7 - Teoria

— ¿Puedo hacerte sólo una pregunta más? —imploré mientras aceleraba a toda velocidad por la calle desierta. No
parecía prestar atención alguna a la carretera.

Suspiró.

—Una —aceptó. Frunció los labios, que se convirtieron en una línea llena de recelo.

—Bueno... Dijiste que sabías que no había entrado en la librería y que me había dirigido hacia el sur. Sólo me
preguntaba cómo lo sabías.

Desvió la vista a propósito.

—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas —refunfuñé.

Casi sonrió.

—De acuerdo. Seguí tu olor —miraba a la carretera, lo cual me dio tiempo para recobrar la compostura. No podía
admitir que ésa fuera una respuesta aceptable, pero la clasifiqué cuidadosamente para estudiarla más adelante.
Intenté retomar el hilo de la conversación. Tampoco estaba dispuesta a dejarle terminar ahí, no ahora que al fin me
estaba explicando cosas.

—Aún no has respondido a la primera de mis preguntas —dije para ganar tiempo.

Me miró con desaprobación.

— ¿Cuál?

— ¿Cómo funciona lo de leer mentes? ¿Puedes leer la mente de cualquiera en cualquier parte? ¿Cómo lo haces?
¿Puede hacerlo el resto de tu familia...?

Me sentí estúpida al pedir una aclaración sobre una fantasía.

—Has hecho más de una pregunta —puntualizó. Me limité a entrecruzar los dedos y esperar—. Sólo yo tengo esa
facultad, y no puedo oír a cualquiera en cualquier parte. Debo estar bastante cerca. Cuanto más familiar me resulta
esa «voz», más lejos soy capaz de oírla, pero aun así, no más de unos pocos kilómetros —hizo una pausa con gesto


meditabundo—. Se parece un poco a un enorme hall repleto de personas que hablan todas a la vez. Sólo es un
zumbido, un bisbiseo de voces al fondo, hasta que localizo una voz, y entonces está claro lo que piensan... La mayor
parte del tiempo no los escucho, ya que puede llegar a distraer demasiado y así es más fácil parecer normal—
frunció el ceño al pronunciar la palabra—, y no responder a los pensamientos de alguien antes de que los haya
expresado con palabras

Me miró con ojos enigmáticos.

— ¿Por qué crees que no puedes «oírme»? —pregunté con curiosidad.

—No lo sé —murmuró—. Mi única suposición es que tal vez tu mente funcione de forma diferente a la de los
demás. Es como si tus pensamientos fluyeran en onda media y yo sólo captase los de frecuencia modulada.

Me sonrió, repentinamente divertido.

— ¿Mi mente no funciona bien? ¿Soy un bicho raro?

Esas palabras me preocuparon más de lo previsto, probablemente porque había dado en la diana. Siempre lo había
sospechado, y me avergonzaba tener la confirmación.

—Yo oigo voces en la cabeza y es a ti a quien le preocupa ser un bicho raro —se rió—. No te inquietes, es sólo una
teoría. .. —su rostro se tensó—. Y eso nos trae de vuelta a ti.

Suspiré. ¿Cómo empezar?

—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas —me recordó con dulzura.

Aparté la vista del rostro de Edward por primera vez en un intento de hallar las palabras y vi el indicador de
velocidad.

— ¡Dios santo! —grité—. ¡Ve más despacio!

— ¿Qué pasa? —se sobresaltó, pero el automóvil no desaceleró.

— ¡Vas a ciento sesenta! —seguí chillando.

Elche una ojeada de pánico por la ventana, pero estaba demasiado oscuro para distinguir mucho. La carretera sólo
era visible hasta donde alcanzaba la luz de los faros delanteros. El bosque que flanqueaba ambos lados de la
carretera parecía un muro negro, tan duro como un muro de hierro si nos salíamos de la carretera a esa velocidad.

—Tranquilízate, Bella.

Puso los ojos en blanco sin reducir aún la velocidad.

— ¿Pretendes que nos matemos? —quise saber.

—No vamos a chocar.

Intenté modular el volumen de mi voz al preguntar:

— ¿Por qué vamos tan deprisa?

—Siempre conduzco así —se volvió y me sonrió torciendo la boca.

— ¡No apartes la vista de la carretera!

—Nunca he tenido un accidente, Bella, ni siquiera me han puesto una multa —sonrió y se acarició varias veces la
frente—. A prueba de radares detectores de velocidad.

—Muy divertido —estaba que echaba chispas—. Charlie es policía, ¿recuerdas? He crecido respetando las leyes de
tráfico. Además, si nos la pegamos contra el tronco de un árbol y nos convertimos en una galleta de Volvo, tendrás
que regresar a pie.

—Probablemente —admitió con una fuerte aunque breve carcajada—, pero tú no —suspiró y vi con alivio que la
aguja descendía gradualmente hasta los ciento veinte.

— ¿Satisfecha?

—Casi.

—Odio conducir despacio —musitó.

— ¿A esto le llamas despacio?

—Basta de criticar mi conducción —dijo bruscamente—, sigo esperando tu última teoría.

Me mordí el labio. Me miró con ojos inesperadamente amarillos—No me voy a reír —prometió.

—Temo más que te enfades conmigo.

— ¿Tan mala es?

—Bastante, sí.

Esperó. Tenía la vista clavada en mis manos, por lo que no le pude ver la expresión.

—Adelante —me animó con voz tranquila.

—No sé cómo empezar —admití.

— ¿Por qué no empiezas por el principio? Dijiste que no era de tu invención.

—No.

— ¿Cómo empezaste? ¿Con un libro? ¿Con una película? —me sondeó.

—No. Fue el sábado, en la playa —me arriesgué a alzar los ojos y contemplar su rostro. Pareció confundido—. Me
encontré con un viejo amigo de la familia... Jacob Black —proseguí—. Su padre y Charlie han sido amigos desde
que yo era niña.


Aún parecía perplejo.

—Su padre es uno de los ancianos de los quileute —lo examiné con atención. Una expresión helada sustituyó al
desconcierto anterior—. Fuimos a dar un paseo... —evité explicarle todas mis maquinaciones para sonsacar la
historia—, y él me estuvo contando viejas leyendas para asustarme —vacilé—. Me contó una...

—Continúa.

—... sobre vampiros.

En ese instante me di cuenta de que hablaba en susurros. Ahora no le podía ver la cara, pero sí los nudillos tensos,
convulsos, de las manos en el volante.

— ¿E inmediatamente te acordaste de mí?

Seguía tranquilo.

—No. Jacob mencionó a tu familia.

Permaneció en silencio, sin perder de vista la carretera. De repente, me alarmé, preocupada por proteger a Jacob.

—Sólo creía que era una superstición estúpida —añadí rápidamente—. No esperaba que yo me creyera ni una
palabra —mi comentario no parecía suficiente, por lo que tuve que confesar—: Fue culpa mía. Le obligué a
contármelo.

— ¿Por qué?

—Lauren dijo algo sobre ti... Intentaba provocarme. Un joven mayor de la tribu mencionó que tu familia no acudía a
la reserva, sólo que sonó como si aquello tuviera un significado especial, por lo que me llevé a Jacob a solas y le
engañé para que me lo contara —admití con la cabeza gacha.

— ¿Cómo le engañaste?

—Intenté flirtear un poco... Funcionó mejor de lo que había pensado —la incredulidad llenó mi voz cuando lo
evoqué.

