0 - Prefacio



Nunca me hab√≠a detenido a pensar en c√≥mo iba a morir, aunque me hab√≠an sobrado los motivos en los √ļltimos
meses, pero no hubiera imaginado algo parecido a esta situación incluso de haberlo intentado.

Con la respiración contenida, contemplé fijamente los ojos oscuros del cazador al otro lado de la gran habitación.
√Čste me devolvi√≥ la mirada complacido.

Seguramente, morir en lugar de otra persona, alguien a quien se ama, era una buena forma de acabar. Incluso noble.
Eso debería contar algo.

Sabía que no afrontaría la muerte ahora de no haber ido a Forks, pero, aterrada como estaba, no me arrepentía de
esta decisi√≥n. Cuando la vida te ofrece un sue√Īo que supera con creces cualquiera de tus expectativas, no es
razonable lamentarse de su conclusión.

El cazador sonrió de forma amistosa cuando avanzó con aire despreocupado para matarme.



PRIMER ENCUENTRO



Mi madre me llevó al aeropuerto con las ventanillas del coche bajadas. En Phoenix, la temperatura era de
veinticuatro grados y el cielo de un azul perfecto y despejado. Me había puesto mi blusa favorita, sin mangas y con
cierres a presión blancos; la llevaba como gesto de despedida. Mi equipaje de mano era un anorak.

En la península de Olympic, al noroeste del Estado de Washington, existe un pueblecito llamado Forks cuyo cielo
casi siempre permanece encapotado. En esta insignificante localidad llueve m√°s que en cualquier otro sitio de los
Estados Unidos. Mi madre se escapó conmigo de aquel lugar y de sus tenebrosas y sempiternas sombras cuando yo
apenas tenía unos meses. Me había visto obligada a pasar allí un mes cada verano hasta que por fin me impuse al
cumplir los catorce a√Īos; as√≠ que, en vez de eso, los tres √ļltimos a√Īos, Charlie, mi padre, hab√≠a pasado sus dos
semanas de vacaciones conmigo en California.

Y ahora me exiliaba a Forks, un acto que me aterraba, ya que detestaba el lugar.

Adoraba Phoenix. Me encantaba el sol, el calor abrasador, y la vitalidad de una ciudad que se extendía en todas las
direcciones.

—Bella —me dijo mamá por enésima vez antes de subir al avión—, no tienes por qué hacerlo.

Mi madre y yo nos parecemos mucho, salvo por el pelo corto y las arrugas de la risa. Tuve un ataque de p√°nico
cuando contempl√© sus ojos grandes e ingenuos. ¬ŅC√≥mo pod√≠a permitir que se las arreglara sola, ella que era tan
cari√Īosa, caprichosa y atolondrada? Ahora ten√≠a a Phil, por supuesto, por lo que probablemente se pagar√≠an las
facturas, habría comida en el frigorífico y gasolina en el depósito del coche, y podría apelar a él cuando se
encontrara perdida, pero aun así...

—Es que quiero ir —le mentí. Siempre se me ha dado muy mal eso de mentir, pero había dicho esa mentira con
tanta frecuencia en los √ļltimos meses que ahora casi sonaba convincente.

—Saluda a Charlie de mi parte —dijo con resignación.

—Sí, lo haré.

—Te veré pronto —insistió—. Puedes regresar a casa cuando quieras. Volveré tan pronto como me necesites.

Pero en sus ojos vi el sacrificio que le suponía esa promesa.

—No te preocupes por mí —le pedí—. Todo irá estupendamente. Te quiero, mamá.

Me abrazó con fuerza durante un minuto; luego, subí al avión y ella se marchó.

Para llegar a Forks tenía por delante un vuelo de cuatro horas de Phoenix a Seattle, y desde allí a Port Angeles una
hora m√°s en avioneta y otra m√°s en coche. No me desagrada volar, pero me preocupaba un poco pasar una hora en
el coche con Charlie.

Lo cierto es que Charlie había llevado bastante bien todo aquello. Parecía realmente complacido de que por primera
vez fuera a vivir con él de forma más o menos permanente. Ya me había matriculado en el instituto y me iba a
ayudar a comprar un coche.

Pero estaba convencida de que iba a sentirme inc√≥moda en su compa√Ī√≠a. Ninguno de los dos √©ramos muy
habladores que se diga, y, de todos modos, tampoco tenía nada que contarle. Sabía que mi decisión lo hacía sentirse
un poco confuso, ya que, al igual que mi madre, yo nunca había ocultado mi aversión hacia Forks.

Estaba lloviendo cuando el avión aterrizó en Port Angeles. No lo consideré un presagio, simplemente era inevitable.
Ya me había despedido del sol.

Charlie me esperaba en el coche patrulla, lo cual no me extra√Ī√≥. Para las buenas gentes de Forks, Charlie es el jefe
de policía Swan. La principal razón de querer comprarme un coche, a pesar de lo escaso de mis ahorros, era que me
negaba en redondo a que me llevara por todo el pueblo en un coche con luces rojas y azules en el techo. No hay
nada que ralentice m√°s la velocidad del tr√°fico que un poli.


Charlie me abrazó torpemente con un solo brazo cuando bajaba a trompicones la escalerilla del avión.

—Me alegro de verte, Bella —dijo con una sonrisa al mismo tiempo que me sostenía firmemente—. Apenas has
cambiado. ¬ŅC√≥mo est√° Ren√©e?

—Mamá está bien. Yo también me alegro de verte, papá —no le podía llamar Charlie a la cara.

Traía pocas maletas. La mayoría de mi ropa de Arizona era demasiado ligera para llevarla en Washington. Mi madre
y yo hab√≠amos hecho un fondo com√ļn con nuestros recursos para complementar mi vestuario de invierno, pero, a
pesar de todo, era escaso. Todas cupieron f√°cilmente en el maletero del coche patrulla.

—He localizado un coche perfecto para ti, y muy barato —anunció una vez que nos abrochamos los cinturones de
seguridad. ¬ŅQu√© tipo de coche?

Desconfi√© de la manera en que hab√≠a dicho ¬ęun coche perfecto para ti¬Ľ en lugar de simplemente ¬ęun coche
perfecto¬Ľ.

¬óBueno, es un monovolumen, un Chevy para ser exactos.

¬ó ¬ŅD√≥nde lo encontraste?

¬ó ¬ŅTe acuerdas de Billy Black, el que viv√≠a en La Push?

La Push es una peque√Īa reserva india situada en la costa.

¬óNo.

—Solía venir de pesca con nosotros durante el verano —me explicó.

Por eso no me acordaba de él. Se me da bien olvidar las cosas dolorosas e innecesarias.

—Ahora está en una silla de ruedas —continuó Charlie cuando no respondí—, por lo que no puede conducir y me
propuso venderme su camión por una ganga.

¬ó ¬ŅDe qu√© a√Īo es?

Por la forma en que le cambió la cara, supe que era la pregunta que no deseaba oír.

¬óBueno, Billy ha realizado muchos arreglos en el motor. En realidad, tampoco tiene tantos a√Īos.

Esperaba que no me tuviera en tan poca estima como para creer que iba a dejar pasar el tema así como así.

¬ó ¬ŅCu√°ndo lo compr√≥?

¬óEn 1984... Creo.

¬ó ¬ŅY era nuevo entonces?

—En realidad, no. Creo que era nuevo a principios de los sesenta, o a lo mejor a finales de los cincuenta —confesó
con timidez.

— ¡Papá, por favor! ¡No sé nada de coches! No podría arreglarlo si se estropeara y no me puedo permitir pagar un
taller.

—Nada de eso, Bella, el trasto funciona a las mil maravillas. Hoy en día no los fabrican tan buenos.

El trasto, repetí en mi fuero interno. Al menos tenía posibilidades como apodo.

¬ó ¬ŅY qu√© entiendes por barato?

Después de todo, ése era el punto en el que yo no iba a ceder.

¬óBueno, cari√Īo, ya te lo he comprado como regalo de bienvenida.

Charlie me miró de reojo con rostro expectante.

Vaya. Gratis.

—No tenías que hacerlo, papá. Iba a comprarme un coche.

—No me importa. Quiero que te encuentres a gusto aquí.

Charlie mantenía la vista fija en la carretera mientras hablaba. Se sentía incómodo al expresar sus emociones en voz
alta. Yo lo había heredado de él, de ahí que también mirara hacia la carretera cuando le respondí:

¬óEs estupendo, pap√°. Gracias. Te lo agradezco de veras.

Resultaba innecesario a√Īadir que era imposible estar a gusto en Forks, pero √©l no ten√≠a por qu√© sufrir conmigo. Y a
caballo regalado no le mires el diente, ni el motor.

—Bueno, de nada. Eres bienvenida —masculló, avergonzado por mis palabras de agradecimiento.

Intercambiamos unos pocos comentarios m√°s sobre el tiempo, que era h√ļmedo, y b√°sicamente √©sa fue toda la
conversación. Miramos a través de las ventanillas en silencio.

El paisaje era hermoso, por supuesto, no podía negarlo. Todo era de color verde: los árboles, los troncos cubiertos de
musgo, el dosel de ramas que colgaba de los mismos, el suelo cubierto de helechos. Incluso el aire que se filtraba
entre las hojas tenía un matiz de verdor.

Era demasiado verde, un planeta alienígena.

Finalmente llegamos al hogar de Charlie. Viv√≠a en una casa peque√Īa de dos dormitorios que compr√≥ con mi madre
durante los primeros d√≠as de su matrimonio. √Čsos fueron los √ļnicos d√≠as de su matrimonio, los primeros. All√≠,
aparcado en la calle delante de una casa que nunca cambiaba, estaba mi nuevo monovolumen, bueno, nuevo para
mí. El vehículo era de un rojo desvaído, con guardabarros grandes y redondos y una cabina de aspecto bulboso. Para
mi enorme sorpresa, me encantó. No sabía si funcionaría, pero podía imaginarme al volante. Además, era uno de


esos modelos de hierro s√≥lido que jam√°s sufren da√Īos, la clase de coches que ves en un accidente de tr√°fico con la
pintura intacta y rodeado de los trozos del coche extranjero que acaba de destrozar.

¬ó ¬°Caramba, pap√°! ¬°Me encanta! ¬°Gracias!

Ahora, el d√≠a de ma√Īana parec√≠a bastante menos terror√≠fico. No me ver√≠a en la tesitura de elegir entre andar tres
kilómetros bajo la lluvia hasta el instituto o dejar que el jefe de policía me llevara en el coche patrulla.

¬óMe alegra que te guste ¬ódijo Charlie con voz √°spera, nuevamente avergonzado.

Subir todas mis cosas hasta el primer piso requirió un solo viaje escaleras arriba. Tenía el dormitorio de la cara
oeste, el que daba al patio delantero. Conocía bien la habitación; había sido la mía desde que nací. El suelo de
madera, las paredes pintadas de azul claro, el techo a dos aguas, las cortinas de encaje ya amarillentas flanqueando
las ventanas... Todo aquello formaba parte de mi infancia. Los √ļnicos cambios que hab√≠a introducido Charlie se
limitaron a sustituir la cuna por una cama y a√Īadir un escritorio cuando crec√≠. Encima de √©ste hab√≠a ahora un
ordenador de segunda mano con el cable del módem grapado al suelo hasta la toma de teléfono más próxima. Mi
madre lo había estipulado de ese modo para que estuviéramos en contacto con facilidad. La mecedora que tenía
desde ni√Īa a√ļn segu√≠a en el rinc√≥n.

S√≥lo hab√≠a un peque√Īo cuarto de ba√Īo en lo alto de las escaleras que deber√≠a compartir con Charlie. Intent√© no darle
muchas vueltas al asunto.

Una de las cosas buenas que tiene Charlie es que no se queda revoloteando a tu alrededor. Me dejó sola para que
deshiciera mis maletas y me instalara, una haza√Īa que hubiera sido del todo imposible para mi madre. Resultaba
estupendo estar sola, no tener que sonreír ni poner buena cara; fue un respiro que me permitió contemplar a través
del cristal la cortina de lluvia con desaliento y derramar algunas l√°grimas. No estaba de humor para una gran
llantina. Eso podía esperar hasta que me acostara y me pusiera a reflexionar sobre lo que me aguardaba al día
siguiente.

El aterrador cómputo de estudiantes del instituto de Forks era de tan sólo trescientos cincuenta y siete, ahora
trescientos cincuenta y ocho. Solamente en mi clase de tercer a√Īo en Phoenix hab√≠a m√°s de setecientos alumnos.
Todos los jóvenes de por aquí se habían criado juntos y sus abuelos habían aprendido a andar juntos. Yo sería la
chica nueva de la gran ciudad, una curiosidad, un bicho raro.

Tal vez podría utilizar eso a mi favor si tuviera el aspecto que se espera de una chica de Phoenix, pero físicamente
no encajaba en modo alguno. Debería ser alta, rubia, de tez bronceada, una jugadora de voleibol o quizá una
animadora, todas esas cosas propias de quienes viven en el Valle del Sol.

Por el contrario, mi piel era blanca como el marfil a pesar de las muchas horas de sol de Arizona, sin tener siquiera
la excusa de unos ojos azules o un pelo rojo. Siempre he sido delgada, pero m√°s bien flojucha y, desde luego, no
una atleta. Me faltaba la coordinaci√≥n suficiente para practicar deportes sin hacer el rid√≠culo o da√Īar a alguien, a m√≠
misma o a cualquiera que estuviera demasiado cerca.

Despu√©s de colocar mi ropa en el viejo tocador de madera de pino, me llev√© el neceser al cuarto de ba√Īo para
asearme tras un d√≠a de viaje. Contempl√© mi rostro en el espejo mientras me cepillaba el pelo enredado y h√ļmedo.
Tal vez se debiera a la luz, pero ya tenía un aspecto más cetrino y menos saludable. Puede que tenga una piel bonita,
pero es muy clara, casi trasl√ļcida, por lo que su apariencia depende del color del lugar y en Forks no hab√≠a color
alguno.

Mientras me enfrentaba a mi p√°lida imagen en el espejo, tuve que admitir que me enga√Īaba a m√≠ misma. Jam√°s
encajaría, y no sólo por mis carencias físicas. Si no me había hecho un huequecito en una escuela de tres mil
alumnos, ¬Ņqu√© posibilidades iba a tener aqu√≠?

No sintonizaba bien con la gente de mi edad. Bueno, lo cierto es que no sintonizaba bien con la gente. Punto. Ni
siquiera mi madre, la persona con quien mantenía mayor proximidad, estaba en armonía conmigo; no íbamos por el
mismo carril. A veces me preguntaba si veía las cosas igual que el resto del mundo. Tal vez la cabeza no me
funcionara como es debido.

Pero la causa no importaba, s√≥lo contaba el efecto. Y ma√Īana no ser√≠a m√°s que el comienzo.

Aquella noche no dormí bien, ni siquiera cuando dejé de llorar. El siseo constante de la lluvia y el viento sobre el
techo no aminoraba jamás, hasta convertirse en un ruido de fondo. Me tapé la cabeza con la vieja y descolorida
colcha y luego a√Īad√≠ la almohada, pero no consegu√≠ conciliar el sue√Īo antes de medianoche, cuando al fin la lluvia
se convirtió en un fino sirimiri.

A la ma√Īana siguiente, lo √ļnico que ve√≠a a trav√©s de la ventana era una densa niebla y sent√≠ que la claustrofobia se
apoderaba de mí. Aquí nunca se podía ver el cielo, parecía una jaula.

El desayuno con Charlie se desarrolló en silencio. Me deseó suerte en la escuela y le di las gracias, aun sabiendo que
sus esperanzas eran vanas. La buena suerte solía esquivarme. Charlie se marchó primero, directo a la comisaría, que
era su esposa y su familia. Examiné la cocina después de que se fuera, todavía sentada en una de las tres sillas,
ninguna de ellas a juego, junto a la vieja mesa cuadrada de roble. La cocina era peque√Īa, con paneles oscuros en las
paredes, armarios amarillo chill√≥n y un suelo de lin√≥leo blanco. Nada hab√≠a cambiado. Hac√≠a dieciocho a√Īos, mi
madre había pintado los armarios con la esperanza de introducir un poco de luz solar en la casa. Había una hilera de


fotos encima del peque√Īo hogar del cuarto de estar, que colindaba con la cocina y era del tama√Īo de una caja de
zapatos. La primera foto era de la boda de Charlie con mi madre en Las Vegas, y luego la que nos tomó a los tres
una amable enfermera del hospital donde nac√≠, seguida por una sucesi√≥n de mis fotograf√≠as escolares hasta el a√Īo
pasado. Verlas me resultaba muy embarazoso. Tenía que convencer a Charlie de que las pusiera en otro sitio, al
menos mientras yo viviera aquí.

Era imposible permanecer en aquella casa y no darse cuenta de que Charlie no se había repuesto de la marcha de mi
madre. Eso me hizo sentir incómoda.

No quería llegar demasiado pronto al instituto, pero no podía permanecer en la casa más tiempo, por lo que me puse
el anorak, tan grueso que recordaba a uno de esos trajes empleados en caso de peligro biológico, y me encaminé
hacia la llovizna.

A√ļn chispeaba, pero no lo bastante para que me calara mientras buscaba la llave de la casa, que siempre estaba
escondida debajo del alero que había junto a la puerta, y cerrara. El ruido de mis botas de agua nuevas resultaba
enervante. A√Īoraba el crujido habitual de la grava al andar. No pude detenerme a admirar de nuevo el veh√≠culo,
como deseaba, y me apresur√© a escapar de la h√ļmeda neblina que se arremolinaba sobre mi cabeza y se agarraba al
pelo por debajo de la capucha.

Dentro del monovolumen estaba cómoda y a cubierto. Era obvio que Charlie o Billy debían de haberlo limpiado,
pero la tapicer√≠a marr√≥n de los asientos a√ļn ol√≠a tenuemente a tabaco, gasolina y menta. El coche arranc√≥ a la
primera, con gran alivio por mi parte, aunque en medio de un gran estruendo, y luego hizo mucho ruido mientras
avanzaba al ralent√≠. Bueno, un monovolumen tan antiguo deb√≠a de tener alg√ļn defecto. La anticuada radio
funcionaba, un a√Īadido que no me esperaba.

Fue f√°cil localizar el instituto pese a no haber estado antes. El edificio se hallaba, como casi todo lo dem√°s en el
pueblo, junto a la carretera. No resultaba obvio que fuera una escuela, sólo me detuve gracias al cartel que indicaba
que se trataba del instituto de Forks. Se parecía a un conjunto de esas casas de intercambio en época de vacaciones
construidas con ladrillos de color granate. Había tantos árboles y arbustos que a primera vista no podía verlo en su
totalidad. ¬ŅD√≥nde estaba el ambiente de un instituto?, me pregunt√© con nostalgia. ¬ŅD√≥nde estaban las alambradas y
los detectores de metales?

Aparqu√© frente al primer edificio, encima de cuya entrada hab√≠a un cartelito que rezaba ¬ęOficina principal¬Ľ. No vi
otros coches aparcados allí, por lo que estuve segura de que estaba en zona prohibida, pero decidí que iba a pedir
indicaciones en lugar de dar vueltas bajo la lluvia como una tonta. De mala gana salí de la cabina calentita del
monovolumen y recorrí un sendero de piedra flanqueado por setos oscuros. Respiré hondo antes de abrir la puerta.

En el interior hab√≠a m√°s luz y se estaba m√°s caliente de lo que esperaba. La oficina era peque√Īa: una salita de espera
con sillas plegables acolchadas, una basta alfombra con motas anaranjadas, noticias y premios pegados sin orden ni
concierto en las paredes y un gran reloj que hacía tictac de forma ostensible. Las plantas crecían por doquier en sus
macetas de plástico, por si no hubiera suficiente vegetación fuera.

Un mostrador alargado dividía la habitación en dos, con cestas metálicas llenas de papeles sobre la encimera y
anuncios de colores chillones pegados en el frontal. Detrás del mostrador había tres escritorios. Una pelirroja
regordeta con gafas se sentaba en uno de ellos. Llevaba una camiseta de color p√ļrpura que, de inmediato, me hizo
sentir que yo iba demasiado elegante.

La mujer pelirroja alzó la vista.

¬ó ¬ŅTe puedo ayudar en algo?

—Soy Isabella Swan —le informé, y de inmediato advertí en su mirada un atisbo de reconocimiento. Me esperaban.
Sin duda, había sido el centro de los cotilleos. La hija de la caprichosa ex mujer del jefe de policía al fin regresaba a
casa.

¬óPor supuesto ¬ódijo.

Rebuscó entre los documentos precariamente apilados hasta encontrar los que buscaba.

—Precisamente aquí tengo el horario de tus clases y un plano de la escuela.

Trajo varias cuartillas al mostrador para ense√Ī√°rmelas. Repas√≥ todas mis clases y marc√≥ el camino m√°s id√≥neo para
cada una en el plano; luego, me entregó el comprobante de asistencia para que lo firmara cada profesor y se lo
devolviera al finalizar las clases. Me dedicó una sonrisa y, al igual que Charlie, me dijo que esperaba que me
gustara Forks. Le devolví la sonrisa más convincente posible.

Los demás estudiantes comenzaban a llegar cuando regresé al monovolumen. Los seguí, me uní a la cola de coches
y conduje hasta el otro lado de la escuela. Supuso un alivio comprobar que casi todos los veh√≠culos ten√≠an a√ļn m√°s
a√Īos que el m√≠o, ninguno era ostentoso. En Phoenix, viv√≠a en uno de los pocos barrios pobres del distrito Paradise
Valley. Era habitual ver un Mercedes nuevo o un Porsche en el aparcamiento de los estudiantes. El mejor coche de
los que allí había era un flamante Volvo, y destacaba. Aun así, apagué el motor en cuanto aparqué en una plaza libre
para que el estruendo no atrajera la atención de los demás sobre mí.


Examiné el plano en el monovolumen, intentando memorizarlo con la esperanza de no tener que andar
consultándolo todo el día. Lo guardé en la mochila, me la eché al hombro y respiré hondo. Puedo hacerlo, me mentí
sin mucha convicción. Nadie me va a morder. Al final, suspiré y salí del coche.

Mantuve la cara escondida bajo la capucha y anduve hasta la acera abarrotada de jóvenes. Observé con alivio que mi
sencilla chaqueta negra no llamaba la atención.

Una vez pasada la cafeter√≠a, el edificio n√ļmero tres resultaba f√°cil de localizar, ya que hab√≠a un gran ¬ę3¬Ľ pintado en
negro sobre un fondo blanco con forma de cuadrado en la esquina del lado este. Noté que mi respiración se acercaba
a hiperventilación al aproximarme a la puerta. Para paliarla, contuve el aliento y entré detrás de dos personas que
llevaban impermeables de estilo unisex.

El aula era peque√Īa. Los alumnos que ten√≠a delante se deten√≠an en la entrada para colgar sus abrigos en unas
perchas; había varias. Los imité. Se trataba de dos chicas, una rubia de tez clara como la porcelana y otra, también
p√°lida, de pelo casta√Īo claro. Al menos, mi piel no ser√≠a nada excepcional aqu√≠.

Entregué el comprobante al profesor, un hombre alto y calvo al que la placa que descansaba sobre su escritorio lo
identificaba como Sr. Masón. Se quedó mirándome embobado al ver mi nombre, pero no me dedicó ninguna
palabra de aliento, y yo, por supuesto, me puse colorada como un tomate. Pero al menos me envió a un pupitre
vac√≠o al fondo de la clase sin presentarme al resto de los compa√Īeros. A √©stos les resultaba dif√≠cil mirarme al estar
sentada en la √ļltima fila, pero se las arreglaron para conseguirlo. Mantuve la vista clavada en la lista de lecturas que
me había entregado el profesor. Era bastante básica: Bronté, Shakespeare, Chaucer, Faulkner. Los había leído a
todos, lo cual era cómodo... y aburrido. Me pregunté si mi madre me enviaría la carpeta con los antiguos trabajos de
clase o si creer√≠a que la estaba enga√Īando. Recre√© nuestra discusi√≥n mientras el profesor continuaba con su perorata.

Cuando sonó el zumbido casi nasal del timbre, un chico flacucho, con acné y pelo grasiento, se ladeó desde un
pupitre al otro lado del pasillo para hablar conmigo.

¬óT√ļ eres Isabella Swan, ¬Ņverdad?

Parecía demasiado amable, el típico miembro de un club de ajedrez.

—Bella —le corregí. En un radio de tres sillas, todos se volvieron para mirarme.

¬ó ¬ŅD√≥nde tienes la siguiente clase? ¬ópregunt√≥. Tuve que comprobarlo con el programa que ten√≠a en la mochila.

¬óEh... Historia, con Jefferson, en el edificio seis.

Mirase donde mirase, había ojos curiosos por doquier.

¬óVoy al edificio cuatro, podr√≠a mostrarte el camino ¬ódemasiado amable, sin duda¬ó. Me llamo Eric ¬óa√Īadi√≥.

Sonreí con timidez.

¬óGracias.

Recogimos nuestros abrigos y nos adentramos en la lluvia, que caía con más fuerza. Hubiera jurado que varias
personas nos seguían lo bastante cerca para escuchar a hurtadillas. Esperaba no estar volviéndome paranoica.

¬óBueno, es muy distinto de Phoenix, ¬Ņeh? ¬ópregunt√≥.

¬óMucho.

¬óAll√≠ no llueve a menudo, ¬Ņverdad?

¬óTres o cuatro veces al a√Īo.

¬óVaya, no me lo puedo ni imaginar.

—Hace mucho sol —le expliqué.

¬óNo se te ve muy bronceada.

¬óEs la sangre albina de mi madre.

Me miró con aprensión. Suspiré. No parecía que las nubes y el sentido del humor encajaran demasiado bien.
Después de estar varios meses aquí, habría olvidado cómo emplear el sarcasmo.

Pasamos junto a la cafeter√≠a de camino hacia los edificios de la zona sur, cerca del gimnasio. Eric me acompa√Ī√≥
hasta la puerta, aunque la podía identificar perfectamente.

—En fin, suerte —dijo cuando rocé el picaporte—. Tal vez coincidamos en alguna otra clase.

Parecía esperanzado. Le dediqué una sonrisa que no comprometía a nada y entré.

El resto de la ma√Īana transcurri√≥ de forma similar. Mi profesor de Trigonometr√≠a, el se√Īor Varner, a quien habr√≠a
odiado de todos modos por la asignatura que ense√Īaba, fue el √ļnico que me oblig√≥ a permanecer delante de toda la
clase para presentarme a mis compa√Īeros. Balbuce√©, me sonroj√© y tropec√© con mis propias botas al volver a mi
pupitre.

Después de dos clases, empecé a reconocer varias caras en cada asignatura. Siempre había alguien con más coraje
que los demás que se presentaba y me preguntaba si me gustaba Forks. Procuré actuar con diplomacia, pero por lo
general mentí mucho. Al menos, no necesité el plano.

Una chica se sent√≥ a mi lado tanto en clase de Trigonometr√≠a como de espa√Īol, y me acompa√Ī√≥ a la cafeter√≠a para
almorzar. Era muy peque√Īa, varios cent√≠metros por debajo de mi uno sesenta, pero casi alcanzaba mi estatura
gracias a su oscura melena de rizos alborotados. No me acordaba de su nombre, por lo que me limité a sonreír
mientras parloteaba sobre los profesores y las clases. Tampoco intenté comprenderlo todo.


Nos sentamos al final de una larga mesa con varias de sus amigas a quienes me presentó. Se me olvidaron los
nombres de todas en cuanto los pronunció. Parecían orgullosas por tener el coraje de hablar conmigo. El chico de la
clase de Lengua y Literatura, Eric, me saludó desde el otro lado de la sala.

Y allí estaba, sentada en el comedor, intentando entablar conversación con siete desconocidas llenas de curiosidad,
cuando los vi por primera vez.

Se sentaban en un rincón de la cafetería, en la otra punta de donde yo me encontraba. Eran cinco. No conversaban ni
com√≠an pese a que todos ten√≠an delante una bandeja de comida. No me miraban de forma est√ļpida como casi todos
los demás, por lo que no había peligro: podía estudiarlos sin temor a encontrarme con un par de ojos excesivamente
interesados. Pero no fue eso lo que atrajo mi atención.

No se parec√≠an lo m√°s m√≠nimo a ning√ļn otro estudiante. De los tres chicos, uno era fuerte, tan musculoso que
parecía un verdadero levantador de pesas, y de pelo oscuro y rizado. Otro, más alto y delgado, era igualmente
musculoso y ten√≠a el cabello del color de la miel. El √ļltimo era desgarbado, menos corpulento, y llevaba despeinado
el pelo casta√Īo dorado. Ten√≠a un aspecto m√°s juvenil que los otros dos, que podr√≠an estar en la universidad o incluso
ser profesores aquí en vez de estudiantes.

Las chicas eran dos polos opuestos. La más alta era escultural. Tenía una figura preciosa, del tipo que se ve en la
portada del n√ļmero dedicado a trajes de ba√Īo de la revista Sports Illustrated, y con el que todas las chicas pierden
buena parte de su autoestima sólo por estar cerca. Su pelo rubio caía en cascada hasta la mitad de la espalda. La
chica baja tenía aspecto de duendecillo de facciones finas, un fideo. Su pelo corto era rebelde, con cada punta
se√Īalando en una direcci√≥n, y de un negro intenso.

Aun así, todos se parecían muchísimo. Eran blancos como la cal, los estudiantes más pálidos de cuantos vivían en
aquel pueblo sin sol. Más pálidos que yo, que soy albina. Todos tenían ojos muy oscuros, a pesar de la diferente
gama de colores de los cabellos, y ojeras malvas, similares al morado de los hematomas. Era como si todos
padecieran de insomnio o se estuvieran recuperando de una rotura de nariz, aunque sus narices, al igual que el resto
de sus facciones, eran rectas, perfectas, simétricas.

Pero nada de eso era el motivo por el que no conseguía apartar la mirada.

Continué mirándolos porque sus rostros, tan diferentes y tan similares al mismo tiempo, eran de una belleza
inhumana y devastadora. Eran rostros como nunca esperas ver, excepto tal vez en las p√°ginas retocadas de una
revista de moda. O pintadas por un artista antiguo, como el semblante de un ángel. Resultaba difícil decidir quién
era m√°s bello, tal vez la chica rubia perfecta o el joven de pelo casta√Īo dorado.

Los cinco desviaban la mirada los unos de los otros, también del resto de los estudiantes y de cualquier cosa hasta
donde pude colegir. La chica m√°s peque√Īa se levant√≥ con la bandeja ¬óel refresco sin abrir, la manzana sin
morder— y se alejó con un trote grácil, veloz, propio de un corcel desbocado. Asombrada por sus pasos de ágil
bailarina, la contemplé vaciar su bandeja y deslizarse por la puerta trasera a una velocidad superior a lo que habría
considerado posible. Miré rápidamente a los otros, que permanecían sentados, inmóviles.

¬ó ¬ŅQui√©nes son √©sos?¬ópregunt√© a la chica de la clase de Espa√Īol, cuyo nombre se me hab√≠a olvidado.

Y de repente, mientras ella alzaba los ojos para ver a quiénes me refería, aunque probablemente ya lo supiera por la
entonación de mi voz, el más delgado y de aspecto más juvenil, la miró. Durante una fracción de segundo se fijó en
mi vecina, y después sus ojos oscuros se posaron sobre los míos.

√Čl desvi√≥ la mirada r√°pidamente, a√ļn m√°s deprisa que yo, ruborizada de verg√ľenza. Su rostro no denotaba inter√©s
alguno en esa mirada furtiva, era como si mi compa√Īera hubiera pronunciado su nombre y √©l, pese a haber decidido
no reaccionar previamente, hubiera levantado los ojos en una involuntaria respuesta.

Avergonzada, la chica que estaba a mi lado se rió tontamente y fijó la vista en la mesa, igual que yo.

¬óSon Edward y Emmett Cullen, y Rosalie y Jasper Hale. La que se acaba de marchar se llama Alice Cullen; todos
viven con el doctor Cullen y su esposa —me respondió con un hilo de voz.

Miré de soslayo al chico guapo, que ahora contemplaba su bandeja mientras desmigajaba una rosquilla con sus
largos y níveos dedos. Movía la boca muy deprisa, sin abrir apenas sus labios perfectos. Los otros tres continuaron
con la mirada perdida, y, aun así, creí que hablaba en voz baja con ellos.

¡Qué nombres tan raros y anticuados!, pensé. Era la clase de nombres que tenían nuestros abuelos, pero tal vez
estuvieran de moda aqu√≠, quiz√° fueran los nombres propios de un pueblo peque√Īo. Entonces record√© que mi vecina
se llamaba Jessica, un nombre perfectamente normal. Había dos chicas con ese nombre en mi clase de Historia en
Phoenix.

¬óSon... guapos.

Me costó encontrar un término mesurado.

— ¡Ya te digo! —Jessica asintió mientras soltaba otra risita tonta—. Pero están juntos. Me refiero a Emmett y
Rosalie, y a Jasper y Alice, y viven juntos.

Su voz reson√≥ con toda la conmoci√≥n y reprobaci√≥n de un pueblo peque√Īo, pero, para ser sincera, he de confesar
que aquello daría pie a grandes cotilleos incluso en Phoenix.

¬ó ¬ŅQui√©nes son los Cullen? ¬ópregunt√©¬ó. No parecen parientes...


¬óClaro que no. El doctor Cullen es muy joven, tendr√° entre veinte y muchos y treinta y pocos. Todos son
adoptados. Los Hale, los rubios, son hermanos gemelos, y los Cullen son su familia de acogida.

¬óParecen un poco mayores para estar con una familia de acogida.

¬óAhora s√≠, Jasper y Rosalie tienen dieciocho a√Īos, pero han vivido con la se√Īora Cullen desde los ocho. Es su t√≠a o
algo parecido.

¬óEs muy generoso por parte de los Cullen cuidar de todos esos ni√Īos siendo tan j√≥venes.

¬óSupongo que s√≠ ¬óadmiti√≥ Jessica muy a su pesar. Me dio la impresi√≥n de que, por alg√ļn motivo, el m√©dico y su
mujer no le caían bien. Por las miradas que lanzaba en dirección a sus hijos adoptivos, supuse que eran celos; luego,
como si con eso disminuyera la bondad del matrimonio, agreg√≥¬ó: Aunque tengo entendido que la se√Īora Cullen no
puede tener hijos.

Mientras manteníamos esta conversación, dirigía miradas furtivas una y otra vez hacia donde se sentaba aquella
extra√Īa familia. Continuaban mirando las paredes y no hab√≠an probado bocado.

¬ó ¬ŅSiempre han vivido en Forks? ¬ópregunt√©. De ser as√≠, seguro que los habr√≠a visto en alguna de mis visitas
durante las vacaciones de verano.

—No —dijo con una voz que daba a entender que tenía que ser obvio, incluso para una recién llegada como yo—.
Se mudaron aqu√≠ hace dos a√Īos, vinieron desde alg√ļn lugar de Alaska.

Experimenté una punzada de compasión y alivio. Compasión porque, a pesar de su belleza, eran extranjeros y
resultaba evidente que no se les admit√≠a. Alivio por no ser la √ļnica reci√©n llegada y, desde luego, no la m√°s
interesante.

Uno de los Cullen, el más joven, levantó la vista mientras yo los estudiaba y nuestras miradas se encontraron, en
esta ocasión con una manifiesta curiosidad. Cuando desvié los ojos, me pareció que en los suyos brillaba una
expectación insatisfecha.

¬ó ¬ŅQui√©n es el chico de pelo cobrizo? ¬ópregunt√©.

Lo miré de refilón. Seguía observándome, pero no con la boca abierta, a diferencia del resto de los estudiantes. Su
rostro reflejó una ligera contrariedad. Volví a desviar la vista.

—Se llama Edward. Es guapísimo, por supuesto, pero no pierdas el tiempo con él. No sale con nadie. Quizá ninguna
de las chicas del instituto le parece lo bastante guapa —dijo con desdén, en una muestra clara de despecho. Me
pregunté cuándo la habría rechazado.

Me mordí el labio para ocultar una sonrisa. Entonces lo miré de nuevo. Había vuelto el rostro, pero me pareció ver
estirada la piel de sus mejillas, como si también estuviera sonriendo.

Los cuatro abandonaron la mesa al mismo tiempo, escasos minutos después. Todos se movían con mucha elegancia,
incluso el forzudo. Me desconcertó verlos. El que respondía al nombre de Edward no me miró de nuevo.

Permanecí en la mesa con Jessica y sus amigas más tiempo del que me hubiera quedado de haber estado sola. No
quería llegar tarde a mis clases el primer día. Una de mis nuevas amigas, que tuvo la consideración de recordarme
que se llamaba Angela, tenía, como yo, clase de segundo de Biología a la hora siguiente. Nos dirigimos juntas al
aula en silencio. También era tímida.

Nada m√°s entrar en clase, Angela fue a sentarse a una mesa con dos sillas y un tablero de laboratorio con la parte
superior de color negro, exactamente igual a las de Phoenix. Ya compartía la mesa con otro estudiante. De hecho,
todas las mesas estaban ocupadas, salvo una. Reconocí a Edward Cullen, que estaba sentado cerca del pasillo
central junto a la √ļnica silla vacante, por lo poco com√ļn de su cabello.

Lo miré de forma furtiva mientras avanzaba por el pasillo para presentarme al profesor y que éste me firmara el
comprobante de asistencia. Entonces, justo cuando yo pasaba, se puso rígido en la silla. Volvió a mirarme fijamente
y nuestras miradas se encontraron. La expresi√≥n de su rostro era de lo m√°s extra√Īa, hostil, airada. Pasmada, apart√© la
vista y me sonrojé otra vez. Tropecé con un libro que había en el suelo y me tuve que aferrar al borde de una mesa.
La chica que se sentaba allí soltó una risita.

Me había dado cuenta de que tenía los ojos negros, negros como carbón.

El se√Īor Banner me firm√≥ el comprobante y me entreg√≥ un libro, ahorr√°ndose toda esa tonter√≠a de la presentaci√≥n.
Supe que √≠bamos a caernos bien. Por supuesto, no le quedaba otro remedio que mandarme a la √ļnica silla vacante en
el centro del aula. Mantuve la mirada fija en el suelo mientras iba a sentarme junto a él, ya que la hostilidad de su
mirada a√ļn me ten√≠a aturdida.

No alcé la vista cuando deposité el libro sobre la mesa y me senté, pero lo vi cambiar de postura al mirar de reojo.
Se inclinó en la dirección opuesta, sentándose al borde de la silla. Apartó el rostro como si algo apestara. Olí mi
pelo con disimulo. Ol√≠a a fresas, el aroma de mi champ√ļ favorito. Me pareci√≥ un aroma bastante inocente. Dej√© caer
mi pelo sobre el hombro derecho para crear una pantalla oscura entre nosotros e intenté prestar atención al profesor.

Por desgracia, la clase versó sobre la anatomía celular, un tema que ya había estudiado. De todos modos, tomé
apuntes con cuidado, sin apartar la vista del cuaderno.

No me pod√≠a controlar y de vez en cuando echaba un vistazo trav√©s del pelo al extra√Īo chico que ten√≠a a mi lado.
√Čste no relaj√≥ aquella postura envarada ¬ósentado al borde de la silla, lo m√°s lejos posible de m√≠¬ó durante toda la


clase. La mano izquierda, crispada en un pu√Īo, descansaba sobre el muslo. Se hab√≠a arremangado la camisa hasta
los codos. Debajo de su piel clara podía verle el antebrazo, sorprendentemente duro y musculoso. No era de
complexión tan liviana como parecía al lado del más fornido de sus hermanos.

La lecci√≥n parec√≠a prolongarse mucho m√°s que las otras. ¬ŅSe deb√≠a a que las clases estaban a punto de acabar o
porque estaba esperando a que abriera el pu√Īo que cerraba con tanta fuerza? No lo abri√≥. Continu√≥ sentado, tan
inmóvil que parecía no respirar.

¬ŅQu√© le pasaba? ¬ŅSe comportaba de esa forma habitualmente? Cuestion√© mi opini√≥n sobre la acritud de Jessica
durante el almuerzo. Quizá no era tan resentida como había pensado.

No podía tener nada que ver conmigo. No me conocía de nada.

Me atreví a mirarle a hurtadillas una vez más y lo lamenté. Me estaba mirando otra vez con esos ojos negros suyos
llenos de repugnancia. Mientras me apartaba de √©l, cruz√≥ por mi mente una frase: ¬ęSi las miradas matasen...¬Ľ.

El timbre sonó en ese momento. Yo di un salto al oírlo y Edward Cullen abandonó su asiento. Se levantó con garbo
de espaldas a mí —era mucho más alto de lo que pensaba— y cruzó la puerta del aula antes de que nadie se hubiera
levantado de su silla.

Me quedé petrificada en la silla, contemplando con la mirada perdida cómo se iba. Era realmente mezquino. No
había derecho. Empecé a recoger los bártulos muy despacio mientras intentaba reprimir la ira que me embargaba,
con miedo a que se me llenaran los ojos de lágrimas. Solía llorar cuando me enfadaba, una costumbre humillante.

¬óEres Isabella Swan, ¬Ņno? ¬óme pregunt√≥ una voz masculina.

Al alzar la vista me encontr√© con un chico guapo, de rostro ani√Īado y el pelo rubio en punta cuidadosamente
arreglado con gel. Me dirigió una sonrisa amable. Obviamente, no parecía creer que yo oliera mal.

—Bella —le corregí, con una sonrisa.

¬óMe llamo Mike.

¬óHola, Mike.

¬ó ¬ŅNecesitas que te ayude a encontrar la siguiente clase?

¬óVoy al gimnasio, y creo que lo puedo encontrar.

—Es también mi siguiente clase.

Parec√≠a emocionado, aunque no era una gran coincidencia en una escuela tan peque√Īa.

Fuimos juntos. Hablaba por los codos e hizo el gasto de casi toda la conversación, lo cual fue un alivio. Había vivido
en California hasta los diez a√Īos, por eso entend√≠a c√≥mo me sent√≠a ante la ausencia del sol. Result√≥ ser la persona
más agradable que había conocido aquel día.

Pero cuando íbamos a entrar al gimnasio me preguntó:

¬óOye, ¬Ņle clavaste un l√°piz a Edward Cullen, o qu√©? Jam√°s lo hab√≠a visto comportarse de ese modo.

Tierra, tr√°game, pens√©. Al menos no era la √ļnica persona que lo hab√≠a notado y, al parecer, aqu√©l no era el
comportamiento habitual de Edward Cullen. Decidí hacerme la tonta.

¬ó ¬ŅTe refieres al chico que se sentaba a mi lado en Biolog√≠a? pregunt√© sin malicia.

—Sí —respondió—. Tenía cara de dolor o algo parecido. —No lo sé —le respondí—. No he hablado con él. —Es
un tipo raro —Mike se demoró a mi lado en lugar de dirigirse al vestuario—. Si hubiera tenido la suerte de sentarme
a tu lado, yo sí hubiera hablado contigo.

Le sonreí antes de cruzar la puerta del vestuario de las chicas. Era amable y estaba claramente interesado, pero eso
no bastó para disminuir mi enfado.

El entrenador Clapp, el profesor de Educación física, me consiguió un uniforme, pero no me obligó a vestirlo para la
clase de aquel d√≠a. En Phoenix, s√≥lo ten√≠amos que asistir dos a√Īos a Educaci√≥n f√≠sica. Aqu√≠ era una asignatura
obligatoria los cuatro a√Īos. Forks era mi infierno personal en la tierra en el m√°s literal de los sentidos.

Contemplé los cuatro partidillos de voleibol que se jugaban de forma simultánea. Me dieron náuseas al verlos y
recordar los muchos golpes que había dado, y recibido, cuando jugaba al voleibol.

Al fin sonó la campana que indicaba el final de las clases. Me dirigí lentamente a la oficina para entregar el
comprobante con las firmas. Había dejado de llover, pero el viento era más frío y soplaba con fuerza. Me envolví
con mis propios brazos para protegerme.

Estuve a punto de dar media vuelta e irme cuando entré en la cálida oficina. Edward Cullen se encontraba de pie,
enfrente del escritorio. Lo reconoc√≠ de nuevo por el desgre√Īado pelo casta√Īo dorado. Al parecer, no me hab√≠a o√≠do
entrar. Me apoyé contra la pared del fondo, a la espera de que la recepcionista pudiera atenderme.

Estaba discutiendo con ella con voz profunda y agradable. Intentaba cambiar la clase de Biología de la sexta hora a
otra hora, a cualquier otra.

No me podía creer que eso fuera por mi culpa. Debía de ser otra cosa, algo que había sucedido antes de que yo
entrara en el laboratorio de Biología. La causa de su aspecto contrariado debía de ser otro lío totalmente diferente.
Era imposible que aquel desconocido sintiera una aversión tan intensa y repentina hacia mí.

La puerta se abri√≥ de nuevo y una s√ļbita corriente de viento helado hizo susurrar los papeles que hab√≠a sobre la mesa
y me alborotó los cabellos sobre la cara. La recién llegada se limitó a andar hasta el escritorio, depositó una nota


sobre el cesto de papeles y salió, pero Edward Cullen se envaró y se giró ——su agraciado rostro parecía ridículo—
para traspasarme con sus penetrantes ojos llenos de odio. Durante un instante sentí un estremecimiento de verdadero
pánico, hasta se me erizó el vello de los brazos. La mirada no duró más de un segundo, pero me heló la sangre en las
venas más que el gélido viento. Se giró hacia la recepcionista y rápidamente dijo con voz aterciopelada:

¬óBueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas gracias por su ayuda.

Giró sobre sí mismo sin mirarme y desapareció por la puerta.

Me dirigí con timidez hacia el escritorio —por una vez con el rostro lívido en lugar de colorado— y le entregué el
comprobante de asistencia con todas las firmas.

¬ó ¬ŅC√≥mo te ha ido el primer d√≠a, cielo? ¬óme pregunt√≥ de de forma maternal.

—Bien —mentí con voz débil.

No pareció muy convencida.



LIBRO ABIERTO



El día siguiente fue mejor... y peor.

