16 - Impaciencia


La habitación era demasiado impersonal para pertenecer a ningún otro sitio que no fuera un hotel. Las lamparitas,
atornilladas a las mesillas de noche, eran baratas, de saldo, lo mismo que las acuarelas de las paredes y las cortinas,
hechas del mismo material que la colcha, que colgaban hasta el suelo.

Intenté recordar cómo había llegado allí, sin conseguirlo al principio.


Luego, me acordé del elegante coche negro con los cristales de las ventanillas aún más oscuros que los de las
limusinas. Apenas si se oyó el motor, a pesar de que durante la noche habíamos corrido al doble del límite de la
velocidad permitida por la autovía.

También recordaba a Alice, sentada junto a mí en el asiento trasero de cuero negro. En algún momento de la larga
noche reposé la cabeza sobre su cuello de granito. Mi cercanía no pareció alterarla en absoluto y su piel dura y fría
me resultó extrañamente cómoda. La parte delantera de su fina camiseta de algodón estaba fría y húmeda a causa de
las lágrimas vertidas hasta que mis ojos, rojos e hinchados, se quedaron secos.

Me había desvelado y permanecí con los doloridos ojos abiertos, incluso cuando la noche terminó al fin y amaneció
detrás de un pico de escasa altura en algún lugar de California. Haces de luz gris poblaron el cielo despejado,
hiriéndome en los ojos, pero no podía cerrarlos, ya que en cuanto lo hacía, se me aparecían las imágenes demasiado
vividas, como diapositivas proyectadas desde detrás de los párpados; y eso me resultaba insoportable. La expresión
desolada de Charlie, el brutal rugido de Edward al exhibir los dientes, la mirada resentida de Rosalie, el experto
escrutinio del rastreador, la mirada apagada de los ojos de Edward después de besarme por última vez... No
soportaba esos recuerdos, por lo que luché contra la fatiga mientras el sol se alzaba en el horizonte.

Me mantenía despierta cuando atravesamos un ancho paso montañoso y el astro rey, ahora a nuestras espaldas, se
reflejó en los techos de teja del Valle del Sol. Ya no me quedaba la suficiente sensibilidad para sorprenderme de que
hubiéramos efectuado un viaje de tres días en uno solo. Miré inexpresivamente la llanura amplia y plana que se
extendía ante mí. Phoenix, las palmeras, los arbustos de creosota, las líneas caprichosas de las autopistas que se
entrecruzaban, las franjas verdes de los campos de golf y los manchones turquesas de las piscinas, todo cubierto por
una fina capa de polución que envolvía las sierras chatas y rocosas, sin la altura suficiente para llamarlas montañas.

Las sombras de las palmeras se inclinaban sobre la autopista interestatal, definidas y claramente delineadas, aunque
menos intensas de lo habitual. Nada podía esconderse en esas sombras. La calzada, brillante y sin tráfico, incluso
parecía agradable. Pero no sentí ningún alivio, ninguna sensación de bienvenida.

— ¿Cuál es el camino al aeropuerto, Bella? —preguntó Jasper y se sobresaltó, aunque su voz era bastante suave y
tranquilizadora. Fue el primer sonido, aparte del ronroneo del coche, que rompió el largo silencio de la noche.

—No te salgas de la I—10 —contesté automáticamente—. Pasaremos justo al lado.

El no haber podido dormir me nublaba la mente y me costaba pensar.

— ¿Vamos a volar a algún sitio? —le pregunté a Alice.

—No, pero es mejor estar cerca, sólo por si acaso.

Después vino a mi memoria el comienzo de la curva alrededor del Sky Harbor International..., pero en mi recuerdo
no llegué a terminarla. Supongo que debió de ser entonces cuando me dormí.

Aunque ahora que recuperaba los recuerdos tenía la vaga impresión de haber salido del coche cuando el sol acababa
de ocultarse en el horizonte, con un brazo sobre los hombros de Alice y el suyo firme alrededor de mi cintura,
sujetándome mientras yo tropezaba en mí caminar bajo las sombras cálidas y secas.

No recordaba esta habitación.

