17 - La llamada

Me percaté de que otra vez era demasiado temprano en cuanto me desperté. Sabía que estaba invirtiendo
progresivamente el horario habitual del día y de la noche. Me quedé tumbada en la cama y escuché las voces
tranquilas de Jasper y Alice en la otra habitación. Resultaba muy extraño que hablaran lo bastante alto como para
que los escuchara. Rodé rápidamente sobre la cama y me incorporé. Luego, me dirigí trastabillando hacia el
saloncito.


El reloj que había sobre la televisión marcaba las dos de la madrugada. Alice y Jasper se sentaban juntos en el sofá.
Alice estaba dibujando otra vez, Jasper miraba el boceto por encima del hombro de ésta. Estaban tan absortos en el
trabajo de Alice que no miraron cuando entré.

Me arrastré hasta el lado de Jasper para echar un vistazo.

— ¿Ha visto algo más? —pregunté en voz baja.

—Sí. Algo le ha hecho regresar a la habitación donde estaba el vídeo, y ahora está iluminada.

Observé a Alice dibujar una habitación cuadrada con vigas oscuras en el techo bajo. Las paredes estaban cubiertas
con paneles de madera, un poco más oscuros de la cuenta, pasados de moda. Una oscura alfombra estampada cubría
el suelo. Había una ventana grande en la pared sur y en la pared oeste un vano que daba a una sala de estar. Uno de
los lados de esta entrada era de piedra y en él se abría una gran chimenea de color canela que daba a ambas
habitaciones. Desde este punto de vista, el centro de la imagen lo ocupaban una televisión y un vídeo —en
equilibrio un tanto inestable sobre un soporte de madera demasiado pequeño para los dos—, que se encontraban en
la esquina sudoeste de la habitación. Un viejo sofá de módulos se curvaba en frente de la televisión con una mesita
de café redonda delante.

—El teléfono está allí —susurré e indiqué el lugar.

Dos pares de ojos eternos se fijaron en mí.

—Es la casa de mi madre.

Alice ya se había levantado del sofá de un salto con el móvil en la mano; empezó a marcar. Contemplé ensimismada
la precisa interpretación de la habitación donde se reunía la familia de mi madre. Jasper se acercó aún más a mí,
cosa rara en él, y me puso la mano suavemente en el hombro. El contacto físico acentuó su influjo tranquilizador. La
sensación de pánico se difuminó y no llegó a tomar forma.

Los labios de Alice temblaban debido a la velocidad con la que hablaba, por lo que no pude descifrar ese sordo
zumbido. No podía concentrarme.

—Bella —me llamó Alice. La miré atontada—. Bella, Edward viene a buscarte. Emmett, Carlisle y él te van a
recoger para esconderte durante un tiempo.

— ¿Viene Edward?

Aquellas palabras se me antojaron como un chaleco salvavidas al que sujetarme para mantener la cabeza fuera de
una riada.

—Sí. Va a tomar el primer vuelo que salga de Seattle. Lo recogeremos en el aeropuerto y te irás con él.

—Pero, mi madre... —a pesar de Jasper, la histeria burbujeaba en mi voz—. ¡El rastreador ha venido a por mi
madre, Alice!

—Jasper y yo nos aseguraremos de que esté a salvo.

—No puedo ganar a la larga, Alice. No podéis proteger a toda la gente que conozco durante toda la vida. ¿No ves lo
que está haciendo? No me persigue directamente a mí, pero encontrará y hará daño a cualquier persona que yo
ame... Alice, no puedo...

—Le atraparemos, Bella —me aseguró ella.

— ¿Y si te hiere, Alice? ¿Crees que eso me va a parecer bien? ¿Crees que sólo puede hacerme daño a través de mi
familia humana?

Alice miró a Jasper de forma significativa. Una espesa niebla y un profundo letargo se apoderaron de mí y los ojos
se me cerraron sin que pudiera evitarlo. Mi mente luchó contra la niebla cuando me di cuenta de lo que estaba
pasando. Forcé a mis ojos para que se abrieran y me levanté, alejándome de la mano de Jasper.

—No quiero volverme a dormir —protesté enfadada.

Caminé hacia mi habitación y cerré la puerta, en realidad, casi di un portazo para dejarme caer en la cama, hecha
pedazos, con cierta privacidad. Alice no me siguió en esta ocasión. Estuve contemplando la pared durante tres horas
y media, hecha un ovillo, meciéndome. Mi mente vagabundeaba en círculos, intentando salir de alguna manera de
esta pesadilla. Pero no había forma de huir, ni indulto posible. Sólo veía un único y sombrío final que se avecinaba
en mi futuro. La única cuestión era cuánta gente iba a resultar herida antes de que eso ocurriera.

El único consuelo, la única esperanza que me quedaba era saber que vería pronto a Edward. Quizás, sería capaz de
hallar la solución que ahora me rehuía sólo con volverle a ver.

Regresé al salón, sintiéndome un poco culpable por mi comportamiento, cuando sonó el móvil. Esperaba que
ninguno de los dos se hubiera enfadado, que supieran cuánto les agradecía los sacrificios que hacían por mí.

Alice hablaba tan rápido como de costumbre, pero lo que me llamó la atención fue que, por primera vez, Jasper no
se hallaba en la habitación. Miré el reloj; eran las cinco y media de la mañana.

—Acaban de subir al avión. Aterrizarán a las nueve cuarenta y cinco —dijo Alice; sólo tenía que seguir respirando
unas cuantas horas más hasta que él llegara.

— ¿Dónde está Jasper?

—Ha ido a reconocer el terreno.

— ¿No os vais a quedar aquí?


—No, nos vamos a instalar más cerca de la casa de tu madre.

Sentí un retortijón de inquietud en el estómago al escuchar sus palabras, pero el móvil sonó de nuevo, lo que hizo
que abandonara mi preocupación por el momento. Alice parecía sorprendida, pero yo ya había avanzado hacia él
esperanzada.

