormalmente atractivos que le rodeaban ¬óel grupo entero se congreg√≥ a su alrededor cuando se aproxim√≥; unos iban detr√°s, otros le preced√≠an con la atenci√≥n caracter√≠stica de los escoltas¬ó. Tampoco fui capaz de determinar si su rostro era o no hermoso. Supuse que las facciones eran perfectas, pero se parec√≠a tan poco a los vampiros que se alinearon detr√°s de √©l como ellos se asemejaban a m√≠. La piel era de un blanco trasl√ļcido, similar al papel cebolla, y parec√≠a muy delicada, lo cual contrastaba con la larga melena negra que le enmarcaba el rostro. Sent√≠ el extra√Īo y horripilante impulso de tocarle la mejilla para averiguar si su piel era m√°s suave que la de Edward o la de Alice, o si su tacto se parec√≠a al del polvo o al de la tiza. Ten√≠a los ojos rojos, como los de quienes le rodeaban, pero turbios y empa√Īados. Me pregunt√© si eso afectar√≠a a su visi√≥n.
Se deslizó junto a Jane y le tomó el rostro entre las manos apergaminadas. La besó suavemente en sus labios carnosos y luego levitó un paso hacia atrás.
—Sí, maestro —Jane sonrió. Sus facciones parecieron las de una joven angelical—. Le he traído de regreso y con vida, como deseabas.
—Ay, Jane. ¡Cuánto me conforta tenerte a mi lado! —él sonrió también.
A continuación nos miró a nosotros y la sonrisa centelleó hasta convertirse en un gesto de euforia.
—¡Y también has traído a Alice y Bella! —se regocijó y unió sus manos finas al dar una palmada—. ¡Qué agradable sorpresa! ¡Maravilloso!
Le miré fijamente, muy sorprendida de que pronunciara nuestros nombres de manera informal, como si fuéramos viejos conocidos que se habían dejado caer por allí en una visita sorpresa.
Se volvió a nuestro descomunal escolta.
—Felix, sé bueno y avisa a mis hermanos de quiénes están aquí. Estoy seguro de que no se lo van a querer perder.
—Sí, maestro —asintió Felix, que desapareció por el camino por el que había venido.
¬ó¬ŅLo ves, Edward? ¬óel extra√Īo vampiro se volvi√≥ y le sonri√≥ como si fuera un abuelo venerable que estuviera soltando una reprimenda a su nieto¬ó. ¬ŅQu√© te dije yo? ¬ŅNo te alegras de que te hayamos denegado tu petici√≥n de ayer?
—Sí, Aro, lo celebro —admitió mientras apretaba con más fuerza el brazo con el que rodeaba mi cintura.
¬óMe encantan los finales felices. Son tan escasos ¬óAro suspir√≥¬ó. Eso s√≠, quiero que me cont√©is toda la historia. ¬ŅC√≥mo ha sucedido esto, Alice? ¬óvolvi√≥ hacia ella los ojos empa√Īados y llenos de curiosidad¬ó. Tu hermano parec√≠a creer que eras infalible, pero al parecer cometiste un error.
¬óNo, no, no soy infalible ni por asomo ¬ómostr√≥ una sonrisa deslumbrante. Parec√≠a estar en su salsa, excepto por el hecho de que apretaba con fuerza los pu√Īos¬ó. Como hab√©is podido comprobar hoy, a menudo causo m√°s problemas de los que soluciono.
¬óEres demasiado modesta ¬óla reprendi√≥ Aro¬ó. He contemplado alguna de tus haza√Īas m√°s sorprendentes y he de admitir que no hab√≠a visto a nadie con un don como el tuyo. ¬°Maravilloso!
Alice lanzó una breve mirada a Edward que no pasó desapercibida para Aro.
¬óLo siento. No nos han presentado como es debido, ¬Ņverdad? Es s√≥lo que siento como si ya te conociera y tiendo a precipitarme. Tu hermano nos present√≥ ayer de una forma... peculiar. Ya ves, comparto un poco del talento de Edward, s√≥lo que de forma m√°s limitada que la suya. Aro habl√≥ con tono envidioso mientras agitaba la cabeza.