Miré el reloj digital en la mesilla de noche. Los números en rojo indicaban las tres, pero no si eran de la tarde o de la
madrugada. A través de las espesas cortinas no pasaba ni un hilo de luz exterior, aunque las lámparas iluminaban la
habitación.

Me levanté entumecida y me tambaleé hasta la ventana para apartar las cortinas.

Era de noche, así que debían de ser las tres de la madrugada. Mi habitación daba a una zona despejada de la autovía
y al nuevo aparcamiento de estacionamiento prolongado del aeropuerto. Me sentí algo mejor al saber dónde me
encontraba.

Me miré. Seguía llevando las ropas de Esme, que no me quedaban nada bien. Recorrí la habitación con la mirada y
me alborocé al descubrir mi petate en lo alto de un pequeño armario.

Iba en busca de ropa nueva cuando me sobresaltó un ligero golpecito en la puerta.

— ¿Puedo entrar? —preguntó Alice.

Respiré hondo.

—Sí, claro.

Entró y me miró con cautela.

—Tienes aspecto de necesitar dormir un poco más.

Me limité a negar con la cabeza.

En silencio, se acercó despacio a las cortinas y las cerró con firmeza antes de volverse hacia mí.

—Debemos quedarnos dentro —me dijo.

—De acuerdo —mi voz sonaba ronca y se me quebró.

— ¿Tienes sed?

—Me encuentro bien —me encogí de hombros—. ¿Y tú qué tal?

—Nada que no pueda sobrellevarse —sonrió—. Te he pedido algo de comida, la tienes en el saloncito. Edward me
recordó que comes con más frecuencia que nosotros.


Presté más atención en el acto.

— ¿Ha telefoneado?

—No —contestó, y vio cómo aparecía la desilusión en mi rostro—. Fue antes de que saliéramos.

Me tomó de la mano con delicadeza y me llevó al saloncito de la suite. Se oía un zumbido bajo de voces procedente
de la televisión. Jasper estaba sentado inmóvil en la mesa que había en una esquina, con los ojos puestos en las
noticias, pero sin prestarles atención alguna.

Me senté en el suelo al lado de la mesita de café donde me esperaba una bandeja de comida y empecé a picotear sin
darme cuenta de lo que ingería.

Alice se sentó en el brazo del sofá y miró a la televisión con gesto ausente, igual que Jasper.

Comí lentamente, observándola, mirando también de hito en hito a Jasper. Me percaté de que estaban demasiado
quietos. No apartaban la vista de la pantalla, aunque acababan de aparecer los anuncios.

Empujé la bandeja a un lado, con el estómago repentinamente revuelto. Alice me miró.

— ¿Qué es lo que va mal, Alice?

—Todo va bien —abrió los ojos con sorpresa, con expresión sincera... y no me creí nada.

— ¿Qué hacemos aquí?

—Esperar a que nos llamen Carlisle y Edward.

— ¿Y no deberían haber telefoneado ya?

Me pareció que me iba acercando al meollo del asunto. Los ojos de Alice revolotearon desde los míos hacia el
teléfono que estaba encima de su bolso; luego volvió a mirarme.

— ¿Qué significa eso? —me temblaba la voz y luché para controlarla—. ¿Qué quieres decir con que no han
llamado?

—Simplemente que no tienen nada que decir.

Pero su voz sonaba demasiado monótona y el aire se me hizo más difícil de respirar.

De repente, Jasper se situó junto a Alice, más cerca de mí de lo habitual.

—Bella —dijo con una voz sospechosamente tranquilizadora—, no hay de qué preocuparse. Aquí estás
completamente a salvo.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿de qué tienes miedo? —me preguntó confundido. Aunque podía sentir el tono de mis emociones, no
comprendía el motivo.

—Ya oíste a Laurent —mi voz era sólo un susurro, pero estaba segura de que podía oírme—. Dijo que James era
mortífero. ¿Qué pasa si algo va mal y se separan? Si cualquiera de ellos sufriera algún daño, Carlisle, Emmett,
Edward... —Tragué saliva—. Si esa mujer brutal le hace daño a Esme... —hablaba cada vez más alto, y en mi voz
apareció una nota de histeria—. ¿Cómo podré vivir después sabiendo que fue por mi culpa? Ninguno de vosotros
debería arriesgarse por mí...

