3 - El prodigio

Algo hab√≠a cambiado cuando abr√≠ los ojos por la ma√Īana.

Era la luz, algo más clara aunque siguiera teniendo el matiz gris verdoso propio de un día nublado en el bosque.
Comprendí que faltaba la niebla que solía envolver mi ventana.

Me levanté de la cama de un salto para mirar fuera y gemí de pavor.

Una fina capa de nieve cubría el césped y el techo de mi coche, y blanqueaba el camino, pero eso no era lo peor.
Toda la lluvia del d√≠a anterior se hab√≠a congelado, recubriendo las agujas de los pinos con dise√Īos fant√°sticos y
hermosísimos, pero convirtiendo la calzada en una superficie resbaladiza y mortífera. Ya me costaba mucho no
caerme cuando el suelo estaba seco; tal vez fuera m√°s seguro que volviera a la cama.

Charlie se había marchado al trabajo antes de que yo bajara las escaleras. En muchos sentidos, vivir con él era como
tener mi propia casa y me encontraba disfrutando de la soledad en lugar de sentirme sola.

Engullí un cuenco de cereales y bebí un poco de zumo de naranja a morro. La perspectiva de ir al instituto me
emocionaba, y me asustaba saber que la causa no era el estimulante entorno educativo que me aguardaba ni la
perspectiva de ver a mis nuevos amigos. Si no quer√≠a enga√Īarme, deb√≠a admitir que deseaba acudir al instituto para
ver a Edward Cullen, lo cual era una soberana tontería.

Después de que el día anterior balbuceara como una idiota y me pusiera en ridículo, debería evitarlo a toda costa.
Adem√°s, desconfiaba de √©l por haberme mentido sobre sus ojos. A√ļn me atemorizaba la hostilidad que emanaba de
su persona, todavía se me trababa la lengua cada vez que imaginaba su rostro perfecto. Era plenamente consciente
de que jugábamos en ligas diferentes, distantes. Por todo eso, no debería estar tan ansiosa por verle.

Necesité de toda mi concentración para caminar sin matarme por la acera cubierta de hielo en dirección a la
carretera; aun así, estuve a punto de perder el equilibro cuando al fin llegué al coche, pero conseguí agarrarme al
espejo y me salvé. Estaba claro, el día iba a ser una pesadilla.

Mientras conducía hacia la escuela, para distraerme de mi temor a sucumbir, a entregarme a especulaciones no
deseadas sobre Edward Cullen, pensé en Mike y en Eric, y en la evidente diferencia entre cómo me trataban los
adolescentes del pueblo y los de Phoenix. Tenía el mismo aspecto que en Phoenix, estaba segura. Tal vez sólo fuera
que esos chicos me hab√≠an visto pasar lentamente por las etapas menos agraciadas de la adolescencia y a√ļn
pensaban en mí de esa forma. O tal vez se debía a que era nueva en un lugar donde escaseaban las novedades.
Posiblemente, el hecho de que fuera terriblemente patosa aquí se consideraba como algo encantador en lugar de
patético, y me encasillaban en el papel de damisela en apuros. Fuera cual fuera la razón, me desconcertaba que
Mike se comportara como un perrito faldero y que Eric se hubiera convertido en su rival. Hubiera preferido pasar
desapercibida.

El monovolumen no parec√≠a tener ning√ļn problema en avanzar por la carretera cubierta de hielo ennegrecido, pero
aun así conducía muy despacio para no causar una escena de caos en Main Street.

Cuando llegué al instituto y salí del coche, vi el motivo por el que no había tenido percances. Un objeto plateado me
llamó la atención y me dirigí a la parte trasera del monovolumen, apoyándome en él todo el tiempo, para examinar
las llantas, recubiertas por finas cadenas entrecruzadas. Charlie había madrugado para poner cadenas a los
neum√°ticos del coche. Se me hizo un nudo en la garganta, ya que no estaba acostumbrada a que alguien cuidara de
mí, y la silenciosa preocupación de Charlie me pilló desprevenida.

Estaba de pie junto a la parte trasera del vehículo, intentando controlar aquella repentina oleada de sentimientos que
me embarg√≥ al ver las cadenas, cuando o√≠ un sonido extra√Īo.

Era un chirrido fuerte que se convertía rápidamente en un estruendo. Sobresaltada, alcé la vista.

Vi varias cosas a la vez. Nada se movía a cámara lenta, como sucede en las películas, sino que el flujo de adrenalina
hizo que mí mente obrara con mayor rapidez, y pudiera asimilar al mismo tiempo varias escenas con todo lujo de
detalles.

Edward Cullen se encontraba a cuatro coches de distancia, y me miraba con rostro de espanto. Su semblante
destacaba entre un mar de caras, todas con la misma expresión horrorizada. Pero en aquel momento tenía más
importancia una furgoneta azul oscuro que patinaba con las llantas bloqueadas chirriando contra los frenos, y que
dio un brutal trompo sobre el hielo del aparcamiento. Iba a chocar contra la parte posterior del monovolumen, y yo
estaba en medio de los dos vehículos. Ni siquiera tendría tiempo para cerrar los ojos.

Algo me golpeó con fuerza, aunque no desde la dirección que esperaba, inmediatamente antes de que escuchara el
terrible crujido que se produjo cuando la furgoneta golpeó contra la base de mi coche y se plegó como un acordeón.
Me golpeé la cabeza contra el asfalto helado y sentí que algo frío y compacto me sujetaba contra el suelo. Estaba
tendida en la calzada, detrás del coche color café que estaba junto al mío, pero no tuve ocasión de advertir nada más
porque la camioneta seguía acercándose. Después de raspar la parte trasera del monovolumen, había dado la vuelta
y estaba a punto de aplastarme de nuevo.


Me percaté de que había alguien a mi lado al oír una maldición en voz baja, y era imposible no reconocerla. Dos
grandes manos blancas se extendieron delante de mí para protegerme y la furgoneta se detuvo vacilante a treinta
centímetros de mi cabeza. De forma providencial, ambas manos cabían en la profunda abolladura del lateral de la
carrocería de la furgoneta.

Entonces, aquellas manos se movieron con tal rapidez que se volvieron borrosas. De repente, una sostuvo la
carrocería de la furgoneta por debajo mientras algo me arrastraba. Empujó mis piernas hasta que toparon con los
neumáticos del coche marrón. Con un seco crujido metálico que estuvo a punto de perforarme los tímpanos, la
furgoneta cay√≥ pesadamente en el asfalto entre el estr√©pito de las ventanas al hacerse a√Īicos. Cay√≥ exactamente
donde hacía un segundo estaban mis piernas.

Reinó un silencio absoluto durante un prolongado segundo antes de que todo el mundo se pusiera a chillar. Oí a más
de un persona que me llamaba en la repentina locura que se desató a continuación, pero en medio de todo aquel
griterío escuché con mayor claridad la voz suave y desesperada de Edward Cullen que me hablaba al oído.

¬ó ¬ŅBella? ¬ŅC√≥mo est√°s?

