10 - Confeciones

A la luz del sol, Edward resultaba chocante. No me hubiera acostumbrado ni aunque le hubiera estado mirando toda
la tarde. A pesar de un tenue rubor, producido a raíz de su salida de caza durante la tarde del día anterior, su piel
centelleaba literalmente como si tuviera miles de nimios diamantes incrustados en ella. Yacía completamente
inmóvil en la hierba, con la camiseta abierta sobre su escultural pecho incandescente y los brazos desnudos
centelleando al sol. Mantenía cerrados los deslumbrantes párpados de suave azul lavanda, aunque no dormía, por
supuesto. Parec√≠a una estatua perfecta, tallada en alg√ļn tipo de piedra ignota, lisa como el m√°rmol, reluciente como
el cristal.

Movía los labios de vez en cuando con tal rapidez que parecían temblar, pero me dijo que estaba cantando para sí
mismo cuando le pregunté al respecto. Lo hacía en voz demasiado baja para que le oyera.

También yo disfruté del sol, aunque el aire no era lo bastante seco para mi gusto. Me hubiera gustado recostarme
como √©l y dejar que el sol ba√Īara mi cara, pero permanec√≠ avovillada, con el ment√≥n descansando sobre las rodillas,
poco dispuesta a apartar la vista de él. Soplaba una brisa suave que enredaba mis cabellos y alborotaba la hierba que
se mecía alrededor de su figura inmóvil.

La pradera, que en un principio me había parecido espectacular, palidecía al lado de la magnificencia de Edward.

Siempre con miedo, incluso ahora, a que desapareciera como un espejismo demasiado hermoso para ser real, extendí
un dedo con indecisión y acaricié el dorso de su mano reluciente, que descansaba sobre el césped al alcance de la
mía. Otra vez me maravillé de la textura perfecta de suave satén, fría como la piedra. Cuando alcé la vista, había
abierto los ojos y me miraba. Una rápida sonrisa curvó las comisuras de sus labios sin mácula.

¬ó ¬ŅNo te asusto? ¬ópregunt√≥ con despreocupaci√≥n, aunque identifiqu√© una curiosidad real en el tono de su suave
voz.

¬óNo m√°s que de costumbre.

Su sonrisa se hizo m√°s amplia y sus dientes refulgieron al sol.

Poco a poco, me acerqué más y extendí toda la mano para trazar los contornos de su antebrazo con las yemas de los
dedos. Contemplé el temblor de mis dedos y supe que el detalle no le pasaría desapercibido.

¬ó ¬ŅTe molesta? ¬ópregunt√©, ya que hab√≠a vuelto a cerrar los ojos.

—No—respondió sin abrirlos—, no te puedes ni imaginar cómo se siente eso.

Suspiró.

Siguiendo el suave trazado de las venas azules del pliegue de su codo, mi mano avanzó con suavidad sobre los
perfectos m√ļsculos de su brazo. Estir√© la otra mano para darle la vuelta a la de Edward. Al comprender mi
pretensión, dio la vuelta a su mano con uno de esos desconcertantes y fulgurantes movimientos suyos. Esto me
sobresaltó; mis dedos se paralizaron en su brazo por un breve segundo.

—Lo siento —murmuró. Le busqué con la vista a tiempo de verle cerrar los ojos de nuevo—. Contigo, resulta
demasiado f√°cil ser yo mismo.

Alcé su mano y la volví a un lado y al otro mientras contemplaba el brillo del sol sobre la palma. La sostuve cerca
de mi rostro en un intento de descubrir las facetas ocultas de su piel.

—Dime qué piensas —susurró. Al mirarle descubrí que me estaba observando con repentina atención—. Me sigue
resultando extra√Īo no saberlo.

—Bueno, ya sabes, el resto nos sentimos así todo el tiempo.

¬óEs una vida dura ¬ó ¬Ņme imagin√© el matiz de pesar en su voz?¬ó. A√ļn no me has contestado.

¬óDeseaba poder saber qu√© pensabas t√ļ ¬óvacil√©¬ó y...

¬ó ¬ŅY?

—Quería poder creer que eres real. Y deseaba no tener miedo.

—No quiero que estés asustada.

La voz de Edward era apenas un murmullo suave. Escuché lo que en realidad no podía decir sinceramente, que no
debía tener miedo, que no había nada de qué asustarse.

—Bueno, no me refería exactamente a esa clase de miedo, aunque, sin duda, es algo sobre lo que debo pensar.

Se movi√≥ tan deprisa que ni lo vi. Se sent√≥ en el suelo, apoyado sobre el brazo derecho, y con la mano izquierda a√ļn
en las mías. Su rostro angelical estaba a escasos centímetros del mío. Podría haber retrocedido, debería haberlo
hecho, ante esa inesperada proximidad, pero era incapaz de moverme. Sus ojos dorados me habían hipnotizado.

¬óEntonces, ¬Ņde qu√© tienes miedo? ¬ómurmur√≥ mir√°ndome con atenci√≥n.

Pero no pude contestarle. Olí su gélida respiración en mi cara como sólo lo había hecho una vez. Me derretía ante
ese aroma dulce y delicioso. De forma instintiva y sin pensar, me incliné más cerca para aspirarlo.

Entonces, Edward desapareció. Su mano se desasió de la mía y se colocó a seis metros de distancia en el tiempo que
me llev√≥ enfocar la vista. Permanec√≠a en el borde de la peque√Īa pradera, a la oscura sombra de un abeto enorme. Me
miraba fijamente con expresión inescrutable y los ojos oscuros ocultos por las sombras.