—Bella, Bella, para... —me interrumpió Jasper, pronunciando con tal rapidez que me resultaba difícil entenderle—.
Te preocupas por lo que no debes, Bella. Confía en mí en esto: ninguno de nosotros está en peligro. Ya soportas
demasiada presión tal como están las cosas, no hace falta que le añadas todas esas innecesarias preocupaciones.
¡Escúchame! —Me ordenó, porque yo había vuelto la mirada a otro lado—. Nuestra familia es fuerte y nuestro
único temor es perderte.

—Pero ¿por qué...?

Alice le interrumpió esta vez, tocándome la mejilla con sus dedos fríos.

—Edward lleva solo casi un siglo y ahora te ha encontrado. No sabes cuánto ha cambiado, pero nosotros sí lo
vemos, después de llevar juntos tanto tiempo. ¿Crees que podríamos mirarle a la cara los próximos cien años si te
pierde?

La culpa remitió lentamente cuando me sumergí en sus ojos oscuros. Pero, incluso mientras la calma se extendía
sobre mí, no podía confiar en mis sentimientos en presencia de Jasper.

Había sido un día muy largo.

Permanecimos en la habitación. Alice llamó a recepción y les pidió que no enviaran a las mujeres de la limpieza
para arreglar el cuarto. Las ventanas permanecieron cerradas, con la televisión encendida, aunque nadie la miraba.
Me traían la comida a intervalos regulares. El móvil plateado parecía aumentar de tamaño conforme pasaban las
horas.

Mis niñeros soportaban mejor que yo la incertidumbre. Yo me movía nerviosamente, andaba de un lado para otro y
ellos sencillamente cada vez parecían más inmóviles, dos estatuas cuyos ojos me seguían imperceptiblemente
mientras me movía. Intenté mantenerme ocupada memorizando la habitación: el diseño de la tela del sofá dispuesto
en bandas de color canela, melocotón, crema, dorado mate y canela otra vez. Algunas veces me quedaba mirando
fijamente las láminas abstractas, intentando encontrar figuras reconocibles en las formas, del mismo modo que las
imaginaba en las nubes cuando era niña. Descubrí una mano azul, una mujer que se peinaba y un gato estirándose,
pero dejé de hacerlo cuando un pálido círculo rojo se convirtió en un ojo al acecho.


Me fui a la cama, sólo por hacer algo, al morir la tarde. Albergaba la esperanza de que los miedos que merodeaban
en el umbral de la consciencia, incapaces de burlar la escrupulosa vigilancia de Jasper, reaparecieran si permanecía
sola en la penumbra.

Pero como por casualidad, Alice me siguió, como si por pura coincidencia se hubiera cansado del saloncito al
mismo tiempo que yo. Empezaba a preguntarme qué clase de instrucciones le había dado exactamente Edward. Me
tumbé en la cama y ella se sentó a mi lado con las piernas entrecruzadas. La ignoré al principio, pero de repente me
sentí demasiado cansada para dormir. Al cabo de varios minutos hizo acto de presencia el pánico que se había
mantenido a raya en presencia de Jasper. Entonces, deseché rápidamente la idea de dormir, y me avovillé,
sujetándome las rodillas contra el cuerpo con los brazos.

— ¿Alice?

— ¿Sí?

Hice un esfuerzo por aparentar calma y pregunté:

— ¿Qué crees que están haciendo?

—Carlisle quería conducir al rastreador al norte tanto como fuera posible, esperar que se les acercara para dar la
vuelta y emboscarlo. Esme y Rosalie se dirigirían al oeste con la mujer a la zaga el máximo tiempo posible. Si ésta
se volvía, entonces tenían que regresar a Forks y vigilar a tu padre. Imagino que todo debe de ir bien, ya que no han
llamado. Eso significa que el rastreador debe de estar lo bastante cerca de ellos como para que no quieran
arriesgarse a que se entere de algo por casualidad.

— ¿Y Esme?