— ¿Diga? —Contestó Alice—. No, está aquí —me pasó el teléfono y anunció «Tu madre», articulando para que le
leyera los labios.

— ¿Diga?

— ¿Bella? ¿Estás ahí?

Era la voz de mi madre, con ese timbre familiar que le había oído miles de veces en mi infancia cada vez que me
acercaba demasiado al borde de la acera o me alejaba demasiado de su vista en un lugar atestado de gente. Era el
timbre del pánico.

Suspiré. Me lo esperaba, aunque, a pesar del tono urgente de mi llamada, había intentado que mi mensaje fuera lo
menos alarmante posible.

—Tranquilízate, mamá —contesté con la más sosegada de las voces mientras me separaba lentamente de Alice. No
estaba segura de poder mentir de forma convincente con sus ojos fijos en mí—. Todo va bien, ¿de acuerdo? Dame
un minuto nada más y te lo explicaré todo, te lo prometo.

Hice una pausa, sorprendida de que no me hubiera interrumpido ya.

— ¿Mamá?

—Ten mucho cuidado de no soltar prenda hasta que haya dicho todo lo que tengo que decir —la voz que acababa de
escuchar me fue tan poco familiar como inesperada. Era una voz de hombre, afinada, muy agradable e impersonal,
la clase de voz que se oye de fondo en los anuncios de deportivos de lujo. Hablaba muy deprisa—. Bien, no tengo
por qué hacer daño a tu madre, así que, por favor, haz exactamente lo que te diga y no le pasará nada —hizo una
pausa de un minuto mientras yo escuchaba muda de horror—. Muy bien —me felicitó—. Ahora repite mis palabras,
y procura que parezca natural. Por favor, di: «No, mamá, quédate donde estás».

—No, mamá, quédate donde estás —mi voz apenas sobrepasaba el volumen de un susurro.

—Empiezo a darme cuenta de que esto no va a ser fácil —la voz parecía divertida, todavía agradable y amistosa—.
¿Por qué no entras en otra habitación para que la expresión de tu rostro no lo eche todo a perder? No hay motivo
para que tu madre sufra. Mientras caminas, por favor, di: «Mamá, por favor, escúchame». ¡Venga, dilo ya!

—Mamá, por favor, escúchame —supliqué.

Me encaminé muy despacio hacia el dormitorio sin dejar de sentir la mirada preocupada de Alice clavada en mi
espalda.

Cerré la puerta al entrar mientras intentaba pensar con claridad a pesar del pavor que nublaba mi mente.

— ¿Hay alguien donde te encuentras ahora? Contesta sólo sí o no.

—No.

—Pero todavía pueden oírte, estoy seguro.

—Sí.

—Está bien, entonces —continuó la voz amigable—, repite: «Mamá, confía en mí».

—Mamá, confía en mí.

—Esto ha salido bastante mejor de lo que yo creía. Estaba dispuesto a esperar, pero tu madre ha llegado antes de lo
previsto. Es más fácil de este modo, ¿no crees? Menos suspense y menos ansiedad para ti.

Esperé.

—Ahora, quiero que me escuches con mucho cuidado. Necesito que te alejes de tus amigos, ¿crees que podrás
hacerlo? Contesta sí o no.

—No.

—Lamento mucho oír eso. Esperaba que fueras un poco más imaginativa. ¿Crees que te sería más fácil separarte de
ellos si la vida de tu madre dependiera de ello? Contesta sí o no.

No sabía cómo, pero debía encontrar la forma. Recordé que nos íbamos a dirigir al aeropuerto. El Sky Harbor
International siempre estaba atestado, y tal y como lo habían diseñado era fácil perderse...

—Eso está mejor. Estoy seguro de que no va a ser fácil, pero si tengo la más mínima sospecha de que estás
acompañada, bueno... Eso sería muy malo para tu madre —prometió la voz amable—. A estas alturas ya debes
saber lo suficiente sobre nosotros para comprender la rapidez con la que voy a saber si acudes acompañada o no, y
qué poco tiempo necesito para cargarme a tu madre si fuera necesario. ¿Entiendes? Responde sí o no.

—Sí —mi voz se quebró.

—Muy bien, Bella. Esto es lo que has de hacer. Quiero que vayas a casa de tu madre. Hay un número junto al
teléfono. Llama, y te diré adonde tienes que ir desde allí —me hacía idea de adonde iría y dónde terminaría aquel
asunto, pero, a pesar de todo, pensaba seguir las instrucciones con exactitud—. ¿Puedes hacerlo? Contesta sí o no.

—Y que sea antes de mediodía, por favor, Bella. No tengo todo el día —pidió con extrema educación.

— ¿Dónde está Phil? —pregunté secamente.


—Ah, y ten cuidado, Bella. Espera hasta que yo te diga cuándo puedes hablar, por favor.

Esperé.

—Es muy importante ahora que no hagas sospechar a tus amigos cuando vuelvas con ellos. Diles que ha llamado tu
madre, pero que la has convencido de que no puedes ir a casa por lo tarde que es. Ahora, responde después de mí:
«Gracias, mamá». Repítelo ahora.

—Gracias, mamá.

Rompí a llorar, a pesar de que intenté controlarme.

—Di: «Te quiero, mamá. Te veré pronto». Dilo ya.

—Te quiero, mamá —repetí con voz espesa—. Te veré pronto.

—Adiós, Bella. Estoy deseando verte de nuevo.

Y colgó.

Mantuve el móvil pegado al oído. El miedo me había agarrotado los dedos y no conseguía estirar la mano para
soltarlo.

Sabía que debía ponerme a pensar, pero el sonido de la voz aterrada de mi madre ocupaba toda mi mente.
Transcurrieron varios segundos antes de que recobrara el control.

Despacio, muy despacio, mis pensamientos consiguieron romper el espeso muro del dolor. Planes, tenía que hacer
planes, aunque ahora no me quedaba más opción que ir a la habitación llena de espejos y morir. No había ninguna
otra garantía, nada con lo que pudiera salvar la vida de mi madre. Mi única esperanza era que James se diera por
satisfecho con ganar la partida, que derrotar a Edward fuera suficiente. Me agobiaba la desesperación, porque no
había nada con lo que pudiera negociar, nada que le importara para ofrecer o retener. Pero por muchas vueltas que
le diera no había ninguna otra opción. Tenía que intentarlo.