¬óPero exponencialmente es mucho m√°s poderoso ¬óagreg√≥ Edward con tono seco. Mir√≥ a Alice mientras le explicaba de forma sucinta¬ó: Aro necesita del contacto f√≠sico para ¬ęo√≠r¬Ľ tus pensamientos, pero llega mucho m√°s lejos que yo. Como sabes, s√≥lo soy capaz de conocer lo que pasa por la cabeza de alguien en un momento dado, pero Aro ¬ęoye¬Ľ cualquier pensamiento que esa persona haya podido tener.
Alice enarcó sus delicadas cejas y Edward agachó la cabeza.
Aro también se percató de ese gesto.
—Pero ser capaz de oír a lo lejos... —Aro suspiró al tiempo que hacía un gesto hacia ellos dos, haciendo referencia al intercambio de pensamientos que acababa de producirse—. ¡Eso sí que sería práctico!
Aro miró más allá de las figuras de Edward y Alice. Todos los demás se volvieron en la misma dirección, incluso Jane, Alec y Demetri, que permanecían en silencio detrás de nosotros tres.
Fui la m√°s lenta en volverme. Felix hab√≠a regresado y detr√°s de √©l, envueltos en t√ļnicas negras, flotaban otros dos hombres. Sus rostros ten√≠an tambi√©n esa piel parecida al papel cebolla.
El tr√≠o representado por el cuadro de Carlisle estaba completo, y sus integrantes no hab√≠an cambiado durante los trescientos a√Īos posteriores a la pintura del lienzo.
¬ó¬°Marco, Cayo, mirad! ¬ócanturre√≥ Aro¬ó. Despu√©s de todo, Bella sigue viva y Alice se encuentra con ella. ¬ŅNo es maravilloso?
A juzgar por el aspecto de sus rostros, ninguno de los dos interpelados hubiera elegido como primera opci√≥n el adjetivo ¬ęmaravilloso¬Ľ. El hombre de pelo negro parec√≠a terriblemente aburrido, como si hubiera presenciado demasiadas veces el entusiasmo de Aro a lo largo de tantos milenios. Debajo de una melena tan blanca como la nieve, el otro puso cara de pocos amigos.
El desinter√©s de ambos no refren√≥ el j√ļbilo de Aro, que casi cantaba con voz liviana:
¬óConozcamos la historia.
El antiguo vampiro de pelo blanco flotó y fue a la deriva hasta sentarse en uno de los tronos de madera. El otro se detuvo junto a Aro y le tendió la mano. Al principio, creía que lo hacía para que Aro se la tomara, pero se limitó a tocar la palma de la mano durante unos instantes y luego dejó caer la suya a un costado. Aro enarcó una de sus cejas, de color marrón oscuro. Me pregunté si su piel apergaminada no se arrugaría a causa del esfuerzo.
Edward resopló sin hacer ruido y Alice le miró con curiosidad.
¬óGracias, Marco ¬ódijo Aro¬ó. Esto es muy interesante.
Un segundo después comprendí que Marco le había permitido a Aro conocer sus pensamientos.
Marco no parecía interesado. Se deslizó lejos de Aro para unirse al que debía de ser Cayo, sentado ya contra el muro. Los dos asistentes de los vampiros le siguieron de cerca; eran guardias, tal y como había supuesto antes. Pude ver que las dos mujeres con vestido de tirantes se habían acercado para permanecer junto a Cayo de igual modo. La simple idea de que un vampiro necesitara guardias se me antojaba realmente ridícula, pero tal vez los antiguos eran más frágiles, como sugería su piel.
Aro siguió moviendo la cabeza al tiempo que decía:
—Asombroso, realmente increíble.
El rostro de Alice evidenciaba su descontento. Edward se volvió y de nuevo le facilitó una explicación rápida en voz baja:
¬óMarco ve las relaciones y ha quedado sorprendido por la intensidad de las nuestras.
Aro sonrió.
—¡Qué práctico! —repitió para sí mismo. Luego, se dirigió a nosotros—: Puedo aseguraros que cuesta bastante sorprender a Marco.