¬óEstoy bien.

Mi propia voz me resultaba extra√Īa. Intent√© incorporarme y entonces me percat√© de que me apretaba contra su
costado con mano de acero.

¬óVe con cuidado ¬ódijo mientras intentaba soltarme¬ó. Creo que te has dado un buen porrazo en la cabeza.

Sentí un dolor palpitante encima del oído izquierdo.

— ¡Ay! —exclamé, sorprendida.

¬óTal y como pensaba...

Por increíble que pudiera parecer, daba la impresión de que intentaba contener la risa.

¬ó ¬ŅC√≥mo demo...? ¬óme par√© para aclarar las ideas y orientarme¬ó. ¬ŅC√≥mo llegaste aqu√≠ tan r√°pido?

—Estaba a tu lado, Bella —dijo; el tono de su voz volvía a ser serio.

Quise incorporarme, y esta vez me lo permitió, quitó la mano de mi cintura y se alejó cuanto le fue posible en aquel
estrecho lugar. Contemplé la expresión inocente de su rostro, lleno de preocupación. Sus ojos dorados me
desorientaron de nuevo. ¬ŅQu√© era lo que acababa de preguntarle?

Nos localizaron enseguida. Había un gentío con lágrimas en las mejillas gritándose entre sí, y gritándonos a
nosotros.

—No te muevas —ordenó alguien.

— ¡Sacad a Tyler de la furgoneta! —chilló otra persona.

El bullicio nos rodeó. Intenté ponerme en pie, pero la mano fría de Edward me detuvo.

—Quédate ahí por ahora.

—Pero hace frío —me quejé. Me sorprendió cuando se rió quedamente, pero con un tono irónico—. Estabas allí,
lejos —me acordé de repente, y dejó de reírse—. Te encontrabas al lado de tu coche.

Su rostro se endureció.

¬óNo, no es cierto.

¬óTe vi.

A nuestro alrededor reinaba el caos. Oí las voces más rudas de los adultos, que acababan de llegar, pero sólo
prestaba atención a nuestra discusión. Yo tenía razón y él iba a reconocerlo.

—Bella, estaba contigo, a tu lado, y te quité de en medio.

Dio rienda suelta al devastador poder de su mirada, como si intentara decirme algo crucial.

¬óNo ¬ódije con firmeza.

El dorado de sus ojos centelleó.

¬óPor favor, Bella.

¬ó ¬ŅPor qu√©? ¬óinquir√≠.

—Confía en mí —me rogó. Su voz baja me abrumó. Entonces oí las sirenas.

¬ó ¬ŅPrometes explic√°rmelo todo despu√©s?

¬óMuy bien ¬ódijo con brusquedad, repentinamente exasperado.

—Muy bien —repetí encolerizada.

Se necesitaron seis EMT1 y dos profesores, el se√Īor Varner y el entrenador Clapp, para desplazar la furgoneta de
forma que pudieran pasar las camillas. Edward la rechazó con vehemencia. Intenté imitarle, pero me traicionó al
chivarles que hab√≠a sufrido un golpe en la cabeza y que ten√≠a una contusi√≥n. Casi me mor√≠ de verg√ľenza cuando me

1 1 [N. del T.] Siglas de Emergency Medical Technician (Técnicos Médicos de Emergencia). 

 


pusieron un collarín. Parecía que todo el instituto estaba allí, mirando con gesto adusto, mientras me introducían en
la parte posterior de la ambulancia. Dejaron que Edward fuera delante. Eso me enfureció.

Para empeorar las cosas, el jefe de policía Swan llegó antes de que me pusieran a salvo.

— ¡Bella! —gritó con pánico al reconocerme en la camilla.

¬óEstoy perfectamente, Char... pap√° ¬ódije con un suspiro¬ó. No me pasa nada.

Se giró hacia el EMT más cercano en busca de una segunda opinión. Lo ignoré y me detuve a analizar el revoltijo de
imágenes inexplicables que se agolpaban en mi mente. Cuando me alejaron del coche en camilla, había visto una
abolladura profunda en el parachoques del coche marrón. Encajaba a la perfección con el contorno de los hombros
de Edward, como si se hubiera apoyado contra el veh√≠culo con fuerza suficiente para da√Īar el bastidor met√°lico.

Y luego estaba la familia de Edward, que nos miraba a lo lejos con una gama de expresiones que iban desde la
reprobación hasta la ira, pero no había el menor atisbo de preocupación por la integridad de su hermano.

Intenté hallar una solución lógica que explicara lo que acababa de ver, una explicación que excluyera la posibilidad
de que hubiera enloquecido.

La policía escoltó a la ambulancia hasta el hospital del condado, por descontado. Me sentí ridícula todo el tiempo
que tardaron en bajarme, y ver a Edward cruzar majestuosamente las puertas del hospital por su propio pie
empeoraba las cosas. Me rechinaron los dientes.

Me condujeron hasta la sala de urgencias, una gran habitación con una hilera de camas separadas por cortinas de
colores claros. Una enfermera me tomó la tensión y puso un termómetro debajo de mi lengua. Dado que nadie se
molestó en correr las cortinas para concederme un poco de intimidad, decidí que no estaba obligada a llevar aquel
feo collarín por más tiempo. En cuanto se fue la enfermera, desabroché el velero rápidamente y lo tiré debajo de la
cama.

Se produjo una nueva conmoción entre el personal del hospital. Trajeron otra camilla hacia la cama contigua a la
mía. Reconocí a Tyler Crowley, de mi clase de Historia, debajo de los vendajes ensangrentados que le envolvían la
cabeza. Tenía un aspecto cien veces peor que el mío, pero me miró con ansiedad.

¬ó ¬°Bella, lo siento mucho!

¬óEstoy bien, Tyler, pero t√ļ tienes un aspecto horrible. ¬ŅC√≥mo te encuentras?

Las enfermeras empezaron a desenrollarle los vendajes manchados mientras hablábamos, y quedó al descubierto una
miríada de cortes por toda la frente y la mejilla izquierda.

Tyler no prestó atención a mis palabras.

— ¡Pensé que te iba a matar! Iba a demasiada velocidad y entré mal en el hielo...

Hizo una mueca cuando una enfermera empezó a limpiarle la cara.

¬óNo te preocupes; no me alcanzaste.

¬ó ¬ŅC√≥mo te apartaste tan r√°pido? Estabas all√≠ y luego desapareciste.

—Pues... Edward me empujó para apartarme de la trayectoria de la camioneta.

Parecía confuso.

¬ó ¬ŅQui√©n?

¬óEdward Cullen. Estaba a mi lado.

Siempre se me había dado muy mal mentir. No sonaba nada convincente.

¬ó ¬ŅCullen? No lo vi... ¬°Vaya, todo ocurri√≥ muy deprisa! ¬ŅEst√° bien?

—Supongo que sí. Anda por aquí cerca, pero a él no le obligaron a utilizar una camilla.