Situé el pánico en un segundo plano lo mejor que pude. Había tomado la decisión. No servía para nada perder
tiempo angustiándome sobre el resultado. Debía pensar con claridad, porque Alice y Jasper me estaban esperando y
era esencial, aunque parecía imposible, que consiguiera escaparme de ellos.

Me sentí repentinamente agradecida de que Jasper no estuviera. Hubiera sentido la angustia de los últimos cinco
minutos de haber estado en la habitación del hotel, y en tal caso, ¿cómo iba a evitar sus sospechas? Contuve el
miedo, la ansiedad, intentando sofocarlos. No podía permitírmelos ahora, ya que no sabía cuándo regresaría Jasper.

Me concentré en la fuga. Confiaba en que mi conocimiento del aeropuerto supusiera una baza a mi favor. Era
prioritario alejar a Alice como fuera...

Era consciente de que me esperaba en la otra habitación, curiosa. Pero tenía que resolver otra cosa más en privado
antes de que Jasper volviera.

Debía aceptar que no volvería a ver a Edward nunca más, ni siquiera una última mirada que llevarme a la habitación
de los espejos. Iba a herirle y no le podía decir adiós. Dejé que las oleadas de angustia me torturaran y me inundaran
un rato. Entonces, también las controlé y fui a enfrentarme con Alice.

La única expresión que podía adoptar sin meter la pata era la de una muerta, con gesto ausente. La vi alarmarse, y no
quise darle ocasión de que me preguntara. Sólo tenía un guión preparado y no me sentía capaz de improvisar ahora.

—Mi madre estaba preocupada, quería venir a Phoenix —mi voz sonaba sin vida—. Pero todo va bien, la he
convencido de que se mantenga alejada.

—Nos aseguraremos de que esté bien, Bella, no te preocupes.

Le di la espalda para evitar que me viera el rostro.

Mis ojos se detuvieron en un folio en blanco con membrete del hotel encima del escritorio. Me acerqué a él
lentamente, con un plan ya formándose en mi cabeza. También había un sobre. Buena idea.

—Alice —pregunté despacio, sin volverme, manteniendo inexpresivo el tono de voz—, si escribo una carta para mi
madre, ¿se la darás? Quiero decir si se la puedes dejar en casa.

—Sin duda, Bella —respondió con voz cautelosa, porque veía que estaba totalmente destrozada. Tenía que controlar
mejor mis emociones.

Me dirigí de nuevo al dormitorio y me arrodillé junto a la mesita de noche para apoyarme al escribir.

—Edward... —garabateé.

Me temblaba la mano, tanto que las letras apenas eran legibles.



Te quiero. Lo siento muchísimo—. Tiene a mi madre en su poder y he de intentarlo a pesar de saber que no
funcionará. Lo siento mucho, muchísimo.

No te enfades con Alice y Jasper, si consigo escaparme de ellos será un milagro, dales las gracias de mi parte en
especial a Alice por favor.

Y te lo suplico por favor no le sigas, creo que eso es precisamente lo que quiere. No podría soportar que alguien
saliera herido por mi culpa, especialmente tú, por favor es lo único que te pido. Hazlo por mí.

Te quiero,perdóname

Bella




Doblé la carta con cuidado y sellé el sobre. Ojala que lo encontrara. Sólo podía esperar que lo entendiera y me
hiciera caso, aunque fuera sólo esta vez.

Y también sellé cuidadosamente mi corazón.



EL JUEGO DEL ESCONDITE



Todo el pavor, la desesperación y la devastación de mi corazón habían requerido menos tiempo del que había
pensado. Los minutos transcurrían con mayor lentitud de lo habitual. Jasper aún no había regresado cuando me
reuní con Alice. Me atemorizaba permanecer con ella en la misma habitación —por miedo a lo que pudiera
adivinar— tanto como rehuirla, por el mismo motivo.

Creía que mis pensamientos torturados y volubles harían que fuera incapaz de sorprenderme por nada, pero me
sorprendí de verdad cuando la vi doblarse sobre el escritorio, aferrándose al borde con ambas manos.

— ¿Alice?

No reaccionó cuando mencioné su nombre, pero movía la cabeza de un lado a otro. Vi su rostro y la expresión vacía
y aturdida de su mirada. De inmediato pensé en mi madre. ¿Era ya demasiado tarde?

Me apresuré a acudir junto a ella y sin pensarlo, extendí la mano para tocar la suya.

— ¡Alice! —exclamó Jasper con voz temblorosa.

Este ya se hallaba a su lado, justo detrás, cubriéndole las manos con las suyas y soltando la presa que la aferraba a la
mesa. Al otro lado de la sala de estar, la puerta de la habitación se cerró sola con suave chasquido.

— ¿Qué ves? —exigió saber.

Ella apartó el rostro de mí y lo hundió en el pecho de Jasper.

—Bella —dijo Alice.

—Estoy aquí —repliqué.

Aunque con una expresión ausente, Alice giró la cabeza hasta que nuestras miradas se engarzaron. Comprendí
inmediatamente que no me hablaba a mí, sino que había respondido a la pregunta de Jasper.

— ¿Qué has visto? —inquirí. Pero en mi voz átona e indiferente no había ninguna pregunta de verdad.

Jasper me estudió con atención. Mantuve la expresión ausente y esperé. Estaba confuso y su mirada iba del rostro de
Alice al mío mientras sentía el caos... Yo había adivinado lo que acababa de ver Alice.

Sentí que un remanso de tranquilidad se instalaba en mi interior, y celebré la intervención de Jasper, ya que me
ayudaba a disciplinar mis emociones y mantenerlas bajo control.

Alice también se recobró y al final, con voz sosegada y convincente, contestó:

—En realidad, nada. Sólo la misma habitación de antes.

