1 - La fiesta

Alice había predicho que existían muchas posibilidades de que las dos muriéramos allí. Tal vez el resultado habría sido bien diferente si aquel sol deslumbrante no la hubiera retenido, de modo que sólo yo era libre de cruzar aquella plaza iluminada y atestada de gente.
Y no podía correr lo bastante rápido...
... por lo que no me importaba demasiado que estuviéramos rodeados por nuestros enemigos, extraordinariamente poderosos. Supe que era demasiado tarde cuando el reloj comenzó a dar la hora y sus campanadas hicieron vibrar el enlosado que pisaban mis pies —demasiado lentos—. Entonces me alegré de que más de un vampiro ávido de sangre me estuviera esperando por los alrededores. Si esto salía mal, a mí ya no me quedarían deseos de seguir viviendo.
El reloj siguió dando la hora mientras el sol caía a plomo en la plaza desde el centro exacto del cielo.

La fiesta
Estaba segura de que era un sue√Īo en un noventa y nueve por ciento.
Las razones de esa certeza casi absoluta eran, en primer lugar, que permanec√≠a en pie recibiendo de pleno un brillante rayo de sol, la clase de sol intenso y cegador que nunca brillaba en mi actual hogar de Forks, Washington, donde siempre lloviznaba; y en segundo lugar, porque estaba viendo a mi abuelita Marie, que hab√≠a muerto hac√≠a seis a√Īos. Esto, sin duda, ofrec√≠a una seria evidencia a favor de la teor√≠a del sue√Īo.
La abuela no había cambiado mucho. Su rostro era tal y como lo recordaba; la piel suave tenía un aspecto marchito y se plegaba en un millar de finas arrugas debajo de las cuales se traslucía con delicadeza el hueso, como un melocotón seco, pero aureolado con una mata de espeso pelo blanco de aspecto similar al de una nube.
Nuestros labios —los suyos fruncidos en una miríada de arrugas— se curvaron a la vez con una media sonrisa de sorpresa. Al parecer, tampoco ella esperaba verme.
Estaba a punto de preguntarle algo, era tanto lo que quer√≠a saber... ¬ŅQu√© hac√≠a en mi sue√Īo? ¬ŅD√≥nde hab√≠a permanecido los √ļltimos seis a√Īos? ¬ŅEstaba bien el abuelo? ¬ŅSe hab√≠an encontrado dondequiera que estuvieran? Pero ella abri√≥ la boca al mismo tiempo que yo y me detuve para dejarla hablar primero. Ella hizo lo mismo y ambas sonre√≠mos, ligeramente inc√≥modas.
¬ó¬ŅBella?
No era ella la que hab√≠a pronunciado mi nombre, por lo que ambas nos volvimos para ver qui√©n se un√≠a a nuestra peque√Īa reuni√≥n. En realidad, yo no necesitaba mirar para saberlo. Era una voz que habr√≠a reconocido en cualquier lugar, y a la que tambi√©n hubiera respondido, ya estuviera dormida o despierta. .. o incluso muerta, estoy casi segura. La voz por la que habr√≠a caminado sobre el fuego o, con menos dramatismo, por la que chapotear√≠a todos los d√≠as de mi vida entre el fr√≠o y la lluvia incesante.
Edward.
Aunque me mor√≠a de ganas por verle ¬óconsciente o no¬ó y estaba casi segura de que se trataba de un sue√Īo, me entr√≥ el p√°nico a medida que Edward se acercaba a nosotras caminando bajo la deslumbrante luz del sol.
Me asusté porque la abuela ignoraba que yo estaba enamorada de un vampiro —nadie lo sabía— y no se me ocurría la forma de explicarle el hecho de que los brillantes rayos del sol se quebraran sobre su piel en miles de fragmentos de arco iris, como si estuviera hecho de cristal o de diamante.
Bien, abuelita, quiz√°s te hayas dado cuenta de que mi novio resplandece. Es algo que le pasa cuando se expone al sol, pero no te preocupes...
Pero ¬Ņqu√© hac√≠a √©l aqu√≠? La √ļnica raz√≥n de que viviera en Forks, el lugar m√°s lluvioso del mundo, era poder salir a la luz del d√≠a sin que quedara expuesto el secreto de su familia. Sin embargo, ah√≠ estaba; se acercaba, como si yo estuviera sola, con ese andar suyo tan gr√°cil y despreocupado y esa hermos√≠sima sonrisa en su angelical rostro.
En ese momento dese√© no ser la excepci√≥n de su misterioso don. En general, agradec√≠a ser la √ļnica persona cuyos pensamientos no pod√≠a o√≠r con la misma claridad que si los expresara en voz alta, pero ahora hubiera deseado que oyera el aviso que le gritaba en mi fuero interno.
Lancé una mirada aterrada a la abuela y me percaté de que era demasiado tarde. En ese instante, ella se volvió para mirarme y sus ojos expresaron la misma alarma que los míos.
Edward continuó sonriendo de esa forma tan arrebatadora que hacía que mi corazón se desbocase y pareciera a punto de estallar dentro de mi pecho. Me pasó el brazo por los hombros y se volvió para mirar a mi abuela.
Su expresi√≥n me sorprendi√≥. Me miraba avergonzada, como si esperara una reprimenda, en vez de horrorizarse. Mantuvo aquel extra√Īo gesto y separ√≥ torpemente un brazo del cuerpo; luego, lo alarg√≥ y curv√≥ en el aire como si abrazara a alguien a quien no pod√≠a ver, alguien invisible...
S√≥lo me percat√© del marco que rodeaba su figura al contemplar la imagen desde una perspectiva m√°s amplia. Sin comprender a√ļn, alc√© la mano que no rodeaba la cintura de Edward y la acerqu√© para tocar a mi abuela. Ella repiti√≥ el movimiento de forma exacta, como en un espejo. Pero donde nuestros dedos hubieran debido encontrarse, s√≥lo hab√≠a fr√≠o cristal...
El sue√Īo se convirti√≥ en una pesadilla de forma brusca y vertiginosa.
√Čsa no era la abuela.
Era mi imagen reflejada en un espejo. Era yo, anciana, arrugada y marchita.
Edward permanec√≠a a mi lado sin reflejarse en el espejo, insoportablemente hermoso a sus diecisiete a√Īos eternos.
Apretó sus labios fríos y perfectos contra mi mejilla decrépita.
¬óFeliz cumplea√Īos ¬ósusurr√≥.


Me despert√© sobresaltada, jadeante y con los ojos a punto de salirse de las √≥rbitas. Una mortecina luz gris, la luz propia de una ma√Īana nublada, sustituy√≥ al sol cegador de mi pesadilla.
