4 - Grupo sanguinio

Me dirigí a clase de Lengua aún en las nubes, tal era así que al entrar ni siquiera me di cuenta de que la clase había
comenzado.

—Gracias por venir, señorita Swan —saludó despectivamente el señor Masón.

Me sonrojé de vergüenza y me dirigí rápidamente a mi asiento.

No me di cuenta de que en el pupitre contiguo de siempre se sentaba Mike hasta el final de la clase. Sentí una
punzada de culpabilidad, pero tanto él como Eric se reunieron conmigo en la puerta como de costumbre, por lo que
supuse que me habían perdonado del todo. Mike parecía volver a ser el mismo mientras caminábamos, hablaba
entusiasmado sobre el informe del tiempo para el fin de semana. La lluvia exigía hacer una acampada más corta,
pero aquel viaje a la playa parecía posible. Simulé interés para maquillar el rechazo de ayer. Resultaría difícil; fuera
como fuera, con suerte, sólo se suavizaría a los cuarenta y muchos años. . Pasé el resto de la mañana pensando en
las musarañas. Resultaba difícil creer que las palabras de Edward y la forma en que me miraba no fueran fruto de mi
imaginación. Tal vez sólo fuese un sueño muy convincente que confundía con la realidad. Eso parecía más probable
que el que yo le atrajera de veras a cualquier nivel.

Por eso estaba tan impaciente y asustada al entrar en la cafetería con Jessica. Le quería ver el rostro para verificar si
volvía a ser la persona indiferente y fría que había conocido durante las últimas semanas o, si por algún milagro, de
verdad había oído lo que creía haber oído esa mañana. Jessica cotorreaba sin cesar sobre sus planes para el baile —


Lauren y Angela ya se lo habían pedido a los otros chicos e iban a acudir todos juntos—, completamente indiferente
a mi desinterés.

Un flujo de desencanto recorrió mi ser cuando de forma infalible miré a la mesa de los Cullen. Los otros cuatro
hermanos estaban ahí, pero él se hallaba ausente. ¿Se había ido a casa? Abatida, me puse a la cola detrás de la
parlanchina Jessica. Había perdido el apetito y sólo compré un botellín de limonada. Únicamente quería sentarme y
enfurruñarme.

—Edward Cullen te vuelve a mirar —dijo Jessica; interrumpió mi distracción al pronunciar su nombre—. Me
pregunto por qué se sienta solo hoy.

Volví bruscamente la cabeza y seguí la dirección de su mirada para ver a Edward, con su sonrisa picara, que me
observaba desde una mesa vacía en el extremo opuesto de la cafetería al que solía sentarse. Una vez atraída mi
atención, alzó la mano y movió el dedo índice para indicarme que lo acompañara. Me guiñó el ojo cuando lo miré
incrédula.

— ¿Se refiere a ti? —preguntó Jessica con un tono de insultante incredulidad en la voz.

—Puede que necesite ayuda con los deberes de Biología —musité para contentarla—. Eh, será mejor que vaya a ver
qué quiere.

Pude sentir cómo me miraba al alejarme.

Insegura, me quedé de pie detrás de la silla que había enfrente de Edward al llegar a su mesa.

— ¿Por qué no te sientas hoy conmigo? —me preguntó con una sonrisa.

Lo hice de inmediato, contemplándolo con precaución. Seguía sonriendo. Resultaba difícil concebir que existiera
alguien tan guapo. Temía que desapareciera en medio de una repentina nube de humo y que yo me despertara. Él
debía de esperar que yo comentara algo y por fin conseguí decir:

—Esto es diferente.

—Bueno —hizo una pausa y el resto de las palabras salieron de forma precipitada—. Decidí que, ya puesto a ir al
infierno, lo podía hacer del todo.

Esperé a que dijera algo coherente. Transcurrieron los segundos y después le indiqué:

—Sabes que no tengo ni idea de a qué te refieres.

—Cierto —volvió a sonreír y cambió de tema—. Creo que tus amigos se han enojado conmigo por haberte raptado.

—Sobrevivirán.

Sentía los ojos de todos ellos clavados en mi espalda.

—Aunque es posible que no quiera liberarte —dijo con un brillo pícaro en sus ojos. Tragué saliva y se rió. —
Pareces preocupada.

—No —respondí, pero mi voz se quebró de forma ridícula—. Más bien sorprendida. ¿A qué se debe este cambio?

—Ya te lo dije. Me he hartado de permanecer lejos de ti, por lo que me he rendido. Seguía sonriendo, pero sus ojos
de color ocre estaban serios.

— ¿Rendido? —repetí confusa.

—Sí, he dejado de intentar ser bueno. Ahora voy a hacer lo que quiero, y que sea lo que tenga que ser.

Su sonrisa se desvaneció mientras se explicaba y el tono de su voz se endureció.

—Me he vuelto a perder.

La arrebatadora sonrisa reapareció.

—Siempre digo demasiado cuando hablo contigo, ése es uno de los problemas.

—No te preocupes... No me entero de nada —le repliqué secamente.

—Cuento con ello.

—Ya. En cristiano, ¿somos amigos ahora?

—Amigos... —meditó dubitativo.

—O no —musité.

Esbozó una amplia sonrisa.

—Bueno, supongo que podemos intentarlo, pero ahora te prevengo que no voy a ser un buen amigo para ti.

El aviso oculto detrás de su sonrisa era real.

—Lo repites un montón —recalqué al tiempo que intentaba ignorar el repentino temblor de mi vientre y mantenía
serena la voz.

—Sí, porque no me escuchas. Sigo a la espera de que me creas. Si eres lista, me evitarás.

—Me parece que tú también te has formado tu propia opinión sobre mi mente preclara.

Entrecerré los ojos y él sonrió disculpándose.

—En ese caso —me esforcé por resumir aquel confuso intercambio de frases—, hasta que yo sea lista... ¿Vamos a
intentar ser amigos?

—Eso parece casi exacto.

Busqué con la mirada mis manos, en torno a la botella de limonada, sin saber qué hacer.

— ¿Qué piensas? —preguntó con curiosidad.


Alcé la vista hasta esos profundos ojos dorados que me turbaban los sentidos y, como de costumbre, respondí la
verdad:

—Intentaba averiguar qué eres.

Su rostro se crispó, pero consiguió mantener la sonrisa, no sin cierto esfuerzo.

— ¿Y has tenido fortuna en tus pesquisas? —inquirió con desenvoltura.

—No demasiada —admití.

Se rió entre dientes.

— ¿Qué teorías barajas?

Me sonrojé. Durante el último mes había estado vacilando entre Barman y Spiderman. No había forma de admitir
aquello.

— ¿No me lo quieres decir? —preguntó, ladeando la cabeza con una sonrisa terriblemente tentadora.

Negué con la cabeza.

—Resulta demasiado embarazoso.

—Eso es realmente frustrante, ya lo sabes —se quejó.

—No —disentí rápidamente con una dura mirada—. No concibo por qué ha de resultar frustrante, en absoluto, sólo
porque alguien rehusé revelar sus pensamientos, sobre todo después de haber efectuado unos cuantos comentarios
crípticos, especialmente ideados para mantenerme en vela toda la noche, pensando en su posible significado...
Bueno, ¿por qué iba a resultar frustrante?

Hizo una mueca.

—O mejor —continué, ahora el enfado acumulado fluía libremente—, digamos que una persona realiza un montón
de cosas raras, como salvarte la vida bajo circunstancias imposibles un día y al siguiente tratarte como si fueras un
paria, y jamás te explica ninguna de las dos, incluso después de haberlo prometido. Eso tampoco debería resultar
demasiado frustrante.

—Tienes un poquito de genio, ¿verdad?

—No me gusta aplicar un doble rasero.

Nos contemplamos el uno al otro sin sonreír.

Miró por encima de mi hombro y luego, de forma inesperada, rió por lo bajo.

— ¿Qué?

—Tu novio parece creer que estoy siendo desagradable contigo. Se debate entre venir o no a interrumpir nuestra
discusión.

Volvió a reírse.

——No sé de quién me hablas —dije con frialdad— pero, de todos modos, estoy segura de que te equivocas.

—Yo, no. Te lo dije, me resulta fácil saber qué piensan la mayoría de las personas.

—Excepto yo, por supuesto.

—Sí, excepto tú —su humor cambió de repente. Sus ojos se hicieron más inquietantes—. Me pregunto por qué será.

La intensidad de su mirada era tal que tuve que apartar la vista. Me concentré en abrir el tapón de mi botellín de
limonada. Lo desenrosqué sin mirar, con los ojos fijos en la mesa.

— ¿No tienes hambre? —preguntó distraído.