Por último, me miró con expresión dulce y retraída antes de preguntar:

— ¿Quieres desayunar?

—No, tomaré algo en el aeropuerto.

También yo me sentía muy tranquila. Me fui al baño a darme una ducha. Por un momento creí que Jasper había
compartido conmigo su extraño poder extrasensorial, ya que percibí la virulenta desesperación de Alice, a pesar de
que la ocultaba muy bien, desesperación porque yo saliera de la habitación y ella se pudiera quedar a solas con
Jasper. De ese modo, le podría contar que se estaban equivocando, que iban a fracasar...

Me preparé metódicamente, concentrándome en cada una de las pequeñas tareas. Me solté el pelo, extendiéndolo a
mí alrededor, para que me cubriera el rostro. El pacífico estado de ánimo en que Jasper me había sumido cumplió su
cometido y me ayudó a pensar con claridad y a planear. Rebusqué en mi petate hasta encontrar el calcetín lleno de
dinero y lo vacié en mi monedero.

Ardía en ganas de llegar al aeropuerto y estaba de buen humor cuando nos marchamos a eso de las siete de la
mañana. En esta ocasión, me senté sola en el asiento trasero mientras que Alice reclinaba la espalda contra la puerta,
con el rostro frente a Jasper, aunque cada pocos segundos me lanzaba miradas desde detrás de sus gafas de sol.

— ¿Alice? —pregunté con indiferencia.

— ¿Sí? —contestó con prevención.

— ¿Cómo funcionan tus visiones? —miré por la ventanilla lateral y mi voz sonó aburrida—. Edward me dijo que no
eran definitivas, que las cosas podían cambiar.

El pronunciar el nombre de Edward me resultó más difícil de lo esperado, y esa sensación debió alertar a Jasper, ya
que poco después una fresca ola de serenidad inundó el vehículo.

—Sí, las cosas pueden cambiar... —murmuró, supongo que de forma esperanzada—. Algunas visiones se aproximan
a la verdad más que otras, como la predicción metereológica. Resulta más difícil con los hombres. Sólo veo el curso
que van a tomar las cosas cuando están sucediendo. El futuro cambia por completo una vez que cambian la decisión
tomada o efectúan otra nueva, por pequeña que sea.

Asentí con gesto pensativo.


—Por eso no pudiste ver a James en Phoenix hasta que no decidió venir aquí.

—Sí —admitió, mostrándose todavía cautelosa.

Y tampoco me había visto en la habitación de los espejos con James hasta que no accedí a reunirme con él. Intenté
no pensar en qué otras cosas podría haber visto, ya que no quería que el pánico hiciera recelar aún más a Jasper. De
todos modos, los dos iban a redoblar la atención con la que me vigilaban a raíz de la visión de Alice. La situación se
estaba volviendo imposible.

La suerte se puso de mi parte cuando llegamos al aeropuerto, o tal vez sólo era que habían mejorado mis
probabilidades. El avión de Edward iba a aterrizar en la terminal cuatro, la más grande de todas, pero tampoco era
extraño que fuera así, ya que allí aterrizaban la mayor parte de los vuelos. Sin duda, era la terminal que más me
convenía —la más grande y la que ofrecía mayor confusión—, y en el nivel tres había una puerta que posiblemente
sería mi única oportunidad.

Aparcamos en el cuarto piso del enorme garaje. Fui yo quien los guié, ya que, por una vez, conocía el entorno mejor
que ellos. Tomamos el ascensor para descender al nivel tres, donde bajaban los pasajeros. Alice y Jasper se
entretuvieron mucho rato estudiando el panel de salida de los vuelos. Los escuchaba discutiendo las ventajas e
inconvenientes de Nueva York, Chicago, Atlanta, lugares que nunca había visto, y que, probablemente, nunca vería.

Esperaba mi oportunidad con impaciencia, incapaz de evitar que mi pie zapateara en el suelo. Nos sentamos en una
de las largas filas de sillas cerca de los detectores de metales. Jasper y Alice fingían observar a la gente, pero en
realidad, sólo me observaban a mí. Ambos seguían de reojo todos y cada uno de mis movimientos en la silla. Me
sentía desesperanzada. ¿Podría arriesgarme a correr? ¿Se atreverían a impedir que me escapara en un lugar público
como éste? ¿O simplemente me seguirían?

Saqué del bolso el sobre sin destinatario y lo coloqué encima del bolso negro de piel que llevaba Alice; ésta me miró
sorprendida.

—Mi carta —le expliqué.

Asintió con la cabeza e introdujo el sobre en el bolso debajo de la solapa, de modo que Edward lo encontraría
relativamente pronto.

Los minutos transcurrían e iba acercándose el aterrizaje del avión en el que viajaba Edward. Me sorprendía cómo
cada una de mis células parecía ser consciente de su llegada y la anhelarla. Esa sensación me complicaba las cosas,
y pronto me descubrí buscando excusas para quedarme a verle antes de escapar, pero sabía que eso me limitaba la
posibilidad de huir.

Alice se ofreció varias veces para acompañarme a desayunar. —Más tarde —le dije—, todavía no.

Estudié el panel de llegadas de los vuelos, comprobando cómo uno tras otro llegaban con puntualidad. El vuelo
procedente de Seattle cada vez ocupaba una posición más alta en el panel. —

Los dígitos volvieron a cambiar cuando sólo me quedaban treinta minutos para intentar la fuga. Su vuelo llegaba con
diez minutos de adelanto, por lo que se me acababa el tiempo.

—Creo que me apetece comer ahora —dije rápidamente.

Alice se puso de pie.

—Iré contigo.

— ¿Te importa que venga Jasper en tu lugar? —pregunté—. Me siento un poco... —no terminé la frase. Mis ojos
estaban lo bastante enloquecidos como para transmitir lo que no decían las palabras.

Jasper se levantó. La mirada de Alice era confusa, pero, comprobé para alivio mío, que no sospechaba nada. Ella
debía de atribuir la alteración en su visión a alguna maniobra del rastreador, más que a una posible traición por mi
parte.

