20 - Volterra

La fila de vehículos avanzaba poco a poco, cada vez que nos movíamos sólo adelantábamos el largo de un automóvil. Un sol deslumbrante incidía de lleno sobre nosotras, y parecía hallarse ya encima de nuestras cabezas.
Uno tras otro, los coches se arrastraron hasta la ciudad. Atisbé algunos vehículos aparcados en la cuneta de la carretera al acercarnos más. Los ocupantes se bajaban para recorrer a pie el resto del camino. Al principio, pensé que se debía sólo a la impaciencia, algo fácilmente comprensible, pero cuando doblamos una curva muy pronunciada, vi que el aparcamiento —situado fuera de las murallas— estaba lleno y que un gentío cruzaba las puertas a pie. Estaba prohibido el acceso con coche.
—Alice —susurré de forma apremiante.
—Ya lo veo —contestó. Su rostro parecía cincelado en hielo.
Ahora que estaba atenta y que nos acerc√°bamos despacio, pude apreciar que hac√≠a un tiempo bastante ventoso. La gente que se apelotonaba en direcci√≥n a las puertas aferraba sus sombreros y se apartaba el pelo de la cara. Sus ropas se hinchaban a su alrededor. Tambi√©n me di cuenta de que el color rojo se extend√≠a por doquier, en las blusas, en los gorros, en las banderas que ondeaban como largos lazos al viento, cerca de la puerta; mientras miraba, una r√°faga repentina atrap√≥ el pa√Īuelo de intenso color escarlata que una mujer se hab√≠a anudado al pelo. Se enroll√≥ en el aire sobre su cabeza y se retorci√≥ como si estuviera vivo. Ella intent√≥ sujetarlo, saltando en el aire, pero continu√≥ contorsion√°ndose cada vez m√°s arriba, un manch√≥n de color sanguinolento contra las antiguas murallas de colores desva√≠dos.
¬óBella ¬óAlice habl√≥ r√°pido, con un tono de voz bajo, feroz¬ó. No logro anticipar cu√°l va a ser la reacci√≥n del guardia de la puerta; vas a tener que irte sola, y corriendo, si esto no funciona. Lo √ļnico que debes hacer es preguntar por el Palazzo dei Priori y marchar a toda prisa en la direcci√≥n que te indiquen. Procura no perderte.
—Palazzo dei Priori, Palazzo dei Priori —repetí el nombre una y otra vez, intentando memorizarlo.
—Si hablan inglés, pregunta por la torre del reloj. Yo daré una vuelta por ahí e intentaré encontrar un lugar aislado más allá de la ciudad por el que saltar la muralla.
Asentí.
¬óPalazzo dei Priori.
—Edward tiene que estar bajo la torre del reloj, al norte de la plaza. Hay un callejón estrecho a la derecha y él estará allí a cubierto. Debes llamar su atención antes de que se exponga al sol.
Asentí enérgicamente.
El Porsche estaba casi al comienzo de la fila. Un hombre con uniforme de color azul marino regulaba el flujo del tr√°fico y se encargaba de desviar los coches lejos del aparcamiento lleno. Estos daban una vuelta en forma de ¬ęu¬Ľ y volv√≠an en direcci√≥n contraria para estacionar a un lado de la carretera. Entonces, lleg√≥ el turno de Alice.
El hombre uniformado se movía perezosamente, sin prestar mucha atención. Alice aceleró para eludirlo y se dirigió hacia la puerta. Nos gritó algo, pero se mantuvo en su puesto, moviendo los brazos frenéticamente para impedir que el siguiente coche siguiera nuestro mal ejemplo.
El hombre de la puerta llevaba un uniforme parecido. Conforme nos aproxim√°bamos, nos sobrepasaba la riada de turistas que atestaba las aceras, mirando con curiosidad el rutilante y agresivo deportivo.
El guardia dio un paso hasta ponerse en mitad de la calle. Alice hizo girar el coche cuidadosamente antes de detenerse del todo a fin de que el sol incidiera sobre mi ventanilla y ella quedase a la sombra. Se inclinó velozmente detrás de su asiento y tomó algo del interior de su bolso.
El guardia rodeó el coche con expresión irritada y, enfadado, dio unos golpecitos a su ventanilla.
Ella la bajó hasta la mitad y él reaccionó con torpeza al ver el rostro que había detrás del cristal tintado.