No tuve ninguna duda cuando miré el rostro mortecino de Marco.
¬óResulta dif√≠cil de comprender, eso es todo, incluso ahora ¬óAro cavil√≥ mientras miraba el brazo de Edward en torno a m√≠. Me resultaba casi imposible seguir el ca√≥tico hilo de pensamientos del vampiro, pero me esforc√© por conseguirlo¬ó. ¬ŅC√≥mo puedes permanecer tan cerca de ella de ese modo?
—No sin esfuerzo —contestó Edward con calma.
—Pero aun así... ¡La tua cantante! ¡Menudo derroche!
Edward se rió sin ganas una vez.
¬óYo lo veo m√°s como un precio a pagar.
Aro se mantuvo escéptico.
¬óUn precio muy alto.
¬óSimple coste de oportunidad.
Aro echó a reír.
¬óNo hubiera cre√≠do que el reclamo de la sangre de alguien pudiera ser tan fuerte de no haberla olido en tus recuerdos. Yo mismo nunca hab√≠a sentido nada igual. La mayor√≠a de nosotros vender√≠a caro ese obsequio mientras que t√ļ...
—... lo derrocho —concluyó Edward, ahora con sarcasmo.
Aro rió una vez más.
—¡Ay, cómo echo de menos a mi amigo Carlisle! Me recuerdas a él, excepto que él no se irritaba tanto.
¬óCarlisle me supera en muchas otras cosas.
¬óJam√°s pens√© ver a nadie que superase a Carlisle en autocontrol, pero t√ļ le haces palidecer.
¬óEn absoluto ¬óEdward parec√≠a impaciente, como si se hubiera cansado de los preliminares. Eso me asust√≥ a√ļn m√°s. No pod√≠a evitar el imaginar lo que vendr√≠a a continuaci√≥n.
—Me congratulo por su éxito —Aro reflexionó—. Tus recuerdos de él constituyen un verdadero regalo para mí, aunque me han dejado estupefacto. Me sorprende que haya... Me complace que el éxito le haya sorprendido en el camino tan poco ortodoxo que eligió. Temía que se hubiera debilitado y gastado con el tiempo. Me hubiera mofado de su plan de encontrar a otros que compartieran su peculiar visión, pero aun así, no sé por qué, me alegra haberme equivocado.
Edward no le contestó.
—Pero ¡vuestra abstinencia...! —Aro suspiró—. No sabía que era posible tener tanta fuerza de voluntad. Habituaros a resistir el canto de las sirenas, no una vez, sino una y otra, y otra más... No lo hubiera creído de no haberlo visto por mí mismo.
Edward contempló la admiración de Aro con rostro inexpresivo. Conocía muy bien esa expresión —el tiempo no había cambiado eso—, lo bastante para saber que algo se estaba cociendo bajo esa apariencia de tranquilidad. Hice un esfuerzo para mantener constante la respiración.
—Sólo de recordar cuánto te atrae ella... —Aro rió entre dientes—. Me pone sediento.
Edward se tensó.
¬óNo te inquietes ¬óle tranquiliz√≥ Aro¬ó. No tengo intenci√≥n de hacerle da√Īo, pero siento una enorme curiosidad sobre una cosa en particular ¬óme mir√≥ con vivo inter√©s¬ó. ¬ŅPuedo? ¬ópregunt√≥ con avidez al tiempo que alzaba una mano.
¬óPreg√ļntaselo a ella¬ósugiri√≥ Edward con voz monocorde.
¬ó¬°Por supuesto, qu√© descortes√≠a por mi parte! ¬óexclam√≥ Aro y, ahora dirigi√©ndose directamente a m√≠, continu√≥¬ó: Bella, me fascina que seas la √ļnica excepci√≥n al impresionante don de Edward... Una cosa as√≠ me resulta de lo m√°s interesante y, dado que nuestros talentos son tan similares en muchas cosas, me preguntaba si ser√≠as tan amable de permitirme hacer un intento para verificar si tambi√©n eres una excepci√≥n para m√≠.