Jasper caminó junto a mí en silencio, con la mano en mis ríñones, como si me estuviera guiando. Simulé falta de
interés por las primeras cafeterías del aeropuerto con que nos encontramos, y movía la cabeza a izquierda y derecha
en busca de lo que realmente quería encontrar: los servicios para señoras del nivel tres, que estaban a la vuelta de la
esquina, lejos del campo de visión de Alice.

— ¿Te importa? —pregunté a Jasper al pasar por delante—. Sólo será un momento.

—Aquí estaré —dijo él.

Eché a correr en cuanto la puerta se cerró detrás de mí. Recordé aquella ocasión en que me extravié por culpa de
este baño, que tenía dos salidas.

Sólo tenía que dar un pequeño salto para ganar los ascensores cuando saliera por la otra puerta. No entraría en el
campo de visión de Jasper si éste permanecía donde me había dicho. Era mi única oportunidad, por lo que tendría
que seguir corriendo si él me veía. La gente se quedaba mirándome, pero los ignoré. Los ascensores estaban
abiertos, esperando, cuando doblé la esquina. Me precipité hacia uno de ellos ——estaba casi lleno, pero era el que
bajaba— y metí la mano entre las dos hojas de la puerta que se cerraba. Me acomodé entre los irritados pasajeros y
me cercioré con un rápido vistazo de que el botón de la planta que daba a la calle estuviera pulsado. Estaba
encendido cuando las puertas se cerraron.


Salí disparada de nuevo en cuanto se abrieron, a pesar de los murmullos de enojo que se levantaron a mi espalda.
Anduve con lentitud mientras pasaba al lado de los guardias de seguridad, apostados junto a la cinta transportadora,
preparada para correr tan pronto como viera las puertas de salida. No tenía forma de saber si Jasper ya me estaba
buscando. Sólo dispondría de unos segundos si seguía mi olor. Estuve a punto de estrellarme contra los cristales
mientras cruzaba de un salto las puertas automáticas, que se abrieron con excesiva lentitud.

No había ni un solo taxi a la vista a lo largo del atestado bordillo de la acera.

No me quedaba tiempo. Alice y Jasper estarían a punto de descubrir mi fuga, si no lo habían hecho ya, y me
localizarían en un abrir y cerrar de ojos.

El servicio de autobús del hotel Hyatt acababa de cerrar las puertas a pocos pasos de donde me encontraba.

— ¡Espere! ——grité al tiempo que corría y le hacía señas al conductor.

—Éste es el autobús del Hyatt —dijo el conductor confundido al abrir la puerta.

—Sí. Allí es adonde voy —contesté con la respiración entrecortada, y subí apresuradamente los escalones.

Al no llevar equipaje, me miró con desconfianza, pero luego se encogió de hombros y no se molestó en hacerme
más preguntas.

La mayoría de los asientos estaban vacíos. Me senté lo más alejada posible de los restantes viajeros y miré por la
ventana, primero a la acera y después al aeropuerto, que se iba quedando atrás. No pude evitar imaginarme a
Edward de pie al borde de la calzada, en el lugar exacto donde se perdía mi pista. No puedes llorar aún, me dije a
mí misma. Todavía me quedaba un largo camino por recorrer.

La suerte siguió sonriéndome. En frente del Hyatt, una pareja de aspecto fatigado estaba sacando la última maleta
del maletero de un taxi. Me bajé del autobús de un salto e inmediatamente me lancé hacia el taxi y me introduje en
el asiento de atrás. La cansada pareja y el conductor del autobús me miraron fijamente.

Le indiqué al sorprendido taxista las señas de mi madre.

—Necesito llegar aquí lo más pronto posible.

—Pero esto está en Scottsdale —se quejó.

Arrojé cuatro billetes de veinte sobre el asiento.

— ¿Es esto suficiente?

—Sí, claro, chica, sin problema.

Me recliné sobre el asiento y crucé los brazos sobre el regazo. Las calles de la ciudad, que me resultaba tan familiar,
pasaban rápidamente a nuestro lado, pero no me molesté ni en mirar por la ventanilla. Hice un gran esfuerzo por
mantener el control y estaba resuelta a no perderlo llegada a aquel punto, ahora que había completado con éxito mi
plan. No merecía la pena permitirme más miedo ni más ansiedad. El camino estaba claro, y sólo tenía que seguirlo.

Así pues, en lugar de eso cerré los ojos y pasé los veinte minutos de camino creyéndome con Edward en vez de
dejarme llevar por el pánico.

Imaginé que me había quedado en el aeropuerto a la espera de su llegada. Visualicé cómo me pondría de puntillas
para verle el rostro lo antes posible, y la rapidez y el garbo con que él se deslizaría entre el gentío. Entonces, tan
impaciente como siempre, yo recorrería a toda prisa los pocos metros que me separaban de él para cobijarme entre
sus brazos de mármol, al fin a salvo.

Me pregunté adonde habríamos ido. A algún lugar del norte, para que él pudiera estar al aire libre durante el día, o
quizás a algún paraje remoto en el que nos hubiéramos tumbado al sol, juntos otra vez. Me lo imaginé en la playa,
con su piel destellando como el mar. No me importaba cuánto tiempo tuviéramos que ocultarnos. Quedarme
atrapada en una habitación de hotel con él sería una especie de paraíso, con la cantidad de preguntas que todavía
tenía que hacerle. Podría estar hablando con él para siempre, sin dormir nunca, sin separarme de él jamás.

Vislumbré con tal claridad su rostro que casi podía oír su voz, y en ese momento, a pesar del horror y la
desesperanza, me sentí feliz. Estaba tan inmersa en mi ensueño escapista que perdí la noción del tiempo
transcurrido.

—Eh, ¿qué número me dijo?

La pregunta del taxista pinchó la burbuja de mi fantasía, privando de color mis maravillosas ilusiones vanas. El
miedo, sombrío y duro, estaba esperando para ocupar el vacío que aquéllas habían dejado.

