11 - Daenerys

—Mis colegas magísteres han doblado la guardia en la ciudad —les comentó Illyrio una noche en la mansión donde había vivido Drogo, ante enormes bandejas de pato a la miel y chiles anaranjados.
El khal se había ido con su khalasar y la casa había quedado a disposición de Daenerys y su hermano hasta el día de la boda.
—Más vale que casemos pronto a la princesa Daenerys, antes de que la mitad de las riquezas de Pentos vayan a parar a los bolsillos de mercenarios y malhechores — bromeó Ser Jorah Mormont.
El exiliado había ofrecido su espada a Viserys la noche en que Dany fue vendida a Khal Drogo. Su hermano la había aceptado de buena gana. Desde entonces, Mormont los acompañaba constantemente.
El magíster Illyrio dejó escapar una risita a través de la barba, pero Viserys ni siquiera sonrió.
—Por mí como si se la quiere llevar mañana —dijo. Miró a Dany, que bajó los ojos—. Mientras pague lo acordado, claro.
—Ya os lo he dicho mil veces, está todo arreglado —dijo Illyrio haciendo un gesto lánguido con la mano; los anillos centelleaban en los dedos regordetes—. Confiad en mí. Si el khal os ha prometido una corona, la tendréis.
—Sí, pero ¿cuándo?
—Cuando el khal lo diga —replicó Illyrio—. Primero se llevará a la chica, y una vez estén casados tendrá que ir con todo su cortejo por las llanuras para presentarla al dosh khaleen en Vaes Dothrak. Después de eso quizá llegue vuestro turno. Si los presagios son favorables a la guerra.
—Me meo en los presagios de los dothrakis. —Viserys se moría de impaciencia— . El Usurpador ocupa el trono de mi padre. ¿Hasta cuándo habré de esperar?
—Lleváis la mayor parte de vuestra vida esperando, oh, gran rey —contestó Illyrio encogiéndose de hombros—. ¿Qué importan unos meses más, unos años más?
—Os aconsejo que tengáis paciencia, Alteza —dijo Ser Jorah con un gesto de asentimiento. Había viajado mucho hacia el este, incluso había llegado a Vaes Dothrak—. Los dothrakis cumplen siempre su palabra, pero hacen las cosas cuando lo consideran oportuno. Un inferior puede suplicar un favor al khal, pero nadie puede imponerle nada.
—Cuidado con esa lengua, Mormont, si no quieres quedarte sin ella. —Viserys estaba furioso—. No soy inferior a nadie, soy el legítimo Señor de los Siete Reinos. El dragón no suplica.
Ser Jorah bajó los ojos, respetuoso. Illyrio esbozó una sonrisa enigmática y arrancó un ala al pato. La miel y la grasa le corrieron por los dedos y le gotearon por la barba cuando mordisqueó la carne tierna.
«Ya no quedan dragones», pensó Dany mirando a su hermano, aunque no se atrevió a decirlo en voz alta.
Pero aquella noche soñó con un dragón. Viserys la golpeaba, le hacía daño. Estaba desnuda, atenazada por el terror. Huía de él, pero sentía el cuerpo desmañado y torpe. La golpeó de nuevo. Ella tropezó y cayó. «Has despertado al dragón —gritaba su hermano al tiempo que le asestaba una patada—. Has despertado al dragón, has despertado al dragón.» Los muslos de Dany estaban pegajosos de sangre. Cerró los ojos y gimió. Casi como respuesta se oyó el sonido espantoso de algo que se desgarraba, y el chisporroteo del fuego. Cuando alzó la vista de nuevo, Viserys había desaparecido, por todas partes se alzaban columnas de llamas y en medio de ellas estaba el dragón. Giró lentamente la enorme cabeza. Cuando los ojos de lava fundida se clavaron en los suyos, Dany despertó temblorosa, empapada de sudor. Jamás había tenido tanto miedo...
Hasta que por fin llegó el día de su boda.