Fue mejor porque no llovió, aunque persistió la nubosidad densa y oscura; y más fácil, porque sabía qué podía
esperar del d√≠a. Mike se acerc√≥ para sentarse a mi lado durante la clase de Lengua y me acompa√Ī√≥ hasta la clase
siguiente mientras Eric, el que parecía miembro de un club de ajedrez, lo fulminaba con la mirada. Me sentí
halagada. Nadie me observaba tanto como el día anterior. Durante el almuerzo me senté con un gran grupo que
incluía a Mike, Eric, Jessica y otros cuantos cuyos nombres y caras ya recordaba. Empecé a sentirme como si flotara
en el agua en vez de ahogarme.

Fue peor porque estaba agotada. El ulular del viento alrededor de la casa no me había dejado dormir. También fue
peor porque el Sr. Varner me llamó en la clase de Trigonometría, aun cuando no había levantado la mano, y di una
respuesta equivocada. Ray√≥ en lo espantoso porque tuve que jugar al voleibol y la √ļnica vez que no me apart√© de la
trayectoria de la pelota y la golpe√©, √©sta impact√≥ en la cabeza de un compa√Īero de equipo. Y fue peor porque
Edward Cullen no apareci√≥ por la escuela, ni por la ma√Īana ni por la tarde.

Que llegara la hora del almuerzo —y con ella las coléricas miradas de Cullen— me estuvo aterrorizando durante
toda la ma√Īana. Por un lado, deseaba plantarle cara y exigirle una explicaci√≥n. Mientras permanec√≠a insomne en la
cama llegué a imaginar incluso lo que le diría, pero me conocía demasiado bien para creer que de verdad tendría el
coraje de hacerlo. En comparación conmigo, el león cobardica de El mago de Oz era Terminator.

Sin embargo, cuando entré en la cafetería junto a Jessica —intenté contenerme y no recorrer la sala con la mirada
para buscarle, aunque fracasé estrepitosamente— vi a sus cuatro hermanos, por llamarlos de alguna manera,
sentados en la misma mesa, pero √©l no los acompa√Īaba.

Mike nos interceptó en el camino y nos desvió hacia su mesa. Jessica parecía eufórica por la atención, y sus amigas
pronto se reunieron con nosotros. Pero estaba incomodísima mientras escuchaba su despreocupada conversación, a
la espera de que él acudiese. Deseaba que se limitara a ignorarme cuando llegara, y demostrar de ese modo que mis
suposiciones eran infundadas.

Pero no llegó, y me fui poniendo más y más tensa conforme pasaba el tiempo.

Cuando al final del almuerzo no se presentó, me dirigí hacia la clase de Biología con más confianza. Mike, que
empezaba a asumir todas las características de los perros golden retriever, me siguió fielmente de camino a clase.
Contuve el aliento en la puerta, pero Edward Cullen tampoco estaba en el aula. Suspiré y me dirigí a mi asiento.
Mike me siguió sin dejar de hablarme de un próximo viaje a la playa y se quedó junto a mi mesa hasta que sonó el
timbre. Entonces me sonrió apesadumbrado y se fue a sentar al lado de una chica con un aparato ortopédico en los
dientes y una horrenda permanente. Al parecer, iba a tener que hacer algo con Mike, y no iba a ser f√°cil. La
diplomacia resultaba vital en un pueblecito como éste, donde todos vivían pegados los unos a los otros. Tener tacto
no era lo mío, y carecía de experiencia a la hora de tratar con chicos que fueran más amables de la cuenta.

El tener la mesa para mí sola y la ausencia de Edward supuso un gran alivio. Me lo repetí hasta la saciedad, pero no
lograba quitarme de la cabeza la sospecha de que yo era el motivo de su ausencia. Resultaba ridículo y egotista creer
que yo fuera capaz de afectar tanto a alguien. Era imposible. Y aun así la posibilidad de que fuera cierto no dejaba
de inquietarme.

Cuando al fin concluyeron las clases y hubo desaparecido mi sonrojo por el incidente del partido de voleibol, me
enfundé los vaqueros y un jersey azul marino y me apresuré a salir del vestuario, feliz de esquivar por el momento a
mi amigo, el golden retriever. Me dirigí a toda prisa al aparcamiento, ahora atestado de estudiantes que salían a la
carrera. Me subí al coche y busqué en mi bolsa para cerciorarme de que tenía todo lo necesario.

La noche pasada había descubierto que Charlie era incapaz de cocinar otra cosa que huevos fritos y beicon, por lo
que le pedí que me dejara encargarme de las comidas mientras durara mi estancia. El se mostró dispuesto a cederme
las llaves de la sala de banquetes. También me percaté de que no había comida en casa, por lo que preparé la lista de


la compra, tom√© el dinero de un jarr√≥n del aparador que llevaba la etiqueta ¬ędinero para la comida¬Ľ y ahora iba de
camino hacia el supermercado Thriftway.

Puse en marcha aquel motor ensordecedor, hice caso omiso a los rostros que se volvieron en mi dirección y di
marcha atr√°s con mucho cuidado al ponerme en la cola de coches que aguardaban para salir del aparcamiento.
Mientras esperaba, intenté fingir que era otro coche el que producía tan ensordecedor estruendo. Vi que los dos
Cullen y los gemelos Hale se subían a su coche. El flamante Volvo, por supuesto. Me habían fascinado tanto sus
rostros que no había reparado antes en el atuendo; pero ahora que me fijaba, era obvio que todos iban
magníficamente vestidos, de forma sencilla, pero con una ropa que parecía hecha por modistos. Con aquella
hermosura y gracia de movimientos, podrían llevar harapos y parecer guapos. El tener tanto belleza como dinero era
pasarse de la raya, pero hasta donde alcanzaba a comprender, la vida, por lo general, solía ser así. No parecía que la
posesión de ambas cosas les hubiera dado cierta aceptación en el pueblo.

No, no creía que fuera de ese modo. En absoluto. Ese aislamiento debía de ser voluntario, no lograba imaginar
ninguna puerta cerrada ante tanta belleza.

Contemplaron mi ruidoso monovolumen cuando les pasé, como el resto, pero continué mirando al frente y
experimenté un gran alivio cuando estuve fuera del campus.

El Thriftway no estaba muy lejos de la escuela, unas pocas calles más al sur, junto a la carretera. Me sentí muy a
gusto dentro del supermercado, me pareció normal. En Phoenix era yo quien hacía la compra, por lo que asumí con
gusto el h√°bito de ocuparme de las tareas familiares. El mercado era lo bastante grande como para que no oyera el
tamborileo de la lluvia sobre el tejado y me recordara dónde me encontraba.

Al llegar a casa, saqué los comestibles y los metí allí donde encontré un hueco libre. Esperaba que a Charlie no le
importara. Envolví las patatas en papel de aluminio y las puse en el horno para hacer patatas asadas, dejé en adobo
un filete y lo coloqué sobre una caja de huevos en el frigorífico.

Subí a mi habitación con la mochila después de hacer todo eso. Antes de ponerme con los deberes, me puse un
chándal seco, me recogí la melena en una coleta y abrí el mail por vez primera. Tenía tres mensajes. Mi madre me
había escrito.



Bella:

Escr√≠beme en cuanto llegues y cu√©ntame c√≥mo te ha ido el vuelo. ¬ŅLlueve? Ya te echo de menos. Casi he terminado
de hacer las maletas para ir a Florida, pero no encuentro mi blusa rosa. ¬ŅSabes d√≥nde la puse? Phil te manda
saludos.

Mam√°



Suspiré y leí el siguiente mensaje. Lo había enviado ocho horas después del primero. Decía:



¬ŅPor qu√© no me has contestado? ¬ŅA qu√© esperas? Mam√°.



El √ļltimo era de esa ma√Īana.



Isabella:

Si no me has contestado a las 17:30, voy a llamar a Charlie.



Mir√© el reloj. A√ļn quedaba una hora, pero mi madre sol√≠a adelantarse a los acontecimientos.

Mam√°:

Tranquila. Ahora te escribo. No cometas ninguna imprudencia.

Bella



Envié el mail empecé a escribir otra vez.

Mam√°:

Todo va fenomenal. Llueve, por supuesto. He esperado a escribirte cuando tuviera algo que contarte. La escuela no
es mala, s√≥lo un poco repetitiva. He conocido a unos cuantos compa√Īeros muy amables que se sientan conmigo
durante el almuerzo.

Tu blusa está en la tintorería. Se supone que la ibas a recoger el viernes.

Charlie me ha comprado un monovolumen. ¬ŅTe lo puedes creer? Me encanta. Es un poco antiguo, pero muy s√≥lido,
y eso me conviene, ya me conoces.

Yo también te echo de menos. Pronto volveré a escribir, pero no voy a estar revisando el correo electrónico cada
cinco minutos. Respira hondo y rel√°jate. Te quiero.

Bella


Había decidido volver a leer Cumbres borrascosas por placer —era la novela que estábamos estudiando en clase de
Literatura—, y en ello estaba cuando Charlie llegó a casa. Había perdido la noción del tiempo, por lo que me
apresuré a bajar las escaleras, sacar del horno las patatas y meter el filete para asarlo.

¬ó ¬ŅBella? ¬ógrit√≥ mi padre al o√≠rme en la escalera.

¬ŅQui√©n iba a ser si no?, me pregunt√©.

¬óHola, pap√°, bienvenido a casa.

¬óGracias.

Colgó el cinturón con la pistola y se quitó las botas mientras yo trajinaba en la cocina. Que yo supiera, jamás había
disparado en acto de servicio. Pero siempre la manten√≠a preparada. De ni√Īa, cuando yo ven√≠a, le quitaba las balas al
llegar a casa. Imagino que ahora me consideraba lo bastante madura como para no matarme por accidente, y no lo
bastante deprimida como para suicidarme.

¬ó ¬ŅQu√© vamos a comer? ¬ópregunt√≥ con recelo.

Mi madre solía practicar la cocina creativa, y sus experimentos culinarios no siempre resultaban comestibles. Me
sorprendió, y entristeció, que todavía se acordara.

—Filete con patatas —contesté para tranquilizarlo.

Parecía encontrarse fuera de lugar en la cocina, de pie y sin hacer nada, por lo que se marchó con pasos torpes al
cuarto de estar para ver la tele mientras yo cocinaba. Preparé una ensalada al mismo tiempo que se hacía el filete y
puse la mesa.

Lo llam√© cuando estuvo lista la cena y olfate√≥ en se√Īal de apreciaci√≥n al entrar en la cocina.

¬óHuele bien, Bella.

¬óGracias.

Comimos en silencio durante varios minutos, lo cual no resultaba nada incómodo. A ninguno de los dos nos
disgustaba el silencio. En cierto modo, teníamos caracteres compatibles para vivir juntos.

¬óY bien, ¬Ņqu√© tal el instituto? ¬ŅHas hecho alguna amiga? ¬óme pregunt√≥ mientras se echaba m√°s.

¬óTengo unas cuantas clases con una chica que se llama Jessica y me siento con sus amigas durante el almuerzo. Y
hay un chico, Mike, que es muy amable. Todos parecen buena gente.

Con una notable excepción.

¬óDebe de ser Mike Newton. Un buen chico y una buena familia. Su padre es el due√Īo de una tienda de art√≠culos
deportivos a las afueras del pueblo. Se gana bien la vida gracias a los excursionistas que pasan por aquí.

¬ó ¬ŅConoces a la familia Cullen? ¬ópregunt√© vacilante.

¬ó ¬ŅLa familia del doctor Cullen? Claro. El doctor Cullen es un gran hombre.

¬óLos hijos... son un poco diferentes. No parece que en el instituto caigan demasiado bien.

El aspecto enojado de Charlie me sorprendió.

— ¡Cómo es la gente de este pueblo! —murmuró—. El doctor Cullen es un eminente cirujano que podría trabajar en
cualquier hospital del mundo y ganaría diez veces más que aquí —continuó en voz más alta—. Tenemos suerte de
que vivan ac√°, de que su mujer quiera quedarse en un pueblecito. Es muy valioso para la comunidad, y esos chicos
se comportan bien y son muy educados. Albergué ciertas dudas cuando llegaron con tantos hijos adoptivos. Pensé
que habría problemas, pero son muy maduros y no me han dado el más mínimo problema. Y no puedo decir lo
mismo de los hijos de algunas familias que han vivido en este pueblo desde hace generaciones. Se mantienen
unidos, como debe hacer una familia, se van de camping cada tres fines de semana... La gente tiene que hablar sólo
porque son recién llegados.

Era el discurso más largo que había oído pronunciar a Charlie. Debía de molestarle mucho lo que decía la gente.

Di marcha atr√°s.

¬óMe parecen bastante agradables, aunque he notado que son muy reservados. Y todos son muy guapos ¬óa√Īad√≠
para hacerles un cumplido.

—Tendrías que ver al doctor —dijo Charlie, y se rió—. Por fortuna, está felizmente casado. A muchas de las
enfermeras del hospital les cuesta concentrarse en su tarea cuando él anda cerca.

Nos quedamos callados y terminamos de cenar. Recogió la mesa mientras me ponía a fregar los platos. Regresó al
cuarto de estar para ver la tele. Cuando terminé de fregar —no había lavavajillas—, subí con desgana a hacer los
deberes de Matemáticas. Sentí que lo hacía por hábito. Esa noche fue silenciosa, por fin. Agotada, me dormí
enseguida.

El resto de la semana transcurrió sin incidentes. Me acostumbré a la rutina de las clases. Aunque no recordaba todos
los nombres, el viernes era capaz de reconocer los rostros de la pr√°ctica totalidad de los estudiantes del instituto. En
clase de gimnasia los miembros de mi equipo aprendieron a no pasarme el balón y a interponerse delante de mí si el
equipo contrario intentaba aprovecharse de mis carencias. Los dejé con sumo gusto.

Edward Cullen no volvió a la escuela.

Todos los días vigilaba la puerta con ansiedad hasta que los Cullen entraban en la cafetería sin él. Entonces podía
relajarme y participar en la conversación que, por lo general, versaba sobre una excursión a La Push Ocean Park


para dentro de dos semanas, un viaje que organizaba Mike. Me invitaron y accedí a ir, más por ser cortés que por
placer. Las playas deben ser calientes y secas.

Cuando llegó el viernes, yo ya entraba con total tranquilidad en clase de Biología sin preocuparme de si Edward
estaría allí. Hasta donde sabía, había abandonado la escuela. Intentaba no pensar en ello, pero no conseguía reprimir
del todo la preocupación de que fuera la culpable de su ausencia, por muy ridículo que pudiera parecer.

Mi primer fin de semana en Forks pasó sin acontecimientos dignos de mención. Charlie no estaba acostumbrado a
quedarse en una casa habitualmente vacía, y lo pasaba en el trabajo. Limpié la casa, avancé en mis deberes y escribí
a mi madre varios correos electrónicos de fingida jovialidad. El sábado fui a la biblioteca, pero tenía pocos libros,
por lo que no me molesté en hacerme la tarjeta de socio. Pronto tendría que visitar Olympia o Seattle y buscar una
buena librería. Me puse a calcular con despreocupación cuánta gasolina consumiría el monovolumen y el resultado
me produjo escalofríos.

Durante todo el fin de semana cayó una lluvia fina, silenciosa, por lo que pude dormir bien.

Mucha gente me salud√≥ en el aparcamiento el lunes por la ma√Īana, no recordaba los nombres de todos, pero agit√© la
mano y sonreí a todo el mundo. En clase de Literatura, fiel a su costumbre, Mike se sentó a mi lado. El profesor nos
puso un examen sorpresa sobre Cumbres borrascosas. Era f√°cil, sin complicaciones.

En general, a aquellas alturas me sentía mucho más cómoda de lo que había creído. Más satisfecha de lo que hubiera
esperado jam√°s.

Al salir de la clase, el aire estaba lleno de remolinos blancos. O√≠ a los compa√Īeros dar gritos de j√ļbilo. El viento me
cortó la nariz y las mejillas.

— ¡Vaya! —Exclamó Mike—. Nieva.

Estudié las pelusas de algodón que se amontaban al lado de la acera y, arremolinándose erráticamente, pasaban junto
a mi cara.

¬ó ¬°Uf!

Nieve. Mi gozo en un pozo. Mike se sorprendió.

¬ó ¬ŅNo te gusta la nieve?

—No. Significa que hace demasiado frío incluso para que llueva —obviamente—. Además, pensaba que caía en
forma de copos, ya sabes, que cada uno era √ļnico y todo eso. √Čstos se parecen a los extremos de los bastoncillos de
algodón.

¬ó ¬ŅEs que nunca has visto nevar? ¬óme pregunt√≥ con incredulidad.

¬ó ¬°S√≠, por supuesto! ¬óHice una pausa y a√Īad√≠¬ó: En la tele.

Mike se ri√≥. Entonces una gran bola h√ļmeda y blanda impact√≥ en su nuca. Nos volvimos para ver de d√≥nde
provenía. Sospeché de Eric, que andaba en dirección contraria, en la dirección equivocada para ir a la siguiente
clase. Era evidente que Mike pensó lo mismo, ya que se acuclilló y empezó a amontonar aquella papilla blancuzca.

¬óTe veo en el almuerzo, ¬Ņvale? ¬ócontinu√© andando sin dejar de hablar¬ó. Me refugio dentro cuando la gente se
empieza a lanzar bolas de nieve.

Mike asintió con la cabeza sin apartar los ojos de la figura de Eric, que emprendía la retirada.

Se pasaron toda la ma√Īana charlando alegremente sobre la nieve. Al parecer era la primera nevada del nuevo a√Īo.
Mantuve el pico cerrado. Sí, era más seca que la lluvia... hasta que se descongelaba en los calcetines.

Jessica y yo nos dirigimos a la cafeter√≠a con mucho cuidado despu√©s de la clase de espa√Īol. Las bolas de nieve
volaban por doquier. Por si acaso, llevaba la carpeta en las manos, lista para emplearla como escudo si era menester.
Jessica se rió de mí, pero había algo en la expresión de mi rostro que le desaconsejó lanzarme una bola de nieve.

Mike nos alcanzó cuando entramos en la sala; se reía mientras la nieve que tenía en las puntas del su pelo se fundía.
√Čl y Jessica conversaban animadamente sobre la pelea de bolas de nieve; hicimos cola para comprar la comida. Por
puro hábito, eché una ojeada hacia la mesa del rincón. Entonces, me quedé petrificada. La ocupaban cinco personas.

Jessica me tomó por el brazo.

¬ó ¬°Eh! ¬ŅBella? ¬ŅQu√© quieres?

Bajé la vista, me ardían las orejas. Me recordé a mí misma que no había motivo alguno para sentirme cohibida. No
había hecho nada malo.

¬ó ¬ŅQu√© le pasa a Bella? ¬óle pregunt√≥ Mike a Jessica.

—Nada —contesté—. Hoy sólo quiero un refresco.

Me puse al final de la cola.

¬ó ¬ŅEs que no tienes hambre? ¬ópregunt√≥ Jessica.

¬óLa verdad es que estoy un poco mareada ¬ódije, con la vista a√ļn clavada en el suelo.

Aguardé a que tomaran la comida y los seguí a una mesa sin apartar los ojos de mis pies.

Beb√≠ el refresco a peque√Īos sorbos. Ten√≠a un nudo en el est√≥mago. Mike me pregunt√≥ dos veces, con una
preocupación innecesaria, cómo me encontraba. Le respondí que no era nada, pero especulé con la posibilidad de
fingir un poco y escaparme a la enfermería durante la próxima clase.

Ridículo. No tenía por qué huir.


Decid√≠ permitirme una √ļnica miradita a la mesa de la familia Cullen. Si me observaba con furia, pasar√≠a de la clase
de Biología, ya que era una cobarde.

Mantuve el rostro inclinado hacia el suelo y mir√© de reojo a trav√©s de las pesta√Īas. Alc√© levemente la cabeza.

Se reían. Edward, Jasper y Emmett tenían el pelo totalmente empapado por la nieve. Alice y Rosalie retrocedieron
cuando Emmett se sacudió el pelo chorreante para salpicarlas. Disfrutaban del día nevado como los demás, aunque
ellos parecían salidos de la escena de una película, y los demás no.

Pero, aparte de la alegría y los juegos, algo era diferente, y no lograba identificar qué. Estudié a Edward con
cuidado. Decidí que su tez estaba menos pálida, tal vez un poco colorada por la pelea con bolas de nieve, y que las
ojeras eran menos acusadas, pero había algo más. Lo examinaba, intentando aislar ese cambio, sin apartar la vista de
él.

¬óBella, ¬Ņa qui√©n miras? ¬óinterrumpi√≥ Jessica, siguiendo la trayectoria de mi mirada.

En ese preciso momento, los ojos de Edward centellearon al encontrarse con los míos.

Ladeé la cabeza para que el pelo me ocultara el rostro, aunque estuve segura de que, cuando nuestras miradas se
cruzaron, sus ojos no parec√≠an tan duros ni hostiles como la √ļltima vez que le vi. Simplemente ten√≠an un punto de
curiosidad y, de nuevo, cierta insatisfacción.

—Edward Cullen te está mirando —me murmuró Jessica al oído, y se rió.

¬óNo parece enojado, ¬Ņverdad? ¬ótuve que preguntar.

¬óNo ¬ódijo, confusa por la pregunta¬ó. ¬ŅDeber√≠a estarlo?

¬óCreo que no soy de su agrado ¬óle confes√©. A√ļn me sent√≠a mareada, por lo que apoy√© la cabeza sobre el brazo.

¬óA los Cullen no les gusta nadie... Bueno, tampoco se fijan en nadie lo bastante para les guste, pero te sigue
mirando.

—No le mires —susurré.

Jessica se rió con disimulo, pero desvió la vista. Alcé la cabeza lo suficiente para cerciorarme de que lo había hecho.
Estaba dispuesta a emplear la fuerza si era necesario.

Mike nos interrumpió en ese momento; estaba planificando una épica batalla de nieve en el aparcamiento y nos
preguntó si deseábamos participar. Jessica asintió con entusiasmo. La forma en que miraba a Mike dejaba pocas
dudas, asentiría a cualquier cosa que él sugiriera. Me callé. Iba a tener que esconderme en el gimnasio hasta que el
aparcamiento estuviera vacío.

Me cuidé de no apartar la vista de mi propia mesa durante lo que restaba de la hora del almuerzo. Decidí respetar el
pacto que había alcanzado conmigo misma. Asistiría a clase de Biología, ya que no parecía enfadado. Tanto me
aterraba volver a sentarme a su lado que tuve unos leves retortijones de estómago.

No me apetec√≠a nada que Mike me acompa√Īara a clase como de costumbre, ya que parec√≠a ser el blanco predilecto
de los francotiradores de bolas de nieve, pero, al llegar a la puerta, todos, salvo yo, gimieron al unísono. Estaba
lloviendo, y el aguacero arrastraba cualquier rastro de nieve, dejando jirones de hielo en los bordes de las aceras.
Me cubr√≠ la cabeza con la capucha y escond√≠ mi j√ļbilo. Podr√≠a ir directamente a casa despu√©s de la clase de
gimnasia.

Mike no cesó de quejarse mientras íbamos hacia el edificio cuatro.

Ya en clase, comprobé aliviada que mi mesa seguía vacía. El profesor Banner estaba repartiendo un microscopio y
una cajita de diapositivas por mesa. A√ļn quedaban unos minutos antes de que empezara la clase y el aula era un
hervidero de conversaciones. Dibujé unos garabatos de forma distraída en la tapa de mi cuaderno y mantuve los ojos
lejos de la puerta. Oí con claridad cómo se movía la silla contigua, pero continué mirando mi dibujo.

¬óHola ¬ódijo una voz tranquila y musical.

Levanté la vista, sorprendida de que me hablara. Se sentaba lo más lejos de mi lado que le permitía la mesa, pero
con la silla vuelta hacia m√≠. Llevaba el pelo h√ļmedo y despeinado, pero, aun as√≠, parec√≠a que acababa de rodar un
anuncio para una marca de champ√ļ. El deslumbrante rostro era amable y franco. Una leve sonrisa curvaba sus
labios perfectos, pero los ojos a√ļn mostraban recelo.

¬óMe llamo Edward Cullen ¬ócontinu√≥¬ó. No tuve la oportunidad de presentarme la semana pasada. T√ļ debes de
ser Bella Swan.

Estaba confusa y la cabeza me daba vueltas. ¬ŅMe lo hab√≠a imaginado todo? Ahora se comportaba con gran
amabilidad. Tenía que hablar, esperaba mi respuesta, pero no se me ocurría nada convencional que contestar.

¬ó ¬ŅC√≥mo sabes mi nombre? ¬ótartamude√©.

Se rió de forma suave y encantadora.

¬óCreo que todo el mundo sabe tu nombre. El pueblo entero te esperaba.

Hice una mueca. Sabía que debía de ser algo así, pero insistí como una tonta.

—No, no, me refería a que me llamaste Bella.

Pareció confuso.

¬ó ¬ŅPrefieres Isabella?


¬óNo, me gusta Bella ¬ódije¬ó, pero creo que Charlie, quiero decir, mi padre, debe de llamarme Isabella a mis
espaldas, porque todos me llaman Isabella —intenté explicar, y me sentí como una completa idiota.

¬óOh.

No a√Īadi√≥ nada. Violenta, desvi√© la mirada.

Gracias a Dios, el se√Īor Banner empez√≥ la clase en ese momento. Intent√© prestar atenci√≥n cuando explic√≥ que
íbamos a realizar una práctica. Las diapositivas estaban desordenadas. Teníamos que trabajar en parejas para
identificar las fases de la mitosis de las células de la punta de la raíz de una cebolla en cada diapositiva y
clasificarlas correctamente. No podíamos consultar los libros. En veinte minutos, el profesor iba a visitar cada mesa
para verificar quiénes habían aprobado.

—Empezad —ordenó.

¬ó ¬ŅLas damas primero, compa√Īera? ¬ópregunt√≥ Edward.

Alcé la vista y le vi esbozar una sonrisa burlona tan arrebatadora que sólo pude contemplarle como una tonta.

¬óPuedo empezar yo si lo deseas.

La sonrisa de Edward se desvaneció. Sin duda, se estaba preguntando si yo era mentalmente capaz.

¬óNo ¬ódije, sonrojada¬ó¬ó, yo lo hago.

Me lucí un poquito. Ya había hecho esta práctica y sabía qué tenía que buscar. Debería resultarme sencillo. Coloqué
la primera diapositiva bajo el microscopio y ajusté rápidamente el campo de visión del objetivo a 40X. Examiné la
capa durante unos segundos.

—Profase —afirmé con aplomo.

¬ó ¬ŅTe importa si lo miro? ¬óme pregunt√≥ cuando empezaba a quitar la diapositiva. Me tom√≥ la mano para
detenerme mientras formulaba la pregunta.

Tenía los dedos fríos como témpanos, como si los hubiera metido en un ventisquero antes de la clase, pero no retiré
la mano con brusquedad por ese motivo. Cuando me tocó, la mano me ardió igual que si entre nosotros pasara una
corriente eléctrica.

—Lo siento —musitó y retiró la mano de inmediato, pero alcanzó el microscopio. Lo miré atolondrada mientras
examinaba la diapositiva en menos tiempo a√ļn del que yo hab√≠a necesitado.

—Profase —asintió, y lo escribió con esmero en el primer espacio de nuestra hoja de trabajo. Sustituyó con
velocidad la primera diapositiva por la segunda y le echó un vistazo por encima.

—Anafase —murmuró, y lo anotó mientras hablaba.

Procuré que mi voz sonara indiferente.

¬ó ¬ŅPuedo?

Esbozó una sonrisa burlona y empujó el microscopio hacia mí.

Miré por la lente con avidez, pero me llevé un chasco. ¡Maldición! Había acertado.

¬ó ¬ŅMe pasas la diapositiva n√ļmero tres? ¬óextend√≠ la mano sin mirarle.

Me la entregó, esta vez con cuidado para no rozarme la piel. Le dirigí la mirada más fugaz posible al decir:

¬óInterfase.

Le pasé el microscopio antes de que me lo pudiera pedir. Echó un vistazo y luego lo apuntó. Lo hubiera escrito
mientras él miraba por el microscopio, pero me acobardó su caligrafía clara y elegante. No quise estropear la hoja
con mis torpes garabatos.

Acabamos antes que todos los dem√°s. Vi c√≥mo Mike y su compa√Īera comparaban dos diapositivas una y otra vez y
cómo otra pareja abría un libro debajo de la mesa.

Pero eso me dejaba sin otra cosa que hacer, excepto intentar no mirar a Edward... sin éxito. Lo hice de reojo. De
nuevo me estaba observando con ese punto de frustración en la mirada. De repente identifiqué cuál era la sutil
diferencia de su rostro.

¬ó ¬ŅAcabas de ponerte lentillas? ¬óle solt√© sin pensarlo.

Mi inesperada pregunta lo dejó perplejo.

¬óNo.

—Vaya —musité—. Te veo los ojos distintos.

Se encogió de hombros y desvió la mirada.

De hecho, estaba segura de que habían cambiado. Recordaba vividamente el intenso color negro de sus ojos la
√ļltima vez que me mir√≥ col√©rico. Un negro que destacaba sobre la tez p√°lida y el pelo cobrizo. Hoy ten√≠an un color
totalmente distinto, eran de ocre extra√Īo, m√°s oscuro que un caramelo, pero con un matiz dorado. No entend√≠a c√≥mo
pod√≠an haber cambiado tanto a no ser que, por alg√ļn motivo, me mintiera respecto a las lentillas. O tal vez Forks me
estaba volviendo loca en el sentido literal de la palabra.

Observ√© que volv√≠a a apretar los pu√Īos al bajar la vista. En aquel momento el profesor Banner lleg√≥ a nuestra mesa
para ver por qué no estábamos trabajando y echó un vistazo a nuestra hoja, ya rellena. Entonces miró con más
detenimiento las respuestas.

¬óEn fin, Edward, ¬Ņno crees que deber√≠as dejar que Isabella tambi√©n mirase por el microscopio?


—Bella —le corrigió él automáticamente—. En realidad, ella identificó tres de las cinco diapositivas.

El se√Īor Banner me mir√≥ ahora con una expresi√≥n esc√©ptica.

¬ó ¬ŅHas hecho antes esta pr√°ctica de laboratorio? ¬ópregunt√≥.

Sonreí con timidez.

—Con la raíz de una cebolla, no.

¬ó ¬ŅCon una bl√°stula de pescado blanco?

—Sí.

El se√Īor Banner asinti√≥ con la cabeza.

¬ó ¬ŅEstabas en un curso avanzado en Phoenix?

—Sí.

¬óBueno ¬ódijo despu√©s de una pausa¬ó. Supongo que es bueno que ambos se√°is compa√Īeros de laboratorio.

Murmuró algo más mientras se alejaba. Una vez que se fue, comencé a garabatear de nuevo en mi cuaderno.

¬óEs una l√°stima, lo de la nieve, ¬Ņno? ¬ópregunt√≥ Edward.

Me pareció que se esforzaba por conversar un poco conmigo. La paranoia volvió a apoderarse de mí. Era como si
hubiera escuchado mi conversación con Jessica durante el almuerzo e intentara demostrar que me equivocaba.

—En realidad, no —le contesté con sinceridad en lugar de fingir que era tan normal como el resto. Seguía
intentando desembarazarme de aquella est√ļpida sensaci√≥n de sospecha, y no lograba concentrarme.

—A ti no te gusta el frío.

No era una pregunta.

—Tampoco la humedad —le respondí.

—Para ti, debe de ser difícil vivir en Forks —concluyó.

—Ni te lo imaginas —murmuré con desaliento.

Por alg√ļn motivo que no pude alcanzar, parec√≠a fascinado con lo que acababa de decir. Su rostro me turbaba de tal
modo que intenté no mirarle más de lo que exigía la buena educación.

¬óEn tal caso, ¬Ņpor qu√© viniste aqu√≠?

Nadie me había preguntado eso, no de forma tan directa e imperiosa como él.

¬óEs... complicado.

—Creo que voy a poder seguirte —me instó.

Hice una larga pausa y entonces cometí el error de mirar esos relucientes ojos oscuros que me confundían y le
respondí sin pensar.

¬óMi madre se ha casado.

¬óNo me parece tan complicado ¬ódiscrep√≥, pero de repente se mostraba simp√°tico¬ó. ¬ŅCu√°ndo ha sucedido eso?

—El pasado mes de septiembre —mi voz transmitía tristeza, hasta yo me daba cuenta.

—Pero él no te gusta —conjeturó Edward, todavía con tono atento.

¬óNo, Phil es un buen tipo. Demasiado joven, quiz√°, pero amable.

¬ó ¬ŅPor qu√© no te quedaste con ellos?

No entendía su interés, pero me seguía mirando con ojos penetrantes, como si la insulsa historia de mi vida fuera de
capital importancia.

—Phil viaja mucho. Es jugador de béisbol profesional —casi sonreí.

¬ó ¬ŅDeber√≠a sonarme su nombre? ¬ópregunt√≥, y me devolvi√≥ la sonrisa.

—Probablemente no. No juega bien. Sólo compite en la liga menor. Pasa mucho tiempo fuera.

—Y tu madre te envió aquí para poder viajar con él —fue de nuevo una afirmación, no una pregunta. Alcé
ligeramente la barbilla.

—No, no me envió aquí. Fue cosa mía.

Frunci√≥ el ce√Īo.

—No lo entiendo —confesó, y pareció frustrado.

Suspir√©. ¬ŅPor qu√© le explicaba todo aquello? Continuaba contempl√°ndome con una manifiesta curiosidad.

—Al principio, mamá se quedaba conmigo, pero le echaba mucho de menos. La separación la hacía desdichada, por
lo que decidí que había llegado el momento de venir a vivir con Charlie —concluí con voz apagada.

¬óPero ahora t√ļ eres desgraciada ¬óse√Īal√≥.

¬ó ¬ŅY? ¬órepliqu√© con voz desafiante.

¬óNo parece demasiado justo.

Se encogió de hombros, aunque su mirada todavía era intensa. Me reí sin alegría.

¬ó ¬ŅEs que no te lo ha dicho nadie? La vida no es justa.

—Creo haberlo oído antes —admitió secamente.

—Bueno, eso es todo —insistí, preguntándome por qué todavía me miraba con tanto interés.

Me evaluó con la mirada.

—Das el pego —dijo arrastrando las palabras—, pero apostaría a que sufres más de lo que aparentas.


Le hice una mueca, resist√≠ el impulso de sacarle la lengua como una ni√Īa de cinco a√Īos, y desvi√© la vista.

¬ó ¬ŅMe equivoco?

Traté de ignorarlo.

—Creo que no —murmuró con suficiencia.

¬ó ¬ŅY a ti qu√© te importa? ¬ópregunt√© irritada. Desvi√© la mirada y contempl√© al profesor deteni√©ndose en otras
mesas.

—Muy buena pregunta —musitó en voz tan baja que me pregunté si hablaba consigo mismo; pero, después de unos
segundos de silencio, comprend√≠ que era la √ļnica respuesta que iba a obtener.

Suspir√©, mirando enfurru√Īada la pizarra.

¬ó ¬ŅTe molesto? ¬ópregunt√≥. Parec√≠a divertido.

Le miré sin pensar y otra vez le dije la verdad.

¬óNo exactamente. Estoy m√°s molesta conmigo. Es f√°cil ver lo que pienso. Mi madre me dice que soy un libro
abierto.

Frunc√≠ el ce√Īo.

¬óNada de eso, me cuesta leerte el pensamiento.

A pesar de todo lo que yo había dicho y él había intuido, parecía sincero.

—Ah, será que eres un buen lector de mentes —contesté.

—Por lo general, sí —exhibió unos dientes perfectos y blancos al sonreír.

El se√Īor Banner llam√≥ al orden a la clase en ese momento, le mir√© y escuch√© con alivio. No me pod√≠a creer que
acabara de contarle mi deprimente vida a aquel chico guapo y estrafalario que tal vez me despreciara. Durante
nuestra conversación había parecido absorto, pero ahora, al mirarlo de soslayo, le vi inclinarse de nuevo para poner
la m√°xima distancia entre nosotros y agarrar el borde de la mesa, con las manos tensas.

Trat√© de fingir atenci√≥n mientras el se√Īor Banner mostraba con transparencias del retroproyector lo que yo hab√≠a
visto sin dificultad en el microscopio, pero era incapaz de controlar mis pensamientos.

Cuando al fin el timbre sonó, Edward se apresuró a salir del aula con la misma rapidez y elegancia del pasado lunes.
Y, como el lunes pasado, le miré fijamente.

Mike acudió brincando a mi lado y me recogió los libros. Le imaginé meneando el rabo.

— ¡Qué rollo! —gimió—. Todas las diapositivas eran exactamente iguales. ¡Qué suerte tener a Cullen como
compa√Īero!

—No tuve ninguna dificultad —dije, picada por su suposición, pero me arrepentí inmediatamente y antes de que se
molestara a√Īad√≠¬ó: Es que ya he hecho esta pr√°ctica.

—Hoy Cullen estuvo bastante amable —comentó mientras nos poníamos los impermeables. No parecía demasiado
complacido.

Intenté mostrar indiferencia y dije:

—Me pregunto qué mosca le picaría el lunes.

No presté ninguna atención a la cháchara de Mike mientras nos encaminábamos hacia el gimnasio y tampoco estuve
atenta en clase de Educación física. Mike formaba parte de mi equipo ese día y muy caballerosamente cubrió tanto
mi posici√≥n como la suya, por lo que pude pasar el tiempo pensando en las musara√Īas salvo cuando me tocaba sacar
a m√≠. Mis compa√Īeros de equipo se agachaban r√°pidamente cada vez que me tocaba servir.

La lluvia se había convertido en niebla cuando anduve hacia el aparcamiento, pero me sentí mejor al entrar en la
seca cabina del monovolumen. Encendí la calefacción sin que, por una vez, me importase el ruido del motor, que
tanto me atontaba. Abrí la cremallera del impermeable, bajé la capucha y ahuequé mi pelo mojado para que se
secara mientras volvía a casa.

Miré alrededor antes de dar marcha atrás. Fue entonces cuando me percaté de una figura blanca e inmóvil, la de
Edward Cullen, que se apoyaba en la puerta delantera del Volvo a unos tres coches de distancia y me miraba
fijamente. Aparté la vista y metí la marcha atrás tan deprisa que estuve a punto de chocar contra un Toyota Corola
oxidado. Fue una suerte para el Toyota que pisara el freno con fuerza. Era la clase de coche que mi monovolumen
pod√≠a reducir a chatarra. Respir√© hondo, a√ļn con la vista al otro lado de mi coche, y volv√≠ a meter la marcha con
más cuidado y éxito. Seguía con la mirada hacia delante cuando pasé junto al Volvo, pero juraría que lo vi reírse
cuando le miré de soslayo.




















EL PRODIGIO



Algo hab√≠a cambiado cuando abr√≠ los ojos por la ma√Īana.

Era la luz, algo más clara aunque siguiera teniendo el matiz gris verdoso propio de un día nublado en el bosque.
Comprendí que faltaba la niebla que solía envolver mi ventana.

Me levanté de la cama de un salto para mirar fuera y gemí de pavor.

Una fina capa de nieve cubría el césped y el techo de mi coche, y blanqueaba el camino, pero eso no era lo peor.
Toda la lluvia del d√≠a anterior se hab√≠a congelado, recubriendo las agujas de los pinos con dise√Īos fant√°sticos y
hermosísimos, pero convirtiendo la calzada en una superficie resbaladiza y mortífera. Ya me costaba mucho no
caerme cuando el suelo estaba seco; tal vez fuera m√°s seguro que volviera a la cama.

Charlie se había marchado al trabajo antes de que yo bajara las escaleras. En muchos sentidos, vivir con él era como
tener mi propia casa y me encontraba disfrutando de la soledad en lugar de sentirme sola.

Engullí un cuenco de cereales y bebí un poco de zumo de naranja a morro. La perspectiva de ir al instituto me
emocionaba, y me asustaba saber que la causa no era el estimulante entorno educativo que me aguardaba ni la
perspectiva de ver a mis nuevos amigos. Si no quer√≠a enga√Īarme, deb√≠a admitir que deseaba acudir al instituto para
ver a Edward Cullen, lo cual era una soberana tontería.

Después de que el día anterior balbuceara como una idiota y me pusiera en ridículo, debería evitarlo a toda costa.
Adem√°s, desconfiaba de √©l por haberme mentido sobre sus ojos. A√ļn me atemorizaba la hostilidad que emanaba de
su persona, todavía se me trababa la lengua cada vez que imaginaba su rostro perfecto. Era plenamente consciente
de que jugábamos en ligas diferentes, distantes. Por todo eso, no debería estar tan ansiosa por verle.

Necesité de toda mi concentración para caminar sin matarme por la acera cubierta de hielo en dirección a la
carretera; aun así, estuve a punto de perder el equilibro cuando al fin llegué al coche, pero conseguí agarrarme al
espejo y me salvé. Estaba claro, el día iba a ser una pesadilla.

Mientras conducía hacia la escuela, para distraerme de mi temor a sucumbir, a entregarme a especulaciones no
deseadas sobre Edward Cullen, pensé en Mike y en Eric, y en la evidente diferencia entre cómo me trataban los
adolescentes del pueblo y los de Phoenix. Tenía el mismo aspecto que en Phoenix, estaba segura. Tal vez sólo fuera
que esos chicos me hab√≠an visto pasar lentamente por las etapas menos agraciadas de la adolescencia y a√ļn
pensaban en mí de esa forma. O tal vez se debía a que era nueva en un lugar donde escaseaban las novedades.
Posiblemente, el hecho de que fuera terriblemente patosa aquí se consideraba como algo encantador en lugar de
patético, y me encasillaban en el papel de damisela en apuros. Fuera cual fuera la razón, me desconcertaba que
Mike se comportara como un perrito faldero y que Eric se hubiera convertido en su rival. Hubiera preferido pasar
desapercibida.

El monovolumen no parec√≠a tener ning√ļn problema en avanzar por la carretera cubierta de hielo ennegrecido, pero
aun así conducía muy despacio para no causar una escena de caos en Main Street.

Cuando llegué al instituto y salí del coche, vi el motivo por el que no había tenido percances. Un objeto plateado me
llamó la atención y me dirigí a la parte trasera del monovolumen, apoyándome en él todo el tiempo, para examinar
las llantas, recubiertas por finas cadenas entrecruzadas. Charlie había madrugado para poner cadenas a los
neum√°ticos del coche. Se me hizo un nudo en la garganta, ya que no estaba acostumbrada a que alguien cuidara de
mí, y la silenciosa preocupación de Charlie me pilló desprevenida.

Estaba de pie junto a la parte trasera del vehículo, intentando controlar aquella repentina oleada de sentimientos que
me embarg√≥ al ver las cadenas, cuando o√≠ un sonido extra√Īo.

Era un chirrido fuerte que se convertía rápidamente en un estruendo. Sobresaltada, alcé la vista.

Vi varias cosas a la vez. Nada se movía a cámara lenta, como sucede en las películas, sino que el flujo de adrenalina
hizo que mí mente obrara con mayor rapidez, y pudiera asimilar al mismo tiempo varias escenas con todo lujo de
detalles.

Edward Cullen se encontraba a cuatro coches de distancia, y me miraba con rostro de espanto. Su semblante
destacaba entre un mar de caras, todas con la misma expresión horrorizada. Pero en aquel momento tenía más
importancia una furgoneta azul oscuro que patinaba con las llantas bloqueadas chirriando contra los frenos, y que
dio un brutal trompo sobre el hielo del aparcamiento. Iba a chocar contra la parte posterior del monovolumen, y yo
estaba en medio de los dos vehículos. Ni siquiera tendría tiempo para cerrar los ojos.

Algo me golpeó con fuerza, aunque no desde la dirección que esperaba, inmediatamente antes de que escuchara el
terrible crujido que se produjo cuando la furgoneta golpeó contra la base de mi coche y se plegó como un acordeón.
Me golpeé la cabeza contra el asfalto helado y sentí que algo frío y compacto me sujetaba contra el suelo. Estaba
tendida en la calzada, detrás del coche color café que estaba junto al mío, pero no tuve ocasión de advertir nada más
porque la camioneta seguía acercándose. Después de raspar la parte trasera del monovolumen, había dado la vuelta
y estaba a punto de aplastarme de nuevo.


Me percaté de que había alguien a mi lado al oír una maldición en voz baja, y era imposible no reconocerla. Dos
grandes manos blancas se extendieron delante de mí para protegerme y la furgoneta se detuvo vacilante a treinta
centímetros de mi cabeza. De forma providencial, ambas manos cabían en la profunda abolladura del lateral de la
carrocería de la furgoneta.

Entonces, aquellas manos se movieron con tal rapidez que se volvieron borrosas. De repente, una sostuvo la
carrocería de la furgoneta por debajo mientras algo me arrastraba. Empujó mis piernas hasta que toparon con los
neumáticos del coche marrón. Con un seco crujido metálico que estuvo a punto de perforarme los tímpanos, la
furgoneta cay√≥ pesadamente en el asfalto entre el estr√©pito de las ventanas al hacerse a√Īicos. Cay√≥ exactamente
donde hacía un segundo estaban mis piernas.

Reinó un silencio absoluto durante un prolongado segundo antes de que todo el mundo se pusiera a chillar. Oí a más
de un persona que me llamaba en la repentina locura que se desató a continuación, pero en medio de todo aquel
griterío escuché con mayor claridad la voz suave y desesperada de Edward Cullen que me hablaba al oído.

¬ó ¬ŅBella? ¬ŅC√≥mo est√°s?

¬óEstoy bien.

Mi propia voz me resultaba extra√Īa. Intent√© incorporarme y entonces me percat√© de que me apretaba contra su
costado con mano de acero.

¬óVe con cuidado ¬ódijo mientras intentaba soltarme¬ó. Creo que te has dado un buen porrazo en la cabeza.

Sentí un dolor palpitante encima del oído izquierdo.

— ¡Ay! —exclamé, sorprendida.

¬óTal y como pensaba...

Por increíble que pudiera parecer, daba la impresión de que intentaba contener la risa.