—No —no me apetecía mencionar que mi estómago ya estaba lleno de... mariposas. Miré el espacio vacío de la
mesa delante de él—. ¿Y tú?

—No. No estoy hambriento.

No comprendí su expresión, parecía disfrutar de algún chiste privado.

— ¿Me puedes hacer un favor? —le pedí después de un segundo de vacilación.

De repente, se puso en guardia.

—Eso depende de lo que quieras.

—No es mucho —le aseguré. El esperó con cautela y curiosidad.

—Sólo me preguntaba si podrías ponerme sobre aviso la próxima vez que decidas ignorarme por mi propio bien.
Únicamente para estar preparada.

Mantuve la vista fija en el botellín de limonada mientras hablaba, recorriendo el círculo de la boca con mi sonrosado
dedo.

—Me parece justo.

Apretaba los labios para no reírse cuando alcé los ojos.

—Gracias.

—En ese caso, ¿puedo pedir una respuesta a cambio? —pidió.

—Una.

—Cuéntame una teoría.

¡Ahí va!

—Esa, no.


—No hiciste distinción alguna, sólo prometiste una respuesta —me recordó.

—Claro, y tú no has roto ninguna promesa —le recordé a mi vez.

—Sólo una teoría... No me reiré.

—Sí lo harás.

Estaba segura de ello. Bajó la vista y luego me miró con aquellos ardientes ojos ocres a través de sus largas pestañas
negras.

—Por favor —respiró al tiempo que se inclinaba hacia mí.

Parpadeé con la mente en blanco. ¡Cielo santo! ¿Cómo lo conseguía?

—Eh... ¿Qué?—pregunté, deslumbrada.

—Cuéntame sólo una de tus pequeñas teorías, por favor.

Su mirada aún me abrasaba. ¿También era un hipnotizador? ¿O era yo una incauta irremediable?

—Pues... Eh... ¿Te mordió una araña radiactiva?

—Eso no es muy imaginativo.

—Lo siento, es todo lo que tengo —contesté, ofendida.

—Ni siquiera te has acercado —dijo con fastidio.

— ¿Nada de arañas?

—No.

— ¿Ni un poquito de radiactividad?

—Nada.

—Maldición —suspiré.

—Tampoco me afecta la kriptonita —se rió entre dientes.

—Se suponía que no te ibas a reír, ¿te acuerdas?

Hizo un esfuerzo por recobrar la compostura.

—Con el tiempo, lo voy a averiguar —le advertí.

—Desearía que no lo intentaras —dijo, de nuevo con gesto serio.

— ¿Por...?

— ¿Qué pasaría si no fuera un superhéroe? ¿Y si fuera el chico malo? —sonrió jovialmente, pero sus ojos eran
impenetrables.

—Oh, ya veo —dije. Algunas de las cosas que había dicho encajaron de repente.

— ¿Sí?

De pronto, su rostro se había vuelto adusto, como si temiera haber revelado demasiado sin querer.

— ¿Eres peligroso?

Era una suposición, pero el pulso se me aceleró cuando, de forma instintiva, comprendí la verdad de mis propias
palabras. Lo era. Me lo había intentado decir todo el tiempo. Se limitó a mirarme, con los ojos rebosantes de alguna
emoción que no lograba comprender.

—Pero no malo —susurré al tiempo que movía la cabeza—. No, no creo que seas malo.

—Te equivocas.

Su voz apenas era audible. Bajó la vista al tiempo que me arrebataba el tapón de la botella y lo hacía girar entre los
dedos. Lo contemplé fijamente mientras me preguntaba por qué no me asustaba. Hablaba en serio, eso era evidente,
pero sólo me sentía ansiosa, con los nervios a flor de piel... y, por encima de todo lo demás, fascinada, como de
costumbre siempre que me encontraba cerca de él.

El silencio se prolongó hasta que me percaté de que la cafetería estaba casi vacía. Me puse en pie de un salto.

—Vamos a llegar tarde.

—Hoy no voy a ir a clase —dijo mientras daba vueltas al tapón tan deprisa que apenas podía verse.

— ¿Por qué no?

—Es saludable hacer novillos de vez en cuando —dijo mientras me sonreía, pero en sus ojos relucía la
preocupación.

—Bueno, yo sí voy.

Era demasiado cobarde para arriesgarme a que me pillaran. Concentró su atención en el tapón.

—En ese caso, te veré luego.

Indecisa, vacilé, pero me apresuré a salir en cuanto sonó el primer toque del timbre después de confirmar con una
última mirada que él no se había movido ni un centímetro.

Mientras me dirigía a clase, casi a la carrera, la cabeza me daba vueltas a mayor velocidad que el tapón del botellín.
Me había respondido a pocas preguntas en comparación con las muchas que había suscitado. Al menos, había
dejado de llover.

Tuve suerte. El señor Banner no había entrado aún en clase cuando llegué. Me instalé rápidamente en mi asiento,
consciente de que tanto Mike como Angela no dejaban de mirarme. Mike parecía resentido y Angela sorprendida, y
un poco intimidada.


Entonces entró en clase el señor Banner y llamó al orden a los alumnos. Hacía equilibrios para sostener en brazos
unas cajitas de cartón. Las soltó encima de la mesa de Mike y le dijo que comenzara a distribuirlas por la clase.

—De acuerdo, chicos, quiero que todos toméis un objeto de las cajas.

El sonido estridente de los guantes de goma contra sus muñecas se me antojó de mal augurio.

—El primero contiene una tarjeta de identificación del grupo sanguíneo —continuó mientras tomaba una tarjeta
blanca con las cuatro esquinas marcadas y la exhibía—. En segundo lugar, tenemos un aplacador de cuatro puntas
—sostuvo en alto algo similar a un peine sin dientes—. El tercer objeto es una micro—lanceta esterilizada —alzó
una minúscula pieza de plástico azul y la abrió. La aguja de la lanceta era invisible a esa distancia, pero se me
revolvió estómago.

—Voy a pasar con un cuentagotas con suero para preparar vuestras tarjetas, de modo que, por favor, no empecéis
hasta que pase yo... —comenzó de nuevo por la mesa de Mike, depositando con esmero una gota de agua en cada
una de las cuatro esquinas—. Luego, con cuidado, quiero que os pinchéis un dedo con la lanceta.

Tomó la mano de Mike y le punzó la yema del dedo corazón con la punta de la lanceta. Oh, no. Un sudor viscoso
me cubrió la frente.

—Depositad una gotita de sangre en cada una de las puntas —hizo una demostración. Apretó el dedo de Mike hasta
que fluyó la sangre. Tragué de forma convulsiva, el estómago se revolvió aún más—. Entonces las aplicáis a la
tarjeta del test —concluyó.

Sostuvo en alto la goteante tarjeta roja delante de nosotros para que la viéramos. Cerré los ojos, intenté oír por
encima del pitido de mis oídos.

—El próximo fin de semana, la Cruz Roja se detiene en Port Angeles para recoger donaciones de sangre, por lo que
he pensado que todos vosotros deberíais conocer vuestro grupo sanguíneo —parecía orgulloso de sí mismo—. Los
menores de dieciocho años vais a necesitar un permiso de vuestros padres... Hay hojas de autorización encima de mi
mesa.

Siguió cruzando la clase con el cuentagotas. Descansé la mejilla contra la fría y oscura superficie de la mesa,
intentando mantenerme consciente. Todo lo que oía a mí alrededor eran chillidos, quejas y risitas cuando se
ensartaban los dedos con la lanceta. Inspiré y expiré de forma acompasada por la boca.

—Bella, ¿te encuentras bien? —preguntó el señor Banner. Su voz sonaba muy cerca de mi cabeza. Parecía
alarmado.

—Ya sé cuál es mi grupo sanguíneo, señor Banner —dije con voz débil. No me atrevía a levantar la cabeza.

— ¿Te sientes débil?

—Sí, señor —murmuré mientras en mi fuero interno me daba de bofetadas por no haber hecho novillos cuando tuve
la ocasión.

—Por favor, ¿alguien puede llevar a Bella a la enfermería? —pidió en voz alta.

No tuve que alzar la vista para saber que Mike se ofrecería voluntario.

— ¿Puedes caminar? —preguntó el señor Banner.

—Sí —susurré. Limítate a dejarme salir de aquí, pensé. Me arrastraré.

Mike parecía ansioso cuando me rodeó la cintura con el brazo y puso mi brazo sobre su hombro. Me apoyé
pesadamente sobre él mientras salía de clase.

Muy despacio, crucé el campus a remolque de Mike. Cuando doblamos la esquina de la cafetería y estuvimos fuera
del campo de visión del edificio cuatro —en el caso de que el profesor Banner estuviera mirando—, me detuve.

— ¿Me dejas sentarme un minuto, por favor? —supliqué.

