1 - Primer encuentro

Mi madre me llevó al aeropuerto con las ventanillas del coche bajadas. En Phoenix, la temperatura era de veinticuatro grados y el cielo de un azul perfecto y despejado. Me había puesto mi blusa favorita, sin mangas y con cierres a presión blancos; la llevaba como gesto de despedida. Mi equipaje de mano era un anorak.
En la pen√≠nsula de Olympic, al noroeste del Estado de Washington, existe un pueblecito llamado Forks cuyo cielo casi siempre permanece encapotado. En esta insignificante localidad llueve m√°s que en cualquier otro sitio de los Estados Unidos. Mi madre se escap√≥ conmigo de aquel lugar y de sus tenebrosas y sempiternas sombras cuando yo apenas ten√≠a unos meses. Me hab√≠a visto obligada a pasar all√≠ un mes cada verano hasta que por fin me impuse al cumplir los catorce a√Īos; as√≠ que, en vez de eso, los tres √ļltimos a√Īos, Charlie, mi padre, hab√≠a pasado sus dos semanas de vacaciones conmigo en California.
Y ahora me exiliaba a Forks, un acto que me aterraba, ya que detestaba el lugar.
Adoraba Phoenix. Me encantaba el sol, el calor abrasador, y la vitalidad de una ciudad que se extendía en todas las direcciones.
—Bella —me dijo mamá por enésima vez antes de subir al avión—, no tienes por qué hacerlo.
Mi madre y yo nos parecemos mucho, salvo por el pelo corto y las arrugas de la risa. Tuve un ataque de p√°nico cuando contempl√© sus ojos grandes e ingenuos. ¬ŅC√≥mo pod√≠a permitir que se las arreglara sola, ella que era tan cari√Īosa, caprichosa y atolondrada? Ahora ten√≠a a Phil, por supuesto, por lo que probablemente se pagar√≠an las facturas, habr√≠a comida en el frigor√≠fico y gasolina en el dep√≥sito del coche, y podr√≠a apelar a √©l cuando se encontrara perdida, pero aun as√≠...
¬óEs que quiero ir ¬óle ment√≠. Siempre se me ha dado muy mal eso de mentir, pero hab√≠a dicho esa mentira con tanta frecuencia en los √ļltimos meses que ahora casi sonaba convincente.
—Saluda a Charlie de mi parte —dijo con resignación.
—Sí, lo haré.
—Te veré pronto —insistió—. Puedes regresar a casa cuando quieras. Volveré tan pronto como me necesites.
Pero en sus ojos vi el sacrificio que le suponía esa promesa.
—No te preocupes por mí —le pedí—. Todo irá estupendamente. Te quiero, mamá.
Me abrazó con fuerza durante un minuto; luego, subí al avión y ella se marchó.
Para llegar a Forks tenía por delante un vuelo de cuatro horas de Phoenix a Seattle, y desde allí a Port Angeles una hora más en avioneta y otra más en coche. No me desagrada volar, pero me preocupaba un poco pasar una hora en el coche con Charlie.
Lo cierto es que Charlie había llevado bastante bien todo aquello. Parecía realmente complacido de que por primera vez fuera a vivir con él de forma más o menos permanente. Ya me había matriculado en el instituto y me iba a ayudar a comprar un coche.
Pero estaba convencida de que iba a sentirme inc√≥moda en su compa√Ī√≠a. Ninguno de los dos √©ramos muy habladores que se diga, y, de todos modos, tampoco ten√≠a nada que contarle. Sab√≠a que mi decisi√≥n lo hac√≠a sentirse un poco confuso, ya que, al igual que mi madre, yo nunca hab√≠a ocultado mi aversi√≥n hacia Forks.
Estaba lloviendo cuando el avión aterrizó en Port Angeles. No lo consideré un presagio, simplemente era inevitable.
Ya me había despedido del sol.
Charlie me esperaba en el coche patrulla, lo cual no me extra√Ī√≥. Para las buenas gentes de Forks, Charlie es el jefe de polic√≠a Swan. La principal raz√≥n de querer comprarme un coche, a pesar de lo escaso de mis ahorros, era que me negaba en redondo a que me llevara por todo el pueblo en un coche con luces rojas y azules en el techo. No hay nada que ralentice m√°s la velocidad del tr√°fico que un poli.
Charlie me abrazó torpemente con un solo brazo cuando bajaba a trompicones la escalerilla del avión.
¬óMe alegro de verte, Bella ¬ódijo con una sonrisa al mismo tiempo que me sosten√≠a firmemente¬ó. Apenas has cambiado. ¬ŅC√≥mo est√° Ren√©e?
—Mamá está bien. Yo también me alegro de verte, papá —no le podía llamar Charlie a la cara.
Tra√≠a pocas maletas. La mayor√≠a de mi ropa de Arizona era demasiado ligera para llevarla en Washington. Mi madre y yo hab√≠amos hecho un fondo com√ļn con nuestros recursos para complementar mi vestuario de invierno, pero, a pesar de todo, era escaso. Todas cupieron f√°cilmente en el maletero del coche patrulla.
¬óHe localizado un coche perfecto para ti, y muy barato ¬óanunci√≥ una vez que nos abrochamos los cinturones de seguridad. ¬ŅQu√© tipo de coche?
Desconfi√© de la manera en que hab√≠a dicho ¬ęun coche perfecto para ti¬Ľ en lugar de simplemente ¬ęun coche perfecto¬Ľ.
¬óBueno, es un monovolumen, un Chevy para ser exactos.
¬ó¬ŅD√≥nde lo encontraste?
¬ó¬ŅTe acuerdas de Billy Black, el que viv√≠a en La Push?
La Push es una peque√Īa reserva india situada en la costa.
¬óNo.
—Solía venir de pesca con nosotros durante el verano —me explicó.
Por eso no me acordaba de él. Se me da bien olvidar las cosas dolorosas e innecesarias.
—Ahora está en una silla de ruedas —continuó Charlie cuando no respondí—, por lo que no puede conducir y me propuso venderme su camión por una ganga.