—Cincuenta y ocho —contesté con voz ahogada.

Me miró nervioso, pensando que quizás me iba a dar un ataque o algo parecido.

—Entonces, hemos llegado.

El taxista estaba deseando que yo saliera del coche; probablemente, albergaba la esperanza de que no le pidiera las
vueltas.

—Gracias —susurré.

No hacía falta que me asustara, me recordé. La casa estaba vacía. Debía apresurarme. Mamá me esperaba aterrada, y
dependía de mí.

Subí corriendo hasta la puerta y me estiré con un gesto maquinal para tomar la llave de debajo del alero. Abrí la
puerta. El interior permanecía a oscuras y deshabitado, todo en orden. Volé hacia el teléfono y encendí la luz de la


cocina en el trayecto. En la pizarra blanca había un número de diez dígitos escrito a rotulador con caligrafía pequeña
y esmerada. Pulsé los botones del teclado con precipitación y me equivoqué. Tuve que colgar y empezar de nuevo.
En esta ocasión me concentré sólo en las teclas, pulsándolas con cuidado, una por una. Lo hice correctamente.
Sostuve el auricular en la oreja con mano temblorosa. Sólo sonó una vez.

—Hola, Bella ——contestó James con voz tranquila—. Lo has hecho muy deprisa. Estoy impresionado.

— ¿Se encuentra bien mi madre?

—Está estupendamente. No te preocupes, Bella, no tengo nada contra ella. A menos que no vengas sola, claro —
dijo esto con despreocupación, casi divertido.

—Estoy sola.

Nunca había estado más sola en toda mi vida.

—Muy bien. Ahora, dime, ¿conoces el estudio de ballet que se encuentra justo a la vuelta de la esquina de tu casa?

—Sí, sé cómo llegar hasta allí.

—Bien, entonces te veré muy pronto.

Colgué.

Salí corriendo de la habitación y crucé la puerta hacia el calor achicharrante de la calle.

No había tiempo para volver la vista atrás y contemplar mi casa. Tampoco deseaba hacerlo tal y como se encontraba
ahora, vacía, como un símbolo del miedo en vez de un santuario. La última persona en caminar por aquellas
habitaciones familiares había sido mi enemigo.

Casi podía ver a mi madre con el rabillo del ojo, de pie a la sombra del gran eucalipto donde solía jugar de niña; o
arrodillada en un pequeño espacio no asfaltado junto al buzón de correos, un cementerio para todas las flores que
había plantado. Los recuerdos eran mejores que cualquier realidad que hoy pudiera ver, pero aun así, los aparté de
mi mente rápidamente y me encaminé hacia la esquina, dejándolo todo atrás.

Me sentía torpe, como si corriera sobre arena mojada. Parecía incapaz de mantener el equilibrio sobre el cemento.
Tropecé varias veces, y en una ocasión me caí. Me hice varios rasguños en las manos cuando las apoyé en la acera
para amortiguar la caída. Luego me tambaleé, para volver a caerme, pero finalmente conseguí llegar a la esquina.
Ya sólo me quedaba otra calle más. Corrí de nuevo, jadeando, con el rostro empapado de sudor. El sol me quemaba
la piel; brillaba tanto que su intenso reflejo sobre el cemento blanco me cegaba. Me sentía peligrosamente
vulnerable. Añoré la protección de los verdes bosques de Forks, de mi casa, con una intensidad que jamás hubiera
imaginado.

Al doblar la última esquina y llegar a Cactus, pude ver el estudio de ballet, que conservaba el mismo aspecto
exterior que recordaba. La plaza de aparcamiento de la parte delantera estaba vacía y las persianas de todas las
ventanas, echadas. No podía correr—más, me asfixiaba. El esfuerzo y el pánico me habían dejado extenuada. El
recuerdo de mi madre era lo único que, un paso tras otro, me mantenía en movimiento.

Al acercarme vi el letrero colocado por la parte interior de la puerta. Estaba escrito a mano en papel rosa oscuro:
decía que el estudio de danza estaba cerrado por las vacaciones de primavera. Aferré el pomo y lo giré con cuidado.
Estaba abierto. Me esforcé por contener el aliento y abrí la puerta.

El oscuro vestíbulo estaba vacío y su temperatura era fresca. Se podía oír el zumbido del aire acondicionado. Las
sillas de plástico estaban apiladas contra la pared y la alfombra olía a champú. El aula de danza orientada al oeste
estaba a oscuras y podía verla a través de una ventana abierta con vistas a esa sala. El aula que daba al este, la
habitación más grande, estaba iluminada a pesar de tener las persianas echadas.

Se apoderó de mí un miedo tan fuerte que me quedé literalmente paralizada. Era incapaz de dar un solo paso.

Entonces, la voz de mi madre me llamó con el mismo tono de pánico e histeria.

— ¿Bella? ¿Bella? —Me precipité hacia la puerta, hacia el sonido de su voz—. ¡Bella, me has asustado! —Continuó
hablando mientras yo entraba corriendo en el aula de techos altos—. ¡No lo vuelvas a hacer nunca más!

Miré a mí alrededor, intentando descubrir de dónde venía su voz. Entonces la oí reír y me giré hacia el lugar de
procedencia del sonido.

Y allí estaba ella, en la pantalla de la televisión, alborotándome el pelo con alivio. Era el Día de Acción de Gracias y
yo tenía doce años. Habíamos ido a ver a mi abuela el año anterior a su muerte. Fuimos a la playa un día y me
incliné demasiado desde el borde del embarcadero. Me había visto perder pie y luego mis intentos de recuperar el
equilibrio. « ¿Bella? ¿Bella?», me había llamado ella asustada.

La pantalla del televisor se puso azul.

Me volví lentamente. Inmóvil, James estaba de pie junto a la salida de emergencia, por eso no le había visto al
principio. Sostenía en la mano el mando a distancia. Nos miramos el uno al otro durante un buen rato y entonces
sonrió.