Alc√© la vista para mirar a Edward, aterrorizada. Era consciente de no tener alternativa alguna a pesar de la amabilidad de Aro y me aterraba la idea de dejar que me tocara, pero aun as√≠, contra toda l√≥gica, sent√≠a una gran curiosidad por tener la ocasi√≥n de tocar su extra√Īa piel.
Edward asinti√≥ para infundirme √°nimo. No sab√≠a si era porque √©l estaba convencido de que Aro no me iba a hacer da√Īo o porque no quedaba otro remedio.
Me volví hacia Aro y extendí la mano lentamente. Estaba temblando.
Se desliz√≥ para acercarse m√°s. Me pareci√≥ que su expresi√≥n quer√≠a tranquilizarme, pero sus facciones apergaminadas eran demasiado extra√Īas, diferentes y amedrentadoras como para que me sosegara. Su rostro demostraba mayor confianza en s√≠ mismo que sus palabras.
Aro alargó el brazo como si fuera a estrecharme la mano y rozó su piel de aspecto frágil con la mía. Era dura, la encontré áspera al tacto —se parecía más a la tiza que al granito— e incluso más fría de lo esperado.
Sus ojos membranosos me observaron con alegr√≠a y me result√≥ imposible desviar la mirada. Me cautivaron de un modo extra√Īo y poco grato.
El rostro de Aro se alteró conforme me miraba. La seguridad se resquebrajó para convertirse primero en duda y luego en incredulidad antes de calmarse debajo de una máscara amistosa.
—Pues sí, muy interesante —dijo mientras me soltaba la mano y retrocedía.
Contemplé a Edward, y aunque su rostro era sereno, me pareció ver una chispa de petulancia.
Aro continuó deslizándose con gesto pensativo. Permaneció quieto durante unos momentos mientras su vista oscilaba, mirándonos a los tres. Luego, de forma repentina, sacudió la cabeza y dijo para sus adentros:
¬óLo primero... Me pregunto si es inmune al resto de nuestros dones... ¬ŅJane, querida?
¬ó¬°No! ¬ógru√Ī√≥ Edward. Alice le contuvo agarr√°ndole por el brazo con una mano, pero √©l se la sacudi√≥ de encima.
La menuda Jane dedicó una sonrisa de felicidad a Aro.
¬ó-¬ŅS√≠, maestro?
Ahora Edward gru√Ī√≠a de verdad. Emiti√≥ un sonido desgarrado y violento mientras lanzaba a Aro una mirada torva. Nadie se mov√≠a en la habitaci√≥n. Todos los presentes le miraban con incredulidad y sorpresa, como si hubiera cometido una vergonzosa metedura de pata. Aro le mir√≥ una vez y se qued√≥ inm√≥vil mientras su ancha sonrisa se convert√≠a en una expresi√≥n malhumorada.
Luego se dirigió a Jane.
¬óMe preguntaba, querida, si Bella es inmune a ti.
Los rabiosos gru√Īidos de Edward apenas me permit√≠an o√≠r las palabras de Aro. Edward me solt√≥ y se puso delante de m√≠ para esconderme de la vista de ambos. Cayo, seguido por su s√©quito, se acerc√≥ a nosotros tan silenciosamente como un espectro para observar.
Jane se volvió hacia nosotros con una sonrisa beatífica en los labios.
—¡No! —chilló Alice cuando Edward se lanzó contra la joven.
Antes de que yo fuera capaz de reaccionar, de que alguien se interpusiera entre ellos o de que los escoltas de Aro pudieran moverse, Edward dio con sus huesos en el suelo.
Nadie le había tocado, pero se hallaba en el enlosado y se retorcía con dolores manifiestos ante mi mirada de espanto.
Ahora Jane le sonreía sólo a él, y de pronto encajaron todas las piezas del puzzle, lo que había dicho Alice sobre sus dones formidables, la razón por la que todos trataban a Jane con semejante deferencia y por qué Edward se había interpuesto voluntariamente en su camino antes de que ella pudiera hacer eso conmigo.
—¡Parad! —grité.