Me ayudó a sentarme al borde del paseo.

—Y, hagas lo que hagas, ocúpate de tus asuntos —le avisé.

Aún seguía muy confusa. Me tumbé sobre un costado, puse la mejilla sobre el cemento húmedo y gélido de la acera
y cerré los ojos. Eso pareció ayudar un poco.

—Vaya, te has puesto verde —comentó Mike, bastante nervioso.

— ¿Bella? —me llamó otra voz a lo lejos.

¡No! Por favor, que esa voz tan terriblemente familiar sea sólo una imaginación.

— ¿Qué le sucede? ¿Está herida?

Ahora la voz sonó más cerca, y parecía preocupada. No me lo estaba imaginando. Apreté los párpados con fuerza,
me quería morir o, como mínimo, no vomitar.

Mike parecía tenso.

—Creo que se ha desmayado. No sé qué ha pasado, no ha movido ni un dedo.

—Bella —la voz de Edward sonó a mi lado. Ahora parecía aliviado—. ¿Me oyes?

—No —gemí—. Vete.

Se rió por lo bajo.

—La llevaba a la enfermería —explicó Mike a la defensiva—, pero no quiso avanzar más.

—Yo me encargo de ella —dijo Edward. Intuí su sonrisa en el tono de su voz—. Puedes volver a clase.


—No —protestó Mike—. Se supone que he de hacerlo yo.

De repente, la acera se desvaneció debajo de mi cuerpo. Abrí los ojos, sorprendida. Estaba en brazos de Edward, que
me había levantado en vilo, y me llevaba con la misma facilidad que si pesara cinco kilos en lugar de cincuenta.

— ¡Bájame!

Por favor, por favor, que no le vomite encima. Empezó a caminar antes de que terminara de hablar.

— ¡Eh! —gritó Mike, que ya se hallaba a diez pasos detrás de nosotros.

Edward lo ignoró.

—Tienes un aspecto espantoso —me dijo al tiempo que esbozaba una amplia sonrisa.

— ¡Déjame otra vez en la acera! —protesté.

El bamboleo de su caminar no ayudaba. Me sostenía con cuidado lejos de su cuerpo, soportando todo mi peso sólo
con los brazos, sin que eso pareciera afectarle.

— ¿De modo que te desmayas al ver sangre? —preguntó. Aquello parecía divertirle.

No le contesté. Cerré los ojos, apreté los labios y luché contra las náuseas con todas mis fuerzas.

—Y ni siquiera era la visión de tu propia sangre —continuó regodeándose.

No sé cómo abrió la puerta mientras me llevaba en brazos, pero de repente hacía calor, por lo que supe que
habíamos entrado.

—Oh, Dios mío —dijo de forma entrecortada una voz de mujer.

—Se desmayó en Biología —le explicó Edward.

Abrí los ojos. Estaba en la oficina. Edward me llevaba dando zancadas delante del mostrador frontal en dirección a
la puerta de la enfermería. La señora Cope, la recepcionista de rostro rubicundo, corrió delante de él para mantener
la puerta abierta. La atónita enfermera, una dulce abuelita, levantó los ojos de la novela que leía mientras Edward
me llevaba en volandas dentro de la habitación y me depositaba con suavidad encima del crujiente papel que cubría
el colchón de vinilo marrón del único catre. Luego se colocó contra la pared, tan lejos como lo permitía la angosta
habitación, con los ojos brillantes, excitados.

—Ha sufrido un leve desmayo —tranquilizó a la sobresaltada enfermera—. En Biología están haciendo la prueba
del Rh.

La enfermera asintió sabiamente.

—Siempre le ocurre a alguien.

Edward se rió con disimulo.

—Quédate tendida un minutito, cielo. Se pasará.

—Lo sé —dije con un suspiro. Las náuseas ya empezaban a remitir.

— ¿Te sucede muy a menudo? —preguntó ella.

—A veces —admití. Edward tosió para ocultar otra carcajada.

—Puedes regresar a clase —le dijo la enfermera.

—Se supone que me tengo que quedar con ella —le contestó con aquel tono suyo tan autoritario que la enfermera,
aunque frunció los labios, no discutió más.

—Voy a traerte un poco de hielo para la frente, cariño —me dijo, y luego salió bulliciosamente de la habitación.

—Tenías razón —me quejé, dejando que mis ojos se cerraran.

—Suelo tenerla, ¿sobre qué tema en particular en esta ocasión?

—Hacer novillos es saludable.

Respiré de forma acompasada.

—Ahí fuera hubo un momento en que me asustaste —admitió después de hacer una pausa. La voz sonaba como si
confesara una humillante debilidad—. Creí que Newton arrastraba tu cadáver para enterrarlo en los bosques.

—Ja, ja.

Continué con los ojos cerrados, pero cada vez me encontraba más entonada.

—Lo cierto es que he visto cadáveres con mejor aspecto. Me preocupaba que tuviera que vengar tu asesinato.

—Pobre Mike. Apuesto a que se ha enfadado.

—Me aborrece por completo —dijo Edward jovialmente.

—No lo puedes saber —disentí, pero de repente me pregunté si a lo mejor sí que podía.

—Vi su rostro... Te lo aseguro.

— ¿Cómo es que me viste? Creí que te habías ido.

Ya me encontraba prácticamente recuperada. Las náuseas se hubieran pasado con mayor rapidez de haber comido
algo durante el almuerzo, aunque, por otra parte, tal vez era afortunada por haber tenido el estómago vacío.

—Estaba en mi coche escuchando un CD.

Aquella respuesta tan sencilla me sorprendió. Oí la puerta y abrí los ojos para ver a la enfermera con una compresa
fría en la mano.

—Aquí tienes, cariño —la colocó sobre mi frente y añadió—: Tienes mejor aspecto.

—Creo que ya estoy bien —dije mientras me incorporaba lentamente.


Me pitaban un poco los oídos, pero no tenía mareos. Las paredes de color menta no daban vueltas.

Pude ver que me iba a obligar a acostarme de nuevo, pero en ese preciso momento la puerta se abrió y la señora
Cope se golpeó la cabeza contra la misma.

—Ahí viene otro —avisó.

Me bajé de un salto para dejar libre el camastro para el siguiente inválido. Devolví la compresa a la enfermera.

—Tome, ya no la necesito.

Entonces, Mike cruzó la puerta tambaleándose. Ahora sostenía a Lee Stephens, otro chico de nuestra clase de
Biología, que tenía el rostro amarillento. Edward y yo retrocedimos hacia la pared para hacerles sitio.

—Oh, no —murmuró Edward—. Vamonos fuera de aquí, Bella.

Aturdida, le busqué con la mirada.

—Confía en mí... Vamos.

Di media vuelta y me aferré a la puerta antes de que se cerrara para salir disparada de la enfermería. Sentí que
Edward me seguía.

—Por una vez me has hecho caso.

Estaba sorprendido.

—Olí la sangre —le dije, arrugando la nariz. Lee no se ha puesto malo por ver la sangre de otros, como yo.

—La gente no puede oler la sangre —me contradijo.

—Bueno, yo sí. Eso es lo que me pone mala. Huele a óxido... y a sal.

Se me quedó mirando con una expresión insondable.

— ¿Qué? —le pregunté.

—No es nada.

Entonces, Mike cruzó la puerta, sus ojos iban de Edward a mí. La mirada que le dedicó a Edward me confirmó lo
que éste me había dicho, que Mike lo aborrecía. Volvió a mirarme con gesto malhumorado.

—Tienes mejor aspecto —me acusó.

—Ocúpate de tus asuntos —volví a avisarle.

—Ya no sangra nadie más —murmuró—. ¿Vas a volver a clase?

— ¿Bromeas? Tendría que dar media vuelta y volver aquí.

—Sí, supongo que sí. ¿Vas a venir este fin de semana a la playa?

Mientras hablaba, lanzó otra mirada fugaz hacia Edward, que se apoyaba con gesto ausente contra el desordenado
mostrador, inmóvil como una estatua. Intenté que pareciera lo más amigable posible:

—Claro. Te dije que iría.

—Nos reuniremos en la tienda de mi padre a las diez.

Su mirada se posó en Edward otra vez, preguntándose si no estaría dando demasiada información. Su lenguaje
corporal evidenciaba que no era una invitación abierta.

—Allí estaré —prometí.

—Entonces, te veré en clase de gimnasia —dijo, dirigiéndose con inseguridad hacia la puerta.

—Hasta la vista —repliqué.

Me miró una vez más con la contrariedad escrita en su rostro redondeado y se encorvó mientras cruzaba lentamente
la puerta. Me invadió una oleada de compasión. Sopesé el hecho de ver su rostro desencantado otra vez en clase de
Educación física.