La ceremonia empezó al amanecer y se prolongó hasta el ocaso. Fue un día interminable de borracheras, festines y trifulcas. Entre los palacios de hierba se había erigido una gran tribuna de tierra y allí estaba Dany, sentada junto a Khal Drogo, dominando la explanada que hervía con la actividad de los dothrakis. Nunca había visto tanta gente junta, ni personas tan extrañas y aterradoras. Los señores de los caballos se ponían ropas lujosas y ricos perfumes cuando visitaban las Ciudades Libres, pero a cielo abierto mantenían las viejas costumbres. Tanto hombres como mujeres vestían chalecos de cuero pintado sobre el pecho desnudo, y calzones de crin sujetos con cinturones de bronce; y los guerreros se aceitaban las largas trenzas con grasa derretida. Se atiborraban de carne de caballo asada con miel y chiles, bebían leche fermentada de yegua y los excelentes vinos de Illyrio hasta embriagarse por completo, y se intercambiaban bromas y puyas por encima de las hogueras con unas voces que a los oídos de Dany sonaban ásperas y extrañas.
Viserys ocupaba un lugar bajo ella, y estaba impresionante con una túnica nueva de lana negra que lucía un dragón escarlata sobre el pecho. Illyrio y Ser Jorah estaban sentados junto a él. El puesto que se les había asignado era de gran honor, justo por debajo de los mismísimos jinetes de sangre del khal, pero Dany había advertido la ira en los ojos violeta de su hermano. No le gustaba estar sentado en un nivel más bajo que ella, y se enfurecía cuando los esclavos ofrecían cada plato primero al khal y a su esposa, y le servían a él los bocados que ellos rechazaban. Pero no podía hacer otra cosa que ahogarse en el resentimiento, y eso hizo, de manera que su talante iba empeorando con cada insulto que percibía contra su persona.
Dany jamás se había sentido tan sola como allí, sentada en medio de aquella vasta horda. Su hermano le había ordenado que sonriera, así que sonrió hasta que le dolieron los músculos de la cara y las lágrimas le asomaron a los ojos. Hizo todo lo posible por ocultarlas, porque sabía lo mucho que se enfadaría Viserys si la veía llorar, y también porque la aterraba la posible reacción de Khal Drogo. Los esclavos ponían ante ella trozos de carne humeante, gruesas salchichas asadas y empanadas dothrakis de morcilla, y más tarde frutas, compota de hierbadulce y delicados pastelillos de las cocinas de Pentos, pero ella lo rechazaba todo. Tenía el estómago del revés, y sabía que no podría retener nada.
No tenía con quién hablar. Khal Drogo gritaba órdenes y chanzas a sus jinetes de sangre, y se reía con sus respuestas, pero apenas si miraba a Dany. No tenían un idioma común. Ella no entendía ni una palabra de dothraki, y el khal apenas sabía unas cuantas palabras del desvirtuado valyriano de las Ciudades Libres y ninguna de la lengua común de los Siete Reinos. Hasta habría agradecido la posibilidad de conversar con Illyrio y con su hermano, pero estaban demasiado abajo para oírla.
Así que permaneció allí sentada, con sus ropajes de seda, con una copa de vino endulzado con miel en las manos, sin atreverse a comer nada, hablando consigo misma.
—Soy de la sangre del dragón —se decía—. Soy Daenerys de la Tormenta, de la sangre y la semilla de Aegon el Conquistador.
El sol apenas había recorrido una cuarta parte de su trayectoria por el cielo cuando Dany vio morir al primer hombre. Sonaban los tambores mientras algunas de las mujeres bailaban para el khal. Drogo observaba con rostro inexpresivo, y de cuando en cuando lanzaba un medallón de bronce para que las mujeres pelearan por él.
Los guerreros también miraban. Por fin uno de ellos avanzó hacia el círculo de mujeres, agarró a una bailarina por el brazo, la tiró al suelo y la montó allí mismo, como un semental monta una yegua. Illyrio ya le había advertido que podía suceder algo así.
—Los dothrakis se aparean como los animales de sus rebaños —fueron sus palabras—. En un khalasar no existe la intimidad, y su concepto del pecado y de la vergüenza no es igual que el nuestro.