Sab√≠a no que no estaba loca. En ese caso, ¬Ņqu√© hab√≠a ocurrido? No hab√≠a forma de encontrar una explicaci√≥n
convincente para lo que había visto.

Luego me llevaron en silla de ruedas para sacar una placa de mi cabeza. Les dije que no tenía heridas, y estaba en lo
cierto. Ni una contusión. Pregunté si podía marcharme, pero la enfermera me dijo que primero debía hablar con el
doctor, por lo que quedé atrapada en la sala de urgencias mientras Tyler me acosaba con sus continuas disculpas.
Siguió torturándose por mucho que intenté convencerle de que me encontraba perfectamente. Al final, cerré los ojos
y le ignoré, aunque continuó murmurando palabras de remordimiento.

¬ó ¬ŅEstar√° durmiendo? ¬ópregunt√≥ una voz musical. Abr√≠ los ojos de inmediato.

Edward se hallaba al pie de mi cama sonriendo con suficiencia. Le fulminé con la mirada. No resultaba fácil...
Hubiera resultado más natural comérselo con los ojos.

—Oye, Edward, lo siento mucho... —empezó Tyler.

El interpelado alzó la mano para hacerle callar.

—No hay culpa sin sangre —le dijo con una sonrisa que dejó entrever sus dientes deslumbrantes. Se sentó en el
borde de la cama de Tyler, me miró y volvió a sonreír con suficiencia.

¬ó ¬ŅBueno, cu√°l es el diagn√≥stico?

¬óNo me pasa nada, pero no me dejan marcharme ¬óme quej√©¬ó. ¬ŅPor qu√© no te han atado a una camilla como a
nosotros?

—Tengo enchufe —respondió—, pero no te preocupes, voy a liberarte.


Entonces entró un doctor y me quedé boquiabierta. Era joven, rubio y más guapo que cualquier estrella de cine,
aunque estaba pálido y ojeroso; se le notaba cansado. A tenor de lo que me había dicho Charlie, ése debía de ser el
padre de Edward.

¬óBueno, se√Īorita Swan ¬ódijo el doctor Cullen con una voz marcadamente seductora¬ó, ¬Ņc√≥mo se encuentra?

¬óEstoy bien ¬órepet√≠, ojala fuera por √ļltima vez.

Se dirigió hacia la mesa de luz vertical de la pared y la encendió.

¬óLas radiograf√≠as son buenas ¬ódijo¬ó. ¬ŅLe duele la cabeza? Edward me ha dicho que se dio un golpe bastante
fuerte.

—Estoy perfectamente —repetí con un suspiro mientras lanzaba una rápida mirada de enojo a Edward.

El médico me examinó la cabeza con sus fríos dedos. Se percató cuando esbocé un gesto de dolor.

¬ó ¬ŅLe duele? ¬ópregunt√≥.

¬óNo mucho.

Había tenido jaquecas peores.

Oí una risita, busqué a Edward con la mirada y vi su sonrisa condescendiente. Entrecerré los ojos con rabia.

—De acuerdo, su padre se encuentra en la sala de espera. Se puede ir a casa con él, pero debe regresar rápidamente
si siente mareos o alg√ļn trastorno de visi√≥n.

¬ó ¬ŅNo puedo ir a la escuela? ¬óinquir√≠ al imaginarme los intentos de Charlie por ser atento.

—Hoy debería tomarse las cosas con calma.

Fulminé a Edward con la mirada.

¬ó ¬ŅPuede √©l ir a la escuela?

¬óAlguien ha de darles la buena nueva de que hemos sobrevivido ¬ódijo con suficiencia.

—En realidad —le corrigió el doctor Cullen— parece que la mayoría de los estudiantes están en la sala de espera.

— ¡Oh, no! —gemí, cubriéndome el rostro con las manos.

El doctor Cullen enarcó las cejas.

¬ó ¬ŅQuiere quedarse aqu√≠?

— ¡No, no! —insistí al tiempo que sacaba las piernas por el borde de la camilla y me levantaba con prisa, con
demasiada prisa, porque me tambaleé y el doctor Cullen me sostuvo. Parecía preocupado.

—Me encuentro bien —volví a asegurarle. No merecía la pena explicarle que mi falta de equilibrio no tenía nada
que ver con el golpe en la cabeza.

—Tome unas pastillas de Tylenol contra el dolor —sugirió mientras me sujetaba.

—No me duele mucho —insistí.

—Parece que ha tenido muchísima suerte —dijo con una sonrisa mientras firmaba mi informe con una fioritura.

—La suerte fue que Edward estuviera a mi lado —le corregí mirando con dureza al objeto de mi declaración.

¬óAh, s√≠, bueno ¬ómusit√≥ el doctor Cullen, s√ļbitamente ocupado con los papeles que ten√≠a delante. Despu√©s, mir√≥ a
Tyler y se marchó a la cama contigua. Tuve la intuición de que el doctor estaba al tanto de todo.

—Lamento decirle que usted se va a tener que quedar con nosotros un poquito más —le dijo a Tyler, y empezó a
examinar sus heridas.

Me acerqué a Edward en cuanto el doctor me dio la espalda.

¬ó ¬ŅPuedo hablar contigo un momento? ¬ómurmur√© muy bajo. Se apart√≥ un paso de m√≠, con la mand√≠bula tensa.

¬óTu padre te espera ¬ódijo entre dientes.

Miré al doctor Cullen y a Tyler, e insistí:

¬óQuiero hablar contigo a solas, si no te importa.

Me miró con ira, me dio la espalda y anduvo a trancos por la gran sala. Casi tuve que correr para seguirlo, pero se
volvi√≥ para hacerme frente tan pronto como nos metimos en un peque√Īo corredor.

¬ó ¬ŅQu√© quieres? ¬ópregunt√≥ molesto.

Su mirada era glacial y su hostilidad me intimidó, hablé con más severidad de la que pretendía.

—Me debes una explicación —le recordé.

——Te salvé la vida. No te debo nada.

Retrocedí ante el resentimiento de su tono.

¬óMe lo prometiste.

—Bella, te diste un fuerte golpe en la cabeza, no sabes de qué hablas.

Lo dijo de forma cortante. Me enfadé y le miré con gesto desafiante.

¬óNo me pasaba nada en la cabeza.

Me devolvió la mirada de desafío.

¬ó ¬ŅQu√© quieres de m√≠, Bella?

—Quiero saber la verdad —dije—. Quiero saber por qué miento por ti.

¬ó ¬ŅQu√© crees que pas√≥? ¬ópregunt√≥ bruscamente.


—Todo lo que sé —le contesté de forma atropellada— es que no estabas cerca de mí, en absoluto, y Tyler tampoco
te vio, de modo que no me vengas con eso de que me he dado un golpe muy fuerte en la cabeza. La furgoneta iba a
matarnos, pero no lo hizo. Tus manos dejaron abolladuras tanto en la carrocería de la furgoneta como en el coche
marrón, pero has salido ileso. Y luego la sujetaste cuando me iba a aplastar las piernas...