¬ó ¬ŅC√≥mo demo...? ¬óme par√© para aclarar las ideas y orientarme¬ó. ¬ŅC√≥mo llegaste aqu√≠ tan r√°pido?

—Estaba a tu lado, Bella —dijo; el tono de su voz volvía a ser serio.

Quise incorporarme, y esta vez me lo permitió, quitó la mano de mi cintura y se alejó cuanto le fue posible en aquel
estrecho lugar. Contemplé la expresión inocente de su rostro, lleno de preocupación. Sus ojos dorados me
desorientaron de nuevo. ¬ŅQu√© era lo que acababa de preguntarle?

Nos localizaron enseguida. Había un gentío con lágrimas en las mejillas gritándose entre sí, y gritándonos a
nosotros.

—No te muevas —ordenó alguien.

— ¡Sacad a Tyler de la furgoneta! —chilló otra persona.

El bullicio nos rodeó. Intenté ponerme en pie, pero la mano fría de Edward me detuvo.

—Quédate ahí por ahora.

—Pero hace frío —me quejé. Me sorprendió cuando se rió quedamente, pero con un tono irónico—. Estabas allí,
lejos —me acordé de repente, y dejó de reírse—. Te encontrabas al lado de tu coche.

Su rostro se endureció.

¬óNo, no es cierto.

¬óTe vi.

A nuestro alrededor reinaba el caos. Oí las voces más rudas de los adultos, que acababan de llegar, pero sólo
prestaba atención a nuestra discusión. Yo tenía razón y él iba a reconocerlo.

—Bella, estaba contigo, a tu lado, y te quité de en medio.

Dio rienda suelta al devastador poder de su mirada, como si intentara decirme algo crucial.

¬óNo ¬ódije con firmeza.

El dorado de sus ojos centelleó.

¬óPor favor, Bella.

¬ó ¬ŅPor qu√©? ¬óinquir√≠.

—Confía en mí —me rogó. Su voz baja me abrumó. Entonces oí las sirenas.

¬ó ¬ŅPrometes explic√°rmelo todo despu√©s?

¬óMuy bien ¬ódijo con brusquedad, repentinamente exasperado.

—Muy bien —repetí encolerizada.

Se necesitaron seis EMT1 y dos profesores, el se√Īor Varner y el entrenador Clapp, para desplazar la furgoneta de
forma que pudieran pasar las camillas. Edward la rechazó con vehemencia. Intenté imitarle, pero me traicionó al
chivarles que hab√≠a sufrido un golpe en la cabeza y que ten√≠a una contusi√≥n. Casi me mor√≠ de verg√ľenza cuando me

1 1 [N. del T.] Siglas de Emergency Medical Technician (Técnicos Médicos de Emergencia). 

 


pusieron un collarín. Parecía que todo el instituto estaba allí, mirando con gesto adusto, mientras me introducían en
la parte posterior de la ambulancia. Dejaron que Edward fuera delante. Eso me enfureció.

Para empeorar las cosas, el jefe de policía Swan llegó antes de que me pusieran a salvo.

— ¡Bella! —gritó con pánico al reconocerme en la camilla.

¬óEstoy perfectamente, Char... pap√° ¬ódije con un suspiro¬ó. No me pasa nada.

Se giró hacia el EMT más cercano en busca de una segunda opinión. Lo ignoré y me detuve a analizar el revoltijo de
imágenes inexplicables que se agolpaban en mi mente. Cuando me alejaron del coche en camilla, había visto una
abolladura profunda en el parachoques del coche marrón. Encajaba a la perfección con el contorno de los hombros
de Edward, como si se hubiera apoyado contra el veh√≠culo con fuerza suficiente para da√Īar el bastidor met√°lico.

Y luego estaba la familia de Edward, que nos miraba a lo lejos con una gama de expresiones que iban desde la
reprobación hasta la ira, pero no había el menor atisbo de preocupación por la integridad de su hermano.

Intenté hallar una solución lógica que explicara lo que acababa de ver, una explicación que excluyera la posibilidad
de que hubiera enloquecido.

La policía escoltó a la ambulancia hasta el hospital del condado, por descontado. Me sentí ridícula todo el tiempo
que tardaron en bajarme, y ver a Edward cruzar majestuosamente las puertas del hospital por su propio pie
empeoraba las cosas. Me rechinaron los dientes.

Me condujeron hasta la sala de urgencias, una gran habitación con una hilera de camas separadas por cortinas de
colores claros. Una enfermera me tomó la tensión y puso un termómetro debajo de mi lengua. Dado que nadie se
molestó en correr las cortinas para concederme un poco de intimidad, decidí que no estaba obligada a llevar aquel
feo collarín por más tiempo. En cuanto se fue la enfermera, desabroché el velero rápidamente y lo tiré debajo de la
cama.

Se produjo una nueva conmoción entre el personal del hospital. Trajeron otra camilla hacia la cama contigua a la
mía. Reconocí a Tyler Crowley, de mi clase de Historia, debajo de los vendajes ensangrentados que le envolvían la
cabeza. Tenía un aspecto cien veces peor que el mío, pero me miró con ansiedad.

¬ó ¬°Bella, lo siento mucho!

¬óEstoy bien, Tyler, pero t√ļ tienes un aspecto horrible. ¬ŅC√≥mo te encuentras?

Las enfermeras empezaron a desenrollarle los vendajes manchados mientras hablábamos, y quedó al descubierto una
miríada de cortes por toda la frente y la mejilla izquierda.

Tyler no prestó atención a mis palabras.

— ¡Pensé que te iba a matar! Iba a demasiada velocidad y entré mal en el hielo...

Hizo una mueca cuando una enfermera empezó a limpiarle la cara.

¬óNo te preocupes; no me alcanzaste.

¬ó ¬ŅC√≥mo te apartaste tan r√°pido? Estabas all√≠ y luego desapareciste.

—Pues... Edward me empujó para apartarme de la trayectoria de la camioneta.

Parecía confuso.

¬ó ¬ŅQui√©n?

¬óEdward Cullen. Estaba a mi lado.

Siempre se me había dado muy mal mentir. No sonaba nada convincente.

¬ó ¬ŅCullen? No lo vi... ¬°Vaya, todo ocurri√≥ muy deprisa! ¬ŅEst√° bien?

—Supongo que sí. Anda por aquí cerca, pero a él no le obligaron a utilizar una camilla.

Sab√≠a no que no estaba loca. En ese caso, ¬Ņqu√© hab√≠a ocurrido? No hab√≠a forma de encontrar una explicaci√≥n
convincente para lo que había visto.

Luego me llevaron en silla de ruedas para sacar una placa de mi cabeza. Les dije que no tenía heridas, y estaba en lo
cierto. Ni una contusión. Pregunté si podía marcharme, pero la enfermera me dijo que primero debía hablar con el
doctor, por lo que quedé atrapada en la sala de urgencias mientras Tyler me acosaba con sus continuas disculpas.
Siguió torturándose por mucho que intenté convencerle de que me encontraba perfectamente. Al final, cerré los ojos
y le ignoré, aunque continuó murmurando palabras de remordimiento.

¬ó ¬ŅEstar√° durmiendo? ¬ópregunt√≥ una voz musical. Abr√≠ los ojos de inmediato.

Edward se hallaba al pie de mi cama sonriendo con suficiencia. Le fulminé con la mirada. No resultaba fácil...
Hubiera resultado más natural comérselo con los ojos.

—Oye, Edward, lo siento mucho... —empezó Tyler.

El interpelado alzó la mano para hacerle callar.

—No hay culpa sin sangre —le dijo con una sonrisa que dejó entrever sus dientes deslumbrantes. Se sentó en el
borde de la cama de Tyler, me miró y volvió a sonreír con suficiencia.

¬ó ¬ŅBueno, cu√°l es el diagn√≥stico?

¬óNo me pasa nada, pero no me dejan marcharme ¬óme quej√©¬ó. ¬ŅPor qu√© no te han atado a una camilla como a
nosotros?

—Tengo enchufe —respondió—, pero no te preocupes, voy a liberarte.


Entonces entró un doctor y me quedé boquiabierta. Era joven, rubio y más guapo que cualquier estrella de cine,
aunque estaba pálido y ojeroso; se le notaba cansado. A tenor de lo que me había dicho Charlie, ése debía de ser el
padre de Edward.

¬óBueno, se√Īorita Swan ¬ódijo el doctor Cullen con una voz marcadamente seductora¬ó, ¬Ņc√≥mo se encuentra?

¬óEstoy bien ¬órepet√≠, ojala fuera por √ļltima vez.

Se dirigió hacia la mesa de luz vertical de la pared y la encendió.

¬óLas radiograf√≠as son buenas ¬ódijo¬ó. ¬ŅLe duele la cabeza? Edward me ha dicho que se dio un golpe bastante
fuerte.

—Estoy perfectamente —repetí con un suspiro mientras lanzaba una rápida mirada de enojo a Edward.

El médico me examinó la cabeza con sus fríos dedos. Se percató cuando esbocé un gesto de dolor.

¬ó ¬ŅLe duele? ¬ópregunt√≥.

¬óNo mucho.

Había tenido jaquecas peores.

Oí una risita, busqué a Edward con la mirada y vi su sonrisa condescendiente. Entrecerré los ojos con rabia.

—De acuerdo, su padre se encuentra en la sala de espera. Se puede ir a casa con él, pero debe regresar rápidamente
si siente mareos o alg√ļn trastorno de visi√≥n.

¬ó ¬ŅNo puedo ir a la escuela? ¬óinquir√≠ al imaginarme los intentos de Charlie por ser atento.

—Hoy debería tomarse las cosas con calma.

Fulminé a Edward con la mirada.

¬ó ¬ŅPuede √©l ir a la escuela?

¬óAlguien ha de darles la buena nueva de que hemos sobrevivido ¬ódijo con suficiencia.

—En realidad —le corrigió el doctor Cullen— parece que la mayoría de los estudiantes están en la sala de espera.

— ¡Oh, no! —gemí, cubriéndome el rostro con las manos.

El doctor Cullen enarcó las cejas.

¬ó ¬ŅQuiere quedarse aqu√≠?

— ¡No, no! —insistí al tiempo que sacaba las piernas por el borde de la camilla y me levantaba con prisa, con
demasiada prisa, porque me tambaleé y el doctor Cullen me sostuvo. Parecía preocupado.

—Me encuentro bien —volví a asegurarle. No merecía la pena explicarle que mi falta de equilibrio no tenía nada
que ver con el golpe en la cabeza.

—Tome unas pastillas de Tylenol contra el dolor —sugirió mientras me sujetaba.

—No me duele mucho —insistí.

—Parece que ha tenido muchísima suerte —dijo con una sonrisa mientras firmaba mi informe con una fioritura.

—La suerte fue que Edward estuviera a mi lado —le corregí mirando con dureza al objeto de mi declaración.

¬óAh, s√≠, bueno ¬ómusit√≥ el doctor Cullen, s√ļbitamente ocupado con los papeles que ten√≠a delante. Despu√©s, mir√≥ a
Tyler y se marchó a la cama contigua. Tuve la intuición de que el doctor estaba al tanto de todo.

—Lamento decirle que usted se va a tener que quedar con nosotros un poquito más —le dijo a Tyler, y empezó a
examinar sus heridas.

Me acerqué a Edward en cuanto el doctor me dio la espalda.

¬ó ¬ŅPuedo hablar contigo un momento? ¬ómurmur√© muy bajo. Se apart√≥ un paso de m√≠, con la mand√≠bula tensa.

¬óTu padre te espera ¬ódijo entre dientes.

Miré al doctor Cullen y a Tyler, e insistí:

¬óQuiero hablar contigo a solas, si no te importa.

Me miró con ira, me dio la espalda y anduvo a trancos por la gran sala. Casi tuve que correr para seguirlo, pero se
volvi√≥ para hacerme frente tan pronto como nos metimos en un peque√Īo corredor.

¬ó ¬ŅQu√© quieres? ¬ópregunt√≥ molesto.

Su mirada era glacial y su hostilidad me intimidó, hablé con más severidad de la que pretendía.

—Me debes una explicación —le recordé.

——Te salvé la vida. No te debo nada.

Retrocedí ante el resentimiento de su tono.

¬óMe lo prometiste.

—Bella, te diste un fuerte golpe en la cabeza, no sabes de qué hablas.

Lo dijo de forma cortante. Me enfadé y le miré con gesto desafiante.

¬óNo me pasaba nada en la cabeza.

Me devolvió la mirada de desafío.

¬ó ¬ŅQu√© quieres de m√≠, Bella?

—Quiero saber la verdad —dije—. Quiero saber por qué miento por ti.

¬ó ¬ŅQu√© crees que pas√≥? ¬ópregunt√≥ bruscamente.


—Todo lo que sé —le contesté de forma atropellada— es que no estabas cerca de mí, en absoluto, y Tyler tampoco
te vio, de modo que no me vengas con eso de que me he dado un golpe muy fuerte en la cabeza. La furgoneta iba a
matarnos, pero no lo hizo. Tus manos dejaron abolladuras tanto en la carrocería de la furgoneta como en el coche
marrón, pero has salido ileso. Y luego la sujetaste cuando me iba a aplastar las piernas...

Me di cuenta de que parecía una locura y fui incapaz de continuar. Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas de
pura rabia. Rechiné los dientes para intentar contenerlas.

Edward me miró con incredulidad, pero su rostro estaba tenso y permanecía a la defensiva.

¬ó ¬ŅCrees que apart√© a pulso una furgoneta?

Su voz cuestionaba mi cordura, pero sólo sirvió para alimentar más mis sospechas, ya que parecía la típica frase
perfecta que pronuncia un actor consumado. Apreté la mandíbula y me limité a asentir con la cabeza.

¬óNadie te va a creer, ya lo sabes.

Su voz contenía una nota de burla y desdén.

¬óNo se lo voy a decir a nadie.

Hablé despacio, pronunciando lentamente cada palabra, controlando mi enfado con cuidado. La sorpresa recorrió su
rostro.

¬óEntonces, ¬Ņqu√© importa?

—Me importa a mí —insistí—. No me gusta mentir, por eso quiero tener un buen motivo para hacerlo.

¬ó ¬ŅEs que no me lo puedes agradecer y punto?

¬óGracias.

Esperé, furiosa, echando chispas.

¬óNo vas a dejarlo correr, ¬Ņverdad?

¬óNo.

—En tal caso... espero que disfrutes de la decepción.

Enfadados, .nos miramos el uno al otro, hasta que al final rompí el silencio intentando concentrarme. Corría el
peligro de que su rostro, hermoso y lívido, me distrajera. Era como intentar apartar la vista de un ángel destructor.

¬ó ¬ŅPor qu√© te molestaste en salvarme? ¬ópregunt√© con toda la frialdad que pude.

Se hizo una pausa y durante un breve momento su rostro bellísimo fue inesperadamente vulnerable.

—No lo sé —susurró.

Entonces me dio la espalda y se marchó.

Estaba tan enfadada que necesité unos minutos antes de poder moverme. Cuando pude andar, me dirigí lentamente
hacia la salida que había al fondo del corredor.

La sala de espera superaba mis peores temores. Todos aquellos a quienes conocía en Forks parecían hallarse
presentes, y todos me miraban fijamente. Charlie se acercó a toda prisa. Levanté las manos.

—Estoy perfectamente —le aseguré, hosca. Seguía exasperada y no estaba de humor para charlar.

¬ó ¬ŅQu√© dijo el m√©dico?

¬óEl doctor Cullen me ha reconocido, asegura que estoy bien y puedo irme a casa.

Suspiré. Mike y Jessica y Eric me esperaban y ahora se estaban acercando.

—Vamonos —le urgí.

Sin llegar a tocarme, Charlie me rodeó la espalda con un brazo y me condujo a las puertas de cristal de la salida.
Saludé tímidamente con la mano a mis amigos con la esperanza de que comprendieran que no había de qué
preocuparse. Fue un gran alivio subirme al coche patrulla, era la primera vez que experimentaba esa sensación.

Viaj√°bamos en silencio. Estaba tan ensimismada en mis cosas que apenas era consciente de la presencia de Charlie.
Estaba segura de que esa actitud a la defensiva de Edward en el pasillo no era sino la confirmación de unos sucesos
tan extra√Īos que dif√≠cilmente me hubiera cre√≠do de no haberlos visto con mis propios ojos.

Cuando llegamos a casa, Charlie habló al fin:

—Eh... Esto... Tienes que llamar a Renée.

Embargado por la culpa, agachó la cabeza. Me espanté.

¬ó ¬°Se lo has dicho a mam√°!

¬óLo siento.

Al bajarme, cerré la puerta del coche patrulla con un portazo más fuerte de lo necesario.

Mi madre se había puesto histérica, por supuesto. Tuve que asegurarle que estaba bien por lo menos treinta veces
antes de que se calmara. Me rogó que volviera a casa, olvidando que en aquel momento estaba vacía, pero resistir a
sus s√ļplicas me result√≥ mucho m√°s f√°cil de lo que pensaba. El misterio que Edward representaba me consum√≠a; a√ļn
más, él me obsesionaba. Tonta. Tonta. Tonta. No tenía tantas ganas de huir de Forks como debiera, como hubiera
tenido cualquier persona normal y cuerda.

Decidí que sería mejor acostarme temprano esa noche. Charlie no dejaba de mirarme con preocupación y eso me
sacaba de quicio. Me detuve en el cuarto de ba√Īo al subir y me tom√© tres pastillas de Tylenol. Calmaron el dolor y
me fui a dormir cuando éste remitió.


Esa fue la primera noche que so√Ī√© con Edward Cullen.





LAS INVITACIONES.

En mi sue√Īo reinaba una oscuridad muy densa, y aquella luz mortecina parec√≠a proceder de la piel de Edward. No
podía verle el rostro, sólo la espalda, mientras se alejaba de mi lado, dejándome sumida en la negrura. No lograba
alcanzarlo por más que corriera; no se volvía por muy fuertemente que le llamara. Apenada, me desperté en medio
de la noche y no pude volver a conciliar el sue√Īo durante un tiempo que se me hizo eterno. Despu√©s de aquello,
estuvo en mis sue√Īos casi todas las noches, pero siempre en la distancia, nunca a mi alcance.

El mes siguiente al accidente fue violento, tenso y, al menos al principio, embarazoso.

Para mi desgracia, me convertí en el centro de atención durante el resto de la semana. Tyler Crowley se puso
insoportable, me segu√≠a a todas partes, obsesionado con compensarme de alg√ļn modo. Intent√© convencerle de que lo
√ļnico que quer√≠a era que olvidara lo ocurrido, sobre todo porque no me hab√≠a sucedido nada, pero continu√≥
insistiendo. Me seguía entre clase y clase y en el almuerzo se sentaba a nuestra mesa, ahora muy concurrida. Mike y
Eric se comportaban con él de forma bastante más hostil que entre ellos mismos, lo cual me llevó a considerar la
posibilidad de que hubiera conseguido otro admirador no deseado.

Nadie pareció preocuparse de Edward, aunque expliqué una y otra vez que el héroe era él, que me había apartado de
la trayectoria de la furgoneta y que había estado a punto de resultar aplastado. Intenté ser convincente. Jessica,
Mike, Eric y todos los demás comentaban siempre que no le habían visto hasta que apartaron la furgoneta.

Me preguntaba por qué nadie más había visto lo lejos que estaba antes de que me salvara la vida de un modo tan
repentino como imposible. Con disgusto, comprendí que la causa más probable era que nadie estaba tan pendiente
de Edward como yo. Nadie más le miraba de la forma en que yo lo hacía. ¡Lamentable!

Edward jamás se vio rodeado de espectadores curiosos que desearan oír la historia de primera mano. La gente lo
evitaba como de costumbre. Los Cullen y los Hale se sentaban en la misma mesa, como siempre, sin comer,
hablando sólo entre sí. Ninguno de ellos, y él menos, me miró ni una sola vez.

Cuando se sentaba a mi lado en clase, tan lejos de mí como se lo permitía la mesa, no parecía ser consciente de mi
presencia. S√≥lo de forma ocasional, cuando cerraba los pu√Īos de repente, con la piel, tensa sobre los nudillos, a√ļn
m√°s blanca, me preguntaba si realmente me ignoraba tanto como aparentaba.

Deseaba no haberme apartado del camino de la furgoneta de Tyler. Esa era la √ļnica conclusi√≥n a la que pod√≠a llegar.

Ten√≠a mucho inter√©s en hablar con √©l, y lo intent√© al d√≠a siguiente del accidente. La √ļltima vez que le vi, fuera de la
sala de urgencias, los dos estábamos demasiado furiosos. Yo seguía enfadada porque no me confiaba la verdad a
pesar de que había cumplido al pie de la letra mi parte del trato. Pero lo cierto es que me había salvado la vida, sin
importar cómo lo hiciera, y de noche, el calor de mi ira se desvaneció para convertirse en una respetuosa gratitud.

Ya estaba sentado cuando entré en Biología, mirando al frente. Me senté, esperando que se girara hacia mí. No dio
se√Īales de haberse percatado de mi presencia.

¬óHola, Edward ¬ódije en tono agradable para demostrarle que iba a comportarme.

Ladeó la cabeza levemente hacia mí sin mirarme, asintió una vez y miró en la dirección opuesta.

Y √©se fue el √ļltimo contacto que hab√≠a tenido con √©l, aunque todos los d√≠as estuviera ah√≠, a treinta cent√≠metros. A
veces, incapaz de contenerme, le miraba a cierta distancia, en la cafetería o en el aparcamiento. Contemplaba cómo
sus ojos dorados se oscurecían de forma evidente día a día, pero en clase no daba más muestras de saber de su
existencia que las que √©l me mostraba a m√≠. Me sent√≠a miserable. Y los sue√Īos continuaron.

A pesar de mis mentiras descaradas, el tono de mis correos electrónicos alertó a Renée de mi tristeza y telefoneó
unas cuantas veces, preocupada. Intenté convencerla de que sólo era el clima, que me aplanaba.

Al menos, a Mike le complac√≠a la obvia frialdad existente entre mi compa√Īero de laboratorio y yo. Not√© que le
preocupaba que me hubiera impresionado el atrevido rescate de Edward. Quedó muy aliviado cuando se dio cuenta
de que parecía haber tenido el efecto opuesto. Su confianza aumentó hasta sentarse al borde de mi mesa para
conversar antes de que empezara la clase de Biología, ignorando a Edward de forma tan absoluta como él a
nosotros.

Por fortuna, la nieve se fundió después de aquel peligroso día. Mike quedó desencantado por no haber podido
organizar su pelea de bolas de nieve, pero le complacía que pronto pudiéramos hacer la excursión a la playa. No
obstante, continuó lloviendo a cántaros y pasaron las semanas.

Jessica me hizo tomar conciencia de que se fraguaba otro acontecimiento. El primer martes de marzo me telefoneó y
me pidió permiso para invitar a Mike en la elección de las chicas para el baile de primavera que tendría lugar en dos
semanas.

¬ó ¬ŅSeguro que no te importa? ¬ŅNo pensabas ped√≠rselo? ¬óinsisti√≥ cuando le dije que no me importaba lo m√°s
mínimo.

—No, Jess, no voy a ir —le aseguré.

Bailar se encontraba claramente fuera del abanico de mis habilidades.


¬óVa a ser realmente divertido.

Su esfuerzo por convencerme fue poco entusiasta. Sospechaba que Jessica disfrutaba m√°s con mi inexplicable
popularidad que con mi compa√Ī√≠a.

—Diviértete con Mike —la animé.

Me sorprendi√≥ que al d√≠a siguiente no mostrara su efusivo ego de costumbre en clase de Trigonometr√≠a y espa√Īol.
Permaneció callada mientras caminaba a mi lado entre una clase y otra, y me dio miedo preguntarle la razón. Si
Mike la hab√≠a rechazado yo era la √ļltima persona a la que se lo querr√≠a contar.

Mis temores se acrecentaron durante el almuerzo, cuando Jessica se sentó lo más lejos que pudo de Mike y charló
animadamente con Eric. Mike estuvo inusualmente callado.

Mike continu√≥ en silencio mientras me acompa√Īaba a clase. El aspecto violento de su rostro era una mala se√Īal,
pero no abordó el tema hasta que estuve sentada en mi pupitre y él se encaramó sobre la mesa. Como siempre, era
consciente de que Edward se sentaba lo bastante cerca para tocarlo, y tan distante como si fuera una mera invención
de mi imaginación.

¬óBueno ¬ódijo Mike, mirando al suelo¬ó, Jessica me ha pedido que la acompa√Īe al baile de primavera.

—Eso es estupendo —conferí a mi voz un tono de entusiasmo manifiesto—. Te vas a divertir un montón con ella.

—Eh, bueno... —se quedó sin saber qué decir mientras estudiaba mi sonrisa; era obvio que mi respuesta no le
satisfacía—. Le dije que tenía que pensármelo.

¬ó ¬ŅPor qu√© lo hiciste?

Dejé que mi voz reflejara cierta desaprobación, aunque me aliviaba saber que no le había dado a Jessica una
negativa definitiva. Se puso colorado como un tomate y bajó la vista. La lástima hizo vacilar mi resolución.

¬óMe preguntaba si... Bueno..., si tal vez ten√≠as intenci√≥n de ped√≠rmelo t√ļ.

Me tomé un momento de respiro, soportando a duras penas la oleada de culpabilidad que recorría todo mi ser, pero
con el rabillo del ojo vi que Edward inclinaba la cabeza hacia mí con gesto de reflexión.

—Mike, creo que deberías aceptar la propuesta de Jess —le dije.

¬ó ¬ŅSe lo has pedido ya a alguien?

¬ŅSe hab√≠a percatado Edward de que Mike posaba los ojos en √©l?

—No —le aseguré—. No tengo intención de acudir al baile.

¬ó ¬ŅPor qu√©? ¬óquiso saber Mike.

No deseaba ponerle al tanto de los riesgos que bailar suponía para mi integridad, por lo que improvisé nuevos planes
sobre la marcha.

—Ese sábado voy a ir a Seattle —le expliqué. De todos modos, necesitaba salir del pueblo y era el momento
perfecto para hacerlo.

¬ó ¬ŅNo puedes ir otro fin de semana?

—Lo siento, pero no —respondí—. No deberías hacer esperar a Jessica más tiempo. Es de mala educación.

—Sí, tienes razón —masculló y, abatido, se dio la vuelta para volver a su asiento.

Cerré los ojos y me froté las sienes con los dedos en un intento de desterrar de mi mente los sentimientos de culpa y
l√°stima. El se√Īor Banner comenz√≥ a hablar. Suspir√© y abr√≠ los ojos.

Edward me miraba con curiosidad, aquel habitual punto de frustraci√≥n de sus ojos negros era ahora a√ļn m√°s
perceptible.

Le devolví la mirada, esperando que él apartara la suya, pero en lugar de eso, continuó estudiando mis ojos a fondo
y con gran intensidad. Me comenzaron a temblar las manos.

¬ó ¬ŅSe√Īor Cullen? ¬óle llam√≥ el profesor, que aguardaba la respuesta a una pregunta que yo no hab√≠a escuchado.

¬óEl ciclo de Krebs ¬órespondi√≥ Edward; parec√≠a reticente mientras se volv√≠a para mirar al se√Īor Banner.

Clavé la vista en el libro en cuanto los ojos de Edward me liberaron, intentando centrarme. Tan cobarde como
siempre, dejé caer el pelo sobre el hombro derecho para ocultar el rostro. No era capaz de creer el torrente de
emociones que palpitaba en mi interior, y sólo porque había tenido a bien mirarme por primera vez en seis semanas.
No podía permitirle tener ese grado de influencia sobre mí. Era patético; más que patético, era enfermizo.

Intenté ignorarle con todas mis fuerzas durante el resto de la hora y, dado que era imposible, que al menos no
supiera que estaba pendiente de él. Me volví de espaldas a él cuando al fin sonó la campana, esperando que, como
de costumbre, se marchara de inmediato.

¬ó ¬ŅBella?

Su voz no debería resultarme tan familiar, como si la hubiera conocido toda la vida en vez de tan sólo unas pocas
semanas antes.

Sin querer, me volví lentamente. No quería sentir lo que sabía que iba a sentir cuando contemplase aquel rostro tan
perfecto. Tenía una expresión cauta cuando al fin me giré hacia él. La suya era inescrutable. No dijo nada.

¬ó ¬ŅQu√©? ¬ŅMe vuelves a dirigir la palabra? ¬óle pregunt√© finalmente con una involuntaria nota de petulancia en la
voz. Sus labios se curvaron, escondiendo una sonrisa.

—No, en realidad no —admitió.


Cerré los ojos e inspiré hondo por la nariz, consciente de que me rechinaban los dientes. El aguardó.

¬óEntonces, ¬Ņqu√© quieres, Edward? ¬óle pregunt√© sin abrir los ojos; era m√°s f√°cil hablarle con coherencia de esa
manera.

—Lo siento —parecía sincero—. Estoy siendo muy grosero, lo sé, pero de verdad que es mejor así.

Abrí los ojos. Su rostro estaba muy serio.

—No sé qué quieres decir —le dije con prevención.

—Es mejor que no seamos amigos —me explicó—, confía en mí.

Entrecerré los ojos. Había oído eso antes.

—Es una lástima que no lo descubrieras antes —murmuré entre dientes—. Te podías haber ahorrado todo ese pesar.

¬ó ¬ŅPesar? ¬óLa palabra y el tono de mi voz le pillaron con la guardia baja, sin duda¬ó. ¬ŅPesar por qu√©?

¬óPor no dejar que esa est√ļpida furgoneta me hiciera pur√©.

Estaba atónito. Me miró fijamente sin dar crédito a lo que oía. Casi parecía enfadado cuando al fin habló:

¬ó ¬ŅCrees que me arrepiento de haberte salvado la vida?

—Sé que es así —repliqué con brusquedad.

¬óNo sabes nada.

Definitivamente, se había enfadado. Alejé bruscamente mi rostro del suyo, mordiéndome la lengua para callarme
todas las fuertes acusaciones que quería decirle a la cara. Recogí los libros y luego me puse en pie para dirigirme
hacia la puerta. Pretendí hacer una salida dramática de la clase, pero, cómo no, se me enganchó una bota con la
jamba de la puerta y se me cayeron los libros. Me quedé allí un momento, sopesando la posibilidad de dejarlos en el
suelo. Entonces suspiré y me agaché para recogerlos. Pero él ya estaba ahí, los había apilado. Me los entregó con
rostro severo.

¬óGracias ¬ódije con frialdad.

Entrecerró los ojos.

— ¡No hay de qué! —replicó.

Me enderecé rápidamente, volví a apartarme de él y me alejé caminando a clase de Educación física sin volver la
vista atr√°s.

La hora de gimnasia fue brutal. Cambiamos de deporte, jugamos a baloncesto. Mi equipo jam√°s me pasaba la pelota,
lo cual era estupendo, pero me caí un montón de veces, y en ocasiones arrastraba a gente conmigo. Ese día me
movía peor de lo habitual porque Edward ocupaba toda mi mente. Intentaba concentrarme en mis pies, pero él
seguía deslizándose en mis pensamientos justo cuando más necesitaba mantener el equilibrio.

Como siempre, salir fue un alivio. Casi corrí hacia el monovolumen, ya que había demasiada gente a la que quería
evitar. El veh√≠culo hab√≠a sufrido unos da√Īos m√≠nimos a ra√≠z del accidente. Hab√≠a tenido que sustituir las luces
traseras y hubiera realizado alg√ļn retoque en la chapa de haber dispuesto de un equipo de pintura de verdad. Los
padres de Tyler habían tenido que vender la furgoneta por piezas.

Estuvo a punto de darme un patat√ļs cuando, al doblar la esquina, vi una figura alta y oscura reclinada contra un
lateral del coche. Luego comprendí que sólo se trataba de Eric. Comencé a andar de nuevo.

—Hola, Eric —le saludé.

¬óHola, Bella.

¬ó ¬ŅQu√© hay? ¬ópregunt√© mientras abr√≠a la puerta. No prest√© atenci√≥n al tono inc√≥modo de su voz, por lo que sus
siguientes palabras me pillaron desprevenida.

—Me preguntaba... si querrías venir al baile conmigo.

La voz se le quebr√≥ al pronunciar la √ļltima palabra.

—Creí que era la chica quien elegía —respondí, demasiado sorprendida para ser diplomática.

—Bueno, sí —admitió avergonzado.

Recobré la compostura e intenté ofrecerle mi sonrisa más cálida.

—Te agradezco que me lo pidas, pero ese día voy a estar en Seattle.

—Oh. Bueno, quizás la próxima vez.

—Claro —acepté, y entonces me mordí la lengua. No quería que se lo tomara al pie de la letra.

Se marchó de vuelta al instituto arrastrando los pies. Oí una débil risita.

Edward pasó andando delante de mi coche, con la vista al frente y los labios fruncidos. Abrí la puerta con un brusco
tirón, entré de un salto y la cerré con un sonoro golpe detrás de mí. Aceleré el motor en punto muerto de forma
ensordecedora y salí marcha atrás hacia el pasillo. Edward ya estaba en su automóvil, a dos coches de distancia,
deslizándose con suavidad delante de mí, cortándome el paso. Se detuvo ahí para esperar a su familia. Pude ver a los
cuatro tomar aquella dirección, aunque todavía estaban cerca de la cafetería. Consideré seriamente la posibilidad de
embestir por detrás a su flamante Volvo, pero había demasiados testigos. Miré por el espejo retrovisor. Comenzaba
a formarse una cola. Inmediatamente detrás de mí, Tyler Crowley me saludaba con la mano desde su recién
adquirido Sentra de segunda mano. Estaba demasiado fuera de mis casillas para saludarlo.


Oí a alguien llamar con los nudillos en el cristal de la ventana del copiloto mientras permanecía allí sentada,
mirando a cualquier parte excepto al coche que tenía delante. Al girarme, vi a Tyler. Confusa, volví a mirar por el
retrovisor. Su coche seguía en marcha con la puerta izquierda abierta. Me incliné dentro de la cabina para bajar la
ventanilla. Estaba helado hasta el tuétano. Abrí el cristal hasta la mitad y me detuve.

—Lo siento, Tyler —seguía sorprendida, ya que resultaba evidente que no era culpa mía——. El coche de los
Cullen me tiene atrapada.

—Oh, lo sé. Sólo quería preguntarte algo mientras estábamos aquí bloqueados.

Esbozó una amplia sonrisa. No podía ser cierto.

¬ó ¬ŅMe vas a pedir que te acompa√Īe al baile de primavera? ¬ócontinu√≥.

¬óNo voy a estar en el pueblo, Tyler.

Mi voz sonó un poquito cortante. Intenté recordar que no era culpa suya que Mike y Eric ya hubieran colmado el
vaso de mi paciencia por aquel día.

—Ya, eso me dijo Mike —admitió.

¬óEntonces, ¬Ņpor qu√©...?

Se encogió de hombros.

—Tenía la esperanza de que fuera una forma de suavizarle las calabazas.

Vale, eso era totalmente culpa suya.

—Lo siento, Tyler —repliqué mientras intentaba esconder mi irritación—, pero me voy de verdad.

¬óEst√° bien. A√ļn nos queda el baile de fin de curso.

Caminó de vuelta a su coche antes de que pudiera responderle. Supe que mi rostro reflejaba la sorpresa. Miré hacia
delante y observé a Alice, Rosalie, Emmett y Jasper dirigiéndose al Volvo. Edward no me quitaba el ojo de encima
por el espejo retrovisor. Resultaba evidente que se estaba partiendo de risa, como si lo hubiera escuchado todo.
Estiré el pie hacia el acelerador, un golpecito no heriría a nadie, sólo rayaría el reluciente esmalte de la carrocería.
Aceleré el motor en punto muerto.

Pero ya habían entrado los cuatro y Edward se alejaba a toda velocidad. Regresé a casa conduciendo despacio y con
precaución, sin dejar de hablar para mí misma todo el camino.

Al llegar, decidí hacer enchiladas de pollo para cenar. Era un plato laborioso que me mantendría ocupada. El
teléfono sonó mientras cocía a fuego lento las cebollas y los chiles. Casi no me atrevía a contestar, pero podían ser
mam√° o Charlie.

Era Jessica, que estaba exultante. Mike la había alcanzado después de clase para aceptar la invitación. Lo celebré
con ella durante unos instantes mientras removía la comida. Jessica debía colgar, ya que quería telefonear a Angela
y a Lauren para dec√≠rselo. Le suger√≠ por ¬ęcasualidad¬Ľ que quiz√°s Angela, la chica t√≠mida que iba a Biolog√≠a
conmigo, se lo podía pedir a Eric. Y Lauren, una estirada que me ignoraba durante el almuerzo, se lo podía pedir a
Tyler; tenía entendido que estaba disponible. Jess pensó que era una gran idea. De hecho, ahora que tenía seguro a
Mike, sonó sincera cuando dijo que deseaba que fuera al baile. Le mencioné el pretexto del viaje a Seattle.

Después de colgar, intenté concentrarme en la cocina, sobre todo al cortar el pollo. No me apetecía hacer otro viaje a
urgencias. Pero la cabeza me daba vueltas de tanto analizar cada palabra que hoy hab√≠a pronunciado Edward. ¬ŅA
qué se refería con que era mejor que no fuéramos amigos?

Sentí un retortijón en el estómago cuando comprendí el significado. Debía de haber visto cuánto me obsesionaba y
no quería darme esperanzas, por lo que no podíamos siquiera ser amigos. ..., porque él no estaba nada interesado en
mí.

Naturalmente que no le interesaba, pensé con enfado mientras me lloraban los ojos —reacción provocada por las
cebollas—. Yo no era interesante y él sí. Interesante... y brillante, misterioso, perfecto..., y guapo, y posiblemente
capaz de levantar una furgoneta con una sola mano.

Vale, de acuerdo. Podía dejarle tranquilo. Le dejaría solo. Soportaría la sentencia que me había impuesto a mí
misma aquí, en el purgatorio; luego, si Dios quería, alguna universidad del sudeste, o tal vez Hawai, me ofrecería
una beca. Concentré la mente en playas soleadas y palmeras mientras terminaba las enchiladas y las metía en el
horno.

Charlie parecía receloso cuando percibió el aroma a pimientos verdes al llegar a casa. No le podía culpar, la comida
mexicana comestible m√°s cercana se encontraba probablemente al sur de California. Pero era un poli, aunque fuera
en aquel peque√Īo pueblecito, de modo que tuvo suficientes reda√Īos para tomar el primer bocado. Pareci√≥ gustarle.
Resultaba divertido comprobar lo despacio que empezaba a confiar en mí en los asuntos culinarios. Cuando estaba a
punto de acabar, le pregunté:

¬ó ¬ŅPap√°?

¬ó ¬ŅS√≠?

—Esto... Quería que supieras que voy a ir a Seattle el sábado de la semana que viene..., si te parece bien.

No le pedí permiso, era sentar un mal precedente, pero me sentí maleducada. Intenté arreglarlo con ese fin de frase.

¬ó ¬ŅPor qu√©?


Parecía sorprendido, como si fuera incapaz de imaginar algo que Forks no pudiera ofrecer.

¬óBueno, quiero conseguir algunos libros porque la librer√≠a local es bastante peque√Īa, y tal vez mire algo de ropa.

Tenía más dinero del habitual, ya que no había tenido que pagar el coche gracias a Charlie, aunque me dejaba un
buen pellizco en las gasolineras.

—Lo más probable es que el monovolumen consuma mucha gasolina —apuntó, haciéndose eco de mis
pensamientos.

—Lo sé. Pararé en Montessano y Olympia, y en Tacorna si fuera necesario.

¬ó ¬ŅVas a ir t√ļ sola? ¬ópregunt√≥. No sab√≠a si sospechaba que ten√≠a un novio secreto o si se preocupaba por el tema
del coche.

—Sí.

¬óSeattle es una ciudad muy grande, te podr√≠as perder ¬óse√Īal√≥ preocupado.

—Papá, Phoenix es cinco veces más grande que Seattle y sé leer un mapa, no te preocupes.

¬ó ¬ŅNo quieres que te acompa√Īe?

Intenté ser astuta al tiempo que ocultaba mi pánico.

—No te preocupes, papá. Voy a ir de tiendas y me pasaré el día en los probadores... Será aburrido.

¬óOh, vale.

La sola de idea de sentarse en tiendas de ropa femenina por un periodo de tiempo indeterminado le hizo desistir de
inmediato.

—Gracias —le sonreí.

¬ó ¬ŅEstar√°s de vuelta a tiempo para el baile?

Maldici√≥n. S√≥lo en un pueblo tan peque√Īo, un padre sabe cu√°ndo tienen lugar los bailes del instituto.

¬óNo, yo no bailo, pap√°.

√Čl por encima de todos los dem√°s deber√≠a entenderlo. No hab√≠a heredado de mi madre mis problemas de equilibrio.
Lo comprendió.

—Ah, vale —había caído en la cuenta.

A la ma√Īana siguiente, cuando me detuve en el aparcamiento, dej√© mi coche lo m√°s lejos posible del Volvo
plateado. Quise apartarme del camino de la tentación para no acabar debiéndole a Edward un coche nuevo. Al salir
del coche jugueteé con las llaves, que cayeron en un charco cercano. Mientras me agachaba para recogerlas, surgió
de repente una mano nivea y las tomó antes que yo. Me erguí bruscamente. Edward Cullen estaba a mi lado,
recostado como por casualidad contra mi automóvil.

¬ó ¬ŅC√≥mo lo haces? ¬ópregunt√©, asombrada e irritada.

¬ó ¬ŅHacer qu√©?

Me tendió las llaves mientras hablaba y las dejó caer en la palma de mi mano cuando las fui a coger.

¬óAparecer del aire.

—Bella, no es culpa mía que seas excepcionalmente despistada.

Como de costumbre, hablaba en calma, con voz pausada y aterciopelada. Frunc√≠ el ce√Īo ante aquel rostro perfecto.
Hoy sus ojos volvían a relucir con un tono profundo y dorado como la miel. Entonces tuve que bajar los míos para
reordenar mis ideas, ahora confusas.

¬ó ¬ŅA qu√© vino taponarme el paso ayer noche? ¬óQuise saber, a√ļn rehuyendo su mirada¬ó. Se supon√≠a que fing√≠as
que yo no existía ni te dabas cuenta de que echaba chispas.

—Eso fue culpa de Tyler, no mía —se rió con disimulo—. Tenía que darle su oportunidad.

¬óT√ļ... ¬ódije entrecortadamente.

No se me ocurr√≠a ning√ļn insulto lo bastante malo. Pens√© que la fuerza de mi rabia lo achantar√≠a, pero s√≥lo parec√≠a
divertirse a√ļn m√°s.

—No finjo que no existas —continuó.

¬ó ¬ŅQuieres matarme a rabietas dado que la furgoneta de Tyler no lo consigui√≥?

La ira destell√≥ en sus ojos casta√Īos. Frunci√≥ los labios y desaparecieron todas las se√Īales de alegr√≠a.

—Bella, eres totalmente absurda —murmuró con frialdad.

Sentí un hormigueo en las palmas de las manos y me entró un ansia de pegar a alguien. Estaba sorprendida. Por lo
general, no era una persona violenta. Le di la espalda y comencé a alejarme.

—Espera —gritó. Seguí andando, chapoteando enojada bajo la lluvia, pero se puso a mi altura y mantuvo mi paso
con facilidad.

—Lo siento. He sido descortés —dijo mientras caminaba. Le ignoré—. No estoy diciendo que no sea cierto —
prosiguió—, pero, de todos modos, no ha sido de buena educación.

¬ó ¬ŅPor qu√© no me dejas sola? ¬órefunfu√Ī√©.

—Quería pedirte algo, pero me desviaste del tema —volvió a reír entre dientes. Parecía haber recuperado el buen
humor.

¬ó ¬ŅTienes un trastorno de personalidad m√ļltiple? ¬óle pregunt√© con acritud.


¬óY lo vuelves a hacer.

Suspiré.

¬óVale, entonces, ¬Ņqu√© me quer√≠as pedir?

—Me preguntaba si el sábado de la próxima semana, ya sabes, el día del baile de primavera...

¬ó ¬ŅIntentas ser gracioso? ¬ólo interrump√≠, gir√°ndome hacia √©l.

Mi rostro se empapó cuando alcé la cabeza para mirarle. En sus ojos había una perversa diversión.

¬óPor favor, ¬Ņvas a dejarme terminar?

Me mordí el labio y junté las manos, entrelazando los dedos, para no cometer ninguna imprudencia.

—Te he escuchado decir que vas a ir a Seattle ese día y me preguntaba si querrías dar un paseo.

Aquello fue totalmente inesperado.

¬ó ¬ŅQu√©? ¬óno estaba segura de adonde quer√≠a llegar.

¬ó ¬ŅQuieres dar un paseo hasta Seattle?

¬ó ¬ŅCon qui√©n? ¬ópregunt√©, desconcertada.

—Conmigo, obviamente —articuló cada sílaba como si se estuviera dirigiendo a un discapacitado.

Seguía sin salir de mi asombro.

¬ó ¬ŅPor qu√©?

—Planeaba ir a Seattle en las próximas semanas y, para ser honesto, no estoy seguro de que tu monovolumen lo
pueda conseguir.

—Mi coche va perfectamente, muchísimas gracias por tu preocupación.

Hice adem√°n de seguir andando, pero estaba demasiado sorprendida para mantener el mismo nivel de ira.

¬ó ¬ŅPuede llegar gastando un solo dep√≥sito de gasolina?

Volvió a mantener el ritmo de mis pasos.

¬óNo veo que sea de tu incumbencia.

Est√ļpido propietario de un flamante Volvo.

¬óEl despilfarro de recursos limitados es asunto de todos.

—De verdad, Edward, no te sigo —me recorrió un escalofrío al pronunciar su nombre; odié la sensación—. Creía
que no querías ser amigo mío.

—Dije que sería mejor que no lo fuéramos, no que no lo deseara.

—Vaya, gracias, eso lo aclara todo —le repliqué con feroz sarcasmo.

Me di cuenta de que había dejado de andar otra vez. Ahora estábamos al abrigo del tejado de la cafetería, por lo que
podía contemplarle el rostro con mayor comodidad, lo cual, desde luego, no me ayudaba a aclarar las ideas.

