5 - Pesadilla

inusual en mi rostro o en mi voz.

Una vez en mi habitación, cerré la puerta. Registré el escritorio hasta encontrar mis viejos cascos y los conecté a mi
peque√Īo reproductor de CD. Eleg√≠ un disco que Phil me hab√≠a regalado por Navidad. Era uno de sus grupos
predilectos, aunque, para mi gusto, gritaban demasiado y abusaba un poco del bajo. Lo introduje en el reproductor y
me tendí en la cama. Me puse los auriculares, pulsé el botón play y subí el volumen hasta que me dolieron los oídos.
Cerr√© los ojos, pero la luz a√ļn me molestaba, por lo que me puse una almohada encima del rostro. Me concentr√© con
mucha atenci√≥n en la m√ļsica, intentando comprender las letras, desenredarlas entre el complicado golpeteo de la
batería. La tercera vez que escuché el CD entero, me sabía al menos la letra entera de los estribillos. Me sorprendió
descubrir que, después de todo, una vez que conseguí superar el ruido atronador, el grupo me gustaba. Tenía que
volver a darle las gracias a Phil.

Y funcionó. Los demoledores golpes me impedían pensar, que era el objetivo final del asunto. Escuché el CD una y
otra vez hasta que canté de cabo a rabo todas las canciones y al fin me dormí.

Abr√≠ los ojos en un lugar conocido. En un rinc√≥n de mi conciencia sab√≠a que estaba so√Īando. Reconoc√≠ el verde
fulgor del bosque y o√≠ las olas batiendo las rocas en alg√ļn lugar cercano. Sab√≠a que podr√≠a ver el sol si encontraba el
océano. Intenté seguir el sonido del mar, pero entonces Jacob Black estaba allí, tiraba de mi mano, haciéndome
retroceder hacia la parte más sombría del bosque.

¬ó ¬ŅJacob? ¬ŅQu√© pasa? ¬ópregunt√©. Hab√≠a p√°nico en su rostro mientras tiraba de m√≠ con todas sus fuerzas para
vencer mi resistencia, pero yo no quería entrar en la negrura.


— ¡Corre, Bella, tienes que correr! —susurró aterrado.

¬ó ¬°Por aqu√≠, Bella! ¬ó¬óreconoc√≠ la voz que me llamaba desde el l√ļgubre coraz√≥n del bosque; era la de Mike,
aunque no podía verlo.

¬ó ¬ŅPor qu√©? ¬ópregunt√© mientras segu√≠a resisti√©ndome a la sujeci√≥n de Jacob, desesperada por encontrar el sol.

Pero Jacob, que de repente se convulsionó, soltó mi mano y profirió un grito para luego caer sobre el suelo del
bosque oscuro. Se retorció bruscamente sobre la tierra mientras yo lo contemplaba aterrada.

— ¡Jacob! —chillé.

Pero él había desaparecido y lo había sustituido un gran lobo de ojos negros y pelaje de color marrón rojizo. El lobo
me dio la espalda y se alej√≥, encamin√°ndose hacia la costa con el pelo del dorso erizado, gru√Īendo por lo bajo y
ense√Īando los colmillos.

— ¡Corre, Bella! —volvió a gritar Mike a mis espaldas, pero no me di la vuelta. Estaba contemplando una luz que
venía hacia mí desde la playa.

Y en ese momento Edward apareció caminando muy deprisa de entre los árboles, con la piel brillando tenuemente y
los ojos negros, peligrosos. Alz√≥ una mano y me hizo se√Īas para que me acercara a √©l. El lobo gru√Ī√≥ a mis pies.

Di un paso adelante, hacia Edward. Entonces, él sonrió. Tenía dientes afilados y puntiagudos.

—Confía en mí —ronroneó.

Avancé un paso más.

El lobo recorrió de un salto el espacio que mediaba entre el vampiro y yo, buscando la yugular con los colmillos.

— ¡No! —grité, levantando de un empujón la ropa de la cama.

El repentino movimiento hizo que los cascos tiraran el reproductor de CD de encima de la mesilla. Resonó sobre el
suelo de madera.

La luz seguía encendida. Totalmente vestida y con los zapatos puestos, me senté sobre la cama. Desorientada, eché
un vistazo al reloj de la cómoda. Eran las cinco y media de la madrugada.

Gemí, me dejé caer de espaldas y rodé de frente. Me quité las botas a puntapiés, aunque me sentía demasiado
incómoda para conseguir dormirme. Volví a dar otra vuelta y desabotoné los vaqueros, sacándomelos a tirones
mientras intentaba permanecer en posición horizontal. Sentía la trenza del pelo en la parte posterior de la cabeza,
por lo que me ladeé, solté la goma y la deshice rápidamente con los dedos. Me puse la almohada encima de los ojos.

No sirvió de nada, por supuesto. Mi subconsciente había sacado a relucir exactamente las imágenes que había
intentado evitar con tanta desesperación. Ahora iba a tener que enfrentarme a ellas.

Me incorporé, la cabeza me dio vueltas durante un minuto mientras la circulación fluía hacia abajo. Lo primero es lo
primero, me dije a mí misma, feliz de retrasar el asunto lo máximo posible. Tomé mi neceser.