Me di cuenta de que parecía una locura y fui incapaz de continuar. Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas de
pura rabia. Rechiné los dientes para intentar contenerlas.

Edward me miró con incredulidad, pero su rostro estaba tenso y permanecía a la defensiva.

¬ó ¬ŅCrees que apart√© a pulso una furgoneta?

Su voz cuestionaba mi cordura, pero sólo sirvió para alimentar más mis sospechas, ya que parecía la típica frase
perfecta que pronuncia un actor consumado. Apreté la mandíbula y me limité a asentir con la cabeza.

¬óNadie te va a creer, ya lo sabes.

Su voz contenía una nota de burla y desdén.

¬óNo se lo voy a decir a nadie.

Hablé despacio, pronunciando lentamente cada palabra, controlando mi enfado con cuidado. La sorpresa recorrió su
rostro.

¬óEntonces, ¬Ņqu√© importa?

—Me importa a mí —insistí—. No me gusta mentir, por eso quiero tener un buen motivo para hacerlo.

¬ó ¬ŅEs que no me lo puedes agradecer y punto?

¬óGracias.

Esperé, furiosa, echando chispas.

¬óNo vas a dejarlo correr, ¬Ņverdad?

¬óNo.

—En tal caso... espero que disfrutes de la decepción.

Enfadados, .nos miramos el uno al otro, hasta que al final rompí el silencio intentando concentrarme. Corría el
peligro de que su rostro, hermoso y lívido, me distrajera. Era como intentar apartar la vista de un ángel destructor.

¬ó ¬ŅPor qu√© te molestaste en salvarme? ¬ópregunt√© con toda la frialdad que pude.

Se hizo una pausa y durante un breve momento su rostro bellísimo fue inesperadamente vulnerable.

—No lo sé —susurró.

Entonces me dio la espalda y se marchó.

Estaba tan enfadada que necesité unos minutos antes de poder moverme. Cuando pude andar, me dirigí lentamente
hacia la salida que había al fondo del corredor.

La sala de espera superaba mis peores temores. Todos aquellos a quienes conocía en Forks parecían hallarse
presentes, y todos me miraban fijamente. Charlie se acercó a toda prisa. Levanté las manos.

—Estoy perfectamente —le aseguré, hosca. Seguía exasperada y no estaba de humor para charlar.

¬ó ¬ŅQu√© dijo el m√©dico?

¬óEl doctor Cullen me ha reconocido, asegura que estoy bien y puedo irme a casa.

Suspiré. Mike y Jessica y Eric me esperaban y ahora se estaban acercando.

—Vamonos —le urgí.

Sin llegar a tocarme, Charlie me rodeó la espalda con un brazo y me condujo a las puertas de cristal de la salida.
Saludé tímidamente con la mano a mis amigos con la esperanza de que comprendieran que no había de qué
preocuparse. Fue un gran alivio subirme al coche patrulla, era la primera vez que experimentaba esa sensación.

Viaj√°bamos en silencio. Estaba tan ensimismada en mis cosas que apenas era consciente de la presencia de Charlie.
Estaba segura de que esa actitud a la defensiva de Edward en el pasillo no era sino la confirmación de unos sucesos
tan extra√Īos que dif√≠cilmente me hubiera cre√≠do de no haberlos visto con mis propios ojos.

Cuando llegamos a casa, Charlie habló al fin:

—Eh... Esto... Tienes que llamar a Renée.

Embargado por la culpa, agachó la cabeza. Me espanté.

¬ó ¬°Se lo has dicho a mam√°!

¬óLo siento.

Al bajarme, cerré la puerta del coche patrulla con un portazo más fuerte de lo necesario.

Mi madre se había puesto histérica, por supuesto. Tuve que asegurarle que estaba bien por lo menos treinta veces
antes de que se calmara. Me rogó que volviera a casa, olvidando que en aquel momento estaba vacía, pero resistir a
sus s√ļplicas me result√≥ mucho m√°s f√°cil de lo que pensaba. El misterio que Edward representaba me consum√≠a; a√ļn
más, él me obsesionaba. Tonta. Tonta. Tonta. No tenía tantas ganas de huir de Forks como debiera, como hubiera
tenido cualquier persona normal y cuerda.

Decidí que sería mejor acostarme temprano esa noche. Charlie no dejaba de mirarme con preocupación y eso me
sacaba de quicio. Me detuve en el cuarto de ba√Īo al subir y me tom√© tres pastillas de Tylenol. Calmaron el dolor y
me fui a dormir cuando éste remitió.


Esa fue la primera noche que so√Ī√© con Edward Cullen.





LAS INVITACIONES.

En mi sue√Īo reinaba una oscuridad muy densa, y aquella luz mortecina parec√≠a proceder de la piel de Edward. No
podía verle el rostro, sólo la espalda, mientras se alejaba de mi lado, dejándome sumida en la negrura. No lograba
alcanzarlo por más que corriera; no se volvía por muy fuertemente que le llamara. Apenada, me desperté en medio
de la noche y no pude volver a conciliar el sue√Īo durante un tiempo que se me hizo eterno. Despu√©s de aquello,
estuvo en mis sue√Īos casi todas las noches, pero siempre en la distancia, nunca a mi alcance.

El mes siguiente al accidente fue violento, tenso y, al menos al principio, embarazoso.

Para mi desgracia, me convertí en el centro de atención durante el resto de la semana. Tyler Crowley se puso
insoportable, me segu√≠a a todas partes, obsesionado con compensarme de alg√ļn modo. Intent√© convencerle de que lo
√ļnico que quer√≠a era que olvidara lo ocurrido, sobre todo porque no me hab√≠a sucedido nada, pero continu√≥
insistiendo. Me seguía entre clase y clase y en el almuerzo se sentaba a nuestra mesa, ahora muy concurrida. Mike y
Eric se comportaban con él de forma bastante más hostil que entre ellos mismos, lo cual me llevó a considerar la
posibilidad de que hubiera conseguido otro admirador no deseado.

Nadie pareció preocuparse de Edward, aunque expliqué una y otra vez que el héroe era él, que me había apartado de
la trayectoria de la furgoneta y que había estado a punto de resultar aplastado. Intenté ser convincente. Jessica,
Mike, Eric y todos los demás comentaban siempre que no le habían visto hasta que apartaron la furgoneta.

Me preguntaba por qué nadie más había visto lo lejos que estaba antes de que me salvara la vida de un modo tan
repentino como imposible. Con disgusto, comprendí que la causa más probable era que nadie estaba tan pendiente
de Edward como yo. Nadie más le miraba de la forma en que yo lo hacía. ¡Lamentable!

Edward jamás se vio rodeado de espectadores curiosos que desearan oír la historia de primera mano. La gente lo
evitaba como de costumbre. Los Cullen y los Hale se sentaban en la misma mesa, como siempre, sin comer,
hablando sólo entre sí. Ninguno de ellos, y él menos, me miró ni una sola vez.