Dany, atemorizada, apartó la vista de la pareja que copulaba en cuanto comprendió qué estaba pasando, pero pronto un segundo guerrero se adelantó, y un tercero, y al final no tuvo adonde desviar la mirada. Entonces, dos hombres fueron a por la misma mujer. Oyó un grito; en un instante los arakhs estuvieron desenvainados y las hojas largas, mitad espada y mitad cimitarra, brillaron bajo el sol.
Los guerreros empezaron a moverse en círculo, lanzando estocadas y saltando el uno contra el otro en una danza de muerte; hacían girar las hojas sobre sus cabezas y se gritaban insultos, sin que nadie hiciera ademán de intervenir.
Todo terminó tan deprisa como había empezado. Los arakhs hendieron el aire a la vez, a tal velocidad que Dany no pudo seguirlos con la vista; uno de los hombres dio un paso en falso, el otro blandió el arma en un arco paralelo al suelo. El acero penetró en la carne justo por encima de la cintura del dothraki y seccionó el torso del vientre a la columna vertebral. Mientras el perdedor agonizaba, el vencedor agarró a la mujer que tenía más cerca, que ni siquiera era la que había provocado la disputa, y la tomó allí mismo. Los esclavos se llevaron el cadáver y se reanudó el baile.
El magíster Illyrio también había hablado a Dany de aquella posibilidad.
—Una boda dothraki en la que no haya como mínimo tres muertos se considera aburrida —le había dicho.
Su boda debió de ser un verdadero acontecimiento; antes de que se pusiera el sol habían muerto doce hombres.
A medida que pasaban las horas el terror se fue apoderando de Dany hasta que llegó un momento que tuvo que echar mano de todo su autodominio para no gritar. Tenía miedo de los dothrakis, con sus costumbres extrañas y monstruosas que los hacían parecer bestias con piel humana, en vez de hombres. Tenía miedo de su hermano, de lo que haría con ella si le fallaba. Y sobre todo tenía miedo de lo que sucedería aquella noche bajo las estrellas, cuando Viserys la entregara al gigante que bebía junto a ella, a aquel hombre enorme con un rostro tan impasible y cruel como una máscara de bronce.
—Soy de la sangre del dragón —se repitió.
Cuando el sol estuvo por fin muy bajo en el horizonte, Khal Drogo dio unas palmadas; los tambores, los festines y los gritos se interrumpieron al instante. Drogo se levantó e hizo ponerse en pie junto a él a Dany. Era el momento de que le entregaran sus regalos de boda.
Y ella sabía que, después de los regalos, después de que se pusiera el sol, llegaría el momento de montar a caballo y consumar el matrimonio. Dany trató de quitarse aquel pensamiento de la cabeza, pero no pudo. Se agarró los brazos para no temblar.
El regalo de su hermano Viserys fueron tres doncellas. Dany sabía que no le habían costado nada, sin duda Illyrio le había proporcionado las chicas. Irri y Jhiqui eran dothrakis de piel cobriza con el pelo negro y ojos almendrados, mientras que Doreah era una muchacha lysena de cabello rubio y ojos azules.
—No son vulgares criadas, hermana mía —dijo su hermano mientras las llevaban ante ella de una en una—. Illyrio y yo las hemos elegido personalmente para ti. Irri te enseñará a montar a caballo, Jhiqui el idioma dothraki, y Doreah te instruirá en las artes femeninas del amor. —Sonrió con los labios apretados—. Es muy eficaz, te lo garantizamos.
—Es una nadería, princesa —se disculpó Ser Jorah Mormont por su regalo—, pero un pobre exiliado no puede permitirse más —añadió mientras ponía ante ella un pequeño montón de libros antiguos.
Eran historias y canciones de los Siete Reinos, escritos en la lengua común. Dany le dio las gracias de todo corazón.