S√≥lo ha sido un sue√Īo, me dije. S√≥lo ha sido un sue√Īo. Tom√© aire y salt√© de la cama cuando se me pas√≥ el susto. El peque√Īo calendario de la esquina del reloj me mostr√≥ que todav√≠a est√°bamos a trece de septiembre.
Era s√≥lo un sue√Īo pero, sin duda, prof√©tico, al menos en un sentido. Era el d√≠a de mi cumplea√Īos. Acababa de cumplir oficialmente dieciocho a√Īos.
Había estado temiendo este día durante meses.
Durante el perfecto verano —el verano más feliz que he tenido jamás, el más feliz que nadie nunca haya podido tener y el más lluvioso de la historia de la península Olympic— esta fecha funesta había estado acechándome, preparada para saltar.
Y ahora que por fin hab√≠a llegado, resultaba a√ļn peor de lo que tem√≠a. Casi pod√≠a sentirlo: era mayor. Cada d√≠a envejec√≠a un poco m√°s, pero hoy era diferente y notablemente peor. Ten√≠a dieciocho a√Īos.
Los que Edward nunca llegaría a cumplir.
Cuando fui a lavarme los dientes, casi me sorprendi√≥ que el rostro del espejo no hubiera cambiado. Examin√© a conciencia la piel marfile√Īa de mi rostro en busca de alg√ļn indicio inminente de arrugas. Sin embargo, no hab√≠a otras que las de mi frente, y comprend√≠ que desaparecer√≠an si me relajaba, pero no pod√≠a. La desaz√≥n se hab√≠a aposentado en mi ce√Īo hasta formar una l√≠nea de preocupaci√≥n encima de los ansiosos ojos marrones.
S√≥lo ha sido un sue√Īo, me record√© una vez m√°s. S√≥lo un sue√Īo, y tambi√©n mi peor pesadilla.
Con las prisas por salir de casa lo antes posible, me salté el desayuno. No me encontraba con ánimo de enfrentarme a mi padre y tener que pasar unos minutos fingiendo estar contenta. Intentaba sentirme sinceramente entusiasmada con los regalos que le había pedido que no me hiciera, pero notaba que estaba a punto de llorar cada vez que debía sonreír.
Hice un esfuerzo para sosegarme mientras conduc√≠a camino del instituto. Resultaba dif√≠cil olvidar la visi√≥n de la abuelita ¬óno pod√≠a pensar en ella como si fuera yo¬ó y s√≥lo pude sentir desesperaci√≥n cuando entr√© en el conocido aparcamiento que se extend√≠a detr√°s del instituto de Forks y descubr√≠ a Edward inm√≥vil, recostado contra su pulido Volvo plateado como un tributo de marfil consagrado a alg√ļn olvidado dios pagano de la belleza. El sue√Īo no le hac√≠a justicia. Y estaba all√≠ esper√°ndome s√≥lo a m√≠, igual que cualquier otro d√≠a.
La desesperaci√≥n se disip√≥ moment√°neamente y la sustituy√≥ el embeleso. Despu√©s del casi medio a√Īo que llev√°bamos juntos, todav√≠a no pod√≠a creerme que mereciera tener tanta suerte.
Su hermana Alice estaba a su lado, esperándome también.
Edward y Alice no estaban emparentados de verdad, por supuesto ¬óla historia que corr√≠a por Forks era que los reto√Īos de los Cullen hab√≠an sido adoptados por el doctor Carlisle Cullen y su esposa Esme, ya que ambos ten√≠an un aspecto excesivamente joven como para tener hijos adolescentes¬ó, aunque su piel ten√≠a el mismo tono de palidez, sus ojos el mismo extra√Īo matiz dorado y las mismas ojeras marcadas y amoratadas. El rostro de Alice, al igual que el de Edward, era de una hermosura asombrosa, y estas similitudes los delataban a los ojos de alguien que, como yo, sab√≠a qu√© eran.
Puse cara de pocos amigos al ver a Alice esper√°ndome all√≠, con sus ojos de color tostado brillando de excitaci√≥n y una peque√Īa caja cuadrada envuelta en papel plateado en las manos. Le hab√≠a dicho que no quer√≠a nada, nada, ni regalos ni ning√ļn otro tipo de atenci√≥n por mi cumplea√Īos. Evidentemente, hab√≠a ignorado mis deseos.
Cerré de un golpe la puerta de mi Chevrolet del 53 y una lluvia de motas de óxido revoloteó hasta la cubierta de color negro. Después me dirigí lentamente hacia donde me aguardaban. Alice saltó hacia delante para encontrarse conmigo; su cara de duende resplandecía bajo el puntiagudo pelo negro.
¬ó¬°Feliz cumplea√Īos, Bella!
¬ó¬°Shhh! ¬óbisbise√© mientras miraba alrededor del aparcamiento para cerciorarme de que nadie la hab√≠a o√≠do. Lo √ļltimo que me apetec√≠a era cualquier clase de celebraci√≥n del luctuoso evento.
Ella me ignoró.
¬ó¬ŅCu√°ndo quieres abrir tu regalo? ¬ŅAhora o luego? ¬óme pregunt√≥ entusiasmada mientras camin√°bamos hacia donde nos esperaba Edward.
—No quiero regalos —protesté con un hilo de voz.
Al fin, pareció darse cuenta de cuál era mi estado de ánimo.
¬óVale..., tal vez luego. ¬ŅTe ha gustado el √°lbum de fotograf√≠as que te ha enviado tu madre? ¬ŅY la c√°mara de Charlie?
Suspir√©. Por descontado, ella deb√≠a de saber cu√°les iban a ser mis regalos de cumplea√Īos. Edward no era el √ļnico miembro de la familia dotado de extra√Īas cualidades. Seguramente Alice habr√≠a ¬ęvisto¬Ľ lo que mis padres planeaban regalarme en cuanto lo hubieran decidido.
—Sí, son maravillosos.
—A mí me parece una idea estupenda. Sólo te haces mayor de edad una vez en la vida, así que lo mejor es documentar bien la experiencia.
¬ó¬ŅCu√°ntas veces te has hecho t√ļ mayor de edad?
¬óEso es distinto.
Entonces llegamos a donde estaba Edward, que me tendi√≥ la mano. La tom√© con ganas, olvidando por un momento mi pesadumbre. Su piel era suave, dura y helada, como siempre. Le dio a mis dedos un apret√≥n cari√Īoso. Me sumerg√≠ en sus l√≠quidos ojos de topacio y mi coraz√≥n sufri√≥ otro apret√≥n aunque bastante menos dulce.
√Čl sonri√≥ al escuchar el tartamudeo de los latidos de mi coraz√≥n. Levant√≥ la mano libre y recorri√≥ el contorno de mis labios con el g√©lido extremo de uno de sus dedos mientras hablaba.