¬óLo siento, se√Īorita, pero hoy s√≥lo pueden acceder a la ciudad autobuses tur√≠sticos ¬ódijo en ingl√©s con un fuerte acento y ahora tambi√©n en tono de disculpa, como si deseara poder ofrecer mejores noticias a aquella mujer de sorprendente belleza.
—Es un viaje privado —repuso Alice al tiempo que hacía destellar una seductora sonrisa. Sacó la mano por la ventana, hacia la luz. Me quedé helada, hasta que vi que se había puesto un guante de color tostado que le llegaba a la altura del codo. Le tomó la mano, todavía alzada después de haber golpeado la ventanilla y la metió dentro del coche. Depositó algo en la palma y le cerró los dedos alrededor.
El guardia se quedó aturdido cuando retiró la mano y miró fijamente el grueso rollo de dinero que había allí. El billete exterior era de mil dólares.
¬ó¬ŅEsto es una broma? ¬ófarfull√≥.
La sonrisa de Alice era cegadora.
—Sólo si piensa que es divertido.
√Čl la mir√≥, con los ojos abiertos como platos. Yo mir√© nerviosamente al reloj del salpicadero. Si Edward se ce√Ī√≠a a su plan, s√≥lo nos quedaban cinco minutos.
¬óVamos un poquito tarde y con prisa ¬óle insinu√≥, a√ļn sonriente.
El guardia pesta√Īe√≥ dos veces y despu√©s se guard√≥ el dinero en la chaqueta. Dio un paso atr√°s de la ventanilla y nos despidi√≥. Nadie entre la multitud que pasaba por all√≠ pareci√≥ darse cuenta del discreto intercambio. Alice condujo hacia la ciudad y ambas respiramos aliviadas.
La calle se había vuelto muy estrecha; estaba pavimentada con piedras del mismo desvaído color canela que los edificios que la oscurecían con su sombra. Espaciadas entre sí unos cuantos metros, las banderas rojas decoraban las paredes y flameaban al viento, que silbaba al barrer la angosta calleja.
Estaba atestada de gente y el tráfico de a pie entorpecía nuestro ritmo.
—Un poco más adelante —me animó Alice.
Yo aferraba el tirador de la puerta, lista para lanzarme a la calle tan pronto como ella me lo dijera.
Alice conduc√≠a acelerando y frenando. El gent√≠o nos amenazaba con el pu√Īo y nos espetaba ep√≠tetos desagradables que, por fortuna, yo no entend√≠a. Gir√≥ en un peque√Īo desv√≠o que no se traz√≥ para coches, sin duda, y la gente, asustada, tuvo que refugiarse en las entradas de las puertas cuando pasamos muy cerca de las paredes. Al final, entramos en otra calle de edificios m√°s altos que se apoyaban unos sobre otros por encima de nuestras cabezas, de modo que ning√ļn rayo de sol alcanzaba el pavimento y las banderas rojas que se retorc√≠an a cada lado casi se tocaban. Aqu√≠ hab√≠a m√°s gente que en ninguna otra parte. Alice fren√≥ y yo abr√≠ la puerta antes de que nos hubi√©ramos detenido del todo.
Ella me se√Īal√≥ un punto donde la calle se abr√≠a hacia un resplandeciente terreno abierto.
¬óAll√≠. Estamos en el extremo sur de la plaza. Atravi√©sala corriendo y ve a la derecha de la torre del reloj. Yo encontrar√© alg√ļn camino dando la vuelta...
Inspir√≥ aire s√ļbitamente y cuando volvi√≥ a hablar, le sali√≥ la voz en un siseo.
¬ó¬°Est√°n por todas partes!
Me quedé petrificada en mi asiento, pero ella me empujó fuera del coche.
—Olvídalos. Tenemos dos minutos. ¡Corre, Bella, corre! —gritó.
Alice salió del coche mientras hablaba, pero no me detuve a verla desvanecerse entre las sombras. Ni siquiera cerré la puerta al salir. Aparté de mi camino de un empujón a una mujer gruesa, agaché la cabeza y corrí con todas mis fuerzas sin prestar atención a nada, salvo a las piedras irregulares que pisaba.
La brillante luz del sol, que daba de lleno en la entrada de la plaza, me deslumbre al salir de la oscura calleja. El viento soplaba con fuerza y me alborotaba los cabellos, que se me met√≠an en los ojos y me cegaban todav√≠a m√°s. Por tanto, no fue de extra√Īar que no viera el muro de carne hasta que me estrell√© contra √©l.