Mi voz resonó en el silencio y me lancé hacia delante de un salto para interponerme entre ellos, pero Alice me rodeó con sus brazos en una presa insuperable e ignoró mi forcejeo. No escapó sonido alguno de los labios de Edward mientras le aplastaban contra las piedras. Me pareció que me iba a estallar de dolor la cabeza al contemplar semejante escena.
—Jane —la llamó Aro con voz tranquila.
La joven alz√≥ la vista enseguida, a√ļn sonriendo de placer, y le interrog√≥ con la mirada. Edward se qued√≥ inm√≥vil en cuando Jane dej√≥ de mirarle.
Aro me se√Īal√≥ con un asentimiento de cabeza.
Jane volvió hacia mí su sonrisa.
Ni siquiera le sostuve la mirada. Observé a Edward desde la cárcel de los brazos de Alice, donde seguía debatiéndome en vano.
—Se encuentra bien —me susurró Alice con voz tensa, y apenas hubo terminado de hablar, Edward se incorporó. Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos estaban horrorizados. Al principio, pensé que el pánico se debía al dolor que acababa de padecer, pero entonces miró rápidamente a Jane y luego a mí, y su rostro se relajó de alivio.
También yo observé a Jane, que había dejado de sonreír y me taladraba con la mirada. Apretaba los dientes mientras se concentraba en mí. Retrocedí, esperando sentir el dolor...
... pero no sucedió nada.
Edward volvía a estar a mi lado. Tocó el brazo de Alice y ella me entregó a él.
Aro soltó una risotada.
—Ja, ja, ja —rió entre dientes—. Has sido muy valeroso, Edward, al soportarlo en silencio. En una ocasión, sólo por curiosidad, le pedí a Jane que me lo hiciera a mí...
Sacudió la cabeza con gesto admirado.
Edward le fulminó con la mirada, disgustado. Aro suspiró.
¬ó¬ŅQu√© vamos a hacer con vosotros?
Edward y Alice se envararon. Aquélla era la parte que habían estado esperando. Me eché a temblar.
¬óSupongo que no existe posibilidad alguna de que hayas cambiado de parecer, ¬Ņverdad? ¬óle pregunt√≥ Aro, expectante, a Edward¬ó. Tu don ser√≠a una excelente adquisici√≥n para nuestro peque√Īo grupo.
Edward vaciló. Vi hacer muecas a Felix y a Jane con el rabillo del ojo. Edward pareció sopesar cada palabra antes de pronunciarla:
—Preferiría... no... hacerlo.
¬ó¬ŅY t√ļ, Alice? ¬óinquiri√≥ Aro, a√ļn expectante¬ó. ¬ŅEstar√≠as tal vez interesada en unirte a nosotros?
¬óNo, gracias ¬ódijo Alice.
¬ó¬ŅY t√ļ, Bella?
Aro enarc√≥ las cejas. Le mir√© fijamente con rostro inexpresivo mientras Edward siseaba en mi o√≠do en voz baja. ¬ŅBromeaba o de verdad me preguntaba si quer√≠a quedarme para la cena?
Fue Cayo, el vampiro de pelo blanco, quien rompió el silencio.
¬ó¬ŅQu√©? ¬óinquiri√≥ Cayo a Aro. La voz de aqu√©l, a pesar de no ser m√°s que un susurro, era rotunda.
¬óCayo, tienes que advertir el potencial, sin duda ¬óle censur√≥ con afecto¬ó. No he visto un diamante en bruto tan prometedor desde que encontramos a Jane y Alec. ¬ŅImaginas las posibilidades cuando sea uno de los nuestros?
Cayo desvió la mirada con mordacidad. Jane echó chispas por los ojos, indignada por la comparación.
A mi lado, Edward estaba que bufaba. Podía oír un ruido sordo en su pecho, un ruido que estaba a punto de convertirse en un bramido. No debía permitir que su temperamento le perjudicara.
—No, gracias —dije lo que pensaba en apenas un susurro, ya que el pánico me quebró la voz.
Aro suspiró una vez más.
—Una verdadera lástima... ¡Qué despilfarro!