El magíster Illyrio dio una orden, y cuatro esclavos corpulentos se adelantaron portando un gran cofre de cedro con adornos de bronce. Al abrirlo descubrió los mejores terciopelos y damascos que se podían encontrar en las Ciudades Libres... y, sobre ellos, entre los suaves pliegues de los tejidos, había tres huevos grandes. Dany se quedó sin aliento. Eran los objetos más hermosos que había visto en la vida, cada uno diferente, de colores tan vivos que al principio pensó que tenían incrustaciones de piedras preciosas, y tan grandes que tuvo que utilizar ambas manos para coger uno. Lo alzó con delicadeza, pensando que era de esmalte o de frágil porcelana, o incluso de cristal soplado, pero pesaba como si fuera de piedra maciza. La superficie del huevo estaba cubierta de escamas diminutas y, cuando le dio vueltas entre los dedos, brillaron como metal pulido a la luz del sol poniente. Uno de los huevos era de color verde oscuro con motitas de bronce que aparecían y desaparecían al moverlo. Otro era de color crema con vetas doradas. El último era negro, negro como el mar de medianoche, pero con remolinos y ondulaciones escarlata que parecían darle vida.
—¿Qué son? —preguntó, maravillada.
—Huevos de dragón, de las Tierras Sombrías que están más allá de Asshai —dijo el magíster Illyrio—. Se han convertido en piedra con los eones, pero conservan el fuego y la belleza.
—Los guardaré como un tesoro.
Dany había oído historias acerca de huevos como aquéllos, pero jamás había visto uno, ni soñado que llegaría a verlo. Era un regalo espléndido, aunque sabía que Illyrio se podía permitir tal generosidad. Al venderla a Khal Drogo había ganado una fortuna en caballos y esclavos.
Los jinetes de sangre del khal le presentaron las tres armas tradicionales, y eran sin duda magníficas. Haggo le ofreció un gran látigo de cuero con empuñadura de plata, Cohollo un arakh magnífico con engastes de oro, y Qotho un arco largo de huesodragón, más alto que ella. El magíster Illyrio y Ser Jorah le habían enseñado la fórmula tradicional para rechazar aquellos obsequios.
—Es un regalo digno de un gran guerrero, oh sangre de mi sangre, y yo soy una simple mujer. Que los reciba en mi lugar mi señor esposo.
De manera que Khal Drogo también tuvo «regalos de novia».
Otros dothrakis le entregaron también obsequios sin fin: chinelas, joyas, anillos de plata para el cabello, cinturones de medallones, chalecos teñidos, suaves pieles, sedas, frascos de perfumes, prendedores, plumas, diminutas botellitas de cristal púrpura y una túnica tejida con las pieles de un millar de ratones.
—Un regalo principesco, khaleesi —dijo Illyrio acerca de esto último cuando le contaron de qué se trataba—. Trae buena suerte.
Los regalos se apilaban en torno a ella en grandes montones, más de los que podía imaginar, más de los que quería o tendría tiempo de usar en toda su vida.
Y, por último, Khal Drogo llevó ante ella su presente. Un susurro expectante se inició en el centro de la multitud cuando se alejó de Dany, un susurro que fue extendiéndose por todo el khalasar. Cuando regresó, los dothrakis que ya habían entregado sus regalos se apartaron para dejarle paso, y guió al caballo hasta detenerlo ante ella.
Era una yegua joven, briosa y espléndida. Dany sabía lo justo sobre caballos para comprender que no se trataba de un animal cualquiera. Tenía una cualidad especial que quitaba el aliento. Era gris como el mar del invierno, con crines que parecían humo plateado.
Extendió el brazo con gesto titubeante para acariciar el cuello del animal, pasó los dedos por la plata de sus crines. Khal Drogo dijo algo en dothraki, y el magíster Illyrio se lo tradujo.
—Dice el khal que es plata para la plata de vuestro cabello.
—Es preciosa —murmuró Dany.
—Es el orgullo del khalasar —dijo Illyrio—. La tradición manda que la khaleesi cabalgue a lomos de una montura digna del lugar que ocupa al lado del khal.