No hab√≠a ning√ļn camino, ni siquiera un hueco entre los cuerpos fuertemente apretujados del gent√≠o. Los empuj√© con furia y me debat√≠ contra las manos que me rechazaban. Escuch√© exclamaciones de irritaci√≥n e incluso de dolor a medida que porfiaba para abrirme paso, pero ninguna en un idioma que yo entendiera. Los rostros se transformaron en un borr√≥n difuso de ira y sorpresa, rodeado por el omnipresente rojo. Una mujer rubia me puso mala cara y la bufanda roja que llevaba anudada al cuello me pareci√≥ una herida horrible. Un ni√Īo, encaramado a los hombros de un hombre para ver por encima de la multitud, me sonri√≥ con los labios estirados en torno a unos colmillos de vampiro hechos de pl√°stico.
La muchedumbre me empujaba por todas partes y acab√≥ por arrastrarme en sentido opuesto. Me alegr√© de que el reloj fuera tan visible, porque de lo contrario no habr√≠a podido tomar la direcci√≥n apropiada. Sin embargo, las manecillas del reloj se unieron en lo alto de la esfera para alzarse hacia el sol despiadado y aunque luch√© ferozmente contra la multitud, supe que era demasiado tarde. Apenas estaba a mitad de camino. No lo iba a conseguir. Era est√ļpida, torpe y humana, y todos √≠bamos a morir por culpa de eso.
Mantuve la esperanza de que Alice hubiera conseguido salir adelante. Tambi√©n esper√© que ella pudiera verme desde alg√ļn rinc√≥n a oscuras y que se diera cuenta de mi fracaso a tiempo de dar media vuelta y regresar junto a Jasper.
Agucé el oído por encima de las exclamaciones enfadadas en un intento de oír el sonido del descubrimiento: el jadeo, quizás el grito, en el instante en que Edward se expusiera a la vista de alguien.
En ese momento vi delante de mí un resquicio en el gentío alrededor del cual había un espacio vacío. Empujé con dureza hasta alcanzarlo. Hasta que no me golpeé las espinillas contra los ladrillos no fui consciente de la existencia de una amplia fuente rectangular en el centro de la plaza.
Estuve a punto de llorar de alivio cuando pasé la pierna por encima del borde y corrí por el agua —que me llegaba hasta la rodilla— salpicando todo a mi paso mientras me abría camino velozmente. El viento soplaba glacial incluso bajo el sol, y la humedad hacía que el frío fuera realmente doloroso, pero la enorme fuente me permitió cruzar el centro de la plaza en pocos segundos. No me detuve al alcanzar el otro lado, sino que usé como trampolín el borde de escasa altura y me lancé de cabeza contra la multitud.
Ahora se apartaban con más rapidez a fin de evitar el agua helada que chorreaba de mis ropas empapadas al correr. Eché otra ojeada al reloj.
Una campanada grave y atronadora reson√≥ por toda la plaza e hizo vibrar las piedras del suelo. Los ni√Īos chillaron al tiempo que se tapaban los o√≠dos y yo comenc√© a pegar alaridos mientras segu√≠a corriendo.
¬ó¬°Edward! ¬ógrit√©, aun a sabiendas de que era in√ļtil. El gent√≠o era demasiado ruidoso y apenas me quedaba aliento debido al esfuerzo, pero no pod√≠a dejar de gritar.
El reloj son√≥ de nuevo. Rebas√© a un ni√Īo ¬óen brazos de su madre¬ó cuyos cabellos eran casi blancos a la luz de un sol deslumbrante. Un c√≠rculo de hombres altos, todos con chaquetas rojas, me gritaron advertencias cuando pas√© entre ellos como un b√≥lido. El reloj volvi√≥ a tocar.
Dejé atrás a ese grupo y llegué a una abertura en medio de la muchedumbre, un espacio entre los turistas que se arremolinaban debajo de la torre y caminaban sin rumbo fijo. Busqué con la vista el pasaje oscuro y estrecho que debía estar a la derecha del amplio edificio cuadrado. No veía el suelo de la calle, ya que había demasiada gente entre medias. El reloj sonó de nuevo.
Apenas podía ver. El viento me azotó el rostro y me quemó los ojos cuando dejó de haber gente que hiciera de pantalla. Cuando el reloj tocó otra vez, no sabía si lloraba por culpa del viento o si derramaba lágrimas debido a mi fracaso.