Sin embargo, la ducha no dur√≥ tanto como yo esperaba. Pronto no tuve nada que hacer en el cuarto de ba√Īo, incluso
a pesar de haberme tomado mi tiempo para secarme el pelo con el secador. Crucé las escaleras de vuelta a mi
habitaci√≥n envuelta en una toalla. No sab√≠a si Charlie a√ļn dorm√≠a o si se hab√≠a marchado ya. Fui a la ventana a echar
un vistazo y vi que el coche patrulla no estaba. Se había ido a pescar otra vez.

Me puse lentamente el chándal más cómodo que tenía y luego arreglé la cama, algo que no hacía jamás. Ya no podía
aplazarlo más, por lo que me dirigí al escritorio y encendí el viejo ordenador.

Odiaba utilizar Internet en Forks. El módem estaba muy anticuado, tenía un servicio gratuito muy inferior al de
Phoenix, de modo que, viendo que tardaba tanto en conectarse, decidí servirme un cuenco de cereales entretanto.

Comí despacio, masticando cada bocado con lentitud. Al terminar, lavé el cuenco y la cuchara, los sequé y los
guardé. Arrastré los pies escaleras arriba y lo primero de todo recogí del suelo el reproductor de CD y lo situé en el
mismo centro de la mesa. Desconecté los cascos y los guardé en un cajón del escritorio. Luego volví a poner el
mismo disco a un volumen lo bastante bajo para que s√≥lo fuera m√ļsica de fondo.

Me volví hacia el ordenador con otro suspiro. La pantalla estaba llena de popups de anuncios y comencé a cerrar
todas las ventanitas. Al final me fui a mi buscador favorito, cerr√© unos cuantos popups m√°s, y tecle√© una √ļnica
palabra.

Vampiro.

Fue de una lentitud que me sacó de quicio, por supuesto. Había mucho que cribar cuando aparecieron los resultados.
Todo cuanto concern√≠a a pel√≠culas, series televisivas, juegos de rol, m√ļsica undergroundy compa√Ī√≠as de productos
cosm√©ticos g√≥ticos. Entonces encontr√© un sitio prometedor: ¬ęVampiros, de la A a la Z¬Ľ. Esper√© con impaciencia a
que el navegador cargara la página, haciendo clic rápidamente en cada anuncio que surgía en la pantalla para
cerrarlo. Finalmente, la pantalla estuvo completa: era una p√°gina simple con fondo blanco y texto negro, de aspecto
académico. La página de inicio me recibió con dos citas.

No hay en todo el vasto y oscuro mundo de espectros y demonios ninguna criatura tan terrible, ninguna tan temida y
aborrecida, y aun así aureolada por una aterradora fascinación, como el vampiro, que en sí mismo no es espectro ni
demonio, pero comparte con ellos su naturaleza oscura y posee las misteriosas y terribles cualidades de ambos.

Reverendo Montague Summers


Si hay en este mundo un hecho bien autenticado, ése es el de los vampiros. No le falta de nada: informes oficiales,
declaraciones juradas de personajes famosos, cirujanos, sacerdotes y magistrados. Las pruebas judiciales son de lo
m√°s completas, y aun as√≠, ¬Ņhay alguien que crea en vampiros?

Rousseau

El resto del sitio consistía en un listado alfabético de los diferentes mitos de los vampiros por todo el mundo. El
primero en el que hice clic fue el danag, un vampiro filipino a quien se suponía responsable de la plantación de taro
en las islas mucho tiempo atr√°s. El mito aseguraba que los danag trabajaron con los hombres durante muchos a√Īos,
pero la colaboración finalizó el día en que una mujer se cortó el dedo y un danag lamió la herida, ya que disfrutó
tanto del sabor de la sangre que la desangró por completo.

Leí con atención las descripciones en busca de algo que me resultara familiar, dejando sólo lo verosímil. Parecía que
la mayoría de los mitos sobre los vampiros se concentraban en reflejar a hermosas mujeres como demonios y a los
ni√Īos como v√≠ctimas. Tambi√©n parec√≠an estructuras creadas para explicar la alta tasa de mortalidad infantil y
proporcionar a los hombres una coartada para la infidelidad. En muchas de las historias se mezclaban espíritus
incorpóreos y admoniciones contra los entierros realizados incorrectamente. No había mucho que guardara parecido
con las películas que había visto, y sólo a unos pocos, como el estrie hebreo y el upier polaco, les preocupaba el
beber sangre.

Sólo tres entradas atrajeron de verdad mi atención: el rumano varacolaci, un poderoso no muerto que podía
aparecerse como un hermoso humano de piel p√°lida, el eslovaco nelapsi, una criatura de tal fuerza y rapidez que era
capaz de masacrar toda una aldea en una sola hora después de la medianoche, y otro más, el stregoni benefici.

Sobre este √ļltimo hab√≠a una √ļnica afirmaci√≥n.

Stregoni benefici: vampiro italiano que afirmaba estar del lado del bien; era enemigo mortal de todos los vampiros
diabólicos.

Aquella peque√Īa entrada constitu√≠a un alivio, era el √ļnico entre cientos de mitos que aseguraba la existencia de
vampiros buenos.