Cuando se sentaba a mi lado en clase, tan lejos de mí como se lo permitía la mesa, no parecía ser consciente de mi
presencia. S√≥lo de forma ocasional, cuando cerraba los pu√Īos de repente, con la piel, tensa sobre los nudillos, a√ļn
m√°s blanca, me preguntaba si realmente me ignoraba tanto como aparentaba.

Deseaba no haberme apartado del camino de la furgoneta de Tyler. Esa era la √ļnica conclusi√≥n a la que pod√≠a llegar.

Ten√≠a mucho inter√©s en hablar con √©l, y lo intent√© al d√≠a siguiente del accidente. La √ļltima vez que le vi, fuera de la
sala de urgencias, los dos estábamos demasiado furiosos. Yo seguía enfadada porque no me confiaba la verdad a
pesar de que había cumplido al pie de la letra mi parte del trato. Pero lo cierto es que me había salvado la vida, sin
importar cómo lo hiciera, y de noche, el calor de mi ira se desvaneció para convertirse en una respetuosa gratitud.

Ya estaba sentado cuando entré en Biología, mirando al frente. Me senté, esperando que se girara hacia mí. No dio
se√Īales de haberse percatado de mi presencia.

¬óHola, Edward ¬ódije en tono agradable para demostrarle que iba a comportarme.

Ladeó la cabeza levemente hacia mí sin mirarme, asintió una vez y miró en la dirección opuesta.

Y √©se fue el √ļltimo contacto que hab√≠a tenido con √©l, aunque todos los d√≠as estuviera ah√≠, a treinta cent√≠metros. A
veces, incapaz de contenerme, le miraba a cierta distancia, en la cafetería o en el aparcamiento. Contemplaba cómo
sus ojos dorados se oscurecían de forma evidente día a día, pero en clase no daba más muestras de saber de su
existencia que las que √©l me mostraba a m√≠. Me sent√≠a miserable. Y los sue√Īos continuaron.

A pesar de mis mentiras descaradas, el tono de mis correos electrónicos alertó a Renée de mi tristeza y telefoneó
unas cuantas veces, preocupada. Intenté convencerla de que sólo era el clima, que me aplanaba.

Al menos, a Mike le complac√≠a la obvia frialdad existente entre mi compa√Īero de laboratorio y yo. Not√© que le
preocupaba que me hubiera impresionado el atrevido rescate de Edward. Quedó muy aliviado cuando se dio cuenta
de que parecía haber tenido el efecto opuesto. Su confianza aumentó hasta sentarse al borde de mi mesa para
conversar antes de que empezara la clase de Biología, ignorando a Edward de forma tan absoluta como él a
nosotros.

Por fortuna, la nieve se fundió después de aquel peligroso día. Mike quedó desencantado por no haber podido
organizar su pelea de bolas de nieve, pero le complacía que pronto pudiéramos hacer la excursión a la playa. No
obstante, continuó lloviendo a cántaros y pasaron las semanas.

Jessica me hizo tomar conciencia de que se fraguaba otro acontecimiento. El primer martes de marzo me telefoneó y
me pidió permiso para invitar a Mike en la elección de las chicas para el baile de primavera que tendría lugar en dos
semanas.

¬ó ¬ŅSeguro que no te importa? ¬ŅNo pensabas ped√≠rselo? ¬óinsisti√≥ cuando le dije que no me importaba lo m√°s
mínimo.

—No, Jess, no voy a ir —le aseguré.

Bailar se encontraba claramente fuera del abanico de mis habilidades.


¬óVa a ser realmente divertido.

Su esfuerzo por convencerme fue poco entusiasta. Sospechaba que Jessica disfrutaba m√°s con mi inexplicable
popularidad que con mi compa√Ī√≠a.

—Diviértete con Mike —la animé.

Me sorprendi√≥ que al d√≠a siguiente no mostrara su efusivo ego de costumbre en clase de Trigonometr√≠a y espa√Īol.
Permaneció callada mientras caminaba a mi lado entre una clase y otra, y me dio miedo preguntarle la razón. Si
Mike la hab√≠a rechazado yo era la √ļltima persona a la que se lo querr√≠a contar.

Mis temores se acrecentaron durante el almuerzo, cuando Jessica se sentó lo más lejos que pudo de Mike y charló
animadamente con Eric. Mike estuvo inusualmente callado.

Mike continu√≥ en silencio mientras me acompa√Īaba a clase. El aspecto violento de su rostro era una mala se√Īal,
pero no abordó el tema hasta que estuve sentada en mi pupitre y él se encaramó sobre la mesa. Como siempre, era
consciente de que Edward se sentaba lo bastante cerca para tocarlo, y tan distante como si fuera una mera invención
de mi imaginación.

¬óBueno ¬ódijo Mike, mirando al suelo¬ó, Jessica me ha pedido que la acompa√Īe al baile de primavera.

—Eso es estupendo —conferí a mi voz un tono de entusiasmo manifiesto—. Te vas a divertir un montón con ella.

—Eh, bueno... —se quedó sin saber qué decir mientras estudiaba mi sonrisa; era obvio que mi respuesta no le
satisfacía—. Le dije que tenía que pensármelo.

¬ó ¬ŅPor qu√© lo hiciste?

Dejé que mi voz reflejara cierta desaprobación, aunque me aliviaba saber que no le había dado a Jessica una
negativa definitiva. Se puso colorado como un tomate y bajó la vista. La lástima hizo vacilar mi resolución.

¬óMe preguntaba si... Bueno..., si tal vez ten√≠as intenci√≥n de ped√≠rmelo t√ļ.

Me tomé un momento de respiro, soportando a duras penas la oleada de culpabilidad que recorría todo mi ser, pero
con el rabillo del ojo vi que Edward inclinaba la cabeza hacia mí con gesto de reflexión.

—Mike, creo que deberías aceptar la propuesta de Jess —le dije.

¬ó ¬ŅSe lo has pedido ya a alguien?

¬ŅSe hab√≠a percatado Edward de que Mike posaba los ojos en √©l?

—No —le aseguré—. No tengo intención de acudir al baile.

¬ó ¬ŅPor qu√©? ¬óquiso saber Mike.

No deseaba ponerle al tanto de los riesgos que bailar suponía para mi integridad, por lo que improvisé nuevos planes
sobre la marcha.

—Ese sábado voy a ir a Seattle —le expliqué. De todos modos, necesitaba salir del pueblo y era el momento
perfecto para hacerlo.

¬ó ¬ŅNo puedes ir otro fin de semana?

—Lo siento, pero no —respondí—. No deberías hacer esperar a Jessica más tiempo. Es de mala educación.

—Sí, tienes razón —masculló y, abatido, se dio la vuelta para volver a su asiento.

Cerré los ojos y me froté las sienes con los dedos en un intento de desterrar de mi mente los sentimientos de culpa y
l√°stima. El se√Īor Banner comenz√≥ a hablar. Suspir√© y abr√≠ los ojos.

Edward me miraba con curiosidad, aquel habitual punto de frustraci√≥n de sus ojos negros era ahora a√ļn m√°s
perceptible.