¬óUnirse o morir, ¬Ņno es eso? ¬ómascull√≥ Edward. Sospech√© algo as√≠ cuando nos condujeron a esta estancia¬ó. ¬°Pues vaya leyes las vuestras!
—Por supuesto que no —Aro parpadeó atónito—. Edward, ya nos habíamos reunido aquí para esperar a Heidi, no a ti.
—Aro —bisbiseó Cayo—, la ley los reclama.
Edward miró fijamente a Cayo e inquirió:
¬ó¬ŅY c√≥mo es eso?
√Čl ya deb√≠a de saber lo que Cayo ten√≠a en mente, pero parec√≠a decidido a hacerle hablar en voz alta.
Cayo me se√Īal√≥ con un dedo esquel√©tico.
—Sabe demasiado. Has desvelado nuestros secretos —espetó con voz apergaminada, como su piel.
—Aquí, en vuestra charada, también hay unos pocos humanos —le recordó Edward. Entonces me acordé de la guapa recepcionista del piso de abajo.
El rostro de Cayo se crisp√≥ con una nueva expresi√≥n. ¬ŅSe supon√≠a que eso era una sonrisa?
¬óS√≠ ¬óadmiti√≥¬ó, pero nos sirven de alimento cuando dejan de sernos √ļtiles. √Čse no es tu plan para la chica. ¬ŅEst√°s preparado para acabar con ella si traiciona nuestros secretos? Yo creo que no ¬óse mof√≥.
—No voy a... —empecé a protestar, aunque fuera entre susurros, pero Cayo me silenció con una gélida mirada.
—Tampoco pretendes convertirla en uno de nosotros —prosiguió—, por consiguiente, ello nos hace vulnerables. Bien es cierto que, por esto, sólo habría que quitarle la vida a la chica. Puedes dejarla aquí si lo deseas.
Edward le ense√Ī√≥ los colmillos.
—Lo que pensaba —concluyó Cayo con algo muy similar a la satisfacción. Felix se inclinó hacia delante con avidez.
¬óA menos que... ¬óintervino Aro, que parec√≠a muy contrariado por el giro que hab√≠a tomado la conversaci√≥n¬ó. A menos que, ¬Ņalbergas el prop√≥sito de concederle la inmortalidad?
Edward frunció los labios y vaciló durante unos instantes antes de responder:
¬ó¬ŅY qu√© pasa si lo hago?
Aro sonrió, feliz de nuevo.
—Vaya, en ese caso serías libre de volver a casa y darle a mi amigo Carlisle recuerdos de mi parte —su expresión se volvió más dubitativa—. Pero me temo que tendrías que decirlo en serio y comprometerte.
Aro alzó la mano delante de Edward.
Cayo, que había empezado a poner cara de pocos amigos, se relajó.
Edward frunció los labios con rabia hasta convertirlos en una línea. Me miró fijamente a los ojos y yo a él.
—Hazlo —susurré—, por favor.
¬ŅEra en verdad una idea tan detestable? ¬ŅPrefer√≠a √©l morir antes que transformarme? Me sent√≠ como si me hubieran propinado una patada en el est√≥mago.
Edward me miró con expresión torturada.
Entonces, Alice se alejó de nuestro lado y se dirigió hacia Aro. Nos volvimos a mirarla. Ella había levantado la mano igual que el vampiro.
Alice no dijo nada y Aro despachó a su guardia cuando acudieron a impedir que se acercara. Aro se reunió con ella a mitad de camino y le tomó la mano con un destello ávido y codicioso en los ojos.
Inclinó la cabeza hacia las manos de ambos, que se tocaban, y cerró los ojos mientras se concentraba. Alice permaneció inmóvil y con el rostro inexpresivo. Oí cómo Edward chasqueaba los dientes.
Nadie se movió. Aro parecía haberse quedado allí clavado encima de la mano de Alice. Me fui poniendo más y más tensa conforme pasaban los segundos, preguntándome cuánto tiempo iba a pasar antes de que fuera demasiado tiempo, antes de que significara que algo iba mal, peor todavía de lo que ya iba.