¬ó¬ŅDe qu√© a√Īo es?
Por la forma en que le cambió la cara, supe que era la pregunta que no deseaba oír.
¬óBueno, Billy ha realizado muchos arreglos en el motor. En realidad, tampoco tiene tantos a√Īos.
Esperaba que no me tuviera en tan poca estima como para creer que iba a dejar pasar el tema así como así.
¬ŅCu√°ndo lo compr√≥?
¬óEn 1984... Creo.
¬ŅY era nuevo entonces?
—En realidad, no. Creo que era nuevo a principios de los sesenta, o a lo mejor a finales de los cincuenta —confesó con timidez.
¡Papá, por favor! ¡No sé nada de coches! No podría arreglarlo si se estropeara y no me puedo permitir pagar un taller.
—Nada de eso, Bella, el trasto funciona a las mil maravillas. Hoy en día no los fabrican tan buenos.
El trasto, repetí en mi fuero interno. Al menos tenía posibilidades como apodo.
¬ŅY qu√© entiendes por barato?
Después de todo, ése era el punto en el que yo no iba a ceder.
¬óBueno, cari√Īo, ya te lo he comprado como regalo de bienvenida.
Charlie me miró de reojo con rostro expectante.
Vaya. Gratis.
—No tenías que hacerlo, papá. Iba a comprarme un coche.
—No me importa. Quiero que te encuentres a gusto aquí.
Charlie mantenía la vista fija en la carretera mientras hablaba. Se sentía incómodo al expresar sus emociones en voz alta. Yo lo había heredado de él, de ahí que también mirara hacia la carretera cuando le respondí:
¬óEs estupendo, pap√°. Gracias. Te lo agradezco de veras.
Resultaba innecesario a√Īadir que era imposible estar a gusto en Forks, pero √©l no ten√≠a por qu√© sufrir conmigo. Y a caballo regalado no le mires el diente, ni el motor.
—Bueno, de nada. Eres bienvenida —masculló, avergonzado por mis palabras de agradecimiento.
Intercambiamos unos pocos comentarios m√°s sobre el tiempo, que era h√ļmedo, y b√°sicamente √©sa fue toda la conversaci√≥n. Miramos a trav√©s de las ventanillas en silencio.
El paisaje era hermoso, por supuesto, no podía negarlo. Todo era de color verde: los árboles, los troncos cubiertos de musgo, el dosel de ramas que colgaba de los mismos, el suelo cubierto de helechos. Incluso el aire que se filtraba entre las hojas tenía un matiz de verdor.
Era demasiado verde, un planeta alienígena.
Finalmente llegamos al hogar de Charlie. Viv√≠a en una casa peque√Īa de dos dormitorios que compr√≥ con mi madre durante los primeros d√≠as de su matrimonio. √Čsos fueron los √ļnicos d√≠as de su matrimonio, los primeros. All√≠, aparcado en la calle delante de una casa que nunca cambiaba, estaba mi nuevo monovolumen, bueno, nuevo para m√≠. El veh√≠culo era de un rojo desva√≠do, con guardabarros grandes y redondos y una cabina de aspecto bulboso. Para mi enorme sorpresa, me encant√≥. No sab√≠a si funcionar√≠a, pero pod√≠a imaginarme al volante. Adem√°s, era uno de esos modelos de hierro s√≥lido que jam√°s sufren da√Īos, la clase de coches que ves en un accidente de tr√°fico con la pintura intacta y rodeado de los trozos del coche extranjero que acaba de destrozar.
¬ó¬°Caramba, pap√°! ¬°Me encanta! ¬°Gracias!
Ahora, el d√≠a de ma√Īana parec√≠a bastante menos terror√≠fico. No me ver√≠a en la tesitura de elegir entre andar tres kil√≥metros bajo la lluvia hasta el instituto o dejar que el jefe de polic√≠a me llevara en el coche patrulla.
¬óMe alegra que te guste ¬ódijo Charlie con voz √°spera, nuevamente avergonzado.
Subir todas mis cosas hasta el primer piso requiri√≥ un solo viaje escaleras arriba. Ten√≠a el dormitorio de la cara oeste, el que daba al patio delantero. Conoc√≠a bien la habitaci√≥n; hab√≠a sido la m√≠a desde que nac√≠. El suelo de madera, las paredes pintadas de azul claro, el techo a dos aguas, las cortinas de encaje ya amarillentas flanqueando las ventanas... Todo aquello formaba parte de mi infancia. Los √ļnicos cambios que hab√≠a introducido Charlie se limitaron a sustituir la cuna por una cama y a√Īadir un escritorio cuando crec√≠. Encima de √©ste hab√≠a ahora un ordenador de segunda mano con el cable del m√≥dem grapado al suelo hasta la toma de tel√©fono m√°s pr√≥xima. Mi madre lo hab√≠a estipulado de ese modo para que estuvi√©ramos en contacto con facilidad. La mecedora que ten√≠a desde ni√Īa a√ļn segu√≠a en el rinc√≥n.
S√≥lo hab√≠a un peque√Īo cuarto de ba√Īo en lo alto de las escaleras que deber√≠a compartir con Charlie. Intent√© no darle muchas vueltas al asunto.
Una de las cosas buenas que tiene Charlie es que no se queda revoloteando a tu alrededor. Me dej√≥ sola para que deshiciera mis maletas y me instalara, una haza√Īa que hubiera sido del todo imposible para mi madre. Resultaba estupendo estar sola, no tener que sonre√≠r ni poner buena cara; fue un respiro que me permiti√≥ contemplar a trav√©s del cristal la cortina de lluvia con desaliento y derramar algunas l√°grimas. No estaba de humor para una gran llantina. Eso pod√≠a esperar hasta que me acostara y me pusiera a reflexionar sobre lo que me aguardaba al d√≠a siguiente.
El aterrador c√≥mputo de estudiantes del instituto de Forks era de tan s√≥lo trescientos cincuenta y siete, ahora trescientos cincuenta y ocho. Solamente en mi clase de tercer a√Īo en Phoenix hab√≠a m√°s de setecientos alumnos.