Drogo se adelantó y le rodeó la cintura con las manos. La alzó con tanta facilidad como si se tratara de una niña y la sentó en la fina silla dothraki, mucho más pequeña que aquellas a las que estaba acostumbrada. Dany titubeó un instante, insegura. Nadie le había dicho cómo debía comportarse en aquel momento.
—¿Qué hago ahora? —preguntó a Illyrio.
—Coged las riendas y cabalgad —respondió Ser Jorah Mormont—. No hace falta que os alejéis mucho.
Dany, nerviosa, se hizo con las riendas y metió los pies en los estribos. Como amazona no era demasiado buena; había pasado mucho más tiempo viajando en barcos, en carruajes y en palanquines que a caballo. Rezó para no caerse y quedar en ridículo, y dio a la yegua un ligero toque con las rodillas.
Y por primera vez en horas, olvidó el miedo. O quizá fuera por primera vez en la vida.
La yegua color gris plata tenía un trote suave como la seda; la multitud se abrió para dejarles paso, todos los ojos estaban clavados en ella. Dany se sorprendió a sí misma moviéndose mucho más deprisa de lo que había pretendido, pero era una sensación más emocionante que aterradora. La yegua cambió a un trote rápido, y Dany sonrió. Los dothrakis le abrían camino. La más leve presión de sus piernas, el menor toque de riendas, y la yegua respondía. La puso al galope, y los dothrakis empezaron a aclamarla, a reír y a gritar mientras se apartaban de su trayectoria. Al dar media vuelta para emprender el regreso, se encontró con que una hoguera ardía en su camino. Imposible desviarse a un lado o al otro, y tampoco tenía espacio para detenerse. Una osadía que jamás había sentido invadió a Daenerys, que espoleó a su montura.
La yegua plateada saltó las llamas como si tuviera alas.
—Di a Khal Drogo que me ha regalado el viento —pidió al magíster Illyrio cuando se detuvo ante él.
El obeso pentoshi se acarició la barba amarilla y repitió sus palabras en dothraki, y por primera vez Dany vio sonreír a su esposo.
El último jirón de sol desapareció tras los altos muros de Pentos en aquel momento. Dany había perdido la noción del tiempo. Khal Drogo ordenó a sus jinetes de sangre que le llevaran su caballo, un esbelto semental castaño rojizo. Mientras el khal lo ensillaba, Viserys se acercó a Dany, que seguía a lomos de la yegua plateada, y le clavó los dedos en la pierna.
—Haz que quede satisfecho, hermanita, o te juro que verás despertar al dragón como nunca lo has visto antes.
El miedo regresó con las palabras de su hermano. Volvió a sentirse una niña; tenía sólo trece años y estaba sola, no se sentía preparada para lo que estaba a punto de suceder.
Cabalgaron juntos mientras empezaban a aparecer las estrellas, y dejaron atrás el khalasar y los palacios de hierba. Khal Drogo no le dirigió la palabra; se limitó a montar su semental a paso ligero en el crepúsculo. Las campanillas de plata de su larga trenza tintineaban suavemente.
—Soy de la sangre del dragón —susurraba Dany tras él, tratando de conservar el valor—. Soy de la sangre del dragón. Soy de la sangre del dragón.
El dragón nunca tenía miedo.
Más adelante no habría sabido decir cuánto tiempo pasó ni cuánta distancia recorrieron a caballo, pero ya había oscurecido por completo cuando se detuvieron en un prado cubierto de hierba junto a un arroyo. Drogo descabalgó y la bajó de la yegua. Dany se sentía frágil como el cristal en sus manos, y no se atrevía a confiar en sus piernas. Se quedó allí, desvalida y temblorosa con su túnica matrimonial de seda, mientras él ataba los caballos; cuando se volvió para mirarla, ella se echó a llorar.
—No —dijo Khal Drogo, que contemplaba sus lágrimas con un rostro extrañamente inexpresivo. Alzó la mano y se las secó rudamente con un pulgar encallecido.
—Hablas la lengua común —se maravilló Dany.
—No —repitió él.