Los turistas m√°s cercanos a la boca del callej√≥n eran los cuatro integrantes de una familia. Las dos chicas luc√≠an vestidos escarlatas y lazos a juego con los que se recog√≠an hacia atr√°s el pelo negro. El padre, un tipo bajo, no parec√≠a distinguir el brillo en medio de las sombras, justo encima de su hombro. Me apresur√© en esa direcci√≥n mientras intentaba ver algo a pesar del escozor de las l√°grimas. El reloj son√≥ una vez m√°s y la ni√Īa m√°s peque√Īa se apret√≥ las manos contra las orejas.
La hija mayor, que apenas le llegaba a su madre a la cintura, se abraz√≥ a su pierna y observ√≥ fijamente las sombras que reinaban detr√°s de ellos. Cuando mir√©, ella tocaba el codo de la madre y se√Īalaba hacia la oscuridad. El reloj reson√≥, pero yo ahora estaba cerca...
... lo bastante cerca para escuchar la voz aguda de la ni√Īa. El padre me mir√≥ sorprendido cuando me precipit√© sobre ellos, pronunciando a voz en grito el nombre Edward una y otra vez, sin cesar.
La ni√Īa mayor ri√≥ entre dientes y le dijo algo a su madre al tiempo que volv√≠a a se√Īalar las sombras con gestos de impaciencia.
Gir√© bruscamente alrededor del padre, que tom√≥ en brazos a la ni√Īa para apartarla de mi camino, y salt√© hacia la sombr√≠a brecha que hab√≠a detr√°s de ellos. Entretanto, el reloj volvi√≥ a tocar en lo alto.
—¡Edward, no! —grité, pero mi voz se perdió en el rugido de la campanada.
Entonces le vi, y también vi que él no se había percatado de mi presencia.
Esta vez era él, no una alucinación. Me di cuenta de que mis falsas ilusiones eran más imperfectas de lo que yo creía; nunca le hicieron justicia.
Edward permanec√≠a de pie, inm√≥vil como una estatua, a pocos pasos de la boca del callej√≥n. Ten√≠a los ojos cerrados, con las ojeras muy marcadas, de un p√ļrpura oscuro, y los brazos relajados a ambos lados del cuerpo con las palmas vueltas hacia arriba. Su expresi√≥n estaba llena de paz, como si estuviera so√Īando cosas agradables. La piel marfile√Īa de su pecho estaba al descubierto y hab√≠a un peque√Īo revoltijo de tela blanca a sus pies. El reflejo claro del pavimento de la plaza hac√≠a brillar tenuemente su piel.
Nunca hab√≠a visto nada m√°s bello, incluso mientras corr√≠a, jadeando y gritando, pude apreciarlo. Y los √ļltimos siete meses desaparecieron. Incluso sus palabras en el bosque perdieron significado. Tampoco importaba si no me quer√≠a. No importaba cu√°nto tiempo pudiera llegar a vivir; jam√°s podr√≠a querer a otro.
El reloj sonó y él dio una gran zancada hacia la luz.
—¡No! —grité—. ¡Edward, mírame!
Sonrió de forma imperceptible sin escucharme y alzó el pie para dar el paso que lo expondría directamente a los rayos del sol.
Choqué contra él con tanto ímpetu que la fuerza del impacto me habría tirado al suelo si sus brazos no me hubieran agarrado. El golpetazo me dejó sin aliento y con la cabeza vencida hacia atrás.
Sus ojos oscuros se abrieron lentamente mientras el reloj tocaba de nuevo.
Me miró con tranquila sorpresa.
—Asombroso —dijo con la voz maravillada y un poco divertida—. Carlisle tenía razón.
—Edward —intenté respirar, pero la voz no me salía—. Has de volver a las sombras. ¡Tienes que moverte!
√Čl pareci√≥ desconcertado. Me acarici√≥ la mejilla suavemente con la mano. No parec√≠a darse cuenta de que yo intentaba hacerle retroceder. Para el progreso que estaba haciendo, hubiera dado igual que hubiese empujado las paredes del callej√≥n. El reloj son√≥ sin que √©l reaccionara.