Transcurrió otro momento agónico y entonces la voz de Aro rompió el silencio.
¬óJa, ja, ja ¬óri√≥, a√ļn con la cabeza vencida hacia delante. Lentamente alz√≥ los ojos, que reluc√≠an de entusiasmo¬ó. ¬°Eso ha sido fascinante!
¬óMe alegra que lo hayas disfrutado.
¬óVer las mismas cosas que t√ļ ves, ¬°sobre todo las que a√ļn no han sucedido! ¬ósacudi√≥ la cabeza, maravillado.
—Pero eso está por suceder —le recordó Alice con voz tranquila.
—Sí, sí, está bastante definido. No hay problema, por supuesto.
Cayo parecía amargamente desencantado, un sentimiento que al parecer compartía con Felix y Jane.
—Aro —se quejó Cayo.
¬ó¬°Tranquil√≠zate, querido Cayo! ¬óAro sonre√≠a¬ó. ¬°Piensa en las posibilidades! Ellos no se van a unir a nosotros hoy, pero siempre existe la esperanza de que ocurra en el futuro. Imagina la dicha que aportar√≠a s√≥lo la joven Alice a nuestra peque√Īa comunidad... Adem√°s, siento una terrible curiosidad por ver ¬°c√≥mo entra en acci√≥n Bella!
Aro parec√≠a convencido. ¬ŅAcaso no comprend√≠a lo subjetivas que eran las visiones de Alice, que lo que ve√≠a sobre mi transformaci√≥n hoy pod√≠a cambiar ma√Īana? Un mill√≥n de √≠nfimas decisiones, las de Alice y otros muchos ¬ótambi√©n las de Edward¬ó pod√≠an cambiar su camino y, con eso, el futuro.
¬ŅImportaba que ella estuviera realmente dispuesta? ¬ŅSupondr√≠a alguna diferencia que yo me convirtiera en vampiro si la idea resultaba tan repulsiva a Edward que consideraba la muerte como una alternativa mejor que tenerme a su lado para siempre, como una molestia inmortal? Aterrada como estaba, sent√≠ que me hund√≠a en el abatimiento, que me ahogaba en √©l...
¬óEn tal caso, ¬Ņsomos libres de irnos ahora? ¬ópregunt√≥ Edward sin alterar la voz.
—Sí, sí —contestó Aro en tono agradable—, pero, por favor, visitadnos de nuevo. ¡Ha sido absolutamente apasionante!
¬óNosotros tambi√©n os visitaremos para cerciorarnos de que la hab√©is transformado en uno de los nuestros ¬óprometi√≥ Cayo, que de pronto ten√≠a los ojos entrecerrados como la mirada so√Īolienta de un lagarto con pesados p√°rpados¬ó. Si yo estuviera en vuestro lugar, no lo demorar√≠a demasiado. No ofrecemos segundas oportunidades.
La mandíbula de Edward se tensó, pero asintió una sola vez.
Cayo esbozó una sonrisita de suficiencia y se deslizó hacia donde Marco permanecía sentado, inmóvil e indiferente.
Felix gimió.
—Ah, Felix, paciencia —Aro sonrió divertido—. Heidi estará aquí de un momento a otro.
—Mmm —la voz de Edward tenía un tono incisivo—. En tal caso, quizá convendría que nos marcháramos cuanto antes.
—Sí —coincidió Aro—. Es una buena idea. Los accidentes ocurren. Por favor, si no os importa, esperad abajo hasta que se haga de noche.
—Por supuesto —aceptó Edward mientras yo me acongojaba ante la perspectiva de esperar al final del día antes de poder escapar.
¬óY toma ¬óagreg√≥ Aro, dirigi√©ndose a Felix con un dedo. √Čste avanz√≥ de inmediato. Aro desabroch√≥ la capa gris que llevaba el enorme vampiro, se la quit√≥ de los hombros y se la lanz√≥ a Edward¬ó. Ll√©vate √©sta. Llamas un poco la atenci√≥n.
Edward se puso la carga capa, pero no se subió la capucha.
Aro suspiró. —Te sienta bien.