—Me gustaría haberlo visto —se rió entre dientes de forma sombría—. Y tú me acusas de confundir a la gente...
¡Pobre Jacob Black!

Me puse colorada como un tomate y contemplé la noche a través de la ventanilla.

— ¿Qué hiciste entonces? —preguntó un minuto después.

—Busqué en Internet.

— ¿Y eso te convenció? —su voz apenas parecía interesada, pero sus manos aferraban con fuerza el volante.

—No. Nada encajaba. La mayoría eran tonterías, y entonces. .. —me detuve.

— ¿Qué?

—Decidí que no importaba —susurré.

— ¡¿Que no importaba?! —el tono de su voz me hizo alzar los ojos. La máscara tan cuidadosamente urdida se había
roto finalmente. Tenía cara de incredulidad, con un leve atisbo de la rabia que yo temía.

—No —dije suavemente—. No me importa lo que seas.

— ¿No te importa que sea un monstruo? —su voz reflejó una nota severa y burlona

— ¿Que no sea humano?

—No.

Se calló y volvió a mirar al frente. Su rostro era oscuro y gélido.

—Te has enfadado —suspiré—. No debería haberte dicho nada.

—No —dijo con un tono tan severo como la expresión de su cara—. Prefiero saber qué piensas, incluso cuando lo
que pienses sea una locura.

—Así que, ¿me equivoco otra vez? —le desafié.

—No me refiero a eso. «No importaba» —me citó, apretando los dientes.

— ¿Estoy en lo cierto? —contesté con un respingo.

— ¿Importa?

Respiré hondo.

—En realidad, no —hice una pausa—. Siento curiosidad.

Al menos, mi voz sonaba tranquila. De repente, se resignó.

— ¿Sobre qué sientes curiosidad?

— ¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete —respondió de inmediato.

— ¿Y cuánto hace que tienes diecisiete años?

Frunció los labios mientras miraba la carretera.

—Bastante —admitió, al fin.

—De acuerdo.

Sonreí, complacida de que al fin fuera sincero conmigo. Sus vigilantes ojos me miraban con más frecuencia que
antes, cuando le preocupaba que entrara en estado de Shock. Esbocé una sonrisa más amplia de estímulo y él
frunció el ceño.


—No te rías, pero ¿cómo es que puedes salir durante el día?

En cualquier caso, se rió.

—Un mito.

— ¿No te quema el sol?

—Un mito.

— ¿Y lo de dormir en ataúdes?

—Un mito —vaciló durante un momento y un tono peculiar se filtró en su voz—. No puedo dormir.

Necesité un minuto para comprenderlo.

— ¿Nada?

—Jamás —contestó con voz apenas audible.

Se volvió para mirarme con expresión de nostalgia. Sus ojos dorados sostuvieron mi mirada y perdí la oportunidad
de pensar. Me quedé mirándolo hasta que él apartó la vista.

—Aún no me has formulado la pregunta más importante.

Ahora su voz sonaba severa y cuando me miró otra vez lo hizo con ojos gélidos. Parpadeé, todavía confusa.

— ¿Cuál?

— ¿No te preocupa mi dieta? —preguntó con sarcasmo.

—Ah —musité—, ésa.

—Sí, ésa —remarcó con voz átona—. ¿No quieres saber si bebo sangre?

Retrocedí.

—Bueno, Jacob me dijo algo al respecto.

— ¿Qué dijo Jacob? —preguntó cansinamente.

—Que no cazabais personas. Dijo que se suponía que vuestra familia no era peligrosa porque sólo dabais caza a
animales.

— ¿Dijo que no éramos peligrosos?

Su voz fue profundamente escéptica.

—No exactamente. Dijo que se suponía que no lo erais, pero los quileutes siguen sin quereros en sus tierras, sólo por
si acaso.

Miró hacia delante, pero no sabía si observaba o no la carretera.

—Entonces, ¿tiene razón en lo de que no cazáis personas? —pregunté, intentando alterar la voz lo menos posible.

—La memoria de los quileutes llega lejos... —susurró.

Lo acepté como una confirmación.

—Aunque no dejes que eso te satisfaga —me advirtió—. Tienen razón al mantener la distancia con nosotros.

—No comprendo.

—Intentamos... —explicó lentamente—, solemos ser buenos en todo lo que hacemos, pero a veces cometemos
errores. Yo, por ejemplo, al permitirme estar a solas contigo.

— ¿Esto es un error?

Oí la tristeza de mi voz, pero no supe si él también lo había advertido.

—Uno muy peligroso —murmuró.

A continuación, ambos permanecimos en silencio. Observé cómo giraban las luces del coche con las curvas de la
carretera. Se movían con demasiada rapidez, no parecían reales, sino un videojuego. Era consciente de que el
tiempo se me escapaba rápidamente, se me acababa como la carretera que recorríamos, y tuve un miedo espantoso a
no disponer de otra oportunidad para estar con él de nuevo como en este momento, abiertamente, sin muros entre
nosotros. Sus palabras apuntaban hacia un fin y retrocedí ante esa idea. No podía perder ninguno de los minutos que
tenía a su lado.

—Cuéntame más —pedí con desesperación, sin preocuparme de lo que dijera, sólo para oír su voz de nuevo.

Me miró rápidamente, sobresaltado por el cambio que se había operado en mi voz.

— ¿Qué más quieres saber?

—Dime por qué cazáis animales en lugar de personas —sugerí con voz aún alterada por la desesperación. Tomé
conciencia de que tenía los ojos llorosos y luché contra el pesar que intentaba apoderarse de mí.

—No quiero ser un monstruo —explicó en voz muy baja.

—Pero ¿no bastan los animales?

Hizo una pausa.

—No puedo estar seguro, por supuesto, pero yo lo compararía con vivir a base de queso y leche de soja. Nos
llamamos a nosotros mismos vegetarianos, es nuestro pequeño chiste privado. No sacia el apetito por completo,
bueno, más bien la sed, pero nos mantiene lo bastante fuertes para resistir... la mayoría de las veces —su voz sonaba
a presagio—. Unas veces es más difícil que otras. — ¿Te resulta muy difícil ahora?

Suspiró.

—Pero ahora no tienes hambre —aseveré con confianza, afirmando, no preguntando.


— ¿Qué te hace pensar eso?

—Tus ojos. Te dije que tenía una teoría. Me he dado cuenta de que la gente, y los hombres en particular, se enfada
cuando tiene hambre.

Se rió entre dientes.

—Eres muy observadora, ¿verdad?

No respondí, sólo escuché el sonido de su risa y lo grabé en la memoria.

—Este fin de semana estuvisteis cazando, ¿verdad? —quise saber cuando todo se hubo calmado.

—Sí —calló durante un segundo, como si estuviera decidiendo decir algo o no—. No quería salir, pero era
necesario. Es un poco más fácil estar cerca de ti cuando no tengo sed.

— ¿Por qué no querías marcharte?

—El estar lejos de ti me pone... ansioso —su mirada era amable e intensa; y me estremecí hasta la médula—. No
bromeaba cuando te pedí que no te cayeras al mar o te dejaras atropellar el jueves pasado. Estuve abstraído todo el
fin de semana, preocupándome por ti, y después de lo acaecido esta noche, me sorprende que hayas salido indemne
del fin de semana —movió la cabeza; entonces recordó algo—. Bueno, no del todo.