Le devolví la mirada, esperando que él apartara la suya, pero en lugar de eso, continuó estudiando mis ojos a fondo
y con gran intensidad. Me comenzaron a temblar las manos.

¬ó ¬ŅSe√Īor Cullen? ¬óle llam√≥ el profesor, que aguardaba la respuesta a una pregunta que yo no hab√≠a escuchado.

¬óEl ciclo de Krebs ¬órespondi√≥ Edward; parec√≠a reticente mientras se volv√≠a para mirar al se√Īor Banner.

Clavé la vista en el libro en cuanto los ojos de Edward me liberaron, intentando centrarme. Tan cobarde como
siempre, dejé caer el pelo sobre el hombro derecho para ocultar el rostro. No era capaz de creer el torrente de
emociones que palpitaba en mi interior, y sólo porque había tenido a bien mirarme por primera vez en seis semanas.
No podía permitirle tener ese grado de influencia sobre mí. Era patético; más que patético, era enfermizo.

Intenté ignorarle con todas mis fuerzas durante el resto de la hora y, dado que era imposible, que al menos no
supiera que estaba pendiente de él. Me volví de espaldas a él cuando al fin sonó la campana, esperando que, como
de costumbre, se marchara de inmediato.

¬ó ¬ŅBella?

Su voz no debería resultarme tan familiar, como si la hubiera conocido toda la vida en vez de tan sólo unas pocas
semanas antes.

Sin querer, me volví lentamente. No quería sentir lo que sabía que iba a sentir cuando contemplase aquel rostro tan
perfecto. Tenía una expresión cauta cuando al fin me giré hacia él. La suya era inescrutable. No dijo nada.

¬ó ¬ŅQu√©? ¬ŅMe vuelves a dirigir la palabra? ¬óle pregunt√© finalmente con una involuntaria nota de petulancia en la
voz. Sus labios se curvaron, escondiendo una sonrisa.

—No, en realidad no —admitió.


Cerré los ojos e inspiré hondo por la nariz, consciente de que me rechinaban los dientes. El aguardó.

¬óEntonces, ¬Ņqu√© quieres, Edward? ¬óle pregunt√© sin abrir los ojos; era m√°s f√°cil hablarle con coherencia de esa
manera.

—Lo siento —parecía sincero—. Estoy siendo muy grosero, lo sé, pero de verdad que es mejor así.

Abrí los ojos. Su rostro estaba muy serio.

—No sé qué quieres decir —le dije con prevención.

—Es mejor que no seamos amigos —me explicó—, confía en mí.

Entrecerré los ojos. Había oído eso antes.

—Es una lástima que no lo descubrieras antes —murmuré entre dientes—. Te podías haber ahorrado todo ese pesar.

¬ó ¬ŅPesar? ¬óLa palabra y el tono de mi voz le pillaron con la guardia baja, sin duda¬ó. ¬ŅPesar por qu√©?

¬óPor no dejar que esa est√ļpida furgoneta me hiciera pur√©.

Estaba atónito. Me miró fijamente sin dar crédito a lo que oía. Casi parecía enfadado cuando al fin habló:

¬ó ¬ŅCrees que me arrepiento de haberte salvado la vida?

—Sé que es así —repliqué con brusquedad.

¬óNo sabes nada.

Definitivamente, se había enfadado. Alejé bruscamente mi rostro del suyo, mordiéndome la lengua para callarme
todas las fuertes acusaciones que quería decirle a la cara. Recogí los libros y luego me puse en pie para dirigirme
hacia la puerta. Pretendí hacer una salida dramática de la clase, pero, cómo no, se me enganchó una bota con la
jamba de la puerta y se me cayeron los libros. Me quedé allí un momento, sopesando la posibilidad de dejarlos en el
suelo. Entonces suspiré y me agaché para recogerlos. Pero él ya estaba ahí, los había apilado. Me los entregó con
rostro severo.

¬óGracias ¬ódije con frialdad.

Entrecerró los ojos.

— ¡No hay de qué! —replicó.

Me enderecé rápidamente, volví a apartarme de él y me alejé caminando a clase de Educación física sin volver la
vista atr√°s.

La hora de gimnasia fue brutal. Cambiamos de deporte, jugamos a baloncesto. Mi equipo jam√°s me pasaba la pelota,
lo cual era estupendo, pero me caí un montón de veces, y en ocasiones arrastraba a gente conmigo. Ese día me
movía peor de lo habitual porque Edward ocupaba toda mi mente. Intentaba concentrarme en mis pies, pero él
seguía deslizándose en mis pensamientos justo cuando más necesitaba mantener el equilibrio.

Como siempre, salir fue un alivio. Casi corrí hacia el monovolumen, ya que había demasiada gente a la que quería
evitar. El veh√≠culo hab√≠a sufrido unos da√Īos m√≠nimos a ra√≠z del accidente. Hab√≠a tenido que sustituir las luces
traseras y hubiera realizado alg√ļn retoque en la chapa de haber dispuesto de un equipo de pintura de verdad. Los
padres de Tyler habían tenido que vender la furgoneta por piezas.

Estuvo a punto de darme un patat√ļs cuando, al doblar la esquina, vi una figura alta y oscura reclinada contra un
lateral del coche. Luego comprendí que sólo se trataba de Eric. Comencé a andar de nuevo.

—Hola, Eric —le saludé.

¬óHola, Bella.

¬ó ¬ŅQu√© hay? ¬ópregunt√© mientras abr√≠a la puerta. No prest√© atenci√≥n al tono inc√≥modo de su voz, por lo que sus
siguientes palabras me pillaron desprevenida.

—Me preguntaba... si querrías venir al baile conmigo.

La voz se le quebr√≥ al pronunciar la √ļltima palabra.

—Creí que era la chica quien elegía —respondí, demasiado sorprendida para ser diplomática.

—Bueno, sí —admitió avergonzado.

Recobré la compostura e intenté ofrecerle mi sonrisa más cálida.

—Te agradezco que me lo pidas, pero ese día voy a estar en Seattle.

—Oh. Bueno, quizás la próxima vez.

—Claro —acepté, y entonces me mordí la lengua. No quería que se lo tomara al pie de la letra.

Se marchó de vuelta al instituto arrastrando los pies. Oí una débil risita.

Edward pasó andando delante de mi coche, con la vista al frente y los labios fruncidos. Abrí la puerta con un brusco
tirón, entré de un salto y la cerré con un sonoro golpe detrás de mí. Aceleré el motor en punto muerto de forma
ensordecedora y salí marcha atrás hacia el pasillo. Edward ya estaba en su automóvil, a dos coches de distancia,
deslizándose con suavidad delante de mí, cortándome el paso. Se detuvo ahí para esperar a su familia. Pude ver a los
cuatro tomar aquella dirección, aunque todavía estaban cerca de la cafetería. Consideré seriamente la posibilidad de
embestir por detrás a su flamante Volvo, pero había demasiados testigos. Miré por el espejo retrovisor. Comenzaba
a formarse una cola. Inmediatamente detrás de mí, Tyler Crowley me saludaba con la mano desde su recién
adquirido Sentra de segunda mano. Estaba demasiado fuera de mis casillas para saludarlo.