—Gimnasia —gemí.

—Puedo hacerme cargo de eso —no me había percatado de que Edward se había acercado, pero me habló al oído—.
Ve a sentarte e intenta parecer paliducha —murmuró.

Esto no suponía un gran cambio. Siempre estaba pálida, y mi reciente desmayo había dejado una ligera capa de
sudor sobre mi rostro. Me senté en una de las crujientes sillas plegables acolchadas y descansé la cabeza contra la
pared con los ojos cerrados. Los desmayos siempre me dejaban agotada.

Oí a Edward hablar con voz suave en el mostrador.

— ¿Señora Cope?

— ¿Sí?

No la había oído regresar a su mesa.

—Bella tiene gimnasia la próxima hora y creo que no se encuentra del todo bien. ¿Cree que podría dispensarla de
asistir a esa clase? —su voz era aterciopelada. Pude imaginar lo convincentes que estaban resultando sus ojos.

—Edward —dijo la señora Cope sin dejar de ir y venir. ¿Por qué no era yo capaz de hacer lo mismo?—, ¿necesitas
también que te dispense a ti?

—No. Tengo clase con la señora Goff. A ella no le importará.

—De acuerdo, no te preocupes de nada. Que te mejores, Bella —me deseó en voz alta. Asentí débilmente con la
cabeza, sobreactuando un poquito.

— ¿Puedes caminar o quieres que te lleve en brazos otra vez?


De espaldas a la recepcionista, su expresión se tornó sarcástica.

—Caminaré.

Me levanté con cuidado, seguía sintiéndome bien. Mantuvo la puerta abierta para mí, con la amabilidad en los labios
y la burla en los ojos. Salí hacia la fría llovizna que empezaba a caer. Agradecí que se llevara el sudor pegajoso de
mi rostro. Era la primera vez que disfrutaba de la perenne humedad que emanaba del cielo.

—Gracias —le dije cuando me siguió—. Merecía la pena seguir enferma para perderse la clase de gimnasia.

—Sin duda.

Me miró directamente, con los ojos entornados bajo la lluvia.

—De modo que vas a ir... Este sábado, quiero decir.

Esperaba que él viniera, aunque parecía improbable. No me lo imaginaba poniéndose de acuerdo con el resto de los
chicos del instituto para ir en coche a algún sitio. No pertenecía al mismo mundo, pero la sola esperanza de que
pudiera suceder me dio la primera punzada de entusiasmo que había sentido por ir a la excursión.

— ¿Adonde vais a ir exactamente? —seguía mirando al frente, inexpresivo.

—A La Push, al puerto.

Estudié su rostro, intentando leer en el mismo. Sus ojos parecieron entrecerrarse un poco más. Me lanzó una mirada
con el rabillo del ojo y sonrió secamente.

—En verdad, no creo que me hayan invitado.

Suspiré.

—Acabo de invitarte.

—No avasallemos más entre los dos al pobre Mike esta semana, no sea que se vaya a romper.

Sus ojos centellearon. Disfrutaba de la idea más de lo normal.

—El blandengue de Mike... —murmuré, preocupada por la forma en que había dicho «entre los dos». Me gustaba
más de lo conveniente.

Ahora estábamos cerca del aparcamiento. Me desvié a la izquierda, hacia el monovolumen. Algo me agarró de la
cazadora y me hizo retroceder.

— ¿Adonde te crees que vas? —preguntó ofendido.

Edward me aferraba de la misma con una sola mano. Estaba perpleja.

—Me voy a casa.

— ¿Acaso no me has oído decir que te iba a dejar a salvo en casa? ¿Crees que te voy a permitir que conduzcas en tu
estado?

— ¿En qué estado? ¿Y qué va a pasar con mi coche? ——me quejé.

—Se lo tendré que dejar a Alice después de la escuela.

Me arrastró de la ropa hacia su coche. Todo lo que podía hacer era intentar no caerme, aunque, de todos modos, lo
más probable es que me sujetara si perdía el equilibrio.

— ¡Déjame! —insistí.

Me ignoró. Anduve haciendo eses sobre las aceras empapadas hasta llegar a su Volvo. Entonces, me soltó al fin. Me
tropecé contra la puerta del copiloto.

— ¡Eres tan insistente!—refunfuñé.

—Está abierto —se limitó a responder. Entró en el coche por el lado del conductor.

—Soy perfectamente capaz de conducir hasta casa.

Permanecí junto al Volvo echando chispas. Ahora llovía con más fuerza y el pelo goteaba sobre mi espalda al no
haberme puesto la capucha. Bajó el cristal de la ventanilla automática y se inclinó sobre el asiento del copiloto:

—Entra, Bella.

No le respondí. Estaba calculando las oportunidades que tenía de alcanzar el monovolumen antes de que él me
atrapara, y tenía que admitir que no eran demasiadas.

—Te arrastraría de vuelta aquí —me amenazó, adivinando mi plan.

Intenté mantener toda la dignidad que me fue posible al entrar en el Volvo. No tuve mucho éxito. Parecía un gato
empapado y las botas crujían continuamente.

—Esto es totalmente innecesario —dije secamente.

No me respondió. Manipuló los mandos, subió la calefacción y bajó la música. Cuando salió del aparcamiento, me
preparaba para castigarle con mi silencio —poniendo un mohín de total enfado—, pero entonces reconocí la música
que sonaba y la curiosidad prevaleció sobre la intención.

— ¿Claro de luna?—pregunté sorprendida.

— ¿Conoces a Debussy? —él también parecía estar sorprendido.

—No mucho —admití—. Mi madre pone mucha música clásica en casa, pero sólo conozco a mis favoritos.

—También es uno de mis favoritos.

Siguió mirando al frente, a través de la lluvia, sumido en sus pensamientos.


Escuché la música mientras me relajaba contra la suave tapicería de cuero gris. Era imposible no reaccionar ante la
conocida y relajante melodía. La lluvia emborronaba todo el paisaje más allá de la ventanilla hasta convertirlo en
una mancha de tonalidades grises y verdes. Comencé a darme cuenta de lo rápido que íbamos, pero, no obstante, el
coche se movía con tal firmeza y estabilidad que no notaba la velocidad, salvo por lo deprisa que dejábamos atrás el
pueblo.

— ¿Cómo es tu madre? —me preguntó de repente.

Lo miré de refilón, con curiosidad.

—Se parece mucho a mí, pero es más guapa —respondí. Alzó las cejas—; he heredado muchos rasgos de Charlie.
Es más sociable y atrevida que yo. También es irresponsable y un poco excéntrica, y una cocinera impredecible. Es
mi mejor amiga —me callé. Hablar de ella me había deprimido.

—Bella, ¿cuántos años tienes?

Por alguna razón que no conseguía comprender, la voz de Edward contenía un tono de frustración. Detuvo el coche
y entonces comprendí que habíamos llegado ya a la casa de Charlie. Llovía con tanta fuerza que apenas conseguía
ver la vivienda. Parecía que el coche estuviera en el lecho de un río.

—Diecisiete —respondí un poco confusa.

—No los aparentas —dijo con un tono de reproche que me hizo reír.

— ¿Qué pasa? —inquirió, curioso de nuevo.

—Mi madre siempre dice que nací con treinta y cinco años y que cada año me vuelvo más madura —me reí y luego
suspiré—. En fin, una de las dos debía ser adulta —me callé durante un segundo—. Tampoco tú te pareces mucho a
un adolescente de instituto.

Torció el gesto y cambió de tema.

—En ese caso, ¿por qué se casó tu madre con Phil?

Me sorprendió que recordara el nombre. Sólo lo había mencionado una vez hacía dos meses. Necesité unos
momentos para responder.

—Mi madre tiene... un espíritu muy joven para su edad. Creo que Phil hace que se sienta aún más joven. En
cualquier caso, ella está loca por él —sacudí la cabeza. Aquella atracción suponía un misterio para mí.

— ¿Lo apruebas?

— ¿Importa? —le repliqué—. Quiero que sea feliz, y Phil es lo que ella quiere.

—Eso es muy generoso por tu parte... Me pregunto... —murmuró, reflexivo.

— ¿El qué?

— ¿Tendría ella esa misma cortesía contigo, sin importarle tu elección?

De repente, prestaba una gran atención. Nuestras miradas se encontraron.

—E—eso c—creo —tartamudeé—, pero, después de todo, ella es la madre. Es un poquito diferente.

—Entonces, nadie que asuste demasiado —se burló.

Le respondí con una gran sonrisa.

— ¿A qué te refieres con que asuste demasiado? ¿Múltiples piercings en el rostro y grandes tatuajes?

—Supongo que ésa es una posible definición.

— ¿Cuál es la tuya?

Pero ignoró mi pregunta y respondió con otra.