— ¿Qué?

—Tus manos —me recordó.

Observé las palmas de mis manos y las rasgaduras casi curadas de los pulpejos. A Edward no se le escapaba nada.

—Me caí —reconocí con un suspiro.

—Eso es lo que pensé —las comisuras de sus labios se curvaron—. Supongo que, siendo tú, podía haber sido mucho
peor, y esa posibilidad me atormentó mientras duró mi ausencia. Fueron tres días realmente largos y la verdad es
que puse a Emmett de los nervios.

Me sonrió compungido.

— ¿Tres días? ¿No acabas de regresar hoy?

—No, volvimos el domingo.

—Entonces, ¿por qué no fuisteis ninguno de vosotros al instituto?

Estaba frustrada, casi enfadada, al pensar el gran chasco que me había llevado a causa de su ausencia.

—Bueno, me has preguntado si el sol me daña, y no lo hace, pero no puedo salir a la luz del día... Al menos, no
donde me pueda ver alguien.

— ¿Por qué?

—Alguna vez te lo mostraré —me prometió.

Pensé en ello durante un momento.

—Me podías haber llamado —decidí.

Se quedó confuso.

—Pero sabía que estabas a salvo.

—Pero yo no sabía dónde estabas. Yo... —vacilé y entorné los ojos.

— ¿Qué? —me impelió con voz arrulladora.

—Me disgusta no verte. También me pone ansiosa.

Me sonrojé al decirlo en voz alta. Se quedó quieto y alzó la vista con aprensión. Observé su expresión apenada.

—Ay —gimió en voz baja—, eso no está bien.

No comprendí esa respuesta. ¿Qué he dicho?

— ¿No lo ves, Bella? De todas las cosas en que te has visto involucrada, es una de las que me hace sentir peor —fijó
los ojos en la carretera abruptamente; habló a borbotones, a tal velocidad que casi no lo comprendí—. No quiero oír
que te sientas así —dijo con voz baja, pero apremiante—. Es un error. No es seguro. Bella, soy peligroso.
Grábatelo, por favor.

—No.

Me esforcé por no parecer una niña enfurruñada.

—Hablo en serio —gruñó.

—También yo. Te lo dije, no me importa qué seas. Es demasiado tarde.

—Jamás digas eso —espetó con dureza y en voz baja.

Me mordí el labio, contenta de que no supiera cuánto dolía aquello. Contemplé la carretera. Ya debíamos de estar
cerca. Conducía mucho más deprisa.

— ¿En qué piensas? —inquirió con voz aún ruda.

Me limité á negar con la cabeza, no muy segura de que fuera capaz de hablar.

— ¿Estás llorando?

No me había dado cuenta de que la humedad de mis ojos se había desbordado. Rápidamente, me froté la mejilla con
la mano y, efectivamente, allí estaban las lágrimas delatoras, traicionándome.

—No —negué, pero mi voz se quebró.

Le vi extender hacia mí la diestra con vacilación, pero luego se contuvo y lentamente la volvió a poner en el volante.


—Lo siento —se disculpó con voz pesarosa.

Supe que no sólo se estaba disculpando por las palabras que me habían perturbado. La oscuridad se deslizaba a
nuestro lado en silencio.

—Dime una cosa —pidió después de que hubiera transcurrido otro minuto, y le oí controlarse para que su tono fuera
ligero.

— ¿Sí?

—Esta noche, justo antes de que yo doblara la esquina, ¿en qué pensabas? No comprendí tu expresión... No parecías
asustada, sino más bien concentrada al máximo en algo.

—Intentaba recordar cómo incapacitar a un atacante, ya sabes. .. autodefensa. Le iba a meter la nariz en el cerebro a
ese... —pensé en el tipo moreno con una oleada de odio.

— ¿Ibas a luchar contra ellos? —eso le perturbó—. ¿No pensaste en correr?

—Me caigo mucho cuando corro —admití.

— ¿Y en chillar?

—Estaba a punto de hacerlo.

Sacudió la cabeza.

—Tienes razón. Definitivamente, estoy luchando contra el destino al intentar mantenerte con vida.

Suspiré. Al traspasar los límites de Forks fuimos más despacio. El viaje le había llevado menos de veinte minutos.

— ¿Te veré mañana? —quise saber.

—Sí. También he de entregar un trabajo —me sonrió—. Te reservaré un asiento para almorzar.

Después de todo lo que habíamos pasado aquella noche, era una tontería que esa pequeña promesa me causara tal
excitación y me impidiera articular palabra.

Estábamos enfrente de la casa de Charlie. Las luces estaban encendidas y mi coche en su sitio. Todo parecía
absolutamente normal. Era como despertar de un sueño. Detuvo el vehículo, pero no me moví.

— ¿Me prometes estar ahí mañana?

—Lo prometo.

Sopesé la respuesta durante unos instantes y luego asentí con la cabeza. Me quité la cazadora después de olería por
última vez.

—Te la puedes quedar... No tienes una para mañana —me recordó.

Se la devolví.

—No quiero tener que explicárselo a Charlie.

—Ah, de acuerdo.

Esbozó una amplia sonrisa. Con la mano en la manivela, vacilé mientras intentaba prolongar el momento.

— ¿Bella? —dijo en tono diferente, serio y dubitativo.

— ¿Sí? —me volví hacia él con demasiada avidez.

— ¿Vas a prometerme algo?

—Sí —respondí, y al momento me arrepentí de mi incondicional aceptación. ¿Qué ocurría si me pedía que me
alejara de él? No podía mantener esa promesa.

—No vayas sola al bosque.

Le miré fijamente, totalmente confusa.

— ¿Por qué?

Frunció el ceño y miró con severidad por la ventana.

—No soy la criatura más peligrosa que ronda por ahí fuera. Dejémoslo así.

Me estremecí levemente ante su repentino tono sombrío, pero estaba aliviada. Al menos, ésta era una promesa fácil
de cumplir.

—Lo que tú digas.

—Nos vemos mañana —suspiró, y supe que deseaba que saliera del coche.

—Entonces, hasta mañana.

Abrí la puerta a regañadientes.

— ¿Bella?

Me di la vuelta mientras se inclinaba hacía mí, por lo que tuve su espléndido rostro pálido a unos centímetros del
mío. Mi corazón se detuvo.

—Que duermas bien —dijo.

Su aliento rozó mi cara, aturdiéndome. Era el mismo exquisito aroma que emanaba de la cazadora, pero de una
forma más concentrada. Parpadeé, totalmente deslumbrada. Edward se alejó.

Fui incapaz de moverme hasta que se me despejó un poco la mente. Entonces salí del coche con torpeza, teniendo
que apoyarme en el marco de la puerta. Creí oírle soltar una risita, pero el sonido fue demasiado bajo para confirmar
que fuera cierto.


Aguardó hasta que llegué a trancas y barrancas a la puerta y entonces oí el sonido del motor del coche. Me volví a
tiempo de contemplar el vehículo plateado desapareciendo detrás de la esquina. Me di cuenta de que hacía mucho
frío.

Tomé la llave de forma maquinal, abrí la puerta y entré. Charlie me llamó desde el cuarto de estar.

— ¿Bella?

—Sí, papá, soy yo.

Fui hasta allí. Estaba viendo un partido de baloncesto.

—Has vuelto pronto.

— ¿Sí? —estaba sorprendida.