Oí a alguien llamar con los nudillos en el cristal de la ventana del copiloto mientras permanecía allí sentada,
mirando a cualquier parte excepto al coche que tenía delante. Al girarme, vi a Tyler. Confusa, volví a mirar por el
retrovisor. Su coche seguía en marcha con la puerta izquierda abierta. Me incliné dentro de la cabina para bajar la
ventanilla. Estaba helado hasta el tuétano. Abrí el cristal hasta la mitad y me detuve.

—Lo siento, Tyler —seguía sorprendida, ya que resultaba evidente que no era culpa mía——. El coche de los
Cullen me tiene atrapada.

—Oh, lo sé. Sólo quería preguntarte algo mientras estábamos aquí bloqueados.

Esbozó una amplia sonrisa. No podía ser cierto.

¬ó ¬ŅMe vas a pedir que te acompa√Īe al baile de primavera? ¬ócontinu√≥.

¬óNo voy a estar en el pueblo, Tyler.

Mi voz sonó un poquito cortante. Intenté recordar que no era culpa suya que Mike y Eric ya hubieran colmado el
vaso de mi paciencia por aquel día.

—Ya, eso me dijo Mike —admitió.

¬óEntonces, ¬Ņpor qu√©...?

Se encogió de hombros.

—Tenía la esperanza de que fuera una forma de suavizarle las calabazas.

Vale, eso era totalmente culpa suya.

—Lo siento, Tyler —repliqué mientras intentaba esconder mi irritación—, pero me voy de verdad.

¬óEst√° bien. A√ļn nos queda el baile de fin de curso.

Caminó de vuelta a su coche antes de que pudiera responderle. Supe que mi rostro reflejaba la sorpresa. Miré hacia
delante y observé a Alice, Rosalie, Emmett y Jasper dirigiéndose al Volvo. Edward no me quitaba el ojo de encima
por el espejo retrovisor. Resultaba evidente que se estaba partiendo de risa, como si lo hubiera escuchado todo.
Estiré el pie hacia el acelerador, un golpecito no heriría a nadie, sólo rayaría el reluciente esmalte de la carrocería.
Aceleré el motor en punto muerto.

Pero ya habían entrado los cuatro y Edward se alejaba a toda velocidad. Regresé a casa conduciendo despacio y con
precaución, sin dejar de hablar para mí misma todo el camino.

Al llegar, decidí hacer enchiladas de pollo para cenar. Era un plato laborioso que me mantendría ocupada. El
teléfono sonó mientras cocía a fuego lento las cebollas y los chiles. Casi no me atrevía a contestar, pero podían ser
mam√° o Charlie.

Era Jessica, que estaba exultante. Mike la había alcanzado después de clase para aceptar la invitación. Lo celebré
con ella durante unos instantes mientras removía la comida. Jessica debía colgar, ya que quería telefonear a Angela
y a Lauren para dec√≠rselo. Le suger√≠ por ¬ęcasualidad¬Ľ que quiz√°s Angela, la chica t√≠mida que iba a Biolog√≠a
conmigo, se lo podía pedir a Eric. Y Lauren, una estirada que me ignoraba durante el almuerzo, se lo podía pedir a
Tyler; tenía entendido que estaba disponible. Jess pensó que era una gran idea. De hecho, ahora que tenía seguro a
Mike, sonó sincera cuando dijo que deseaba que fuera al baile. Le mencioné el pretexto del viaje a Seattle.

Después de colgar, intenté concentrarme en la cocina, sobre todo al cortar el pollo. No me apetecía hacer otro viaje a
urgencias. Pero la cabeza me daba vueltas de tanto analizar cada palabra que hoy hab√≠a pronunciado Edward. ¬ŅA
qué se refería con que era mejor que no fuéramos amigos?

Sentí un retortijón en el estómago cuando comprendí el significado. Debía de haber visto cuánto me obsesionaba y
no quería darme esperanzas, por lo que no podíamos siquiera ser amigos. ..., porque él no estaba nada interesado en
mí.

Naturalmente que no le interesaba, pensé con enfado mientras me lloraban los ojos —reacción provocada por las
cebollas—. Yo no era interesante y él sí. Interesante... y brillante, misterioso, perfecto..., y guapo, y posiblemente
capaz de levantar una furgoneta con una sola mano.

Vale, de acuerdo. Podía dejarle tranquilo. Le dejaría solo. Soportaría la sentencia que me había impuesto a mí
misma aquí, en el purgatorio; luego, si Dios quería, alguna universidad del sudeste, o tal vez Hawai, me ofrecería
una beca. Concentré la mente en playas soleadas y palmeras mientras terminaba las enchiladas y las metía en el
horno.

Charlie parecía receloso cuando percibió el aroma a pimientos verdes al llegar a casa. No le podía culpar, la comida
mexicana comestible m√°s cercana se encontraba probablemente al sur de California. Pero era un poli, aunque fuera
en aquel peque√Īo pueblecito, de modo que tuvo suficientes reda√Īos para tomar el primer bocado. Pareci√≥ gustarle.
Resultaba divertido comprobar lo despacio que empezaba a confiar en mí en los asuntos culinarios. Cuando estaba a
punto de acabar, le pregunté:

¬ó ¬ŅPap√°?

¬ó ¬ŅS√≠?

—Esto... Quería que supieras que voy a ir a Seattle el sábado de la semana que viene..., si te parece bien.

No le pedí permiso, era sentar un mal precedente, pero me sentí maleducada. Intenté arreglarlo con ese fin de frase.

¬ó ¬ŅPor qu√©?


Parecía sorprendido, como si fuera incapaz de imaginar algo que Forks no pudiera ofrecer.

¬óBueno, quiero conseguir algunos libros porque la librer√≠a local es bastante peque√Īa, y tal vez mire algo de ropa.

Tenía más dinero del habitual, ya que no había tenido que pagar el coche gracias a Charlie, aunque me dejaba un
buen pellizco en las gasolineras.

—Lo más probable es que el monovolumen consuma mucha gasolina —apuntó, haciéndose eco de mis
pensamientos.

—Lo sé. Pararé en Montessano y Olympia, y en Tacorna si fuera necesario.

¬ó ¬ŅVas a ir t√ļ sola? ¬ópregunt√≥. No sab√≠a si sospechaba que ten√≠a un novio secreto o si se preocupaba por el tema
del coche.

—Sí.

¬óSeattle es una ciudad muy grande, te podr√≠as perder ¬óse√Īal√≥ preocupado.

—Papá, Phoenix es cinco veces más grande que Seattle y sé leer un mapa, no te preocupes.

¬ó ¬ŅNo quieres que te acompa√Īe?

Intenté ser astuta al tiempo que ocultaba mi pánico.

—No te preocupes, papá. Voy a ir de tiendas y me pasaré el día en los probadores... Será aburrido.