Sentí la herida y la conmoción en mi rostro. Me picaban las manos vacías.

—Lo... lo siento, Edward —susurré. Sabía que podía escucharme.

—Concédeme un momento —replicó al volumen justo para que mis pocos sensitivos oídos lo oyeran. Me senté
totalmente inmóvil.

Después de diez segundos, increíblemente largos, regresó, lentamente tratándose de él. Se detuvo a pocos metros y
se dejó caer ágilmente al suelo para luego entrecruzar las piernas, sin apartar sus ojos de los míos ni un segundo.
Suspiró profundamente dos veces y luego me sonrió disculpándose.

¬óLo siento mucho ¬óvacil√≥¬ó. ¬ŅComprender√≠as a qu√© me refiero si te dijera que s√≥lo soy un hombre?

Asentí una sola vez, incapaz de reírle la gracia. La adrenalina corrió por mis venas conforme fui comprendiendo
poco a poco el peligro. Desde su posición, él lo olió y su sonrisa se hizo burlona.

¬óSoy el mejor depredador del mundo, ¬Ņno es cierto? Todo cuanto me rodea te invita a venir a m√≠: la voz, el rostro,
incluso mi olor. ¬°Como si los necesitase!

Se incorporó de forma inesperada, alejándose hasta perderse de vista para reaparecer detrás del mismo abeto de
antes después de haber circunvalado la pradera en medio segundo.

— ¡Como si pudieras huir de mí!

Rió con amargura, extendió una mano y arrancó del tronco del abeto una rama de un poco más de medio metro de
grosor sin esfuerzo alguno en medio de un chasquido estremecedor. Con la misma mano, la hizo girar en el aire
durante unos instantes y la arrojó a una velocidad de vértigo para estrellarla contra otro árbol enorme, que se agitó y
tembló ante el golpe.

Y estuvo otra vez en frente de mí, a medio metro, inmóvil como una estatua.

¬ó ¬°Como si pudieras derrotarme! ¬ódijo en voz baja.

Permanecí sentada sin moverme, temiéndolo como no lo había temido nunca. Nunca lo había visto tan
completamente libre de esa fachada edificada con tanto cuidado. Nunca había sido menos humano ni más hermoso.
Con el rostro ceniciento y los ojos abiertos como platos, estaba sentada como un p√°jaro atrapado por los ojos de la
serpiente.

Un arrebato frenético parecía relucir en los adorables ojos de Edward. Luego, conforme pasaron los segundos, se
apagaron y lentamente su expresión volvió a su antigua máscara de dolor.

—No temas —murmuró con voz aterciopelada e involuntariamente seductora—. Te prometo... —vaciló—, te. juro
que no te har√© da√Īo.

Parecía más preocupado de convencerse a sí mismo que a mí.

—No temas —repitió en un susurro mientras se acercaba con exagerada lentitud. Serpenteó con movimientos
deliberadamente lentos para sentarse hasta que nuestros rostros se encontraron a la misma altura, a treinta
centímetros.

—Perdóname, por favor —pidió ceremoniosamente—. Puedo controlarme. Me has pillado desprevenido, pero ahora
me comportaré mejor.

Esperó, pero yo todavía era incapaz de hablar.

¬óHoy no tengo sed ¬óme gui√Ī√≥ el ojo¬ó. De verdad.

Ante eso, no me quedó otro remedio que reírme, aunque el sonido fue tembloroso y jadeante.

¬ó ¬ŅEst√°s bien? ¬ópregunt√≥ tiernamente, extendiendo el brazo lenta y cuidadosamente para volver a poner su mano
de mármol en la mía.

Miré primero su fría y lisa mano, luego, sus ojos, laxos, arrepentidos; y después, otra vez la mano. Entonces,
pausadamente volví a seguir las líneas de su mano con las yemas de los dedos. Alcé la vista y sonreí con timidez.

¬óBueno, ¬Ņpor d√≥nde √≠bamos antes de que me comportara con tanta rudeza? ¬ópregunt√≥ con las amables cadencias
de principios del siglo pasado.

¬óLa verdad es que no lo recuerdo.

Sonrió, pero estaba avergonzado.

—Creo que estábamos hablando de por qué estabas asustada, además del motivo obvio.

—Ah, sí.

¬ó ¬ŅY bien?

Miré su mano y recorrí sin rumbo fijo la lisa e iridiscente palma. Los segundos pasaban.

— ¡Con qué facilidad me frustro! —musitó.

Estudié sus ojos y de repente comprendí que todo aquello era casi tan nuevo para él como para mí. A él también le
resultaba dif√≠cil a pesar de los muchos a√Īos de inconmensurable experiencia. Ese pensamiento me infundi√≥ coraje.

—Tengo miedo, además de por los motivos evidentes, porque no puedo estar contigo, y porque me gustaría estarlo
más de lo que debería.

Mantuve los ojos fijos en sus manos mientras decía aquello en voz baja porque me resultaba difícil confesarlo.

—Sí —admitió lentamente—, es un motivo para estar asustado, desde luego. ¡Querer estar conmigo! En verdad, no
te conviene nada.


—Lo sé. Supongo que podría intentar no desearlo, pero dudo que funcionara.

—Deseo ayudarte, de verdad que sí —no había el menor rastro de falsedad en sus ojos límpidos—. Debería haberme
alejado hace mucho, debería hacerlo ahora, pero no sé si soy capaz.

—No quiero que te vayas —farfullé patéticamente, mirándolo fijamente hasta lograr que apartara la vista.