¬óAs√≠ que, tal y como me impusiste en su momento, no me permites que te felicite por tu cumplea√Īos, ¬Ņcorrecto?
—Sí, correcto —nunca conseguiría imitar, ni siquiera de lejos, su perfecta y formal facilidad de expresión. Eso era algo que solamente podía adquirirse en un siglo pretérito.
¬óS√≥lo me estaba asegurando ¬óse pas√≥ la mano por su despeinado cabello de color bronce¬ó. Podr√≠as haber cambiado de idea. La mayor√≠a de la gente disfruta con cosas como los cumplea√Īos y los regalos.
Alice rompió a reír y su risa se alzó como un sonido plateado, similar al repique del viento.
¬óPues claro que lo disfruta. Se supone que hoy todo el mundo se va a portar bien contigo y te dejar√° hacer lo que quieras, Bella. ¬ŅQu√© podr√≠a ocurrir de malo? ¬ólanz√≥ la frase como una pregunta ret√≥rica.
—Pues hacerme mayor —contesté de todos modos, y mi voz no fue tan firme como me hubiera gustado.
A mi lado, la sonrisa de Edward se tensó hasta convertirse en una línea dura.
¬óTener dieciocho a√Īos no es ser muy mayor ¬ódijo Alice¬ó. Ten√≠a entendido que, por lo general, las mujeres no se sent√≠an mal por cumplir a√Īos hasta llegar a los veintinueve.
—Es ser mayor que Edward —mascullé.
√Čl suspir√≥.
¬óT√©cnicamente ¬ódijo ella sin perder su tono desenfadado¬ó, ya que s√≥lo lo adelantas en un a√Īo de nada.
Se supon√≠a que... si estaba segura del futuro que deseaba, segura de pasarlo para siempre con Edward, Alice y el resto de los Cullen (mejor si no era como una menuda anciana arrugada) ... uno o dos a√Īos arriba o abajo no me importar√≠an demasiado. Pero Edward se hab√≠a cerrado en banda respecto a cualquier clase de futuro que incluyera mi transformaci√≥n. Cualquier futuro que me hiciera como √©l, inmortal igual que √©l.
Un impasse, lo llamaría Edward.
Para ser sinceros, la verdad es que no entend√≠a su punto de vista. ¬ŅQu√© ten√≠a de bueno la mortalidad? Convertirse en vampiro no parec√≠a una cosa tan horrible, al menos no a la manera de los Cullen.
¬ó¬ŅA qu√© hora vendr√°s a casa? ¬ócontinu√≥ Alice, cambiando de tema. A juzgar por su expresi√≥n, ya se hab√≠a dado cuenta de qu√© era lo que yo estaba intentando evitar.
—No sabía que tuviera que ir allí.
¬ó¬°Oh, por favor, Bella, no te pongas dif√≠cil! ¬óse quej√≥ ella¬ó. No nos ir√°s a arruinar toda la diversi√≥n poniendo esa cara, ¬Ņverdad?
¬óCre√≠a que mi cumplea√Īos era para tener lo que yo deseara.
—La llevaré desde casa de Charlie justo después de que terminemos las clases —le dijo Edward, ignorándome sin esfuerzo.
—Tengo que trabajar —protesté.
¬óEn realidad, no ¬órepuso Alice con aire de suficiencia¬ó, ya he hablado con la se√Īora Newton sobre eso. Te cambiar√° el turno en la tienda. Me dijo que te deseara un feliz cumplea√Īos.
—Pero... pero es que no puedo dejarlo —tartamudeé mientras buscaba desesperadamente una excusa—. Lo cierto es que, bueno, todavía no he visto Romeo y Julieta para la clase de Literatura.
Alice resopló con impaciencia.
¬óTe sabes Romeo y Julieta de memoria.
¬óPero el se√Īor Berty dice que necesitamos verlo representado para ser capaces de apreciarlo en su integridad, ya que √©sa era la forma en que Shakespeare quiso que se hiciera.
Edward puso los ojos en blanco.
—Pero si ya has visto la película —me acusó Alice.
¬óNo en la versi√≥n de los sesenta. El se√Īor Berty asegur√≥ que era la mejor.
Finalmente, Alice perdió su sonrisa satisfecha y me miró fijamente.
¬óMira, puedes pon√©rtelo dif√≠cil o f√°cil, t√ļ ver√°s, pero de un modo u otro...
Edward interrumpió su amenaza.
¬óTranquil√≠zate, Alice. Si Bella quiere ver una pel√≠cula, que la vea. Es su cumplea√Īos.
¬óAs√≠ es ¬óa√Īad√≠.
—La llevaré sobre las siete —continuó él—. Os dará más tiempo para organizado todo.
La risa de Alice resonó de nuevo.
—Eso suena bien. ¡Te veré esta noche, Bella! Verás como te lo pasas bien —esbozó una gran sonrisa, una sonrisa amplia que expuso sus perfectos y deslumbrantes dientes; luego me pellizcó una mejilla y salió disparada hacia su clase antes de que pudiera contestarle.
—Edward, por favor... —comencé a suplicar, pero él puso uno de sus dedos fríos sobre mis labios.
¬óYa lo discutiremos luego. Vamos a llegar tarde a clase.
Nadie se molest√≥ en mirarnos mientras nos acomod√°bamos al final del aula en nuestros asientos de costumbre. Ahora est√°bamos juntos en casi todas las clases ¬óera sorprendente los favores que Edward consegu√≠a de las mujeres de la administraci√≥n¬ó. Edward y yo llev√°bamos saliendo juntos demasiado tiempo como para ser objeto de habladur√≠as. Ni siquiera Mike Newton se molest√≥ en dirigirme la mirada apesadumbrada con la que sol√≠a hacerme sentir culpable; en vez de eso, ahora me sonre√≠a y yo estaba contenta de que, al parecer, hubiera aceptado que s√≥lo pod√≠amos ser amigos. Mike hab√≠a cambiado ese verano; los p√≥mulos resaltaban m√°s ahora que su rostro se hab√≠a estirado, y era distinta la forma en que peinaba su cabello rubio: en lugar de llevarlo pinchudo, se lo hab√≠a dejado m√°s largo y modelado con gel en una especie de desali√Īo casual. Era f√°cil ver d√≥nde se hab√≠a inspirado, aunque el aspecto de Edward era algo inalcanzable por simple imitaci√≥n.
Conforme avanzaba el d√≠a, consider√© todas las formas de eludir lo que se estuviera preparando en la casa de los Cullen aquella noche. El hecho en s√≠ ya era lo bastante malo como para celebrarlo; m√°xime cuando, en realidad, no estaba de humor para fiestas, y peor a√ļn, cuando lo m√°s probable es que √©stas incluyeran convertirme en el centro de atenci√≥n y hacerme regalos.