—Seguramente habrá regresado a Forks. No puede llamar por si hay alguna posibilidad de que la mujer escuche
algo. Confío en que todos tengan mucho cuidado con eso.

— ¿Crees de verdad que están bien?

—Bella, ¿cuántas veces hemos de decirte que no corremos peligro?

—De todos modos, ¿me dirías la verdad?

—Sí. Siempre te la diré.

Parecía hablar en serio. Me lo pensé un rato y al final me convencí de que realmente estaba siendo sincera.

Entonces dime, ¿cómo se convierte uno en vampiro?

Mi pregunta la sorprendió con la guardia bajada. Se quedó quieta. Me volví para mirarle la cara y vi que su
expresión era vacilante.

—Edward no quiere que te lo cuente —respondió con firmeza, aunque me di cuenta de que ella estaba en
desacuerdo con esa postura.

—Eso no es jugar limpio. Creo que tengo derecho a saberlo.

—Ya lo sé.

La miré, expectante.

Alice suspiró.

—Se va a enfadar muchísimo.

—No es de su incumbencia. Esto es entre tú y yo. Alice, te lo estoy pidiendo como amiga.

Y en cierto modo nosotras lo éramos ahora, tal como ella seguramente habría sabido desde mucho antes por sus
visiones.

Me miró con sus ojos sabios, espléndidos... mientras tomaba la decisión.

—Te contaré cómo se desarrolla el proceso —dijo finalmente—, pero no recuerdo cómo me sucedió, no lo he hecho
ni he visto hacerlo a nadie, así que ten claro que sólo te puedo explicar la teoría.

Esperé: —

—Nuestros cuerpos de depredador disponen de un verdadero arsenal de armas. Fuerza, velocidad, sentidos muy
agudos, y eso sin tener en cuenta a aquellos de nosotros que como Edward, Jasper o yo misma también poseemos
poderes extrasensoriales. Además, resultamos físicamente atractivos a nuestras presas, como una flor carnívora.

Permanecí inmóvil mientras recordaba de qué forma tan deliberada me había demostrado Edward eso mismo en el
prado.

Esbozó una sonrisa amplia y ominosa.

—Tenemos también otra arma de escasa utilidad. Somos ponzoñosos —añadió con los dientes brillantes—. Esa
ponzoña no mata, simplemente incapacita. Actúa despacio y se extiende por todo el sistema circulatorio, de modo
que ninguna presa se encuentra en condiciones físicas de resistirse y huir de nosotros una vez que la hemos
mordido. Es poco útil, como te he dicho, porque no hay víctima que se nos escape en distancias cortas, aunque,
claro, siempre hay excepciones. Carlisle, por ejemplo.

—Así que si se deja que la ponzoña se extienda... —murmuré.

—Completar la transformación requiere varios días, depende de cuánta ponzoña haya en la sangre y cuándo llegue
al corazón. Mientras el corazón siga latiendo se sigue extendiendo, curando y transformando el cuerpo conforme


llega a todos los sitios. La conversión finaliza cuando se para el corazón, pero durante todo ese lapso de tiempo, la
víctima desea la muerte a cada minuto.

Temblé.

—No es agradable, ya te lo dije.

—Edward me dijo que era muy difícil de hacer... Y no le entendí bien —confesé.

—En cierto modo nos asemejamos a los tiburones. Una vez que hemos probado la sangre o al menos la hemos olido,
da igual, se hace muy difícil no alimentarse. Algunas veces resulta imposible. Así que ya ves, morder realmente a
alguien y probar la sangre puede iniciar la vorágine. Es difícil para todos: el deseo de sangre por un lado para
nosotros, y por otro el dolor horrible para la víctima.

— ¿Por qué crees que no lo recuerdas?

—No lo sé. El dolor de la transformación es el recuerdo más nítido que suelen tener casi todos de su vida humana —
su voz era melancólica—. Sin embargo, yo no recuerdo nada de mi existencia anterior.

Estuvimos allí tumbadas, ensimismadas cada una en nuestras meditaciones. Transcurrieron los segundos, y estaba
tan perdida en mis pensamientos que casi había olvidado su presencia.