—Irme, eso es exactamente lo que debería hacer, pero no temas, soy una criatura esencialmente egoísta. Ansió
demasiado tu compa√Ī√≠a para hacer lo correcto.

¬óMe alegro.

— ¡No lo hagas! —retiró su mano, esta vez con mayor delicadeza. La voz de Edward era más áspera de lo habitual.
√Āspera para √©l, aunque m√°s hermosa que cualquier voz humana. Resultaba dif√≠cil tratar con √©l, ya que sus continuos
y repentinos cambios de humor siempre me producían desconcierto.

¬ó ¬°No es s√≥lo tu compa√Ī√≠a lo que anhelo! Nunca lo olvides. Nunca olvides que soy m√°s peligroso para ti de lo que
soy para cualquier otra persona.

Enmudeció y le vi contemplar con ojos ausentes el bosque.

Medité sus palabras durante unos instantes.

¬óCreo que no comprendo exactamente a qu√© te refieres... Al menos la √ļltima parte.

Edward me miró de nuevo y sonrió con picardía. Su humor volvía a cambiar.

¬ó ¬ŅC√≥mo te explicar√≠a? ¬ómusit√≥¬ó. Y sin aterrorizarte de nuevo...

Volvió a poner su mano sobre la mía, al parecer de forma inconsciente, y la sujeté con fuerza entre las mías. Miró
nuestras manos y suspiró.

¬óEsto es asombrosamente placentero... el calor.

Transcurrió un momento hasta que puso en orden sus ideas y continuó:

¬óSabes que todos disfrutamos de diferentes sabores. Algunos prefieren el helado de chocolate y otros el de fresa.

Asentí.

—Lamento emplear la analogía de la comida, pero no se me ocurre otra forma de explicártelo.

Le dediqué una sonrisa y él me la devolvió con pesar.

—Verás, cada persona huele diferente, tiene una esencia distinta. Si encierras a un alcohólico en una habitación
repleta de cerveza rancia, se la beberá alegremente, pero si ha superado el alcoholismo y lo desea, podría resistirse.

¬ęSupongamos ahora que ponemos en esa habitaci√≥n una botella de brandy a√Īejo, de cien a√Īos, el co√Īac m√°s raro y
exquisito y llenamos la habitaci√≥n de su c√°lido aroma... En tal caso, ¬Ņc√≥mo crees que le ir√≠a?

Permanecimos sentados en silencio, mir√°ndonos a los ojos el uno al otro en un intento de descifrarnos mutuamente
el pensamiento.

Edward fue el primero en romper el silencio.

—Tal vez no sea la comparación adecuada. Puede que sea muy fácil rehusar el brandy. Quizás debería haber
empleado un heroinómano en vez de un alcohólico para el ejemplo.

¬óBueno, ¬Ņest√°s diciendo que soy tu marca de hero√≠na? ¬óle pregunt√© para tomarle el pelo y animarle.

Sonrió de inmediato, pareciendo apreciar mi esfuerzo.

¬óS√≠, t√ļ eres exactamente mi marca de hero√≠na.

¬ó ¬ŅSucede eso con frecuencia?

Miró hacia las copas de los árboles mientras pensaba la respuesta.

—He hablado con mis hermanos al respecto —prosiguió con la vista fija en la lejanía—. Para Jasper, todos los
humanos sois m√°s de lo mismo. El es el miembro m√°s reciente de nuestra familia y ha de esforzarse mucho para
conseguir una abstinencia completa. No ha dispuesto de tiempo para hacerse m√°s sensible a las diferencias de olor,
de sabor ¬ós√ļbitamente me mir√≥ con gesto de disculpa¬ó. Lo siento.

—No me molesta. Por favor, no te preocupes por ofenderme o asustarme o lo que sea... Es así como piensas. Te
entiendo, o al menos puedo intentarlo. Explícate como mejor puedas.

—De modo que Jasper no está seguro de si alguna vez se ha cruzado con alguien tan... —Edward titubeó, en busca
de la palabra adecuada¬ó, tan apetecible como t√ļ me resultas a m√≠. Eso me hizo reflexionar mucho. Emmett es el
que hace m√°s tiempo que ha dejado de beber, por decirlo de alguna manera, y comprende lo que quiero decir. Dice
que le sucedió dos veces, una con más intensidad que otra.

¬ó ¬ŅY a ti?

¬óJam√°s.

La palabra quedó flotando en la cálida brisa durante unos momentos.

¬ó ¬ŅQu√© hizo Emmett? ¬óle pregunt√© para romper el silencio.

Era la pregunta equivocada. Su rostro se ensombreció y sus manos se crisparon entre las mías. Aguardé, pero no me
iba a contestar.

¬óCreo saberlo ¬ódije al fin.

Alzó la vista. Tenía una expresión melancólica, suplicante.

¬óHasta el m√°s fuerte de nosotros recae en la bebida, ¬Ņverdad?


¬ó ¬ŅQu√© me pides? ¬ŅMi permiso? ¬ómi voz son√≥ m√°s mordaz de lo que pretend√≠a. Intent√© modular un tono m√°s
amable. Supon√≠a que aquella sinceridad le estaba costando mucho esfuerzo¬ó. Quiero decir, entonces, ¬Ņno hay
esperanza?

¡Con cuánta calma podía discutir sobre mi propia muerte!

— ¡No, no! —Se compungió casi al momento—. ¡Por supuesto que hay esperanza! Me refiero a que..., por supuesto
que no voy a... —dejó la frase en el aire. Mis ojos inflamaban las llamaradas de los suyos—. Es diferente para
nosotros. En cuanto a Emmett y esos dos desconocidos con los que se cruzó... Eso sucedió hace mucho tiempo y él
no era tan experto y cuidadoso como lo es ahora.