Todos los jóvenes de por aquí se habían criado juntos y sus abuelos habían aprendido a andar juntos. Yo sería la chica nueva de la gran ciudad, una curiosidad, un bicho raro.
Tal vez podría utilizar eso a mi favor si tuviera el aspecto que se espera de una chica de Phoenix, pero físicamente no encajaba en modo alguno. Debería ser alta, rubia, de tez bronceada, una jugadora de voleibol o quizá una animadora, todas esas cosas propias de quienes viven en el Valle del Sol.
Por el contrario, mi piel era blanca como el marfil a pesar de las muchas horas de sol de Arizona, sin tener siquiera la excusa de unos ojos azules o un pelo rojo. Siempre he sido delgada, pero m√°s bien flojucha y, desde luego, no una atleta. Me faltaba la coordinaci√≥n suficiente para practicar deportes sin hacer el rid√≠culo o da√Īar a alguien, a m√≠ misma o a cualquiera que estuviera demasiado cerca.
Despu√©s de colocar mi ropa en el viejo tocador de madera de pino, me llev√© el neceser al cuarto de ba√Īo para asearme tras un d√≠a de viaje. Contempl√© mi rostro en el espejo mientras me cepillaba el pelo enredado y h√ļmedo. Tal vez se debiera a la luz, pero ya ten√≠a un aspecto m√°s cetrino y menos saludable. Puede que tenga una piel bonita, pero es muy clara, casi trasl√ļcida, por lo que su apariencia depende del color del lugar y en Forks no hab√≠a color alguno.
Mientras me enfrentaba a mi p√°lida imagen en el espejo, tuve que admitir que me enga√Īaba a m√≠ misma. Jam√°s encajar√≠a, y no s√≥lo por mis carencias f√≠sicas. Si no me hab√≠a hecho un huequecito en una escuela de tres mil alumnos, ¬Ņqu√© posibilidades iba a tener aqu√≠?
No sintonizaba bien con la gente de mi edad. Bueno, lo cierto es que no sintonizaba bien con la gente. Punto. Ni siquiera mi madre, la persona con quien mantenía mayor proximidad, estaba en armonía conmigo; no íbamos por el mismo carril. A veces me preguntaba si veía las cosas igual que el resto del mundo. Tal vez la cabeza no me funcionara como es debido.
Pero la causa no importaba, s√≥lo contaba el efecto. Y ma√Īana no ser√≠a m√°s que el comienzo.
Aquella noche no dorm√≠ bien, ni siquiera cuando dej√© de llorar. El siseo constante de la lluvia y el viento sobre el techo no aminoraba jam√°s, hasta convertirse en un ruido de fondo. Me tap√© la cabeza con la vieja y descolorida colcha y luego a√Īad√≠ la almohada, pero no consegu√≠ conciliar el sue√Īo antes de medianoche, cuando al fin la lluvia se convirti√≥ en un fino sirimiri.
A la ma√Īana siguiente, lo √ļnico que ve√≠a a trav√©s de la ventana era una densa niebla y sent√≠ que la claustrofobia se apoderaba de m√≠. Aqu√≠ nunca se pod√≠a ver el cielo, parec√≠a una jaula.
El desayuno con Charlie se desarroll√≥ en silencio. Me dese√≥ suerte en la escuela y le di las gracias, aun sabiendo que sus esperanzas eran vanas. La buena suerte sol√≠a esquivarme. Charlie se march√≥ primero, directo a la comisar√≠a, que era su esposa y su familia. Examin√© la cocina despu√©s de que se fuera, todav√≠a sentada en una de las tres sillas, ninguna de ellas a juego, junto a la vieja mesa cuadrada de roble. La cocina era peque√Īa, con paneles oscuros en las paredes, armarios amarillo chill√≥n y un suelo de lin√≥leo blanco. Nada hab√≠a cambiado. Hac√≠a dieciocho a√Īos, mi madre hab√≠a pintado los armarios con la esperanza de introducir un poco de luz solar en la casa. Hab√≠a una hilera de fotos encima del peque√Īo hogar del cuarto de estar, que colindaba con la cocina y era del tama√Īo de una caja de zapatos. La primera foto era de la boda de Charlie con mi madre en Las Vegas, y luego la que nos tom√≥ a los tres una amable enfermera del hospital donde nac√≠, seguida por una sucesi√≥n de mis fotograf√≠as escolares hasta el a√Īo pasado. Verlas me resultaba muy embarazoso. Ten√≠a que convencer a Charlie de que las pusiera en otro sitio, al menos mientras yo viviera aqu√≠.
Era imposible permanecer en aquella casa y no darse cuenta de que Charlie no se había repuesto de la marcha de mi madre. Eso me hizo sentir incómoda.
No quería llegar demasiado pronto al instituto, pero no podía permanecer en la casa más tiempo, por lo que me puse el anorak, tan grueso que recordaba a uno de esos trajes empleados en caso de peligro biológico, y me encaminé hacia la llovizna.
A√ļn chispeaba, pero no lo bastante para que me calara mientras buscaba la llave de la casa, que siempre estaba escondida debajo del alero que hab√≠a junto a la puerta, y cerrara. El ruido de mis botas de agua nuevas resultaba enervante. A√Īoraba el crujido habitual de la grava al andar. No pude detenerme a admirar de nuevo el veh√≠culo, como deseaba, y me apresur√© a escapar de la h√ļmeda neblina que se arremolinaba sobre mi cabeza y se agarraba al pelo por debajo de la capucha.
Dentro del monovolumen estaba c√≥moda y a cubierto. Era obvio que Charlie o Billy deb√≠an de haberlo limpiado, pero la tapicer√≠a marr√≥n de los asientos a√ļn ol√≠a tenuemente a tabaco, gasolina y menta. El coche arranc√≥ a la primera, con gran alivio por mi parte, aunque en medio de un gran estruendo, y luego hizo mucho ruido mientras avanzaba al ralent√≠. Bueno, un monovolumen tan antiguo deb√≠a de tener alg√ļn defecto. La anticuada radio funcionaba, un a√Īadido que no me esperaba.