Era muy extra√Īo, porque yo sab√≠a que los dos est√°bamos en peligro mortal. Sin embargo, en ese momento, me sent√≠ bien. Por completo. Pod√≠a notar otra vez el palpitar desbocado de mi coraz√≥n contra las costillas y la sangre lat√≠a caliente y r√°pida por mis venas. Los pulmones se me llenaron del dulce perfume que derramaba su cuerpo. Era como si nunca hubiera existido un agujero en mi pecho. Todo estaba perfecto, no curado, sino como si desde el principio no hubiera habido una herida.
¬óNo puedo creerme lo r√°pidos que han sido. No he sentido absolutamente nada, son realmente buenos ¬ómusit√≥ √©l mientras volv√≠a a cerrar los ojos y presionaba los labios contra mi pelo. Su voz era de terciopelo y miel¬ó. ¬ęMuerte, que has sorbido la miel de sus labios, no tienes poder sobre su belleza¬Ľ ¬ómurmur√≥ y reconoc√≠ el verso que declamaba Romeo en la tumba. El reloj hizo retumbar su √ļltima campanada¬ó. Hueles exactamente igual que siempre ¬ócontinu√≥ √©l¬ó. As√≠ que quiz√°s esto sea el infierno. Y no me importa. Me parece bien.
¬óNo estoy muerta ¬óle interrump√≠¬ó. ¬°Y tampoco t√ļ! Por favor, Edward, tenemos que movernos. ¬°No pueden estar muy lejos!
Luch√© contra sus brazos y √©l frunci√≥ el ce√Īo, confuso.
¬ó¬ŅQu√© est√°s diciendo? ¬ópregunt√≥ educadamente.
—¡No estamos muertos, al menos no todavía! Pero tenemos que salir de aquí antes de que los Vulturis...
La comprensión chispeó en su rostro mientras yo hablaba, y de pronto, antes de que pudiera terminar la frase, me arrastró hacia las sombras. Me hizo girar con tal facilidad que me encontré con la espalda pegada a la pared de ladrillo y con la suya frente a mí, de modo que él quedó de cara al callejón. Extendió los brazos con la finalidad de protegerme.
Miré desde debajo de su brazo para ver dos formas oscuras desprenderse de la penumbra.
¬óSaludos, caballeros ¬óla voz de Edward son√≥ aparentemente calmada y amable, pero s√≥lo en la superficie¬ó. No creo que vaya a requerir hoy sus servicios. Apreciar√≠a much√≠simo, sin embargo, que enviaran mi m√°s sentido agradecimiento a sus se√Īores.
¬ó¬ŅPodr√≠amos mantener esta conversaci√≥n en un lugar m√°s apropiado? ¬ósusurr√≥ una voz suave de forma amenazadora.
¬óDudo de que eso sea necesario ¬órepuso Edward, ahora con mayor dureza¬ó. Conozco tus instrucciones, Felix. No he quebrantado ninguna regla.
¬óFelix simplemente pretende se√Īalar la proximidad del sol ¬ócoment√≥ otra voz en tono conciliador. Ambos estaban ocultos dentro de unas enormes capas del color gris del humo, que llegaban hasta el suelo y ondulaban al viento¬ó. Busquemos una protecci√≥n mejor.
¬óIndica el camino y yo te sigo ¬ódijo Edward con sequedad¬ó. Bella, ¬Ņpor qu√© no vuelves a la plaza y disfrutas del festival?
—No, trae a la chica —ordenó la primera sombra, introduciendo un matiz lascivo en su susurro.
—Me parece que no —la pretensión de civilización había desaparecido, la voz de Edward era ahora tajante y helada. Cambió su equilibrio de forma casi inadvertida, pero pude comprobar que se preparaba para luchar.
¬óNo ¬óarticul√© los labios sin hacer ning√ļn sonido.
—Shh —susurró él, sólo para mí.
—Felix —le advirtió la segunda sombra, más razonable—, aquí no —se volvió a Edward—. A Aro le gustaría volver a hablar contigo, eso es todo, si, al fin y al cabo, has decidido no forzar la mano.
—Así es —asintió Edward—, pero la chica se va.
¬óMe temo que eso no es posible ¬órepuso la sombra educada, con aspecto de lamentarlo¬ó. Tenemos reglas que obedecer.
—Entonces, me temo que no voy a poder aceptar la invitación de Aro, Demetri.
¬óEsto est√° pero que muy bien ¬óronrone√≥ Felix. Mis ojos se iban adaptando a la penumbra m√°s densa y pude ver que Felix era muy grande, alto y de espaldas fornidas. Su tama√Īo me record√≥ a Emmett.