Se sumió en el silencio y me miró intensamente.

—De modo que si nos hubiéramos encontrado... en... un callejón oscuro o algo parecido... —mi voz se fue
apagando.

¬óNecesit√© todo mi autocontrol para no abalanzarme sobre ti en medio de esa clase llena de ni√Īos y... ¬óenmudeci√≥
bruscamente y desvió la mirada—. Cuando pasaste a mi lado, podía haber arruinado en el acto todo lo que Carlisle
ha construido para nosotros. No hubiera sido capaz de refrenarme si no hubiera estado controlando mi sed durante
los √ļltimos... bueno, demasiados a√Īos.

Se detuvo a contemplar los árboles. Me lanzó una mirada sombría mientras los dos lo recordábamos.

¬óDebiste de pensar que estaba loco.

¬óNo comprend√≠ el motivo. ¬ŅC√≥mo pod√≠as odiarme con tanta rapidez...?

—Para mí, parecías una especie de demonio convocado directamente desde mi infierno particular para arruinarme.
La fragancia procedente de tu piel... El primer d√≠a cre√≠ que me iba a trastornar. En esa √ļnica hora, ide√© cien formas
diferentes de engatusarte para que salieras de clase conmigo y tenerte a solas. Las rechacé todas al pensar en mi
familia, en lo que podía hacerles. Tenía que huir, alejarme antes de pronunciar las palabras que te harían seguirme...

Entonces, buscó con la mirada mi rostro asombrado mientras yo intentaba asimilar sus amargos recuerdos. Debajo
de sus pesta√Īas, sus ojos dorados ard√≠an, hipn√≥ticos, letales.

¬óY t√ļ hubieras acudido ¬óme asegur√≥.

Intenté hablar con serenidad.

¬óSin duda.

Torció el gesto y me miró las manos, liberándome así de la fuerza de su mirada.

¬óLuego intent√© cambiar la hora de mi programa en un est√©ril intento de evitarte y de repente ah√≠ estabas t√ļ, en esa
oficina peque√Īa y caliente, y el aroma resultaba enloquecedor. Estuve a punto de tomarte en ese momento. S√≥lo
había otra frágil humana... cuya muerte era fácil de arreglar.

Temblé a pesar de estar al sol cuando de nuevo reaparecieron mis recuerdos desde su punto de vista, sólo ahora me
percataba del peligro. ¬°Pobre se√Īora Cope! Me estremec√≠ al pensar lo cerca que hab√≠a estado de ser la responsable
de su muerte sin saberlo.

—No sé cómo, pero resistí. Me obligué a no esperarte ni a seguirte desde el instituto. Fuera, donde ya no te podía
oler, resultó más fácil pensar con claridad y adoptar la decisión correcta. Dejé a mis hermanos cerca de casa. Estaba
demasiado avergonzado para confesarles mi debilidad, sólo sabían que algo iba mal... Entonces me fui directo al
hospital para ver a Carlisle y decirle que me marchaba.

Lo miré fijamente, sorprendida.

—Intercambiamos nuestros coches, ya que el suyo tenía el depósito lleno y yo no quería detenerme. No me atrevía a
ir a casa y enfrentarme a Esme. Ella no me hubiera dejado ir sin montarme una escenita, hubiera intentado
convencerme de que no era necesario... A la ma√Īana siguiente estaba en Alaska ¬óparec√≠a avergonzado, como si
estuviera admitiendo una gran cobardía—. Pasé allí dos días con unos viejos conocidos, pero sentí nostalgia de mi
hogar. Detestaba saber que había defraudado a Esme y a los demás, mi familia adoptiva. Resultaba difícil creer que
eras tan irresistible respirando el aire puro de las monta√Īas. Me convenc√≠ de que hab√≠a sido d√©bil al escapar. Me
había enfrentado antes a la tentación, pero no de aquella magnitud, no se acercaba ni por asomo, pero yo era fuerte,
¬Ņy qui√©n eras t√ļ? ¬°Una chiquilla insignificante! ¬óde repente sonri√≥ de oreja a oreja¬ó. ¬ŅQui√©n eras t√ļ para echarme
del lugar donde quería estar? De modo que regresé...

Miró al infinito. Yo no podía hablar.

—Tomé precauciones, cacé y me alimenté más de lo acostumbrado antes de volver a verte. Estaba decidido a ser lo
bastante fuerte para tratarte como a cualquier otro humano. Fui muy arrogante en ese punto. Existía la
incuestionable complicación de que no podía leerte los pensamientos para saber cuál era tu reacción hacia mí. No
estaba acostumbrado a tener que dar tantos rodeos. Tuve que escuchar tus palabras en la mente de Jessica, que, por
cierto, no es muy original, y resultaba un fastidio tener que detenerme ahí, sin saber si realmente querías decir lo
que decías. Todo era extremadamente irritante.

Torció el gesto al recordarlo.

—Quise que, de ser posible, olvidaras mi conducta del primer día, por lo que intenté hablar contigo como con
cualquier otra persona. De hecho, estaba ilusionado con la esperanza de descifrar algunos de tus pensamientos. Pero


t√ļ resultaste demasiado interesante, y me vi atrapado por tus expresiones... Y de vez en cuando alargabas la mano o
movías el pelo..., y el aroma me aturdía otra vez.