—Aún no son ni las ocho —me dijo—. ¿Os habéis divertido?

—Sí, nos lo hemos pasado muy bien —la cabeza me dio vueltas al intentar recordar todo el asunto de la salida de
chicas que había planeado—. Las dos encontraron vestidos.

— ¿Te encuentras bien?

—Sólo cansada. He caminado mucho.

—Bueno, quizás deberías acostarte ya.

Parecía preocupado. Me pregunté qué aspecto tendría mi cara.

—Antes debo llamar a Jessica.

—Pero ¿no acabas de estar con ella? —preguntó sorprendido.

—Sí, pero me dejé la cazadora en su coche. Quiero asegurarme de que mañana me la trae.

—Bueno, al menos dale tiempo de llegar a casa.

—Cierto —acepté.

Fui a la cocina y caí exhausta en una silla. Entonces empecé a marearme de verdad. Me pregunté si, después de
todo, no iba a entrar en estado de sbock. ¡Contrólate!, me dije.

El teléfono me sobresaltó cuando sonó de repente. Levanté el auricular de un tirón.

— ¿Diga? —pregunté entrecortadamente.

— ¿Bella?

—Hola, Jes. Ahora te iba a llamar.

— ¿Estás eh casa?—su voz reflejaba sorpresa y alivio.

—Sí. Me dejé la cazadora en tu coche. ¿Me la puedes traer mañana?

—Claro, pero ¡dime qué ha pasado! —exigió.

—Eh, mañana, en Trigonometría, ¿vale?

Lo pilló al vuelo.

—Ah, tu padre está ahí, ¿no?

—Sí, exacto.

—De acuerdo. En ese caso, mañana hablamos —percibí la impaciencia en su voz—. ¡Adiós!

—Adiós, Jess.

Subí lentamente las escaleras mientras un profundo sopor me nublaba la mente. Me preparé para irme a la cama sin
prestar atención a lo que hacía. No me percaté de que estaba helada hasta que estuve en la ducha, con el agua —
demasiado caliente— quemándome la piel. Tirité violentamente durante varios minutos; después, el chorro de agua
relajó mis músculos agarrotados. Luego, sumamente cansada para moverme, permanecí en la ducha hasta que se
acabó el agua caliente.

Salí a trompicones y envolví mi cuerpo con una toalla en un intento de conservar el calor del agua para que no
regresaran las dolorosas tiritonas. Rápidamente me puse el pijama. Me acurruqué debajo de la colcha,
avovillándome como una pelota, abrazándome, para conservar el calor. Me estremecí varias veces.

La cabeza me seguía dando vueltas, llena de imágenes que no lograba comprender y algunas otras que intentaba
reprimir. Al principio, no tenía nada claro, pero cuando gradualmente me fui acercando al sueño, se me hicieron
evidentes algunas certezas.

Estaba totalmente segura de tres cosas. Primera, Edward era un vampiro. Segunda, una parte de él, y no sabía lo
potente que podía ser esa parte, tenía sed de mi sangre. Y tercera, estaba incondicional e irrevocablemente
enamorada de él.



INTERROGATORIOS



A la mañana siguiente resultó muy difícil discutir con esa parte de mí que estaba convencida de que la noche pasada
había sido un sueño. Ni la lógica ni el sentido común estaban de mi lado. Me aferraba a las partes que no podían ser
de mi invención, como el olor de Edward. Estaba segura de que algo así jamás hubiera sido producto de mis propios
sueños.


En el exterior, el día era brumoso y oscuro. Perfecto. Edward no tenía razón alguna para no asistir a clase hoy. Me
vestí con ropa de mucho abrigo al recordar que no tenía la cazadora, otra prueba de que mis recuerdos eran reales.

Al bajar las escaleras, descubrí que Charlie ya se había ido. Era más tarde de lo que creía. Devoré en tres bocados
una barra de muesli acompañada de leche, que bebí a morro del cartón, y salí a toda prisa por la puerta. Con un poco
de suerte, no empezaría a llover hasta que hubiera encontrado a Jessica.

Había más niebla de lo acostumbrado, el aire parecía impregnado de humo. Su contacto era gélido cuando se
enroscaba a la piel expuesta del cuello y el rostro. No veía el momento de llegar al calor de mi vehículo. La neblina
era tan densa que hasta que no estuve a pocos metros de la carretera no me percaté de que en ella había un coche, un
coche plateado. Mi corazón latió despacio, vaciló y luego reanudó su ritmo a toda velocidad.

No vi de dónde había llegado, pero de repente estaba ahí, con la puerta abierta para mí.

— ¿Quieres dar una vuelta conmigo hoy? —preguntó, divertido por mi expresión, sorprendiéndome aún
desprevenida.

Percibí incertidumbre en su voz. Me daba a elegir de verdad, era libre de rehusar y una parte de él lo esperaba. Era
una esperanza vana.

—Sí, gracias —acepté e intenté hablar con voz tranquila.

Al entrar en el caluroso interior del coche me di cuenta de que su cazadora color canela colgaba del reposacabezas
del asiento del pasajero. Cerró la puerta detrás de mí y, antes de lo que era posible imaginar, se sentó a mi lado y
arrancó el motor.

—He traído la cazadora para ti. No quiero que vayas a enfermar ni nada por el estilo.

Hablaba con cautela. Me di cuenta de que él mismo no llevaba cazadora, sólo una camiseta gris de manga larga con
cuello de pico. De nuevo, el tejido se adhería a su pecho musculoso. El que apartara la mirada de aquel cuerpo fue
un colosal tributo a su rostro.

—No soy tan delicada —dije, pero me puse la cazadora sobre el vientre e introduje los brazos en las mangas,
demasiado largas, con la curiosidad de comprobar si el aroma podía ser tan bueno como lo recordaba. Era mejor.

— ¿Ah, no? —me contradijo en voz tan baja que no estuve segura de si quería que lo oyera.

El vehículo avanzó a toda velocidad entre las calles cubiertas por los jirones de niebla. Me sentía cohibida. De
hecho, lo estaba. La noche pasada todas las defensas estaban bajas... casi todas. No sabía si seguíamos siendo tan
candidos hoy. Me mordí la lengua y esperé a que hablara él.

Se volvió y me sonrió burlón.

— ¿Qué? ¿No tienes veinte preguntas para hoy?

— ¿Te molestan mis preguntas? —pregunté, aliviada.

—No tanto como tus reacciones.

Parecía bromear, pero no estaba segura. Fruncí el ceño.

— ¿Reaccioné mal?

—No. Ese es el problema. Te lo tomaste todo demasiado bien, no es natural. Eso me hace preguntarme qué piensas
en realidad.

—Siempre te digo lo que pienso de verdad.

—Lo censuras —me acusó.

—No demasiado.

—Lo suficiente para volverme loco.

—No quieres oírlo —mascullé casi en un susurro.

En cuanto pronuncié esas palabras, me arrepentí de haberlo hecho. El dolor de mi voz era muy débil. Sólo podía
esperar que él no lo hubiera notado.

No me respondió, por lo que me pregunté si le había hecho enfadar. Su rostro era inescrutable mientras entrábamos
en el aparcamiento del instituto. Ya tarde, se me ocurrió algo.

— ¿Dónde están tus hermanos? —pregunté, muy contenta de estar a solas con él, pero recordando que
habitualmente ese coche iba lleno.