Nunca es bueno que te presten atención —seguramente, cualquier patoso tan proclive como yo a los accidentes pensará lo mismo—. Nadie desea convertirse en foco de nada si tiene tendencia a que se le caiga todo encima.
Adem√°s, hab√≠a pedido con toda claridad (en realidad, hab√≠a ordenado expresamente) que nadie me regalara nada ese a√Īo. Y parec√≠a que Charlie y Ren√©e no hab√≠an sido los √ļnicos que hab√≠an decidido pasarlo por alto.
Nunca tuve mucho dinero, pero eso no me hab√≠a preocupado jam√°s. Ren√©e me hab√≠a criado con el sueldo de una maestra de guarder√≠a, y tampoco Charlie se estaba forrando con el suyo, precisamente, siendo jefe de polic√≠a de una localidad peque√Īa como Forks. Mi √ļnico ingreso personal proced√≠a de los tres d√≠as a la semana que trabajaba en la tienda local de productos deportivos. Era afortunada al tener un trabajo en un lugar tan min√ļsculo como aqu√©l. Destinaba cada centavo que ganaba a mi microsc√≥pico fondo para la universidad. En realidad, la universidad era el plan B, porque a√ļn no hab√≠a perdido las esperanzas depositadas en el plan A, aunque Edward se hab√≠a puesto tan inflexible con lo de que yo continuara siendo humana que...
Edward ten√≠a un mont√≥n de dinero, ni siquiera quer√≠a pensar en la cantidad total. El dinero casi carec√≠a de significado para √©l y el resto de los Cullen. Seg√ļn ellos, solamente era algo que se acumula cuando tienes tiempo ilimitado y una hermana con la asombrosa habilidad de predecir pautas en el mercado de valores. Edward no parec√≠a entender por qu√© le pon√≠a objeciones a que gastara su dinero conmigo, es decir, por qu√© me incomodaba que me llevara a un restaurante caro de Seattle y no pod√≠a regalarme un coche que alcanzara velocidades superiores a los ochenta kil√≥metros por hora, o incluso por qu√© no pod√≠a pagarme la matr√≠cula de la universidad. Ten√≠a un entusiasmo realmente rid√≠culo por el plan B. Edward cre√≠a que yo estaba poniendo trabas sin necesidad.
Pero ¬Ņc√≥mo le iba a dejar que me diera nada cuando yo no ten√≠a con qu√© corresponderle? √Čl, por alguna raz√≥n incomprensible, quer√≠a estar conmigo. Cualquier cosa que me diera, adem√°s de su compa√Ī√≠a, aumentaba a√ļn m√°s el desequilibrio entre nosotros.
Conforme fue avanzando el d√≠a, ni Edward ni Alice volvieron a sacar el tema de mi cumplea√Īos, y comenc√© a relajarme un poco.
Nos sentamos en nuestro lugar de siempre a la hora del almuerzo.
Exist√≠a alguna extra√Īa clase de tregua en esa mesa. Nosotros tres ¬óEdward, Alice y yo¬ó nos sent√°bamos en el extremo sur de la misma. Ahora que los hermanos Cullen m√°s mayores y amedrentadores ¬ópor lo menos en el caso de Emmett¬ó se hab√≠an graduado, Alice y Edward ya no intimidaban demasiado y no nos sent√°bamos solos. Mis otros amigos, Mike y Jessica ¬óque estaban en la inc√≥moda fase de amistad posterior a la ruptura¬ó, Angela y Ben ¬ócuya relaci√≥n hab√≠a sobrevivido al verano¬ó, Eric, Conner, Tyler y Lauren ¬óaunque esta √ļltima no entraba realmente en la categor√≠a de amiga¬ó se sentaban todos en la misma mesa, pero al otro lado de una l√≠nea invisible. Esa l√≠nea se disolv√≠a en los d√≠as soleados, cuando Edward y Alice evitaban acudir a clase; entonces la conversaci√≥n se generalizaba sin esfuerzo hasta hacerme part√≠cipe.
Ni Edward ni Alice encontraban este ligero ostracismo ofensivo ni molesto, como le hubiera ocurrido a cualquiera. De hecho, apenas lo notaban. La gente siempre se sent√≠a extra√Īamente mal e inc√≥moda con los Cullen, casi atemorizada por alguna raz√≥n que no era capaz de explicar. Yo era una rara excepci√≥n a esa regla. Algunas veces Edward se molestaba por lo c√≥moda que me sent√≠a en su cercan√≠a. Pensaba que eso no le conven√≠a a mi salud, una opini√≥n que yo rechazaba de plano en cuanto √©l la formulaba con palabras.
La sobremesa pas√≥ deprisa. Terminaron las clases y Edward me acompa√Ī√≥ al coche, como de costumbre, pero esta vez me abri√≥ la puerta del copiloto. Alice deb√≠a de haberse llevado su coche a casa para que √©l pudiera evitar que yo consiguiera escabullirme.
Crucé los brazos y no hice ademán de guarecerme de la lluvia.
¬ó¬ŅEs mi cumplea√Īos y ni siquiera puedo conducir?
¬óMe comporto como si no fuera tu cumplea√Īos, tal y como t√ļ quer√≠as.
¬óPues si no es mi cumplea√Īos, no tengo que ir a tu casa esta noche...
¬óMuy bien ¬ócerr√≥ la puerta del copiloto y pas√≥ a mi lado para abrir la puerta del conductor¬ó. Feliz cumplea√Īos.
—Calla —mascullé con poco entusiasmo. Entré por la puerta abierta, deseando que él hubiera optado por la otra posibilidad.
Mientras yo conducía, Edward jugueteó con la radio sin dejar de sacudir la cabeza con abierto descontento.
¬óTu radio se oye fatal.
Puse cara de pocos amigos. No me gustaba que empezara a criticar el coche. Estaba muy bien y además tenía personalidad.
¬ó¬ŅQuieres un est√©reo que funcione bien? Pues conduce tu propio coche ¬ólos planes de Alice me pon√≠an tan nerviosa que empeoraban mi estado de √°nimo, ya de por s√≠ sombr√≠o, y las palabras me salieron con m√°s brusquedad de la pretendida. Nunca expon√≠a a Edward a mi mal genio, y el tono de mi voz le hizo apretar los labios para que no se le escapara una sonrisa.
Se volvió para tomar mi rostro entre sus manos cuando aparqué frente a la casa de Charlie. Me tocó con mucho cuidado, paseando las puntas de sus dedos por mis sienes, mis pómulos y la línea de la mandíbula. Como si yo fuera algo que pudiera romperse con facilidad. Lo cual era exactamente el caso, al menos en comparación con él.