Quizá fuera la única palabra que sabía, pensó, pero al menos sabía una, más de lo que ella esperaba. Aquello hizo que se sintiera mejor en cierto modo. Drogo le rozó el cabello con suavidad, acarició con los dedos las hebras de oro blanco de su pelo, al tiempo que murmuraba algo en dothraki. Dany no comprendió qué decía, pero su tono de voz era cálido y tenía una ternura que nunca habría esperado de aquel hombre.
Le puso un dedo bajo la barbilla y le levantó la cabeza para que lo mirase a los ojos. Drogo se alzaba muy por encima de ella, superaba en estatura a todo el mundo. La asió suavemente por debajo de los brazos, la alzó y la sentó sobre una roca redondeada junto al arroyo. Luego se sentó en el suelo ante ella con las piernas cruzadas. Por fin sus rostros estaban a la misma altura.
—No —dijo.
—¿Es la única palabra que sabes?
Drogo no respondió. La larga trenza, muy gruesa, caía hasta el suelo junto a él. Se la echó por encima del hombro derecho y empezó a quitarse las campanillas del pelo, una a una. Tras un instante de vacilación Dany se inclinó hacia delante para ayudarlo. Cuando terminaron, Drogo hizo un gesto. Ella lo comprendió. Lentamente, con mucho cuidado, empezó a deshacerle la trenza.
Le llevó mucho tiempo. Durante los largos minutos, Drogo permaneció sentado, en silencio, observándola. Cuando hubo terminado sacudió la cabeza, y la cabellera cayó sobre su espalda como un río de oscuridad, aceitado y brillante. Dany nunca había visto una melena tan larga, tan negra, tan espesa.
Entonces le tocó el turno a él. Empezó a desvestirla. Tenía dedos hábiles y sorprendentemente amables. Una a una le fue quitando las capas de seda, con ternura, mientras Dany permanecía inmóvil y silenciosa, mirándolo a los ojos. Cuando le dejó al descubierto los pechos menudos, no pudo contenerse: desvió la mirada y se cubrió con las manos.
—No —dijo Drogo. Le apartó las manos de los pechos suavemente, pero con firmeza, y le alzó el rostro de nuevo para que lo mirase—. No —repitió.
—No —dijo ella como un eco.
La hizo levantarse y la atrajo hacia él para quitarle la última prenda de seda. Dany notó el aire gélido de la noche sobre la piel desnuda. Se estremeció y se le puso la carne de gallina. Tenía miedo de lo que iba a suceder a continuación, pero durante unos momentos no pasó nada. Khal Drogo se sentó con las piernas cruzadas y se dedicó a mirarla, como si se bebiera su cuerpo con los ojos.
Al cabo de un rato empezó a tocarla. Primero suavemente, luego con más energía. Dany presentía la fuerza brutal de sus manos, pero en ningún momento sintió dolor. Le tomó la mano y acarició los dedos, uno a uno. Le rozó la pierna con delicadeza. Le acarició el rostro, recorrió la curva de sus orejas, le pasó un dedo por los labios. Le puso ambas manos en el pelo y se lo peinó con los dedos. Le dio la vuelta, le hizo un masaje en los hombros y deslizó un nudillo por la columna vertebral.
Pareció que transcurría una eternidad antes de que las manos del hombre llegaran por fin a sus pechos. Acarició la piel delicada hasta que la sintió erizarse. Hizo girar los pezones con los pulgares, los pellizcó suavemente y empezó a tirar de ellos, muy ligeramente al principio, luego con más insistencia, hasta que estuvieron tan erectos que empezaron a dolerle.
Sólo entonces se detuvo, y la sentó en su regazo. Dany estaba ruborizada y sin aliento, sentía el corazón desbocado en el pecho. Drogo le sostuvo el rostro con ambas manos y la miró a los ojos.
—¿No? —dijo.
Dany supo que era una pregunta. Le tomó la mano y la llevó hacia abajo, hacia la humedad entre sus muslos.
—Sí —susurró mientras guiaba el dedo del hombre hacia su interior.