—Han ido en el coche de Rosalie —se encogió de hombros mientras aparcaba junto a un reluciente descapotable
rojo con la capota levantada—. Ostentoso, ¿verdad?

—Eh... ¡Caramba! —musité—. Si ella tiene esto, ¿por qué viene contigo?

—Como te he dicho, es ostentoso. Intentamos no desentonar.

—No tenéis éxito. —Me reí y sacudí la cabeza mientras salíamos del coche. Ya no llegábamos tarde; su alocada
conducción me había traído a la escuela con tiempo de sobra—. Entonces, ¿por qué ha conducido Rosalie hoy si es
más ostentoso?

— ¿No lo has notado? Ahora, estoy rompiendo todas las reglas.

Se reunió conmigo delante del coche y permaneció muy cerca de mí mientras caminábamos hacia el campus. Quería
acortar esa pequeña distancia, extender la mano y tocarle, pero temía que no fuera de su agrado.

— ¿Por qué todos vosotros tenéis coches como ésos si queréis pasar desapercibidos? —me pregunté en voz alta.


—Un lujo —admitió con una sonrisa traviesa—. A todos nos gusta conducir deprisa.

—Me cuadra —musité.

Con los ojos a punto de salirse de sus órbitas, Jessica estaba esperando debajo del saliente del tejado de la cafetería.
Sobre su brazo, bendita sea, estaba mi cazadora.

—Eh, Jessica —dije cuando estuvimos a pocos pasos—. Gracias por acordarte.

Me la entregó sin decir nada.

—Buenos días, Jessica —la saludó amablemente Edward. No tenía la culpa de que su voz fuera tan irresistible ni de
lo que sus ojos eran capaces de obrar.

—Eh... Hola —posó sus ojos sobre mí, intentando reunir sus pensamientos dispersos—. Supongo que te veré en
Trigonometría.

Me dirigió una mirada elocuente y reprimí un suspiro. ¿Qué demonios iba a decirle?

—Sí, allí nos vemos.

Se alejó, deteniéndose dos veces para mirarnos por encima del hombro.

— ¿Qué le vas a contar? —murmuró Edward.

— ¡Eh! ¡Creía que no podías leerme la mente! —susurré.

—No puedo —dijo, sobresaltado. La comprensión relució en los ojos de Edward—, pero puedo leer la suya. Te va a
tender una emboscada en clase.

Gemí mientras me quitaba su cazadora y se la entregaba para reemplazarla por la mía. La dobló sobre su brazo.

—Bueno, ¿qué le vas a decir?

—Una ayudita —supliqué—, ¿qué quiere saber?

Edward negó con la cabeza y esbozó una sonrisa malévola.

—Eso no es elegante.

—No, lo que no es elegante es que no compartas lo que sabes.

Lo estuvo reflexionando mientras andábamos. Nos detuvimos en la puerta de la primera clase.

—Quiere saber si nos estamos viendo a escondidas, y también qué sientes por mí —dijo al final.

— ¡Oh, no! ¿Qué debo decirle?

Intenté mantener la expresión más inocente. La gente pasaba a nuestro lado de camino a clase, probablemente
mirando, pero apenas era consciente de su presencia.

—Humm —hizo una pausa para atrapar un mechón suelto que se había escapado del nudo de mi coleta y lo colocó
en su lugar. Mi corazón resopló de hiperactividad—. Supongo que, si no te importa, le puedes decir que sí a lo
primero... Es más fácil que cualquier otra explicación.

—No me importa —dije con un hilo de voz.

—En cuanto a la pregunta restante... Bueno, estaré a la escucha para conocer la respuesta.

Curvó una de las comisuras de la boca al esbozar mi sonrisa picara predilecta. Se dio la vuelta y se alejó.

—Te veré en el almuerzo —gritó por encima del hombro. Las tres personas que traspasaban la puerta se detuvieron
para mirarme.

Colorada e irritada, me apresuré a entrar en clase. ¡Menudo tramposo! Ahora estaba incluso más preocupada sobre
lo que le iba a decir a Jessica. Me senté en mi sitio de siempre al tiempo que lanzaba la cartera contra el suelo con
fastidio.

—Buenos días, Bella —me saludó Mike desde el asiento contiguo. Alcé la vista para ver el aspecto extraño y
resignado de su rostro. ¿Cómo te fue en Port Angeles?

—Fue... —no había una forma sincera de resumirlo—. Estuvo genial —concluí sin convicción——. Jessica
consiguió un vestido estupendo.

— ¿Dijo algo de la noche del lunes? —preguntó con los ojos relucientes. Sonreí ante el giro que había tomado la
conversación.

—Dijo que se lo había pasado realmente bien —le confirmé.

— ¿Seguro? —dijo con avidez.

—Segurísimo.

Entonces, el señor Masón llamó al orden a la clase y nos pidió que entregásemos nuestros trabajos. Lengua e
Historia se pasaron de forma borrosa, mientras yo seguía preocupada sobre la forma en que iba a explicarle las
cosas a Jessica. Me iba costar muchísimo si Edward estaba escuchando lo que decía a través de los pensamientos de
Jessica. ¡Qué inoportuno podía llegar a ser su pequeño don cuando no servía para salvarme la vida!

La niebla se había disuelto hacia el final de la segunda hora, pero el día seguía oscuro, con nubes bajas y opresivas.
Le sonreí al cielo.

Edward estaba en lo cierto, por supuesto. Jessica se sentaba en la fila de atrás cuando entré en clase de
Trigonometría, casi botando fuera del asiento de pura agitación. Me senté a su lado con renuencia mientras me
intentaba convencer a mí misma de que sería mejor zanjar el asunto lo antes posible.

— ¡Cuéntamelo todo! —me ordenó antes de que me sentara.


— ¿Qué quieres saber? —intenté salirme por la tangente.

— ¿Qué ocurrió anoche?

—Me llevó a cenar y luego me trajo a casa.

Me miró con una forzada expresión de escepticismo.

— ¿—Cómo llegaste a casa tan pronto?

—Conduce como un loco —esperaba que oyera eso—. Fue aterrador.

— ¿Fue como una cita? ¿—Le habías dicho que os reunierais allí?

No había pensado en eso.

—No... Me sorprendió mucho verle en Forks.

Contrajo los labios contrariada ante la manifiesta sinceridad de mi voz.

—Pero él te ha recogido hoy para traerte a clase... —me sondeó.

—Sí, eso también ha sido una sorpresa. Se dio cuenta de que la noche pasada no tenía la cazadora —le expliqué.

—Así que... ¿vais a salir otra vez?

—Se ofreció a llevarme a Seattle el sábado, ya que cree que mi coche no es demasiado fiable. ¿Eso cuenta?

—Sí —asintió.

—Bueno, entonces, sí.

—V—a—y—a —magnificó la palabra hasta hacerla de cuatro sílabas—. Edward Cullen.

—Lo sé —admití. «Vaya» ni siquiera se acercaba.

— ¡Aguarda! —alzó las manos con las palmas hacia mí como si estuviera deteniendo el tráfico—. ¿Te ha besado?

—No —farfullé—. No es de ésos.

Pareció decepcionada, y estoy segura de que yo también.

— ¿Crees que el sábado...? —alzó las cejas.

—Lo dudo, de verdad.

Oculté muy mal el descontento de mi voz.

— ¿Sobre qué hablasteis? —me susurró, presionándome en busca de más información. La clase había comenzado,
pero el señor Varner no prestaba demasiada atención y no éramos las únicas que seguíamos hablando.