— ¿Crees que puedo asustar?

Enarcó una ceja. El tenue rastro de una sonrisa iluminó su rostro.

—Eh... Creo que puedes hacerlo si te lo propones.

— ¿Te doy miedo ahora?

La sonrisa desapareció del rostro de Edward y su rostro divino se puso repentinamente serio, pero yo respondí
rápidamente—

—No.

La sonrisa reapareció.

—Bueno, ¿vas a contarme algo de tu familia? —pregunté para distraerle—. Debe de ser una historia mucho más
interesante que la mía.

Se puso en guardia de inmediato.

— ¿Qué es lo que quieres saber?

— ¿Te adoptaron los Cullen? —pregunté para comprobar el hecho.

—Sí.

Vacilé unos momentos. — ¿Qué les ocurrió a tu padres?

—Murieron hace muchos años —contestó con toda naturalidad.

—Lo siento —murmuré.

—En realidad, los recuerdo de forma confusa. Carlisle y Esme llevan siendo mis padres desde hace mucho tiempo.

—Y tú los quieres —no era una pregunta. Resultaba obvio por el modo en que hablaba de ellos.


—Sí —sonrió—. No puedo concebir a dos personas mejores que ellos.

—Eres muy afortunado.

—Sé que lo soy.

— ¿Y tu hermano y tu hermana? Lanzó una mirada al reloj del salpicadero.

—A propósito, mi hermano, mi hermana, así como Jasper y Rosalie se van a disgustar bastante si tienen que
esperarme bajo la lluvia.

—Oh, lo siento. Supongo que debes irte.

Yo no quería salir del coche.

—Y tú probablemente quieres recuperar el coche antes de que el jefe de policía Swan vuelva a casa para no tener
que contarle el incidente de Biología.

Me sonrió.

—Estoy segura de que ya se ha enterado. En Forks no existen los secretos —suspiré.

Rompió a reír.

—Diviértete en la playa... Que tengáis buen tiempo para tomar el sol —me deseó mientras miraba las cortinas de
lluvia.

— ¿No te voy a ver mañana?

—No. Emmett y yo vamos a adelantar el fin de semana.

— ¿Qué es lo que vais a hacer?

Una amiga puede preguntar ese tipo de cosas, ¿no? Esperaba que mi voz no dejara traslucir el desencanto.

—Nos vamos de excursión al bosque de Goat Rocks, al sur del monte Rainier.

—Ah, vaya, diviértete —intenté simular entusiasmo, aunque dudo que lo lograse. Una sonrisa curvó las comisuras
de sus labios. Se giró para mirarme de frente, empleando todo el poder de sus ardientes ojos dorados.

— ¿Querrías hacer algo por mí este fin de semana?

Asentí desvalida.

—No te ofendas, pero pareces ser una de esas personas que atraen los accidentes como un imán. Así que..., intenta
no caerte al océano, dejar que te atropellen, ni nada por el estilo... ¿De acuerdo?

Esbozó una sonrisa malévola. Mi desvalimiento desapareció mientras hablaba. Le miré fijamente.

—Veré qué puedo hacer —contesté bruscamente, mientras salía del volvo bajo la lluvia de un salto. Cerré la puerta
de un portazo. Edward aún seguía sonriendo cuando se alejó al volante de su coche.

CUENTOS DE MIEDO



En realidad, cuando me senté en mi habitación e intenté concentrarme en la lectura del tercer acto de Macbeth,
estaba atenta a ver si oía el motor de mi coche. Pensaba que podría escuchar el rugido del motor por encima del
tamborileo de la lluvia, pero, cuando aparté la cortina para mirar de nuevo, apareció allí de repente.

No esperaba el viernes con especial interés, sólo consistía en reasumir mi vida sin expectativas. Hubo unos pocos
comentarios, por supuesto. Jessica parecía tener un interés especial por comentar el tema, pero, por fortuna, Mike
había mantenido el pico cerrado y nadie parecía saber nada de la participación de Edward. No obstante, Jessica me
formuló un montón de preguntas acerca de mi almuerzo y en clase de Trigonometría me dijo:

— ¿Qué quería ayer Edward Cullen?

—No lo sé —respondí con sinceridad—. En realidad, no fue al grano.

—Parecías como enfadada —comentó a ver si me sonsacaba algo.

— ¿Sí? — mantuve el rostro inexpresivo.

—Ya sabes, nunca antes le había visto sentarse con nadie que no fuera su familia. Era extraño.

—Extraño en verdad —coincidí.

Parecía asombrada. Se alisó sus rizos oscuros con impaciencia. Supuse que esperaba escuchar cualquier cosa que le
pareciera una buena historia que contar.

Lo peor del viernes fue que, a pesar de saber que él no iba a estar presente, aún albergaba esperanzas. Cuando entré
en la cafetería en compañía de Jessica y Mike, no pude evitar mirar la mesa en la que Rosalie, Alice y Jasper se
sentaban a hablar con las cabezas juntas. No pude contener la melancolía que me abrumó al comprender que no
sabía cuánto tiempo tendría que esperar antes de volverlo a ver.

En mi mesa de siempre no hacían más que hablar de los planes para el día siguiente. Mike volvía a estar animado,
depositaba mucha fe en el hombre del tiempo, que vaticinaba sol para el sábado. Tenía que verlo para creerlo, pero
hoy hacía más calor, casi doce grados. Puede que la excursión no fuera del todo espantosa.

Intercepté unas cuantas miradas poco amistosas por parte de Lauren durante el almuerzo, hecho que no comprendí
hasta que salimos juntas del comedor. Estaba justo detrás de ella, a un solo pie de su pelo rubio, lacio y brillante, y
no se dio cuenta, desde luego, cuando oí que le murmuraba a Mike:

—No sé por qué Bella —sonrió con desprecio al pronunciar mi nombre— no se sienta con los Cullen de ahora en
adelante.


Hasta ese momento no me había percatado de la voz tan nasal y estridente que tenía, y me sorprendió la malicia que
destilaba. En realidad, no la conocía muy bien; sin duda, no lo suficiente para que me detestara..., o eso había
pensado.

—Es mi amiga, se sienta con nosotros —le replicó en susurros Mike, con mucha lealtad, pero también de forma un
poquito posesiva. Me detuve para permitir que Jessica y Angela me adelantaran. No quería oír nada más.

Durante la cena de aquella noche, Charlie parecía entusiasmado por mi viaje a La Push del día siguiente. Sospecho
que se sentía culpable por dejarme sola en casa los fines de semana, pero había pasado demasiados años forjando
unos hábitos para romperlos ahora. Conocía los nombres de todos los chicos que iban, por supuesto, y los de sus
padres y, probablemente, también los de sus tatarabuelos. Parecía aprobar la excursión. Me pregunté si aprobaría mi
plan de ir en coche a Seattle con Edward Cullen. Tampoco se lo iba a decir.

—Papá —pregunté como por casualidad—, ¿conoces un lugar llamado Goat Rocks, o algo parecido? Creo que está
al sur del monte Rainier.

—Sí... ¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Algunos chicos comentaron la posibilidad de acampar allí.

—No es buen lugar para acampar —parecía sorprendido—. Hay demasiados osos. La mayoría de la gente acude allí
durante la temporada de caza.

—Oh —murmuré—, tal vez haya entendido mal el nombre.

Pretendía dormir hasta tarde, pero un insólito brillo me despertó. Abrí los ojos y vi entrar a chorros por la ventana
una límpida luz amarilla. No me lo podía creer. Me apresuré a ir a la ventana para comprobarlo, y efectivamente,
allí estaba el sol. Ocupaba un lugar equivocado en el cielo, demasiado bajo, y no parecía tan cercano como de
costumbre, pero era el sol, sin duda. Las nubes se congregaban en el horizonte, pero en el medio del cielo se veía
una gran área azul. Me demoré en la ventana todo lo que pude, temerosa de que el azul del cielo volviera a
desaparecer en cuanto me fuera.

La tienda de artículos deportivos olímpicos de Newton se situaba al extremo norte del pueblo. La había visto con
anterioridad, pero nunca me había detenido allí al no necesitar ningún artículo para estar al aire libre durante mucho
tiempo. En el aparcamiento reconocí el Suburban de Mike y el Sentra de Tyler. Vi al grupo alrededor de la parte
delantera del Suburban mientras aparcaba junto a ambos vehículos. Eric estaba allí en compañía de otros dos chicos
con los que compartía clases; estaba casi segura de que se llamaban Ben y Conner. Jess también estaba, flanqueada
por Angela y Lauren. Las acompañaban otras tres chicas, incluyendo una a la que recordaba haberle caído encima
durante la clase de gimnasia del viernes. Esta me dirigió una mirada asesina cuando bajé del coche, y le susurró algo
a Lauren, que se sacudió la dorada melena y me miró con desdén.