—Sería más... prudente para ti que no fueras mi amiga —explicó—, pero me he cansado de alejarme de ti, Bella.

Sus ojos eran de una intensidad deliciosa cuando pronunci√≥ con voz seductora aquella √ļltima frase. Me olvid√© hasta
de respirar.

¬ó ¬ŅMe acompa√Īar√°s a Seattle? ¬ópregunt√≥ con voz todav√≠a vehemente.

A√ļn era incapaz de hablar, por lo que s√≥lo asent√≠ con la cabeza. Sonri√≥ levemente y luego su rostro se volvi√≥ serio.

—Deberías alejarte de mí, de veras —me previno—. Te veré en clase.

Se dio la vuelta de forma brusca y desanduvo el camino que habíamos recorrido.



GRUPO SANGUINEO



Me dirig√≠ a clase de Lengua a√ļn en las nubes, tal era as√≠ que al entrar ni siquiera me di cuenta de que la clase hab√≠a
comenzado.

¬óGracias por venir, se√Īorita Swan ¬ósalud√≥ despectivamente el se√Īor Mas√≥n.

Me sonroj√© de verg√ľenza y me dirig√≠ r√°pidamente a mi asiento.

No me di cuenta de que en el pupitre contiguo de siempre se sentaba Mike hasta el final de la clase. Sentí una
punzada de culpabilidad, pero tanto él como Eric se reunieron conmigo en la puerta como de costumbre, por lo que
supuse que me habían perdonado del todo. Mike parecía volver a ser el mismo mientras caminábamos, hablaba
entusiasmado sobre el informe del tiempo para el fin de semana. La lluvia exigía hacer una acampada más corta,
pero aquel viaje a la playa parecía posible. Simulé interés para maquillar el rechazo de ayer. Resultaría difícil; fuera
como fuera, con suerte, s√≥lo se suavizar√≠a a los cuarenta y muchos a√Īos. . Pas√© el resto de la ma√Īana pensando en
las musara√Īas. Resultaba dif√≠cil creer que las palabras de Edward y la forma en que me miraba no fueran fruto de mi
imaginaci√≥n. Tal vez s√≥lo fuese un sue√Īo muy convincente que confund√≠a con la realidad. Eso parec√≠a m√°s probable
que el que yo le atrajera de veras a cualquier nivel.

Por eso estaba tan impaciente y asustada al entrar en la cafetería con Jessica. Le quería ver el rostro para verificar si
volv√≠a a ser la persona indiferente y fr√≠a que hab√≠a conocido durante las √ļltimas semanas o, si por alg√ļn milagro, de
verdad hab√≠a o√≠do lo que cre√≠a haber o√≠do esa ma√Īana. Jessica cotorreaba sin cesar sobre sus planes para el baile ¬ó


Lauren y Angela ya se lo habían pedido a los otros chicos e iban a acudir todos juntos—, completamente indiferente
a mi desinterés.

Un flujo de desencanto recorrió mi ser cuando de forma infalible miré a la mesa de los Cullen. Los otros cuatro
hermanos estaban ah√≠, pero √©l se hallaba ausente. ¬ŅSe hab√≠a ido a casa? Abatida, me puse a la cola detr√°s de la
parlanchina Jessica. Había perdido el apetito y sólo compré un botellín de limonada. Únicamente quería sentarme y
enfurru√Īarme.

—Edward Cullen te vuelve a mirar —dijo Jessica; interrumpió mi distracción al pronunciar su nombre—. Me
pregunto por qué se sienta solo hoy.

Volví bruscamente la cabeza y seguí la dirección de su mirada para ver a Edward, con su sonrisa picara, que me
observaba desde una mesa vacía en el extremo opuesto de la cafetería al que solía sentarse. Una vez atraída mi
atenci√≥n, alz√≥ la mano y movi√≥ el dedo √≠ndice para indicarme que lo acompa√Īara. Me gui√Ī√≥ el ojo cuando lo mir√©
incrédula.

¬ó ¬ŅSe refiere a ti? ¬ópregunt√≥ Jessica con un tono de insultante incredulidad en la voz.

—Puede que necesite ayuda con los deberes de Biología —musité para contentarla—. Eh, será mejor que vaya a ver
qué quiere.

Pude sentir cómo me miraba al alejarme.

Insegura, me quedé de pie detrás de la silla que había enfrente de Edward al llegar a su mesa.

¬ó ¬ŅPor qu√© no te sientas hoy conmigo? ¬óme pregunt√≥ con una sonrisa.

Lo hice de inmediato, contemplándolo con precaución. Seguía sonriendo. Resultaba difícil concebir que existiera
alguien tan guapo. Tem√≠a que desapareciera en medio de una repentina nube de humo y que yo me despertara. √Čl
debía de esperar que yo comentara algo y por fin conseguí decir:

¬óEsto es diferente.

—Bueno —hizo una pausa y el resto de las palabras salieron de forma precipitada—. Decidí que, ya puesto a ir al
infierno, lo podía hacer del todo.

Esperé a que dijera algo coherente. Transcurrieron los segundos y después le indiqué:

—Sabes que no tengo ni idea de a qué te refieres.

—Cierto —volvió a sonreír y cambió de tema—. Creo que tus amigos se han enojado conmigo por haberte raptado.

¬óSobrevivir√°n.

Sentía los ojos de todos ellos clavados en mi espalda.

—Aunque es posible que no quiera liberarte —dijo con un brillo pícaro en sus ojos. Tragué saliva y se rió. —
Pareces preocupada.

¬óNo ¬órespond√≠, pero mi voz se quebr√≥ de forma rid√≠cula¬ó. M√°s bien sorprendida. ¬ŅA qu√© se debe este cambio?

—Ya te lo dije. Me he hartado de permanecer lejos de ti, por lo que me he rendido. Seguía sonriendo, pero sus ojos
de color ocre estaban serios.

¬ó ¬ŅRendido? ¬órepet√≠ confusa.

—Sí, he dejado de intentar ser bueno. Ahora voy a hacer lo que quiero, y que sea lo que tenga que ser.

Su sonrisa se desvaneció mientras se explicaba y el tono de su voz se endureció.

¬óMe he vuelto a perder.

La arrebatadora sonrisa reapareció.

—Siempre digo demasiado cuando hablo contigo, ése es uno de los problemas.

—No te preocupes... No me entero de nada —le repliqué secamente.

¬óCuento con ello.

¬óYa. En cristiano, ¬Ņsomos amigos ahora?

—Amigos... —meditó dubitativo.

—O no —musité.

Esbozó una amplia sonrisa.

¬óBueno, supongo que podemos intentarlo, pero ahora te prevengo que no voy a ser un buen amigo para ti.

El aviso oculto detr√°s de su sonrisa era real.

—Lo repites un montón —recalqué al tiempo que intentaba ignorar el repentino temblor de mi vientre y mantenía
serena la voz.

—Sí, porque no me escuchas. Sigo a la espera de que me creas. Si eres lista, me evitarás.

¬óMe parece que t√ļ tambi√©n te has formado tu propia opini√≥n sobre mi mente preclara.

Entrecerré los ojos y él sonrió disculpándose.

¬óEn ese caso ¬óme esforc√© por resumir aquel confuso intercambio de frases¬ó, hasta que yo sea lista... ¬ŅVamos a
intentar ser amigos?

¬óEso parece casi exacto.

Busqué con la mirada mis manos, en torno a la botella de limonada, sin saber qué hacer.

¬ó ¬ŅQu√© piensas? ¬ópregunt√≥ con curiosidad.


Alcé la vista hasta esos profundos ojos dorados que me turbaban los sentidos y, como de costumbre, respondí la
verdad:

—Intentaba averiguar qué eres.

Su rostro se crispó, pero consiguió mantener la sonrisa, no sin cierto esfuerzo.

¬ó ¬ŅY has tenido fortuna en tus pesquisas? ¬óinquiri√≥ con desenvoltura.

—No demasiada —admití.

Se rió entre dientes.

¬ó ¬ŅQu√© teor√≠as barajas?

Me sonroj√©. Durante el √ļltimo mes hab√≠a estado vacilando entre Barman y Spiderman. No hab√≠a forma de admitir
aquello.

¬ó ¬ŅNo me lo quieres decir? ¬ópregunt√≥, ladeando la cabeza con una sonrisa terriblemente tentadora.

Negué con la cabeza.

¬óResulta demasiado embarazoso.

—Eso es realmente frustrante, ya lo sabes —se quejó.

—No —disentí rápidamente con una dura mirada—. No concibo por qué ha de resultar frustrante, en absoluto, sólo
porque alguien rehusé revelar sus pensamientos, sobre todo después de haber efectuado unos cuantos comentarios
crípticos, especialmente ideados para mantenerme en vela toda la noche, pensando en su posible significado...
Bueno, ¬Ņpor qu√© iba a resultar frustrante?

Hizo una mueca.

—O mejor —continué, ahora el enfado acumulado fluía libremente—, digamos que una persona realiza un montón
de cosas raras, como salvarte la vida bajo circunstancias imposibles un día y al siguiente tratarte como si fueras un
paria, y jamás te explica ninguna de las dos, incluso después de haberlo prometido. Eso tampoco debería resultar
demasiado frustrante.

¬óTienes un poquito de genio, ¬Ņverdad?

¬óNo me gusta aplicar un doble rasero.

Nos contemplamos el uno al otro sin sonreír.

Miró por encima de mi hombro y luego, de forma inesperada, rió por lo bajo.

¬ó ¬ŅQu√©?

¬óTu novio parece creer que estoy siendo desagradable contigo. Se debate entre venir o no a interrumpir nuestra
discusión.

Volvió a reírse.

——No sé de quién me hablas —dije con frialdad— pero, de todos modos, estoy segura de que te equivocas.

—Yo, no. Te lo dije, me resulta fácil saber qué piensan la mayoría de las personas.

¬óExcepto yo, por supuesto.

¬óS√≠, excepto t√ļ ¬ósu humor cambi√≥ de repente. Sus ojos se hicieron m√°s inquietantes¬ó. Me pregunto por qu√© ser√°.

La intensidad de su mirada era tal que tuve que apartar la vista. Me concentré en abrir el tapón de mi botellín de
limonada. Lo desenrosqué sin mirar, con los ojos fijos en la mesa.

¬ó ¬ŅNo tienes hambre? ¬ópregunt√≥ distra√≠do.

—No —no me apetecía mencionar que mi estómago ya estaba lleno de... mariposas. Miré el espacio vacío de la
mesa delante de √©l¬ó. ¬ŅY t√ļ?

¬óNo. No estoy hambriento.

No comprend√≠ su expresi√≥n, parec√≠a disfrutar de alg√ļn chiste privado.

¬ó ¬ŅMe puedes hacer un favor? ¬óle ped√≠ despu√©s de un segundo de vacilaci√≥n.

De repente, se puso en guardia.

¬óEso depende de lo que quieras.

—No es mucho —le aseguré. El esperó con cautela y curiosidad.

—Sólo me preguntaba si podrías ponerme sobre aviso la próxima vez que decidas ignorarme por mi propio bien.
√önicamente para estar preparada.

Mantuve la vista fija en el botellín de limonada mientras hablaba, recorriendo el círculo de la boca con mi sonrosado
dedo.

¬óMe parece justo.

Apretaba los labios para no reírse cuando alcé los ojos.

¬óGracias.

¬óEn ese caso, ¬Ņpuedo pedir una respuesta a cambio? ¬ópidi√≥.

¬óUna.

—Cuéntame una teoría.

¡Ahí va!

¬óEsa, no.


—No hiciste distinción alguna, sólo prometiste una respuesta —me recordó.

¬óClaro, y t√ļ no has roto ninguna promesa ¬óle record√© a mi vez.

—Sólo una teoría... No me reiré.

—Sí lo harás.

Estaba segura de ello. Baj√≥ la vista y luego me mir√≥ con aquellos ardientes ojos ocres a trav√©s de sus largas pesta√Īas
negras.

—Por favor —respiró al tiempo que se inclinaba hacia mí.

Parpade√© con la mente en blanco. ¬°Cielo santo! ¬ŅC√≥mo lo consegu√≠a?

¬óEh... ¬ŅQu√©?¬ópregunt√©, deslumbrada.

¬óCu√©ntame s√≥lo una de tus peque√Īas teor√≠as, por favor.

Su mirada a√ļn me abrasaba. ¬ŅTambi√©n era un hipnotizador? ¬ŅO era yo una incauta irremediable?

¬óPues... Eh... ¬ŅTe mordi√≥ una ara√Īa radiactiva?

¬óEso no es muy imaginativo.

—Lo siento, es todo lo que tengo —contesté, ofendida.

¬óNi siquiera te has acercado ¬ódijo con fastidio.

¬ó ¬ŅNada de ara√Īas?

¬óNo.

¬ó ¬ŅNi un poquito de radiactividad?

¬óNada.

—Maldición —suspiré.

—Tampoco me afecta la kriptonita —se rió entre dientes.

¬óSe supon√≠a que no te ibas a re√≠r, ¬Ņte acuerdas?

Hizo un esfuerzo por recobrar la compostura.

—Con el tiempo, lo voy a averiguar —le advertí.

—Desearía que no lo intentaras —dijo, de nuevo con gesto serio.

¬ó ¬ŅPor...?

¬ó ¬ŅQu√© pasar√≠a si no fuera un superh√©roe? ¬ŅY si fuera el chico malo? ¬ósonri√≥ jovialmente, pero sus ojos eran
impenetrables.

—Oh, ya veo —dije. Algunas de las cosas que había dicho encajaron de repente.

¬ó ¬ŅS√≠?

De pronto, su rostro se había vuelto adusto, como si temiera haber revelado demasiado sin querer.

¬ó ¬ŅEres peligroso?

Era una suposición, pero el pulso se me aceleró cuando, de forma instintiva, comprendí la verdad de mis propias
palabras. Lo era. Me lo había intentado decir todo el tiempo. Se limitó a mirarme, con los ojos rebosantes de alguna
emoción que no lograba comprender.

—Pero no malo —susurré al tiempo que movía la cabeza—. No, no creo que seas malo.

¬óTe equivocas.

Su voz apenas era audible. Bajó la vista al tiempo que me arrebataba el tapón de la botella y lo hacía girar entre los
dedos. Lo contemplé fijamente mientras me preguntaba por qué no me asustaba. Hablaba en serio, eso era evidente,
pero sólo me sentía ansiosa, con los nervios a flor de piel... y, por encima de todo lo demás, fascinada, como de
costumbre siempre que me encontraba cerca de él.

El silencio se prolongó hasta que me percaté de que la cafetería estaba casi vacía. Me puse en pie de un salto.

¬óVamos a llegar tarde.

—Hoy no voy a ir a clase —dijo mientras daba vueltas al tapón tan deprisa que apenas podía verse.

¬ó ¬ŅPor qu√© no?

—Es saludable hacer novillos de vez en cuando —dijo mientras me sonreía, pero en sus ojos relucía la
preocupación.

—Bueno, yo sí voy.

Era demasiado cobarde para arriesgarme a que me pillaran. Concentró su atención en el tapón.

—En ese caso, te veré luego.

Indecisa, vacilé, pero me apresuré a salir en cuanto sonó el primer toque del timbre después de confirmar con una
√ļltima mirada que √©l no se hab√≠a movido ni un cent√≠metro.

Mientras me dirigía a clase, casi a la carrera, la cabeza me daba vueltas a mayor velocidad que el tapón del botellín.
Me había respondido a pocas preguntas en comparación con las muchas que había suscitado. Al menos, había
dejado de llover.

Tuve suerte. El se√Īor Banner no hab√≠a entrado a√ļn en clase cuando llegu√©. Me instal√© r√°pidamente en mi asiento,
consciente de que tanto Mike como Angela no dejaban de mirarme. Mike parecía resentido y Angela sorprendida, y
un poco intimidada.


Entonces entr√≥ en clase el se√Īor Banner y llam√≥ al orden a los alumnos. Hac√≠a equilibrios para sostener en brazos
unas cajitas de cartón. Las soltó encima de la mesa de Mike y le dijo que comenzara a distribuirlas por la clase.

—De acuerdo, chicos, quiero que todos toméis un objeto de las cajas.

El sonido estridente de los guantes de goma contra sus mu√Īecas se me antoj√≥ de mal augurio.

—El primero contiene una tarjeta de identificación del grupo sanguíneo —continuó mientras tomaba una tarjeta
blanca con las cuatro esquinas marcadas y la exhibía—. En segundo lugar, tenemos un aplacador de cuatro puntas
—sostuvo en alto algo similar a un peine sin dientes—. El tercer objeto es una micro—lanceta esterilizada —alzó
una min√ļscula pieza de pl√°stico azul y la abri√≥. La aguja de la lanceta era invisible a esa distancia, pero se me
revolvió estómago.

—Voy a pasar con un cuentagotas con suero para preparar vuestras tarjetas, de modo que, por favor, no empecéis
hasta que pase yo... —comenzó de nuevo por la mesa de Mike, depositando con esmero una gota de agua en cada
una de las cuatro esquinas—. Luego, con cuidado, quiero que os pinchéis un dedo con la lanceta.

Tomó la mano de Mike y le punzó la yema del dedo corazón con la punta de la lanceta. Oh, no. Un sudor viscoso
me cubrió la frente.

—Depositad una gotita de sangre en cada una de las puntas —hizo una demostración. Apretó el dedo de Mike hasta
que fluy√≥ la sangre. Tragu√© de forma convulsiva, el est√≥mago se revolvi√≥ a√ļn m√°s¬ó. Entonces las aplic√°is a la
tarjeta del test —concluyó.

Sostuvo en alto la goteante tarjeta roja delante de nosotros para que la viéramos. Cerré los ojos, intenté oír por
encima del pitido de mis oídos.

—El próximo fin de semana, la Cruz Roja se detiene en Port Angeles para recoger donaciones de sangre, por lo que
he pensado que todos vosotros deberíais conocer vuestro grupo sanguíneo —parecía orgulloso de sí mismo—. Los
menores de dieciocho a√Īos vais a necesitar un permiso de vuestros padres... Hay hojas de autorizaci√≥n encima de mi
mesa.

Siguió cruzando la clase con el cuentagotas. Descansé la mejilla contra la fría y oscura superficie de la mesa,
intentando mantenerme consciente. Todo lo que oía a mí alrededor eran chillidos, quejas y risitas cuando se
ensartaban los dedos con la lanceta. Inspiré y expiré de forma acompasada por la boca.

¬óBella, ¬Ņte encuentras bien? ¬ópregunt√≥ el se√Īor Banner. Su voz sonaba muy cerca de mi cabeza. Parec√≠a
alarmado.

¬óYa s√© cu√°l es mi grupo sangu√≠neo, se√Īor Banner ¬ódije con voz d√©bil. No me atrev√≠a a levantar la cabeza.

¬ó ¬ŅTe sientes d√©bil?

¬óS√≠, se√Īor ¬ómurmur√© mientras en mi fuero interno me daba de bofetadas por no haber hecho novillos cuando tuve
la ocasión.

¬óPor favor, ¬Ņalguien puede llevar a Bella a la enfermer√≠a? ¬ópidi√≥ en voz alta.

No tuve que alzar la vista para saber que Mike se ofrecería voluntario.

¬ó ¬ŅPuedes caminar? ¬ópregunt√≥ el se√Īor Banner.

—Sí —susurré. Limítate a dejarme salir de aquí, pensé. Me arrastraré.

Mike parecía ansioso cuando me rodeó la cintura con el brazo y puso mi brazo sobre su hombro. Me apoyé
pesadamente sobre él mientras salía de clase.

Muy despacio, crucé el campus a remolque de Mike. Cuando doblamos la esquina de la cafetería y estuvimos fuera
del campo de visión del edificio cuatro —en el caso de que el profesor Banner estuviera mirando—, me detuve.

¬ó ¬ŅMe dejas sentarme un minuto, por favor? ¬ósupliqu√©.

Me ayudó a sentarme al borde del paseo.

¬óY, hagas lo que hagas, oc√ļpate de tus asuntos ¬óle avis√©.

A√ļn segu√≠a muy confusa. Me tumb√© sobre un costado, puse la mejilla sobre el cemento h√ļmedo y g√©lido de la acera
y cerré los ojos. Eso pareció ayudar un poco.

—Vaya, te has puesto verde —comentó Mike, bastante nervioso.

¬ó ¬ŅBella? ¬óme llam√≥ otra voz a lo lejos.

¡No! Por favor, que esa voz tan terriblemente familiar sea sólo una imaginación.

¬ó ¬ŅQu√© le sucede? ¬ŅEst√° herida?

Ahora la voz sonó más cerca, y parecía preocupada. No me lo estaba imaginando. Apreté los párpados con fuerza,
me quería morir o, como mínimo, no vomitar.

Mike parecía tenso.

—Creo que se ha desmayado. No sé qué ha pasado, no ha movido ni un dedo.

¬óBella ¬óla voz de Edward son√≥ a mi lado. Ahora parec√≠a aliviado¬ó. ¬ŅMe oyes?

—No —gemí—. Vete.

Se rió por lo bajo.

—La llevaba a la enfermería —explicó Mike a la defensiva—, pero no quiso avanzar más.

—Yo me encargo de ella —dijo Edward. Intuí su sonrisa en el tono de su voz—. Puedes volver a clase.


—No —protestó Mike—. Se supone que he de hacerlo yo.

De repente, la acera se desvaneció debajo de mi cuerpo. Abrí los ojos, sorprendida. Estaba en brazos de Edward, que
me había levantado en vilo, y me llevaba con la misma facilidad que si pesara cinco kilos en lugar de cincuenta.

¬ó ¬°B√°jame!

Por favor, por favor, que no le vomite encima. Empezó a caminar antes de que terminara de hablar.

— ¡Eh! —gritó Mike, que ya se hallaba a diez pasos detrás de nosotros.

Edward lo ignoró.

¬óTienes un aspecto espantoso ¬óme dijo al tiempo que esbozaba una amplia sonrisa.

— ¡Déjame otra vez en la acera! —protesté.

El bamboleo de su caminar no ayudaba. Me sostenía con cuidado lejos de su cuerpo, soportando todo mi peso sólo
con los brazos, sin que eso pareciera afectarle.

¬ó ¬ŅDe modo que te desmayas al ver sangre? ¬ópregunt√≥. Aquello parec√≠a divertirle.

No le contesté. Cerré los ojos, apreté los labios y luché contra las náuseas con todas mis fuerzas.

—Y ni siquiera era la visión de tu propia sangre —continuó regodeándose.

No sé cómo abrió la puerta mientras me llevaba en brazos, pero de repente hacía calor, por lo que supe que
habíamos entrado.

—Oh, Dios mío —dijo de forma entrecortada una voz de mujer.

—Se desmayó en Biología —le explicó Edward.

Abrí los ojos. Estaba en la oficina. Edward me llevaba dando zancadas delante del mostrador frontal en dirección a
la puerta de la enfermer√≠a. La se√Īora Cope, la recepcionista de rostro rubicundo, corri√≥ delante de √©l para mantener
la puerta abierta. La atónita enfermera, una dulce abuelita, levantó los ojos de la novela que leía mientras Edward
me llevaba en volandas dentro de la habitación y me depositaba con suavidad encima del crujiente papel que cubría
el colch√≥n de vinilo marr√≥n del √ļnico catre. Luego se coloc√≥ contra la pared, tan lejos como lo permit√≠a la angosta
habitación, con los ojos brillantes, excitados.

—Ha sufrido un leve desmayo —tranquilizó a la sobresaltada enfermera—. En Biología están haciendo la prueba
del Rh.

La enfermera asintió sabiamente.

¬óSiempre le ocurre a alguien.

Edward se rió con disimulo.

—Quédate tendida un minutito, cielo. Se pasará.

—Lo sé —dije con un suspiro. Las náuseas ya empezaban a remitir.

¬ó ¬ŅTe sucede muy a menudo? ¬ópregunt√≥ ella.

—A veces —admití. Edward tosió para ocultar otra carcajada.

¬óPuedes regresar a clase ¬óle dijo la enfermera.

—Se supone que me tengo que quedar con ella —le contestó con aquel tono suyo tan autoritario que la enfermera,
aunque frunció los labios, no discutió más.

¬óVoy a traerte un poco de hielo para la frente, cari√Īo ¬óme dijo, y luego sali√≥ bulliciosamente de la habitaci√≥n.

—Tenías razón —me quejé, dejando que mis ojos se cerraran.

¬óSuelo tenerla, ¬Ņsobre qu√© tema en particular en esta ocasi√≥n?

¬óHacer novillos es saludable.

Respiré de forma acompasada.

—Ahí fuera hubo un momento en que me asustaste —admitió después de hacer una pausa. La voz sonaba como si
confesara una humillante debilidad—. Creí que Newton arrastraba tu cadáver para enterrarlo en los bosques.

¬óJa, ja.

Continué con los ojos cerrados, pero cada vez me encontraba más entonada.

¬óLo cierto es que he visto cad√°veres con mejor aspecto. Me preocupaba que tuviera que vengar tu asesinato.

¬óPobre Mike. Apuesto a que se ha enfadado.

¬óMe aborrece por completo ¬ódijo Edward jovialmente.

—No lo puedes saber —disentí, pero de repente me pregunté si a lo mejor sí que podía.

¬óVi su rostro... Te lo aseguro.

¬ó ¬ŅC√≥mo es que me viste? Cre√≠ que te hab√≠as ido.

Ya me encontraba pr√°cticamente recuperada. Las n√°useas se hubieran pasado con mayor rapidez de haber comido
algo durante el almuerzo, aunque, por otra parte, tal vez era afortunada por haber tenido el estómago vacío.

¬óEstaba en mi coche escuchando un CD.

Aquella respuesta tan sencilla me sorprendió. Oí la puerta y abrí los ojos para ver a la enfermera con una compresa
fría en la mano.

¬óAqu√≠ tienes, cari√Īo ¬óla coloc√≥ sobre mi frente y a√Īadi√≥¬ó: Tienes mejor aspecto.

¬óCreo que ya estoy bien ¬ódije mientras me incorporaba lentamente.


Me pitaban un poco los oídos, pero no tenía mareos. Las paredes de color menta no daban vueltas.

Pude ver que me iba a obligar a acostarme de nuevo, pero en ese preciso momento la puerta se abri√≥ y la se√Īora
Cope se golpeó la cabeza contra la misma.

—Ahí viene otro —avisó.

Me bajé de un salto para dejar libre el camastro para el siguiente inválido. Devolví la compresa a la enfermera.

¬óTome, ya no la necesito.

Entonces, Mike cruzó la puerta tambaleándose. Ahora sostenía a Lee Stephens, otro chico de nuestra clase de
Biología, que tenía el rostro amarillento. Edward y yo retrocedimos hacia la pared para hacerles sitio.

—Oh, no —murmuró Edward—. Vamonos fuera de aquí, Bella.

Aturdida, le busqué con la mirada.

—Confía en mí... Vamos.

Di media vuelta y me aferré a la puerta antes de que se cerrara para salir disparada de la enfermería. Sentí que
Edward me seguía.

¬óPor una vez me has hecho caso.

Estaba sorprendido.

—Olí la sangre —le dije, arrugando la nariz. Lee no se ha puesto malo por ver la sangre de otros, como yo.

¬óLa gente no puede oler la sangre ¬óme contradijo.

—Bueno, yo sí. Eso es lo que me pone mala. Huele a óxido... y a sal.

Se me quedó mirando con una expresión insondable.

¬ó ¬ŅQu√©? ¬óle pregunt√©.

¬óNo es nada.

Entonces, Mike cruzó la puerta, sus ojos iban de Edward a mí. La mirada que le dedicó a Edward me confirmó lo
que éste me había dicho, que Mike lo aborrecía. Volvió a mirarme con gesto malhumorado.

—Tienes mejor aspecto —me acusó.

¬óOc√ļpate de tus asuntos ¬óvolv√≠ a avisarle.

¬óYa no sangra nadie m√°s ¬ómurmur√≥¬ó. ¬ŅVas a volver a clase?

¬ó ¬ŅBromeas? Tendr√≠a que dar media vuelta y volver aqu√≠.

¬óS√≠, supongo que s√≠. ¬ŅVas a venir este fin de semana a la playa?

Mientras hablaba, lanzó otra mirada fugaz hacia Edward, que se apoyaba con gesto ausente contra el desordenado
mostrador, inmóvil como una estatua. Intenté que pareciera lo más amigable posible:

—Claro. Te dije que iría.

¬óNos reuniremos en la tienda de mi padre a las diez.

Su mirada se posó en Edward otra vez, preguntándose si no estaría dando demasiada información. Su lenguaje
corporal evidenciaba que no era una invitación abierta.

—Allí estaré —prometí.

—Entonces, te veré en clase de gimnasia —dijo, dirigiéndose con inseguridad hacia la puerta.

—Hasta la vista —repliqué.

Me miró una vez más con la contrariedad escrita en su rostro redondeado y se encorvó mientras cruzaba lentamente
la puerta. Me invadió una oleada de compasión. Sopesé el hecho de ver su rostro desencantado otra vez en clase de
Educación física.

—Gimnasia —gemí.

—Puedo hacerme cargo de eso —no me había percatado de que Edward se había acercado, pero me habló al oído—.
Ve a sentarte e intenta parecer paliducha —murmuró.

Esto no suponía un gran cambio. Siempre estaba pálida, y mi reciente desmayo había dejado una ligera capa de
sudor sobre mi rostro. Me senté en una de las crujientes sillas plegables acolchadas y descansé la cabeza contra la
pared con los ojos cerrados. Los desmayos siempre me dejaban agotada.

Oí a Edward hablar con voz suave en el mostrador.

¬ó ¬ŅSe√Īora Cope?

¬ó ¬ŅS√≠?

No la había oído regresar a su mesa.

¬óBella tiene gimnasia la pr√≥xima hora y creo que no se encuentra del todo bien. ¬ŅCree que podr√≠a dispensarla de
asistir a esa clase? ¬ósu voz era aterciopelada. Pude imaginar lo convincentes que estaban resultando sus ojos.

¬óEdward ¬ódijo la se√Īora Cope sin dejar de ir y venir. ¬ŅPor qu√© no era yo capaz de hacer lo mismo?¬ó, ¬Ņnecesitas
también que te dispense a ti?

¬óNo. Tengo clase con la se√Īora Goff. A ella no le importar√°.

—De acuerdo, no te preocupes de nada. Que te mejores, Bella —me deseó en voz alta. Asentí débilmente con la
cabeza, sobreactuando un poquito.

¬ó ¬ŅPuedes caminar o quieres que te lleve en brazos otra vez?


De espaldas a la recepcionista, su expresión se tornó sarcástica.

—Caminaré.

Me levanté con cuidado, seguía sintiéndome bien. Mantuvo la puerta abierta para mí, con la amabilidad en los labios
y la burla en los ojos. Salí hacia la fría llovizna que empezaba a caer. Agradecí que se llevara el sudor pegajoso de
mi rostro. Era la primera vez que disfrutaba de la perenne humedad que emanaba del cielo.

—Gracias —le dije cuando me siguió—. Merecía la pena seguir enferma para perderse la clase de gimnasia.

¬óSin duda.

Me miró directamente, con los ojos entornados bajo la lluvia.

¬óDe modo que vas a ir... Este s√°bado, quiero decir.

Esperaba que él viniera, aunque parecía improbable. No me lo imaginaba poniéndose de acuerdo con el resto de los
chicos del instituto para ir en coche a alg√ļn sitio. No pertenec√≠a al mismo mundo, pero la sola esperanza de que
pudiera suceder me dio la primera punzada de entusiasmo que había sentido por ir a la excursión.

¬ó ¬ŅAdonde vais a ir exactamente? ¬ósegu√≠a mirando al frente, inexpresivo.

¬óA La Push, al puerto.

Estudié su rostro, intentando leer en el mismo. Sus ojos parecieron entrecerrarse un poco más. Me lanzó una mirada
con el rabillo del ojo y sonrió secamente.

¬óEn verdad, no creo que me hayan invitado.

Suspiré.

¬óAcabo de invitarte.

¬óNo avasallemos m√°s entre los dos al pobre Mike esta semana, no sea que se vaya a romper.

Sus ojos centellearon. Disfrutaba de la idea m√°s de lo normal.

¬óEl blandengue de Mike... ¬ómurmur√©, preocupada por la forma en que hab√≠a dicho ¬ęentre los dos¬Ľ. Me gustaba
m√°s de lo conveniente.

Ahora estábamos cerca del aparcamiento. Me desvié a la izquierda, hacia el monovolumen. Algo me agarró de la
cazadora y me hizo retroceder.

¬ó ¬ŅAdonde te crees que vas? ¬ópregunt√≥ ofendido.

Edward me aferraba de la misma con una sola mano. Estaba perpleja.

¬óMe voy a casa.

¬ó ¬ŅAcaso no me has o√≠do decir que te iba a dejar a salvo en casa? ¬ŅCrees que te voy a permitir que conduzcas en tu
estado?

¬ó ¬ŅEn qu√© estado? ¬ŅY qu√© va a pasar con mi coche? ¬ó¬óme quej√©.

—Se lo tendré que dejar a Alice después de la escuela.

Me arrastró de la ropa hacia su coche. Todo lo que podía hacer era intentar no caerme, aunque, de todos modos, lo
más probable es que me sujetara si perdía el equilibrio.

— ¡Déjame! —insistí.

Me ignoró. Anduve haciendo eses sobre las aceras empapadas hasta llegar a su Volvo. Entonces, me soltó al fin. Me
tropecé contra la puerta del copiloto.

¬ó ¬°Eres tan insistente!¬órefunfu√Ī√©.

—Está abierto —se limitó a responder. Entró en el coche por el lado del conductor.

¬óSoy perfectamente capaz de conducir hasta casa.

Permanecí junto al Volvo echando chispas. Ahora llovía con más fuerza y el pelo goteaba sobre mi espalda al no
haberme puesto la capucha. Bajó el cristal de la ventanilla automática y se inclinó sobre el asiento del copiloto:

¬óEntra, Bella.

No le respondí. Estaba calculando las oportunidades que tenía de alcanzar el monovolumen antes de que él me
atrapara, y tenía que admitir que no eran demasiadas.

—Te arrastraría de vuelta aquí —me amenazó, adivinando mi plan.

Intenté mantener toda la dignidad que me fue posible al entrar en el Volvo. No tuve mucho éxito. Parecía un gato
empapado y las botas crujían continuamente.

¬óEsto es totalmente innecesario ¬ódije secamente.

No me respondi√≥. Manipul√≥ los mandos, subi√≥ la calefacci√≥n y baj√≥ la m√ļsica. Cuando sali√≥ del aparcamiento, me
preparaba para castigarle con mi silencio ¬óponiendo un moh√≠n de total enfado¬ó, pero entonces reconoc√≠ la m√ļsica
que sonaba y la curiosidad prevaleció sobre la intención.

¬ó ¬ŅClaro de luna?¬ópregunt√© sorprendida.

¬ó ¬ŅConoces a Debussy? ¬ó√©l tambi√©n parec√≠a estar sorprendido.

¬óNo mucho ¬óadmit√≠¬ó. Mi madre pone mucha m√ļsica cl√°sica en casa, pero s√≥lo conozco a mis favoritos.

—También es uno de mis favoritos.

Siguió mirando al frente, a través de la lluvia, sumido en sus pensamientos.


Escuch√© la m√ļsica mientras me relajaba contra la suave tapicer√≠a de cuero gris. Era imposible no reaccionar ante la
conocida y relajante melodía. La lluvia emborronaba todo el paisaje más allá de la ventanilla hasta convertirlo en
una mancha de tonalidades grises y verdes. Comencé a darme cuenta de lo rápido que íbamos, pero, no obstante, el
coche se movía con tal firmeza y estabilidad que no notaba la velocidad, salvo por lo deprisa que dejábamos atrás el
pueblo.

¬ó ¬ŅC√≥mo es tu madre? ¬óme pregunt√≥ de repente.

Lo miré de refilón, con curiosidad.

—Se parece mucho a mí, pero es más guapa —respondí. Alzó las cejas—; he heredado muchos rasgos de Charlie.
Es más sociable y atrevida que yo. También es irresponsable y un poco excéntrica, y una cocinera impredecible. Es
mi mejor amiga —me callé. Hablar de ella me había deprimido.

¬óBella, ¬Ņcu√°ntos a√Īos tienes?

Por alguna razón que no conseguía comprender, la voz de Edward contenía un tono de frustración. Detuvo el coche
y entonces comprendí que habíamos llegado ya a la casa de Charlie. Llovía con tanta fuerza que apenas conseguía
ver la vivienda. Parecía que el coche estuviera en el lecho de un río.

—Diecisiete —respondí un poco confusa.

—No los aparentas —dijo con un tono de reproche que me hizo reír.

¬ó ¬ŅQu√© pasa? ¬óinquiri√≥, curioso de nuevo.

¬óMi madre siempre dice que nac√≠ con treinta y cinco a√Īos y que cada a√Īo me vuelvo m√°s madura ¬óme re√≠ y luego
suspir√©¬ó. En fin, una de las dos deb√≠a ser adulta ¬óme call√© durante un segundo¬ó. Tampoco t√ļ te pareces mucho a
un adolescente de instituto.

Torció el gesto y cambió de tema.

¬óEn ese caso, ¬Ņpor qu√© se cas√≥ tu madre con Phil?

Me sorprendió que recordara el nombre. Sólo lo había mencionado una vez hacía dos meses. Necesité unos
momentos para responder.

¬óMi madre tiene... un esp√≠ritu muy joven para su edad. Creo que Phil hace que se sienta a√ļn m√°s joven. En
cualquier caso, ella está loca por él —sacudí la cabeza. Aquella atracción suponía un misterio para mí.

¬ó ¬ŅLo apruebas?

¬ó ¬ŅImporta? ¬óle repliqu√©¬ó. Quiero que sea feliz, y Phil es lo que ella quiere.

—Eso es muy generoso por tu parte... Me pregunto... —murmuró, reflexivo.

¬ó ¬ŅEl qu√©?

¬ó ¬ŅTendr√≠a ella esa misma cortes√≠a contigo, sin importarle tu elecci√≥n?

De repente, prestaba una gran atención. Nuestras miradas se encontraron.

—E—eso c—creo —tartamudeé—, pero, después de todo, ella es la madre. Es un poquito diferente.

—Entonces, nadie que asuste demasiado —se burló.

Le respondí con una gran sonrisa.

¬ó ¬ŅA qu√© te refieres con que asuste demasiado? ¬ŅM√ļltiples piercings en el rostro y grandes tatuajes?

—Supongo que ésa es una posible definición.

¬ó ¬ŅCu√°l es la tuya?

Pero ignoró mi pregunta y respondió con otra.

¬ó ¬ŅCrees que puedo asustar?

Enarcó una ceja. El tenue rastro de una sonrisa iluminó su rostro.

¬óEh... Creo que puedes hacerlo si te lo propones.

¬ó ¬ŅTe doy miedo ahora?

La sonrisa desapareció del rostro de Edward y su rostro divino se puso repentinamente serio, pero yo respondí
r√°pidamente¬ó

¬óNo.

La sonrisa reapareció.

¬óBueno, ¬Ņvas a contarme algo de tu familia? ¬ópregunt√© para distraerle¬ó. Debe de ser una historia mucho m√°s
interesante que la mía.

Se puso en guardia de inmediato.

¬ó ¬ŅQu√© es lo que quieres saber?

¬ó ¬ŅTe adoptaron los Cullen? ¬ópregunt√© para comprobar el hecho.

—Sí.

Vacil√© unos momentos. ¬ó ¬ŅQu√© les ocurri√≥ a tu padres?

¬óMurieron hace muchos a√Īos ¬ócontest√≥ con toda naturalidad.

—Lo siento —murmuré.

¬óEn realidad, los recuerdo de forma confusa. Carlisle y Esme llevan siendo mis padres desde hace mucho tiempo.

¬óY t√ļ los quieres ¬óno era una pregunta. Resultaba obvio por el modo en que hablaba de ellos.


—Sí —sonrió—. No puedo concebir a dos personas mejores que ellos.

¬óEres muy afortunado.

—Sé que lo soy.

¬ó ¬ŅY tu hermano y tu hermana? Lanz√≥ una mirada al reloj del salpicadero.

—A propósito, mi hermano, mi hermana, así como Jasper y Rosalie se van a disgustar bastante si tienen que
esperarme bajo la lluvia.

¬óOh, lo siento. Supongo que debes irte.

Yo no quería salir del coche.

¬óY t√ļ probablemente quieres recuperar el coche antes de que el jefe de polic√≠a Swan vuelva a casa para no tener
que contarle el incidente de Biología.

Me sonrió.

—Estoy segura de que ya se ha enterado. En Forks no existen los secretos —suspiré.

Rompió a reír.

—Diviértete en la playa... Que tengáis buen tiempo para tomar el sol —me deseó mientras miraba las cortinas de
lluvia.

¬ó ¬ŅNo te voy a ver ma√Īana?

¬óNo. Emmett y yo vamos a adelantar el fin de semana.

¬ó ¬ŅQu√© es lo que vais a hacer?

Una amiga puede preguntar ese tipo de cosas, ¬Ņno? Esperaba que mi voz no dejara traslucir el desencanto.

—Nos vamos de excursión al bosque de Goat Rocks, al sur del monte Rainier.

—Ah, vaya, diviértete —intenté simular entusiasmo, aunque dudo que lo lograse. Una sonrisa curvó las comisuras
de sus labios. Se giró para mirarme de frente, empleando todo el poder de sus ardientes ojos dorados.

¬ó ¬ŅQuerr√≠as hacer algo por m√≠ este fin de semana?

Asentí desvalida.

—No te ofendas, pero pareces ser una de esas personas que atraen los accidentes como un imán. Así que..., intenta
no caerte al oc√©ano, dejar que te atropellen, ni nada por el estilo... ¬ŅDe acuerdo?

Esbozó una sonrisa malévola. Mi desvalimiento desapareció mientras hablaba. Le miré fijamente.

—Veré qué puedo hacer —contesté bruscamente, mientras salía del volvo bajo la lluvia de un salto. Cerré la puerta
de un portazo. Edward a√ļn segu√≠a sonriendo cuando se alej√≥ al volante de su coche.

CUENTOS DE MIEDO



En realidad, cuando me senté en mi habitación e intenté concentrarme en la lectura del tercer acto de Macbeth,
estaba atenta a ver si oía el motor de mi coche. Pensaba que podría escuchar el rugido del motor por encima del
tamborileo de la lluvia, pero, cuando aparté la cortina para mirar de nuevo, apareció allí de repente.

No esperaba el viernes con especial interés, sólo consistía en reasumir mi vida sin expectativas. Hubo unos pocos
comentarios, por supuesto. Jessica parecía tener un interés especial por comentar el tema, pero, por fortuna, Mike
había mantenido el pico cerrado y nadie parecía saber nada de la participación de Edward. No obstante, Jessica me
formuló un montón de preguntas acerca de mi almuerzo y en clase de Trigonometría me dijo:

¬ó ¬ŅQu√© quer√≠a ayer Edward Cullen?

—No lo sé —respondí con sinceridad—. En realidad, no fue al grano.

—Parecías como enfadada —comentó a ver si me sonsacaba algo.

¬ó ¬ŅS√≠? ¬ó mantuve el rostro inexpresivo.

¬óYa sabes, nunca antes le hab√≠a visto sentarse con nadie que no fuera su familia. Era extra√Īo.

¬óExtra√Īo en verdad ¬ócoincid√≠.

Parecía asombrada. Se alisó sus rizos oscuros con impaciencia. Supuse que esperaba escuchar cualquier cosa que le
pareciera una buena historia que contar.

Lo peor del viernes fue que, a pesar de saber que √©l no iba a estar presente, a√ļn albergaba esperanzas. Cuando entr√©
en la cafeter√≠a en compa√Ī√≠a de Jessica y Mike, no pude evitar mirar la mesa en la que Rosalie, Alice y Jasper se
sentaban a hablar con las cabezas juntas. No pude contener la melancolía que me abrumó al comprender que no
sabía cuánto tiempo tendría que esperar antes de volverlo a ver.

En mi mesa de siempre no hacían más que hablar de los planes para el día siguiente. Mike volvía a estar animado,
depositaba mucha fe en el hombre del tiempo, que vaticinaba sol para el sábado. Tenía que verlo para creerlo, pero
hoy hacía más calor, casi doce grados. Puede que la excursión no fuera del todo espantosa.

Intercepté unas cuantas miradas poco amistosas por parte de Lauren durante el almuerzo, hecho que no comprendí
hasta que salimos juntas del comedor. Estaba justo detr√°s de ella, a un solo pie de su pelo rubio, lacio y brillante, y
no se dio cuenta, desde luego, cuando oí que le murmuraba a Mike:

—No sé por qué Bella —sonrió con desprecio al pronunciar mi nombre— no se sienta con los Cullen de ahora en
adelante.


Hasta ese momento no me había percatado de la voz tan nasal y estridente que tenía, y me sorprendió la malicia que
destilaba. En realidad, no la conocía muy bien; sin duda, no lo suficiente para que me detestara..., o eso había
pensado.

—Es mi amiga, se sienta con nosotros —le replicó en susurros Mike, con mucha lealtad, pero también de forma un
poquito posesiva. Me detuve para permitir que Jessica y Angela me adelantaran. No quería oír nada más.

Durante la cena de aquella noche, Charlie parecía entusiasmado por mi viaje a La Push del día siguiente. Sospecho
que se sent√≠a culpable por dejarme sola en casa los fines de semana, pero hab√≠a pasado demasiados a√Īos forjando
unos hábitos para romperlos ahora. Conocía los nombres de todos los chicos que iban, por supuesto, y los de sus
padres y, probablemente, también los de sus tatarabuelos. Parecía aprobar la excursión. Me pregunté si aprobaría mi
plan de ir en coche a Seattle con Edward Cullen. Tampoco se lo iba a decir.

¬óPap√° ¬ópregunt√© como por casualidad¬ó, ¬Ņconoces un lugar llamado Goat Rocks, o algo parecido? Creo que est√°
al sur del monte Rainier.

¬óS√≠... ¬ŅPor qu√©?

Me encogí de hombros.

—Algunos chicos comentaron la posibilidad de acampar allí.