—No sé, Jess, de un montón de cosas —le respondí en susurros—. Hablamos un poco del trabajo de Literatura.

Muy, muy poco, creo que él lo mencionó de pasada.

—Por favor, Bella —imploró—. Dame algunos detalles.

—Bueno... De acuerdo. Tengo uno. Deberías haber visto a la camarera flirteando con él. Fue una pasada, pero él no
le prestó ninguna atención.

A ver qué puede hacer Edward con eso.

—Eso es buena señal —asintió—. ¿Era guapa?

—Mucho, y probablemente tendría diecinueve o veinte años.

—Mejor aún. Debes de gustarle.

—Eso creo, pero resulta difícil de saber —suspirando, añadí en beneficio de Edward—. Es siempre tan críptico...

—No sé cómo has tenido suficiente valor para estar a solas con él —musitó.

— ¿Por qué?

Me sorprendí, pero ella no comprendió mi reacción.

—Intimida tanto... Yo no sabría qué decirle.

Hizo una mueca, probablemente al recordar esta mañana o la pasada noche, cuando él empleó la aplastante fuerza de
sus ojos sobre ella.

—Cometo algunas incoherencias cuando estoy cerca de él —admití.

—Oh, bueno. Es increíblemente guapo.

Jessica se encogió de hombros, como si eso excusara cualquier fallo, lo cual, en su opinión, probablemente fuera así.

—El es mucho más que eso.

— ¿De verdad? ¿Como qué?

Quise haberlo dejado correr casi tanto como esperaba que se lo tomara a broma cuando se enterara.

—No te lo puedo explicar ahora, pero es incluso más increíble detrás del rostro.

El vampiro que quería ser bueno, que corría a salvar vidas, ya que así no sería un monstruo... Miré hacia la parte
delantera de la clase.

— ¿Es eso posible?—dijo entre risitas.

La ignoré, intentando aparentar que prestaba atención al señor Varner.

—Entonces, ¿te gusta?

No se iba a dar por vencida.

—Sí —respondí de forma cortante.

—Me refiero a que si te gusta de verdad —me apremió.

—Sí ——dije de nuevo, sonrojándome.


Esperaba que ese detalle no se registrara en los pensamientos de Jessica. Las respuestas monosilábicas le iban a
tener que bastar.

— ¿Cuánto te gusta?

—Demasiado —le repliqué en un susurro—, más de lo que yo le gusto a él, pero no veo la forma de evitarlo.

Solté un suspiro. Un sonrojo enmascaró el siguiente. Entonces, por fortuna, el señor Varner le hizo a Jessica una
pregunta.

No tuvo oportunidad de continuar con el tema durante la clase y en cuanto sonó el timbre inicié una maniobra de
evasión.

—En Lengua, Mike me ha preguntado si me habías dicho algo sobre la noche del lunes —le dije.

— ¡Estás de guasa! ¡¿Qué le dijiste?! —exclamó con voz entrecortada, desviada por completo su atención del
asunto.

— ¡Dime exactamente qué dijo y cuál fue tu respuesta palabra por palabra!

Nos pasamos el resto del camino diseccionando la estructura de las frases y la mayor parte de la clase de español
con una minuciosa descripción de las expresiones faciales de Mike. No hubiera estirado tanto el tema de no ser
porque me preocupaba convertirme de nuevo en el tema de la conversación.

Entonces sonó el timbre del almuerzo. El hecho de que me levantara de un salto de la silla y guardase
precipitadamente los libros en la mochila con expresión animada, debió de suponer un indicio claro para Jessica,
que comentó:

—Hoy no te vas a sentar con nosotros, ¿verdad?

—Creo que no.

No estaba segura de que no fuera a desaparecer inoportunamente otra vez. Pero Edward me esperaba a la salida de
nuestra clase de Español, apoyado contra la pared; se parecía a un dios heleno más de lo que nadie debería tener
derecho. Jessica nos dirigió una mirada, puso los ojos en blanco y se marchó.

—Te veo luego, Bella —se despidió, con una voz llena de implicaciones. Tal vez debería desconectar el timbre del
teléfono.

—Hola —dijo Edward con voz divertida e irritada al mismo tiempo. Era obvio que había estado escuchando.

—Hola.

No se me ocurrió nada más que decir y él no habló —a la espera del momento adecuado, presumí—, por lo que el
trayecto a la cafetería fue un paseo en silencio. El entrar con Edward en el abigarrado flujo de gente a la hora del
almuerzo se pareció mucho a mi primer día: todos me miraban.

Encabezó el camino hacia la cola, aún sin despegar los labios, a pesar de que sus ojos me miraban cada pocos
segundos con expresión especulativa. Me parecía que la irritación iba venciendo a la diversión como emoción
predominante en su rostro. Inquieta, jugueteé con la cremallera de la cazadora.

Se dirigió al mostrador y llenó de comida una bandeja.

— ¿Qué haces? —objeté—. ¿No irás a llevarte todo eso para mí?

Negó con la cabeza y se adelantó para pagar la comida.

—La mitad es para mí, por supuesto.

Enarqué una ceja.

Me condujo al mismo lugar en el que nos habíamos sentado la vez anterior. En el extremo opuesto de la larga mesa,
un grupo de chicos del último curso nos miraron anonadados cuando nos sentamos uno frente a otro. Edward
parecía ajeno a este hecho.

—Toma lo que quieras —dijo, empujando la bandeja hacia mí.

—Siento curiosidad —comenté mientras elegía una manzana y la hacía girar entre las manos—, ¿qué harías si
alguien te desafiara a comer?

—Tú siempre sientes curiosidad.

Hizo una mueca y sacudió la cabeza. Me observó fijamente, atrapando mi mirada, mientras alzaba un pedazo de
pizza de la bandeja, se la metía en la boca de una sola vez, la masticaba rápidamente y se la tragaba. Lo miré con los
ojos abiertos como platos.

—Si alguien te desafía a tragar tierra, puedes, ¿verdad? —preguntó con condescendencia.

Arrugué la nariz.

—Una vez lo hice... en una apuesta —admití—. No fue tan malo.

Se echó a reír.

—Supongo que no me sorprende.

Algo por encima de mi hombro pareció atraer su atención.

—Jessica está analizando todo lo que hago. Luego, lo montará y desmontará para ti.

Empujó hacia mí el resto de la pizza. La mención de Jessica devolvió a su semblante una parte de su antigua
irritación. Dejé la manzana y mordí la pizza, apartando la vista, ya que sabía que Edward estaba a punto de
comenzar.


— ¿De modo que la camarera era guapa? —preguntó de forma casual.

— ¿De verdad que no te diste cuenta?

—No. No prestaba atención. Tenía muchas cosas en la cabeza.

—Pobre chica.

Ahora podía permitirme ser generosa.

—Algo de lo que le has dicho a Jessica..., bueno..., me molesta.

Se negó a que le distrajera y habló con voz ronca mientras me miraba con ojos de preocupación a través de sus
largas pestañas.

—No me sorprende que oyeras algo que te disgustara. Ya sabes lo que se dice de los cotillas —le recordé.

—Te previne de que estaría a la escucha.

—Y yo de que tú no querrías saber todo lo que pienso.