Fue f√°cil localizar el instituto pese a no haber estado antes. El edificio se hallaba, como casi todo lo dem√°s en el pueblo, junto a la carretera. No resultaba obvio que fuera una escuela, s√≥lo me detuve gracias al cartel que indicaba que se trataba del instituto de Forks. Se parec√≠a a un conjunto de esas casas de intercambio en √©poca de vacaciones construidas con ladrillos de color granate. Hab√≠a tantos √°rboles y arbustos que a primera vista no pod√≠a verlo en su totalidad. ¬ŅD√≥nde estaba el ambiente de un instituto?, me pregunt√© con nostalgia. ¬ŅD√≥nde estaban las alambradas y los detectores de metales?
Aparqu√© frente al primer edificio, encima de cuya entrada hab√≠a un cartelito que rezaba ¬ęOficina principal¬Ľ. No vi otros coches aparcados all√≠, por lo que estuve segura de que estaba en zona prohibida, pero decid√≠ que iba a pedir indicaciones en lugar de dar vueltas bajo la lluvia como una tonta. De mala gana sal√≠ de la cabina calentita del monovolumen y recorr√≠ un sendero de piedra flanqueado por setos oscuros. Respir√© hondo antes de abrir la puerta.
En el interior hab√≠a m√°s luz y se estaba m√°s caliente de lo que esperaba. La oficina era peque√Īa: una salita de espera con sillas plegables acolchadas, una basta alfombra con motas anaranjadas, noticias y premios pegados sin orden ni concierto en las paredes y un gran reloj que hac√≠a tictac de forma ostensible. Las plantas crec√≠an por doquier en sus macetas de pl√°stico, por si no hubiera suficiente vegetaci√≥n fuera.
Un mostrador alargado divid√≠a la habitaci√≥n en dos, con cestas met√°licas llenas de papeles sobre la encimera y anuncios de colores chillones pegados en el frontal. Detr√°s del mostrador hab√≠a tres escritorios. Una pelirroja regordeta con gafas se sentaba en uno de ellos. Llevaba una camiseta de color p√ļrpura que, de inmediato, me hizo sentir que yo iba demasiado elegante.
La mujer pelirroja alzó la vista.
¬ŅTe puedo ayudar en algo?
—Soy Isabella Swan —le informé, y de inmediato advertí en su mirada un atisbo de reconocimiento. Me esperaban. Sin duda, había sido el centro de los cotilleos. La hija de la caprichosa ex mujer del jefe de policía al fin regresaba a casa.
¬óPor supuesto ¬ódijo.
Rebuscó entre los documentos precariamente apilados hasta encontrar los que buscaba.
—Precisamente aquí tengo el horario de tus clases y un plano de la escuela.
Trajo varias cuartillas al mostrador para ense√Ī√°rmelas. Repas√≥ todas mis clases y marc√≥ el camino m√°s id√≥neo para cada una en el plano; luego, me entreg√≥ el comprobante de asistencia para que lo firmara cada profesor y se lo devolviera al finalizar las clases. Me dedic√≥ una sonrisa y, al igual que Charlie, me dijo que esperaba que me gustara Forks. Le devolv√≠ la sonrisa m√°s convincente posible.
Los dem√°s estudiantes comenzaban a llegar cuando regres√© al monovolumen. Los segu√≠, me un√≠ a la cola de coches y conduje hasta el otro lado de la escuela. Supuso un alivio comprobar que casi todos los veh√≠culos ten√≠an a√ļn m√°s a√Īos que el m√≠o, ninguno era ostentoso. En Phoenix, viv√≠a en uno de los pocos barrios pobres del distrito Paradise Valley. Era habitual ver un Mercedes nuevo o un Porsche en el aparcamiento de los estudiantes. El mejor coche de los que all√≠ hab√≠a era un flamante Volvo, y destacaba. Aun as√≠, apagu√© el motor en cuanto aparqu√© en una plaza libre para que el estruendo no atrajera la atenci√≥n de los dem√°s sobre m√≠.
Examiné el plano en el monovolumen, intentando memorizarlo con la esperanza de no tener que andar consultándolo todo el día. Lo guardé en la mochila, me la eché al hombro y respiré hondo. Puedo hacerlo, me mentí sin mucha convicción. Nadie me va a morder. Al final, suspiré y salí del coche.
Mantuve la cara escondida bajo la capucha y anduve hasta la acera abarrotada de jóvenes. Observé con alivio que mi sencilla chaqueta negra no llamaba la atención.
Una vez pasada la cafeter√≠a, el edificio n√ļmero tres resultaba f√°cil de localizar, ya que hab√≠a un gran ¬ę3¬Ľ pintado en negro sobre un fondo blanco con forma de cuadrado en la esquina del lado este. Not√© que mi respiraci√≥n se acercaba a hiperventilaci√≥n al aproximarme a la puerta. Para paliarla, contuve el aliento y entr√© detr√°s de dos personas que llevaban impermeables de estilo unisex.
El aula era peque√Īa. Los alumnos que ten√≠a delante se deten√≠an en la entrada para colgar sus abrigos en unas perchas; hab√≠a varias. Los imit√©. Se trataba de dos chicas, una rubia de tez clara como la porcelana y otra, tambi√©n p√°lida, de pelo casta√Īo claro. Al menos, mi piel no ser√≠a nada excepcional aqu√≠.