¬ĽEntonces estuviste a punto de morir aplastada ante mis propios ojos. M√°s tarde pens√© en una excusa excelente para
justificar por qué había actuado así en ese momento, ya que tu sangre se hubiera derramado delante de mí de no
haberte salvado y no hubiera sido capaz de contenerme y revelar a todos lo que éramos. Pero me inventé esa excusa
m√°s tarde. En ese momento, todo lo que pens√© fue: ¬ęElla, no¬Ľ.

Cerró los ojos, ensimismado en su agónica confesión. Yo le escuchaba con más deseo de lo racional. El sentido
com√ļn me dec√≠a que deber√≠a estar aterrada. En lugar de eso, me sent√≠a aliviada al comprenderlo todo por fin. Y me
sentía llena de compasión por lo que Edward había sufrido, incluso ahora, cuando había confesado el ansia de tomar
mi vida.

Finalmente, fui capaz de hablar, aunque mi voz era débil:

¬ó ¬ŅY en el hospital?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Estaba horrorizado. Después de todo, no podía creer que hubiera puesto a toda la familia en peligro y yo mismo
hubiera quedado a tu merced... De entre todos, ten√≠as que ser t√ļ. Como si necesitara otro motivo para matarte ¬ó
ambos nos acobardamos cuando se le escapó esa frase—. Pero tuvo el efecto contrario —continuó
apresuradamente—, y me enfrenté con Rosalie, Emmett y Jasper cuando sugirieron que te había llegado la hora...
Fue la peor discusión que hemos tenido nunca. Carlisle se puso de mi lado, y Alice —hizo una mueca cuando
pronunció su nombre, no imaginé la razón—. Esme dijo que hiciera lo que tuviera que hacer para quedarme.

Edward sacudió la cabeza con indulgencia.

—Me pasé todo el día siguiente fisgando en las mentes de todos con quienes habías hablado, sorprendido de que
hubieras cumplido tu palabra. No te comprendí en absoluto, pero sabía que no me podía implicar más contigo. Hice
todo lo que estuvo en mi mano para permanecer lo más lejos de ti. Y todos los días el aroma de tu piel, tu
respiración, tu pelo... me golpeaba con la misma fuerza del primer día.

Nuestras miradas se encontraron otra vez. Los ojos de Edward eran sorprendentemente tiernos.

—Y por todo eso —prosiguió—, hubiera preferido delatarnos en aquel primer momento que herirte aquí, ahora, sin
testigos ni nada que me detenga.

Era lo bastante humana como para tener preguntar:

¬ó ¬ŅPor qu√©?

—Isabella —pronunció mi nombre completo con cuidado al tiempo que me despeinaba el pelo con la mano libre; un
estremecimiento recorrió mi cuerpo ante ese roce fortuito—. No podría vivir en paz conmigo mismo si te causara
da√Īo alguno ¬ófij√≥ su mirada en el suelo, nuevamente avergonzado¬ó. La idea de verte inm√≥vil, p√°lida, helada... No
volver a ver cómo te ruborizas, no ver jamás esa chispa de intuición en los ojos cuando sospechas mis intenciones...
Sería insoportable —clavó sus hermosos y torturados ojos en los míos—. Ahora eres lo más importante para mí, lo
m√°s importante que he tenido nunca.

La cabeza empezó a darme vueltas ante el rápido giro que había dado nuestra conversación. Desde el alegre tema de
mi inminente muerte de repente nos estábamos declarando. Aguardó, y supe que sus ojos no se apartaban de mí a
pesar de fijar los míos en nuestras manos. Al final, dije:

—Ya conoces mis sentimientos, por supuesto. Estoy aquí, lo que, burdamente traducido, significa que preferiría
morir antes que alejarme de ti ¬óhice una mueca¬ó. Soy idiota.

—Eres idiota —aceptó con una risa.

Nuestras miradas se encontraron y tambi√©n me re√≠. Nos re√≠mos juntos de lo absurdo y est√ļpido de la situaci√≥n.

—Y de ese modo el león se enamoró de la oveja... —murmuró. Desvié la vista para ocultar mis ojos mientras me
estremecía al oírle pronunciar la palabra.

¬ó ¬°Qu√© oveja tan est√ļpida! ¬ómusit√©.

— ¡Qué león tan morboso y masoquista!

Su mirada se perdió en el bosque y me pregunté dónde estarían ahora sus pensamientos.

¬ó ¬ŅPor qu√©...? ¬ócomenc√©, pero luego me detuve al no estar segura de c√≥mo proseguir.

Edward me miró y sonrió. El sol arrancó un destello a su cara, a sus dientes.

¬ó ¬ŅS√≠?

—Dime por qué huiste antes.

Su sonrisa se desvaneció.

—Sabes el porqué.

¬óNo, lo que quer√≠a decir exactamente es ¬Ņqu√© hice mal? Ya sabes, voy a tener que estar en guardia, por lo que ser√°
mejor aprender qué es lo que no debería hacer. Esto, por ejemplo —le acaricié la base de la mano—, parece que no
te hace mal.

Volvió a sonreír.

—Bella, no hiciste nada mal. Fue culpa mía.


—Pero quiero ayudar si está en mi mano, hacértelo más llevadero.

—Bueno... —meditó durante unos instantes—. Sólo fue lo cerca que estuviste. Por instinto, la mayoría de los
hombres nos rehuyen repelidos por nuestra diferenciación... No esperaba que te acercaras tanto, y el olor de tu
garganta...

Se calló ipso facto mirándome para ver si me había asustado.

—De acuerdo, entonces —respondí con displicencia en un intento de aliviar la atmósfera, repentinamente tensa, y
me tapé el cuello—, nada de exponer la garganta.