—Lo hiciste —concedió, todavía con voz ronca—, aunque no tienes razón exactamente. Quiero saber todo lo que
piensas... Todo. Sólo que desearía que no pensaras algunas cosas.

Fruncí el ceño.

—Esa es una distinción importante.

—Pero, en realidad, ése no es el tema por ahora.

—Entonces, ¿cuál es?

En ese momento, nos inclinábamos el uno hacia el otro sobre la mesa. Su barbilla descansaba sobre las alargadas
manos blancas; me incliné hacia delante apoyada en el hueco de mi mano. Tuve que recordarme a mí misma que
estábamos en un comedor abarrotado, probablemente con muchos ojos curiosos fijos en nosotros. Resultaba
demasiado fácil dejarse envolver por nuestra propia burbuja privada, pequeña y tensa.

— ¿De verdad crees que te interesas por mí más que yo por ti? —murmuró, inclinándose más cerca mientras
hablaba traspasándome con sus relucientes ojos negros.

Intenté acordarme de respirar. Tuve que desviar la mirada para recuperarme.

—Lo has vuelto a hacer —murmuré.

Abrió los ojos sorprendido.

— ¿El qué?

—Aturdirme —confesé. Intenté concentrarme cuando volví a mirarlo.

—Ah —frunció el ceño.

—No es culpa tuya —suspiré—. No lo puedes evitar.

— ¿Vas a responderme a la pregunta?

—Si.

— ¿Sí me vas a responder o sí lo piensas de verdad?

Se irritó de nuevo.

—Sí, lo pienso de verdad.

Fijé los ojos en la mesa, recorriendo la superficie de falso veteado. El silencio se prolongó.

Con obstinación, me negué a ser la primera en romperlo, luchando con todas mis fuerzas contra la tentación de
atisbar su expresión.

—Te equivocas —dijo al fin con suave voz aterciopelada. Alcé la mirada y vi que sus ojos eran amables.

—Eso no lo puedes saber —discrepé en un cuchicheo. Negué con la cabeza en señal de duda; aunque mi corazón se
agitó al oír esas palabras, pero no las quise creer con tanta facilidad.

— ¿Qué te hace pensarlo?

Sus ojos de topacio líquido eran penetrantes, se suponía que intentaban, sin éxito, obtener directamente la verdad de
mi mente.

Le devolví la mirada al tiempo que me esforzaba por pensar con claridad, a pesar de su rostro, para hallar alguna
forma de explicarme. Mientras buscaba las palabras, le vi impacientarse. Empezó a fruncir el ceño, frustrado por mi
silencio. Quité la mano de mi cuello y alcé un dedo.

—Déjame pensar —insistí.

Su expresión se suavizó, ahora satisfecho de que estuviera pensando una respuesta. Dejé caer la mano en la mesa y
moví la mano izquierda para juntar ambas. Las contemplé mientras entrelazaba y liberaba los dedos hasta que al
final hablé:

—Bueno, dejando a un lado lo obvio, en algunas ocasiones... —vacilé—. No estoy segura, yo no puedo leer mentes,
pero algunas veces parece que intentas despedirte cuando estás diciendo otra cosa.

No supe resumir mejor la sensación de angustia que a veces me provocaban sus palabras.

—Muy perceptiva —susurró. Y mi angustia surgió de nuevo cuando confirmó mis temores—, aunque por eso es por
lo que te equivocas —comenzó a explicar, pero entonces entrecerró los ojos—. ¿A qué te refieres con «lo obvio»?


—Bueno, mírame —dije, algo innecesario puesto que ya lo estaba haciendo—. Soy absolutamente normal; bueno,
salvo por todas las situaciones en que la muerte me ha pasado rozando y por ser una inútil de puro torpe. Y mírate a
ti.

Lo señalé con un gesto de la mano, a él y su asombrosa perfección. La frente de Edward se crispó de rabia durante
un momento para suavizarse luego, cuando su mirada adoptó un brillo de comprensión.

—Nadie se ve a sí mismo con claridad, ya sabes. Voy a admitir que has dado en el clavo con los defectos —se rió
entre dientes de forma sombría—, pero no has oído lo que pensaban todos los chicos de esta escuela el día de tu
llegada.

—No me lo creo... —murmuré para mí y parpadeé, atónita.

—Confía en mí por esta vez, eres lo opuesto a lo normal.

Mi vergüenza fue mucho más intensa que el placer ante la mirada procedente de sus ojos mientras pronunciaba esas
palabras. Le recordé mi argumento original rápidamente:

—Pero yo no estoy diciendo adiós —puntualicé.

— ¿No lo ves? Eso demuestra que tengo razón. Soy quien más se preocupa, porque si he de hacerlo, si dejarlo es lo
correcto —enfatizó mientras sacudía la cabeza, como si luchara contra esa idea—, sufriré para evitar que resultes
herida, para mantenerte a salvo.

Le miré fijamente.

— ¿Acaso piensas que yo no haría lo mismo?

—Nunca vas a tener que efectuar la elección.

Su impredecible estado de ánimo volvió a cambiar bruscamente y una sonrisa traviesa e irresistible le cambió las
facciones.

—Por supuesto, mantenerte a salvo se empieza a parecer a un trabajo a tiempo completo que requiere de mi
constante presencia.

—Nadie me ha intentado matar hoy —le recordé, agradecida por abordar un tema más liviano.

No quería que hablara más de despedidas. Si tenía que hacerlo, me suponía capaz de ponerme en peligro a propósito
para retenerlo cerca de mí. Desterré ese pensamiento antes de que sus rápidos ojos lo leyeran en mi cara. Esa idea
me metería en un buen lío.

—Aún —agregó.

—Aún —admití. Se lo hubiera discutido, pero ahora quería que estuviera a la espera de desastres.

—Tengo otra pregunta para ti ——dijo con rostro todavía despreocupado.

—Dispara.

— ¿Tienes que ir a Seattle este sábado de verdad o es sólo una excusa para no tener que dar una negativa a tus
admiradores?

Hice una mueca ante ese recuerdo.

—Todavía no te he perdonado por el asunto de Tyler, ya sabes —le previne—. Es culpa tuya que se haya engañado
hasta creer que le voy a acompañar al baile de gala.

—Oh, hubiera encontrado la ocasión para pedírtelo sin mi ayuda. En realidad, sólo quería ver tu cara —se rió entre
dientes. Me hubiera enfadado si su risa no hubiera sido tan fascinante. Sin dejar de hacerlo, me preguntó—: Si te lo
hubiera pedido, ¿me hubieras rechazado?

—Probablemente, no —admití—, pero lo hubiera cancelado después, alegando una enfermedad o un tobillo torcido.

Se quedó extrañado.

— ¿Por qué?

Moví la cabeza con tristeza.

—Supongo que nunca me has visto en gimnasia, pero creía que tú lo entenderías.

— ¿Te refieres al hecho de que eres incapaz de caminar por una superficie plana y estable sin encontrar algo con lo
que tropezar?

—Obviamente.

—Eso no sería un problema —estaba muy seguro—. Todo depende de quién te lleve al bailar —vio que estaba a
punto de protestar y me cortó—. Pero aún no me has contestado... ¿Estás decidida a ir a Seattle o te importaría que
fuéramos a un lugar diferente?

En cuanto utilizó el plural, no me preocupé de nada más.

—Estoy abierta a sugerencias —concedí—, pero he de pedirte un favor.

Me miró con precaución, como hacía siempre que formulaba una pregunta abierta.