—Deberías estar de un humor estupendo, hoy más que nunca —susurró. Su dulce aliento se deslizó por mi rostro.
¬ó¬ŅY si no quiero estar de buen humor? ¬ópregunt√© con la respiraci√≥n entrecortada.
Sus ojos dorados ardieron con pasión.
¬óPues muy mal.
Empezaba a sentirme confusa cuando se inclinó sobre mí y apretó sus labios helados contra los míos. Tal como él pretendía, sin duda, olvidé todas mis preocupaciones, y me concentré en recordar cómo se inspiraba y espiraba.
Su boca se detuvo sobre la mía, fría, suave y dulce, hasta que deslicé mis brazos en torno a su cuello y me lancé a besarle con algo más que simple entusiasmo. Sentí cómo sus labios se curvaban hacia arriba cuando se apartó de mi cara y se alzó para deshacer mi abrazo.
Edward hab√≠a establecido con cuidado los l√≠mites exactos de nuestro contacto f√≠sico a fin de mantenerme viva. Aunque yo respetaba la necesidad de guardar una distancia segura entre mi piel y sus dientes ponzo√Īosos y afilados como navajas, tend√≠a a olvidar esas trivialidades cuando me besaba.
—Pórtate bien, por favor —suspiró contra mi mejilla. Presionó sus labios contra los míos una vez más y se apartó definitivamente de mí, obligándome a cruzar los brazos sobre mi estómago.
El pulso me atronaba los oídos. Me puse una mano en el corazón. Palpitaba enloquecido.
¬ó¬ŅCrees que esto mejorar√° alg√ļn d√≠a? ¬óme pregunt√©, m√°s a m√≠ misma que a √©l¬ó. ¬ŅAlguna vez conseguir√© que el coraz√≥n deje de intentar saltar fuera de mi pecho cuando me tocas?
—La verdad, espero que no —respondió, un poco pagado de sí mismo.
Puse los ojos en blanco.
¬óAnda, vamos a ver c√≥mo los Capuletos y los Montescos se destrozan unos a otros, ¬Ņvale?
—Tus deseos son órdenes para mí.
Edward se repatingó en el sofá mientras yo ponía la película, pasando rápido los créditos del principio. Me envolvió la cintura con sus brazos y me reclinó contra su pecho cuando me senté junto a él en el borde del sofá. No era exactamente tan cómodo como un cojín, pero yo lo prefería con diferencia. Su pecho era frío y duro, aunque perfecto, como una escultura de hielo. Tomó la manta de punto que descansaba, doblada, sobre el respaldo del sofá y me envolvió con ella para que no me congelara al contacto de su cuerpo.
¬ó¬ŅSabes?, Romeo no me cae nada bien ¬ócoment√≥ cuando empez√≥ la pel√≠cula.
¬ó¬ŅY qu√© le pasa a Romeo? ¬óle pregunt√©, un poco molesta. Era uno de mis personajes de ficci√≥n favoritos. Creo que hasta estaba un poco enamorada de √©l hasta que conoc√≠ a Edward.
¬óBien, en primer lugar, est√° enamorado de esa Rosalinda, ¬Ņno te parece que es un poco voluble? Y luego, unos pocos minutos despu√©s de su boda, mata al primo de Julieta. No es precisamente un rasgo de brillantez. Acumula un error tras otro. ¬ŅHabr√≠a alguna otra manera m√°s completa de destruir su felicidad?
Suspiré.
¬ó¬ŅQuieres que la vea yo sola?
¬óNo, de todos modos, yo estar√© mir√°ndote a ti la mayor parte del rato ¬ósus dedos se deslizaron por mi piel trazando formas, poni√©ndome la carne de gallina¬ó. ¬ŅTe vas a poner a llorar?
—Probablemente —admití—. Si estás pendiente de mí todo el rato.
—Entonces no te distraeré —pero sentí sus labios contra mi pelo y eso me distrajo bastante.
La película captó mi interés a ratos, gracias en buena parte a que Edward me susurraba los versos de Romeo al oído, con su irresistible voz aterciopelada, que convertía la del actor en un sonido débil y basto en comparación. Y claro que lloré, para su diversión, cuando Julieta se despierta y encuentra a su reciente esposo muerto.
—He de admitir que le tengo una especie de envidia —dijo Edward secándome las lágrimas con un mechón de mi propio pelo.
¬óElla es muy guapa.
√Čl hizo un sonido de disgusto.
¬óNo le envidio la chica, sino la facilidad para suicidarse ¬óaclar√≥ con tono de burla¬ó. ¬°Para vosotros, los humanos, es tan sencillo! Todo lo que ten√©is que hacer es tragaros un peque√Īo vial de extractos de plantas...
¬ó¬ŅQu√©? ¬óinquir√≠ con un grito ahogado.
—Es algo que tuve que plantearme una vez, y sé por la experiencia de Carlisle que no es nada sencillo. Ni siquiera estoy seguro de cuántas maneras de matarse probó Carlisle al principio, cuando se dio cuenta de en qué se había convertido... —su voz, que se había tornado mucho más seria, se volvió ligera otra vez—. Y no cabe duda de que sigue con una salud excelente.
Me retorcí para poder leer su expresión.
¬ó¬ŅDe qu√© est√°s hablando? ¬óquise saber¬ó. ¬ŅQu√© quieres decir con eso de que tuviste que plante√°rtelo una vez?
¬óLa primavera pasada, cuando t√ļ casi... casi te mataron... ¬óhizo una pausa para inspirar profundamente, luchando por volver al tono socarr√≥n de antes¬ó. Claro que estaba concentrado en encontrarte con vida, pero una parte de mi mente estaba elaborando un plan de emergencia por si las cosas no sal√≠an bien. Y como te dec√≠a, no es tan f√°cil para m√≠ como para un humano.
Los recuerdos de mi √ļltimo viaje a Phoenix me embargaron y durante un segundo sent√≠ cierto v√©rtigo. A√ļn conservaba en mi memoria, con total nitidez, el sol cegador y las oleadas de calor procedentes del asfalto mientras corr√≠a a toda prisa y con ansiedad al encuentro del s√°dico vampiro que quer√≠a torturarme hasta la muerte. James me esperaba en la habitaci√≥n de los espejos con mi madre como reh√©n, o eso supon√≠a yo. No supe hasta m√°s tarde que todo era una treta. Lo que tampoco sab√≠a James es que Edward se apresuraba a salvarme. Lo consigui√≥ a tiempo, pero por muy poco. De manera inconsciente, mis dedos se deslizaron por la cicatriz en forma de media luna de mi mano, siempre a varios grados por debajo de la temperatura del resto de mi piel.