Entregu√© el comprobante al profesor, un hombre alto y calvo al que la placa que descansaba sobre su escritorio lo identificaba como Sr. Mas√≥n. Se qued√≥ mir√°ndome embobado al ver mi nombre, pero no me dedic√≥ ninguna palabra de aliento, y yo, por supuesto, me puse colorada como un tomate. Pero al menos me envi√≥ a un pupitre vac√≠o al fondo de la clase sin presentarme al resto de los compa√Īeros. A √©stos les resultaba dif√≠cil mirarme al estar sentada en la √ļltima fila, pero se las arreglaron para conseguirlo. Mantuve la vista clavada en la lista de lecturas que me hab√≠a entregado el profesor. Era bastante b√°sica: Bront√©, Shakespeare, Chaucer, Faulkner. Los hab√≠a le√≠do a todos, lo cual era c√≥modo... y aburrido. Me pregunt√© si mi madre me enviar√≠a la carpeta con los antiguos trabajos de clase o si creer√≠a que la estaba enga√Īando. Recre√© nuestra discusi√≥n mientras el profesor continuaba con su perorata.
Cuando sonó el zumbido casi nasal del timbre, un chico flacucho, con acné y pelo grasiento, se ladeó desde un pupitre al otro lado del pasillo para hablar conmigo.
¬óT√ļ eres Isabella Swan, ¬Ņverdad?
Parecía demasiado amable, el típico miembro de un club de ajedrez.
—Bella —le corregí. En un radio de tres sillas, todos se volvieron para mirarme.
¬ŅD√≥nde tienes la siguiente clase? ¬ópregunt√≥. Tuve que comprobarlo con el programa que ten√≠a en la mochila.
¬óEh... Historia, con Jefferson, en el edificio seis.
Mirase donde mirase, había ojos curiosos por doquier.
¬óVoy al edificio cuatro, podr√≠a mostrarte el camino ¬ódemasiado amable, sin duda¬ó. Me llamo Eric ¬óa√Īadi√≥.
Sonreí con timidez.
¬óGracias.
Recogimos nuestros abrigos y nos adentramos en la lluvia, que caía con más fuerza. Hubiera jurado que varias personas nos seguían lo bastante cerca para escuchar a hurtadillas. Esperaba no estar volviéndome paranoica.
¬óBueno, es muy distinto de Phoenix, ¬Ņeh? ¬ópregunt√≥.
¬óMucho.
¬óAll√≠ no llueve a menudo, ¬Ņverdad?
¬óTres o cuatro veces al a√Īo.
¬óVaya, no me lo puedo ni imaginar.
—Hace mucho sol —le expliqué.
¬óNo se te ve muy bronceada.
¬óEs la sangre albina de mi madre.
Me miró con aprensión. Suspiré. No parecía que las nubes y el sentido del humor encajaran demasiado bien.
Después de estar varios meses aquí, habría olvidado cómo emplear el sarcasmo.
Pasamos junto a la cafeter√≠a de camino hacia los edificios de la zona sur, cerca del gimnasio. Eric me acompa√Ī√≥ hasta la puerta, aunque la pod√≠a identificar perfectamente.
—En fin, suerte —dijo cuando rocé el picaporte—. Tal vez coincidamos en alguna otra clase.
Parecía esperanzado. Le dediqué una sonrisa que no comprometía a nada y entré.
El resto de la ma√Īana transcurri√≥ de forma similar. Mi profesor de Trigonometr√≠a, el se√Īor Varner, a quien habr√≠a odiado de todos modos por la asignatura que ense√Īaba, fue el √ļnico que me oblig√≥ a permanecer delante de toda la clase para presentarme a mis compa√Īeros. Balbuce√©, me sonroj√© y tropec√© con mis propias botas al volver a mi pupitre.
Después de dos clases, empecé a reconocer varias caras en cada asignatura. Siempre había alguien con más coraje que los demás que se presentaba y me preguntaba si me gustaba Forks. Procuré actuar con diplomacia, pero por lo general mentí mucho. Al menos, no necesité el plano.
Una chica se sent√≥ a mi lado tanto en clase de Trigonometr√≠a como de espa√Īol, y me acompa√Ī√≥ a la cafeter√≠a para almorzar. Era muy peque√Īa, varios cent√≠metros por debajo de mi uno sesenta, pero casi alcanzaba mi estatura gracias a su oscura melena de rizos alborotados. No me acordaba de su nombre, por lo que me limit√© a sonre√≠r mientras parloteaba sobre los profesores y las clases. Tampoco intent√© comprenderlo todo.
Nos sentamos al final de una larga mesa con varias de sus amigas a quienes me presentó. Se me olvidaron los nombres de todas en cuanto los pronunció. Parecían orgullosas por tener el coraje de hablar conmigo. El chico de la clase de Lengua y Literatura, Eric, me saludó desde el otro lado de la sala.
Y allí estaba, sentada en el comedor, intentando entablar conversación con siete desconocidas llenas de curiosidad, cuando los vi por primera vez.
Se sentaban en un rinc√≥n de la cafeter√≠a, en la otra punta de donde yo me encontraba. Eran cinco. No conversaban ni com√≠an pese a que todos ten√≠an delante una bandeja de comida. No me miraban de forma est√ļpida como casi todos los dem√°s, por lo que no hab√≠a peligro: pod√≠a estudiarlos sin temor a encontrarme con un par de ojos excesivamente interesados. Pero no fue eso lo que atrajo mi atenci√≥n.
No se parec√≠an lo m√°s m√≠nimo a ning√ļn otro estudiante. De los tres chicos, uno era fuerte, tan musculoso que parec√≠a un verdadero levantador de pesas, y de pelo oscuro y rizado. Otro, m√°s alto y delgado, era igualmente musculoso y ten√≠a el cabello del color de la miel. El √ļltimo era desgarbado, menos corpulento, y llevaba despeinado el pelo casta√Īo dorado. Ten√≠a un aspecto m√°s juvenil que los otros dos, que podr√≠an estar en la universidad o incluso ser profesores aqu√≠ en vez de estudiantes.
Las chicas eran dos polos opuestos. La m√°s alta era escultural. Ten√≠a una figura preciosa, del tipo que se ve en la portada del n√ļmero dedicado a trajes de ba√Īo de la revista Sports Illustrated, y con el que todas las chicas pierden buena parte de su autoestima s√≥lo por estar cerca. Su pelo rubio ca√≠a en cascada hasta la mitad de la espalda. La chica baja ten√≠a aspecto de duendecillo de facciones finas, un fideo. Su pelo corto era rebelde, con cada punta se√Īalando en una direcci√≥n, y de un negro intenso.