¬óOh, vale.

La sola de idea de sentarse en tiendas de ropa femenina por un periodo de tiempo indeterminado le hizo desistir de
inmediato.

—Gracias —le sonreí.

¬ó ¬ŅEstar√°s de vuelta a tiempo para el baile?

Maldici√≥n. S√≥lo en un pueblo tan peque√Īo, un padre sabe cu√°ndo tienen lugar los bailes del instituto.

¬óNo, yo no bailo, pap√°.

√Čl por encima de todos los dem√°s deber√≠a entenderlo. No hab√≠a heredado de mi madre mis problemas de equilibrio.
Lo comprendió.

—Ah, vale —había caído en la cuenta.

A la ma√Īana siguiente, cuando me detuve en el aparcamiento, dej√© mi coche lo m√°s lejos posible del Volvo
plateado. Quise apartarme del camino de la tentación para no acabar debiéndole a Edward un coche nuevo. Al salir
del coche jugueteé con las llaves, que cayeron en un charco cercano. Mientras me agachaba para recogerlas, surgió
de repente una mano nivea y las tomó antes que yo. Me erguí bruscamente. Edward Cullen estaba a mi lado,
recostado como por casualidad contra mi automóvil.

¬ó ¬ŅC√≥mo lo haces? ¬ópregunt√©, asombrada e irritada.

¬ó ¬ŅHacer qu√©?

Me tendió las llaves mientras hablaba y las dejó caer en la palma de mi mano cuando las fui a coger.

¬óAparecer del aire.

—Bella, no es culpa mía que seas excepcionalmente despistada.

Como de costumbre, hablaba en calma, con voz pausada y aterciopelada. Frunc√≠ el ce√Īo ante aquel rostro perfecto.
Hoy sus ojos volvían a relucir con un tono profundo y dorado como la miel. Entonces tuve que bajar los míos para
reordenar mis ideas, ahora confusas.

¬ó ¬ŅA qu√© vino taponarme el paso ayer noche? ¬óQuise saber, a√ļn rehuyendo su mirada¬ó. Se supon√≠a que fing√≠as
que yo no existía ni te dabas cuenta de que echaba chispas.

—Eso fue culpa de Tyler, no mía —se rió con disimulo—. Tenía que darle su oportunidad.

¬óT√ļ... ¬ódije entrecortadamente.

No se me ocurr√≠a ning√ļn insulto lo bastante malo. Pens√© que la fuerza de mi rabia lo achantar√≠a, pero s√≥lo parec√≠a
divertirse a√ļn m√°s.

—No finjo que no existas —continuó.

¬ó ¬ŅQuieres matarme a rabietas dado que la furgoneta de Tyler no lo consigui√≥?

La ira destell√≥ en sus ojos casta√Īos. Frunci√≥ los labios y desaparecieron todas las se√Īales de alegr√≠a.

—Bella, eres totalmente absurda —murmuró con frialdad.

Sentí un hormigueo en las palmas de las manos y me entró un ansia de pegar a alguien. Estaba sorprendida. Por lo
general, no era una persona violenta. Le di la espalda y comencé a alejarme.

—Espera —gritó. Seguí andando, chapoteando enojada bajo la lluvia, pero se puso a mi altura y mantuvo mi paso
con facilidad.

—Lo siento. He sido descortés —dijo mientras caminaba. Le ignoré—. No estoy diciendo que no sea cierto —
prosiguió—, pero, de todos modos, no ha sido de buena educación.

¬ó ¬ŅPor qu√© no me dejas sola? ¬órefunfu√Ī√©.

—Quería pedirte algo, pero me desviaste del tema —volvió a reír entre dientes. Parecía haber recuperado el buen
humor.

¬ó ¬ŅTienes un trastorno de personalidad m√ļltiple? ¬óle pregunt√© con acritud.


¬óY lo vuelves a hacer.

Suspiré.

¬óVale, entonces, ¬Ņqu√© me quer√≠as pedir?

—Me preguntaba si el sábado de la próxima semana, ya sabes, el día del baile de primavera...

¬ó ¬ŅIntentas ser gracioso? ¬ólo interrump√≠, gir√°ndome hacia √©l.

Mi rostro se empapó cuando alcé la cabeza para mirarle. En sus ojos había una perversa diversión.

¬óPor favor, ¬Ņvas a dejarme terminar?

Me mordí el labio y junté las manos, entrelazando los dedos, para no cometer ninguna imprudencia.

—Te he escuchado decir que vas a ir a Seattle ese día y me preguntaba si querrías dar un paseo.

Aquello fue totalmente inesperado.

¬ó ¬ŅQu√©? ¬óno estaba segura de adonde quer√≠a llegar.

¬ó ¬ŅQuieres dar un paseo hasta Seattle?

¬ó ¬ŅCon qui√©n? ¬ópregunt√©, desconcertada.

—Conmigo, obviamente —articuló cada sílaba como si se estuviera dirigiendo a un discapacitado.

Seguía sin salir de mi asombro.

¬ó ¬ŅPor qu√©?

—Planeaba ir a Seattle en las próximas semanas y, para ser honesto, no estoy seguro de que tu monovolumen lo
pueda conseguir.

—Mi coche va perfectamente, muchísimas gracias por tu preocupación.

Hice adem√°n de seguir andando, pero estaba demasiado sorprendida para mantener el mismo nivel de ira.

¬ó ¬ŅPuede llegar gastando un solo dep√≥sito de gasolina?

Volvió a mantener el ritmo de mis pasos.

¬óNo veo que sea de tu incumbencia.

Est√ļpido propietario de un flamante Volvo.

¬óEl despilfarro de recursos limitados es asunto de todos.

—De verdad, Edward, no te sigo —me recorrió un escalofrío al pronunciar su nombre; odié la sensación—. Creía
que no querías ser amigo mío.

—Dije que sería mejor que no lo fuéramos, no que no lo deseara.

—Vaya, gracias, eso lo aclara todo —le repliqué con feroz sarcasmo.

Me di cuenta de que había dejado de andar otra vez. Ahora estábamos al abrigo del tejado de la cafetería, por lo que
podía contemplarle el rostro con mayor comodidad, lo cual, desde luego, no me ayudaba a aclarar las ideas.

—Sería más... prudente para ti que no fueras mi amiga —explicó—, pero me he cansado de alejarme de ti, Bella.

Sus ojos eran de una intensidad deliciosa cuando pronunci√≥ con voz seductora aquella √ļltima frase. Me olvid√© hasta
de respirar.

¬ó ¬ŅMe acompa√Īar√°s a Seattle? ¬ópregunt√≥ con voz todav√≠a vehemente.

A√ļn era incapaz de hablar, por lo que s√≥lo asent√≠ con la cabeza. Sonri√≥ levemente y luego su rostro se volvi√≥ serio.

—Deberías alejarte de mí, de veras —me previno—. Te veré en clase.

Se dio la vuelta de forma brusca y desanduvo el camino que habíamos recorrido.