Sin embargo, en conjunto, había pocos que coincidieran con la historia de Jacob o mis propias observaciones. Había
realizado mentalmente un peque√Īo cat√°logo y lo comparaba cuidadosamente con cada mito mientras iba leyendo.
Velocidad, fuerza, belleza, tez p√°lida, ojos que cambiaban de color, y luego los criterios de Jacob: bebedores de
sangre, enemigos de los hombres lobo, piel fría, inmortalidad. Había muy pocos mitos en los que encajara al menos
un factor.

Y había otro problema adicional a raíz de lo que recordaba de las pocas películas de terror que había visto y que se
reforzaba con aquellas lecturas: los vampiros no podían salir durante el día porque el sol los quemaría hasta
reducirlos a cenizas. Dorm√≠an en ata√ļdes todo el d√≠a y s√≥lo sal√≠an de noche.

Exasperada, apagué el botón de encendido del ordenador sin esperar a cerrar el sistema operativo correctamente.
Sent√≠ una turbaci√≥n aplastante a pesar de toda mi irritaci√≥n. ¬°Todo aquello era tan est√ļpido! Estaba sentada en mi
cuarto rastreando informaci√≥n sobre vampiros. ¬ŅQu√© era lo que me suced√≠a? Decid√≠ que la mayor parte de la culpa
estaba fuera del umbral de mi puerta, en el pueblo de Forks y, por extensi√≥n, en la h√ļmeda pen√≠nsula de Olympic.

Ten√≠a que salir de la casa, pero no hab√≠a ning√ļn lugar al que quisiera ir que no implicara conducir durante tres d√≠as.
Volví a calzarme las botas, sin tener muy claro adonde dirigirme, y bajé las escaleras. Me envolví en mi
impermeable sin comprobar qué tiempo hacía y salí por la puerta pisando fuerte.

Estaba nublado, pero a√ļn no llov√≠a. Ignor√© el coche y empec√© a caminar hacia el este, cruzando el patio de la casa de
Charlie en dirección al bosque.

No transcurrió mucho tiempo antes de que me hubiera adentrado en él lo suficiente para que la casa y la carretera
desaparecieran de la vista y el √ļnico sonido audible fuera el de la tierra h√ļmeda al succionar mis botas y los s√ļbitos
silbos de los arrendajos.

La estrecha franja de un sendero discurría a lo largo del bosque; de lo contrario no me hubiera arriesgado a
vagabundear de aquella manera por mis propios medios, ya que carecía de sentido de la orientación y era
perfectamente capaz de perderme en parajes mucho menos alambicados. El sendero se adentraba m√°s y m√°s en el
corazón del bosque, incluso puedo aventurar que casi siempre rumbo Este. Serpenteaba entre los abetos y las
cicutas, entre los tejos y los arces. Tenía leves nociones de los árboles que había a mi alrededor, y todo cuanto sabía
se lo deb√≠a a Charlie, que me hab√≠a ido ense√Īando sus nombres desde la ventana del coche patrulla cuando yo era
peque√Īa. A muchos no los identificaba y de otros no estaba del todo segura porque estaban casi cubiertos por
par√°sitos verdes.

Seguí el sendero impulsada por mi enfado conmigo misma. Una vez que éste empezó a desaparecer, aflojé el paso.
Unas gotas de agua cayeron desde el dosel de ramas de las alturas, pero no estaba segura de si empezaba a llover o
si se trataba de los restos de la lluvia del día anterior, acumulada sobre el haz de las hojas, y que ahora goteaba
lentamente en el suelo. Un árbol caído recientemente —sabía que esto era así porque no estaba totalmente cubierto
de musgo— descansaba sobre el tronco de uno de sus hermanos, cuyo resultado era la formación de una especie de
banco no muy alto a pocos —y seguros— pasos del sendero. Llegué hasta él saltando con precaución por encima de


los hel√©chos y me sent√© colocando la chaqueta de modo que estuviera entre el h√ļmedo asiento y mi ropa. Apoy√© la
cabeza, cubierta por la capucha, contra el √°rbol vivo.

Aqu√©l era el peor lugar al que pod√≠a haber acudido, deber√≠a de haberlo sabido, pero ¬Ņa qu√© otro sitio pod√≠a ir? El
bosque, de un verde intenso, se parec√≠a demasiado al escenario del sue√Īo de la √ļltima noche para alcanzar la paz de
espíritu. Ahora que ya no oía el sonido de mis pasos sobre el barro, el silencio era penetrante. Los pájaros también
permanecían callados y aumentó la frecuencia de las gotas, lo que parecía confirmar que allí arriba, en el cielo,
estaba lloviendo. Ahora que me había sentado, la altura de los heléchos sobrepasaba la de mi cabeza, por lo que
cualquiera hubiera podido caminar por la senda a tres pies de distancia sin verme.

Allí, entre los árboles, resultaba mucho más fácil creer en los disparates de los que me avergonzaba dentro de la
casa. Nada hab√≠a cambiado en aquel bosque durante miles de a√Īos, y todos los mitos y leyendas de mil pa√≠ses
diferentes me parecían mucho más verosímiles en medio de aquella calima verde que en mi despejado dormitorio.

Me obligu√© a concentrarme en las dos preguntas vitales que deb√≠a contestar, pero lo hice a rega√Īadientes.