Aun así, todos se parecían muchísimo. Eran blancos como la cal, los estudiantes más pálidos de cuantos vivían en aquel pueblo sin sol. Más pálidos que yo, que soy albina. Todos tenían ojos muy oscuros, a pesar de la diferente gama de colores de los cabellos, y ojeras malvas, similares al morado de los hematomas. Era como si todos padecieran de insomnio o se estuvieran recuperando de una rotura de nariz, aunque sus narices, al igual que el resto de sus facciones, eran rectas, perfectas, simétricas.
Pero nada de eso era el motivo por el que no conseguía apartar la mirada.
Continu√© mir√°ndolos porque sus rostros, tan diferentes y tan similares al mismo tiempo, eran de una belleza inhumana y devastadora. Eran rostros como nunca esperas ver, excepto tal vez en las p√°ginas retocadas de una revista de moda. O pintadas por un artista antiguo, como el semblante de un √°ngel. Resultaba dif√≠cil decidir qui√©n era m√°s bello, tal vez la chica rubia perfecta o el joven de pelo casta√Īo dorado.
Los cinco desviaban la mirada los unos de los otros, tambi√©n del resto de los estudiantes y de cualquier cosa hasta donde pude colegir. La chica m√°s peque√Īa se levant√≥ con la bandeja ¬óel refresco sin abrir, la manzana sin morder¬ó y se alej√≥ con un trote gr√°cil, veloz, propio de un corcel desbocado. Asombrada por sus pasos de √°gil bailarina, la contempl√© vaciar su bandeja y deslizarse por la puerta trasera a una velocidad superior a lo que habr√≠a considerado posible. Mir√© r√°pidamente a los otros, que permanec√≠an sentados, inm√≥viles.
¬ó¬ŅQui√©nes son √©sos?¬ópregunt√© a la chica de la clase de Espa√Īol, cuyo nombre se me hab√≠a olvidado.
Y de repente, mientras ella alzaba los ojos para ver a quiénes me refería, aunque probablemente ya lo supiera por la entonación de mi voz, el más delgado y de aspecto más juvenil, la miró. Durante una fracción de segundo se fijó en mi vecina, y después sus ojos oscuros se posaron sobre los míos.
√Čl desvi√≥ la mirada r√°pidamente, a√ļn m√°s deprisa que yo, ruborizada de verg√ľenza. Su rostro no denotaba inter√©s alguno en esa mirada furtiva, era como si mi compa√Īera hubiera pronunciado su nombre y √©l, pese a haber decidido no reaccionar previamente, hubiera levantado los ojos en una involuntaria respuesta.
Avergonzada, la chica que estaba a mi lado se rió tontamente y fijó la vista en la mesa, igual que yo.
—Son Edward y Emmett Cullen, y Rosalie y Jasper Hale. La que se acaba de marchar se llama Alice Cullen; todos viven con el doctor Cullen y su esposa —me respondió con un hilo de voz.
Miré de soslayo al chico guapo, que ahora contemplaba su bandeja mientras desmigajaba una rosquilla con sus largos y níveos dedos. Movía la boca muy deprisa, sin abrir apenas sus labios perfectos. Los otros tres continuaron con la mirada perdida, y, aun así, creí que hablaba en voz baja con ellos.
¬°Qu√© nombres tan raros y anticuados!, pens√©. Era la clase de nombres que ten√≠an nuestros abuelos, pero tal vez estuvieran de moda aqu√≠, quiz√° fueran los nombres propios de un pueblo peque√Īo. Entonces record√© que mi vecina se llamaba Jessica, un nombre perfectamente normal. Hab√≠a dos chicas con ese nombre en mi clase de Historia en Phoenix.
¬óSon... guapos.
Me costó encontrar un término mesurado.
—¡Ya te digo! —Jessica asintió mientras soltaba otra risita tonta—. Pero están juntos. Me refiero a Emmett y Rosalie, y a Jasper y Alice, y viven juntos.
Su voz reson√≥ con toda la conmoci√≥n y reprobaci√≥n de un pueblo peque√Īo, pero, para ser sincera, he de confesar que aquello dar√≠a pie a grandes cotilleos incluso en Phoenix.
¬ŅQui√©nes son los Cullen? ¬ópregunt√©¬ó. No parecen parientes...
¬óClaro que no. El doctor Cullen es muy joven, tendr√° entre veinte y muchos y treinta y pocos. Todos son adoptados. Los Hale, los rubios, son hermanos gemelos, y los Cullen son su familia de acogida.
¬óParecen un poco mayores para estar con una familia de acogida.
¬óAhora s√≠, Jasper y Rosalie tienen dieciocho a√Īos, pero han vivido con la se√Īora Cullen desde los ocho. Es su t√≠a o algo parecido.
¬óEs muy generoso por parte de los Cullen cuidar de todos esos ni√Īos siendo tan j√≥venes.
¬óSupongo que s√≠ ¬óadmiti√≥ Jessica muy a su pesar. Me dio la impresi√≥n de que, por alg√ļn motivo, el m√©dico y su mujer no le ca√≠an bien. Por las miradas que lanzaba en direcci√≥n a sus hijos adoptivos, supuse que eran celos; luego, como si con eso disminuyera la bondad del matrimonio, agreg√≥¬ó: Aunque tengo entendido que la se√Īora Cullen no puede tener hijos.
Mientras manten√≠amos esta conversaci√≥n, dirig√≠a miradas furtivas una y otra vez hacia donde se sentaba aquella extra√Īa familia. Continuaban mirando las paredes y no hab√≠an probado bocado.
¬ŅSiempre han vivido en Forks? ¬ópregunt√©. De ser as√≠, seguro que los habr√≠a visto en alguna de mis visitas durante las vacaciones de verano.
—No —dijo con una voz que daba a entender que tenía que ser obvio, incluso para una recién llegada como yo—.