—No es buen lugar para acampar —parecía sorprendido—. Hay demasiados osos. La mayoría de la gente acude allí
durante la temporada de caza.

—Oh —murmuré—, tal vez haya entendido mal el nombre.

Pretendía dormir hasta tarde, pero un insólito brillo me despertó. Abrí los ojos y vi entrar a chorros por la ventana
una límpida luz amarilla. No me lo podía creer. Me apresuré a ir a la ventana para comprobarlo, y efectivamente,
allí estaba el sol. Ocupaba un lugar equivocado en el cielo, demasiado bajo, y no parecía tan cercano como de
costumbre, pero era el sol, sin duda. Las nubes se congregaban en el horizonte, pero en el medio del cielo se veía
una gran área azul. Me demoré en la ventana todo lo que pude, temerosa de que el azul del cielo volviera a
desaparecer en cuanto me fuera.

La tienda de artículos deportivos olímpicos de Newton se situaba al extremo norte del pueblo. La había visto con
anterioridad, pero nunca me hab√≠a detenido all√≠ al no necesitar ning√ļn art√≠culo para estar al aire libre durante mucho
tiempo. En el aparcamiento reconocí el Suburban de Mike y el Sentra de Tyler. Vi al grupo alrededor de la parte
delantera del Suburban mientras aparcaba junto a ambos veh√≠culos. Eric estaba all√≠ en compa√Ī√≠a de otros dos chicos
con los que compartía clases; estaba casi segura de que se llamaban Ben y Conner. Jess también estaba, flanqueada
por Angela y Lauren. Las acompa√Īaban otras tres chicas, incluyendo una a la que recordaba haberle ca√≠do encima
durante la clase de gimnasia del viernes. Esta me dirigió una mirada asesina cuando bajé del coche, y le susurró algo
a Lauren, que se sacudió la dorada melena y me miró con desdén.

De modo que aquél iba a ser uno de esos días.

Al menos Mike se alegraba de verme.

¬ó ¬°Has venido! ¬ógrit√≥ encantado¬ó. ¬ŅNo te dije que hoy iba a ser un d√≠a soleado?

—Y yo te dije que iba a venir —le recordé.

¬óS√≥lo nos queda esperar a Lee y a Samantha, a menos que t√ļ hayas invitado a alguien ¬óagreg√≥.

—No —mentí con desenvoltura mientras esperaba que no me descubriera y deseando al mismo tiempo que
ocurriese un milagro y apareciera Edward.

Mike pareció satisfecho.

¬ó ¬ŅMontar√°s en mi coche? Es eso o la minifurgoneta de la madre de Lee.

¬óClaro.

Sonrió gozoso. ¡Qué fácil era hacer feliz a Mike!

—Podrás sentarte junto a la ventanilla —me prometió. Oculté mi mortificación. No resultaba tan sencillo hacer
felices a Mike y a Jessica al mismo tiempo. Ya la ve√≠a mir√°ndonos ce√Īuda.

No obstante, el n√ļmero jugaba a mi favor. Lee trajo a otras dos personas m√°s y de repente se necesitaron todos los
asientos. Me las arreglé para situar a Jessica en el asiento delantero del Suburban, entre Mike y yo. Mike podía
haberse comportado con más elegancia, pero al menos Jess parecía aplacada.

Entre La Push y Forks había menos de veinticinco kilómetros de densos y vistosos bosques verdes que bordeaban la
carretera. Debajo de los mismos serpenteaba el caudaloso río Quillayute. Me alegré de tener el asiento de la
ventanilla. Giré la manivela para bajar el cristal —el Suburban resultaba un poco claustrofóbico con nueve personas
dentro— e intenté absorber tanta luz solar como me fue posible.

Había visto las playas que rodeaban La Push muchas veces durante mis vacaciones en Forks con Charlie, por lo que
ya me había familiarizado con la playa en forma de media luna de más de kilómetro y medio de First Beach. Seguía
siendo impresionante. El agua de un color gris oscuro, incluso cuando la ba√Īaba la luz del sol, aparecer√≠a coronada
de espuma blanca mientras se mecía pesadamente hacia la rocosa orilla gris. Las paredes de los escarpados
acantilados de las islas se alzaban sobre las aguas del malecón metálico. Estos alcanzaban alturas desiguales y
estaban coronados por austeros abetos que se elevaban hacia el cielo. La playa sólo tenía una estrecha franja de


auténtica arena al borde del agua, detrás de la cual se acumulaban miles y miles de rocas grandes y lisas que, a lo
lejos, parecían de un gris uniforme, pero de cerca tenían todos los matices posibles de una piedra: terracota,
verdemar, lavanda, celeste gris√°ceo, dorado mate. La marca que dejaba la marea en la playa estaba sembrada de
√°rboles de color ahuesado ¬óa causa de la salinidad marina¬ó arrojados a la costa por las olas.

Una fuerte brisa soplaba desde el mar, frío y salado. Los pelícanos flotaban sobre las ondulaciones de la marea
mientras las gaviotas y un águila solitaria las sobrevolaban en círculos. Las nubes seguían trazando un círculo en el
firmamento, amenazando con invadirlo de un momento a otro, pero, por ahora, el sol seguía brillando espléndido
con su halo luminoso en el azul del cielo.

Elegimos un camino para bajar a la playa. Mike nos condujo hacia un círculo de lefios arrojados a la playa por la
marea. Era obvio que los habían utilizado antes para acampadas como la nuestra. En el lugar ya se veía el redondel
de una fogata cubierto con cenizas negras. Eric y el chico que, seg√ļn cre√≠a, se llamaba Ben recogieron ramas rotas
de los montones m√°s secos que se apilaban al borde del bosque, y pronto tuvimos una fogata con forma de tipi
encima de los viejos rescoldos.

¬ó ¬ŅHas visto alguna vez una fogata de madera varada en la playa? ¬óme pregunt√≥ Mike.

Me sentaba en un banco de color blanquecino. En el otro extremo se congregaban las dem√°s chicas, que
chismorreaban animadamente. Mike se arrodill√≥ junto a la hoguera y encendi√≥ una rama peque√Īa con un mechero.

—No —reconocí mientras él lanzaba con precaución la rama en llamas contra el tipi.

¬óEntonces, te va a gustar... Observa los colores.

Prendió otra ramita y la depositó junto a la primera. Las llamas comenzaron a lamer con rapidez la lefia seca.

— ¡Es azul! —exclamé sorprendida.

¬óEs a causa de la sal. ¬ŅPrecioso, verdad?

Encendió otra más y la colocó allí donde el fuego no había prendido y luego vino a sentarse a mi lado. Por fortuna,
Jessica estaba junto a él, al otro lado. Se volvió hacia Mike y reclamó su atención. Contemplé las fascinantes llamas
verdes y azules que chisporroteaban hacia el cielo.

Después de media hora de cháchara, algunos chicos quisieron dar una caminata hasta las marismas cercanas. Era un
dilema. Por una parte, me encantan las pozas que se forman durante la bajamar. Me han fascinado desde ni√Īa; era
una de las pocas cosas que me hacían ilusión cuando debía venir a Forks, pero, por otra, también me caía dentro un
mont√≥n de veces. No es un buen trago cuando se tiene siete a√Īos y est√°s con tu padre. Eso me record√≥ la petici√≥n de
Edward, de que no me cayera al mar.

Lauren fue quien decidió por mí. No quería caminar, ya que calzaba unos zapatos nada adecuados para hacerlo. La
mayoría de las otras chicas, incluidas Jessica y Angela, decidieron quedarse también en la playa. Esperé a que Tyler
y Eric se hubieran comprometido a acompa√Īarlas antes de levantarme con sigilo para unirme al grupo de
caminantes. Mike me dedicó una enorme sonrisa cuando vio que también iba.

La caminata no fue demasiado larga, aunque me fastidiaba perder de vista el cielo al entrar en el bosque. La luz
verde de éste difícilmente podía encajar con las risas juveniles, era demasiado oscuro y aterrador para estar en
armon√≠a con las peque√Īas bromas que se gastaban a m√≠ alrededor. Deb√≠a vigilar cada paso que daba con sumo
cuidado para evitar las raíces del suelo y las ramas que había sobre mi cabeza, por lo que no tardé en rezagarme. Al
final me adentré en los confines esmeraldas de la foresta y encontré de nuevo la rocosa orilla. Había bajado la marea
y un río fluía a nuestro lado de camino hacia el mar. A lo largo de sus orillas sembradas de guijarros había pozas
poco profundas que jam√°s se secaban del todo. Eran un hervidero de vida.

Tuve buen cuidado de no inclinarme demasiado sobre aquellas lagunas naturales. Los otros fueron más intrépidos,
brincaron sobre las rocas y se encaramaron a los bordes de forma precaria. Localicé una piedra de apariencia
bastante estable en los aleda√Īos de una de las lagunas m√°s grandes y me sent√© con cautela, fascinada por el acuario
natural que había a mis pies. Ramilletes de brillantes anémonas se ondulaban sin cesar al compás de la corriente
invisible. Conchas en espiral rodaban sobre los repliegues en cuyo interior se ocultaban los cangrejos. Una estrella
de mar inm√≥vil se aferraba a las rocas, mientras una rezagada anguila peque√Īa de estr√≠as blancas zigzagueaba entre
los relucientes juncos verdes a la espera de la pleamar. Me quedé completamente absorta, a excepción de una
peque√Īa parte de mi mente, que se preguntaba qu√© estar√≠a haciendo ahora Edward e intentaba imaginar lo que dir√≠a
de estar aquí conmigo.

Finalmente, los muchachos sintieron apetito y me levanté con rigidez para seguirlos de vuelta a la playa. En esta
ocasión intenté seguirles el ritmo a través del bosque, por lo que me caí unas cuantas veces, cómo no. Me hice
algunos rasgu√Īos poco profundos en las palmas de las manos, y las rodillas de mis vaqueros se ri√Īeron de verd√≠n,
pero podía haber sido peor.

Cuando regresamos a First Beach, el grupo que habíamos dejado se había multiplicado. Al acercarnos pude ver el
lacio y reluciente pelo negro y la piel cobriza de los recién llegados, unos adolescentes de la reserva que habían
acudido para hacer un poco de vida social.

La comida ya había empezado a repartirse, y los chicos se apresuraron para pedir que la compartieran mientras Eric
nos presentaba al entrar en el c√≠rculo de la fogata. Angela y yo fuimos las √ļltimas en llegar y me di cuenta de que el


más joven de los recién llegados, sentado sobre las piedras cerca del fuego, alzó la vista para mirarme con interés
cuando Eric pronunció nuestros nombres. Me senté junto a Angela, y Mike nos trajo unos sandwiches y una
selección de refrescos para que eligiéramos mientras el chico que tenía aspecto de ser el mayor de los visitantes
pronunciaba los nombres de los otros siete j√≥venes que lo acompa√Īaban. Todo lo que pude comprender es que una
de las chicas también se llamaba Jessica y que el muchacho cuya atención había despertado respondía al nombre de
Jacob.

Resultaba relajante sentarse con Angela, era una de esas personas sosegadas que no sentían la necesidad de llenar
todos los silencios con cotorreos. Me dejó cavilar tranquilamente sin molestarme mientras comíamos. Pensaba de
qué forma tan deshilvanada transcurría el tiempo en Forks; a veces pasaba como en una nebulosa, con unas
im√°genes √ļnicas que sobresal√≠an con mayor claridad que el resto, mientras que en otras ocasiones cada segundo era
relevante y se grababa en mi mente. Sabía con exactitud qué causaba la diferencia y eso me perturbaba.

Las nubes comenzaron a avanzar durante el almuerzo. Se deslizaban por el cielo azul y ocultaban de forma fugaz y
moment√°nea el sol, proyectando sombras alargadas sobre la playa y oscureciendo las olas. Los chicos comenzaron a
alejarse en duetos y tríos cuando terminaron de comer. Algunos descendieron hasta el borde del mar para jugar a la
cabrilla lanzando piedras sobre la superficie agitada del mismo. Otros se congregaron para efectuar una segunda
expedición a las pozas. Mike, con Jessica convertida en su sombra, encabezó otra a la tienda de la aldea. Algunos de
los nativos los acompa√Īaron y otros se fueron a pasear. Para cuando se hubieron dispersado todos, me hab√≠a
quedado sentada sola sobre un le√Īo, con Lauren y Tyler muy ocupados con un reproductor de CD que alguien hab√≠a
tenido la ocurrencia de traer, y tres adolescentes de la reserva situados alrededor del fuego, incluyendo al jovencito
llamado Jacob y al más adulto, el que había actuado de portavoz.

A los pocos minutos, Angela se fue con los paseantes y Jacob acudió andando despacio para sentarse en el sitio libre
que aqu√©lla hab√≠a dejado a mi lado. A juzgar por su aspecto deber√≠a tener catorce, tal vez quince a√Īos. Llevaba el
brillante pelo largo recogido con una goma elástica en la nuca. Tenía una preciosa piel sedosa de color rojizo y ojos
oscuros sobre los p√≥mulos pronunciados. A√ļn quedaba un √°pice de la redondez de la infancia alrededor de su
mentón. En suma, tenía un rostro muy bonito. Sin embargo, sus primeras palabras estropearon aquella impresión
positiva.

¬óT√ļ eres Isabella Swan, ¬Ņverdad?

Aquello era como empezar otra vez el primer día del instituto.

¬óBella ¬ódije con un suspiro.

¬óMe llamo Jacob Black ¬óme tendi√≥ la mano con gesto amistoso¬ó. T√ļ compraste el coche de mi pap√°.

—Oh—dije aliviada mientras le estrechaba la suave mano—. Eres el hijo de Billy. Probablemente debería
acordarme de ti.

—No, soy el benjamín... Deberías acordarte de mis hermanas mayores.

—Rachel y Rebecca —recordé de pronto.

Charlie y Billy nos habían abandonado juntas muchas veces para mantenernos ocupadas mientras pescaban. Todas
éramos demasiado tímidas para hacer muchos progresos como amigas. Por supuesto, había montado las suficientes
rabietas para terminar con las excursiones de pesca cuando tuve once a√Īos.

¬ó ¬ŅHan venido? ¬óinquir√≠ mientras examinaba a las chicas que estaban al borde del mar pregunt√°ndome si ser√≠a
capaz; de reconocerlas ahora.

—No —Jacob negó con la cabeza—. Rachel tiene una beca del Estado de Washington y Rebecca se casó con un
surfista samoano. Ahora vive en Hawai.

¬ó ¬ŅEst√° casada? Vaya ¬óestaba at√≥nita. Las gemelas apenas ten√≠an un a√Īo m√°s que yo.

¬ó ¬ŅQu√© tal te funciona el monovolumen? ¬ópregunt√≥.

¬óMe encanta, y va muy bien.

—Sí, pero es muy lento —se rió—. Respiré aliviado cuando Charlie lo compró. Papá no me hubiera dejado ponerme
a trabajar en la construcción de otro coche mientras tuviéramos uno en perfectas condiciones.

—No es tan lento —objeté.

¬ó ¬ŅHas intentado pasar de sesenta?

¬óNo.

¬óBien. No lo hagas.

Esbozó una amplia sonrisa y no pude evitar devolvérsela.

—Eso lo mejora en caso de accidente —alegué en defensa de mi automóvil.

—Dudo que un tanque pudiera con ese viejo dinosaurio —admitió entre risas.

—Así que fabricas coches... —comenté, impresionada.

¬óCuando dispongo de tiempo libre y de piezas. ¬ŅNo sabr√°s por un casual d√≥nde puedo adquirir un cilindro maestro
para un Volkswagen Rabbit del ochenta y seis? ¬óa√Īadi√≥ jocosamente. Ten√≠a una voz amable y ronca.

¬óLo siento ¬óme ech√© a re√≠r¬ó. No he visto ninguno √ļltimamente, pero estar√© ojo avizor para avisarte.


Como si yo supiera qué era eso. Era muy fácil conversar con él. Exhibió una sonrisa radiante y me contempló en
se√Īal de apreciaci√≥n, de una forma que hab√≠a aprendido a reconocer. No fui la √ļnica que se dio cuenta.

¬ó ¬ŅConoces a Bella, Jacob? ¬ópregunt√≥ Lauren desde el otro lado del fuego con un tono que yo imagin√© como
insolente.

—En cierto modo, hemos sabido el uno del otro desde que nací —contestó entre risas, y volvió a sonreírme.

— ¡Qué bien!

No parecía que fuera eso lo que pensara, y entrecerró sus pálidos ojos de besugo.

—Bella —me llamó de nuevo mientras estudiaba con atención mi rostro—, le estaba diciendo a Tyler que es una
pena que ninguno de los Cullen haya venido hoy. ¬ŅNadie se ha acordado de invitarlos?

Su expresión preocupada no era demasiado convincente.

¬ó ¬ŅTe refieres a la familia del doctor Carlisle Cullen? ¬ópregunt√≥ el mayor de los chicos de la reserva antes de que
yo pudiera responder, para gran irritaci√≥n de Lauren. En realidad, ten√≠a m√°s de hombre que de ni√Īo y su voz era
muy grave.

¬óS√≠, ¬Ņlos conoces? ¬ópregunt√≥ con gesto condescendiente, volvi√©ndose en parte hacia √©l.

—Los Cullen no vienen aquí —respondió en un tono que daba el tema por zanjado e ignorando la pregunta de
Lauren.

Tyler le preguntó a Lauren qué le parecía el CD que sostenía en un intento de recuperar su atención. Ella se distrajo.

Contemplé al desconcertante joven de voz profunda, pero él miraba a lo lejos, hacia el bosque umbrío que teníamos
detrás de nosotros. Había dicho que los Cullen no venían aquí, pero el tono empleado dejaba entrever algo más, que
no se les permit√≠a, que lo ten√≠an prohibido. Su actitud me caus√≥ una extra√Īa impresi√≥n que intent√© ignorar sin √©xito.
Jacob interrumpió el hilo de mis cavilaciones.

¬ó ¬ŅA√ļn te sigue volviendo loca Forks?

—Bueno, yo diría que eso es un eufemismo —hice una mueca y él sonrió con comprensión.

Le seguía dando vueltas al breve comentario sobre los Cullen y de repente tuve una inspiración. Era un plan
est√ļpido, pero no se me ocurr√≠a nada mejor. Albergaba la esperanza de que el joven Jacob a√ļn fuera inexperto con
las chicas, por lo que no vería lo penoso de mis intentos de flirteo.

¬ó ¬ŅQuieres bajar a dar un paseo por la playa conmigo? ¬óle pregunt√© mientras intentaba imitar la forma en que
Edward me miraba a través de los párpados. No iba a causar el mismo efecto, estaba segura, pero Jacob se incorporó
de un salto con bastante predisposición.

Las nubes terminaron por cerrar filas en el cielo, oscureciendo las aguas del océano y haciendo descender la
temperatura, mientras nos dirig√≠amos hacia el norte entre rocas de m√ļltiples tonalidades, en direcci√≥n al espig√≥n de
madera. Metí las manos en los bolsillos de mi chaquetón.

¬óDe modo que tienes... ¬Ņdiecis√©is a√Īos? ¬óle pregunt√© al tiempo que intentaba no parecer una idiota cuando
parpadeé como había visto hacer a las chicas en la televisión.

—Acabo de cumplir quince —confesó adulado.

¬ó ¬ŅDe verdad? ¬ómi rostro se llen√≥ de una falsa expresi√≥n de sorpresa¬ó. Hubiera jurado que eras mayor.

—Soy alto para mi edad —explicó.

¬ó ¬ŅSubes mucho a Forks? ¬ópregunt√© con malicia, simulando esperar un s√≠ por respuesta. Me vi como una tonta y
tem√≠ que, disgustado, se diera la vuelta tras acusarme de ser una farsante, pero a√ļn parec√≠a adulado.

—No demasiado —admitió con gesto de disgusto—, pero podré ir las veces que quiera en cuanto haya terminado el
coche. .. y tenga el carn√© ¬óa√Īadi√≥.

¬ó ¬ŅQui√©n era ese otro chico con el que hablaba Lauren? Parec√≠a un poco viejo para andar con nosotros ¬óme inclu√≠
a propósito entre los más jóvenes en un intento de dejarle claro que le prefería a él.

¬óEs Sam y tiene diecinueve a√Īos ¬óme inform√≥ Jacob.

¬ó ¬ŅQu√© era lo que dec√≠a sobre la familia del doctor? ¬ópregunt√© con toda inocencia.

¬ó ¬ŅLos Cullen? Se supone que no se acercan a la reserva.

Desvió la mirada hacia la Isla de James mientras confirmaba lo que creía haber oído de labios de Sam.

¬ó ¬ŅPor qu√© no?

Me devolvió la mirada y se mordió el labio.

¬óVaya. Se supone que no debo decir nada.

—Oh, no se lo voy a contar a nadie. Sólo siento curiosidad.

Probé a esbozar una sonrisa tentadora al tiempo que me preguntaba si no me estaba pasando un poco, aunque él me
devolvió la sonrisa y pareció tentado. Luego enarcó una ceja y su voz fue más ronca cuando me preguntó con tono
agorero:

¬Ņ¬óTe gustan las historias de miedo?

—Me encantan —repliqué con entusiasmo, esforzándome para engatusarlo.

Jacob pase√≥ hasta un √°rbol cercano varado en la playa cuyas ra√≠ces sobresal√≠an como las patas de una gran ara√Īa
blancuzca. Se apoyó levemente sobre una de las raíces retorcidas mientras me sentaba a sus pies, apoyándome sobre


el tronco. Contempló las rocas. Una sonrisa pendía de las comisuras de sus labios carnosos y supe que iba a intentar
hacerlo lo mejor que pudiera. Me esforcé para que se notara en mis ojos el vivo interés que yo sentía.

¬Ņ¬óConoces alguna de nuestras leyendas ancestrales? ¬ócomenz√≥¬ó. Me refiero a nuestro origen, el de los
quileutes.

—En realidad, no —admití.

¬óBueno, existen muchas leyendas. Se afirma que algunas se remontan al Diluvio. Supuestamente, los antiguos
quileutes amarraron sus canoas a lo alto de los √°rboles m√°s grandes de las monta√Īas para sobrevivir, igual que No√©
y el arca —me sonrió para demostrarme el poco crédito que daba a esas historias—. Otra leyenda afirma que
descendemos de los lobos, y que éstos siguen siendo nuestros hermanos. La ley de la tribu prohíbe matarlos.

¬ĽY luego est√°n las historias sobre los fr√≠os.

¬ó ¬ŅLos fr√≠os? ¬ópregunt√© sin esconder mi curiosidad.

—Sí. Las historias de los fríos son tan antiguas como las de los lobos, y algunas son mucho más recientes. De
acuerdo con la leyenda, mi propio tatarabuelo conoció a algunos de ellos. Fue él quien selló el trato que los
mantiene alejados de nuestras tierras.

Entornó los ojos.

¬ó ¬ŅTu tatarabuelo? ¬óle anim√©.

—Era el jefe de la tribu, como mi padre. Ya sabes, los fríos son los enemigos naturales de los lobos, bueno, no de
los lobos en realidad, sino de los lobos que se convierten en hombres, como nuestros ancestros. T√ļ los llamar√≠as
lic√°ntropos.

¬ó ¬ŅTienen enemigos los hombres lobo?

—Sólo uno.

Lo miré con avidez, confiando en hacer pasar mi impaciencia por admiración. Jacob prosiguió:

—Ya sabes, los fríos han sido tradicionalmente enemigos nuestros, pero el grupo que llegó a nuestro territorio en la
época de mi tatarabuelo era diferente. No cazaban como lo hacían los demás y no debían de ser un peligro para la
tribu, por lo que mi antepasado llegó a un acuerdo con ellos. No los delataríamos a los rostros pálidos si prometían
mantenerse lejos de nuestras tierras.

Me gui√Ī√≥ un ojo.

¬óSi no eran peligrosos, ¬Ņpor qu√©...? ¬óintent√© comprender al tiempo que me esforzaba por ocultarle lo seriamente
que me estaba tomando esta historia de fantasmas.

—Siempre existe un riesgo para los humanos que están cerca de los fríos, incluso si son civilizados como ocurría
con este clan —instiló un evidente tono de amenaza en su voz de forma deliberada—. Nunca se sabe cuándo van a
tener demasiada sed como para soportarla.

¬ó ¬ŅA qu√© te refieres con eso de ¬ęcivilizados¬Ľ?

¬óSostienen que no cazan hombres. Supuestamente son capaces de sustituir a los animales como presas en lugar de
hombres.

Intenté conferir a mi voz un tono lo más casual posible.

¬ó ¬ŅY c√≥mo encajan los Cullen en todo esto? ¬ŅSe parecen a los fr√≠os que conoci√≥ tu tatarabuelo?

¬óNo ¬óhizo una pausa dram√°tica¬ó. Son los mismos.

Debió de creer que la expresión de mi rostro estaba provocada por el pánico causado por su historia. Sonrió
complacido y continuó:

—Ahora son más, otro macho y una hembra nueva, pero el resto son los mismos. La tribu ya conocía a su líder,
Carlisle, en tiempos de mi antepasado. Iba y venía por estas tierras incluso antes de que llegara tu gente.

Reprimió una sonrisa.

¬ó ¬ŅY qu√© son? ¬ŅQu√© son los fr√≠os?

Sonrió sombríamente.

—Bebedores de sangre —replicó con voz estremecedora—. Tu gente los llama vampiros.

Permanecí contemplando el mar encrespado, no muy segura de lo que reflejaba mi rostro.

—Se te ha puesto la carne de gallina —rió encantado.

—Eres un estupendo narrador de historias —le felicité sin apartar la vista del oleaje.

¬óEl tema es un poco fantasioso, ¬Ņno? Me pregunto por qu√© pap√° no quiere que hablemos con nadie del asunto.

A√ļn no lograba controlar la expresi√≥n del rostro lo suficiente como para mirarle.

¬óNo te preocupes. No te voy a delatar.

—Supongo que acabo de violar el tratado —se rió.

—Me llevaré el secreto a la tumba —le prometí, y entonces me estremecí.

—En serio, no le digas nada a Charlie. Se puso hecho una furia con mi padre cuando descubrió que algunos de
nosotros no íbamos al hospital desde que el doctor Cullen comenzó a trabajar allí.

—No lo haré, por supuesto que no.


¬ó ¬ŅQu√©? ¬ŅCrees que somos un pu√Īado de nativos supersticiosos? ¬ópregunt√≥ con voz juguetona, pero con un deje
de precauci√≥n. Yo a√ļn no hab√≠a apartado los ojos del mar, por lo que me gir√© y le sonre√≠ con la mayor normalidad
posible.

¬óNo. Creo que eres muy bueno contando historias de miedo. A√ļn tengo los pelos de punta.

¬óGenial.

Sonrió. Entonces el entrechocar de los guijarros nos alertó de que alguien se acercaba. Giramos las cabezas al
mismo tiempo para ver a Mike y a Jessica caminando en nuestra dirección a unos cuarenta y cinco metros.

—Ah, estás ahí, Bella —gritó Mike aliviado mientras movía el brazo por encima de su cabeza.

¬ó ¬ŅEs √©se tu novio? ¬ópregunt√≥ Jacob, alertado por los celos de la voz de Mike. Me sorprendi√≥ que resultase tan
obvio.

—No, definitivamente no —susurré.

Le estaba tremendamente agradecida a Jacob y deseosa de hacerle lo m√°s feliz posible. Le gui√Ī√© el ojo, gir√°ndome
de espaldas con cuidado antes de hacerlo. El sonrió, alborozado por mi torpe flirteo.

—Cuando tenga el carné... —comenzó.

—Tienes que venir a verme a Forks. Podríamos salir alguna vez —me sentí culpable al decir esto, sabiendo que lo
había utilizado, pero Jacob me gustaba de verdad. Era alguien de quien podía ser amiga con facilidad.

Mike lleg√≥ a nuestra altura, con Jessica a√ļn a pocos pasos detr√°s. Vi c√≥mo evaluaba a Jacob con la mirada y pareci√≥
satisfecho ante su evidente juventud.

¬ó ¬ŅD√≥nde has estado? ¬óme pregunt√≥ pese a tener la respuesta delante de √©l.

¬óJacob me acaba de contar algunas historias locales ¬óle dije voluntariamente¬ó. Ha sido muy interesante.

Sonreí a Jacob con afecto y él me devolvió la sonrisa.

—Bueno —Mike hizo una pausa, reevaluando la situación al comprobar nuestra complicidad——. Estamos
recogiendo. Parece que pronto va a empezar a llover.

Todos alzamos la mirada al cielo encapotado. Sin duda, estaba a punto de llover.

—De acuerdo —me levanté de un salto—, voy.

¬óHa sido un placer volver a verte ¬ódijo Jacob, mof√°ndose un poco de Mike.

—La verdad es que sí. La próxima vez que Charlie baje a ver a Billy, yo también vendré —prometí.

Su sonrisa se ensanchó.

—Eso sería estupendo.

¬óY gracias ¬óa√Īad√≠ de coraz√≥n.

Me calé la capucha en cuanto empezamos a andar con paso firme entre las rocas hacia el aparcamiento. Habían
comenzado a caer unas cuantas gotas, formando marcas oscuras sobre las rocas en las que impactaban. Cuando
llegamos al coche de Mike, los otros ya regresaban de vuelta, cargando con todo. Me deslicé al asiento trasero junto
a Angela y Tyler, anunciando que ya había gozado de mi turno junto a la ventanilla. Angela se limitó a mirar por la
ventana a la creciente tormenta y Lauren se removió en el asiento del centro para copar la atención de Tyler, por lo
que sólo pude reclinar la cabeza sobre el asiento, cerrar los ojos e intentar no pensar con todas mis fuerzas.



PESADILLA

Le dije a Charlie que ten√≠a un mont√≥n de deberes pendientes y ning√ļn apetito. Hab√≠a un partido de baloncesto que lo
tenía entusiasmado, aunque, por supuesto, yo no tenía ni idea de por qué era especial, así que no se percató de nada
inusual en mi rostro o en mi voz.

Una vez en mi habitación, cerré la puerta. Registré el escritorio hasta encontrar mis viejos cascos y los conecté a mi
peque√Īo reproductor de CD. Eleg√≠ un disco que Phil me hab√≠a regalado por Navidad. Era uno de sus grupos
predilectos, aunque, para mi gusto, gritaban demasiado y abusaba un poco del bajo. Lo introduje en el reproductor y
me tendí en la cama. Me puse los auriculares, pulsé el botón play y subí el volumen hasta que me dolieron los oídos.
Cerr√© los ojos, pero la luz a√ļn me molestaba, por lo que me puse una almohada encima del rostro. Me concentr√© con
mucha atenci√≥n en la m√ļsica, intentando comprender las letras, desenredarlas entre el complicado golpeteo de la
batería. La tercera vez que escuché el CD entero, me sabía al menos la letra entera de los estribillos. Me sorprendió
descubrir que, después de todo, una vez que conseguí superar el ruido atronador, el grupo me gustaba. Tenía que
volver a darle las gracias a Phil.

Y funcionó. Los demoledores golpes me impedían pensar, que era el objetivo final del asunto. Escuché el CD una y
otra vez hasta que canté de cabo a rabo todas las canciones y al fin me dormí.

Abr√≠ los ojos en un lugar conocido. En un rinc√≥n de mi conciencia sab√≠a que estaba so√Īando. Reconoc√≠ el verde
fulgor del bosque y o√≠ las olas batiendo las rocas en alg√ļn lugar cercano. Sab√≠a que podr√≠a ver el sol si encontraba el
océano. Intenté seguir el sonido del mar, pero entonces Jacob Black estaba allí, tiraba de mi mano, haciéndome
retroceder hacia la parte más sombría del bosque.

¬ó ¬ŅJacob? ¬ŅQu√© pasa? ¬ópregunt√©. Hab√≠a p√°nico en su rostro mientras tiraba de m√≠ con todas sus fuerzas para
vencer mi resistencia, pero yo no quería entrar en la negrura.


— ¡Corre, Bella, tienes que correr! —susurró aterrado.

¬ó ¬°Por aqu√≠, Bella! ¬ó¬óreconoc√≠ la voz que me llamaba desde el l√ļgubre coraz√≥n del bosque; era la de Mike,
aunque no podía verlo.

¬ó ¬ŅPor qu√©? ¬ópregunt√© mientras segu√≠a resisti√©ndome a la sujeci√≥n de Jacob, desesperada por encontrar el sol.

Pero Jacob, que de repente se convulsionó, soltó mi mano y profirió un grito para luego caer sobre el suelo del
bosque oscuro. Se retorció bruscamente sobre la tierra mientras yo lo contemplaba aterrada.

— ¡Jacob! —chillé.

Pero él había desaparecido y lo había sustituido un gran lobo de ojos negros y pelaje de color marrón rojizo. El lobo
me dio la espalda y se alej√≥, encamin√°ndose hacia la costa con el pelo del dorso erizado, gru√Īendo por lo bajo y
ense√Īando los colmillos.

— ¡Corre, Bella! —volvió a gritar Mike a mis espaldas, pero no me di la vuelta. Estaba contemplando una luz que
venía hacia mí desde la playa.

Y en ese momento Edward apareció caminando muy deprisa de entre los árboles, con la piel brillando tenuemente y
los ojos negros, peligrosos. Alz√≥ una mano y me hizo se√Īas para que me acercara a √©l. El lobo gru√Ī√≥ a mis pies.

Di un paso adelante, hacia Edward. Entonces, él sonrió. Tenía dientes afilados y puntiagudos.

—Confía en mí —ronroneó.

Avancé un paso más.

El lobo recorrió de un salto el espacio que mediaba entre el vampiro y yo, buscando la yugular con los colmillos.

— ¡No! —grité, levantando de un empujón la ropa de la cama.

El repentino movimiento hizo que los cascos tiraran el reproductor de CD de encima de la mesilla. Resonó sobre el
suelo de madera.

La luz seguía encendida. Totalmente vestida y con los zapatos puestos, me senté sobre la cama. Desorientada, eché
un vistazo al reloj de la cómoda. Eran las cinco y media de la madrugada.

Gemí, me dejé caer de espaldas y rodé de frente. Me quité las botas a puntapiés, aunque me sentía demasiado
incómoda para conseguir dormirme. Volví a dar otra vuelta y desabotoné los vaqueros, sacándomelos a tirones
mientras intentaba permanecer en posición horizontal. Sentía la trenza del pelo en la parte posterior de la cabeza,
por lo que me ladeé, solté la goma y la deshice rápidamente con los dedos. Me puse la almohada encima de los ojos.

No sirvió de nada, por supuesto. Mi subconsciente había sacado a relucir exactamente las imágenes que había
intentado evitar con tanta desesperación. Ahora iba a tener que enfrentarme a ellas.

Me incorporé, la cabeza me dio vueltas durante un minuto mientras la circulación fluía hacia abajo. Lo primero es lo
primero, me dije a mí misma, feliz de retrasar el asunto lo máximo posible. Tomé mi neceser.

Sin embargo, la ducha no dur√≥ tanto como yo esperaba. Pronto no tuve nada que hacer en el cuarto de ba√Īo, incluso
a pesar de haberme tomado mi tiempo para secarme el pelo con el secador. Crucé las escaleras de vuelta a mi
habitaci√≥n envuelta en una toalla. No sab√≠a si Charlie a√ļn dorm√≠a o si se hab√≠a marchado ya. Fui a la ventana a echar
un vistazo y vi que el coche patrulla no estaba. Se había ido a pescar otra vez.

Me puse lentamente el chándal más cómodo que tenía y luego arreglé la cama, algo que no hacía jamás. Ya no podía
aplazarlo más, por lo que me dirigí al escritorio y encendí el viejo ordenador.

Odiaba utilizar Internet en Forks. El módem estaba muy anticuado, tenía un servicio gratuito muy inferior al de
Phoenix, de modo que, viendo que tardaba tanto en conectarse, decidí servirme un cuenco de cereales entretanto.

Comí despacio, masticando cada bocado con lentitud. Al terminar, lavé el cuenco y la cuchara, los sequé y los
guardé. Arrastré los pies escaleras arriba y lo primero de todo recogí del suelo el reproductor de CD y lo situé en el
mismo centro de la mesa. Desconecté los cascos y los guardé en un cajón del escritorio. Luego volví a poner el
mismo disco a un volumen lo bastante bajo para que s√≥lo fuera m√ļsica de fondo.

Me volví hacia el ordenador con otro suspiro. La pantalla estaba llena de popups de anuncios y comencé a cerrar
todas las ventanitas. Al final me fui a mi buscador favorito, cerr√© unos cuantos popups m√°s, y tecle√© una √ļnica
palabra.

Vampiro.

Fue de una lentitud que me sacó de quicio, por supuesto. Había mucho que cribar cuando aparecieron los resultados.
Todo cuanto concern√≠a a pel√≠culas, series televisivas, juegos de rol, m√ļsica undergroundy compa√Ī√≠as de productos
cosm√©ticos g√≥ticos. Entonces encontr√© un sitio prometedor: ¬ęVampiros, de la A a la Z¬Ľ. Esper√© con impaciencia a
que el navegador cargara la página, haciendo clic rápidamente en cada anuncio que surgía en la pantalla para
cerrarlo. Finalmente, la pantalla estuvo completa: era una p√°gina simple con fondo blanco y texto negro, de aspecto
académico. La página de inicio me recibió con dos citas.

No hay en todo el vasto y oscuro mundo de espectros y demonios ninguna criatura tan terrible, ninguna tan temida y
aborrecida, y aun así aureolada por una aterradora fascinación, como el vampiro, que en sí mismo no es espectro ni
demonio, pero comparte con ellos su naturaleza oscura y posee las misteriosas y terribles cualidades de ambos.

Reverendo Montague Summers


Si hay en este mundo un hecho bien autenticado, ése es el de los vampiros. No le falta de nada: informes oficiales,
declaraciones juradas de personajes famosos, cirujanos, sacerdotes y magistrados. Las pruebas judiciales son de lo
m√°s completas, y aun as√≠, ¬Ņhay alguien que crea en vampiros?

Rousseau

El resto del sitio consistía en un listado alfabético de los diferentes mitos de los vampiros por todo el mundo. El
primero en el que hice clic fue el danag, un vampiro filipino a quien se suponía responsable de la plantación de taro
en las islas mucho tiempo atr√°s. El mito aseguraba que los danag trabajaron con los hombres durante muchos a√Īos,
pero la colaboración finalizó el día en que una mujer se cortó el dedo y un danag lamió la herida, ya que disfrutó
tanto del sabor de la sangre que la desangró por completo.

Leí con atención las descripciones en busca de algo que me resultara familiar, dejando sólo lo verosímil. Parecía que
la mayoría de los mitos sobre los vampiros se concentraban en reflejar a hermosas mujeres como demonios y a los
ni√Īos como v√≠ctimas. Tambi√©n parec√≠an estructuras creadas para explicar la alta tasa de mortalidad infantil y
proporcionar a los hombres una coartada para la infidelidad. En muchas de las historias se mezclaban espíritus
incorpóreos y admoniciones contra los entierros realizados incorrectamente. No había mucho que guardara parecido
con las películas que había visto, y sólo a unos pocos, como el estrie hebreo y el upier polaco, les preocupaba el
beber sangre.

Sólo tres entradas atrajeron de verdad mi atención: el rumano varacolaci, un poderoso no muerto que podía
aparecerse como un hermoso humano de piel p√°lida, el eslovaco nelapsi, una criatura de tal fuerza y rapidez que era
capaz de masacrar toda una aldea en una sola hora después de la medianoche, y otro más, el stregoni benefici.

Sobre este √ļltimo hab√≠a una √ļnica afirmaci√≥n.

Stregoni benefici: vampiro italiano que afirmaba estar del lado del bien; era enemigo mortal de todos los vampiros
diabólicos.

Aquella peque√Īa entrada constitu√≠a un alivio, era el √ļnico entre cientos de mitos que aseguraba la existencia de
vampiros buenos.

Sin embargo, en conjunto, había pocos que coincidieran con la historia de Jacob o mis propias observaciones. Había
realizado mentalmente un peque√Īo cat√°logo y lo comparaba cuidadosamente con cada mito mientras iba leyendo.
Velocidad, fuerza, belleza, tez p√°lida, ojos que cambiaban de color, y luego los criterios de Jacob: bebedores de
sangre, enemigos de los hombres lobo, piel fría, inmortalidad. Había muy pocos mitos en los que encajara al menos
un factor.

Y había otro problema adicional a raíz de lo que recordaba de las pocas películas de terror que había visto y que se
reforzaba con aquellas lecturas: los vampiros no podían salir durante el día porque el sol los quemaría hasta
reducirlos a cenizas. Dorm√≠an en ata√ļdes todo el d√≠a y s√≥lo sal√≠an de noche.

Exasperada, apagué el botón de encendido del ordenador sin esperar a cerrar el sistema operativo correctamente.
Sent√≠ una turbaci√≥n aplastante a pesar de toda mi irritaci√≥n. ¬°Todo aquello era tan est√ļpido! Estaba sentada en mi
cuarto rastreando informaci√≥n sobre vampiros. ¬ŅQu√© era lo que me suced√≠a? Decid√≠ que la mayor parte de la culpa
estaba fuera del umbral de mi puerta, en el pueblo de Forks y, por extensi√≥n, en la h√ļmeda pen√≠nsula de Olympic.

Ten√≠a que salir de la casa, pero no hab√≠a ning√ļn lugar al que quisiera ir que no implicara conducir durante tres d√≠as.
Volví a calzarme las botas, sin tener muy claro adonde dirigirme, y bajé las escaleras. Me envolví en mi
impermeable sin comprobar qué tiempo hacía y salí por la puerta pisando fuerte.

Estaba nublado, pero a√ļn no llov√≠a. Ignor√© el coche y empec√© a caminar hacia el este, cruzando el patio de la casa de
Charlie en dirección al bosque.

No transcurrió mucho tiempo antes de que me hubiera adentrado en él lo suficiente para que la casa y la carretera
desaparecieran de la vista y el √ļnico sonido audible fuera el de la tierra h√ļmeda al succionar mis botas y los s√ļbitos
silbos de los arrendajos.

La estrecha franja de un sendero discurría a lo largo del bosque; de lo contrario no me hubiera arriesgado a
vagabundear de aquella manera por mis propios medios, ya que carecía de sentido de la orientación y era
perfectamente capaz de perderme en parajes mucho menos alambicados. El sendero se adentraba m√°s y m√°s en el
corazón del bosque, incluso puedo aventurar que casi siempre rumbo Este. Serpenteaba entre los abetos y las
cicutas, entre los tejos y los arces. Tenía leves nociones de los árboles que había a mi alrededor, y todo cuanto sabía
se lo deb√≠a a Charlie, que me hab√≠a ido ense√Īando sus nombres desde la ventana del coche patrulla cuando yo era
peque√Īa. A muchos no los identificaba y de otros no estaba del todo segura porque estaban casi cubiertos por
par√°sitos verdes.

Seguí el sendero impulsada por mi enfado conmigo misma. Una vez que éste empezó a desaparecer, aflojé el paso.
Unas gotas de agua cayeron desde el dosel de ramas de las alturas, pero no estaba segura de si empezaba a llover o
si se trataba de los restos de la lluvia del día anterior, acumulada sobre el haz de las hojas, y que ahora goteaba
lentamente en el suelo. Un árbol caído recientemente —sabía que esto era así porque no estaba totalmente cubierto
de musgo— descansaba sobre el tronco de uno de sus hermanos, cuyo resultado era la formación de una especie de
banco no muy alto a pocos —y seguros— pasos del sendero. Llegué hasta él saltando con precaución por encima de


los hel√©chos y me sent√© colocando la chaqueta de modo que estuviera entre el h√ļmedo asiento y mi ropa. Apoy√© la
cabeza, cubierta por la capucha, contra el √°rbol vivo.

Aqu√©l era el peor lugar al que pod√≠a haber acudido, deber√≠a de haberlo sabido, pero ¬Ņa qu√© otro sitio pod√≠a ir? El
bosque, de un verde intenso, se parec√≠a demasiado al escenario del sue√Īo de la √ļltima noche para alcanzar la paz de
espíritu. Ahora que ya no oía el sonido de mis pasos sobre el barro, el silencio era penetrante. Los pájaros también
permanecían callados y aumentó la frecuencia de las gotas, lo que parecía confirmar que allí arriba, en el cielo,
estaba lloviendo. Ahora que me había sentado, la altura de los heléchos sobrepasaba la de mi cabeza, por lo que
cualquiera hubiera podido caminar por la senda a tres pies de distancia sin verme.

Allí, entre los árboles, resultaba mucho más fácil creer en los disparates de los que me avergonzaba dentro de la
casa. Nada hab√≠a cambiado en aquel bosque durante miles de a√Īos, y todos los mitos y leyendas de mil pa√≠ses
diferentes me parecían mucho más verosímiles en medio de aquella calima verde que en mi despejado dormitorio.

Me obligu√© a concentrarme en las dos preguntas vitales que deb√≠a contestar, pero lo hice a rega√Īadientes.

Primero tenía que decidir si podía ser cierto lo que Jacob me había dicho sobre los Cullen.

Mi mente respondi√≥ de inmediato con una rotunda negativa. Resultaba est√ļpido y m√≥rbido entretenerse con unas
ideas tan rid√≠culas. Pero, en ese caso, ¬Ņqu√© pasaba?, me pregunt√©. No hab√≠a una explicaci√≥n racional a por qu√©
seguía viva en aquel momento. Hice recuento mental de lo que había observado con mis propios ojos: lo inverosímil
de su fortaleza y velocidad, el color cambiante de los ojos, del negro al dorado y viceversa, la belleza sobrehumana,
la piel fr√≠a y p√°lida, y otros peque√Īos detalles de los que hab√≠a tomado nota poco a poco: no parec√≠a comer jam√°s y
se movía con una gracia turbadora. Y luego estaba la forma en que hablaba a veces, con cadencias poco habituales y
frases que encajaban mejor con el estilo de una novela de finales del siglo XIX que de una clase del siglo XXI.
Había hecho novillos el día que hicimos la prueba del grupo sanguíneo, tampoco se negó a ir de camping a la playa
hasta que supo adonde íbamos a ir, y parecía saber lo que pensaban cuantos le rodeaban, salvo yo. Me había dicho
que era el malo de la película, peligroso...