—Disgustarás a Aro —suspiró Demetri.
—Estoy seguro de que sobrevivirá a la decepción —replicó Edward.
Felix y Demetri se acercaron hacia la boca del callej√≥n y se abrieron hacia los lados a fin de poder atacar a Edward desde dos frentes. Su intenci√≥n era obligarle a introducirse a√ļn m√°s en el callej√≥n y evitar una escena. Ning√ļn reflejo luminoso pod√≠a abrirse paso hasta su piel; estaban a salvo dentro de sus capas.
Edward no se movió un centímetro. Estaba condenándose para protegerme.
De pronto, Edward gir√≥ la cabeza a un lado, hacia la oscuridad de la curva del callej√≥n. Demetri y Felix hicieron lo mismo en respuesta a alg√ļn sonido o movimiento demasiado sutil para mis sentidos.
¬óMejor si nos comportamos correctamente, ¬Ņno? ¬ósugiri√≥ una voz musical¬ó. Hay se√Īoras presentes.
Alice se desliz√≥ con ligereza al lado de Edward, manteniendo una postura despreocupada. No mostraba signos de tensi√≥n. Parec√≠a tan diminuta, tan fr√°gil. Sus bracitos colgaban a sus costados como los de una ni√Īa.
Pero tanto Demetri como Felix se envararon, y sus capas revolotearon ligeramente al ritmo de una r√°faga de viento que recorr√≠a el callej√≥n. El rostro de Felix se avinagr√≥. Aparentemente no les gustaban los n√ļmeros pares.
—No estamos solos —les recordó ella.
Demetri mir√≥ sobre su hombro. A unos pocos metros de all√≠, en la misma plaza, nos observaba la familia de las ni√Īas vestidas de rojo. La madre hablaba en tono apremiante con su marido, con los ojos fijos en nosotros cinco. Desvi√≥ la mirada hacia otro lado cuando se encontr√≥ con la de Demetri. El hombre avanz√≥ unos cuantos pasos m√°s hacia la plaza y dio un golpecito en el hombro de uno de los hombres con chaquetas rojas.
Demetri sacudió la cabeza.
—Por favor, Edward, sé razonable —le conminó.
—Muy bien —accedió Edward—. Ahora nos marcharemos tranquilamente, pero sin que nadie se haga el listo.
Demetri suspiró con frustración.
¬óAl menos, discutamos esto en un sitio m√°s privado.
Seis hombres vestidos de rojo se unieron a la familia que seguía mirándonos con rostros llenos de aprensión. Yo era muy consciente de la postura defensiva que mantenía Edward delante de mí, y estaba segura de que era esto lo que causaba su alarma. Quería gritarles para que echaran a correr.
Los dientes de Edward se cerraron de forma audible.
¬óNo.
Felix sonrió.
¬óYa es suficiente.
La voz era aguda, atiplada y procedía de nuestra espalda.
Mir√© desde debajo del otro brazo de Edward para contemplar la llegada de otra forma peque√Īa y oscura hasta nuestra posici√≥n. El contorno impreciso y vaporoso de su silueta me indic√≥ que era otro de ellos, pero ¬Ņqui√©n?
Al principio, pens√© que era un ni√Īo. El reci√©n llegado era diminuto como Alice, con un cabello casta√Īo claro lacio y corto. El cuerpo bajo la capa ¬óque era m√°s oscura, casi negra¬ó, se adivinaba esbelto y andr√≥gino. Sin embargo, el rostro era demasiado hermoso para ser el de un chico. Los ojos grandes y los labios carnosos habr√≠an hecho parecer una g√°rgola a un √°ngel de Botticelli, incluso a pesar de las pupilas de un apagado color carmes√≠.
Me dej√≥ perpleja c√≥mo reaccionaron todos ante su aparici√≥n a pesar de su tama√Īo insignificante. Felix y Demetri se relajaron de inmediato y abandonaron sus posiciones ofensivas para fundirse de nuevo con las sombras de los muros circundantes.
Edward dejó caer los brazos y también relajó la postura, pero admitiendo su derrota.
—Jane —suspiró resignado al reconocerla.
Alice se cruzó de brazos y mantuvo una expresión impasible.
—Seguidme —habló Jane otra vez, con su voz monocorde e infantil. Nos dio la espalda y se movió silenciosamente hacia la oscuridad.