Se mudaron aqu√≠ hace dos a√Īos, vinieron desde alg√ļn lugar de Alaska.
Experiment√© una punzada de compasi√≥n y alivio. Compasi√≥n porque, a pesar de su belleza, eran extranjeros y resultaba evidente que no se les admit√≠a. Alivio por no ser la √ļnica reci√©n llegada y, desde luego, no la m√°s interesante.
Uno de los Cullen, el más joven, levantó la vista mientras yo los estudiaba y nuestras miradas se encontraron, en esta ocasión con una manifiesta curiosidad. Cuando desvié los ojos, me pareció que en los suyos brillaba una expectación insatisfecha.
¬ó¬ŅQui√©n es el chico de pelo cobrizo? ¬ópregunt√©.
Lo miré de refilón. Seguía observándome, pero no con la boca abierta, a diferencia del resto de los estudiantes. Su rostro reflejó una ligera contrariedad. Volví a desviar la vista.
—Se llama Edward. Es guapísimo, por supuesto, pero no pierdas el tiempo con él. No sale con nadie. Quizá ninguna de las chicas del instituto le parece lo bastante guapa —dijo con desdén, en una muestra clara de despecho. Me pregunté cuándo la habría rechazado.
Me mordí el labio para ocultar una sonrisa. Entonces lo miré de nuevo. Había vuelto el rostro, pero me pareció ver estirada la piel de sus mejillas, como si también estuviera sonriendo.
Los cuatro abandonaron la mesa al mismo tiempo, escasos minutos después. Todos se movían con mucha elegancia, incluso el forzudo. Me desconcertó verlos. El que respondía al nombre de Edward no me miró de nuevo.
Permanecí en la mesa con Jessica y sus amigas más tiempo del que me hubiera quedado de haber estado sola. No quería llegar tarde a mis clases el primer día. Una de mis nuevas amigas, que tuvo la consideración de recordarme que se llamaba Angela, tenía, como yo, clase de segundo de Biología a la hora siguiente. Nos dirigimos juntas al aula en silencio. También era tímida.
Nada m√°s entrar en clase, Angela fue a sentarse a una mesa con dos sillas y un tablero de laboratorio con la parte superior de color negro, exactamente igual a las de Phoenix. Ya compart√≠a la mesa con otro estudiante. De hecho, todas las mesas estaban ocupadas, salvo una. Reconoc√≠ a Edward Cullen, que estaba sentado cerca del pasillo central junto a la √ļnica silla vacante, por lo poco com√ļn de su cabello.
Lo mir√© de forma furtiva mientras avanzaba por el pasillo para presentarme al profesor y que √©ste me firmara el comprobante de asistencia. Entonces, justo cuando yo pasaba, se puso r√≠gido en la silla. Volvi√≥ a mirarme fijamente y nuestras miradas se encontraron. La expresi√≥n de su rostro era de lo m√°s extra√Īa, hostil, airada. Pasmada, apart√© la vista y me sonroj√© otra vez. Tropec√© con un libro que hab√≠a en el suelo y me tuve que aferrar al borde de una mesa.
La chica que se sentaba allí soltó una risita.
Me había dado cuenta de que tenía los ojos negros, negros como carbón.
El se√Īor Banner me firm√≥ el comprobante y me entreg√≥ un libro, ahorr√°ndose toda esa tonter√≠a de la presentaci√≥n.
Supe que √≠bamos a caernos bien. Por supuesto, no le quedaba otro remedio que mandarme a la √ļnica silla vacante en el centro del aula. Mantuve la mirada fija en el suelo mientras iba a sentarme junto a √©l, ya que la hostilidad de su mirada a√ļn me ten√≠a aturdida.
No alcé la vista cuando deposité el libro sobre la mesa y me senté, pero lo vi cambiar de postura al mirar de reojo.
Se inclin√≥ en la direcci√≥n opuesta, sent√°ndose al borde de la silla. Apart√≥ el rostro como si algo apestara. Ol√≠ mi pelo con disimulo. Ol√≠a a fresas, el aroma de mi champ√ļ favorito. Me pareci√≥ un aroma bastante inocente. Dej√© caer mi pelo sobre el hombro derecho para crear una pantalla oscura entre nosotros e intent√© prestar atenci√≥n al profesor.
Por desgracia, la clase versó sobre la anatomía celular, un tema que ya había estudiado. De todos modos, tomé apuntes con cuidado, sin apartar la vista del cuaderno.
No me pod√≠a controlar y de vez en cuando echaba un vistazo trav√©s del pelo al extra√Īo chico que ten√≠a a mi lado.
√Čste no relaj√≥ aquella postura envarada ¬ósentado al borde de la silla, lo m√°s lejos posible de m√≠¬ó durante toda la clase. La mano izquierda, crispada en un pu√Īo, descansaba sobre el muslo. Se hab√≠a arremangado la camisa hasta los codos. Debajo de su piel clara pod√≠a verle el antebrazo, sorprendentemente duro y musculoso. No era de complexi√≥n tan liviana como parec√≠a al lado del m√°s fornido de sus hermanos.
La lecci√≥n parec√≠a prolongarse mucho m√°s que las otras. ¬ŅSe deb√≠a a que las clases estaban a punto de acabar o porque estaba esperando a que abriera el pu√Īo que cerraba con tanta fuerza? No lo abri√≥. Continu√≥ sentado, tan inm√≥vil que parec√≠a no respirar.
¬ŅQu√© le pasaba? ¬ŅSe comportaba de esa forma habitualmente? Cuestion√© mi opini√≥n sobre la acritud de Jessica durante el almuerzo. Quiz√° no era tan resentida como hab√≠a pensado.
No podía tener nada que ver conmigo. No me conocía de nada.
Me atrev√≠ a mirarle a hurtadillas una vez m√°s y lo lament√©. Me estaba mirando otra vez con esos ojos negros suyos llenos de repugnancia. Mientras me apartaba de √©l, cruz√≥ por mi mente una frase: ¬ęSi las miradas matasen...¬Ľ.