De modo que aquél iba a ser uno de esos días.

Al menos Mike se alegraba de verme.

— ¡Has venido! —gritó encantado—. ¿No te dije que hoy iba a ser un día soleado?

—Y yo te dije que iba a venir —le recordé.

—Sólo nos queda esperar a Lee y a Samantha, a menos que tú hayas invitado a alguien —agregó.

—No —mentí con desenvoltura mientras esperaba que no me descubriera y deseando al mismo tiempo que
ocurriese un milagro y apareciera Edward.

Mike pareció satisfecho.

— ¿Montarás en mi coche? Es eso o la minifurgoneta de la madre de Lee.

—Claro.

Sonrió gozoso. ¡Qué fácil era hacer feliz a Mike!

—Podrás sentarte junto a la ventanilla —me prometió. Oculté mi mortificación. No resultaba tan sencillo hacer
felices a Mike y a Jessica al mismo tiempo. Ya la veía mirándonos ceñuda.

No obstante, el número jugaba a mi favor. Lee trajo a otras dos personas más y de repente se necesitaron todos los
asientos. Me las arreglé para situar a Jessica en el asiento delantero del Suburban, entre Mike y yo. Mike podía
haberse comportado con más elegancia, pero al menos Jess parecía aplacada.

Entre La Push y Forks había menos de veinticinco kilómetros de densos y vistosos bosques verdes que bordeaban la
carretera. Debajo de los mismos serpenteaba el caudaloso río Quillayute. Me alegré de tener el asiento de la
ventanilla. Giré la manivela para bajar el cristal —el Suburban resultaba un poco claustrofóbico con nueve personas
dentro— e intenté absorber tanta luz solar como me fue posible.

Había visto las playas que rodeaban La Push muchas veces durante mis vacaciones en Forks con Charlie, por lo que
ya me había familiarizado con la playa en forma de media luna de más de kilómetro y medio de First Beach. Seguía
siendo impresionante. El agua de un color gris oscuro, incluso cuando la bañaba la luz del sol, aparecería coronada
de espuma blanca mientras se mecía pesadamente hacia la rocosa orilla gris. Las paredes de los escarpados
acantilados de las islas se alzaban sobre las aguas del malecón metálico. Estos alcanzaban alturas desiguales y
estaban coronados por austeros abetos que se elevaban hacia el cielo. La playa sólo tenía una estrecha franja de


auténtica arena al borde del agua, detrás de la cual se acumulaban miles y miles de rocas grandes y lisas que, a lo
lejos, parecían de un gris uniforme, pero de cerca tenían todos los matices posibles de una piedra: terracota,
verdemar, lavanda, celeste grisáceo, dorado mate. La marca que dejaba la marea en la playa estaba sembrada de
árboles de color ahuesado —a causa de la salinidad marina— arrojados a la costa por las olas.

Una fuerte brisa soplaba desde el mar, frío y salado. Los pelícanos flotaban sobre las ondulaciones de la marea
mientras las gaviotas y un águila solitaria las sobrevolaban en círculos. Las nubes seguían trazando un círculo en el
firmamento, amenazando con invadirlo de un momento a otro, pero, por ahora, el sol seguía brillando espléndido
con su halo luminoso en el azul del cielo.

Elegimos un camino para bajar a la playa. Mike nos condujo hacia un círculo de lefios arrojados a la playa por la
marea. Era obvio que los habían utilizado antes para acampadas como la nuestra. En el lugar ya se veía el redondel
de una fogata cubierto con cenizas negras. Eric y el chico que, según creía, se llamaba Ben recogieron ramas rotas
de los montones más secos que se apilaban al borde del bosque, y pronto tuvimos una fogata con forma de tipi
encima de los viejos rescoldos.

— ¿Has visto alguna vez una fogata de madera varada en la playa? —me preguntó Mike.

Me sentaba en un banco de color blanquecino. En el otro extremo se congregaban las demás chicas, que
chismorreaban animadamente. Mike se arrodilló junto a la hoguera y encendió una rama pequeña con un mechero.

—No —reconocí mientras él lanzaba con precaución la rama en llamas contra el tipi.

—Entonces, te va a gustar... Observa los colores.

Prendió otra ramita y la depositó junto a la primera. Las llamas comenzaron a lamer con rapidez la lefia seca.

— ¡Es azul! —exclamé sorprendida.

—Es a causa de la sal. ¿Precioso, verdad?

Encendió otra más y la colocó allí donde el fuego no había prendido y luego vino a sentarse a mi lado. Por fortuna,
Jessica estaba junto a él, al otro lado. Se volvió hacia Mike y reclamó su atención. Contemplé las fascinantes llamas
verdes y azules que chisporroteaban hacia el cielo.

Después de media hora de cháchara, algunos chicos quisieron dar una caminata hasta las marismas cercanas. Era un
dilema. Por una parte, me encantan las pozas que se forman durante la bajamar. Me han fascinado desde niña; era
una de las pocas cosas que me hacían ilusión cuando debía venir a Forks, pero, por otra, también me caía dentro un
montón de veces. No es un buen trago cuando se tiene siete años y estás con tu padre. Eso me recordó la petición de
Edward, de que no me cayera al mar.

Lauren fue quien decidió por mí. No quería caminar, ya que calzaba unos zapatos nada adecuados para hacerlo. La
mayoría de las otras chicas, incluidas Jessica y Angela, decidieron quedarse también en la playa. Esperé a que Tyler
y Eric se hubieran comprometido a acompañarlas antes de levantarme con sigilo para unirme al grupo de
caminantes. Mike me dedicó una enorme sonrisa cuando vio que también iba.

La caminata no fue demasiado larga, aunque me fastidiaba perder de vista el cielo al entrar en el bosque. La luz
verde de éste difícilmente podía encajar con las risas juveniles, era demasiado oscuro y aterrador para estar en
armonía con las pequeñas bromas que se gastaban a mí alrededor. Debía vigilar cada paso que daba con sumo
cuidado para evitar las raíces del suelo y las ramas que había sobre mi cabeza, por lo que no tardé en rezagarme. Al
final me adentré en los confines esmeraldas de la foresta y encontré de nuevo la rocosa orilla. Había bajado la marea
y un río fluía a nuestro lado de camino hacia el mar. A lo largo de sus orillas sembradas de guijarros había pozas
poco profundas que jamás se secaban del todo. Eran un hervidero de vida.

Tuve buen cuidado de no inclinarme demasiado sobre aquellas lagunas naturales. Los otros fueron más intrépidos,
brincaron sobre las rocas y se encaramaron a los bordes de forma precaria. Localicé una piedra de apariencia
bastante estable en los aledaños de una de las lagunas más grandes y me senté con cautela, fascinada por el acuario
natural que había a mis pies. Ramilletes de brillantes anémonas se ondulaban sin cesar al compás de la corriente
invisible. Conchas en espiral rodaban sobre los repliegues en cuyo interior se ocultaban los cangrejos. Una estrella
de mar inmóvil se aferraba a las rocas, mientras una rezagada anguila pequeña de estrías blancas zigzagueaba entre
los relucientes juncos verdes a la espera de la pleamar. Me quedé completamente absorta, a excepción de una
pequeña parte de mi mente, que se preguntaba qué estaría haciendo ahora Edward e intentaba imaginar lo que diría
de estar aquí conmigo.

Finalmente, los muchachos sintieron apetito y me levanté con rigidez para seguirlos de vuelta a la playa. En esta
ocasión intenté seguirles el ritmo a través del bosque, por lo que me caí unas cuantas veces, cómo no. Me hice
algunos rasguños poco profundos en las palmas de las manos, y las rodillas de mis vaqueros se riñeron de verdín,
pero podía haber sido peor.

Cuando regresamos a First Beach, el grupo que habíamos dejado se había multiplicado. Al acercarnos pude ver el
lacio y reluciente pelo negro y la piel cobriza de los recién llegados, unos adolescentes de la reserva que habían
acudido para hacer un poco de vida social.

La comida ya había empezado a repartirse, y los chicos se apresuraron para pedir que la compartieran mientras Eric
nos presentaba al entrar en el círculo de la fogata. Angela y yo fuimos las últimas en llegar y me di cuenta de que el


más joven de los recién llegados, sentado sobre las piedras cerca del fuego, alzó la vista para mirarme con interés
cuando Eric pronunció nuestros nombres. Me senté junto a Angela, y Mike nos trajo unos sandwiches y una
selección de refrescos para que eligiéramos mientras el chico que tenía aspecto de ser el mayor de los visitantes
pronunciaba los nombres de los otros siete jóvenes que lo acompañaban. Todo lo que pude comprender es que una
de las chicas también se llamaba Jessica y que el muchacho cuya atención había despertado respondía al nombre de
Jacob.