Primero tenía que decidir si podía ser cierto lo que Jacob me había dicho sobre los Cullen.

Mi mente respondi√≥ de inmediato con una rotunda negativa. Resultaba est√ļpido y m√≥rbido entretenerse con unas
ideas tan rid√≠culas. Pero, en ese caso, ¬Ņqu√© pasaba?, me pregunt√©. No hab√≠a una explicaci√≥n racional a por qu√©
seguía viva en aquel momento. Hice recuento mental de lo que había observado con mis propios ojos: lo inverosímil
de su fortaleza y velocidad, el color cambiante de los ojos, del negro al dorado y viceversa, la belleza sobrehumana,
la piel fr√≠a y p√°lida, y otros peque√Īos detalles de los que hab√≠a tomado nota poco a poco: no parec√≠a comer jam√°s y
se movía con una gracia turbadora. Y luego estaba la forma en que hablaba a veces, con cadencias poco habituales y
frases que encajaban mejor con el estilo de una novela de finales del siglo XIX que de una clase del siglo XXI.
Había hecho novillos el día que hicimos la prueba del grupo sanguíneo, tampoco se negó a ir de camping a la playa
hasta que supo adonde íbamos a ir, y parecía saber lo que pensaban cuantos le rodeaban, salvo yo. Me había dicho
que era el malo de la película, peligroso...

¬ŅPod√≠an ser vampiros los Cullen?

Bueno, eran algo. Y lo que empezaba a tomar forma delante de mis ojos incrédulos excedía la posibilidad de una
explicación racional. Ya fuera uno de los fríos o se cumpliera mi teoría del superhéroe, Edward Cullen no era...
humano. Era algo m√°s.

As√≠ pues... tal vez. √Čsa iba a ser mi respuesta por el momento.

Y luego estaba la pregunta m√°s importante. ¬ŅQu√© iba a hacer si resultaba ser cierto?

¬ŅQu√© har√≠a si Edward fuera... un vampiro? Apenas pod√≠a obligarme a pensar esas palabras. Involucrar a nadie m√°s
estaba fuera de lugar. Ni siquiera yo misma me lo creía, quedaría en ridículo ante cualquiera a quien se lo dijera.

Sólo dos alternativas parecían prácticas. La primera era aceptar su aviso: ser lista y evitarle todo lo posible, cancelar
nuestros planes y volver a ignorarlo tanto como fuera capaz, fingir que entre nosotros existía un grueso e
impenetrable muro de cristal en la √ļnica clase que est√°bamos obligados a compartir, decirle que se alejara de m√≠... y
esta vez en serio.

Me invadió de repente una desesperación tan agónica cuando consideré esa opción que el mecanismo de mi mente
de rechazar el dolor provocó que pasara rápidamente a la siguiente alternativa.

No hacer nada diferente. Despu√©s de todo, hasta la fecha, no me hab√≠a causado da√Īo alguno aunque fuera algo...
siniestro. De hecho, sería poco más que una abolladura en el guardabarros de Tyler si él no hubiera actuado con
tanta rapidez. Tanta, me dije a m√≠ misma, que podr√≠a haber sido puro reflejo: ¬ŅC√≥mo puede ser malo si tiene reflejos
para salvar vidas?, pensé. No hacía más que darle vueltas sin obtener respuestas.

Hab√≠a una cosa de la que estaba segura, si es que estaba segura de algo: el oscuro Edward del sue√Īo de la pasada
noche sólo era una reacción de mi miedo ante el mundo del que había hablado Jacob, no del propio Edward. Aun
así, cuando chillé de pánico ante el ataque del hombre lobo, no fue el miedo al licántropo lo que arrancó de mis
labios ese grito de ¬ę ¬°no!¬Ľ, sino a que √©l resultara herido. A pesar de que me hab√≠a llamado con los colmillos
afilados, temía por él.

Y supe que tenía mi respuesta. Ignoraba si en realidad había tenido elección alguna vez. Ya me había involucrado
demasiado en el asunto. Ahora que lo sabía, si es que lo sabía, no podía hacer nada con mi aterrador secreto, ya que
cuando pensaba en él, en su voz, sus ojos hipnóticos y la magnética fuerza de su personalidad, no quería otra cosa
que estar con él de inmediato, incluso si... Pero no podía pensar en ello, no aquí, sola en la penumbra del bosque, no
mientras la lluvia lo hiciera tan sombr√≠o como el crep√ļsculo debajo del dosel de ramas y disperso como huellas en
un suelo enmara√Īado de tierra. Me estremec√≠ y me levant√© deprisa de mi escondite, preocupada porque la lluvia
hubiera borrado la senda.

Pero ésta permanecía allí, nítida y sinuosa, para que saliera del goteante laberinto verde. La seguí de forma
apresurada, con la capucha bien calada sobre la cabeza, sin dejar de sorprenderme, mientras pasaba entre los √°rboles
casi a la carrera, de lo lejos que había llegado. Empecé a preguntarme si me dirigía a alguna salida o si la senda
llevar√≠a hasta m√°s all√° de los confines del bosque. Atisb√© algunos claros a trav√©s de la mara√Īa de ramas antes de que


me entrara demasiado pánico, y luego oí un coche pasar por la carretera, y allí estaba el jardín de Charlie que se
extendía delante de mí, y la casa, que me llamaba y me prometía calor y calcetines secos.