El timbre sonó en ese momento. Yo di un salto al oírlo y Edward Cullen abandonó su asiento. Se levantó con garbo de espaldas a mí —era mucho más alto de lo que pensaba— y cruzó la puerta del aula antes de que nadie se hubiera levantado de su silla.
Me quedé petrificada en la silla, contemplando con la mirada perdida cómo se iba. Era realmente mezquino. No había derecho. Empecé a recoger los bártulos muy despacio mientras intentaba reprimir la ira que me embargaba, con miedo a que se me llenaran los ojos de lágrimas. Solía llorar cuando me enfadaba, una costumbre humillante.
¬óEres Isabella Swan, ¬Ņno? ¬óme pregunt√≥ una voz masculina.
Al alzar la vista me encontr√© con un chico guapo, de rostro ani√Īado y el pelo rubio en punta cuidadosamente arreglado con gel. Me dirigi√≥ una sonrisa amable. Obviamente, no parec√≠a creer que yo oliera mal.
—Bella —le corregí, con una sonrisa.
¬óMe llamo Mike.
¬óHola, Mike.
¬ó¬ŅNecesitas que te ayude a encontrar la siguiente clase?
¬óVoy al gimnasio, y creo que lo puedo encontrar.
—Es también mi siguiente clase.
Parec√≠a emocionado, aunque no era una gran coincidencia en una escuela tan peque√Īa.
Fuimos juntos. Hablaba por los codos e hizo el gasto de casi toda la conversaci√≥n, lo cual fue un alivio. Hab√≠a vivido en California hasta los diez a√Īos, por eso entend√≠a c√≥mo me sent√≠a ante la ausencia del sol. Result√≥ ser la persona m√°s agradable que hab√≠a conocido aquel d√≠a.
Pero cuando íbamos a entrar al gimnasio me preguntó:
¬óOye, ¬Ņle clavaste un l√°piz a Edward Cullen, o qu√©? Jam√°s lo hab√≠a visto comportarse de ese modo.
Tierra, tr√°game, pens√©. Al menos no era la √ļnica persona que lo hab√≠a notado y, al parecer, aqu√©l no era el comportamiento habitual de Edward Cullen. Decid√≠ hacerme la tonta.
¬ó¬ŅTe refieres al chico que se sentaba a mi lado en Biolog√≠a? pregunt√© sin malicia.
—Sí —respondió—. Tenía cara de dolor o algo parecido. —No lo sé —le respondí—. No he hablado con él. —Es un tipo raro —Mike se demoró a mi lado en lugar de dirigirse al vestuario—. Si hubiera tenido la suerte de sentarme a tu lado, yo sí hubiera hablado contigo.
Le sonreí antes de cruzar la puerta del vestuario de las chicas. Era amable y estaba claramente interesado, pero eso no bastó para disminuir mi enfado.
El entrenador Clapp, el profesor de Educaci√≥n f√≠sica, me consigui√≥ un uniforme, pero no me oblig√≥ a vestirlo para la clase de aquel d√≠a. En Phoenix, s√≥lo ten√≠amos que asistir dos a√Īos a Educaci√≥n f√≠sica. Aqu√≠ era una asignatura obligatoria los cuatro a√Īos. Forks era mi infierno personal en la tierra en el m√°s literal de los sentidos.
Contemplé los cuatro partidillos de voleibol que se jugaban de forma simultánea. Me dieron náuseas al verlos y recordar los muchos golpes que había dado, y recibido, cuando jugaba al voleibol.
Al fin sonó la campana que indicaba el final de las clases. Me dirigí lentamente a la oficina para entregar el comprobante con las firmas. Había dejado de llover, pero el viento era más frío y soplaba con fuerza. Me envolví con mis propios brazos para protegerme.
Estuve a punto de dar media vuelta e irme cuando entr√© en la c√°lida oficina. Edward Cullen se encontraba de pie, enfrente del escritorio. Lo reconoc√≠ de nuevo por el desgre√Īado pelo casta√Īo dorado. Al parecer, no me hab√≠a o√≠do entrar. Me apoy√© contra la pared del fondo, a la espera de que la recepcionista pudiera atenderme.
Estaba discutiendo con ella con voz profunda y agradable. Intentaba cambiar la clase de Biología de la sexta hora a otra hora, a cualquier otra.
No me podía creer que eso fuera por mi culpa. Debía de ser otra cosa, algo que había sucedido antes de que yo entrara en el laboratorio de Biología. La causa de su aspecto contrariado debía de ser otro lío totalmente diferente.
Era imposible que aquel desconocido sintiera una aversión tan intensa y repentina hacia mí.
La puerta se abri√≥ de nuevo y una s√ļbita corriente de viento helado hizo susurrar los papeles que hab√≠a sobre la mesa y me alborot√≥ los cabellos sobre la cara. La reci√©n llegada se limit√≥ a andar hasta el escritorio, deposit√≥ una nota sobre el cesto de papeles y sali√≥, pero Edward Cullen se envar√≥ y se gir√≥ ¬ó¬ósu agraciado rostro parec√≠a rid√≠culo¬ó para traspasarme con sus penetrantes ojos llenos de odio. Durante un instante sent√≠ un estremecimiento de verdadero p√°nico, hasta se me eriz√≥ el vello de los brazos. La mirada no dur√≥ m√°s de un segundo, pero me hel√≥ la sangre en las venas m√°s que el g√©lido viento. Se gir√≥ hacia la recepcionista y r√°pidamente dijo con voz aterciopelada:
¬óBueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas gracias por su ayuda.
Giró sobre sí mismo sin mirarme y desapareció por la puerta.
Me dirigí con timidez hacia el escritorio —por una vez con el rostro lívido en lugar de colorado— y le entregué el comprobante de asistencia con todas las firmas.
¬ó¬ŅC√≥mo te ha ido el primer d√≠a, cielo? ¬óme pregunt√≥ de de forma maternal.
—Bien —mentí con voz débil.
No pareció muy convencida.