Resultaba relajante sentarse con Angela, era una de esas personas sosegadas que no sentían la necesidad de llenar
todos los silencios con cotorreos. Me dejó cavilar tranquilamente sin molestarme mientras comíamos. Pensaba de
qué forma tan deshilvanada transcurría el tiempo en Forks; a veces pasaba como en una nebulosa, con unas
imágenes únicas que sobresalían con mayor claridad que el resto, mientras que en otras ocasiones cada segundo era
relevante y se grababa en mi mente. Sabía con exactitud qué causaba la diferencia y eso me perturbaba.

Las nubes comenzaron a avanzar durante el almuerzo. Se deslizaban por el cielo azul y ocultaban de forma fugaz y
momentánea el sol, proyectando sombras alargadas sobre la playa y oscureciendo las olas. Los chicos comenzaron a
alejarse en duetos y tríos cuando terminaron de comer. Algunos descendieron hasta el borde del mar para jugar a la
cabrilla lanzando piedras sobre la superficie agitada del mismo. Otros se congregaron para efectuar una segunda
expedición a las pozas. Mike, con Jessica convertida en su sombra, encabezó otra a la tienda de la aldea. Algunos de
los nativos los acompañaron y otros se fueron a pasear. Para cuando se hubieron dispersado todos, me había
quedado sentada sola sobre un leño, con Lauren y Tyler muy ocupados con un reproductor de CD que alguien había
tenido la ocurrencia de traer, y tres adolescentes de la reserva situados alrededor del fuego, incluyendo al jovencito
llamado Jacob y al más adulto, el que había actuado de portavoz.

A los pocos minutos, Angela se fue con los paseantes y Jacob acudió andando despacio para sentarse en el sitio libre
que aquélla había dejado a mi lado. A juzgar por su aspecto debería tener catorce, tal vez quince años. Llevaba el
brillante pelo largo recogido con una goma elástica en la nuca. Tenía una preciosa piel sedosa de color rojizo y ojos
oscuros sobre los pómulos pronunciados. Aún quedaba un ápice de la redondez de la infancia alrededor de su
mentón. En suma, tenía un rostro muy bonito. Sin embargo, sus primeras palabras estropearon aquella impresión
positiva.

—Tú eres Isabella Swan, ¿verdad?

Aquello era como empezar otra vez el primer día del instituto.

—Bella —dije con un suspiro.

—Me llamo Jacob Black —me tendió la mano con gesto amistoso—. Tú compraste el coche de mi papá.

—Oh—dije aliviada mientras le estrechaba la suave mano—. Eres el hijo de Billy. Probablemente debería
acordarme de ti.

—No, soy el benjamín... Deberías acordarte de mis hermanas mayores.

—Rachel y Rebecca —recordé de pronto.

Charlie y Billy nos habían abandonado juntas muchas veces para mantenernos ocupadas mientras pescaban. Todas
éramos demasiado tímidas para hacer muchos progresos como amigas. Por supuesto, había montado las suficientes
rabietas para terminar con las excursiones de pesca cuando tuve once años.

— ¿Han venido? —inquirí mientras examinaba a las chicas que estaban al borde del mar preguntándome si sería
capaz; de reconocerlas ahora.

—No —Jacob negó con la cabeza—. Rachel tiene una beca del Estado de Washington y Rebecca se casó con un
surfista samoano. Ahora vive en Hawai.

— ¿Está casada? Vaya —estaba atónita. Las gemelas apenas tenían un año más que yo.

— ¿Qué tal te funciona el monovolumen? —preguntó.

—Me encanta, y va muy bien.

—Sí, pero es muy lento —se rió—. Respiré aliviado cuando Charlie lo compró. Papá no me hubiera dejado ponerme
a trabajar en la construcción de otro coche mientras tuviéramos uno en perfectas condiciones.

—No es tan lento —objeté.

— ¿Has intentado pasar de sesenta?

—No.

—Bien. No lo hagas.

Esbozó una amplia sonrisa y no pude evitar devolvérsela.

—Eso lo mejora en caso de accidente —alegué en defensa de mi automóvil.

—Dudo que un tanque pudiera con ese viejo dinosaurio —admitió entre risas.

—Así que fabricas coches... —comenté, impresionada.

—Cuando dispongo de tiempo libre y de piezas. ¿No sabrás por un casual dónde puedo adquirir un cilindro maestro
para un Volkswagen Rabbit del ochenta y seis? —añadió jocosamente. Tenía una voz amable y ronca.

—Lo siento —me eché a reír—. No he visto ninguno últimamente, pero estaré ojo avizor para avisarte.


Como si yo supiera qué era eso. Era muy fácil conversar con él. Exhibió una sonrisa radiante y me contempló en
señal de apreciación, de una forma que había aprendido a reconocer. No fui la única que se dio cuenta.

— ¿Conoces a Bella, Jacob? —preguntó Lauren desde el otro lado del fuego con un tono que yo imaginé como
insolente.

—En cierto modo, hemos sabido el uno del otro desde que nací —contestó entre risas, y volvió a sonreírme.

— ¡Qué bien!

No parecía que fuera eso lo que pensara, y entrecerró sus pálidos ojos de besugo.

—Bella —me llamó de nuevo mientras estudiaba con atención mi rostro—, le estaba diciendo a Tyler que es una
pena que ninguno de los Cullen haya venido hoy. ¿Nadie se ha acordado de invitarlos?

Su expresión preocupada no era demasiado convincente.

— ¿Te refieres a la familia del doctor Carlisle Cullen? —preguntó el mayor de los chicos de la reserva antes de que
yo pudiera responder, para gran irritación de Lauren. En realidad, tenía más de hombre que de niño y su voz era
muy grave.

—Sí, ¿los conoces? —preguntó con gesto condescendiente, volviéndose en parte hacia él.

—Los Cullen no vienen aquí —respondió en un tono que daba el tema por zanjado e ignorando la pregunta de
Lauren.

Tyler le preguntó a Lauren qué le parecía el CD que sostenía en un intento de recuperar su atención. Ella se distrajo.

Contemplé al desconcertante joven de voz profunda, pero él miraba a lo lejos, hacia el bosque umbrío que teníamos
detrás de nosotros. Había dicho que los Cullen no venían aquí, pero el tono empleado dejaba entrever algo más, que
no se les permitía, que lo tenían prohibido. Su actitud me causó una extraña impresión que intenté ignorar sin éxito.
Jacob interrumpió el hilo de mis cavilaciones.

— ¿Aún te sigue volviendo loca Forks?

—Bueno, yo diría que eso es un eufemismo —hice una mueca y él sonrió con comprensión.

Le seguía dando vueltas al breve comentario sobre los Cullen y de repente tuve una inspiración. Era un plan
estúpido, pero no se me ocurría nada mejor. Albergaba la esperanza de que el joven Jacob aún fuera inexperto con
las chicas, por lo que no vería lo penoso de mis intentos de flirteo.

— ¿Quieres bajar a dar un paseo por la playa conmigo? —le pregunté mientras intentaba imitar la forma en que
Edward me miraba a través de los párpados. No iba a causar el mismo efecto, estaba segura, pero Jacob se incorporó
de un salto con bastante predisposición.

Las nubes terminaron por cerrar filas en el cielo, oscureciendo las aguas del océano y haciendo descender la
temperatura, mientras nos dirigíamos hacia el norte entre rocas de múltiples tonalidades, en dirección al espigón de
madera. Metí las manos en los bolsillos de mi chaquetón.

—De modo que tienes... ¿dieciséis años? —le pregunté al tiempo que intentaba no parecer una idiota cuando
parpadeé como había visto hacer a las chicas en la televisión.

—Acabo de cumplir quince —confesó adulado.

— ¿De verdad? —mi rostro se llenó de una falsa expresión de sorpresa—. Hubiera jurado que eras mayor.

—Soy alto para mi edad —explicó.

— ¿Subes mucho a Forks? —pregunté con malicia, simulando esperar un sí por respuesta. Me vi como una tonta y
temí que, disgustado, se diera la vuelta tras acusarme de ser una farsante, pero aún parecía adulado.

—No demasiado —admitió con gesto de disgusto—, pero podré ir las veces que quiera en cuanto haya terminado el
coche. .. y tenga el carné —añadió.

— ¿Quién era ese otro chico con el que hablaba Lauren? Parecía un poco viejo para andar con nosotros —me incluí
a propósito entre los más jóvenes en un intento de dejarle claro que le prefería a él.

—Es Sam y tiene diecinueve años —me informó Jacob.

— ¿Qué era lo que decía sobre la familia del doctor? —pregunté con toda inocencia.