Entonces, Alice saltó de la cama sin mediar aviso alguno y cayó de pie con un ágil movimiento. Sorprendida, volví
rápidamente la cabeza para mirarla.

—Algo ha cambiado.

Su voz era acuciante, pero no me reveló nada más.

Alcanzó la puerta al mismo tiempo que Jasper. Con toda seguridad, éste había oído nuestra conversación y la
repentina exclamación. Le puso las manos en los hombros y guió a Alice otra vez de vuelta a la cama, sentándola en
el borde.

— ¿Qué ves? —preguntó Jasper, mirándola fijamente a los ojos, todavía concentrados en algo muy lejano. Me senté
junto a ella y me incliné para poder oír su voz baja y rápida.

—Veo una gran habitación con espejos por todas partes. El piso es de madera. James se encuentra allí, esperando.
Hay algo dorado... una banda dorada que cruza los espejos.

— ¿Dónde está la habitación?

—No lo sé. Aún falta algo, una decisión que no se ha tomado todavía.

— ¿Cuánto tiempo queda para que eso ocurra?

—Es pronto, estará en la habitación del espejo hoy o quizás mañana. Se encuentra a la espera y ahora permanece en
la penumbra.

La voz de Jasper era metódica, actuaba con la tranquilidad de quien tiene experiencia en ese tipo de interrogatorios.

— ¿Qué hace ahora?

—Ver la televisión a oscuras en algún sitio... no, es un vídeo.

— ¿Puedes ver dónde se encuentra?

—No, hay demasiada oscuridad.

— ¿Hay algún otro objeto en la habitación del espejo?

—Sólo veo espejos y una especie de banda dorada que rodea la habitación. También hay un gran equipo de música y
un televisor encima de una mesa negra. Ha colocado allí un vídeo, pero no lo mira de la misma forma que lo hacía
en la habitación a oscuras —sus ojos erraron sin rumbo fijo, y luego se centraron en el rostro de Jasper—. Esa es la
habitación donde espera.

— ¿No hay nada más?

Ella negó con la cabeza; luego, se miraron el uno al otro, inmóviles.

— ¿Qué significa? —pregunté.

Nadie me contestó durante unos instantes; luego, Jasper me miró.

—Significa que el rastreador ha cambiado de planes y ha tomado la decisión que lo llevará a la habitación del espejo
y a la sala oscura.

—Pero no sabemos dónde están.

—Bueno, pero sí sabemos que no le están persiguiendo en las montañas al norte de Washington. Se les escapará —
concluyó Alice lúgubremente.

— ¿No deberíamos llamarlos? —pregunté. Ellos intercambiaron una mirada seria, indecisos.

El teléfono sonó.

Alice cruzó la habitación antes de que pudiera alzar el rostro para mirarla.

Pulsó un botón y se lo acercó al oído, aunque no fue la primera en hablar.

—Carlisle —susurró. A mí no me pareció sorprendida ni aliviada—. Sí —dijo sin dejar de mirarme; permaneció a la
escucha un buen rato—. Acabo de verlo —afirmó, y le describió la reciente visión—. Fuera lo que fuera lo que le
hizo tomar ese avión, seguramente le va conducir a esas habitaciones —hizo una pausa—. Sí —contestó al teléfono,
y luego me llamó—. ¿Bella?

Me alargó el teléfono y corrí hacia el mismo.


— ¿Diga? —murmuré.

—Bella —dijo Edward.

— ¡Oh, Edward! Estaba muy preocupada.

—Bella —suspiró, frustrado—. Te dije que no te preocuparas de nadie que no fueras tú misma.

Era tan increíblemente maravilloso oír su voz que mientras él hablaba sentí cómo la nube de desesperación que
planeaba sobre mí ascendía y se disolvía.

— ¿Dónde estás?

—En los alrededores de Vancouver. Lo siento, Bella, pero lo hemos perdido. Parecía sospechar de nosotros y ha
tenido la precaución de permanecer lo bastante lejos para que no pudiera leerle el pensamiento. Se ha ido, parece
que ha tomado un avión. Creemos que ha vuelto a Forks para empezar de nuevo la búsqueda.