Apenas era mediodía cuando entré. Subí las escaleras y me puse ropa de estar por casa, unos vaqueros y una
camiseta, ya que no iba a salir. No me costó mucho esfuerzo concentrarme en la tarea para ese día, un trabajo sobre
Macbeth que deb√≠a entregar el mi√©rcoles. Perge√Ī√© un primer borrador del trabajo con una satisfacci√≥n y serenidad
que no sentía desde... Bueno, para ser sincera, desde el jueves.

Esa había sido siempre mi forma de ser. Adoptar decisiones era la parte que más me dolía, la que me llevaba por la
calle de la amargura. Pero una vez que tomaba la decisión, me limitaba a seguirla... Por lo general, con el alivio que
daba el haberla tomado. A veces, el alivio se te√Ī√≠a de desesperaci√≥n, como cuando resolv√≠ venir a Forks, pero segu√≠a
siendo mejor que pelear con las alternativas.

Era ridículamente fácil vivir con esta decisión. Peligrosamente fácil.

De ese modo, el día fue tranquilo y productivo. Terminé mi trabajo antes de las ocho. Charlie volvió a casa con
abundante pesca, lo que me llevó a pensar en adquirir un libro de recetas para pescado cuando estuviera en Seattle la
semana siguiente. Los escalofríos que corrían por mi espalda cada vez que pensaba en ese viaje no diferían de los
que sentía antes de mi paseo con Jacob Black. Creía que serían distintos. Deberían serlo, ¡deberían serlo! Sabía que
debería estar asustada, pero lo que sentía no era miedo exactamente.

Dorm√≠ sin sue√Īos aquella noche, rendida como estaba por haberme levantado el domingo tan temprano y haber
descansando tan poco la noche anterior. Por segunda vez desde mi llegada a Forks, me despertó la brillante luz de
un día soleado.

Me levanté de un salto y corrí hacia la ventana; comprobé con asombro que apenas había nubes en el cielo, y las
pocas que hab√≠a s√≥lo eran peque√Īos jirones algodonosos de color blanco que posiblemente no trajeran lluvia alguna.
Abrí la ventana y me sorprendió que se abriera sin ruido ni esfuerzo alguno a pesar de que no se había abierto en
qui√©n sabe cu√°ntos a√Īos, y aspir√© el aire, relativamente seco. Casi hac√≠a calor y apenas soplaba viento. Por mis
venas corría la adrenalina.

Charlie estaba terminando de desayunar cuando bajé las escaleras y de inmediato se apercibió de mi estado de
√°nimo.

—Ahí fuera hace un día estupendo —comentó.

—Sí —coincidí con una gran sonrisa.

Me devolvi√≥ la sonrisa. La piel se arrug√≥ alrededor de sus ojos casta√Īos. Resultaba f√°cil ver por qu√© mi madre y √©l
se habían lanzado alegremente a un matrimonio tan prematuro cuando Charlie sonreía. Gran parte del joven
romántico que fue en aquellos días se había desvanecido antes de que yo le conociera, cuando su rizado pelo
casta√Īo ¬ódel mismo color que el m√≠o, aunque de diferente textura¬ó comenzaba a escasear y revelaba lentamente
cada vez más y más la piel brillante de la frente. Pero cuando sonreía, podía atisbar un poco del hombre que se
hab√≠a fugado con Ren√©e cuando √©sta s√≥lo ten√≠a dos a√Īos m√°s que yo ahora.

Desayuné animadamente mientras contemplaba revolotear las motas de polvo en los chorros de luz que se filtraban
por la ventana trasera. Charlie me deseó un buen día en voz alta y luego oí que el coche patrulla se alejaba. Vacilé al
salir de casa, impermeable en mano. No llevarlo equivaldría a tentar al destino. Lo doblé sobre el brazo con un
suspiro y salí caminando bajo la luz más brillante que había visto en meses.

A fuerza de emplear a fondo los codos, fui capaz de bajar del todo los dos cristales de las ventanillas del
monovolumen. Fui una de las primeras en llegar al instituto. No había comprobado la hora con las prisas de salir al
aire libre. Aparqué y me dirigí hacia los bancos del lado sur de la cafetería, que de vez en cuando se usaban para
alg√ļn picnic. Los bancos estaban todav√≠a un poco h√ļmedos, por lo que me sent√© sobre el impermeable, contenta de
poder darle un uso. Había terminado los deberes, fruto de una escasa vida social, pero había unos cuantos problemas
de Trigonometr√≠a que no estaba segura de haber resuelto bien. Abr√≠ el libro aplicadamente, pero me puse a so√Īar
despierta a la mitad de la revisión del primer problema. Garabateé distraídamente unos bocetos en los márgenes de
los deberes. Después de algunos minutos, de repente me percaté de que había dibujado cinco pares de ojos negros
que me miraban fijamente desde el folio. Los borré con la goma.

— ¡Bella! —oí gritar a alguien, y parecía la voz de Mike.