Caminó hacia mí y pasó muy cerca. Depositó el mando al lado del vídeo. Me di la vuelta con cuidado para seguir
sus movimientos.

—Lamento esto, Bella, pero ¿acaso no es mejor que tu madre no se haya visto implicada en este asunto? —dijo con
voz cortés, amable.


De repente caí en la cuenta. Mi madre seguía a salvo en Florida. Nunca había oído mi mensaje. Los ojos rojo oscuro
de aquel rostro inusualmente pálido que ahora tenía delante de mí jamás la habían aterrorizado. Estaba a salvo.

—Sí —contesté llena de alivio.

—No pareces enfadada porque te haya engañado.

—No lo estoy.

La euforia repentina me había insuflado coraje. ¿Qué importaba ya todo? Pronto habría terminado y nadie haría
daño a Charlie ni a mamá, nunca tendrían que pasar miedo. Me sentía casi mareada. La parte más racional de mi
mente me avisó de que estaba a punto de derrumbarme a causa del estrés.

— ¡Qué extraño! Lo piensas de verdad —sus ojos oscuros me examinaron con interés. El iris de sus pupilas era casi
negro, pero había una chispa de color rubí justo en el borde. Estaba sediento—. He de conceder a vuestro extraño
aquelarre que vosotros, los humanos, podéis resultar bastante interesantes. Supongo que observaros debe de ser toda
una atracción. Y lo extraño es que muchos de vosotros no parecéis tener conciencia alguna de lo interesantes que
sois.

Se encontraba cerca de mí, con los brazos cruzados, mirándome con curiosidad. Ni el rostro ni la postura de James
mostraban el menor indicio de amenaza. Tenía un aspecto muy corriente, no había nada destacable en sus facciones
ni en su cuerpo, salvo la piel pálida y los ojos ojerosos a los que ya me había acostumbrado. Vestía una camiseta
azul claro de manga larga y unos vaqueros desgastados.

—Supongo que ahora vas a decirme que tu novio te vengará —aventuró casi esperanzado, o eso me pareció.

—No, no lo creo. De hecho, le he pedido que no lo haga.

— ¿Y qué te ha contestado?

—No lo sé —resultaba extrañamente sencillo conversar con un cazador tan gentil—. Le dejé una carta.

— ¿Una carta? ¡Qué romántico! —la voz se endureció un poco cuando añadió un punto de sarcasmo al tono
educado—. ¿Y crees que te hará caso?

—Eso espero.

—Humm. Bueno, en tal caso, tenemos expectativas distintas. Como ves, esto ha sido demasiado fácil, demasiado
rápido. Para serte sincero, me siento decepcionado. Esperaba un desafío mucho mayor. Y después de todo, sólo he
necesitado un poco de suerte.

Esperé en silencio.

—Hice que Victoria averiguara más cosas sobre ti cuando no consiguió atrapar a tu padre. Carecía de sentido darte
caza por todo el planeta cuando podía esperar cómodamente en un lugar de mi elección. Por eso, después de hablar
con Victoria, decidí venir a Phoenix para hacer una visita a tu madre. Te había oído decir que regresabas a casa. Al
principio, ni se me ocurrió que lo dijeras en serio, pero luego lo estuve pensando. ¡Qué predecibles sois los
humanos! Os gusta estar en un entorno conocido, en algún lugar que os infunda seguridad. ¿Acaso no sería una
estratagema perfecta que si te persiguiéramos acudieras al último lugar en el que deberías estar, es decir, a donde
habías dicho que ibas a ir?

»Pero claro, no estaba seguro, sólo era una corazonada. Habitualmente las suelo tener sobre las presas que cazo, un
sexto sentido, por llamarlo así. Escuché tu mensaje cuando entré a casa de tu madre, pero claro, no podía estar
seguro del lugar desde el que llamabas. Era útil tener tu número, pero por lo que yo sabía, lo mismo podías estar en
la Antártida; y el truco no funcionaría a menos que estuvieras cerca.

«Entonces, tu novio toma un avión a Phoenix. Victoria lo estaba vigilando, naturalmente; no podía actuar solo en un
juego con tantos jugadores. Y así fue como me confirmaron lo que yo barruntaba, que te encontrabas aquí. Ya
estaba preparado; había visto tus enternecedores vídeos familiares, por lo que sólo era cuestión de marcarse el farol.

«Demasiado fácil, como ves. En realidad, nada que esté a mi altura. En fin, espero que te equivoques con tu novio.
Se llama Edward, ¿verdad?

No contesté. La sensación de valentía me abandonaba por momentos. Me di cuenta de que estaba a punto de
terminar de regodearse en su victoria. Aunque, de todos modos, ya me daba igual. No había ninguna gloria para él
en abatirme a mí, una débil humana.

— ¿Te molestaría mucho que también yo le dejara una cartita a tu Edward?

Dio un paso atrás y pulsó algo en una videocámara del tamaño de la palma de la mano, equilibrada cuidadosamente
en lo alto del aparato de música. Una diminuta luz roja indicó que ya estaba grabando. La ajustó un par de veces,
ampliando el encuadre. Lo miré horrorizada.

—Lo siento, pero dudo de que se vaya a resistir a darme caza después de que vea esto. Y no quiero que se pierda
nada. Todo esto es por él, claro. Tú simplemente eres una humana, que, desafortunadamente, estaba en el sitio
equivocado y en el momento equivocado, y podría añadir también, que en compañía de la gente equivocada.

Dio un paso hacia mí, sonriendo.

—Antes de que empecemos...

Sentí náuseas en la boca del estómago mientras hablaba. Esto era algo que yo no había previsto.


—Hay algo que me gustaría restregarle un poco por las narices a tu novio. La solución fue obvia desde el principio,
y siempre temí que tu Edward se percatara y echara a perder la diversión. Me pasó una vez, oh, sí, hace siglos. La
primera y única vez que se me ha escapado una presa.