Funcionó. Rompió a reír.

¬óNo, en realidad, fue m√°s la sorpresa que cualquier otra cosa.

Alzó la mano libre y la depositó con suavidad en un lado de mi garganta. Me quedé inmóvil. El frío de su tacto era
un aviso natural, un indicio de que debería estar aterrada, pero no era miedo lo que sentía, aunque, sin embargo,
había otros sentimientos...

¬óYa lo ves. Todo est√° en orden.

Se me aceleró el pulso, y deseé poder refrenarlo al presentir que eso, los latidos en mis venas, lo iba a dificultar todo
un poco más. Lo más seguro es que él pudiera oírlo.

—El rubor de tus mejillas es adorable —murmuró.

Liberó con suavidad la otra mano. Mis manos cayeron flácidas sobre mi vientre. Me acarició la mejilla con suavidad
para luego sostener mi rostro entre sus manos de m√°rmol.

—Quédate muy quieta —susurró. ¡Como si no estuviera ya petrificada!

Lentamente, sin apartar sus ojos de los míos, se inclinó hacia mí. Luego, de forma sorprendente pero suave, apoyó
su mejilla contra la base de mi garganta. Apenas era capaz de moverme, incluso aunque hubiera querido. Oí el
sonido de su acompasada respiración mientras contemplaba cómo el sol y la brisa jugaban con su pelo de color
bronce, la parte m√°s humana de Edward.

Me estremecí cuando sus manos se deslizaron cuello abajo con deliberada lentitud. Le oí contener el aliento, pero
las manos no se detuvieron y suavemente siguieron su descenso hasta llegar a mis hombros, y entonces se
detuvieron.

Dejó resbalar el rostro por un lado de mi cuello, con la nariz rozando mi clavícula. A continuación, reclinó la cara y
apretó la cabeza tiernamente contra mi pecho...... escuchando los latidos de mi corazón.

¬óAh.

Suspiró.

No sé cuánto tiempo estuvimos sentados sin movernos. Pudieron ser horas. Al final, mi pulso se sosegó, pero
Edward no se movió ni me dirigió la palabra mientras me sostuvo. Sabía que en cualquier momento él podría no
contenerse y mi vida terminaría tan deprisa que ni siquiera me daría cuenta, aunque eso no me asustó. No podía
pensar en nada, excepto en que él me tocaba.

Luego, demasiado pronto, me liberó.

Sus ojos estaban llenos de paz cuando dijo con satisfacción:

¬óNo volver√° a ser tan arduo.

¬ó ¬ŅTe ha resultado dif√≠cil?

¬óNo ha sido tan dif√≠cil como hab√≠a supuesto. ¬ŅY a ti?

—No, para mí no lo ha sido en absoluto.

Sonrió ante mi entonación.

—Sabes a qué me refiero.

Le sonreí.

¬óToca ¬ótom√≥ mi mano y la situ√≥ sobre su mejilla¬ó. ¬ŅNotas qu√© caliente est√°?

Su piel habitualmente gélida estaba casi caliente, pero apenas lo noté, ya que estaba tocando su rostro, algo con lo
que llevaba so√Īando desde el primer d√≠a que le vi.

—No te muevas —susurré.

Nadie podía permanecer tan inmóvil como Edward. Cerró los ojos y se quedó tan quieto como una piedra, una
estatua debajo de mi mano.

Me mov√≠ incluso m√°s lentamente que √©l, teniendo cuidado de no hacer ning√ļn movimiento inesperado. Roc√© su
mejilla, acarici√© con delicadeza sus p√°rpados y la sombra p√ļrpura de las ojeras. Tuve sus labios entreabiertos debajo
de mi mano y sentí su fría respiración en las yemas de los dedos. Quise inclinarme para inhalar su aroma, pero dejé
caer la mano y me alejé, sin querer llevarle demasiado lejos.

Abrió los ojos, y había hambre en ellos. No la suficiente para atemorizarme, pero lo bastante para que se me hiciera
un nudo en el estómago y el pulso se me acelerara mientras la sangre de mis venas no cesaba de martillar.

—Querría —susurró—, querría que pudieras sentir la complejidad... la confusión que yo siento, que pudieras
entenderlo.

Llevó la mano a mi pelo y luego recorrió mi rostro.


—Dímelo —musité.

¬óDudo que sea capaz. Por una parte, ya te he hablado del hambre..., la sed, y te he dicho la criatura deplorable que
soy y lo que siento por ti. Creo que, por extensión, lo puedes comprender, aunque —prosiguió con una media
sonrisa¬ó probablemente no puedas identificarte por completo al no ser adicta a ninguna droga. Pero hay otros
apetitos... ¬óme hizo estremecer de nuevo al tocarme los labios con sus dedos¬ó, apetitos que ni siquiera entiendo,
que me son ajenos.

¬óPuede que lo entienda mejor de lo que crees.

¬óNo estoy acostumbrado a tener apetitos tan humanos. ¬ŅSiempre es as√≠?

—No lo sé —me detuve—. Para mí también es la primera vez.

Sostuvo mis manos entre las suyas, tan d√©biles en su herc√ļlea fortaleza.

—No sé lo cerca que puedo estar de ti —admitió—. No sé si podré...

Me incliné hacia delante muy despacio, avisándole con la mirada. Apoyé la mejilla contra su pecho de piedra. Sólo
podía oír su respiración, nada más.

¬óEsto basta.

Cerré los ojos y suspiré. En un gesto muy humano, me rodeó con los brazos y hundió el rostro en mi pelo.