¬ŅPod√≠an ser vampiros los Cullen?

Bueno, eran algo. Y lo que empezaba a tomar forma delante de mis ojos incrédulos excedía la posibilidad de una
explicación racional. Ya fuera uno de los fríos o se cumpliera mi teoría del superhéroe, Edward Cullen no era...
humano. Era algo m√°s.

As√≠ pues... tal vez. √Čsa iba a ser mi respuesta por el momento.

Y luego estaba la pregunta m√°s importante. ¬ŅQu√© iba a hacer si resultaba ser cierto?

¬ŅQu√© har√≠a si Edward fuera... un vampiro? Apenas pod√≠a obligarme a pensar esas palabras. Involucrar a nadie m√°s
estaba fuera de lugar. Ni siquiera yo misma me lo creía, quedaría en ridículo ante cualquiera a quien se lo dijera.

Sólo dos alternativas parecían prácticas. La primera era aceptar su aviso: ser lista y evitarle todo lo posible, cancelar
nuestros planes y volver a ignorarlo tanto como fuera capaz, fingir que entre nosotros existía un grueso e
impenetrable muro de cristal en la √ļnica clase que est√°bamos obligados a compartir, decirle que se alejara de m√≠... y
esta vez en serio.

Me invadió de repente una desesperación tan agónica cuando consideré esa opción que el mecanismo de mi mente
de rechazar el dolor provocó que pasara rápidamente a la siguiente alternativa.

No hacer nada diferente. Despu√©s de todo, hasta la fecha, no me hab√≠a causado da√Īo alguno aunque fuera algo...
siniestro. De hecho, sería poco más que una abolladura en el guardabarros de Tyler si él no hubiera actuado con
tanta rapidez. Tanta, me dije a m√≠ misma, que podr√≠a haber sido puro reflejo: ¬ŅC√≥mo puede ser malo si tiene reflejos
para salvar vidas?, pensé. No hacía más que darle vueltas sin obtener respuestas.

Hab√≠a una cosa de la que estaba segura, si es que estaba segura de algo: el oscuro Edward del sue√Īo de la pasada
noche sólo era una reacción de mi miedo ante el mundo del que había hablado Jacob, no del propio Edward. Aun
así, cuando chillé de pánico ante el ataque del hombre lobo, no fue el miedo al licántropo lo que arrancó de mis
labios ese grito de ¬ę ¬°no!¬Ľ, sino a que √©l resultara herido. A pesar de que me hab√≠a llamado con los colmillos
afilados, temía por él.

Y supe que tenía mi respuesta. Ignoraba si en realidad había tenido elección alguna vez. Ya me había involucrado
demasiado en el asunto. Ahora que lo sabía, si es que lo sabía, no podía hacer nada con mi aterrador secreto, ya que
cuando pensaba en él, en su voz, sus ojos hipnóticos y la magnética fuerza de su personalidad, no quería otra cosa
que estar con él de inmediato, incluso si... Pero no podía pensar en ello, no aquí, sola en la penumbra del bosque, no
mientras la lluvia lo hiciera tan sombr√≠o como el crep√ļsculo debajo del dosel de ramas y disperso como huellas en
un suelo enmara√Īado de tierra. Me estremec√≠ y me levant√© deprisa de mi escondite, preocupada porque la lluvia
hubiera borrado la senda.

Pero ésta permanecía allí, nítida y sinuosa, para que saliera del goteante laberinto verde. La seguí de forma
apresurada, con la capucha bien calada sobre la cabeza, sin dejar de sorprenderme, mientras pasaba entre los √°rboles
casi a la carrera, de lo lejos que había llegado. Empecé a preguntarme si me dirigía a alguna salida o si la senda
llevar√≠a hasta m√°s all√° de los confines del bosque. Atisb√© algunos claros a trav√©s de la mara√Īa de ramas antes de que


me entrara demasiado pánico, y luego oí un coche pasar por la carretera, y allí estaba el jardín de Charlie que se
extendía delante de mí, y la casa, que me llamaba y me prometía calor y calcetines secos.

Apenas era mediodía cuando entré. Subí las escaleras y me puse ropa de estar por casa, unos vaqueros y una
camiseta, ya que no iba a salir. No me costó mucho esfuerzo concentrarme en la tarea para ese día, un trabajo sobre
Macbeth que deb√≠a entregar el mi√©rcoles. Perge√Ī√© un primer borrador del trabajo con una satisfacci√≥n y serenidad
que no sentía desde... Bueno, para ser sincera, desde el jueves.

Esa había sido siempre mi forma de ser. Adoptar decisiones era la parte que más me dolía, la que me llevaba por la
calle de la amargura. Pero una vez que tomaba la decisión, me limitaba a seguirla... Por lo general, con el alivio que
daba el haberla tomado. A veces, el alivio se te√Ī√≠a de desesperaci√≥n, como cuando resolv√≠ venir a Forks, pero segu√≠a
siendo mejor que pelear con las alternativas.

Era ridículamente fácil vivir con esta decisión. Peligrosamente fácil.

De ese modo, el día fue tranquilo y productivo. Terminé mi trabajo antes de las ocho. Charlie volvió a casa con
abundante pesca, lo que me llevó a pensar en adquirir un libro de recetas para pescado cuando estuviera en Seattle la
semana siguiente. Los escalofríos que corrían por mi espalda cada vez que pensaba en ese viaje no diferían de los
que sentía antes de mi paseo con Jacob Black. Creía que serían distintos. Deberían serlo, ¡deberían serlo! Sabía que
debería estar asustada, pero lo que sentía no era miedo exactamente.

Dorm√≠ sin sue√Īos aquella noche, rendida como estaba por haberme levantado el domingo tan temprano y haber
descansando tan poco la noche anterior. Por segunda vez desde mi llegada a Forks, me despertó la brillante luz de
un día soleado.

Me levanté de un salto y corrí hacia la ventana; comprobé con asombro que apenas había nubes en el cielo, y las
pocas que hab√≠a s√≥lo eran peque√Īos jirones algodonosos de color blanco que posiblemente no trajeran lluvia alguna.
Abrí la ventana y me sorprendió que se abriera sin ruido ni esfuerzo alguno a pesar de que no se había abierto en
qui√©n sabe cu√°ntos a√Īos, y aspir√© el aire, relativamente seco. Casi hac√≠a calor y apenas soplaba viento. Por mis
venas corría la adrenalina.

Charlie estaba terminando de desayunar cuando bajé las escaleras y de inmediato se apercibió de mi estado de
√°nimo.

—Ahí fuera hace un día estupendo —comentó.

—Sí —coincidí con una gran sonrisa.

Me devolvi√≥ la sonrisa. La piel se arrug√≥ alrededor de sus ojos casta√Īos. Resultaba f√°cil ver por qu√© mi madre y √©l
se habían lanzado alegremente a un matrimonio tan prematuro cuando Charlie sonreía. Gran parte del joven
romántico que fue en aquellos días se había desvanecido antes de que yo le conociera, cuando su rizado pelo
casta√Īo ¬ódel mismo color que el m√≠o, aunque de diferente textura¬ó comenzaba a escasear y revelaba lentamente
cada vez más y más la piel brillante de la frente. Pero cuando sonreía, podía atisbar un poco del hombre que se
hab√≠a fugado con Ren√©e cuando √©sta s√≥lo ten√≠a dos a√Īos m√°s que yo ahora.

Desayuné animadamente mientras contemplaba revolotear las motas de polvo en los chorros de luz que se filtraban
por la ventana trasera. Charlie me deseó un buen día en voz alta y luego oí que el coche patrulla se alejaba. Vacilé al
salir de casa, impermeable en mano. No llevarlo equivaldría a tentar al destino. Lo doblé sobre el brazo con un
suspiro y salí caminando bajo la luz más brillante que había visto en meses.

A fuerza de emplear a fondo los codos, fui capaz de bajar del todo los dos cristales de las ventanillas del
monovolumen. Fui una de las primeras en llegar al instituto. No había comprobado la hora con las prisas de salir al
aire libre. Aparqué y me dirigí hacia los bancos del lado sur de la cafetería, que de vez en cuando se usaban para
alg√ļn picnic. Los bancos estaban todav√≠a un poco h√ļmedos, por lo que me sent√© sobre el impermeable, contenta de
poder darle un uso. Había terminado los deberes, fruto de una escasa vida social, pero había unos cuantos problemas
de Trigonometr√≠a que no estaba segura de haber resuelto bien. Abr√≠ el libro aplicadamente, pero me puse a so√Īar
despierta a la mitad de la revisión del primer problema. Garabateé distraídamente unos bocetos en los márgenes de
los deberes. Después de algunos minutos, de repente me percaté de que había dibujado cinco pares de ojos negros
que me miraban fijamente desde el folio. Los borré con la goma.

— ¡Bella! —oí gritar a alguien, y parecía la voz de Mike.

Al mirar a mi alrededor comprendí que la escuela se había ido llenando de gente mientras estaba allí sentada,
distraída. Todo el mundo llevaba camisetas, algunos incluso vestían shorts a pesar de que la temperatura no debería
sobrepasar los doce grados. Mike se acercaba saludando con el brazo, lucía unos shorts de color caqui y una
camiseta a rayas de rugby.

Se sentó a mi lado con una sonrisa de oreja a oreja y las cuidadas puntas del pelo reluciendo a la luz del sol. Estaba
tan encantado de verme que no pude evitar sentirme satisfecha.

—No me había dado cuenta antes de que tu pelo tiene reflejos rojos —comentó mientras atrapaba entre los dedos un
mechón que flotaba con la ligera brisa.

—Sólo al sol.

Me sentí incómoda cuando colocó el mechón detrás de mi oreja.


¬óHace un d√≠a estupendo, ¬Ņeh?

—La clase de días que me gustan —dije mostrando mi acuerdo.

¬ó ¬ŅQu√© hiciste ayer?

El tono de su voz era demasiado posesivo.

—Me dediqué sobre todo al trabajo de Literatura.

No a√Īad√≠ que lo hab√≠a terminado, no era necesario parecer pagada de m√≠ misma. Se golpe√≥ la frente con la base de la
mano.

¬óAh, s√≠... Hay que entregarlo el jueves, ¬Ņverdad?

—Esto... Creo que el miércoles.

¬ó ¬ŅEl mi√©rcoles? ¬óFrunci√≥ el ce√Īo¬ó. Mal asunto. ¬ŅSobre qu√© has escrito el tuyo?

¬óAcerca de la posible misoginia de Shakespeare en el tratamiento de los personajes femeninos.

Me contempló como si le hubiera hablado en chino.

¬óSupongo que voy a tener que ponerme a trabajar en eso esta noche ¬ódijo desanimado¬ó. Te iba a preguntar si
querías salir.

¬óAh.

Me hab√≠a pillado con la guardia bajada. ¬ŅPor qu√© ya no pod√≠a mantener una conversaci√≥n agradable con Mike sin
que acabara volviéndose incómoda?

—Bueno, podíamos ir a cenar o algo así... Puedo trabajar más tarde.

Me sonrió lleno de esperanza.

¬óMike... ¬óodiaba que me pusieran en un aprieto¬ó. Creo que no es una buena idea.

Se le descompuso el rostro.

¬ó ¬ŅPor qu√©? ¬ópregunt√≥ con mirada cautelosa. Mis pensamientos volaron hacia Edward, pregunt√°ndome si tambi√©n
Mike pensaba lo mismo.

¬óCreo, y te voy dar una buena tunda sin remordimiento alguno como repitas una sola palabra de lo que voy a decir
—le amenacé—, que eso heriría los sentimientos de Jessica.

Se qued√≥ aturdido. Era obvio que no pensaba en esa direcci√≥n de ning√ļn modo.

¬óJessica?

¬óDe verdad, Mike, ¬Ņest√°s ciego?

—Vaya —exhaló claramente confuso.

Aproveché la ventaja para escabullirme.

¬óEs hora de entrar en clase, y no puedo llegar tarde.

Recogí los libros y los introduje en mi mochila.

Caminamos en silencio hacia el edificio tres. Mike iba con expresión distraída. Esperaba que, cualesquiera que
fueran los pensamientos en los que estuviera inmerso, éstos le condujeran en la dirección correcta.

Cuando vi a Jessica en Trigonometría, desbordaba entusiasmo. Ella, Angela y Lauren iban a ir de compras a Port
Angeles esa tarde para buscar vestidos para el baile y quería que yo también fuera, a pesar de que no necesitaba
ninguno. Estaba indecisa. Sería agradable salir del pueblo con algunas amigas, pero Lauren estaría allí y quién sabía
qué podía hacer esa tarde... Pero ése era definitivamente el camino erróneo para dejar correr mi imaginación...

De modo que le respondí que tal vez, explicándole que primero tenía que hablar con Charlie.

No habl√≥ de otra cosa que del baile durante todo el trayecto hasta clase de Espa√Īol y continu√≥, como si no hubiera
habido interrupción alguna, cuando la clase terminó al fin, cinco minutos más tarde de la hora, y mientras nos
dirigíamos a almorzar. Estaba demasiado perdida en el propio frenesí de mis expectativas como para comprender
casi nada de lo que decía. Estaba dolorosamente ávida de ver no sólo a Edward sino a todos los Cullen, con el fin de
poder contrastar en ellos las nuevas sospechas que llenaban mi mente. Al cruzar el umbral de la cafetería, sentí
deslizarse por la espalda y anidar en mi est√≥mago el primer ramalazo de p√°nico. ¬ŅSer√≠an capaces de saber lo que
pensaba? Luego me sobresalt√≥ un sentimiento distinto. ¬ŅEstar√≠a esper√°ndome Edward para sentarse conmigo otra
vez?

Fiel a mi costumbre, miré primero hacia la mesa de los Cullen. Un estremecimiento de pánico sacudió mi vientre al
percatarme de que estaba vacía. Con menor esperanza, recorrí la cafetería con la mirada, esperando encontrarle solo,
esper√°ndome. El lugar estaba casi lleno ¬óla clase de Espa√Īol nos hab√≠a retrasado¬ó, pero no hab√≠a rastro de
Edward ni de su familia. El desconsuelo hizo mella en mí con una fuerza agobiante.

Anduve vacilante detr√°s de Jessica, sin molestarme en fingir por m√°s tiempo que la escuchaba.

Habíamos llegado lo bastante tarde para que todo el mundo se hubiera sentado ya en nuestra mesa. Esquivé la silla
vacía junto a Mike a favor de otra al lado de Angela. Fui vagamente consciente de que Mike ofrecía amablemente la
silla a Jessica, y de que el rostro de ésta se iluminaba como respuesta.

Angela me hizo unas cuantas preguntas en voz baja sobre el trabajo de Macbeth, a las que respondí con la mayor
naturalidad posible mientras me hund√≠a en las espirales de la miseria. Tambi√©n ella me invit√≥ a acompa√Īarlas por la
tarde, y ahora acepté, agarrándome a cualquier cosa que me distrajera.


Comprend√≠ que me hab√≠a aferrado al √ļltimo jir√≥n de esperanza cuando vi el asiento contiguo vac√≠o al entrar en
Biología, y sentí una nueva oleada de desencanto.

El resto del día transcurrió lentamente, con desconsuelo. En Educación física tuvimos una clase teórica sobre las
reglas del bádminton, la siguiente tortura que ponían en mi camino, pero al menos eso significó que pude estar
sentada escuchando en lugar de ir dando tumbos por la pista. Lo mejor de todo es que el entrenador no terminó, por
lo que tendría otra jornada sin ejercicio al día siguiente. No importaba que me entregaran una raqueta antes de
dejarme libre el resto de la clase.

Me alegré de abandonar el campus. De esa forma podría poner mala cara y deprimirme antes de salir con Jessica y
compa√Ī√≠a, pero apenas hab√≠a traspasado el umbral de la casa de Charlie, Jessica me telefone√≥ para cancelar nuestros
planes. Intenté mostrarme encantada de que Mike la hubiera invitado a cenar, aunque lo que en realidad me aliviaba
era que al fin él parecía que iba a tener éxito, pero ese entusiasmo me sonó falso hasta a mí. Ella reprogramó nuestro
viaje de compras a la tarde noche del día siguiente.

Aquello me dejaba con poco que hacer para distraerme. Había pescado en adobo, con una ensalada y pan que había
sobrado la noche anterior, por lo que no quedaba nada que preparar. Me mantuve concentrada en los deberes, pero
los terminé a la media hora. Revisé el correo electrónico y leí los mails atrasados de mi madre, que eran cada vez
más apremiantes conforme se acercaban a la actualidad. Suspiré y tecleé una rápida respuesta.

Mam√°:

Lo siento. He estado fuera. Me fui a la playa con algunos amigos y luego tuve que escribir un trabajo para el
instituto.

Mis excusas eran patéticas, por lo que renuncié a intentar justificarme.

Hoy hace un día soleado. Lo sé, yo también estoy muy sorprendida, por lo que me voy a ir al aire libre para
empaparme de toda la vitamina D que pueda. Te quiero.

Bella

Decid√≠ matar una hora con alguna lectura que no estuviera relacionada con las clases. Ten√≠a una peque√Īa colecci√≥n
de libros que me había traído a Forks. El más gastado por el uso era una recopilación de obras de Jane Austen. Lo
seleccioné y me dirigí al patio trasero. Al bajar las escaleras tomé un viejo edredón roto del armario de la ropa
blanca.

Ya fuera, en. el peque√Īo patio cuadrado de Charlie, dobl√© el edred√≥n por la mitad, lejos del alcance de la sombra de
los √°rboles, sobre el c√©sped, que iba a permanecer h√ļmedo sin importar durante cu√°nto tiempo brillara el sol. Me
tumbé bocabajo, con los tobillos entrecruzados al aire, hojeando las diferentes novelas del libro mientras intentaba
decidir cuál ocuparía mi mente a fondo. Mis favoritas eran Orgullo y prejuicio y Sentido y sensibilidad. Había leído
la primera recientemente, por lo que comencé Sentido y sensibilidad, sólo para recordar al comienzo del capítulo
tres que el protagonista de la historia se llamaba Edward. Enfadada, me puse a leer Mansfield Park, pero el héroe
del texto se llamaba Edmund, y se parec√≠a demasiado. ¬ŅNo hab√≠a a finales del siglo XVIII m√°s nombres? Aturdida,
cerré el libro de golpe y me di la vuelta para tumbarme de espaldas. Me arremangué la blusa lo máximo posible y
cerré los ojos. No quería pensar en otra cosa que no fuera el calor del sol sobre mi piel, me dije a mí misma. La
brisa seguía siendo suave, pero su soplo lanzaba mechones de pelo sobre mi rostro, haciéndome cosquillas. Me
recogí el pelo detrás de la cabeza, dejándolo extendido en forma de abanico sobre el edredón, y me concentré de
nuevo en el calor que me acariciaba los párpados, los pómulos, la nariz, los labios, los antebrazos, el cuello y
calentaba mi blusa ligera.

Lo próximo de lo que fui consciente fue el sonido del coche patrulla de Charlie al girar sobre las losas de la acera.
Me incorporé sorprendida al comprender que la luz ya se había ocultado detrás de los árboles y que me había
dormido. Miré a mi alrededor, hecha un lío, con la repentina sensación de no estar sola.

¬ó ¬ŅCharlie? ¬ópregunt√©, pero s√≥lo o√≠ cerrarse de un portazo la puerta de su coche frente a la casa.

Me incorpor√© de un salto, con los nervios a flor de piel sin ning√ļn motivo, para recoger el edred√≥n, ahora empapado,
y el libro. Corrí dentro para echar algo de gasóleo a la estufa al tiempo que me daba cuenta de que la cena se iba a
retrasar. Charlie estaba colgando el cinto con la pistola y quitándose las botas cuando entré.

¬óLo siento, pap√°, la cena a√ļn no est√° preparada. Me qued√© dormida ah√≠ fuera ¬ódije reprimiendo un bostezo.

—No te preocupes ——contestó—. De todos modos, quería enterarme del resultado del partido.

Vi la televisi√≥n con Charlie despu√©s de la cena, por hacer algo. No hab√≠a ning√ļn programa que quisiera ver, pero √©l
sab√≠a que no me gustaba el baloncesto, por lo que puso una est√ļpida comedia de situaci√≥n que no disfrutamos
ninguno de los dos. No obstante, parecía feliz de que hiciéramos algo juntos. A pesar de mi tristeza, me sentí bien
por complacerle.

¬óPap√° ¬ódije durante los anuncios¬ó, Jessica y Angela van a ir a mirar vestidos para el baile ma√Īana por la tarde a
Port Angeles y quieren que las ayude a elegir. ¬ŅTe importa que las acompa√Īe?

—Jessica Stanley? —preguntó.

¬óY Angela Weber.

Suspiré mientras le daba todos los detalles.


¬óPero t√ļ no vas a asistir al baile, ¬Ņno? ¬ócoment√≥. No lo entend√≠a.

—No, papá, pero las voy a ayudar a elegir los vestidos —no tendría que explicarle esto a una mujer—. Ya sabes,
aportar una crítica constructiva.

¬óBueno, de acuerdo ¬ópareci√≥ comprender que aquellos temas de chicas se le escapaban¬ó. Aunque, ¬Ņno hay
colegio por la tarde?

¬óSaldremos en cuanto acabe el instituto, por lo que podremos regresar temprano. Te dejar√© lista la cena, ¬Ņvale?

¬óBella, me he alimentado durante diecisiete a√Īos antes de que t√ļ vinieras ¬óme record√≥.

¬óY no s√© c√≥mo has sobrevivido ¬ódije entre dientes para luego a√Īadir con mayor claridad¬ó: Te voy a dejar algo
de comida fr√≠a en el frigor√≠fico para que te prepares un par de sandwiches, ¬Ņde acuerdo? En la parte de arriba.

Me dedicó una divertida mirada de tolerancia.

Al d√≠a siguiente, la ma√Īana amaneci√≥ soleada. Me despert√© con esperanzas renovadas que intent√© suprimir con
denuedo. Como el día era más templado, me puse una blusa escotada de color azul oscuro, una prenda que hubiera
llevado en Phoenix durante lo m√°s crudo del invierno.

Había planeado llegar al colegio justo para no tener que esperar a entrar en clase. Desmoralizada, di una vuelta
completa al aparcamiento en busca de un espacio al tiempo que buscaba también el Volvo plateado, que,
claramente, no estaba all√≠. Aparqu√© en la √ļltima fila y me apresur√© a clase de Lengua, llegando sin aliento ni br√≠o,
pero antes de que sonara el timbre.

Ocurrió lo mismo que el día anterior. No pude evitar tener ciertas esperanzas que se disiparon dolorosamente
cuando en vano recorrí con la mirada el comedor y comprobé que seguía vacío el asiento contiguo al mío de la mesa
de Biología.

El plan de ir a Port Angeles por la tarde regresó con mayor atractivo al tener Lauren otros compromisos. Estaba
ansiosa por salir del pueblo, para poder dejar de mirar por encima del hombro, con la esperanza de verlo aparecer de
la nada como siempre hacía. Me prometí a mí misma que iba a estar de buen humor para no arruinar a Angela ni a
Jessica el placer de la caza de vestidos. Puede que tambi√©n yo hiciera algunas peque√Īas compras. Me negaba a creer
que esta semana podría ir de compras sola en Seattle porque Edward ya no estuviera interesado en nuestro plan.
Seguramente no lo cancelaría sin decírmelo al menos.

Jessica me siguió hasta casa en su viejo Mercury blanco después de clase para que pudiera dejar los libros y mi
coche. Me cepillé el pelo a toda prisa mientras estaba dentro, sintiendo resurgir una leve excitación ante la
expectativa de salir de Forks. Sobre la mesa, dejé una nota para Charlie en la que le volvía a explicar dónde
encontrar la cena, cambi√© mi desali√Īada mochila escolar por un bolso que utilizaba muy de tarde en tarde y corr√≠ a
reunirme con Jessica. A continuación fuimos a casa de Angela, que nos estaba esperando. Mi excitación crecía
exponencialmente conforme el coche se alejaba de los límites del pueblo.



PORT ANGELES

Jessica conduc√≠a a√ļn m√°s deprisa que Charlie, por lo que estuvimos en Port Angeles a eso de las cuatro. Hac√≠a
bastante tiempo que no había tenido una salida nocturna sólo de chicas; el subidón del estrógeno resultó vigorizante.
Escuchamos canciones de rock mientras Jessica hablaba sobre los chicos con los que solíamos estar. Su cena con
Mike había ido muy bien y esperaba que el sábado por la noche hubieran progresado hasta llegar a la etapa del
primer beso. Sonreí para mis adentros, complacida. Angela estaba feliz de asistir al baile aunque en realidad no le
interesaba Eric. Jess intentó hacerle confesar cuál era su tipo de chico, pero la interrumpí con una pregunta sobre
vestidos poco después, para distraerla. Angela me dedicó una mirada de agradecimiento.

Port Angeles era una hermosa trampa para turistas, mucho m√°s elegante y encantadora que Forks, pero Jessica y
Angela la conocían bien, por lo que no planeaban desperdiciar el tiempo en el pintoresco paseo marítimo cerca de la
bahía. Jessica condujo directamente hasta una de las grandes tiendas de la ciudad, situada a unas pocas calles del
área turística de la bahía.

Se había anunciado que el baile sería de media etiqueta y ninguna de nosotras sabía con exactitud qué significaba
aquello. Jessica y Angela parecieron sorprendidas y casi no se lo creyeron cuando les dije que nunca había ido a
ning√ļn baile en Phoenix.

¬ó ¬ŅNi siquiera has tenido un novio ni nada por el estilo? ¬óme pregunt√≥ Jess dubitativa mientras cruz√°bamos las
puertas frontales de la tienda.

¬óDe verdad ¬óintentaba convencerla sin querer confesar mis problemas con el baile¬ó. Nunca he tenido un novio
ni nada que se le parezca. No salía mucho en Phoenix.

¬ó ¬ŅPor qu√© no? ¬óquiso saber Jessica.

—Nadie me lo pidió —respondí con franqueza.

Parecía escéptica.

—Aquí te lo han pedido —me recordó—, y te has negado.

En ese momento estábamos en la sección de ropa juvenil, examinando las perchas con vestidos de gala.

—Bueno, excepto con Tyler —me corrigió Angela con voz suave.


2¬†[N.¬†del¬†T.]¬†Objeto¬†consistente¬†en¬†un¬†c√≠rculo¬†del¬†que¬†penden¬†plumas¬†en¬†cuyo¬†centro¬†hay¬†una¬†red;¬†se¬†cuelga¬†en¬†la¬†pared¬†de¬†los¬†dormitorios,¬†ya¬†que,¬†seg√ļn¬†la¬†tradici√≥n¬†de¬†los¬†indios¬†ojibwa,¬†atrapa¬†las¬†pesadillas¬†de¬†los¬†ni√Īos¬†dormidos.¬†

 

 

¬ó ¬ŅPerd√≥n? ¬óme qued√© boquiabierta¬ó. ¬ŅQu√© dices?

—Tyler le ha dicho a todo el mundo que te va a llevar al baile de la promoción —me informó Jessica con
suspicacia.

¬ó ¬ŅQue dice el qu√©?

Parecía que me estaba ahogando.

—Te dije que no era cierto —susurró Angela a Jessica.

Permanec√≠ callada, a√ļn en estado de shock, que r√°pidamente se convirti√≥ en irritaci√≥n. Pero ya hab√≠amos encontrado
la sección de vestidos y ahora teníamos trabajo por delante.

—Por eso no le caes bien a Lauren —comentó entre risitas Jessica mientras toqueteábamos la ropa.

Me rechinaron los dientes.

¬ó ¬ŅCrees que Tyler dejar√≠a de sentirse culpable si lo atropellara con el monovolumen, que eso le har√≠a perder el
interés en disculparse y quedaríamos en paz?

—Puede —Jess se rió con disimulo—, si es que lo está haciendo por ese motivo.

La elección de los vestidos no fue larga, pero ambas encontraron unos cuantos que probarse. Me senté en una silla
baja dentro del probador, junto a los tres paneles del espejo, intentando controlar mi rabia.

Jess se mostraba indecisa entre dos. Uno era un modelo sencillo, largo y sin tirantes; el otro, un vestido de color
azul, con tirantes finos, que le llegaba hasta la rodilla. Angela eligió un vestido color rosa claro cuyos pliegues
realzaban su alta figura y resaltaban los tonos dorados de su pelo casta√Īo claro. Las felicit√© a ambas con profusi√≥n y
las ayudé a colocar en las perchas los modelos descartados.

Nos dirigimos a por los zapatos y otros complementos. Me limité a observar y criticar mientras ellas se probaban
varios pares, porque, aunque necesitaba unos zapatos nuevos, no estaba de humor para comprarme nada. La tarde
noche de chicas siguió a la estela de mi enfado con Tyler, que poco a poco fue dejando espacio a la melancolía.

¬ó ¬ŅAngela? ¬ócomenc√© titubeante mientras ella intentaba calzarse un par de zapatos rosas con tacones y tiras.
Estaba alborozada de tener una cita con un chico lo bastante alto como para poder llevar tacones. Jessica se había
dirigido hacia el mostrador de la joyería y estábamos las dos solas.

Extendió la pierna y torció el tobillo para conseguir la mejor vista posible del zapato.

Me acobardé y dije:

¬óMe gustan.

—Creo que me los voy a llevar, aunque sólo van a hacer juego con este vestido —musitó.

—Venga, adelante. Están en venta —la animé.

Ella sonrió mientras volvía a colocar la tapa de una caja que contenía unos zapatos de color blanco y aspecto más
práctico. Lo intenté otra vez.

—Esto... Angela... —la aludida alzó los ojos con curiosidad.

¬ó ¬ŅEs normal que los Cullen falten mucho a clase?

Mantuvo los ojos fijos en los zapatos. Fracasé miserablemente en mi intento de parecer indiferente.

—Sí, cuando el tiempo es bueno agarran las mochilas y se van de excursión varios días, incluso el doctor —me
contestó en voz baja y sin dejar de mirar a los zapatos—. Les encanta vivir al aire libre.

No me formuló ni una pregunta en lugar de las miles que hubiera provocado la mía en los labios de Jessica. Angela
estaba empezando a caerme realmente bien.

¬óVaya.

Zanjé el tema cuando Jessica regresó para mostrarnos un diamante de imitación que había encontrado en la joyería a
juego con sus zapatos plateados.

Hab√≠amos planeado ir a cenar a un peque√Īo restaurante italiano junto al paseo mar√≠timo, pero la compra de la ropa
nos había llevado menos tiempo del esperado. Jess y Angela fueron a dejar las compras en el coche y entonces
bajamos dando un paseo hacia la bahía. Les dije que me reuniría con ellas en el restaurante en una hora, ya que
quer√≠a buscar una librer√≠a. Ambas se mostraron deseosas de acompa√Īarme, pero las anim√© a que se divirtieran.
Ignoraban lo mucho que me podía abstraer cuando estaba rodeada de libros, era algo que prefería hacer sola. Se
alejaron del coche charlando animadamente y yo me encaminé en la dirección indicada por Jess.

No hubo problema en encontrar la librería, pero no tenían lo que buscaba. Los escaparates estaban llenos de vasos
de cristal, dreamcatchers2 y libros sobre sanación espiritual. Ni siquiera entré. Desde fuera vi a una mujer de


cincuenta a√Īos con una melena gris que le ca√≠a sobre la espalda. Luc√≠a un vestido de los a√Īos sesenta y sonre√≠a
cordialmente detrás de un mostrador. Decidí que era una conversación que me podía evitar. Tenía que haber una
librería normal en la ciudad.

Anduve entre las calles, llenas por el tr√°fico propio del final de la jornada laboral, con la esperanza de dirigirme
hacia el centro. Caminaba sin saber adonde iba porque luchaba contra la desesperación, intentaba no pensar en él
con todas mis fuerzas y, por encima de todo, pretendía acabar con mis esperanzas para el viaje del sábado, temiendo
una decepci√≥n a√ļn m√°s dolorosa que el resto. Cuando alc√© los ojos y vi un Volvo plateado aparcado en la calle todo
se me vino encima. Vampiro est√ļpido y voluble, pens√©.

Avancé pisando fuerte en dirección sur, hacia algunas tiendas de escaparates de apariencia prometedora, pero
cuando llegu√© al lugar, s√≥lo se trataba de un establecimiento de reparaciones y otro que estaba desocupado. A√ļn me
quedaba mucho tiempo para ir en busca de Jess y Angela, y necesitaba recuperar el √°nimo antes de reunirme con
ellas. Después de mesarme los cabellos un par de veces al tiempo que suspiraba profundamente, continué para
doblar la esquina.

Al cruzar otra calle comencé a darme cuenta de que iba en la dirección equivocada. Los pocos viandantes que había
visto se dirigían hacia el norte y la mayoría de los edificios de la zona parecían almacenes. Decidí dirigirme al este
en la siguiente esquina y luego dar la vuelta detr√°s de unos bloques de edificios para probar suerte en otra calle y
regresar al paseo marítimo.

Un grupo de cuatro hombres doblaron la esquina a la que me dirigía. Yo vestía de manera demasiado informal para
ser alguien que volvía a casa después de la oficina, pero ellos iban demasiado sucios para ser turistas. Me percaté de
que no deb√≠an de tener muchos m√°s a√Īos que yo conforme se fueron aproximando. Iban bromeando entre ellos en
voz alta, riéndose escandalosamente y dándose codazos unos a otros. Salí pitando lo más lejos posible de la parte
interior de la acera para dejarles vía libre, caminé rápidamente mirando hacia la esquina, detrás de ellos.

— ¡Eh, ahí! —dijo uno al pasar.

Debía de estar refiriéndose a mí, ya que no había nadie más por los alrededores. Alcé la vista de inmediato. Dos de
ellos se habían detenido y los otros habían disminuido el paso. El más próximo, un tipo corpulento, de cabello
oscuro y poco m√°s de veinte a√Īos, era el que parec√≠a haber hablado. Llevaba una camisa de franela abierta sobre una
camiseta sucia, unos vaqueros con desgarrones y sandalias. Avanzó medio paso hacia mí.

— ¡Pero bueno! —murmuré de forma instintiva.

Entonces desvié la vista y caminé más rápido hacia la esquina. Les podía oír reírse estrepitosamente detrás de mí.

— ¡Eh, espera! —gritó uno de ellos a mis espaldas, pero mantuve la cabeza gacha y doblé la esquina con un suspiro
de alivio. A√ļn les o√≠a re√≠rse ahogadamente a mis espaldas.

Me encontré andando sobre una acera que pasaba junto a la parte posterior de varios almacenes de colores sombríos,
cada uno con grandes puertas en saliente para descargar camiones, cerradas con candados durante la noche. La parte
sur de la calle carec√≠a de acera, consist√≠a en una cerca de malla met√°lica rematada en alambre de p√ļas por la parte
superior con el fin de proteger alg√ļn tipo de piezas mec√°nicas en un patio de almacenaje. En mi vagabundeo hab√≠a
pasado de largo por la parte de Port Angeles que tenía intención de ver como turista. Descubrí que anochecía
cuando las nubes regresaron, arracim√°ndose en el horizonte de poniente, creando un ocaso prematuro. Al oeste, el
cielo seguía siendo claro, pero, rasgado por rayas naranjas y rosáceas, comenzaba a agrisarse. Me había dejado la
cazadora en el coche y un repentino escalofr√≠o hizo que me abrazara con fuerza el torso. Una √ļnica furgoneta pas√≥ a
mi lado y luego la carretera se quedó vacía.

De repente, el cielo se oscureció más y al mirar por encima del hombro para localizar a la nube causante de esa
penumbra, me asusté al darme cuenta de que dos hombres me seguían sigilosamente a seis metros.

Formaban parte del mismo grupo que había dejado atrás en la esquina, aunque ninguno de los dos era el moreno que
se había dirigido a mí. De inmediato, miré hacia delante y aceleré el paso. Un escalofrío que nada tenía que ver con
el tiempo me recorrió la espalda. Llevaba el bolso en el hombro, colgando de la correa cruzada alrededor del pecho,
como se suponía que tenía que llevarlo para evitar que me lo quitaran de un tirón. Sabía exactamente dónde estaba
mi aerosol de autodefensa, en el talego de debajo de la cama que nunca había llegado a desempaquetar. No llevaba
mucho dinero encima, s√≥lo veintitantos d√≥lares, pero pens√© en arrojar ¬ęaccidentalmente¬Ľ el bolso y alejarme
andando. Mas una vocecita asustada en el fondo de mi mente me previno que podrían ser algo peor que ladrones.

Escuché con atención los silenciosos pasos, mucho más si se los comparaba con el bullicio que estaban armando
antes. No parecía que estuvieran apretando el paso ni que se encontraran más cerca. Respira, tuve que recordarme.
No sabes si te están siguiendo. Continué andando lo más deprisa posible sin llegar a correr, concentrándome en el
giro que había a mano derecha, a pocos metros. Podía oírlos a la misma distancia a la que se encontraban antes.
Procedente de la parte sur de la ciudad, un coche azul giró en la calle y pasó velozmente a mi lado. Pensé en
plantarme de un salto delante de él, pero dudé, inhibida al no saber si realmente me seguían, y entonces fue
demasiado tarde.

Llegué a la esquina, pero una rápida ojeada me mostró un callejón sin salida que daba a la parte posterior de otro
edificio. En previsión, ya me había dado media vuelta. Debía rectificar a toda prisa, cruzar como un bólido el


estrecho paseo y volver a la acera. La calle finalizaba en la pr√≥xima esquina, donde hab√≠a una se√Īal de stop. Me
concentré en los débiles pasos que me seguían mientras decidía si echar a correr o no. Sonaban un poco más lejanos,
aunque sabía que, en cualquier caso, me podían alcanzar si corrían. Estaba segura de que tropezaría y me caería de
ir más deprisa. Las pisadas sonaban más lejos, sin duda, y por eso me arriesgué a echar una ojeada rápida por
encima del hombro. Vi con alivio que ahora estaban a doce metros de mí, pero ambos me miraban fijamente.

El tiempo que me costó llegar a la esquina se me antojó una eternidad. Mantuve un ritmo vivo, hasta el punto de
rezagarlos un poco más con cada paso que daba. Quizás hubieran comprendido que me habían asustado y lo
lamentaban. Vi cruzar la intersección a dos automóviles que se dirigieron hacia el norte. Estaba a punto de llegar, y
suspiré aliviada. En cuanto hubiera dejado aquella calle desierta habría más personas a mí alrededor. En un
momento doblé la esquina con un suspiro de agradecimiento.

Y me deslicé hasta el stop.

A ambos lados de la calle se alineaban unos muros blancos sin ventanas. A lo lejos podía ver dos intersecciones,
farolas, automóviles y más peatones, pero todos ellos estaban demasiado lejos, ya que los otros dos hombres del
grupo estaban en mitad de la calle, apoyados contra un edificio situado al oeste, mir√°ndome con unas sonrisas de
excitaci√≥n que me dejaron petrificada en la acera. S√ļbitamente comprend√≠ que no me hab√≠an estado siguiendo.

Me habían estado conduciendo como al ganado.

Me detuve por unos breves instantes, aunque me pareció mucho tiempo. Di media vuelta y me lancé como una
flecha hacia el otro lado dé la acera. Tuve la funesta premonición de que era un intento estéril. Las pisadas que me
seguían se oían más fuertes.

— ¡Ahí está!

La voz atronadora del tipo rechoncho de pelo negro rompió la intensa quietud y me hizo saltar. En la creciente
oscuridad parecía que iba a pasar de largo.

— ¡Sí! —Gritó una voz a mis espaldas, haciéndome dar otro salto mientras intentaba correr calle abajo—. Apenas
nos hemos desviado.

Ahora debía andar despacio. Estaba acortando con demasiada rapidez la distancia respecto a los dos que esperaban
apoyados en la pared. Era capaz de chillar con mucha potencia e inspiré aire, preparándome para proferir un grito,
pero tenía la garganta demasiado seca para estar segura del volumen que podría generar. Con un rápido movimiento
deslicé el bolso por encima de la cabeza y aferré la correa con una mano, lista para dárselo o usarlo como arma,
seg√ļn lo dictasen las circunstancias.

El gordo, ya lejos del muro, se encogió de hombros cuando me detuve con cautela y caminó lentamente por la calle.

—Apártese de mí —le previne con voz que se suponía debía sonar fuerte y sin miedo, pero tenía razón en lo de la
garganta seca, y salió... sin volumen.

—No seas así, ricura —gritó, y una risa ronca estalló detrás de mí.

Separé los pies, me aseguré en el suelo e intenté recordar, a pesar del pánico, lo poco de autodefensa que sabía. La
base de la mano hacia arriba para romperle la nariz, con suerte, o incrust√°ndosela en el cerebro. Introducir los dedos
en la cuenca del ojo, intentando engancharlos alrededor del hueso para sacarle el ojo. Y el habitual rodillazo a la
ingle, por supuesto. Esa misma vocecita pesimista habló de nuevo para recordarme que probablemente no tendría
ninguna oportunidad contra uno, y eran cuatro. ¬ę ¬°C√°llate!¬Ľ, le orden√© a la voz antes de que el p√°nico me
incapacitara. No iba a caer sin llevarme a alguno conmigo. Intenté tragar saliva para ser capaz de proferir un grito
aceptable.

S√ļbitamente, unos faros aparecieron a la vuelta de la esquina. El coche casi atropello al gordo, oblig√°ndole a
retroceder hacia la acera de un salto. Me lancé al medio de la carretera. Ese auto iba a pararse o tendría que
atropellarme, pero, de forma totalmente inesperada, el coche plateado derrapó hasta detenerse con la puerta del
copiloto abierta a menos de un metro.

—Entra —ordenó una voz furiosa.

Fue sorprendente cómo ese miedo asfixiante se desvaneció al momento, y sorprendente también la repentina
sensación de seguridad que me invadió, incluso antes de abandonar la calle, en cuanto oí su voz. Salté al asiento y
cerré la puerta de un portazo.

El interior del coche estaba a oscuras, la puerta abierta no había proyectado ninguna luz, por lo que a duras penas
conseguí verle el rostro gracias a las luces del salpicadero. Los neumáticos chirriaron cuando rápidamente aceleró y
dio un volantazo que hizo girar el vehículo hacia los atónitos hombres de la calle antes de dirigirse al norte de la
ciudad. Los vi de refilón cuando se arrojaron al suelo mientras salíamos a toda velocidad en dirección al puerto.

—Ponte el cinturón de seguridad —me ordenó; entonces comprendí que me estaba aferrando al asiento con las dos
manos.

Le obedecí rápidamente. El chasquido al enganchar el cinturón sonó con fuerza en la penumbra. Se desvió a la
izquierda para avanzar a toda velocidad, salt√°ndose varias se√Īales de stop sin detenerse.

Pero me sentía totalmente segura y, por el momento, daba igual adonde fuéramos. Le miré con profundo alivio, un
alivio que iba más allá de mi repentina liberación. Estudié las facciones perfectas del rostro de Edward a la escasa


luz del salpicadero, esperando a recuperar el aliento, hasta que me pareció que su expresión reflejaba una ira
homicida.

¬ó ¬ŅEst√°s enfadado conmigo? ¬óle pregunt√©, sorprendida de lo ronca que son√≥ mi voz.

—No —respondió tajante, pero su tono era de furia.

Me quedé en silencio, contemplando su cara mientras él miraba al frente con unos ojos rojos como brasas, hasta que
el coche se detuvo de repente. Miré alrededor, pero estaba demasiado oscuro para ver otra cosa que no fuera la vaga
silueta de los √°rboles en la cuneta de la carretera. Ya no est√°bamos en la ciudad.

¬ó ¬ŅBella? ¬ópregunt√≥ con voz tensa y mesurada.

¬ó ¬ŅS√≠?

Mi voz a√ļn sonaba ronca. Intent√© aclararme la garganta en silencio.

¬ó ¬ŅEst√°s bien?

A√ļn no me hab√≠a mirado, pero la rabia de su cara era evidente.

—Sí —contesté con voz ronca.

—Distráeme, por favor —ordenó.

¬óPerdona, ¬Ņqu√©?

Suspiró con acritud.

—Limítate a charlar de cualquier cosa insustancial hasta que me calme —aclaró mientras cerraba los ojos y se
pellizcaba el puente de la nariz con los dedos pulgar e índice.

¬óEh... ¬óme estruj√© los sesos en busca de alguna trivialidad¬ó. Ma√Īana antes de clase voy a atropellar a Tyler
Crowley.

Edward siguió con los ojos cerrados, pero curvó la comisura de los labios.

¬ó ¬ŅPor qu√©?

—Va diciendo por ahí que me va a llevar al baile de promoción... O está loco o intenta hacer olvidar que casi me
mata cuando... Bueno, t√ļ lo recuerdas, y cree que la promoci√≥n es la forma adecuada de hacerlo. Estaremos en paz
si pongo en peligro su vida y ya no podr√° seguir intentando enmendarlo. No necesito enemigos, y puede que Lauren
se apacig√ľe si Tyler me deja tranquila. Aunque tambi√©n podr√≠a destrozarle el Sentra. No podr√° llevar a nadie al baile
de fin de curso si no tiene coche... —proseguí.

—Estaba enterado —sonó algo más sosegado.

¬ó ¬ŅS√≠? ¬ópregunt√© incr√©dula; mi irritaci√≥n previa se enardeci√≥¬ó. Si est√° paral√≠tico del cuello para abajo, tampoco
podrá ir al baile de fin de curso —musité, refinando mi plan.

Edward suspiró y al fin abrió los ojos.

¬ó ¬ŅEst√°s bien?

¬óEn realidad, no.

Esperé, pero no volvió a hablar. Reclinó la cabeza contra el asiento y miró el techo del Volvo. Tenía el rostro rígido.

¬ó ¬ŅQu√© es lo que pasa? ¬óinquir√≠ con un hilo de voz.

¬óA veces tengo problemas con mi genio, Bella.

También él susurraba, y no dejaba de mirar por la ventana mientras lo hacía, con los ojos entrecerrados.