»E1 vampiro que tan estúpidamente se había encariñado con aquella insignificante presa hizo la elección que tu
Edward ha sido demasiado débil para llevar a cabo, ya ves. Cuando aquel viejo supo que iba detrás de su amiguita,
la raptó del sanatorio mental donde él trabajaba —nunca entenderé la obsesión que algunos vampiros tienen por
vosotros, los humanos—, y la liberó de la única forma que tenía para ponerla a salvo. La pobre criaturita ni siquiera
pareció notar el dolor. Había permanecido encerrada demasiado tiempo en aquel agujero negro de su celda. Cien
años antes la habrían quemado en la hoguera por sus visiones, pero en el siglo XIX te llevaban al psiquiátrico y te
administraban tratamientos de electro—choque. Cuando abrió los ojos fortalecida con su nueva juventud, fue como
si nunca antes hubiera visto el sol. El viejo la convirtió en un nuevo y poderoso vampiro, pero entonces yo ya no
tenía ningún aliciente para tocarla —suspiró—. En venganza, maté al viejo.

—Alice —dije en voz baja, atónita.

—Sí, tu amiguita. Me sorprendió verla en el claro. Supuse que su aquelarre obtendría alguna ventaja de esta
experiencia. Yo te tengo a ti, y ellos la tienen a ella. La única víctima que se me ha escapado, todo un honor, la
verdad.

»Y tenía un olor realmente delicioso. Aún lamento no haber podido probarla... Olía incluso mejor que tú.
Perdóname, no quiero ofenderte, tú hueles francamente bien. Un poco floral, creo...

Dio otro paso en mi dirección hasta situarse a poca distancia. Levantó un mechón de mi pelo y lo olió con
delicadeza. Entonces, lo puso otra vez en su sitio con dulzura y sentí sus dedos fríos en mi garganta. Alzó luego la
mano para acariciarme rápidamente una sola vez la mejilla con el pulgar, con expresión de curiosidad. Deseaba
echar a correr con todas mis fuerzas, pero estaba paralizada. No era capaz siquiera de estremecerme.

—No —murmuró para sí mientras dejaba caer la mano—. No lo entiendo —suspiró—. En fin, supongo que
deberíamos continuar. Luego, podré telefonear a tus amigos y decirles dónde te pueden encontrar, a ti y a mi
mensajito.

Ahora me sentía realmente mal. Supe que iba a ser doloroso, lo leía en sus ojos. No se conformaría con ganar,
alimentarse y desaparecer. El final rápido con que yo contaba no se produciría. Empezaron a temblarme las rodillas
y temí caerme de un momento a otro.

El cazador retrocedió un paso y empezó a dar vueltas en torno a mí con gesto indiferente, como si quisiera obtener
la mejor vista posible de una estatua en un museo. Su rostro seguía siendo franco y amable mientras decidía por
dónde empezar.

Entonces, se echó hacia atrás y se agazapó en una postura que reconocí de inmediato. Su amable sonrisa se
ensanchó, y creció hasta dejar de ser una sonrisa y convertirse en un amasijo de dientes visibles y relucientes.

No pude evitarlo, intenté correr aun sabiendo que sería inútil y que mis rodillas estaban muy débiles. Me invadió el
pánico y salté hacia la salida de emergencia.

Lo tuve delante de mí en un abrir y cerrar de ojos. Actuó tan rápido que no vi si había usado los pies o las manos.
Un golpe demoledor impactó en mi pecho y me sentí volar hacia atrás, hasta sentir el crujido del cristal al romperse
cuando mi cabeza se estrelló contra los espejos. El cristal se agrietó y los trozos se hicieron añicos al caer al suelo, a
mi lado.

Estaba demasiado aturdida para sentir el dolor. Ni siquiera podía respirar.

Se acercó muy despacio.

—Esto hará un efecto muy bonito —dijo con voz amable otra vez mientras examinaba el caos de cristales—. Pensé
que esta habitación crearía un efecto visualmente dramático para mi película. Por eso escogí este lugar para
encontrarnos. Es perfecto, ¿a que sí?

Le ignoré mientras gateaba de pies y manos en un intento de arrastrarme hasta la otra puerta.

Se abalanzó sobre mí de inmediato y me pateó con fuerza la pierna. Oí el espantoso chasquido antes de sentirlo,
pero luego lo sentí y no pude reprimir el grito de agonía. Me retorcí para agarrarme la pierna, él permaneció junto a
mí, sonriente.

— ¿Te gustaría reconsiderar tu última petición? —me preguntó con amabilidad.

Me golpeó la pierna rota con el pie. Oí un alarido taladrador. En estado de shock, lo reconocí como mío.

— ¿Sigues sin querer que Edward intente encontrarme? —me acució.

—No —dije con voz ronca—. No, Edward, no lo hagas...

Entonces, algo me impactó en la cara y me arrojó de nuevo contra los espejos.

Por encima del dolor de la pierna, sentí el filo cortante del cristal rasgarme el cuero cabelludo. En ese momento, un
líquido caliente y húmedo empezó a extenderse por mi pelo a una velocidad alarmante. Noté cómo empapaba el
hombro de mi camiseta y oí el goteo en la madera sobre la que me hallaba. Se me hizo un nudo en el estómago a
causa del olor.


A través de la náusea y el vértigo, atisbé algo que me dio un último hilo de esperanza. Los ojos de James, que poco
antes sólo mostraban interés, ahora ardían con una incontrolable necesidad. La sangre, que extendía su color
carmesí por la camiseta blanca y empezaba a formar un charco rápidamente en el piso, lo estaba enloqueciendo a
causa de su sed. No importaban ya cuáles fueran sus intenciones originales, no se podría refrenar mucho tiempo.

Ojala que fuera rápido a partir de ahora, todo lo que podía esperar es que la pérdida de sangre se llevara mi
conciencia con ella. Se me cerraban los ojos.

Oí el gruñido final del cazador como si proviniera de debajo del agua. Pude ver, a través del túnel en el que se había
convertido mi visión, cómo su sombra oscura caía sobre mí. Con un último esfuerzo, alcé la mano instintivamente
para protegerme la cara. Entonces se me cerraron los ojos y me dejé ir.