¬óSe te da mejor de lo que t√ļ mismo crees ¬óapunt√©.

—Tengo instintos humanos. Puede que estén enterrados muy hondo, pero están ahí.

Permanecimos sentados durante otro periodo de tiempo inmensurable. Me preguntaba si le apetecería moverse tan
poco como a mí, pero podía ver declinar la luz y la sombra del bosque comenzaba a alcanzarnos. Suspiré.

¬óTienes que irte.

—Creía que no podías leer mi mente —le acusé.

¬óCada vez resulta m√°s f√°cil.

Noté un atisbo de humor en el tono de su voz. Me tomó por los hombros y le miré a la cara. En un arranque de
repentino entusiasmo, me preguntó:

¬ó ¬ŅTe puedo ense√Īar algo?

¬ó ¬ŅEl qu√©?

¬óTe voy a ense√Īar c√≥mo viajo por el bosque ¬óvio mi expresi√≥n aterrada¬ó. No te preocupes, vas a estar a salvo, y
llegaremos al coche mucho antes.

Sus labios se curvaron en una de esas sonrisas traviesas tan hermosas que casi detenían el latir de mi corazón.

¬ó ¬ŅTe vas a convertir en murci√©lago? ¬ópregunt√© con recelo.

Rompió a reír con más fuerza de la que le había oído jamás.

— ¡Como si no hubiera oído eso antes!

¬óVale, ya veo que no voy a conseguir quedarme contigo.

¬óVamos, peque√Īa cobarde, s√ļbete a mi espalda.

Aguardé a ver si bromeaba, pero al parecer lo decía en serio. Me dirigió una sonrisa al leer mi vacilación y extendió
los brazos hacia mí. Mi corazón reaccionó. Aunque Edward no pudiera leer mi mente, el pulso siempre me delataba.
Procedió a ponerme sobre su espalda, con poco esfuerzo por mi parte, aunque, cuando ya estuve acomodada, lo
rodeé con brazos y piernas con tal fuerza que hubiera estrangulado a una persona normal. Era como agarrarse a una
roca.

—Peso un poco más de la media de las mochilas que sueles llevar —le avisé.

— ¡Bahh.! —resopló. Casi pude imaginarle poniendo los ojos en blanco. Nunca antes le había visto tan animado.

Me sobrecogió cuando de forma inesperada me aferró la mano y presionó la palma sobre el rostro para inhalar
profundamente.

—Cada vez más fácil —musitó.

Y entonces echó a correr.

Si en alguna ocasión había tenido miedo en su presencia, aquello no era nada en comparación con cómo me sentí en
ese momento.

Cruzó como una bala, como un espectro, la oscura y densa masa de maleza del bosque sin hacer ruido, sin evidencia
alguna de que sus pies rozaran el suelo. Su respiraci√≥n no se alter√≥ en ning√ļn momento, jam√°s dio muestras de
esforzarse, pero los √°rboles pasaban volando a mi lado a una velocidad vertiginosa, no golpe√°ndonos por
centímetros.

Estaba demasiado aterrada para cerrar los ojos, aunque el frío aire del bosque me azotaba el rostro hasta escocerme.
Me sentí como si en un acto de estupidez hubiera sacado la cabeza por la ventanilla de un avión en pleno vuelo, y
experimenté el acelerado desfallecimiento del mareo.

Entonces, termin√≥. Aquella ma√Īana hab√≠amos caminado durante horas para alcanzar el prado de Edward, y ahora, en
cuestión de minutos, estábamos de regreso junto al monovolumen.

¬óEstimulante, ¬Ņverdad? ¬ódijo entusiasmado y con voz aguda.


Se qued√≥ inm√≥vil, a la espera de que me bajara. Lo intent√©, pero no me respond√≠an los m√ļsculos. Me mantuve
aferrada a él con brazos y piernas mientras la cabeza no dejaba de darme vueltas.

¬ó ¬ŅBella? ¬ópregunt√≥, ahora inquieto.

—Creo que necesito tumbarme —respondí jadeante.

—Ah, perdona —me esperó, pero aun así no me pude mover.

—Creo que necesito ayuda —admití.

Se rió quedamente y deshizo suavemente mi presa alrededor de su cuello. No había forma de resistir la fuerza de
hierro de sus manos. Luego, me dio la vuelta y qued√© frente a √©l, y me acun√≥ en sus brazos como si fuera una ni√Īa
peque√Īa. Me sostuvo en vilo un momento para luego depositarme sobre los mullidos helechos.

¬ó ¬ŅQu√© tal te encuentras?

No estaba muy segura de cómo me sentía, ya que la cabeza me daba vueltas de forma enloquecida.

¬óMareada, creo.

¬óPon la cabeza entre las rodillas.

Intenté lo que me indicaba, y ayudó un poco. Inspiré y espiré lentamente sin mover la cabeza. Me percaté de que se
sentaba a mi lado. Pasado el mal trago, pude alzar la cabeza. Me pitaban los oídos.

—Supongo que no fue una buena idea —musitó.

Intenté mostrarme positiva, pero mi voz sonó débil cuando respondí:

¬óNo, ha sido muy interesante.

¬ó ¬°Vaya! Est√°s blanca como un fantasma, tan blanca como yo mismo.

—Creo que debería haber cerrado los ojos.

—Recuérdalo la próxima vez.

¬ó ¬°¬ŅLa pr√≥xima vez?! ¬ógem√≠.

Edward se rió, seguía de un humor excelente.

—Fanfarrón —musité.

—Bella, abre los ojos —rogó con voz suave.