— ¿Cuál?

— ¿Puedo conducir?

Frunció el ceño.

— ¿Por qué?


—Bueno, sobre todo porque cuando le dije a Charlie que me iba a Seattle, me preguntó concretamente si viajaba
sola, como así era en ese momento. Probablemente, no le mentiría si me lo volviera a preguntar, pero dudo que lo
haga de nuevo, y dejar el coche enfrente de la casa sólo sacaría el tema a colación de forma innecesaria. Y además,
porque tu manera de conducir me asusta.

Puso los ojos en blanco.

—De todas las cosas por las que te tendría que asustar, a ti te preocupa mi conducción —movió la cabeza con
desagrado, pero luego volvió a ponerse serio—. ¿No le quieres decir a tu padre que vas a pasar el día conmigo?

En su pregunta había un trasfondo que no comprendí.

—Con Charlie, menos es siempre más —en eso me mostré firme—. De todos modos, ¿adonde vamos a ir?

—Va a hacer buen tiempo, por lo que estaré fuera de la atención pública y podrás estar conmigo si así lo quieres.

Otra vez me dejaba la alternativa de elegir.

— ¿Y me enseñarás a qué te referías con lo del sol? —pregunté, entusiasmada por la idea de desentrañar otra de las
incógnitas.

—Sí —sonrió y se tomó un tiempo—. Pero si no quieres estar a solas conmigo, seguiría prefiriendo que no fueras a
Seattle tú sola. Me estremezco al pensar con qué problemas te podrías encontrar en una ciudad de ese tamaño.

Me ofendí.

—Sólo en población, Phoenix es tres veces mayor que Seattle. En tamaño físico...

—Pero al parecer —me interrumpió— en Phoenix no te había llegado la hora, por lo que preferiría que
permanecieras cerca de mí.

Sus ojos adquirieron de nuevo ese toque de desleal seducción. No conseguí debatir ni con la vista ni con los
argumentos lo que, de todos modos, era un punto discutible.

—No me importa estar a solas contigo cuando suceda.

—Lo sé —suspiró con gesto inquietante—. Pero se lo deberías contar a Charlie.

— ¿Por qué diablos iba a hacer eso?

Sus ojos relampaguearon con súbita fiereza.

—Para darme algún pequeño incentivo para que te traiga de vuelta.

Tragué saliva, pero, después de pensármelo un momento, estuve segura:

—Creo que me arriesgaré.

Resopló con enojo y desvió la mirada.

—Hablemos de cualquier otra cosa —sugerí.

— ¿De qué quieres hablar? —preguntó, todavía sorprendido.

Miré a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie nos podía oír. Mientras paseaba la mirada por el comedor,
observé los ojos de la hermana de Edward, Alice, que me miraba fijamente, mientras que el resto le miraba a él.
Desvié la mirada rápidamente, miré a Edward, y le pregunté lo primero que se me pasó por la cabeza.

— ¿Por qué te fuiste a ese lugar, Gota Rocas, el último fin de semana? ¿Para cazar? Charlie dijo que no era un buen
lugar para ir de acampada a causa de los osos.

Me miró fijamente, como si estuviera pasando por alto lo evidente.

— ¿Osos? —pregunté entonces de forma entrecortada; él esbozó una sonrisa burlona—. Ya sabes, no estamos en
temporada de osos —añadí con severidad para ocultar mi sorpresa.

—Si lees con cuidado, verás que las leyes recogen sólo la caza con armas—me informó.

Me contempló con regocijo mientras lo asimilaba lentamente.

— ¿Osos? —repetí con dificultad.

—El favorito de Emmett es el oso pardo —dijo a la ligera, pero sus ojos escrutaban mi reacción. Intenté recobrar la
compostura.

— ¡Humm! —musité mientras tomaba otra porción de pizza como pretexto para bajar los ojos. La mastiqué muy
despacio, y luego bebí un largo trago de refresco sin alzar la mirada.

—Bueno —dije después de un rato, mis ojos se encontraron con los suyos, ansiosos.

— ¿Cuál es tu favorito?

Enarcó una ceja y sus labios se curvaron con desaprobación.

—El puma.

—Ah —comenté con un tono de amable desinterés mientras volvía a tomar CocaCola.

—Por supuesto —dijo imitando mi tono—, debemos tener cuidado para no causar un impacto medioambiental
desfavorable con una caza imprudente. Intentamos concentrarnos en zonas con superpoblación de depredadores... Y
nos alejamos tanto como sea necesario. Aquí siempre hay ciervos y alces —sonrió con socarronería—. Nos
servirían, pero ¿qué diversión puede haber en eso?

—Claro, qué diversión —murmuré mientras daba otro mordisco a la pizza.

—El comienzo de la primavera es la estación favorita de Emmett para cazar al oso —sonrió como si recordara
alguna broma—. Acaban de salir de la hibernación y se muestran mucho más irritables.


—No hay nada más divertido que un oso pardo irritado —admití, asintiendo.

Se rió con disimulo y movió la cabeza.

—Dime lo que realmente estás pensando, por favor.

—Me lo intento imaginar, pero no puedo —admití—. ¿Cómo cazáis un oso sin armas?

—Oh, las tenemos —exhibió sus relucientes dientes con una sonrisa breve y amenazadora. Luché para reprimir un
escalofrío que me delatara—, sólo que no de la clase que se contempló al legislar las leyes de caza. Si has visto
atacar a un oso en la televisión, tendrías que poder visualizar cómo caza Emmett.

No pude evitar el siguiente escalofrío que bajó por mi espalda. Miré a hurtadillas a Emmett, al otro extremo de la
cafetería, agradecida de que no estuviera mirando en mi dirección. De alguna manera, los prominentes músculos
que envolvían sus brazos y su torso ahora resultaban más amenazantes.

Edward siguió la dirección de mi mirada y soltó una suave risa.

Le miré, enervada.

— ¿También tú te pareces a un oso? —pregunté con un hilo de voz.

—Más al puma, o eso me han dicho —respondió a la ligera—. Tal vez nuestras preferencias sean significativas.

Intenté sonreír.

—Tal vez —repetí, pero tenía la mente rebosante de imágenes contrapuestas que no conseguía unir—, ¿es algo que
podría llegar a ver?

— ¡Absolutamente no!

Su cara se tornó aún más lívida de lo habitual y de repente su mirada era furiosa. Me eché hacia atrás, sorprendida
—y asustada, aunque jamás lo admitiría— por su reacción. El hizo lo mismo y cruzó los brazos a la altura del
pecho.

— ¿Demasiado aterrador para mí? —le pregunté cuando recuperé el control de mi voz.

—Si fuera eso, te sacaría fuera esta noche —dijo con voz tajante—. Necesitas una saludable dosis de miedo. Nada te
podría sentar mejor.

—Entonces, ¿por qué? —le insté, ignorando su expresión enojada.

Me miró fijamente durante más de un minuto y al final dijo:

—Más tarde —se incorporó ágilmente—. Vamos a llegar con retraso.

Miré a mí alrededor, sorprendida de ver que tenía razón: la cafetería estaba casi vacía.

Cuando estaba a su lado, el tiempo y el espacio se desdibujaban de tal manera que perdía la noción de ambos. Me
incorporé de un salto mientras recogía la mochila, colgada del respaldo de la silla.

—En tal caso, más tarde —admití.

No lo iba a olvidar.