Sacudí la cabeza, como si con eso pudiera deshacerme de todos los malos recuerdos e intenté comprender lo que Edward quería decir, mientras sentía un incómodo peso en el estómago.
¬ó¬ŅUn plan de emergencia? ¬órepet√≠.
¬óBueno, no estaba dispuesto a vivir sin ti ¬ópuso los ojos en blanco como si eso resultara algo evidente hasta para un ni√Īo¬ó. Aunque no estaba seguro sobre c√≥mo hacerlo. Ten√≠a claro que ni Emmett ni Jasper me ayudar√≠an..., as√≠ que pens√© que lo mejor ser√≠a marcharme a Italia y hacer algo que molestara a los Vulturis.
No quería creer que hablara en serio, pero sus ojos dorados brillaban de forma inquietante, fijos en algo lejano en la distancia, como si contemplara las formas de terminar con su propia vida. De pronto, me puse furiosa.
¬ó¬ŅQu√© es un Vulturis? ¬óinquir√≠.
¬óSon una familia ¬ócontest√≥ con la mirada ausente¬ó, una familia muy antigua y muy poderosa de nuestra clase. Es lo m√°s cercano que hay en nuestro mundo a la realeza, supongo. Carlisle vivi√≥ con ellos alg√ļn tiempo durante sus primeros a√Īos, en Italia, antes de venir a Am√©rica. ¬ŅNo recuerdas la historia?
¬óClaro que me acuerdo.
Nunca podría olvidar la primera vez que visité su casa, la enorme mansión blanca escondida en el bosque al lado del río, o la habitación donde Carlisle —el padre de Edward en tantos sentidos reales— tenía una pared llena de pinturas que contaban su historia personal. El lienzo más vívido, el de colores más luminosos y también el más grande, procedía de la época que Carlisle había pasado en Italia. Naturalmente que me acordaba del sereno cuarteto de hombres, cada uno con el rostro exquisito de un serafín, pintados en la más alta de las balconadas, observando la espiral caótica de colores. Aunque la pintura se había realizado hacía siglos, Carlisle, el ángel rubio, permanecía inalterable. Y recuerdo a los otros tres, los primeros conocidos de Carlisle. Edward nunca había utilizado la palabra Vulturis para referirse al hermoso trío, dos con el pelo negro y uno con el cabello blanco como la nieve. Los llamó Aro, Cayo y Marco, los mecenas nocturnos de las artes.
¬óDe cualquier modo, lo mejor es no irritar a los Vulturis ¬ócontinu√≥ Edward, interrumpiendo mi enso√Īaci√≥n¬ó. No a menos que desees morir, o lo que sea que nosotros hagamos ¬ósu voz sonaba tan tranquila que parec√≠a casi aburrido con la perspectiva.
Mi ira se transformó en terror. Tomé su rostro marmóreo entre mis manos y se lo apreté fuerte.
¬ó¬°Nunca, nunca vuelvas a pensar en eso otra vez! ¬°No importa lo que me ocurra, no te permito que te hagas da√Īo a ti mismo!
—No te volveré a poner en peligro jamás, así que eso es un punto indiscutible.
¬ó¬°Ponerme en peligro! ¬ŅPero no est√°bamos de acuerdo en que toda la mala suerte es cosa m√≠a? ¬óestaba enfad√°ndome cada vez m√°s¬ó. ¬ŅC√≥mo te atreves a pensar en esas cosas? ¬óla idea de que Edward dejara de existir, incluso aunque yo estuviera muerta, me produc√≠a un dolor insoportable.
¬ó¬ŅQu√© har√≠as t√ļ si las cosas sucedieran a la inversa? ¬ópregunt√≥.
¬óNo es lo mismo.
√Čl no parec√≠a comprender la diferencia y se ri√≥ entre dientes.
¬ó¬ŅY qu√© pasa si te ocurre algo? ¬óme puse p√°lida s√≥lo de pensarlo¬ó. ¬ŅQuerr√≠as que me suicidara?
Un rastro de dolor surcó sus rasgos perfectos.
¬óCreo que veo un poco por d√≥nde vas... s√≥lo un poco ¬óadmiti√≥¬ó. Pero ¬Ņqu√© har√≠a sin ti?
¬óCualquier cosa de las que hicieras antes de que yo apareciera para complicarte la vida.
Suspiró.
¬óTal como lo dices, suena f√°cil.
¬óSeguro que lo es. No soy tan interesante, la verdad.
Parecía a punto de rebatirlo, pero lo dejó pasar.
—Eso es discutible —me recordó.
Repentinamente, se incorporó adoptando una postura más formal, colocándome a su lado de modo que no nos tocáramos.
¬ó¬ŅCharlie? ¬óaventur√©.
Edward sonrió. Poco después escuché el sonido del coche de policía al entrar por el camino. Busqué y tomé su mano con firmeza, ya que mi padre bien podría tolerar eso.
Charlie entró con una caja de pizza en las manos.
¬óHola, chicos ¬óme sonri√≥¬ó. Supuse que querr√≠as tomarte un respiro de cocinar y fregar platos el d√≠a de tu cumplea√Īos. ¬ŅHay hambre?
¬óEst√° bien. Gracias, pap√°.
Charlie no hizo ning√ļn comentario sobre la aparente falta de apetito de Edward. Estaba acostumbrado a que no cenara con nosotros.
¬ó¬ŅLe importar√≠a si me llevo a Bella esta tarde? ¬ópregunt√≥ Edward cuando Charlie y yo terminamos.
Mir√© a Charlie con rostro esperanzado. Quiz√°s √©l tuviera ese tipo de concepto de cumplea√Īos que consiste en ¬ęquedarse en casa¬Ľ, en plan familiar. √Čste era mi primer cumplea√Īos con √©l, el primer cumplea√Īos desde que mi madre, Ren√©e, volviera a casarse y se hubiera ido a vivir a Florida, de modo que no sab√≠a qu√© expectativas tendr√≠a √©l.
¬óEso es estupendo, los Mariner juegan con los Fox esta noche ¬óexplic√≥ Charlie, y mi esperanza desapareci√≥¬ó, as√≠ que seguramente ser√© una mala compa√Ī√≠a... Toma ¬ósac√≥ la c√°mara que me hab√≠a comprado por sugerencia de Ren√©e (ya que necesitar√≠a fotos para llenar mi √°lbum) y me la lanz√≥.
√Čl deber√≠a haber sabido mejor que nadie que yo no era ninguna maravilla de coordinaci√≥n de movimientos. La c√°mara salt√≥ de entre mis dedos y cay√≥ dando vueltas hacia el suelo. Edward la atrap√≥ en el aire antes de que se estampara contra el lin√≥leo.