Y ahí estaba él, con el rostro demasiado cerca del mío. Su belleza aturdió mi mente... Era demasiada, un exceso al
que no conseguía acostumbrarme.

—Mientras corría, he estado pensando...

¬ó En no estrellarnos contra los √°rboles, espero.

—Tonta Bella —rió entre dientes—. Correr es mi segunda naturaleza, no es algo en lo que tenga que pensar.

—Fanfarrón —repetí. Edward sonrió.

—No. He pensado que había algo que quería intentar.

Y volvió a tomar mi cabeza entre sus manos. No pude respirar.

Vaciló... No de la forma habitual, no de una forma humana, no de la manera en que un hombre podría vacilar antes
de besar a una mujer para calibrar su reacción e intuir cómo le recibiría. Tal vez vacilaría para prolongar el
momento, ese momento ideal previo, muchas veces mejor que el beso mismo.

Edward se detuvo vacilante para probarse a s√≠ mismo y ver si era seguro, para cerciorarse de que a√ļn manten√≠a bajo
control su necesidad.

Entonces sus fríos labios de mármol presionaron muy suavemente los míos.

Para lo que ninguno de los dos estaba preparado era para mi respuesta.

La sangre me hervía bajo la piel quemándome los labios. Mi respiración se convirtió en un violento jadeo. Aferré su
pelo con los dedos, atrayéndolo hacia mí, con los labios entreabiertos para respirar su aliento embriagador.
Inmediatamente, sentí que sus labios se convertían en piedra. Sus manos gentilmente pero con fuerza, apartaron mi
cara. Abrí los ojos y vi su expresión vigilante.

— ¡Huy! —musité.

¬óEso es quedarse corto.

Sus ojos eran feroces y apretaba la mandíbula para controlarse, sin que todavía se descompusiera su perfecta
expresión. Sostuvo mi rostro a escasos centímetros del suyo, aturdiéndome.

¬ó ¬ŅDeber√≠a...?

Intenté desasirme para concederle cierto espacio, pero sus manos no me permitieron alejarme más de un centímetro.

—No. Es soportable. Aguarda un momento, por favor —pidió con voz amable, controlada.

Mantuve la vista fija en sus ojos, contemplé como la excitación que lucía en ellos se sosegaba. Entonces, me dedicó
una sonrisa sorprendentemente traviesa.

— ¡Listo! —exclamó, complacido consigo mismo.

¬ó ¬ŅSoportable? ¬ópregunt√©.

—Soy más fuerte de lo que pensaba —rió con fuerza—. Bueno es saberlo.

—Desearía poder decir lo mismo. Lo siento. —Después de todo, sólo eres humana.

—Muchas gracias —repliqué mordazmente.


Se puso de pie con uno de sus movimientos ágiles, rápidos, casi invisibles. Me tendió su mano, un gesto inesperado,
ya que estaba demasiado acostumbrada a nuestro habitual comportamiento de nulo contacto. Tomé su mano helada,
ya que necesitaba ese apoyo m√°s de lo que cre√≠a. A√ļn no hab√≠a recuperado el equilibrio.

¬ó ¬ŅSigues estando d√©bil a causa de la carrera? ¬ŅO ha sido mi pericia al besar?

¡Qué desenfadado y humano parecía su angelical y apacible rostro cuando se reía! Era un Edward diferente al que
yo conocía, y estaba loca por él. Ahora, separarme me iba a causar un dolor físico.

¬óNo puedo estar segura, a√ļn sigo grogui ¬óconsegu√≠ responderle¬ó. Creo que es un poco de ambas cosas.

—Tal vez deberías dejarme conducir.

¬ó ¬ŅEst√°s loco? ¬óprotest√©.

¬óConduzco mejor que t√ļ en tu mejor d√≠a ¬óse burl√≥¬ó. Tus reflejos son mucho m√°s lentos.

—Estoy segura de eso, pero creo que ni mis nervios ni mi coche seríamos capaces de soportarlo.

¬óUn poco de confianza, Bella, por favor.

Tenía la mano en el bolsillo, crispada sobre las llaves. Fruncí los labios con gesto pensativo y sacudí la cabeza
firmemente.

¬óNo. Ni en broma.

Arqueó las cejas con incredulidad.

Comencé a dar un rodeo a su lado para dirigirme al asiento del conductor. Puede que me hubiera dejado pasar si no
me hubiese tambaleado ligeramente. Puede que no.

¬óBella, llegados a este punto, ya he invertido un enorme esfuerzo personal en mantenerte viva. No voy a dejar que
te pongas detrás del volante de un coche cuando ni siquiera puedes caminar en línea recta. Además, no hay que
dejar que los amigos conduzcan borrachos —citó con una risita mientras su brazo creaba una trampa ineludible
alrededor de mi cintura.

—No puedo rebatirlo —dije con un suspiro. No había forma de sortearlo ni podía resistirme a él. Alcé las llaves y
las dejé caer, observando que su mano, veloz como el rayo, las atrapaba sin hacer ruido—. Con calma... Mi
monovolumen es un se√Īor mayor.

—Muy sensata —aprobó.

¬ó ¬ŅY t√ļ no est√°s afectado por mi presencia? ¬ó¬ópregunt√© con enojo.

Sus facciones sufrieron otra transformación, su expresión se hizo suave y cálida. Al principio, no me respondió; se
limitó a inclinar su rostro sobre el mío y deslizar sus labios lentamente a lo largo de mi mandíbula, desde la oreja al
mentón, de un lado a otro. Me estremecí.

—Pase lo que pase —murmuró finalmente—, tengo mejores reflejos.