—Pero no me conviene dar media vuelta y dar caza a esos... —no terminó la frase, desvió la mirada y volvió a
luchar por controlar la rabia. Luego, continuó—: Al menos, eso es de lo que me intento convencer.

¬óAh.

La palabra parecía inadecuada, pero no se me ocurría una respuesta mejor. De nuevo permanecimos sentados en
silencio. Miré el reloj del salpicadero, que marcaba las seis y media pasadas.

—Jessica y Angela se van a preocupar —murmuré—. Iba a reunirme con ellas.

Arrancó el motor sin decir nada más, girando con suavidad y regresando rápidamente hacia la ciudad. Siguió
conduciendo a gran velocidad cuando estuvimos bajo las lámparas, sorteando con facilidad los vehículos más lentos
que cruzaban el paseo marítimo. Aparcó en paralelo al bordillo en un espacio que yo habría considerado demasiado
peque√Īo para el Volvo, pero √©l lo encaj√≥ sin esfuerzo al primer intento. Mir√© por la ventana en busca de las luces de
La Bella Italia. Jess y Angela acababan de salir y se alejaban caminando con rapidez.

¬ó ¬ŅC√≥mo sab√≠as d√≥nde...? ¬ócomenc√©, pero luego me limit√© a sacudir la cabeza. O√≠ abrirse la puerta y me gir√© para
verle salir.

¬ó ¬ŅQu√© haces?

¬óLlevarte a cenar.

Sonrió levemente, pero la mirada continuaba siendo severa. Se alejó del coche y cerró de un portazo. Me peleé con
el cinturón de seguridad y me apresuré a salir también del coche. Me esperaba en la acera y habló antes de que
pudiera despegar los labios.

—Detén a Jessica y Angela antes de que también deba buscarlas a ellas. Dudo que pudiera volver a contenerme si
me tropiezo otra vez con tus amigos.

Me estremecí ante el tono amenazador de su voz.


— ¡Jess, Angela! —les grité, saludando con el brazo cuando se volvieron. Se apresuraron a regresar. El manifiesto
alivio de sus rostros se convirtió en sorpresa cuando vieron quién estaba a mi lado. A unos metros de nosotros,
vacilaron.

¬ó ¬ŅD√≥nde has estado? ¬ópregunt√≥ Jessica con suspicacia.

—Me perdí —admití con timidez—, y luego me encontré con Edward.

Le se√Īal√© con un gesto.

¬ó ¬ŅOs importar√≠a que me uniera a vosotras? ¬ópregunt√≥ con voz sedosa e irresistible. Por sus rostros estupefactos
supe que él nunca antes había empleado a fondo sus talentos con ellas.

—Eh, sí, claro —musitó Jessica.

—De hecho —confesó Angela—, Bella, lo cierto es que ya hemos cenado mientras te esperábamos... Perdona.

—No pasa nada —me encogí de hombros—. No tengo hambre.

—Creo que deberías comer algo —intervino Edward en voz baja, pero autoritaria. Buscó a Jessica con la mirada y le
habl√≥ un poco m√°s alto¬ó: ¬ŅOs importa que lleve a Bella a casa esta noche? As√≠, no tendr√©is que esperar mientras
cena.

¬óEh, supongo que no... hay problema...

Jess se mordi√≥ el labio en un intento de deducir por mi expresi√≥n si era eso lo que yo quer√≠a. Le gui√Ī√© un ojo. Nada
deseaba más que estar a solas con mi perpetuo salvador. Había tantas preguntas con las que no le podía bombardear
mientras no estuviéramos solos...

¬óDe acuerdo ¬óAngela fue m√°s r√°pida que Jessica¬ó. Os vemos ma√Īana, Bella, Edward...

Tomó la mano de Jessica y la arrastró hacia el coche, que pude ver un poco más lejos, aparcado en First Street.
Cuando entraron, Jess se volvió y me saludó con la mano. Por su rostro supe que se moría de curiosidad. Le devolví
el saludo y esperé a que se alejaran antes de volverme hacia Edward.

—De verdad, no tengo hambre —insistí mientras alzaba la mirada para estudiar su rostro. Su expresión era
inescrutable.

¬óCompl√°ceme.

Se dirigió hasta la puerta del restaurante y la mantuvo abierta con gesto obstinado. Evidentemente, no había
discusión posible. Pasé a su lado y entré con un suspiro de resignación.

Era temporada baja para el turismo en Port Angeles, por lo que el restaurante no estaba lleno. Comprendí el brillo de
los ojos de nuestra anfitriona mientras evaluaba a Edward. Le dio la bienvenida con un poco m√°s de entusiasmo del
necesario. Me sorprendió lo mucho que me molestó. Me sacaba varios centímetros y era rubia de bote.

¬ó ¬ŅTienen una mesa para dos? ¬ópregunt√≥ Edward con voz tentadora, lo pretendiese o no.

Vi cómo los ojos de la rubia se posaban en mí y luego se desviaban, satisfecha por mi evidente normalidad y la falta
de contacto entre Edward y yo. Nos condujo a una gran mesa para cuatro en el centro de la zona m√°s concurrida del
comedor.

Estaba a punto de sentarme cuando Edward me indicó lo contrario con la cabeza.

¬ó ¬ŅTiene, tal vez, algo m√°s privado? ¬óinsisti√≥ con voz suave a la anfitriona. No estaba segura, pero me pareci√≥
que le entregaba discretamente una propina. No había visto a nadie rechazar una mesa salvo en las viejas películas.

—Naturalmente —parecía tan sorprendida como yo. Se giró y nos condujo alrededor de una mampara hasta llegar a
una sala de reservados¬ó. ¬ŅAlgo como esto?

¬óPerfecto.

Le dedic√≥ una centelleante sonrisa a la due√Īa, dej√°ndola moment√°neamente deslumbrada.

—Esto... —sacudió la cabeza, bizqueando—. Ahora mismo les atiendo.

Se alejó caminando con paso vacilante.

—De veras, no deberías hacerle eso a la gente —le critiqué—. Es muy poco cortés.

¬ó ¬ŅHacer qu√©?

¬óDeslumbrarla... Probablemente, ahora est√° en la cocina hiperventilando.

Pareció confuso.

¬óOh, venga ¬óle dije un poco dubitativa¬ó. Tienes que saber el efecto que produces en los dem√°s.

Ladeó la cabeza con los ojos llenos de curiosidad.

¬ó ¬ŅLos deslumbro?

¬ó ¬ŅNo te has dado cuenta? ¬ŅCrees que todos ceden con tanta facilidad?

Ignoró mis preguntas.

¬ó ¬ŅTe deslumbro a ti?

—Con frecuencia —admití.

Entonces llegó la camarera, con rostro expectante. La anfitriona había hecho mutis por el foro definitivamente, y la
nueva chica no parecía decepcionada. Se echó un mechón de su cabello negro detrás de la oreja, y sonrió con
innecesaria calidez.

¬óHola. Me llamo Amber y voy a atenderles esta noche. ¬ŅQu√© les pongo de beber?


No pasé por alto que sólo se dirigía a él. Edward me miró.

¬óVoy a tomar una CocaCola.

Pareció una pregunta.

—Dos —dijo él.

—Enseguida las traigo —le aseguró con otra sonrisa innecesaria, pero él no lo vio, porque me miraba a mí.

¬ó ¬ŅQu√© pasa? ¬óle pregunt√© cuando se fue la camarera. Ten√≠a la mirada fija en mi rostro.

¬ó ¬ŅC√≥mo te sientes?

—Estoy bien —contesté, sorprendida por la intensidad.

¬ó ¬ŅNo tienes mareos, ni fr√≠o, ni malestar...? y

¬ó ¬ŅDeber√≠a?

Se rió entre dientes ante la perplejidad de mi respuesta.

¬óBueno, de hecho esperaba que entraras en estado de shock.

Su rostro se contrajo al esbozar aquella perfecta sonrisa de picardía.

—Dudo que eso vaya a suceder —respondí después de tomar aliento—. Siempre se me ha dado muy bien reprimir
las cosas desagradables.

—Da igual, me sentiré mejor cuando hayas tomado algo de glucosa y comida.

La camarera apareció con nuestras bebidas y una cesta de colines en ese preciso momento. Permaneció de espaldas a
mí mientras las colocaba sobre la mesa.

¬ó ¬ŅHan decidido qu√© van a pedir? ¬ópregunt√≥ a Edward.

¬ó ¬ŅBella? ¬óinquiri√≥ √©l.

Ella se volvi√≥ hacia m√≠ a rega√Īadientes. Eleg√≠ lo primero que vi en el men√ļ.

—Eh... Tomaré el ravioli de setas.

¬ó ¬ŅY usted?

Se volvió hacia Edward con una sonrisa.

—Nada para mí —contestó.

No, por supuesto que no.

—Si cambia de opinión, hágamelo saber.

La sonrisa coqueta seguía ahí, pero él no la miraba y la camarera se marchó descontenta.

—Bebe —me ordenó.

Al principio, di unos sorbitos a mi refresco obedientemente; luego, bebí a tragos más largos, sorprendida de la sed
que tenía. Comprendí que me la había terminado toda cuando Edward empujó su vaso hacia mí.

¬óGracias ¬ómurmur√©, a√ļn sedienta.

El frío del refresco se extendió por mi pecho y me estremecí.

¬ó ¬ŅTienes fr√≠o?

—Es sólo la Coca—Cola —le expliqué mientras volvía a estremecerme.

¬ó ¬ŅNo tienes una cazadora? ¬óme reproch√≥.

—Sí —miré a la vacía silla contigua y caí en la cuenta—. Vaya, me la he dejado en el coche de Jessica.

Edward se quitó la suya. No podía apartar los ojos de su rostro, simplemente. Me concentré para obligarme a
hacerlo en ese momento. Se estaba quitando su cazadora de cueto beis debajo de la cual llevaba un suéter de cuello
vuelto que se ajustaba muy bien, resaltando lo musculoso que era su pecho.

Me entregó su cazadora y me interrumpió mientras me lo comía con los ojos.

¬óGracias ¬ódije nuevamente mientas deslizaba los brazos en su cazadora.

La prenda estaba helada, igual que cuando me pon√≠a mi ropa a primera hora de la ma√Īana, colgada en el vest√≠bulo,
en el que hay mucha corriente de aire. Tirité otra vez. Tenía un olor asombroso. Lo olisqueé en un intento de
identificar aquel delicioso aroma, que no se parecía a ninguna colonia. Las mangas eran demasiado largas y las eché
hacia atr√°s para tener libres las manos.

—Tu piel tiene un aspecto encantador con ese color azul —observó mientras me miraba. Me sorprendió y bajé la
vista, sonrojada, por supuesto.

Empujó la cesta con los colines hacia mí.

—No voy a entrar en estado de shock, de verdad —protesté.

¬óPues deber√≠as, una persona normal lo har√≠a, y t√ļ ni siquiera pareces alterada.

Daba la impresión de estar desconcertado. Me miró a los ojos y vi que los suyos eran claros, más claros de lo que
anteriormente los había visto, de ese tono dorado que tiene el sirope de caramelo.

—Me siento segura contigo —confesé, impelida a decir de nuevo la verdad. ,

Aquello le desagrad√≥ y frunci√≥ su frente de alabastro. Ce√Īudo, sacudi√≥ la cabeza y murmur√≥ para s√≠:

¬óEsto es m√°s complicado de lo que pensaba.

Tomé un colín y comencé a mordisquearlo por un extremo, evaluando su expresión. Me pregunté cuándo sería el
momento oportuno para empezar a interrogarle.


—Normalmente estás de mejor humor cuando tus ojos brillan —comenté, intentando distraerle de cualquiera que
fuera el pensamiento que le había dejado triste y sombrío. Atónito, me miró.

¬ó ¬ŅQu√©?

—Estás de mal humor cuando tienes los ojos negros. Entonces, me lo veo venir —continué—. Tengo una teoría al
respecto.

Entrecerró los ojos y dijo:

¬ó ¬ŅM√°s teor√≠as?

¬óAja.

Mastiqué un colín al tiempo que intentaba parecer indiferente.

¬óEspero que esta vez seas m√°s creativa, ¬Ņo sigues tomando ideas de los tebeos?

La imperceptible sonrisa era burlona, pero la mirada se mantuvo severa.

—Bueno, no. No la he sacado de un tebeo, pero tampoco me la he inventado—confesé.

¬ó ¬ŅY? ¬óme incit√≥ a seguir, pero en ese momento la camarera apareci√≥ detr√°s de la mampara con mi comida.

Me di cuenta de que, inconscientemente, nos habíamos ido inclinando cada vez más cerca uno del otro, ya que
ambos nos erguimos cuando se aproximó. Dejó el plato delante de mí —tenía buena pinta— y rápidamente se
volvió hacia Edward para preguntarle:

¬ó ¬ŅHa cambiado de idea? ¬ŅNo hay nada que le pueda ofrecer?

Capté el doble significado de sus palabras.

—No, gracias, pero estaría bien que nos trajera algo más de beber.

√Čl se√Īal√≥ los vasos vac√≠os que yo ten√≠a delante con su larga mano blanca.

¬óClaro.

Quitó los vasos vacíos y se marchó.

¬ó ¬ŅQu√© dec√≠as?

—Te lo diré en el coche. Si... —hice una pausa.

¬ó ¬ŅHay condiciones?

Su voz sonó ominosa. Enarcó una ceja.

¬óTengo unas cuantas preguntas, por supuesto.

¬óPor supuesto.

La camarera regresó con dos vasos de CocaCola. Los dejó sobre la mesa sin decir nada y se marchó de nuevo. Tomé
un sorbito.

¬óBueno, adelante ¬óme inst√≥, a√ļn con voz dura.

Comencé por la pregunta menos exigente. O eso creía.

¬ó ¬ŅPor qu√© est√°s en Port Angeles?

Baj√≥ la vista y cruz√≥ las manos alargadas sobre la mesa muy despacio para luego mirarme a trav√©s de las pesta√Īas
mientras aparecía en su rostro el indicio de una sonrisa afectada.

¬óSiguiente pregunta.

—Pero ésa es la más fácil —objeté.

—La siguiente —repitió.

Frustrada, bajé los ojos. Moví los platos, tomé el tenedor, pinché con cuidado un ravioli y me lo llevé a la boca con
deliberada lentitud, pensando al tiempo que masticaba. Las setas estaban muy ricas. Tragué y bebí otro sorbo de mi
refresco antes de levantar la vista.

—En tal caso, de acuerdo —le miré y proseguí lentamente—. Supongamos que, hipotéticamente, alguien es capaz
de... saber qué piensa la gente, de leer sus mentes, ya sabes, salvo unas cuantas excepciones.

—Sólo una excepción —me corrigió—, hipotéticamente.

—De acuerdo entonces, una sola excepción.

Me estremecí cuando me siguió el juego, pero intenté parecer despreocupada.

¬ó ¬ŅC√≥mo funciona? ¬ŅQu√© limitaciones tiene? ¬ŅC√≥mo podr√≠a ese alguien... encontrar a otra persona en el momento
adecuado? ¬ŅC√≥mo sabr√≠a que ella est√° en un apuro?

¬ó ¬ŅHipot√©ticamente?

¬óBueno, si... ese alguien...

—Supongamos que se llama Joe —sugerí.

Esbozó una sonrisa seca.

—En ese caso, Joe. Si Joe hubiera estado atento, la sincronización no tendría por qué haber sido tan exacta —negó
con la cabeza y puso los ojos en blanco¬ó¬ó. S√≥lo t√ļ podr√≠as meterte en l√≠os en un sitio tan peque√Īo. Destrozar√≠as
las estadísticas de delincuencia para una década, ya sabes.

—Estamos hablando de un caso hipotético —le recordé con frialdad.

Se rió de mí con ojos tiernos.

¬óS√≠, cierto ¬óacept√≥¬ó. ¬ŅQu√© tal si la llamamos Jane?


¬Ņ¬óC√≥mo lo supiste? ¬ópregunt√©, incapaz de refrenar mi ansiedad. Comprend√≠ que volv√≠a a inclinarme hacia √©l.

Pareci√≥ titubear, dividido por alg√ļn dilema interno. Nuestras miradas se encontraron e intu√≠ que en ese preciso
instante estaba tomando la decisión de si decir o no la verdad.

—Puedes confiar en mí, ya lo sabes —murmuré.

Sin pensarlo, estiré el brazo para tocarle las manos cruzadas, pero Edward las retiró levemente y yo hice lo propio
con las mías.

—No sé si tengo otra alternativa —su voz era un susurro—. Me equivoqué. Eres mucho más observadora de lo que
pensaba.

—Creí que siempre tenías razón.

—Así era —sacudió la cabeza otra vez—. Hay otra cosa en la que también me equivoqué contigo. No eres un imán
para los accidentes... Esa no es una clasificación lo suficientemente extensa. Eres un imán para los problemas. Si
hay algo peligroso en un radio de quince kil√≥metros, inexorablemente te encontrar√°. ¬ó ¬ŅTe incluyes en esa
categoría? —Sin ninguna duda.

Su rostro se volvió frío e inexpresivo. Volví a estirar la mano por la mesa, ignorando cuando él retiró levemente las
suyas, para tocar tímidamente el dorso de sus manos con las yemas de los dedos. Tenía la piel fría y dura como una
piedra.

—Gracias —musité con ferviente gratitud—. Es la segunda vez.

Su rostro se suavizó.

¬óNo dejar√°s que haya una tercera, ¬Ņde acuerdo?

Frunc√≠ el ce√Īo, pero asent√≠ con la cabeza. Apart√≥ su mano de debajo de la m√≠a y puso ambas sobre la mesa, pero se
inclinó hacia mí.

—Te seguí a Port Angeles —admitió, hablando muy deprisa—. Nunca antes había intentado mantener con vida a
alguien en concreto, y es mucho más problemático de lo que creía, pero eso tal vez se deba a que se trata de ti. La
gente normal parece capaz de pasar el día sin tantas catástrofes.

Hizo una pausa. Me pregunté si debía preocuparme el hecho de que me siguiera, pero en lugar de eso, sentí un
extra√Īo espasmo de satisfacci√≥n. Me mir√≥ fijamente, pregunt√°ndose tal vez por qu√© mis labios se curvaban en una
involuntaria sonrisa.

¬ó ¬ŅCrees que me hab√≠a llegado la hora la primera vez, cuando ocurri√≥ lo de la furgoneta, y que has interferido en el
destino? —especulé para distraerme.

—Esa no fue la primera vez —replicó con dureza. Lo miré sorprendida, pero él miraba al suelo—. La primera fue
cuando te conocí.

Sentí un escalofrío al oír sus palabras y recordar bruscamente la furibunda mirada de sus ojos negros aquel primer
día, pero lo ahogó la abrumadora sensación de seguridad que sentía en presencia de Edward.

¬ó ¬ŅLo recuerdas? ¬óinquiri√≥ con su rostro de √°ngel muy serio.

—Sí —respondí con serenidad.

—Y aun así estás aquí sentada —comentó con un deje de incredulidad en su voz y enarcó una ceja.

—Sí, estoy aquí... gracias a ti —me callé y luego le incité—. Porque de alguna manera has sabido encontrarme hoy.

Frunció los labios y me miró con los ojos entrecerrados mientras volvía a cavilar. Lanzó una mirada a mi plato, casi
intacto, y luego a mí.

¬óT√ļ comes y yo hablo ¬óme propuso.

Rápidamente saqué del plato otro ravioli con el tenedor, lo hice estallar en mi boca y mastiqué de forma apresurada.

—Seguirte el rastro es más difícil de lo habitual. Normalmente puedo hallar a alguien con suma facilidad siempre
que haya ¬ęo√≠do¬Ľ su mente antes ¬óme mir√≥ con ansiedad y comprend√≠ que me hab√≠a quedado helada. Me obligu√© a
tragar, pinché otro ravioli y me lo metí en la boca.

¬óVigilaba a Jessica sin mucha atenci√≥n... Como te dije, s√≥lo t√ļ puedes meterte en l√≠os en Port Angeles. Al principio
no me di cuenta de que te habías ido por tu cuenta y luego, cuando comprendí que ya no estabas con ellas, fui a
buscarte a la librería que vislumbré en la mente de Jessica. Te puedo decir que sé que no llegaste a entrar y que te
dirigiste al sur. Sabía que tendrías que dar la vuelta pronto, por lo que me limité a esperarte, investigando al azar en
los pensamientos de los viandantes para saber si alguno se había fijado en ti, y saber de ese modo dónde estabas. No
ten√≠a razones para preocuparme, pero estaba extra√Īamente ansioso...

Se sumió en sus pensamientos, mirando fijamente a la nada, viendo cosas que yo no conseguía imaginar.

—Comencé a conducir en círculos, seguía alerta. El sol se puso al fin y estaba a punto de salir y seguirte a pie
cuando... ¬óenmudeci√≥, rechinando los dientes con s√ļbita ira. Se esforz√≥ en calmarse.

¬ó ¬ŅQu√© pas√≥ entonces? ¬ósusurr√©. Edward segu√≠a mirando al vac√≠o por encima de mi cabeza.

¬óO√≠ lo que pensaban ¬ógru√Ī√≥; al torcer el gesto, el labio superior se curv√≥ mostrando sus dientes¬ó, y vi tu rostro
en sus mentes.

De repente, se inclinó hacia delante, con el codo apoyado en la mesa y la mano sobre los ojos. El movimiento fue
tan rápido que me sobresaltó.


—Resultó duro, no sabes cuánto, dejarlos... vivos —el brazo amortiguaba la voz—. Te podía haber dejado ir con
Jessica y Angela, pero temía —admitió con un hilo de voz— que, si me dejabas solo, iría a por ellos.

Permanecí sentada en silencio, confusa, llena de pensamientos incoherentes, con las manos cruzadas sobre el vientre
y recostada lánguidamente contra el respaldo de la silla. El seguía con la mano en el rostro, tan inmóvil que parecía
una estatua tallada.

Finalmente alzó la vista y sus ojos buscaron los míos, rebosando sus propios interrogantes.

¬ó ¬ŅEst√°s lista para ir a casa? ¬ópregunt√≥.

—Lo estoy para salir de aquí —precisé, inmensamente agradecida de que nos quedara una hora larga de coche antes
de llegar a casa juntos. No estaba preparada para despedirme de él.

La camarera apareció como si la hubiera llamado, o estuviera observando.

¬ó ¬ŅQu√© tal todo? ¬ópregunt√≥ a Edward.

¬óDispuestos para pagar la cuenta, gracias.

Su voz era contenida pero m√°s ronca, a√ļn reflejaba la tensi√≥n de nuestra conversaci√≥n. Aquello pareci√≥ acallarla.
Edward alzó la vista, aguardando.

—Claro —tartamudeó—. Aquí la tiene.

La camarera extrajo una carpetita de cuero del bolsillo delantero de su delantal negro y se la entregó.

Edward ya sostenía un billete en la mano. Lo deslizó dentro de la carpetita y se la devolvió de inmediato.

—Quédese con el cambio.

Sonrió, se puso de pie y le imité con torpeza. Ella volvió a dirigirle una sonrisa insinuante.

¬óQue tengan una buena noche.

Edward no apartó los ojos de mí mientras le daba las gracias. Reprimí una sonrisa.

Caminó muy cerca de mí hasta la puerta, pero siguió poniendo mucho cuidado en no tocarme. Recordé lo que
Jessica había dicho de su relación con Mike, y cómo casi habían avanzado hasta la fase del primer beso. Suspiré.
Edward me oyó, y me miró con curiosidad. Yo clavé la mirada en la acera, muy agradecida de que pareciera incapaz
de saber lo que pensaba.

Abrió la puerta del copiloto y la sostuvo hasta que entré. Luego, la cerró detrás de mí con suavidad. Le contemplé
dar la vuelta por la parte delantera del coche, de nuevo sorprendida por el garbo con que se movía. Probablemente
debería haberme habituado a estas alturas, pero no era así. Tenía la sensación de que Edward no era la clase de
persona a la que alguien pueda acostumbrarse.

Una vez dentro, arrancó y puso al máximo la calefacción. Había refrescado mucho y supuse que el buen tiempo se
había terminado, aunque estaba bien caliente con su cazadora, oliendo su aroma cuando creía que no me veía.

Se metió entre el tráfico, aparentemente sin mirar, y fue esquivando coches en dirección a la autopista.

¬óAhora ¬ódijo de forma elocuente¬ó, te toca a ti.



TEORIA



¬ó ¬ŅPuedo hacerte s√≥lo una pregunta m√°s? ¬óimplor√© mientras aceleraba a toda velocidad por la calle desierta. No
parecía prestar atención alguna a la carretera.

Suspiró.

—Una —aceptó. Frunció los labios, que se convirtieron en una línea llena de recelo.

—Bueno... Dijiste que sabías que no había entrado en la librería y que me había dirigido hacia el sur. Sólo me
preguntaba cómo lo sabías.

Desvió la vista a propósito.

¬óPensaba que hab√≠amos pasado la etapa de las evasivas ¬órefunfu√Ī√©.

Casi sonrió.

—De acuerdo. Seguí tu olor —miraba a la carretera, lo cual me dio tiempo para recobrar la compostura. No podía
admitir que ésa fuera una respuesta aceptable, pero la clasifiqué cuidadosamente para estudiarla más adelante.
Intenté retomar el hilo de la conversación. Tampoco estaba dispuesta a dejarle terminar ahí, no ahora que al fin me
estaba explicando cosas.

¬óA√ļn no has respondido a la primera de mis preguntas ¬ódije para ganar tiempo.

Me miró con desaprobación.

¬ó ¬ŅCu√°l?

¬ó ¬ŅC√≥mo funciona lo de leer mentes? ¬ŅPuedes leer la mente de cualquiera en cualquier parte? ¬ŅC√≥mo lo haces?
¬ŅPuede hacerlo el resto de tu familia...?

Me sent√≠ est√ļpida al pedir una aclaraci√≥n sobre una fantas√≠a.

—Has hecho más de una pregunta —puntualizó. Me limité a entrecruzar los dedos y esperar—. Sólo yo tengo esa
facultad, y no puedo oír a cualquiera en cualquier parte. Debo estar bastante cerca. Cuanto más familiar me resulta
esa ¬ęvoz¬Ľ, m√°s lejos soy capaz de o√≠rla, pero aun as√≠, no m√°s de unos pocos kil√≥metros ¬óhizo una pausa con gesto


meditabundo—. Se parece un poco a un enorme hall repleto de personas que hablan todas a la vez. Sólo es un
zumbido, un bisbiseo de voces al fondo, hasta que localizo una voz, y entonces est√° claro lo que piensan... La mayor
parte del tiempo no los escucho, ya que puede llegar a distraer demasiado y así es más fácil parecer normal—
frunci√≥ el ce√Īo al pronunciar la palabra¬ó, y no responder a los pensamientos de alguien antes de que los haya
expresado con palabras

Me miró con ojos enigmáticos.

¬ó ¬ŅPor qu√© crees que no puedes ¬ęo√≠rme¬Ľ? ¬ópregunt√© con curiosidad.

¬óNo lo s√© ¬ómurmur√≥¬ó. Mi √ļnica suposici√≥n es que tal vez tu mente funcione de forma diferente a la de los
demás. Es como si tus pensamientos fluyeran en onda media y yo sólo captase los de frecuencia modulada.

Me sonrió, repentinamente divertido.

¬ó ¬ŅMi mente no funciona bien? ¬ŅSoy un bicho raro?

Esas palabras me preocuparon más de lo previsto, probablemente porque había dado en la diana. Siempre lo había
sospechado, y me avergonzaba tener la confirmación.

—Yo oigo voces en la cabeza y es a ti a quien le preocupa ser un bicho raro —se rió—. No te inquietes, es sólo una
teoría. .. —su rostro se tensó—. Y eso nos trae de vuelta a ti.

Suspir√©. ¬ŅC√≥mo empezar?

—Pensaba que habíamos pasado la etapa de las evasivas —me recordó con dulzura.

Aparté la vista del rostro de Edward por primera vez en un intento de hallar las palabras y vi el indicador de
velocidad.

— ¡Dios santo! —grité—. ¡Ve más despacio!

¬ó ¬ŅQu√© pasa? ¬óse sobresalt√≥, pero el autom√≥vil no desaceler√≥.

— ¡Vas a ciento sesenta! —seguí chillando.

Elche una ojeada de pánico por la ventana, pero estaba demasiado oscuro para distinguir mucho. La carretera sólo
era visible hasta donde alcanzaba la luz de los faros delanteros. El bosque que flanqueaba ambos lados de la
carretera parecía un muro negro, tan duro como un muro de hierro si nos salíamos de la carretera a esa velocidad.

—Tranquilízate, Bella.

Puso los ojos en blanco sin reducir a√ļn la velocidad.

¬ó ¬ŅPretendes que nos matemos? ¬óquise saber.

¬óNo vamos a chocar.

Intenté modular el volumen de mi voz al preguntar:

¬ó ¬ŅPor qu√© vamos tan deprisa?

—Siempre conduzco así —se volvió y me sonrió torciendo la boca.

¬ó ¬°No apartes la vista de la carretera!

—Nunca he tenido un accidente, Bella, ni siquiera me han puesto una multa —sonrió y se acarició varias veces la
frente¬ó. A prueba de radares detectores de velocidad.

¬óMuy divertido ¬óestaba que echaba chispas¬ó. Charlie es polic√≠a, ¬Ņrecuerdas? He crecido respetando las leyes de
tr√°fico. Adem√°s, si nos la pegamos contra el tronco de un √°rbol y nos convertimos en una galleta de Volvo, tendr√°s
que regresar a pie.

¬óProbablemente ¬óadmiti√≥ con una fuerte aunque breve carcajada¬ó, pero t√ļ no ¬ósuspir√≥ y vi con alivio que la
aguja descendía gradualmente hasta los ciento veinte.

¬ó ¬ŅSatisfecha?

¬óCasi.

—Odio conducir despacio —musitó.

¬ó ¬ŅA esto le llamas despacio?

¬óBasta de criticar mi conducci√≥n ¬ódijo bruscamente¬ó, sigo esperando tu √ļltima teor√≠a.

Me mordí el labio. Me miró con ojos inesperadamente amarillos—No me voy a reír —prometió.

¬óTemo m√°s que te enfades conmigo.

¬ó ¬ŅTan mala es?

—Bastante, sí.

Esperó. Tenía la vista clavada en mis manos, por lo que no le pude ver la expresión.

—Adelante —me animó con voz tranquila.

—No sé cómo empezar —admití.

¬ó ¬ŅPor qu√© no empiezas por el principio? Dijiste que no era de tu invenci√≥n.

¬óNo.

¬ó ¬ŅC√≥mo empezaste? ¬ŅCon un libro? ¬ŅCon una pel√≠cula? ¬óme sonde√≥.

—No. Fue el sábado, en la playa —me arriesgué a alzar los ojos y contemplar su rostro. Pareció confundido—. Me
encontré con un viejo amigo de la familia... Jacob Black —proseguí—. Su padre y Charlie han sido amigos desde
que yo era ni√Īa.


A√ļn parec√≠a perplejo.

—Su padre es uno de los ancianos de los quileute —lo examiné con atención. Una expresión helada sustituyó al
desconcierto anterior—. Fuimos a dar un paseo... —evité explicarle todas mis maquinaciones para sonsacar la
historia—, y él me estuvo contando viejas leyendas para asustarme —vacilé—. Me contó una...

¬óContin√ļa.

¬ó... sobre vampiros.

En ese instante me di cuenta de que hablaba en susurros. Ahora no le podía ver la cara, pero sí los nudillos tensos,
convulsos, de las manos en el volante.

¬ó ¬ŅE inmediatamente te acordaste de m√≠?

Seguía tranquilo.

—No. Jacob mencionó a tu familia.

Permaneció en silencio, sin perder de vista la carretera. De repente, me alarmé, preocupada por proteger a Jacob.

¬óS√≥lo cre√≠a que era una superstici√≥n est√ļpida ¬óa√Īad√≠ r√°pidamente¬ó. No esperaba que yo me creyera ni una
palabra —mi comentario no parecía suficiente, por lo que tuve que confesar—: Fue culpa mía. Le obligué a
cont√°rmelo.

¬ó ¬ŅPor qu√©?

—Lauren dijo algo sobre ti... Intentaba provocarme. Un joven mayor de la tribu mencionó que tu familia no acudía a
la reserva, sólo que sonó como si aquello tuviera un significado especial, por lo que me llevé a Jacob a solas y le
enga√Ī√© para que me lo contara ¬óadmit√≠ con la cabeza gacha.

¬ó ¬ŅC√≥mo le enga√Īaste?

—Intenté flirtear un poco... Funcionó mejor de lo que había pensado —la incredulidad llenó mi voz cuando lo
evoqué.

¬óMe gustar√≠a haberlo visto ¬óse ri√≥ entre dientes de forma sombr√≠a¬ó. Y t√ļ me acusas de confundir a la gente...
¬°Pobre Jacob Black!

Me puse colorada como un tomate y contemplé la noche a través de la ventanilla.

¬ó ¬ŅQu√© hiciste entonces? ¬ópregunt√≥ un minuto despu√©s.

—Busqué en Internet.

¬ó ¬ŅY eso te convenci√≥? ¬ósu voz apenas parec√≠a interesada, pero sus manos aferraban con fuerza el volante.

—No. Nada encajaba. La mayoría eran tonterías, y entonces. .. —me detuve.

¬ó ¬ŅQu√©?

—Decidí que no importaba —susurré.

¬ó ¬°¬ŅQue no importaba?! ¬óel tono de su voz me hizo alzar los ojos. La m√°scara tan cuidadosamente urdida se hab√≠a
roto finalmente. Tenía cara de incredulidad, con un leve atisbo de la rabia que yo temía.

¬óNo ¬ódije suavemente¬ó. No me importa lo que seas.

¬ó ¬ŅNo te importa que sea un monstruo? ¬ósu voz reflej√≥ una nota severa y burlona

¬ó ¬ŅQue no sea humano?

¬óNo.

Se calló y volvió a mirar al frente. Su rostro era oscuro y gélido.

—Te has enfadado —suspiré—. No debería haberte dicho nada.

—No —dijo con un tono tan severo como la expresión de su cara—. Prefiero saber qué piensas, incluso cuando lo
que pienses sea una locura.

¬óAs√≠ que, ¬Ņme equivoco otra vez? ¬óle desafi√©.

¬óNo me refiero a eso. ¬ęNo importaba¬Ľ ¬óme cit√≥, apretando los dientes.

¬ó ¬ŅEstoy en lo cierto? ¬ócontest√© con un respingo.

¬ó ¬ŅImporta?

Respiré hondo.

¬óEn realidad, no ¬óhice una pausa¬ó. Siento curiosidad.

Al menos, mi voz sonaba tranquila. De repente, se resignó.

¬ó ¬ŅSobre qu√© sientes curiosidad?

¬ó ¬ŅCu√°ntos a√Īos tienes?

—Diecisiete —respondió de inmediato.

¬ó ¬ŅY cu√°nto hace que tienes diecisiete a√Īos?

Frunció los labios mientras miraba la carretera.

—Bastante —admitió, al fin.

¬óDe acuerdo.

Sonreí, complacida de que al fin fuera sincero conmigo. Sus vigilantes ojos me miraban con más frecuencia que
antes, cuando le preocupaba que entrara en estado de Shock. Esbocé una sonrisa más amplia de estímulo y él
frunci√≥ el ce√Īo.


¬óNo te r√≠as, pero ¬Ņc√≥mo es que puedes salir durante el d√≠a?

En cualquier caso, se rió.

¬óUn mito.

¬ó ¬ŅNo te quema el sol?

¬óUn mito.

¬ó ¬ŅY lo de dormir en ata√ļdes?

—Un mito —vaciló durante un momento y un tono peculiar se filtró en su voz—. No puedo dormir.

Necesité un minuto para comprenderlo.

¬ó ¬ŅNada?

—Jamás —contestó con voz apenas audible.

Se volvió para mirarme con expresión de nostalgia. Sus ojos dorados sostuvieron mi mirada y perdí la oportunidad
de pensar. Me quedé mirándolo hasta que él apartó la vista.

¬óA√ļn no me has formulado la pregunta m√°s importante.

Ahora su voz sonaba severa y cuando me miró otra vez lo hizo con ojos gélidos. Parpadeé, todavía confusa.

¬ó ¬ŅCu√°l?

¬ó ¬ŅNo te preocupa mi dieta? ¬ópregunt√≥ con sarcasmo.

—Ah —musité—, ésa.

¬óS√≠, √©sa ¬óremarc√≥ con voz √°tona¬ó. ¬ŅNo quieres saber si bebo sangre?

Retrocedí.

¬óBueno, Jacob me dijo algo al respecto.

¬ó ¬ŅQu√© dijo Jacob? ¬ópregunt√≥ cansinamente.

—Que no cazabais personas. Dijo que se suponía que vuestra familia no era peligrosa porque sólo dabais caza a
animales.

¬ó ¬ŅDijo que no √©ramos peligrosos?

Su voz fue profundamente escéptica.

—No exactamente. Dijo que se suponía que no lo erais, pero los quileutes siguen sin quereros en sus tierras, sólo por
si acaso.

Miró hacia delante, pero no sabía si observaba o no la carretera.

¬óEntonces, ¬Ņtiene raz√≥n en lo de que no caz√°is personas? ¬ópregunt√©, intentando alterar la voz lo menos posible.

—La memoria de los quileutes llega lejos... —susurró.

Lo acepté como una confirmación.

—Aunque no dejes que eso te satisfaga —me advirtió—. Tienen razón al mantener la distancia con nosotros.

¬óNo comprendo.

—Intentamos... —explicó lentamente—, solemos ser buenos en todo lo que hacemos, pero a veces cometemos
errores. Yo, por ejemplo, al permitirme estar a solas contigo.

¬ó ¬ŅEsto es un error?

Oí la tristeza de mi voz, pero no supe si él también lo había advertido.

—Uno muy peligroso —murmuró.

A continuación, ambos permanecimos en silencio. Observé cómo giraban las luces del coche con las curvas de la
carretera. Se movían con demasiada rapidez, no parecían reales, sino un videojuego. Era consciente de que el
tiempo se me escapaba rápidamente, se me acababa como la carretera que recorríamos, y tuve un miedo espantoso a
no disponer de otra oportunidad para estar con él de nuevo como en este momento, abiertamente, sin muros entre
nosotros. Sus palabras apuntaban hacia un fin y retrocedí ante esa idea. No podía perder ninguno de los minutos que
tenía a su lado.

—Cuéntame más —pedí con desesperación, sin preocuparme de lo que dijera, sólo para oír su voz de nuevo.

Me miró rápidamente, sobresaltado por el cambio que se había operado en mi voz.

¬ó ¬ŅQu√© m√°s quieres saber?

¬óDime por qu√© caz√°is animales en lugar de personas ¬ósuger√≠ con voz a√ļn alterada por la desesperaci√≥n. Tom√©
conciencia de que tenía los ojos llorosos y luché contra el pesar que intentaba apoderarse de mí.

—No quiero ser un monstruo —explicó en voz muy baja.

¬óPero ¬Ņno bastan los animales?

Hizo una pausa.

—No puedo estar seguro, por supuesto, pero yo lo compararía con vivir a base de queso y leche de soja. Nos
llamamos a nosotros mismos vegetarianos, es nuestro peque√Īo chiste privado. No sacia el apetito por completo,
bueno, más bien la sed, pero nos mantiene lo bastante fuertes para resistir... la mayoría de las veces —su voz sonaba
a presagio¬ó. Unas veces es m√°s dif√≠cil que otras. ¬ó ¬ŅTe resulta muy dif√≠cil ahora?

Suspiró.

—Pero ahora no tienes hambre —aseveré con confianza, afirmando, no preguntando.


¬ó ¬ŅQu√© te hace pensar eso?

—Tus ojos. Te dije que tenía una teoría. Me he dado cuenta de que la gente, y los hombres en particular, se enfada
cuando tiene hambre.

Se rió entre dientes.

¬óEres muy observadora, ¬Ņverdad?

No respondí, sólo escuché el sonido de su risa y lo grabé en la memoria.

¬óEste fin de semana estuvisteis cazando, ¬Ņverdad? ¬óquise saber cuando todo se hubo calmado.

—Sí —calló durante un segundo, como si estuviera decidiendo decir algo o no—. No quería salir, pero era
necesario. Es un poco m√°s f√°cil estar cerca de ti cuando no tengo sed.

¬ó ¬ŅPor qu√© no quer√≠as marcharte?

—El estar lejos de ti me pone... ansioso —su mirada era amable e intensa; y me estremecí hasta la médula—. No
bromeaba cuando te pedí que no te cayeras al mar o te dejaras atropellar el jueves pasado. Estuve abstraído todo el
fin de semana, preocupándome por ti, y después de lo acaecido esta noche, me sorprende que hayas salido indemne
del fin de semana —movió la cabeza; entonces recordó algo—. Bueno, no del todo.

¬ó ¬ŅQu√©?

—Tus manos —me recordó.

Observé las palmas de mis manos y las rasgaduras casi curadas de los pulpejos. A Edward no se le escapaba nada.

—Me caí —reconocí con un suspiro.

¬óEso es lo que pens√© ¬ólas comisuras de sus labios se curvaron¬ó. Supongo que, siendo t√ļ, pod√≠a haber sido mucho
peor, y esa posibilidad me atormentó mientras duró mi ausencia. Fueron tres días realmente largos y la verdad es
que puse a Emmett de los nervios.

Me sonrió compungido.

¬ó ¬ŅTres d√≠as? ¬ŅNo acabas de regresar hoy?

¬óNo, volvimos el domingo.

¬óEntonces, ¬Ņpor qu√© no fuisteis ninguno de vosotros al instituto?

Estaba frustrada, casi enfadada, al pensar el gran chasco que me había llevado a causa de su ausencia.

¬óBueno, me has preguntado si el sol me da√Īa, y no lo hace, pero no puedo salir a la luz del d√≠a... Al menos, no
donde me pueda ver alguien.

¬ó ¬ŅPor qu√©?

—Alguna vez te lo mostraré —me prometió.

Pensé en ello durante un momento.

—Me podías haber llamado —decidí.

Se quedó confuso.

—Pero sabía que estabas a salvo.

—Pero yo no sabía dónde estabas. Yo... —vacilé y entorné los ojos.

¬ó ¬ŅQu√©? ¬óme impeli√≥ con voz arrulladora.

—Me disgusta no verte. También me pone ansiosa.

Me sonrojé al decirlo en voz alta. Se quedó quieto y alzó la vista con aprensión. Observé su expresión apenada.

—Ay —gimió en voz baja—, eso no está bien.

No comprend√≠ esa respuesta. ¬ŅQu√© he dicho?

¬ó ¬ŅNo lo ves, Bella? De todas las cosas en que te has visto involucrada, es una de las que me hace sentir peor ¬ófij√≥
los ojos en la carretera abruptamente; habló a borbotones, a tal velocidad que casi no lo comprendí—. No quiero oír
que te sientas así —dijo con voz baja, pero apremiante—. Es un error. No es seguro. Bella, soy peligroso.
Gr√°batelo, por favor.

¬óNo.

Me esforc√© por no parecer una ni√Īa enfurru√Īada.

¬óHablo en serio ¬ógru√Ī√≥.

—También yo. Te lo dije, no me importa qué seas. Es demasiado tarde.

—Jamás digas eso —espetó con dureza y en voz baja.

Me mordí el labio, contenta de que no supiera cuánto dolía aquello. Contemplé la carretera. Ya debíamos de estar
cerca. Conducía mucho más deprisa.

¬ó ¬ŅEn qu√© piensas? ¬óinquiri√≥ con voz a√ļn ruda.

Me limité á negar con la cabeza, no muy segura de que fuera capaz de hablar.

¬ó ¬ŅEst√°s llorando?

No me había dado cuenta de que la humedad de mis ojos se había desbordado. Rápidamente, me froté la mejilla con
la mano y, efectivamente, allí estaban las lágrimas delatoras, traicionándome.

—No —negué, pero mi voz se quebró.

Le vi extender hacia mí la diestra con vacilación, pero luego se contuvo y lentamente la volvió a poner en el volante.


—Lo siento —se disculpó con voz pesarosa.

Supe que no sólo se estaba disculpando por las palabras que me habían perturbado. La oscuridad se deslizaba a
nuestro lado en silencio.

—Dime una cosa —pidió después de que hubiera transcurrido otro minuto, y le oí controlarse para que su tono fuera
ligero.

¬ó ¬ŅS√≠?

¬óEsta noche, justo antes de que yo doblara la esquina, ¬Ņen qu√© pensabas? No comprend√≠ tu expresi√≥n... No parec√≠as
asustada, sino m√°s bien concentrada al m√°ximo en algo.

—Intentaba recordar cómo incapacitar a un atacante, ya sabes. .. autodefensa. Le iba a meter la nariz en el cerebro a
ese... —pensé en el tipo moreno con una oleada de odio.

¬ó ¬ŅIbas a luchar contra ellos? ¬óeso le perturb√≥¬ó. ¬ŅNo pensaste en correr?

—Me caigo mucho cuando corro —admití.

¬ó ¬ŅY en chillar?

¬óEstaba a punto de hacerlo.

Sacudió la cabeza.

—Tienes razón. Definitivamente, estoy luchando contra el destino al intentar mantenerte con vida.

Suspiré. Al traspasar los límites de Forks fuimos más despacio. El viaje le había llevado menos de veinte minutos.

¬ó ¬ŅTe ver√© ma√Īana? ¬óquise saber.

—Sí. También he de entregar un trabajo —me sonrió—. Te reservaré un asiento para almorzar.

Despu√©s de todo lo que hab√≠amos pasado aquella noche, era una tonter√≠a que esa peque√Īa promesa me causara tal
excitación y me impidiera articular palabra.

Estábamos enfrente de la casa de Charlie. Las luces estaban encendidas y mi coche en su sitio. Todo parecía
absolutamente normal. Era como despertar de un sue√Īo. Detuvo el veh√≠culo, pero no me mov√≠.

¬ó ¬ŅMe prometes estar ah√≠ ma√Īana?

¬óLo prometo.

Sopesé la respuesta durante unos instantes y luego asentí con la cabeza. Me quité la cazadora después de olería por
√ļltima vez.