—Buena parada —remarcó Charlie—. Si han organizado algo divertido esta noche en casa de los Cullen, Bella, toma algunas fotos. Ya sabes cómo es tu madre, estará esperando verlas casi al mismo tiempo que las vayas haciendo.
—Buena idea, Charlie —dijo Edward mientras me devolvía la cámara.
Volví la cámara hacia él y le hice la primera foto.
¬óVa bien.
—Estupendo. Oye, saluda a Alice de mi parte. Lleva tiempo sin pasarse por aquí —Charlie torció el gesto.
¬óS√≥lo han pasado tres d√≠as, pap√° ¬óle record√©. Charlie estaba loco por Alice. Se encari√Ī√≥ con ella la √ļltima primavera, cuando me estuvo ayudando en mi dif√≠cil convalecencia; Charlie siempre le estar√≠a agradecido por salvarle del horror de ayudar a ducharse a una hija ya casi adulta¬ó. Se lo dir√©.
—Que os divirtáis esta noche, chicos —eso era claramente una despedida. Charlie ya se iba camino del salón y de la televisión.
Edward sonrió triunfante y me tomó de la mano para dirigirnos hacia la cocina.
Cuando fuimos a buscar mi coche, me abrió la puerta del copiloto y esta vez no protesté. Todavía me costaba mucho trabajo encontrar el camino oculto que llevaba a su casa en la oscuridad.
Edward condujo hacia el norte, hacia las afueras de Forks, visiblemente irritado por la escasa velocidad a la que le permitía conducir mi prehistórico Chevrolet. El motor rugía incluso más fuerte de lo habitual mientras intentaba ponerlo a más de ochenta.
—Tómatelo con calma —le advertí.
¬ó¬ŅSabes qu√© te gustar√≠a un mont√≥n? Un precioso y peque√Īo Audi Coup√©. Apenas hace ruido y tiene mucha potencia...
¬óNo hay nada en mi coche que me desagrade. Y hablando de caprichos caros, si supieras lo que te conviene, no te gastar√≠as nada en regalos de cumplea√Īos.
¬óNi un centavo ¬ódijo con aspecto recatado.
¬óMuy bien.
¬ó¬ŅPuedes hacerme un favor?
¬óDepende de lo que sea.
Suspiró y su dulce rostro se puso serio.
¬óBella, el √ļltimo cumplea√Īos real que tuvimos nosotros fue el de Emmett en 1935. D√©janos disfrutar un poco y no te pongas demasiado dif√≠cil esta noche. Todos est√°n muy emocionados.
Siempre me sorprendía un poco cuando se refería a ese tipo de cosas.
—Vale, me comportaré.
—Probablemente debería avisarte de que...
¬óBien, hazlo.
¬óCuando digo que todos est√°n emocionados... me refiero a todos ellos.
¬ó¬ŅTodos? ¬óme sofoqu√©¬ó. Pens√© que Emmett y Rosalie estaban en √Āfrica.
El resto de Forks ten√≠a la sensaci√≥n de que los reto√Īos mayores de los Cullen se hab√≠an marchado ese a√Īo a la universidad, a Dartmouth, pero yo ten√≠a m√°s informaci√≥n.
—Emmett quería estar aquí.
¬óPero... ¬Ņy Rosalie?
—Ya lo sé, Bella. No te preocupes, ella se comportará lo mejor posible.
No contest√©. Como si yo simplemente pudiera no preocuparme, as√≠ de f√°cil. A diferencia de Alice, la otra hermana ¬ęadoptada¬Ľ de Edward, la exquisita Rosalie con su cabello rubio dorado, no me estimaba mucho. En realidad, lo que sent√≠a era algo un poco m√°s fuerte que el simple desagrado. Por lo que a Rosalie se refer√≠a, yo era una intrusa indeseada en la vida secreta de su familia.
Me sentía terriblemente culpable por la situación. Ya me había dado cuenta de que la prolongada ausencia de Emmett y Rosalie era por mi causa, a pesar de que, sin reconocerlo abiertamente, estaba encantada de no tener que verla. A Emmett, el travieso hermano de Edward, sí que le echaba de menos. En muchos sentidos, se parecía a ese hermano mayor que yo siempre había querido tener..., sólo que era mucho, mucho más amedrentador.
Edward decidió cambiar de tema.
¬óAs√≠ que, si no me dejas regalarte el Audi, ¬Ņno hay nada que quieras por tu cumplea√Īos?
Mis palabras salieron en un susurro.
¬óYa sabes lo que quiero.
Un profundo ce√Īo hizo surgir arrugas en su frente de m√°rmol. Era evidente que hubiera preferido continuar con el tema de Rosalie.
Parecía que aquel día no hiciéramos nada más que discutir.
¬óEsta noche, no, Bella. Por favor.
¬óBueno, quiz√°s Alice pueda darme lo que quiero.
Edward gru√Ī√≥; era un sonido profundo y amenazante.
¬óEste no va a ser tu √ļltimo cumplea√Īos, Bella ¬ójur√≥.
¬ó¬°Eso no es justo!
Creo que pude oír cómo le rechinaban los dientes.
Estábamos a punto de llegar a la casa. Las luces brillaban con fuerza en las ventanas de los dos primeros pisos. Una larga línea de relucientes farolillos de papel colgaba de los aleros del porche, irradiando un sutil resplandor sobre los enormes cedros que rodeaban la casa. Grandes maceteros de flores —rosas de color rosáceo— se alineaban en las amplias escaleras que conducían a la puerta principal.
Gemí.
Edward inspiró profundamente varias veces para calmarse.
—Esto es una fiesta —me recordó—. Intenta ser comprensiva.
—Seguro —murmuré.
√Čl dio la vuelta al coche para abrirme la puerta y me ofreci√≥ su mano.
¬óTengo una pregunta.
Esperó con cautela.
¬óSi revelo esta pel√≠cula ¬ódije mientras jugaba con la c√°mara entre mis manos¬ó, ¬Ņaparecer√°s en las fotos?
Edward se echó a reír. Me ayudó a salir del coche, me arrastró casi por las escaleras y todavía estaba riéndose cuando me abrió la puerta.
Todos nos esperaban en el enorme sal√≥n de color blanco. Me saludaron con un ¬ę¬°Feliz cumplea√Īos, Bella!¬Ľ, a coro y en voz alta, cuando atraves√© la puerta. Enrojec√≠ y clav√© la mirada en el suelo. Alice, supuse que hab√≠a sido ella, hab√≠a cubierto cada superficie plana con velas rosadas y hab√≠a docenas de jarrones de cristal llenos con cientos de rosas. Cerca del gran piano de Edward hab√≠a una mesa con un mantel blanco, sobre el cual estaba el pastel rosa de cumplea√Īos, m√°s rosas, una pila de platos de cristal y un peque√Īo mont√≥n de regalos envueltos en papel plateado.