Al mirar a mi alrededor comprendí que la escuela se había ido llenando de gente mientras estaba allí sentada,
distraída. Todo el mundo llevaba camisetas, algunos incluso vestían shorts a pesar de que la temperatura no debería
sobrepasar los doce grados. Mike se acercaba saludando con el brazo, lucía unos shorts de color caqui y una
camiseta a rayas de rugby.

Se sentó a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja y las cuidadas puntas del pelo reluciendo a la luz del sol. Estaba
tan encantado de verme que no pude evitar sentirme satisfecha.

—No me había dado cuenta antes de que tu pelo tiene reflejos rojos —comentó mientras atrapaba entre los dedos un
mechón que flotaba con la ligera brisa.

—Sólo al sol.

Me sentí incómoda cuando colocó el mechón detrás de mi oreja.


¬óHace un d√≠a estupendo, ¬Ņeh?

—La clase de días que me gustan —dije mostrando mi acuerdo.

¬ó ¬ŅQu√© hiciste ayer?

El tono de su voz era demasiado posesivo.

—Me dediqué sobre todo al trabajo de Literatura.

No a√Īad√≠ que lo hab√≠a terminado, no era necesario parecer pagada de m√≠ misma. Se golpe√≥ la frente con la base de la
mano.

¬óAh, s√≠... Hay que entregarlo el jueves, ¬Ņverdad?

—Esto... Creo que el miércoles.

¬ó ¬ŅEl mi√©rcoles? ¬óFrunci√≥ el ce√Īo¬ó. Mal asunto. ¬ŅSobre qu√© has escrito el tuyo?

¬óAcerca de la posible misoginia de Shakespeare en el tratamiento de los personajes femeninos.

Me contempló como si le hubiera hablado en chino.

¬óSupongo que voy a tener que ponerme a trabajar en eso esta noche ¬ódijo desanimado¬ó. Te iba a preguntar si
querías salir.

¬óAh.

Me hab√≠a pillado con la guardia bajada. ¬ŅPor qu√© ya no pod√≠a mantener una conversaci√≥n agradable con Mike sin
que acabara volviéndose incómoda?

—Bueno, podíamos ir a cenar o algo así... Puedo trabajar más tarde.

Me sonrió lleno de esperanza.

¬óMike... ¬óodiaba que me pusieran en un aprieto¬ó. Creo que no es una buena idea.

Se le descompuso el rostro.

¬ó ¬ŅPor qu√©? ¬ópregunt√≥ con mirada cautelosa. Mis pensamientos volaron hacia Edward, pregunt√°ndome si tambi√©n
Mike pensaba lo mismo.

¬óCreo, y te voy dar una buena tunda sin remordimiento alguno como repitas una sola palabra de lo que voy a decir
—le amenacé—, que eso heriría los sentimientos de Jessica.

Se qued√≥ aturdido. Era obvio que no pensaba en esa direcci√≥n de ning√ļn modo.

¬óJessica?

¬óDe verdad, Mike, ¬Ņest√°s ciego?

—Vaya —exhaló claramente confuso.

Aproveché la ventaja para escabullirme.

¬óEs hora de entrar en clase, y no puedo llegar tarde.

Recogí los libros y los introduje en mi mochila.

Caminamos en silencio hacia el edificio tres. Mike iba con expresión distraída. Esperaba que, cualesquiera que
fueran los pensamientos en los que estuviera inmerso, éstos le condujeran en la dirección correcta.

Cuando vi a Jessica en Trigonometría, desbordaba entusiasmo. Ella, Angela y Lauren iban a ir de compras a Port
Angeles esa tarde para buscar vestidos para el baile y quería que yo también fuera, a pesar de que no necesitaba
ninguno. Estaba indecisa. Sería agradable salir del pueblo con algunas amigas, pero Lauren estaría allí y quién sabía
qué podía hacer esa tarde... Pero ése era definitivamente el camino erróneo para dejar correr mi imaginación...

De modo que le respondí que tal vez, explicándole que primero tenía que hablar con Charlie.

No habl√≥ de otra cosa que del baile durante todo el trayecto hasta clase de Espa√Īol y continu√≥, como si no hubiera
habido interrupción alguna, cuando la clase terminó al fin, cinco minutos más tarde de la hora, y mientras nos
dirigíamos a almorzar. Estaba demasiado perdida en el propio frenesí de mis expectativas como para comprender
casi nada de lo que decía. Estaba dolorosamente ávida de ver no sólo a Edward sino a todos los Cullen, con el fin de
poder contrastar en ellos las nuevas sospechas que llenaban mi mente. Al cruzar el umbral de la cafetería, sentí
deslizarse por la espalda y anidar en mi est√≥mago el primer ramalazo de p√°nico. ¬ŅSer√≠an capaces de saber lo que
pensaba? Luego me sobresalt√≥ un sentimiento distinto. ¬ŅEstar√≠a esper√°ndome Edward para sentarse conmigo otra
vez?

Fiel a mi costumbre, miré primero hacia la mesa de los Cullen. Un estremecimiento de pánico sacudió mi vientre al
percatarme de que estaba vacía. Con menor esperanza, recorrí la cafetería con la mirada, esperando encontrarle solo,
esper√°ndome. El lugar estaba casi lleno ¬óla clase de Espa√Īol nos hab√≠a retrasado¬ó, pero no hab√≠a rastro de
Edward ni de su familia. El desconsuelo hizo mella en mí con una fuerza agobiante.