Edward rió entre dientes, pero después de lanzar una mirada hacia atrás, calló repentinamente.
¬óGracias, Aro. Esperaremos abajo.
—Adiós, mis jóvenes amigos —contestó Aro, a quien le centellearon los ojos cuando miró en la misma dirección.
—Vámonos —nos instó Edward con apremio.
Demetri nos indic√≥ mediante gestos que le sigui√©ramos, y nos fuimos por donde hab√≠amos venido, que, a juzgar por las apariencias, deb√≠a de ser la √ļnica salida.
Edward me arrastró a su lado enseguida. Alice se situó al otro costado con gesto severo.
—Tendríamos que haber salido antes —murmuró.
Alcé los ojos para mirarla, pero sólo parecía disgustada. Fue entonces cuando distinguí el murmullo de voces —voces ásperas y enérgicas— procedentes de la antecámara.
¬óVaya, esto es inusual ¬ódijo un hombre con voz resonante.
—Y tan medieval —respondió efusivamente una voz femenina desagradable y estridente.
Un gent√≠o estaba cruzando la portezuela hasta atestar la peque√Īa estancia de piedra. Demetri nos indic√≥ mediante se√Īas que dej√°ramos paso. Pegamos la espalda contra el muro helado para permitirles cruzar.
La pareja que encabezaba el grupo, americanos a juzgar por el acento, miraban a su alrededor y evaluaban cuanto veían. Otros estudiaban el marco como simples turistas. Unos pocos tomaron fotografías. Los demás parecían desconcertados, como si la historia que les hubiera conducido hasta aquella habitación hubiera dejado de tener sentido. Me fijé en una mujer menuda de tez oscura. Llevaba un rosario alrededor del cuello y sujetaba con fuerza la cruz que llevaba en la mano. Caminaba más despacio que los demás. De vez en cuando tocaba a alguien y le preguntaba algo en un idioma desconocido. Nadie parecía comprenderla y el pánico de su voz aumentaba sin cesar.
Edward me atrajo y puso mi rostro contra su pecho, pero ya era tarde. Lo había comprendido.
Me arrastró a toda prisa en dirección a la puerta en cuanto hubo el más mínimo resquicio. Yo noté la expresión horrorizada de mis facciones y cómo los ojos se me iban llenando de lágrimas.
La ampulosa entrada estaba en silencio a excepción de una mujer guapísima de figura escultural. Nos miró con curiosidad, sobre todo a mí.
—Bienvenida a casa, Heidi —la saludó Demetri a nuestras espaldas.
Ella sonrió con aire ausente. Me recordó a Rosalie, aunque no se parecieran en nada, porque también poseía una belleza excepcional e inolvidable. No era capaz de quitarle los ojos de encima.
Heidi vest√≠a para realzar su belleza. La m√°s peque√Īa de las minifaldas dejaba al descubierto unas piernas sorprendentemente esbeltas, cuya piel blanca quedaba oscurecida por las medias. Llevaba un top de mangas largas y cuello alto, pero extremadamente ce√Īido al cuerpo, de vinilo rojo. Su melena de color caoba era lustrosa y ten√≠a en los ojos una tonalidad violeta muy extra√Īa, el color que podr√≠a resultar al poner unas lentes de contacto azules sobre una pupila de color rojo.
—Demetri —respondió con voz sedosa mientras sus ojos iban de mi rostro a la capa gris de Edward.
—Buena pesca —la felicitó el aludido, y de pronto comprendí la finalidad del llamativo atuendo que lucía. No sólo era la pescadora, sino también el cebo.
¬óGracias ¬óexhibi√≥ una sonrisa apabullante¬ó. ¬ŅNo vienes?
¬óEn un minuto. Gu√°rdame algunos.
Heidi asinti√≥ y se agach√≥ para atravesar la puerta despu√©s de dirigirme una √ļltima mirada de curiosidad.
Edward marcó un paso que me obligaba a ir corriendo para no rezagarme, pero a pesar de todo no pudimos cruzar la ornamentada puerta que había al final del corredor antes de que comenzaran los gritos.