Felix nos hizo un gesto para que nosotros fuéramos primero, con una sonrisita de suficiencia.
Alice camin√≥ enseguida detr√°s de la peque√Īa Jane. Edward me pas√≥ el brazo por la cintura y me empuj√≥ para que fuera a su lado. El callej√≥n se curvaba y estrechaba a medida que descend√≠a. Levant√© la mirada hacia Edward con un mont√≥n de fren√©ticas preguntas en mis ojos, pero √©l se limit√≥ a sacudir la cabeza. No pod√≠a o√≠r a los dem√°s detr√°s de nosotros, pero estaba segura de que estaban ah√≠.
—Bien, Alice —dijo Edward en tono de conversación conforme andábamos—. Supongo que no debería sorprenderme verte aquí.
—Ha sido error mío —contestó Alice en el mismo tono—. Era mi responsabilidad haberlo hecho bien.
¬ó¬ŅQu√© ocurri√≥? ¬óinquiri√≥ educadamente, como si apenas le interesara. Imagin√© que esto iba destinado a los o√≠dos atentos que nos segu√≠an.
¬óEs una larga historia ¬ólos ojos de Alice se deslizaron sobre m√≠ y se dirigieron hacia otro lado¬ó. En pocas palabras, ella salt√≥ de un acantilado, pero no pretend√≠a suicidarse. Parece que √ļltimamente a Bella le van los deportes de riesgo.
Enrojecí y miré al frente en busca de la sombra oscura, que apenas se podía ver ya. Imaginaba que ahora él estaría escuchando los pensamientos de Alice. Ahogamientos frustrados, vampiros al acecho, amigos licántropos...
—Mmm —dijo Edward con voz cortante. Su anterior tono despreocupado había desaparecido por completo.
And√°bamos por un amplio recodo del callej√≥n, que segu√≠a cuesta abajo, por lo que no vi el final, terminado en chafl√°n, hasta que no llegamos a √©l y alcanzamos la pared de ladrillo lisa y sin ventanas. No se ve√≠a a la peque√Īa Jane por ninguna parte.
Alice no vaciló y continuó caminando hacia la pared a grandes zancadas. Entonces, con su gracia natural, se deslizó por un agujero abierto en la calle.
Parec√≠a una alcantarilla, hundida en el lugar m√°s bajo del pavimento. No la vi hasta que Alice desapareci√≥ por el hueco, aunque la rejilla estaba retirada a un lado, descubri√©ndolo hasta la mitad. El agujero era peque√Īo y muy oscuro.
Me planté.
¬óTodo va bien, Bella ¬óme dijo Edward en voz baja¬ó. Alice te recoger√°.
Miré el orificio, dubitativa. Me imaginé que él habría entrado el primero si Felix y Demetri no hubieran estado esperando, pagados de sí mismos y silenciosos, detrás de nosotros.
Me agaché y deslicé las piernas por el estrecho espacio.
¬ó¬ŅAlice? ¬ósusurr√© con voz temblorosa.
—Estoy aquí debajo, Bella —me aseguró. Su voz parecía provenir de muy abajo, demasiado abajo para que yo me sintiera bien.
Edward me tom√≥ de las mu√Īecas ¬ósus manos me parecieron del tacto de la piedra en invierno¬ó y me baj√≥ hacia la oscuridad.
¬ó¬ŅPreparada? ¬ópregunt√≥ √©l.
—Suéltala —gritó Alice.
Impelida por el puro pánico, cerré firmemente los ojos para no ver la oscuridad y los labios para no gritar. Edward me dejó caer.
Fue rápido y silencioso. El aire se agitó a mi paso durante una fracción de segundo; después, se me escapó un jadeo y me acogieron los brazos de Alice, tan duros que estuve segura de que me saldrían cardenales. Me puso de pie.
El fondo de la alcantarilla estaba en penumbra, pero no a oscuras. La luz procedente del agujero de arriba suministraba un tenue resplandor que se reflejaba en la humedad de las piedras del suelo. La tenue claridad se desvaneció un segundo y Edward apareció a mi lado, con un resplandor suave. Me rodeó con el brazo, me sujetó con fuerza a su costado y comenzó a arrastrarme velozmente hacia delante. Envolví su cintura fría con los dos brazos y tropecé y trastabillé a lo largo del irregular camino de piedra. El sonido de la pesada rejilla cerrando la alcantarilla a nuestras espaldas se oyó con metálica rotundidad.