Anduve vacilante detr√°s de Jessica, sin molestarme en fingir por m√°s tiempo que la escuchaba.

Habíamos llegado lo bastante tarde para que todo el mundo se hubiera sentado ya en nuestra mesa. Esquivé la silla
vacía junto a Mike a favor de otra al lado de Angela. Fui vagamente consciente de que Mike ofrecía amablemente la
silla a Jessica, y de que el rostro de ésta se iluminaba como respuesta.

Angela me hizo unas cuantas preguntas en voz baja sobre el trabajo de Macbeth, a las que respondí con la mayor
naturalidad posible mientras me hund√≠a en las espirales de la miseria. Tambi√©n ella me invit√≥ a acompa√Īarlas por la
tarde, y ahora acepté, agarrándome a cualquier cosa que me distrajera.


Comprend√≠ que me hab√≠a aferrado al √ļltimo jir√≥n de esperanza cuando vi el asiento contiguo vac√≠o al entrar en
Biología, y sentí una nueva oleada de desencanto.

El resto del día transcurrió lentamente, con desconsuelo. En Educación física tuvimos una clase teórica sobre las
reglas del bádminton, la siguiente tortura que ponían en mi camino, pero al menos eso significó que pude estar
sentada escuchando en lugar de ir dando tumbos por la pista. Lo mejor de todo es que el entrenador no terminó, por
lo que tendría otra jornada sin ejercicio al día siguiente. No importaba que me entregaran una raqueta antes de
dejarme libre el resto de la clase.

Me alegré de abandonar el campus. De esa forma podría poner mala cara y deprimirme antes de salir con Jessica y
compa√Ī√≠a, pero apenas hab√≠a traspasado el umbral de la casa de Charlie, Jessica me telefone√≥ para cancelar nuestros
planes. Intenté mostrarme encantada de que Mike la hubiera invitado a cenar, aunque lo que en realidad me aliviaba
era que al fin él parecía que iba a tener éxito, pero ese entusiasmo me sonó falso hasta a mí. Ella reprogramó nuestro
viaje de compras a la tarde noche del día siguiente.

Aquello me dejaba con poco que hacer para distraerme. Había pescado en adobo, con una ensalada y pan que había
sobrado la noche anterior, por lo que no quedaba nada que preparar. Me mantuve concentrada en los deberes, pero
los terminé a la media hora. Revisé el correo electrónico y leí los mails atrasados de mi madre, que eran cada vez
más apremiantes conforme se acercaban a la actualidad. Suspiré y tecleé una rápida respuesta.

Mam√°:

Lo siento. He estado fuera. Me fui a la playa con algunos amigos y luego tuve que escribir un trabajo para el
instituto.

Mis excusas eran patéticas, por lo que renuncié a intentar justificarme.

Hoy hace un día soleado. Lo sé, yo también estoy muy sorprendida, por lo que me voy a ir al aire libre para
empaparme de toda la vitamina D que pueda. Te quiero.

Bella

Decid√≠ matar una hora con alguna lectura que no estuviera relacionada con las clases. Ten√≠a una peque√Īa colecci√≥n
de libros que me había traído a Forks. El más gastado por el uso era una recopilación de obras de Jane Austen. Lo
seleccioné y me dirigí al patio trasero. Al bajar las escaleras tomé un viejo edredón roto del armario de la ropa
blanca.

Ya fuera, en. el peque√Īo patio cuadrado de Charlie, dobl√© el edred√≥n por la mitad, lejos del alcance de la sombra de
los √°rboles, sobre el c√©sped, que iba a permanecer h√ļmedo sin importar durante cu√°nto tiempo brillara el sol. Me
tumbé bocabajo, con los tobillos entrecruzados al aire, hojeando las diferentes novelas del libro mientras intentaba
decidir cuál ocuparía mi mente a fondo. Mis favoritas eran Orgullo y prejuicio y Sentido y sensibilidad. Había leído
la primera recientemente, por lo que comencé Sentido y sensibilidad, sólo para recordar al comienzo del capítulo
tres que el protagonista de la historia se llamaba Edward. Enfadada, me puse a leer Mansfield Park, pero el héroe
del texto se llamaba Edmund, y se parec√≠a demasiado. ¬ŅNo hab√≠a a finales del siglo XVIII m√°s nombres? Aturdida,
cerré el libro de golpe y me di la vuelta para tumbarme de espaldas. Me arremangué la blusa lo máximo posible y
cerré los ojos. No quería pensar en otra cosa que no fuera el calor del sol sobre mi piel, me dije a mí misma. La
brisa seguía siendo suave, pero su soplo lanzaba mechones de pelo sobre mi rostro, haciéndome cosquillas. Me
recogí el pelo detrás de la cabeza, dejándolo extendido en forma de abanico sobre el edredón, y me concentré de
nuevo en el calor que me acariciaba los párpados, los pómulos, la nariz, los labios, los antebrazos, el cuello y
calentaba mi blusa ligera.