Oía detrás de mí cómo Alice ponía al día a Jasper. Hablaba con rapidez, las palabras se atropellaban unas a otras,
formando un zumbido constante.

—Lo sé. Alice vio que se había marchado.

—Pero no tienes de qué preocuparte, no podrá encontrar nada que le lleve hasta ti. Sólo tienes que permanecer ahí y
esperar hasta que le encontremos otra vez.

—Me encuentro bien. ¿Está Esme con Charlie?

—Sí, la mujer ha estado en la ciudad. Entró en la casa mientras Charlie estaba en el trabajo. No temas, no se le ha
acercado. Está a salvo, vigilado por Esme y Rosalie.

— ¿Qué hace ella ahora?

—Probablemente, intenta conseguir pistas. Ha merodeado por la ciudad toda la noche. Rosalie la ha seguido hasta
las cercanías del aeropuerto, por todas las carreteras alrededor de la ciudad, en la escuela... Está rebuscando por
todos lados, Bella, pero no va a encontrar nada.

— ¿Estás seguro de que Charlie está a salvo?

—Sí, Esme no le pierde de vista; y nosotros volveremos pronto. Si el rastreador se acerca a Forks, le atraparemos.

—Te echo de menos —murmuré.

—Ya lo sé, Bella. Créeme que lo sé. Es como si te hubieras llevado una mitad de mí contigo.

—Ven y recupérala, entonces —le reté.

—Pronto, en cuanto pueda, pero antes me aseguraré de que estás a salvo —su voz se había endurecido.

—Te quiero —le recordé.

— ¿Me crees si te digo que, a pesar del trago que te estoy haciendo pasar, también te quiero?

—Desde luego que sí, claro que te creo.

—Me reuniré contigo enseguida.

—Te esperaré.

La nube de abatimiento se volvió a cernir sobre mí sigilosamente en cuanto se cortó la comunicación.

Me giré para devolver el móvil a Alice y los encontré a ella y a Jasper inclinados sobre la mesa. Ella dibujaba un
boceto en un trozo del papel con el membrete del hotel. Me incliné sobre el respaldo del sofá para mirar por encima
de su hombro.

Había pintado una habitación grande y rectangular, con una pequeña sección cuadrada al fondo. Las tablas de
madera del suelo se extendían a lo largo de toda la estancia. En la parte inferior de las paredes había unas líneas que
atravesaban horizontalmente los espejos, y también una banda larga, a la altura de la cintura, que recorría las cuatro
paredes. Alice había dicho que era una banda dorada.

—Es un estudio de ballet—dije al reconocer de pronto el aspecto familiar del cuarto.

Me miraron sorprendidos.

— ¿Conoces esta habitación?

La voz de Jasper sonaba calmada, pero debajo de esa tranquila apariencia fluía una corriente subterránea de algo que
no pude identificar.

Alice inclinó la cabeza hacia su dibujo, moviendo rápidamente ahora su mano por la página; en la pared del fondo
fue tomando forma una salida de emergencia y en la esquina derecha de la pared frontal, una televisión y un equipo
de música encima de una mesa baja.

—Se parece a una academia a la que solía ir para dar clases de ballet cuando tenía ocho o nueve años. Tenía el
mismo aspecto —toqué la página donde destacaba la sección cuadrada, que luego se estrechaba en la parte trasera
de la habitación—. Aquí se encontraba el baño, y esa puerta daba a otra clase, pero el aparato de música estaba aquí
—señalé la esquina izquierda—. Era más viejo, y no había televisor. También había una ventana en la sala de
espera, que se podía ver desde este sitio si te colocabas aquí.

Alice y Jasper me miraban fijamente.

— ¿Estás segura de que es la misma habitación? —me preguntó Jasper, todavía tranquilo.


—No, no del todo. Supongo que todos los estudios de danza son muy parecidos, todos tienen espejos y barras —
deslicé un dedo a lo largo de la barra de ballet situada junto a los espejos—. Sólo digo que su aspecto me resulta
familiar.

Toqué la puerta del boceto, colocada exactamente en el mismo sitio donde se encontraba la que yo recordaba.