Pronto, la luz tenue de la calle se desvaneci√≥ en la penumbra. El sonido de mis pasos tambaleantes levantaba eco en el espacio negro; parec√≠a amplio, aunque no estaba segura. No se o√≠a otro sonido que el latido fren√©tico de mi coraz√≥n y el de mis pies en las piedras mojadas, excepto una vez que se escuch√≥ un suspiro de impaciencia desde alg√ļn lugar detr√°s de m√≠.
Edward me sujet√≥ con fuerza. Alz√≥ la mano libre para acariciarme la cara y desliz√≥ su pulgar suave por el contorno de mis labios. Una y otra vez sent√≠ su rostro sobre mi pelo. Me di cuenta de que quiz√°s √©sta ser√≠a la √ļltima vez que estar√≠amos juntos y me apret√© a√ļn m√°s contra √©l.
Ahora parec√≠a como si √©l me quisiera, y eso bastaba para compensar el horror de aquel t√ļnel y de los vampiros que rondaban a nuestras espaldas. Seguramente no era nada m√°s que la culpa, la misma culpa que le hab√≠a hecho venir hasta aqu√≠ para morir, cuando pens√≥ que me hab√≠a suicidado por √©l, pero el motivo no me import√≥ cuando sent√≠ c√≥mo sus labios presionaban silenciosamente mi frente. Al menos podr√≠a volver a estar con √©l antes de perder la vida. Eso era mucho mejor que una larga existencia. Hubiera deseado preguntarle qu√© iba a suceder ahora. Ard√≠a en deseos de saber c√≥mo √≠bamos a morir, como si saberlo con antelaci√≥n mejorara la situaci√≥n de alguna manera; pero, rodeados como est√°bamos, no pod√≠a hablar, ni siquiera en susurros. Los otros podr√≠an escucharlo todo, como o√≠an cada una de mis inspiraciones y de los latidos de mi coraz√≥n.
El camino que pisábamos continuó descendiendo, introduciéndonos cada vez más en la profundidad de la tierra y esto me hizo sentir claustrofobia. Sólo la mano de Edward, que me acariciaba el rostro, impedía que me pusiera a gritar.
No sab√≠a de d√≥nde proced√≠a la luz, pero lentamente el negro fue transform√°ndose en gris oscuro. Nos encontr√°bamos en un t√ļnel bajo, con arcos. Las piedras cenicientas supuraban largas hileras de humedad del color del √©bano, como si estuvieran sangrando tinta.
Estaba temblando, y pens√© que era de miedo. No me di cuenta de que tiritaba de fr√≠o hasta que empezaron a casta√Īetearme los dientes. Ten√≠a las ropas mojadas todav√≠a y la temperatura debajo de la ciudad era tan glacial como la piel de Edward.
√Čl se dio cuenta de esto al mismo tiempo que yo y me solt√≥, sujet√°ndome s√≥lo de la mano.
¬óN-n-no ¬ótartamude√©, rode√°ndole de nuevo con los brazos. No me importaba si me congelaba. ¬ŅQui√©n sab√≠a cu√°nto tiempo nos quedaba?
Su mano fría se deslizó repetidas veces por mi piel en un intento de calentarme con la fricción.
Nos apresuramos a trav√©s del t√ļnel, o al menos a m√≠ as√≠ me lo pareci√≥. Mi lento avance irritaba a alguien, supuse que a Felix, y le o√≠ suspirar una y otra vez.
Al final del t√ļnel hab√≠a otra reja cuyas barras de hierro estaban enmohecidas, pero eran tan gruesas como mi brazo. Hab√≠a abierta una peque√Īa puerta de barras entrelazadas m√°s finas. Edward agach√≥ la cabeza para pasar y cruz√≥ r√°pidamente a una habitaci√≥n m√°s grande e iluminada. La reja se cerr√≥ de golpe con estr√©pito, seguido del chasquido de un cerrojo. Ten√≠a demasiado miedo para mirar a mis espaldas.
Al otro lado de la gran habitación había una puerta de madera pesada y de escasa altura. Era muy gruesa, pude comprobarlo porque también estaba abierta.
Atravesamos la puerta y miré a mi alrededor sorprendida, relajándome inmediatamente. A mi lado, Edward se tensó y apretó con fuerza la mandibula