— ¿Los Cullen? Se supone que no se acercan a la reserva.

Desvió la mirada hacia la Isla de James mientras confirmaba lo que creía haber oído de labios de Sam.

— ¿Por qué no?

Me devolvió la mirada y se mordió el labio.

—Vaya. Se supone que no debo decir nada.

—Oh, no se lo voy a contar a nadie. Sólo siento curiosidad.

Probé a esbozar una sonrisa tentadora al tiempo que me preguntaba si no me estaba pasando un poco, aunque él me
devolvió la sonrisa y pareció tentado. Luego enarcó una ceja y su voz fue más ronca cuando me preguntó con tono
agorero:

¿—Te gustan las historias de miedo?

—Me encantan —repliqué con entusiasmo, esforzándome para engatusarlo.

Jacob paseó hasta un árbol cercano varado en la playa cuyas raíces sobresalían como las patas de una gran araña
blancuzca. Se apoyó levemente sobre una de las raíces retorcidas mientras me sentaba a sus pies, apoyándome sobre


el tronco. Contempló las rocas. Una sonrisa pendía de las comisuras de sus labios carnosos y supe que iba a intentar
hacerlo lo mejor que pudiera. Me esforcé para que se notara en mis ojos el vivo interés que yo sentía.

¿—Conoces alguna de nuestras leyendas ancestrales? —comenzó—. Me refiero a nuestro origen, el de los
quileutes.

—En realidad, no —admití.

—Bueno, existen muchas leyendas. Se afirma que algunas se remontan al Diluvio. Supuestamente, los antiguos
quileutes amarraron sus canoas a lo alto de los árboles más grandes de las montañas para sobrevivir, igual que Noé
y el arca —me sonrió para demostrarme el poco crédito que daba a esas historias—. Otra leyenda afirma que
descendemos de los lobos, y que éstos siguen siendo nuestros hermanos. La ley de la tribu prohíbe matarlos.

»Y luego están las historias sobre los fríos.

— ¿Los fríos? —pregunté sin esconder mi curiosidad.

—Sí. Las historias de los fríos son tan antiguas como las de los lobos, y algunas son mucho más recientes. De
acuerdo con la leyenda, mi propio tatarabuelo conoció a algunos de ellos. Fue él quien selló el trato que los
mantiene alejados de nuestras tierras.

Entornó los ojos.

— ¿Tu tatarabuelo? —le animé.

—Era el jefe de la tribu, como mi padre. Ya sabes, los fríos son los enemigos naturales de los lobos, bueno, no de
los lobos en realidad, sino de los lobos que se convierten en hombres, como nuestros ancestros. Tú los llamarías
licántropos.

— ¿Tienen enemigos los hombres lobo?

—Sólo uno.

Lo miré con avidez, confiando en hacer pasar mi impaciencia por admiración. Jacob prosiguió:

—Ya sabes, los fríos han sido tradicionalmente enemigos nuestros, pero el grupo que llegó a nuestro territorio en la
época de mi tatarabuelo era diferente. No cazaban como lo hacían los demás y no debían de ser un peligro para la
tribu, por lo que mi antepasado llegó a un acuerdo con ellos. No los delataríamos a los rostros pálidos si prometían
mantenerse lejos de nuestras tierras.

Me guiñó un ojo.

—Si no eran peligrosos, ¿por qué...? —intenté comprender al tiempo que me esforzaba por ocultarle lo seriamente
que me estaba tomando esta historia de fantasmas.

—Siempre existe un riesgo para los humanos que están cerca de los fríos, incluso si son civilizados como ocurría
con este clan —instiló un evidente tono de amenaza en su voz de forma deliberada—. Nunca se sabe cuándo van a
tener demasiada sed como para soportarla.

— ¿A qué te refieres con eso de «civilizados»?

—Sostienen que no cazan hombres. Supuestamente son capaces de sustituir a los animales como presas en lugar de
hombres.

Intenté conferir a mi voz un tono lo más casual posible.

— ¿Y cómo encajan los Cullen en todo esto? ¿Se parecen a los fríos que conoció tu tatarabuelo?

—No —hizo una pausa dramática—. Son los mismos.

Debió de creer que la expresión de mi rostro estaba provocada por el pánico causado por su historia. Sonrió
complacido y continuó:

—Ahora son más, otro macho y una hembra nueva, pero el resto son los mismos. La tribu ya conocía a su líder,
Carlisle, en tiempos de mi antepasado. Iba y venía por estas tierras incluso antes de que llegara tu gente.

Reprimió una sonrisa.

— ¿Y qué son? ¿Qué son los fríos?

Sonrió sombríamente.

—Bebedores de sangre —replicó con voz estremecedora—. Tu gente los llama vampiros.

Permanecí contemplando el mar encrespado, no muy segura de lo que reflejaba mi rostro.

—Se te ha puesto la carne de gallina —rió encantado.

—Eres un estupendo narrador de historias —le felicité sin apartar la vista del oleaje.

—El tema es un poco fantasioso, ¿no? Me pregunto por qué papá no quiere que hablemos con nadie del asunto.

Aún no lograba controlar la expresión del rostro lo suficiente como para mirarle.

—No te preocupes. No te voy a delatar.

—Supongo que acabo de violar el tratado —se rió.

—Me llevaré el secreto a la tumba —le prometí, y entonces me estremecí.

—En serio, no le digas nada a Charlie. Se puso hecho una furia con mi padre cuando descubrió que algunos de
nosotros no íbamos al hospital desde que el doctor Cullen comenzó a trabajar allí.

—No lo haré, por supuesto que no.


— ¿Qué? ¿Crees que somos un puñado de nativos supersticiosos? —preguntó con voz juguetona, pero con un deje
de precaución. Yo aún no había apartado los ojos del mar, por lo que me giré y le sonreí con la mayor normalidad
posible.

—No. Creo que eres muy bueno contando historias de miedo. Aún tengo los pelos de punta.

—Genial.

Sonrió. Entonces el entrechocar de los guijarros nos alertó de que alguien se acercaba. Giramos las cabezas al
mismo tiempo para ver a Mike y a Jessica caminando en nuestra dirección a unos cuarenta y cinco metros.

—Ah, estás ahí, Bella —gritó Mike aliviado mientras movía el brazo por encima de su cabeza.

— ¿Es ése tu novio? —preguntó Jacob, alertado por los celos de la voz de Mike. Me sorprendió que resultase tan
obvio.

—No, definitivamente no —susurré.

Le estaba tremendamente agradecida a Jacob y deseosa de hacerle lo más feliz posible. Le guiñé el ojo, girándome
de espaldas con cuidado antes de hacerlo. El sonrió, alborozado por mi torpe flirteo.

—Cuando tenga el carné... —comenzó.

—Tienes que venir a verme a Forks. Podríamos salir alguna vez —me sentí culpable al decir esto, sabiendo que lo
había utilizado, pero Jacob me gustaba de verdad. Era alguien de quien podía ser amiga con facilidad.

Mike llegó a nuestra altura, con Jessica aún a pocos pasos detrás. Vi cómo evaluaba a Jacob con la mirada y pareció
satisfecho ante su evidente juventud.

— ¿Dónde has estado? —me preguntó pese a tener la respuesta delante de él.

—Jacob me acaba de contar algunas historias locales —le dije voluntariamente—. Ha sido muy interesante.

Sonreí a Jacob con afecto y él me devolvió la sonrisa.

—Bueno —Mike hizo una pausa, reevaluando la situación al comprobar nuestra complicidad——. Estamos
recogiendo. Parece que pronto va a empezar a llover.

Todos alzamos la mirada al cielo encapotado. Sin duda, estaba a punto de llover.

—De acuerdo —me levanté de un salto—, voy.

—Ha sido un placer volver a verte —dijo Jacob, mofándose un poco de Mike.

—La verdad es que sí. La próxima vez que Charlie baje a ver a Billy, yo también vendré —prometí.

Su sonrisa se ensanchó.

—Eso sería estupendo.

—Y gracias —añadí de corazón.

Me calé la capucha en cuanto empezamos a andar con paso firme entre las rocas hacia el aparcamiento. Habían
comenzado a caer unas cuantas gotas, formando marcas oscuras sobre las rocas en las que impactaban. Cuando
llegamos al coche de Mike, los otros ya regresaban de vuelta, cargando con todo. Me deslicé al asiento trasero junto
a Angela y Tyler, anunciando que ya había gozado de mi turno junto a la ventanilla. Angela se limitó a mirar por la
ventana a la creciente tormenta y Lauren se removió en el asiento del centro para copar la atención de Tyler, por lo
que sólo pude reclinar la cabeza sobre el asiento, cerrar los ojos e intentar no pensar con todas mis fuerzas.