— ¿Tendría algún sentido que quisieras ir allí ahora? —me preguntó Alice, interrumpiendo mis recuerdos.

—No, no he puesto un pie allí desde hace por lo menos diez años. Era una bailarina espantosa, hasta el punto de que
me ponían en la última fila en todas las actuaciones —reconocí.

— ¿Y no puede guardar algún tipo de relación contigo ahora? —inquirió Alice con suma atención.

—No, ni siquiera creo que siga perteneciendo a la misma persona. Estoy segura de que debe de ser otro estudio de
danza en cualquier otro sitio.

— ¿Dónde está el estudio en el que dabas clase? —me preguntó Jasper con fingida indiferencia.

—Estaba justo en la esquina de la calle donde vivía mi madre, solía pasar por allí después de la escuela... —dejé la
frase inconclusa, pero me percaté del intercambio de miradas entre Alice y Jasper.

—Entonces, ¿está aquí?, ¿en Phoenix? —el tono de la voz de éste seguía pareciendo imperturbable.

—Sí —murmuré—. En la 58 esquina con Cactus.

Nos quedamos todos sentados contemplando fijamente el dibujo.

—Alice, ¿es seguro este teléfono?

—Sí —me garantizó—. Si rastrean el número, la pista los llevará a Washington.

—Entonces puedo usarlo para llamar a mi madre.

—Creía que estaba en Florida.

—Así es, pero va a volver pronto y no puede ir a esa casa mientras. .. —me tembló la voz.

No dejaba de darle vueltas a un detalle que había comentado Edward. La mujer pelirroja había estado en casa de
Charlie y en la escuela, donde figuraban mis datos.

— ¿Cómo la puedes localizar?

—No tienen número fijo, salvo en casa, aunque se supone que mamá comprueba si tiene mensajes en el contestador
de vez en cuando.

— ¿Jasper? —preguntó Alice.

El aludido se lo pensó.

—No creo que esto ocasione daño alguno, aunque asegúrate de no revelar tu paradero, claro.

Tomé el móvil con impaciencia y marqué el número que me era tan familiar. Sonó cuatro veces; luego, oí la voz
despreocupada de mi madre pidiendo que dejara un mensaje.

—Mamá —dije después del pitido—, soy yo, Bella. Escucha, necesito que hagas algo. Es importante. Llámame a
este número en cuanto oigas el mensaje —Alice ya estaba a mi lado, escribiéndomelo en la parte inferior del dibujo,
y lo leí cuidadosamente dos veces—. Por favor, no vayas a ninguna parte hasta que no hablemos. No te preocupes,
estoy bien, pero llámame enseguida, no importa lo tarde que oigas el mensaje, ¿vale? Te quiero, mamá, chao.

Cerré los ojos y recé con todas mis fuerzas para que no llegara a casa por algún cambio imprevisto de planes antes
de oír mi mensaje.

Me acomodé en el sofá y picoteé las sobras de fruta de un plato al tiempo que me iba haciendo a la idea de que la
tarde sería larga. Pensé en llamar a Charlie, pero no estaba segura de si ya habría llegado a casa o no. Me concentré
en las noticias, buscando historias sobre Florida o sobre el entrenamiento de primavera, además de huelgas,
huracanes o ataques terroristas, cualquier cosa que provocase un regreso anticipado.

La inmortalidad debe de ayudar mucho a ejercitar la paciencia. Ni Jasper ni Alice parecían sentir la necesidad de
hacer nada en especial. Durante un rato, Alice dibujó un diseño vago de la habitación oscura que había visto en su
visión, a la luz débil de la televisión. Pero cuando terminó, simplemente se quedó sentada, mirando las blancas
paredes con sus ojos eternos. Tampoco Jasper parecía tener la necesidad de pasear, inspeccionar el exterior por un
lado de las cortinas, o salir corriendo de la habitación como me ocurría a mí.

Debí de quedarme dormida en el sofá mientras esperaba que volviera a sonar el móvil. El frío tacto de las manos de
Alice me despertó bruscamente cuando me llevó a la cama, pero volví a caer inconsciente otra vez antes de que mi
cabeza descansara sobre la almohada.