Lo próximo de lo que fui consciente fue el sonido del coche patrulla de Charlie al girar sobre las losas de la acera.
Me incorporé sorprendida al comprender que la luz ya se había ocultado detrás de los árboles y que me había
dormido. Miré a mi alrededor, hecha un lío, con la repentina sensación de no estar sola.

¬ó ¬ŅCharlie? ¬ópregunt√©, pero s√≥lo o√≠ cerrarse de un portazo la puerta de su coche frente a la casa.

Me incorpor√© de un salto, con los nervios a flor de piel sin ning√ļn motivo, para recoger el edred√≥n, ahora empapado,
y el libro. Corrí dentro para echar algo de gasóleo a la estufa al tiempo que me daba cuenta de que la cena se iba a
retrasar. Charlie estaba colgando el cinto con la pistola y quitándose las botas cuando entré.

¬óLo siento, pap√°, la cena a√ļn no est√° preparada. Me qued√© dormida ah√≠ fuera ¬ódije reprimiendo un bostezo.

—No te preocupes ——contestó—. De todos modos, quería enterarme del resultado del partido.

Vi la televisi√≥n con Charlie despu√©s de la cena, por hacer algo. No hab√≠a ning√ļn programa que quisiera ver, pero √©l
sab√≠a que no me gustaba el baloncesto, por lo que puso una est√ļpida comedia de situaci√≥n que no disfrutamos
ninguno de los dos. No obstante, parecía feliz de que hiciéramos algo juntos. A pesar de mi tristeza, me sentí bien
por complacerle.

¬óPap√° ¬ódije durante los anuncios¬ó, Jessica y Angela van a ir a mirar vestidos para el baile ma√Īana por la tarde a
Port Angeles y quieren que las ayude a elegir. ¬ŅTe importa que las acompa√Īe?

—Jessica Stanley? —preguntó.

¬óY Angela Weber.

Suspiré mientras le daba todos los detalles.


¬óPero t√ļ no vas a asistir al baile, ¬Ņno? ¬ócoment√≥. No lo entend√≠a.

—No, papá, pero las voy a ayudar a elegir los vestidos —no tendría que explicarle esto a una mujer—. Ya sabes,
aportar una crítica constructiva.

¬óBueno, de acuerdo ¬ópareci√≥ comprender que aquellos temas de chicas se le escapaban¬ó. Aunque, ¬Ņno hay
colegio por la tarde?

¬óSaldremos en cuanto acabe el instituto, por lo que podremos regresar temprano. Te dejar√© lista la cena, ¬Ņvale?

¬óBella, me he alimentado durante diecisiete a√Īos antes de que t√ļ vinieras ¬óme record√≥.

¬óY no s√© c√≥mo has sobrevivido ¬ódije entre dientes para luego a√Īadir con mayor claridad¬ó: Te voy a dejar algo
de comida fr√≠a en el frigor√≠fico para que te prepares un par de sandwiches, ¬Ņde acuerdo? En la parte de arriba.

Me dedicó una divertida mirada de tolerancia.

Al d√≠a siguiente, la ma√Īana amaneci√≥ soleada. Me despert√© con esperanzas renovadas que intent√© suprimir con
denuedo. Como el día era más templado, me puse una blusa escotada de color azul oscuro, una prenda que hubiera
llevado en Phoenix durante lo m√°s crudo del invierno.

Había planeado llegar al colegio justo para no tener que esperar a entrar en clase. Desmoralizada, di una vuelta
completa al aparcamiento en busca de un espacio al tiempo que buscaba también el Volvo plateado, que,
claramente, no estaba all√≠. Aparqu√© en la √ļltima fila y me apresur√© a clase de Lengua, llegando sin aliento ni br√≠o,
pero antes de que sonara el timbre.

Ocurrió lo mismo que el día anterior. No pude evitar tener ciertas esperanzas que se disiparon dolorosamente
cuando en vano recorrí con la mirada el comedor y comprobé que seguía vacío el asiento contiguo al mío de la mesa
de Biología.

El plan de ir a Port Angeles por la tarde regresó con mayor atractivo al tener Lauren otros compromisos. Estaba
ansiosa por salir del pueblo, para poder dejar de mirar por encima del hombro, con la esperanza de verlo aparecer de
la nada como siempre hacía. Me prometí a mí misma que iba a estar de buen humor para no arruinar a Angela ni a
Jessica el placer de la caza de vestidos. Puede que tambi√©n yo hiciera algunas peque√Īas compras. Me negaba a creer
que esta semana podría ir de compras sola en Seattle porque Edward ya no estuviera interesado en nuestro plan.
Seguramente no lo cancelaría sin decírmelo al menos.

Jessica me siguió hasta casa en su viejo Mercury blanco después de clase para que pudiera dejar los libros y mi
coche. Me cepillé el pelo a toda prisa mientras estaba dentro, sintiendo resurgir una leve excitación ante la
expectativa de salir de Forks. Sobre la mesa, dejé una nota para Charlie en la que le volvía a explicar dónde
encontrar la cena, cambi√© mi desali√Īada mochila escolar por un bolso que utilizaba muy de tarde en tarde y corr√≠ a
reunirme con Jessica. A continuación fuimos a casa de Angela, que nos estaba esperando. Mi excitación crecía
exponencialmente conforme el coche se alejaba de los límites del pueblo.