Era cien veces peor de lo que había imaginado.
Edward, al notar mi incomodidad, me pasó un brazo alentador por la cintura y me besó en lo alto de la cabeza.
Los padres de Edward, Esme y Carlisle —jóvenes hasta lo inverosímil y tan encantadores como siempre— eran los que estaban más cerca de la puerta. Esme me abrazó con cuidado y su pelo suave del color del caramelo me rozó la mejilla cuando me besó en la frente. Entonces, Carlisle me pasó el brazo por los hombros.
—Siento todo esto, Bella —me susurró en un aparte—. No hemos podido contener a Alice.
Rosalie y Emmett estaban detr√°s de ellos. Ella no sonre√≠a, pero al menos no me miraba con hostilidad. El rostro de Emmett se ensanch√≥ en una gran sonrisa. Hab√≠an pasado meses desde la √ļltima vez que los vi; hab√≠a olvidado lo gloriosamente bella que era Rosalie, tanto, que casi dol√≠a mirarla. Y Emmett siempre hab√≠a sido tan... ¬Ņgrande?
—No has cambiado en nada —soltó Emmett con un tono burlón de desaprobación—. Esperaba alguna diferencia perceptible, pero aquí estás, con la cara colorada como siempre.
¬óMuch√≠simas gracias, Emmett ¬óle agradec√≠ mientras enrojec√≠a a√ļn m√°s.
√Čl se ri√≥.
¬óHe de salir un minuto ¬óhizo una pausa para gui√Īar teatralmente un ojo a Alice¬ó. No hagas nada divertido en mi ausencia.
—Lo intentaré.
Alice soltó la mano de Jasper y saltó hacia mí, con todos sus dientes brillando en la viva luz. Jasper también sonreía, pero se mantenía a distancia. Se apoyó, alto y rubio, contra la columna, al pie de las escaleras. Durante los días que habíamos pasado encerrados juntos en Phoenix, pensé que había conseguido superar su aversión por mí, pero volvía a comportarse conmigo exactamente del mismo modo que antes, evitándome todo lo que podía, en el momento en que se vio libre de su obligación de protegerme. Sabía que no era nada personal, sólo una precaución y yo intentaba no mostrarme susceptible con el tema. Jasper tenía más problemas que los demás a la hora de someterse a la dieta de los Cullen; el olor de la sangre humana le resultaba mucho más irresistible a él que a los demás, a pesar de que llevaba mucho tiempo intentándolo.
—Es la hora de abrir los regalos —declaró Alice. Pasó su mano fría bajo mi codo y me llevó hacia la mesa donde estaban la tarta y los envoltorios plateados.
Puse mi mejor cara de m√°rtir.
—Alice, ya sabes que te dije que no quería nada...
¬óPero no te escuch√© ¬óme interrumpi√≥ petulante¬ó. √Ābrelos.
Me quitó la cámara de las manos y en su lugar puso una gran caja cuadrada y plateada. Era tan ligera que parecía vacía. La tarjeta de la parte superior decía que era de Emmett, Rosalie y Jasper. Casi sin saber lo que hacía, rompí el papel y miré por debajo, intentando ver lo que el envoltorio ocultaba.
Era alg√ļn instrumento electr√≥nico, con un mont√≥n de n√ļmeros en el nombre. Abr√≠ la caja, esperando descubrir lo que hab√≠a dentro, pero en realidad, la caja estaba vac√≠a.
¬óMmm... gracias.
A Rosalie se le escapó una sonrisa. Jasper se rió.
—Es un estéreo para tu coche —explicó—. Emmett lo está instalando ahora mismo para que no puedas devolverlo.
Alice siempre iba un paso por delante de mí.
¬óGracias, Jasper, Rosalie ¬óles dije mientras sonre√≠a al recordar las quejas de Edward sobre mi radio esa misma tarde; al parecer, todo era una puesta en escena¬ó. Gracias, Emmett ¬óa√Īad√≠ en voz m√°s alta.
Escuché su risa explosiva desde mi coche y no pude evitar reírme también.
¬óAbre ahora el de Edward y el m√≠o ¬ódijo Alice, con una voz tan excitada que hab√≠a adquirido un tono agudo. Ten√≠a en la mano un paquete peque√Īo, cuadrado y plano.
Me volví y le lancé a Edward una mirada de basilisco.
¬óLo prometiste.
Antes de que pudiera contestar, Emmett apareció en la puerta.
—¡Justo a tiempo! —alardeó y se colocó detrás de Jasper, que se había acercado más de lo habitual para poder ver mejor.
—No me he gastado un centavo —me aseguró. Me apartó un mechón de pelo de la cara, dejándome en la piel un leve cosquilleo con su contacto.
Aspiré profundamente y me volví hacia Alice.
—Dámelo —suspiré.
Emmett rió entre dientes con placer.
Tom√© el peque√Īo paquete, dirigiendo los ojos a Edward mientras deslizaba el dedo bajo el filo del papel y tiraba de la tapa.
¬ó¬°Maldita sea! ¬ómurmur√©, cuando el papel me cort√≥ el dedo. Lo alc√© para examinar el da√Īo. S√≥lo sal√≠a una gota de sangre del peque√Īo corte.
Entonces, todo pasó muy rápido.
—¡No! —rugió Edward.
Se arroj√≥ sobre m√≠, lanz√°ndome contra la mesa. Las dos nos ca√≠mos, tirando al suelo el pastel y los regalos, las flores y los platos. Aterric√© en un mont√≥n de cristales hechos a√Īicos.
Jasper chocó contra Edward y el sonido pareció el golpear de dos rocas.
Tambi√©n hubo otro ruido, un gru√Īido animal que parec√≠a proceder de la profundidad del pecho de Jasper. √Čste intent√≥ empujar a Edward a un lado y sus dientes chasquearon a pocos cent√≠metros de su rostro.
Al segundo siguiente, Emmett agarraba a Jasper desde detrás, sujetándolo con su abrazo de hierro, pero Jasper se debatía desesperadamente, con sus ojos salvajes, de expresión vacía fijos exclusivamente en mí.
No s√≥lo estaba en estado de shock, sino que tambi√©n sent√≠a pena. Ca√≠ al suelo cerca del piano, con los brazos extendidos de forma instintiva para parar mi ca√≠da entre los trozos irregulares de cristal. Justo en aquel momento sent√≠ un dolor agudo y punzante que me subi√≥ desde la mu√Īeca hasta el pliegue del codo.
Aturdida y desorientada, miré la brillante sangre roja que salía de mi brazo y después a los ojos enfebrecidos de seis vampiros repentinamente hambrientos.