¬óTe la puedes quedar... No tienes una para ma√Īana ¬óme record√≥.

Se la devolví.

¬óNo quiero tener que explic√°rselo a Charlie.

¬óAh, de acuerdo.

Esbozó una amplia sonrisa. Con la mano en la manivela, vacilé mientras intentaba prolongar el momento.

¬ó ¬ŅBella? ¬ódijo en tono diferente, serio y dubitativo.

¬ó ¬ŅS√≠? ¬óme volv√≠ hacia √©l con demasiada avidez.

¬ó ¬ŅVas a prometerme algo?

¬óS√≠ ¬órespond√≠, y al momento me arrepent√≠ de mi incondicional aceptaci√≥n. ¬ŅQu√© ocurr√≠a si me ped√≠a que me
alejara de él? No podía mantener esa promesa.

¬óNo vayas sola al bosque.

Le miré fijamente, totalmente confusa.

¬ó ¬ŅPor qu√©?

Frunci√≥ el ce√Īo y mir√≥ con severidad por la ventana.

—No soy la criatura más peligrosa que ronda por ahí fuera. Dejémoslo así.

Me estremecí levemente ante su repentino tono sombrío, pero estaba aliviada. Al menos, ésta era una promesa fácil
de cumplir.

¬óLo que t√ļ digas.

¬óNos vemos ma√Īana ¬ósuspir√≥, y supe que deseaba que saliera del coche.

¬óEntonces, hasta ma√Īana.

Abr√≠ la puerta a rega√Īadientes.

¬ó ¬ŅBella?

Me di la vuelta mientras se inclinaba hacía mí, por lo que tuve su espléndido rostro pálido a unos centímetros del
mío. Mi corazón se detuvo.

¬óQue duermas bien ¬ódijo.

Su aliento rozó mi cara, aturdiéndome. Era el mismo exquisito aroma que emanaba de la cazadora, pero de una
forma más concentrada. Parpadeé, totalmente deslumbrada. Edward se alejó.

Fui incapaz de moverme hasta que se me despejó un poco la mente. Entonces salí del coche con torpeza, teniendo
que apoyarme en el marco de la puerta. Creí oírle soltar una risita, pero el sonido fue demasiado bajo para confirmar
que fuera cierto.


Aguardó hasta que llegué a trancas y barrancas a la puerta y entonces oí el sonido del motor del coche. Me volví a
tiempo de contemplar el vehículo plateado desapareciendo detrás de la esquina. Me di cuenta de que hacía mucho
frío.

Tomé la llave de forma maquinal, abrí la puerta y entré. Charlie me llamó desde el cuarto de estar.

¬ó ¬ŅBella?

—Sí, papá, soy yo.

Fui hasta allí. Estaba viendo un partido de baloncesto.

¬óHas vuelto pronto.

¬ó ¬ŅS√≠? ¬óestaba sorprendida.

¬óA√ļn no son ni las ocho ¬óme dijo¬ó. ¬ŅOs hab√©is divertido?

—Sí, nos lo hemos pasado muy bien —la cabeza me dio vueltas al intentar recordar todo el asunto de la salida de
chicas que había planeado—. Las dos encontraron vestidos.

¬ó ¬ŅTe encuentras bien?

—Sólo cansada. He caminado mucho.

—Bueno, quizás deberías acostarte ya.

Parecía preocupado. Me pregunté qué aspecto tendría mi cara.

¬óAntes debo llamar a Jessica.

¬óPero ¬Ņno acabas de estar con ella? ¬ópregunt√≥ sorprendido.

¬óS√≠, pero me dej√© la cazadora en su coche. Quiero asegurarme de que ma√Īana me la trae.

¬óBueno, al menos dale tiempo de llegar a casa.

—Cierto —acepté.

Fui a la cocina y caí exhausta en una silla. Entonces empecé a marearme de verdad. Me pregunté si, después de
todo, no iba a entrar en estado de sbock. ¡Contrólate!, me dije.

El teléfono me sobresaltó cuando sonó de repente. Levanté el auricular de un tirón.

¬ó ¬ŅDiga? ¬ópregunt√© entrecortadamente.

¬ó ¬ŅBella?

¬óHola, Jes. Ahora te iba a llamar.

¬ó ¬ŅEst√°s eh casa?¬ósu voz reflejaba sorpresa y alivio.

¬óS√≠. Me dej√© la cazadora en tu coche. ¬ŅMe la puedes traer ma√Īana?

—Claro, pero ¡dime qué ha pasado! —exigió.

¬óEh, ma√Īana, en Trigonometr√≠a, ¬Ņvale?

Lo pilló al vuelo.

¬óAh, tu padre est√° ah√≠, ¬Ņno?

—Sí, exacto.

¬óDe acuerdo. En ese caso, ma√Īana hablamos ¬ópercib√≠ la impaciencia en su voz¬ó. ¬°Adi√≥s!

—Adiós, Jess.

Subí lentamente las escaleras mientras un profundo sopor me nublaba la mente. Me preparé para irme a la cama sin
prestar atención a lo que hacía. No me percaté de que estaba helada hasta que estuve en la ducha, con el agua —
demasiado caliente— quemándome la piel. Tirité violentamente durante varios minutos; después, el chorro de agua
relaj√≥ mis m√ļsculos agarrotados. Luego, sumamente cansada para moverme, permanec√≠ en la ducha hasta que se
acabó el agua caliente.

Salí a trompicones y envolví mi cuerpo con una toalla en un intento de conservar el calor del agua para que no
regresaran las dolorosas tiritonas. Rápidamente me puse el pijama. Me acurruqué debajo de la colcha,
avovillándome como una pelota, abrazándome, para conservar el calor. Me estremecí varias veces.

La cabeza me seguía dando vueltas, llena de imágenes que no lograba comprender y algunas otras que intentaba
reprimir. Al principio, no ten√≠a nada claro, pero cuando gradualmente me fui acercando al sue√Īo, se me hicieron
evidentes algunas certezas.

Estaba totalmente segura de tres cosas. Primera, Edward era un vampiro. Segunda, una parte de él, y no sabía lo
potente que podía ser esa parte, tenía sed de mi sangre. Y tercera, estaba incondicional e irrevocablemente
enamorada de él.



INTERROGATORIOS



A la ma√Īana siguiente result√≥ muy dif√≠cil discutir con esa parte de m√≠ que estaba convencida de que la noche pasada
hab√≠a sido un sue√Īo. Ni la l√≥gica ni el sentido com√ļn estaban de mi lado. Me aferraba a las partes que no pod√≠an ser
de mi invención, como el olor de Edward. Estaba segura de que algo así jamás hubiera sido producto de mis propios
sue√Īos.


En el exterior, el día era brumoso y oscuro. Perfecto. Edward no tenía razón alguna para no asistir a clase hoy. Me
vestí con ropa de mucho abrigo al recordar que no tenía la cazadora, otra prueba de que mis recuerdos eran reales.

Al bajar las escaleras, descubrí que Charlie ya se había ido. Era más tarde de lo que creía. Devoré en tres bocados
una barra de muesli acompa√Īada de leche, que beb√≠ a morro del cart√≥n, y sal√≠ a toda prisa por la puerta. Con un poco
de suerte, no empezaría a llover hasta que hubiera encontrado a Jessica.

Había más niebla de lo acostumbrado, el aire parecía impregnado de humo. Su contacto era gélido cuando se
enroscaba a la piel expuesta del cuello y el rostro. No veía el momento de llegar al calor de mi vehículo. La neblina
era tan densa que hasta que no estuve a pocos metros de la carretera no me percaté de que en ella había un coche, un
coche plateado. Mi corazón latió despacio, vaciló y luego reanudó su ritmo a toda velocidad.

No vi de dónde había llegado, pero de repente estaba ahí, con la puerta abierta para mí.

¬ó ¬ŅQuieres dar una vuelta conmigo hoy? ¬ópregunt√≥, divertido por mi expresi√≥n, sorprendi√©ndome a√ļn
desprevenida.

Percibí incertidumbre en su voz. Me daba a elegir de verdad, era libre de rehusar y una parte de él lo esperaba. Era
una esperanza vana.

—Sí, gracias —acepté e intenté hablar con voz tranquila.

Al entrar en el caluroso interior del coche me di cuenta de que su cazadora color canela colgaba del reposacabezas
del asiento del pasajero. Cerró la puerta detrás de mí y, antes de lo que era posible imaginar, se sentó a mi lado y
arrancó el motor.

—He traído la cazadora para ti. No quiero que vayas a enfermar ni nada por el estilo.

Hablaba con cautela. Me di cuenta de que él mismo no llevaba cazadora, sólo una camiseta gris de manga larga con
cuello de pico. De nuevo, el tejido se adhería a su pecho musculoso. El que apartara la mirada de aquel cuerpo fue
un colosal tributo a su rostro.

¬óNo soy tan delicada ¬ódije, pero me puse la cazadora sobre el vientre e introduje los brazos en las mangas,
demasiado largas, con la curiosidad de comprobar si el aroma podía ser tan bueno como lo recordaba. Era mejor.

¬ó ¬ŅAh, no? ¬óme contradijo en voz tan baja que no estuve segura de si quer√≠a que lo oyera.

El vehículo avanzó a toda velocidad entre las calles cubiertas por los jirones de niebla. Me sentía cohibida. De
hecho, lo estaba. La noche pasada todas las defensas estaban bajas... casi todas. No sabía si seguíamos siendo tan
candidos hoy. Me mordí la lengua y esperé a que hablara él.

Se volvió y me sonrió burlón.

¬ó ¬ŅQu√©? ¬ŅNo tienes veinte preguntas para hoy?

¬ó ¬ŅTe molestan mis preguntas? ¬ópregunt√©, aliviada.

¬óNo tanto como tus reacciones.

Parec√≠a bromear, pero no estaba segura. Frunc√≠ el ce√Īo.

¬ó ¬ŅReaccion√© mal?

—No. Ese es el problema. Te lo tomaste todo demasiado bien, no es natural. Eso me hace preguntarme qué piensas
en realidad.

¬óSiempre te digo lo que pienso de verdad.

—Lo censuras —me acusó.

¬óNo demasiado.

¬óLo suficiente para volverme loco.

—No quieres oírlo —mascullé casi en un susurro.

En cuanto pronuncié esas palabras, me arrepentí de haberlo hecho. El dolor de mi voz era muy débil. Sólo podía
esperar que él no lo hubiera notado.

No me respondió, por lo que me pregunté si le había hecho enfadar. Su rostro era inescrutable mientras entrábamos
en el aparcamiento del instituto. Ya tarde, se me ocurrió algo.

¬ó ¬ŅD√≥nde est√°n tus hermanos? ¬ópregunt√©, muy contenta de estar a solas con √©l, pero recordando que
habitualmente ese coche iba lleno.

—Han ido en el coche de Rosalie —se encogió de hombros mientras aparcaba junto a un reluciente descapotable
rojo con la capota levantada¬ó. Ostentoso, ¬Ņverdad?

¬óEh... ¬°Caramba! ¬ómusit√©¬ó. Si ella tiene esto, ¬Ņpor qu√© viene contigo?

¬óComo te he dicho, es ostentoso. Intentamos no desentonar.

—No tenéis éxito. —Me reí y sacudí la cabeza mientras salíamos del coche. Ya no llegábamos tarde; su alocada
conducci√≥n me hab√≠a tra√≠do a la escuela con tiempo de sobra¬ó. Entonces, ¬Ņpor qu√© ha conducido Rosalie hoy si es
m√°s ostentoso?

¬ó ¬ŅNo lo has notado? Ahora, estoy rompiendo todas las reglas.

Se reunió conmigo delante del coche y permaneció muy cerca de mí mientras caminábamos hacia el campus. Quería
acortar esa peque√Īa distancia, extender la mano y tocarle, pero tem√≠a que no fuera de su agrado.

¬ó ¬ŅPor qu√© todos vosotros ten√©is coches como √©sos si quer√©is pasar desapercibidos? ¬óme pregunt√© en voz alta.


—Un lujo —admitió con una sonrisa traviesa—. A todos nos gusta conducir deprisa.

—Me cuadra —musité.

Con los ojos a punto de salirse de sus órbitas, Jessica estaba esperando debajo del saliente del tejado de la cafetería.
Sobre su brazo, bendita sea, estaba mi cazadora.

¬óEh, Jessica ¬ódije cuando estuvimos a pocos pasos¬ó. Gracias por acordarte.

Me la entregó sin decir nada.

—Buenos días, Jessica —la saludó amablemente Edward. No tenía la culpa de que su voz fuera tan irresistible ni de
lo que sus ojos eran capaces de obrar.

—Eh... Hola —posó sus ojos sobre mí, intentando reunir sus pensamientos dispersos—. Supongo que te veré en
Trigonometría.

Me dirigi√≥ una mirada elocuente y reprim√≠ un suspiro. ¬ŅQu√© demonios iba a decirle?

—Sí, allí nos vemos.

Se alejó, deteniéndose dos veces para mirarnos por encima del hombro.

¬ó ¬ŅQu√© le vas a contar? ¬ómurmur√≥ Edward.

— ¡Eh! ¡Creía que no podías leerme la mente! —susurré.

—No puedo —dijo, sobresaltado. La comprensión relució en los ojos de Edward—, pero puedo leer la suya. Te va a
tender una emboscada en clase.

Gemí mientras me quitaba su cazadora y se la entregaba para reemplazarla por la mía. La dobló sobre su brazo.

¬óBueno, ¬Ņqu√© le vas a decir?

¬óUna ayudita ¬ósupliqu√©¬ó, ¬Ņqu√© quiere saber?

Edward negó con la cabeza y esbozó una sonrisa malévola.

¬óEso no es elegante.

¬óNo, lo que no es elegante es que no compartas lo que sabes.

Lo estuvo reflexionando mientras and√°bamos. Nos detuvimos en la puerta de la primera clase.

—Quiere saber si nos estamos viendo a escondidas, y también qué sientes por mí —dijo al final.

¬ó ¬°Oh, no! ¬ŅQu√© debo decirle?

Intenté mantener la expresión más inocente. La gente pasaba a nuestro lado de camino a clase, probablemente
mirando, pero apenas era consciente de su presencia.

—Humm —hizo una pausa para atrapar un mechón suelto que se había escapado del nudo de mi coleta y lo colocó
en su lugar. Mi corazón resopló de hiperactividad—. Supongo que, si no te importa, le puedes decir que sí a lo
primero... Es más fácil que cualquier otra explicación.

¬óNo me importa ¬ódije con un hilo de voz.

—En cuanto a la pregunta restante... Bueno, estaré a la escucha para conocer la respuesta.

Curvó una de las comisuras de la boca al esbozar mi sonrisa picara predilecta. Se dio la vuelta y se alejó.

—Te veré en el almuerzo —gritó por encima del hombro. Las tres personas que traspasaban la puerta se detuvieron
para mirarme.

Colorada e irritada, me apresuré a entrar en clase. ¡Menudo tramposo! Ahora estaba incluso más preocupada sobre
lo que le iba a decir a Jessica. Me senté en mi sitio de siempre al tiempo que lanzaba la cartera contra el suelo con
fastidio.

¬óBuenos d√≠as, Bella ¬óme salud√≥ Mike desde el asiento contiguo. Alc√© la vista para ver el aspecto extra√Īo y
resignado de su rostro. ¬ŅC√≥mo te fue en Port Angeles?

—Fue... —no había una forma sincera de resumirlo—. Estuvo genial —concluí sin convicción——. Jessica
consiguió un vestido estupendo.

¬ó ¬ŅDijo algo de la noche del lunes? ¬ópregunt√≥ con los ojos relucientes. Sonre√≠ ante el giro que hab√≠a tomado la
conversación.

—Dijo que se lo había pasado realmente bien —le confirmé.

¬ó ¬ŅSeguro? ¬ódijo con avidez.

—Segurísimo.

Entonces, el se√Īor Mas√≥n llam√≥ al orden a la clase y nos pidi√≥ que entreg√°semos nuestros trabajos. Lengua e
Historia se pasaron de forma borrosa, mientras yo seguía preocupada sobre la forma en que iba a explicarle las
cosas a Jessica. Me iba costar muchísimo si Edward estaba escuchando lo que decía a través de los pensamientos de
Jessica. ¬°Qu√© inoportuno pod√≠a llegar a ser su peque√Īo don cuando no serv√≠a para salvarme la vida!

La niebla se había disuelto hacia el final de la segunda hora, pero el día seguía oscuro, con nubes bajas y opresivas.
Le sonreí al cielo.

Edward estaba en lo cierto, por supuesto. Jessica se sentaba en la fila de atrás cuando entré en clase de
Trigonometría, casi botando fuera del asiento de pura agitación. Me senté a su lado con renuencia mientras me
intentaba convencer a mí misma de que sería mejor zanjar el asunto lo antes posible.

— ¡Cuéntamelo todo! —me ordenó antes de que me sentara.


¬ó ¬ŅQu√© quieres saber? ¬óintent√© salirme por la tangente.

¬ó ¬ŅQu√© ocurri√≥ anoche?

—Me llevó a cenar y luego me trajo a casa.

Me miró con una forzada expresión de escepticismo.

¬ó ¬Ņ¬óC√≥mo llegaste a casa tan pronto?

¬óConduce como un loco ¬óesperaba que oyera eso¬ó. Fue aterrador.

¬ó ¬ŅFue como una cita? ¬Ņ¬óLe hab√≠as dicho que os reunierais all√≠?

No había pensado en eso.

—No... Me sorprendió mucho verle en Forks.

Contrajo los labios contrariada ante la manifiesta sinceridad de mi voz.

—Pero él te ha recogido hoy para traerte a clase... —me sondeó.

—Sí, eso también ha sido una sorpresa. Se dio cuenta de que la noche pasada no tenía la cazadora —le expliqué.

¬óAs√≠ que... ¬Ņvais a salir otra vez?

¬óSe ofreci√≥ a llevarme a Seattle el s√°bado, ya que cree que mi coche no es demasiado fiable. ¬ŅEso cuenta?

—Sí —asintió.

—Bueno, entonces, sí.

—V—a—y—a —magnificó la palabra hasta hacerla de cuatro sílabas—. Edward Cullen.

¬óLo s√© ¬óadmit√≠. ¬ęVaya¬Ľ ni siquiera se acercaba.

¬ó ¬°Aguarda! ¬óalz√≥ las manos con las palmas hacia m√≠ como si estuviera deteniendo el tr√°fico¬ó. ¬ŅTe ha besado?

—No —farfullé—. No es de ésos.

Pareció decepcionada, y estoy segura de que yo también.

¬ó ¬ŅCrees que el s√°bado...? ¬óalz√≥ las cejas.

¬óLo dudo, de verdad.

Oculté muy mal el descontento de mi voz.

¬ó ¬ŅSobre qu√© hablasteis? ¬óme susurr√≥, presion√°ndome en busca de m√°s informaci√≥n. La clase hab√≠a comenzado,
pero el se√Īor Varner no prestaba demasiada atenci√≥n y no √©ramos las √ļnicas que segu√≠amos hablando.

—No sé, Jess, de un montón de cosas —le respondí en susurros—. Hablamos un poco del trabajo de Literatura.

Muy, muy poco, creo que él lo mencionó de pasada.

—Por favor, Bella —imploró—. Dame algunos detalles.

—Bueno... De acuerdo. Tengo uno. Deberías haber visto a la camarera flirteando con él. Fue una pasada, pero él no
le prestó ninguna atención.

A ver qué puede hacer Edward con eso.

¬óEso es buena se√Īal ¬óasinti√≥¬ó. ¬ŅEra guapa?

¬óMucho, y probablemente tendr√≠a diecinueve o veinte a√Īos.

¬óMejor a√ļn. Debes de gustarle.

¬óEso creo, pero resulta dif√≠cil de saber ¬ósuspirando, a√Īad√≠ en beneficio de Edward¬ó. Es siempre tan cr√≠ptico...

—No sé cómo has tenido suficiente valor para estar a solas con él —musitó.

¬ó ¬ŅPor qu√©?

Me sorprendí, pero ella no comprendió mi reacción.

—Intimida tanto... Yo no sabría qué decirle.

Hizo una mueca, probablemente al recordar esta ma√Īana o la pasada noche, cuando √©l emple√≥ la aplastante fuerza de
sus ojos sobre ella.

—Cometo algunas incoherencias cuando estoy cerca de él —admití.

—Oh, bueno. Es increíblemente guapo.

Jessica se encogió de hombros, como si eso excusara cualquier fallo, lo cual, en su opinión, probablemente fuera así.

¬óEl es mucho m√°s que eso.

¬ó ¬ŅDe verdad? ¬ŅComo qu√©?

Quise haberlo dejado correr casi tanto como esperaba que se lo tomara a broma cuando se enterara.

—No te lo puedo explicar ahora, pero es incluso más increíble detrás del rostro.

El vampiro que quería ser bueno, que corría a salvar vidas, ya que así no sería un monstruo... Miré hacia la parte
delantera de la clase.

¬ó ¬ŅEs eso posible?¬ódijo entre risitas.

La ignor√©, intentando aparentar que prestaba atenci√≥n al se√Īor Varner.

¬óEntonces, ¬Ņte gusta?

No se iba a dar por vencida.

—Sí —respondí de forma cortante.

—Me refiero a que si te gusta de verdad —me apremió.

—Sí ——dije de nuevo, sonrojándome.


Esperaba que ese detalle no se registrara en los pensamientos de Jessica. Las respuestas monosil√°bicas le iban a
tener que bastar.

¬ó ¬ŅCu√°nto te gusta?

—Demasiado —le repliqué en un susurro—, más de lo que yo le gusto a él, pero no veo la forma de evitarlo.

Solt√© un suspiro. Un sonrojo enmascar√≥ el siguiente. Entonces, por fortuna, el se√Īor Varner le hizo a Jessica una
pregunta.

No tuvo oportunidad de continuar con el tema durante la clase y en cuanto sonó el timbre inicié una maniobra de
evasión.

—En Lengua, Mike me ha preguntado si me habías dicho algo sobre la noche del lunes —le dije.

¬ó ¬°Est√°s de guasa! ¬°¬ŅQu√© le dijiste?! ¬óexclam√≥ con voz entrecortada, desviada por completo su atenci√≥n del
asunto.

— ¡Dime exactamente qué dijo y cuál fue tu respuesta palabra por palabra!

Nos pasamos el resto del camino diseccionando la estructura de las frases y la mayor parte de la clase de espa√Īol
con una minuciosa descripción de las expresiones faciales de Mike. No hubiera estirado tanto el tema de no ser
porque me preocupaba convertirme de nuevo en el tema de la conversación.

Entonces sonó el timbre del almuerzo. El hecho de que me levantara de un salto de la silla y guardase
precipitadamente los libros en la mochila con expresión animada, debió de suponer un indicio claro para Jessica,
que comentó:

¬óHoy no te vas a sentar con nosotros, ¬Ņverdad?

¬óCreo que no.

No estaba segura de que no fuera a desaparecer inoportunamente otra vez. Pero Edward me esperaba a la salida de
nuestra clase de Espa√Īol, apoyado contra la pared; se parec√≠a a un dios heleno m√°s de lo que nadie deber√≠a tener
derecho. Jessica nos dirigió una mirada, puso los ojos en blanco y se marchó.

—Te veo luego, Bella —se despidió, con una voz llena de implicaciones. Tal vez debería desconectar el timbre del
teléfono.

—Hola —dijo Edward con voz divertida e irritada al mismo tiempo. Era obvio que había estado escuchando.

¬óHola.

No se me ocurrió nada más que decir y él no habló —a la espera del momento adecuado, presumí—, por lo que el
trayecto a la cafetería fue un paseo en silencio. El entrar con Edward en el abigarrado flujo de gente a la hora del
almuerzo se pareció mucho a mi primer día: todos me miraban.

Encabez√≥ el camino hacia la cola, a√ļn sin despegar los labios, a pesar de que sus ojos me miraban cada pocos
segundos con expresión especulativa. Me parecía que la irritación iba venciendo a la diversión como emoción
predominante en su rostro. Inquieta, jugueteé con la cremallera de la cazadora.

Se dirigió al mostrador y llenó de comida una bandeja.

¬ó ¬ŅQu√© haces? ¬óobjet√©¬ó. ¬ŅNo ir√°s a llevarte todo eso para m√≠?

Negó con la cabeza y se adelantó para pagar la comida.

—La mitad es para mí, por supuesto.

Enarqué una ceja.

Me condujo al mismo lugar en el que nos habíamos sentado la vez anterior. En el extremo opuesto de la larga mesa,
un grupo de chicos del √ļltimo curso nos miraron anonadados cuando nos sentamos uno frente a otro. Edward
parecía ajeno a este hecho.

—Toma lo que quieras —dijo, empujando la bandeja hacia mí.

¬óSiento curiosidad ¬ócoment√© mientras eleg√≠a una manzana y la hac√≠a girar entre las manos¬ó, ¬Ņqu√© har√≠as si
alguien te desafiara a comer?

¬óT√ļ siempre sientes curiosidad.

Hizo una mueca y sacudió la cabeza. Me observó fijamente, atrapando mi mirada, mientras alzaba un pedazo de
pizza de la bandeja, se la metía en la boca de una sola vez, la masticaba rápidamente y se la tragaba. Lo miré con los
ojos abiertos como platos.

¬óSi alguien te desaf√≠a a tragar tierra, puedes, ¬Ņverdad? ¬ópregunt√≥ con condescendencia.

Arrugué la nariz.

—Una vez lo hice... en una apuesta —admití—. No fue tan malo.

Se echó a reír.

¬óSupongo que no me sorprende.

Algo por encima de mi hombro pareció atraer su atención.

¬óJessica est√° analizando todo lo que hago. Luego, lo montar√° y desmontar√° para ti.

Empujó hacia mí el resto de la pizza. La mención de Jessica devolvió a su semblante una parte de su antigua
irritación. Dejé la manzana y mordí la pizza, apartando la vista, ya que sabía que Edward estaba a punto de
comenzar.


¬ó ¬ŅDe modo que la camarera era guapa? ¬ópregunt√≥ de forma casual.

¬ó ¬ŅDe verdad que no te diste cuenta?

—No. No prestaba atención. Tenía muchas cosas en la cabeza.

¬óPobre chica.

Ahora podía permitirme ser generosa.

¬óAlgo de lo que le has dicho a Jessica..., bueno..., me molesta.

Se negó a que le distrajera y habló con voz ronca mientras me miraba con ojos de preocupación a través de sus
largas pesta√Īas.

—No me sorprende que oyeras algo que te disgustara. Ya sabes lo que se dice de los cotillas —le recordé.

—Te previne de que estaría a la escucha.

¬óY yo de que t√ļ no querr√≠as saber todo lo que pienso.

—Lo hiciste —concedió, todavía con voz ronca—, aunque no tienes razón exactamente. Quiero saber todo lo que
piensas... Todo. Sólo que desearía que no pensaras algunas cosas.

Frunc√≠ el ce√Īo.

—Esa es una distinción importante.

—Pero, en realidad, ése no es el tema por ahora.

¬óEntonces, ¬Ņcu√°l es?

En ese momento, nos inclin√°bamos el uno hacia el otro sobre la mesa. Su barbilla descansaba sobre las alargadas
manos blancas; me incliné hacia delante apoyada en el hueco de mi mano. Tuve que recordarme a mí misma que
est√°bamos en un comedor abarrotado, probablemente con muchos ojos curiosos fijos en nosotros. Resultaba
demasiado f√°cil dejarse envolver por nuestra propia burbuja privada, peque√Īa y tensa.

¬ó ¬ŅDe verdad crees que te interesas por m√≠ m√°s que yo por ti? ¬ómurmur√≥, inclin√°ndose m√°s cerca mientras
hablaba traspas√°ndome con sus relucientes ojos negros.

Intenté acordarme de respirar. Tuve que desviar la mirada para recuperarme.

—Lo has vuelto a hacer —murmuré.

Abrió los ojos sorprendido.

¬ó ¬ŅEl qu√©?

—Aturdirme —confesé. Intenté concentrarme cuando volví a mirarlo.

¬óAh ¬ófrunci√≥ el ce√Īo.

—No es culpa tuya —suspiré—. No lo puedes evitar.

¬ó ¬ŅVas a responderme a la pregunta?

¬óSi.

¬ó ¬ŅS√≠ me vas a responder o s√≠ lo piensas de verdad?

Se irritó de nuevo.

—Sí, lo pienso de verdad.

Fijé los ojos en la mesa, recorriendo la superficie de falso veteado. El silencio se prolongó.

Con obstinación, me negué a ser la primera en romperlo, luchando con todas mis fuerzas contra la tentación de
atisbar su expresión.

—Te equivocas —dijo al fin con suave voz aterciopelada. Alcé la mirada y vi que sus ojos eran amables.

¬óEso no lo puedes saber ¬ódiscrep√© en un cuchicheo. Negu√© con la cabeza en se√Īal de duda; aunque mi coraz√≥n se
agitó al oír esas palabras, pero no las quise creer con tanta facilidad.

¬ó ¬ŅQu√© te hace pensarlo?

Sus ojos de topacio líquido eran penetrantes, se suponía que intentaban, sin éxito, obtener directamente la verdad de
mi mente.

Le devolví la mirada al tiempo que me esforzaba por pensar con claridad, a pesar de su rostro, para hallar alguna
forma de explicarme. Mientras buscaba las palabras, le vi impacientarse. Empez√≥ a fruncir el ce√Īo, frustrado por mi
silencio. Quité la mano de mi cuello y alcé un dedo.

—Déjame pensar —insistí.

Su expresión se suavizó, ahora satisfecho de que estuviera pensando una respuesta. Dejé caer la mano en la mesa y
moví la mano izquierda para juntar ambas. Las contemplé mientras entrelazaba y liberaba los dedos hasta que al
final hablé:

—Bueno, dejando a un lado lo obvio, en algunas ocasiones... —vacilé—. No estoy segura, yo no puedo leer mentes,
pero algunas veces parece que intentas despedirte cuando est√°s diciendo otra cosa.

No supe resumir mejor la sensación de angustia que a veces me provocaban sus palabras.

—Muy perceptiva —susurró. Y mi angustia surgió de nuevo cuando confirmó mis temores—, aunque por eso es por
lo que te equivocas ¬ócomenz√≥ a explicar, pero entonces entrecerr√≥ los ojos¬ó. ¬ŅA qu√© te refieres con ¬ęlo obvio¬Ľ?


—Bueno, mírame —dije, algo innecesario puesto que ya lo estaba haciendo—. Soy absolutamente normal; bueno,
salvo por todas las situaciones en que la muerte me ha pasado rozando y por ser una in√ļtil de puro torpe. Y m√≠rate a
ti.

Lo se√Īal√© con un gesto de la mano, a √©l y su asombrosa perfecci√≥n. La frente de Edward se crisp√≥ de rabia durante
un momento para suavizarse luego, cuando su mirada adoptó un brillo de comprensión.

—Nadie se ve a sí mismo con claridad, ya sabes. Voy a admitir que has dado en el clavo con los defectos —se rió
entre dientes de forma sombría—, pero no has oído lo que pensaban todos los chicos de esta escuela el día de tu
llegada.

—No me lo creo... —murmuré para mí y parpadeé, atónita.

—Confía en mí por esta vez, eres lo opuesto a lo normal.

Mi verg√ľenza fue mucho m√°s intensa que el placer ante la mirada procedente de sus ojos mientras pronunciaba esas
palabras. Le recordé mi argumento original rápidamente:

—Pero yo no estoy diciendo adiós —puntualicé.

¬ó ¬ŅNo lo ves? Eso demuestra que tengo raz√≥n. Soy quien m√°s se preocupa, porque si he de hacerlo, si dejarlo es lo
correcto —enfatizó mientras sacudía la cabeza, como si luchara contra esa idea—, sufriré para evitar que resultes
herida, para mantenerte a salvo.

Le miré fijamente.

¬ó ¬ŅAcaso piensas que yo no har√≠a lo mismo?

—Nunca vas a tener que efectuar la elección.

Su impredecible estado de ánimo volvió a cambiar bruscamente y una sonrisa traviesa e irresistible le cambió las
facciones.

¬óPor supuesto, mantenerte a salvo se empieza a parecer a un trabajo a tiempo completo que requiere de mi
constante presencia.

—Nadie me ha intentado matar hoy —le recordé, agradecida por abordar un tema más liviano.

No quería que hablara más de despedidas. Si tenía que hacerlo, me suponía capaz de ponerme en peligro a propósito
para retenerlo cerca de mí. Desterré ese pensamiento antes de que sus rápidos ojos lo leyeran en mi cara. Esa idea
me metería en un buen lío.

¬óA√ļn ¬óagreg√≥.

¬óA√ļn ¬óadmit√≠. Se lo hubiera discutido, pero ahora quer√≠a que estuviera a la espera de desastres.

—Tengo otra pregunta para ti ——dijo con rostro todavía despreocupado.

¬óDispara.

¬ó ¬ŅTienes que ir a Seattle este s√°bado de verdad o es s√≥lo una excusa para no tener que dar una negativa a tus
admiradores?

Hice una mueca ante ese recuerdo.

¬óTodav√≠a no te he perdonado por el asunto de Tyler, ya sabes ¬óle previne¬ó. Es culpa tuya que se haya enga√Īado
hasta creer que le voy a acompa√Īar al baile de gala.

—Oh, hubiera encontrado la ocasión para pedírtelo sin mi ayuda. En realidad, sólo quería ver tu cara —se rió entre
dientes. Me hubiera enfadado si su risa no hubiera sido tan fascinante. Sin dejar de hacerlo, me preguntó—: Si te lo
hubiera pedido, ¬Ņme hubieras rechazado?

—Probablemente, no —admití—, pero lo hubiera cancelado después, alegando una enfermedad o un tobillo torcido.

Se qued√≥ extra√Īado.

¬ó ¬ŅPor qu√©?

Moví la cabeza con tristeza.

¬óSupongo que nunca me has visto en gimnasia, pero cre√≠a que t√ļ lo entender√≠as.

¬ó ¬ŅTe refieres al hecho de que eres incapaz de caminar por una superficie plana y estable sin encontrar algo con lo
que tropezar?

¬óObviamente.

—Eso no sería un problema —estaba muy seguro—. Todo depende de quién te lleve al bailar —vio que estaba a
punto de protestar y me cort√≥¬ó. Pero a√ļn no me has contestado... ¬ŅEst√°s decidida a ir a Seattle o te importar√≠a que
fuéramos a un lugar diferente?

En cuanto utilizó el plural, no me preocupé de nada más.

—Estoy abierta a sugerencias —concedí—, pero he de pedirte un favor.

Me miró con precaución, como hacía siempre que formulaba una pregunta abierta.

¬ó ¬ŅCu√°l?

¬ó ¬ŅPuedo conducir?

Frunci√≥ el ce√Īo.

¬ó ¬ŅPor qu√©?


—Bueno, sobre todo porque cuando le dije a Charlie que me iba a Seattle, me preguntó concretamente si viajaba
sola, como así era en ese momento. Probablemente, no le mentiría si me lo volviera a preguntar, pero dudo que lo
haga de nuevo, y dejar el coche enfrente de la casa sólo sacaría el tema a colación de forma innecesaria. Y además,
porque tu manera de conducir me asusta.

Puso los ojos en blanco.

—De todas las cosas por las que te tendría que asustar, a ti te preocupa mi conducción —movió la cabeza con
desagrado, pero luego volvi√≥ a ponerse serio¬ó. ¬ŅNo le quieres decir a tu padre que vas a pasar el d√≠a conmigo?

En su pregunta había un trasfondo que no comprendí.

¬óCon Charlie, menos es siempre m√°s ¬óen eso me mostr√© firme¬ó. De todos modos, ¬Ņadonde vamos a ir?

¬óVa a hacer buen tiempo, por lo que estar√© fuera de la atenci√≥n p√ļblica y podr√°s estar conmigo si as√≠ lo quieres.

Otra vez me dejaba la alternativa de elegir.

¬ó ¬ŅY me ense√Īar√°s a qu√© te refer√≠as con lo del sol? ¬ópregunt√©, entusiasmada por la idea de desentra√Īar otra de las
incógnitas.

—Sí —sonrió y se tomó un tiempo—. Pero si no quieres estar a solas conmigo, seguiría prefiriendo que no fueras a
Seattle t√ļ sola. Me estremezco al pensar con qu√© problemas te podr√≠as encontrar en una ciudad de ese tama√Īo.

Me ofendí.

¬óS√≥lo en poblaci√≥n, Phoenix es tres veces mayor que Seattle. En tama√Īo f√≠sico...

—Pero al parecer —me interrumpió— en Phoenix no te había llegado la hora, por lo que preferiría que
permanecieras cerca de mí.

Sus ojos adquirieron de nuevo ese toque de desleal seducción. No conseguí debatir ni con la vista ni con los
argumentos lo que, de todos modos, era un punto discutible.

¬óNo me importa estar a solas contigo cuando suceda.

—Lo sé —suspiró con gesto inquietante—. Pero se lo deberías contar a Charlie.

¬ó ¬ŅPor qu√© diablos iba a hacer eso?

Sus ojos relampaguearon con s√ļbita fiereza.

¬óPara darme alg√ļn peque√Īo incentivo para que te traiga de vuelta.

Tragué saliva, pero, después de pensármelo un momento, estuve segura:

—Creo que me arriesgaré.

Resopló con enojo y desvió la mirada.

—Hablemos de cualquier otra cosa —sugerí.

¬ó ¬ŅDe qu√© quieres hablar? ¬ópregunt√≥, todav√≠a sorprendido.

Miré a nuestro alrededor para asegurarme de que nadie nos podía oír. Mientras paseaba la mirada por el comedor,
observé los ojos de la hermana de Edward, Alice, que me miraba fijamente, mientras que el resto le miraba a él.
Desvié la mirada rápidamente, miré a Edward, y le pregunté lo primero que se me pasó por la cabeza.

¬ó ¬ŅPor qu√© te fuiste a ese lugar, Gota Rocas, el √ļltimo fin de semana? ¬ŅPara cazar? Charlie dijo que no era un buen
lugar para ir de acampada a causa de los osos.

Me miró fijamente, como si estuviera pasando por alto lo evidente.

¬ó ¬ŅOsos? ¬ópregunt√© entonces de forma entrecortada; √©l esboz√≥ una sonrisa burlona¬ó. Ya sabes, no estamos en
temporada de osos ¬óa√Īad√≠ con severidad para ocultar mi sorpresa.

—Si lees con cuidado, verás que las leyes recogen sólo la caza con armas—me informó.

Me contempló con regocijo mientras lo asimilaba lentamente.

¬ó ¬ŅOsos? ¬órepet√≠ con dificultad.

—El favorito de Emmett es el oso pardo —dijo a la ligera, pero sus ojos escrutaban mi reacción. Intenté recobrar la
compostura.

— ¡Humm! —musité mientras tomaba otra porción de pizza como pretexto para bajar los ojos. La mastiqué muy
despacio, y luego bebí un largo trago de refresco sin alzar la mirada.

—Bueno —dije después de un rato, mis ojos se encontraron con los suyos, ansiosos.

¬ó ¬ŅCu√°l es tu favorito?

Enarcó una ceja y sus labios se curvaron con desaprobación.

¬óEl puma.

—Ah —comenté con un tono de amable desinterés mientras volvía a tomar CocaCola.

¬óPor supuesto ¬ódijo imitando mi tono¬ó, debemos tener cuidado para no causar un impacto medioambiental
desfavorable con una caza imprudente. Intentamos concentrarnos en zonas con superpoblación de depredadores... Y
nos alejamos tanto como sea necesario. Aquí siempre hay ciervos y alces —sonrió con socarronería—. Nos
servir√≠an, pero ¬Ņqu√© diversi√≥n puede haber en eso?

—Claro, qué diversión —murmuré mientras daba otro mordisco a la pizza.

—El comienzo de la primavera es la estación favorita de Emmett para cazar al oso —sonrió como si recordara
alguna broma—. Acaban de salir de la hibernación y se muestran mucho más irritables.


—No hay nada más divertido que un oso pardo irritado —admití, asintiendo.

Se rió con disimulo y movió la cabeza.

¬óDime lo que realmente est√°s pensando, por favor.

¬óMe lo intento imaginar, pero no puedo ¬óadmit√≠¬ó. ¬ŅC√≥mo caz√°is un oso sin armas?

—Oh, las tenemos —exhibió sus relucientes dientes con una sonrisa breve y amenazadora. Luché para reprimir un
escalofrío que me delatara—, sólo que no de la clase que se contempló al legislar las leyes de caza. Si has visto
atacar a un oso en la televisión, tendrías que poder visualizar cómo caza Emmett.

No pude evitar el siguiente escalofrío que bajó por mi espalda. Miré a hurtadillas a Emmett, al otro extremo de la
cafeter√≠a, agradecida de que no estuviera mirando en mi direcci√≥n. De alguna manera, los prominentes m√ļsculos
que envolvían sus brazos y su torso ahora resultaban más amenazantes.

Edward siguió la dirección de mi mirada y soltó una suave risa.

Le miré, enervada.

¬ó ¬ŅTambi√©n t√ļ te pareces a un oso? ¬ópregunt√© con un hilo de voz.

—Más al puma, o eso me han dicho —respondió a la ligera—. Tal vez nuestras preferencias sean significativas.

Intenté sonreír.

¬óTal vez ¬órepet√≠, pero ten√≠a la mente rebosante de im√°genes contrapuestas que no consegu√≠a unir¬ó, ¬Ņes algo que
podría llegar a ver?

¬ó ¬°Absolutamente no!

Su cara se torn√≥ a√ļn m√°s l√≠vida de lo habitual y de repente su mirada era furiosa. Me ech√© hacia atr√°s, sorprendida
—y asustada, aunque jamás lo admitiría— por su reacción. El hizo lo mismo y cruzó los brazos a la altura del
pecho.

¬ó ¬ŅDemasiado aterrador para m√≠? ¬óle pregunt√© cuando recuper√© el control de mi voz.

—Si fuera eso, te sacaría fuera esta noche —dijo con voz tajante—. Necesitas una saludable dosis de miedo. Nada te
podría sentar mejor.

¬óEntonces, ¬Ņpor qu√©? ¬óle inst√©, ignorando su expresi√≥n enojada.

Me miró fijamente durante más de un minuto y al final dijo:

—Más tarde —se incorporó ágilmente—. Vamos a llegar con retraso.

Miré a mí alrededor, sorprendida de ver que tenía razón: la cafetería estaba casi vacía.

Cuando estaba a su lado, el tiempo y el espacio se desdibujaban de tal manera que perdía la noción de ambos. Me
incorporé de un salto mientras recogía la mochila, colgada del respaldo de la silla.

—En tal caso, más tarde —admití.

No lo iba a olvidar.



COMPLICACIONES



Todo el mundo nos miró cuando nos dirigimos juntos a nuestra mesa del laboratorio. Me di cuenta de que ya no
orientaba la silla para sentarse todo lo lejos que le permitía la mesa. En lugar de eso, se sentaba bastante cerca de
mí, nuestros brazos casi se tocaban.

El se√Īor Banner ¬ó ¬°qu√© hombre tan puntual!¬ó entr√≥ a clase de espaldas llevando una gran mesa met√°lica de ruedas
con un vídeo y un televisor tosco y anticuado. Una clase con película. El relajamiento de la atmósfera fue casi
tangible.

El profesor introdujo la cinta en el terco vídeo y se dirigió hacia la pared para apagar las luces.

Entonces, cuando el aula quedó a oscuras, adquirí conciencia plena de que Edward se sentaba a menos de tres
centímetros de mí. La inesperada electricidad que fluyó por mi cuerpo me dejó aturdida, sorprendida de que fuera
posible estar más pendiente de él de lo que ya lo estaba. Estuve a punto de no poder controlar el loco impulso de
extender la mano y tocarle, acariciar aquel rostro perfecto en medio de la oscuridad. Crucé los brazos sobre mi
pecho con fuerza, con los pu√Īos crispados. Estaba perdiendo el juicio.

Comenzaron los créditos de inicio, que iluminaron la sala de forma simbólica. Por iniciativa propia, mis ojos se
precipitaron sobre √©l. Sonre√≠ t√≠midamente al comprender que su postura era id√©ntica a la m√≠a, con los pu√Īos cerrados
debajo de los brazos. Correspondi√≥ a mi sonrisa. De alg√ļn modo, sus ojos consegu√≠an brillar incluso en la
oscuridad. Desvié la mirada antes de que empezara a hiperventilar. Era absolutamente ridículo que me sintiera
aturdida.

La hora se me hizo eterna. No pude concentrarme en la película, ni siquiera supe de qué tema trataba. Intenté
relajarme en vano, ya que la corriente el√©ctrica que parec√≠a emanar de alg√ļn lugar de su cuerpo no cesaba nunca. De
forma espor√°dica, me permit√≠a alguna breve ojeada en su direcci√≥n, pero √©l tampoco parec√≠a relajarse en ning√ļn
momento. El abrumador anhelo de tocarle también se negaba a desaparecer. Apreté los dedos contra las costillas
hasta que me dolieron del esfuerzo.


Exhal√© un suspiro de alivio cuando el se√Īor Banner encendi√≥ las luces al final de la clase y estir√© los brazos,
flexionando los dedos agarrotados. A mi lado, Edward se rió entre dientes.

—Vaya, ha sido interesante —murmuró. Su voz tenía un toque siniestro y en sus ojos brillaba la cautela.

¬óHumm ¬ófue todo lo que fui capaz de responder.

¬ó ¬ŅNos vamos? ¬ópregunt√≥ mientras se levantaba √°gilmente.

Casi gemí. Llegaba la hora de Educación física. Me alcé con cuidado, preocupada por la posibilidad de que esa
nueva y extra√Īa intensidad establecida entre nosotros hubiera afectado a mi sentido del equilibrio.

Caminó silencioso a mi lado hasta la siguiente clase y se detuvo en la puerta. Me volví para despedirme. Me
sorprendió la expresión desgarrada, casi dolorida, y terriblemente hermosa de su rostro, y el anhelo de tocarle se
inflamó con la misma intensidad que antes. Enmudecí, mi despedida se quedó en la garganta.

Vacilante y con el debate interior reflejado en los ojos, alzó la mano y recorrió rápidamente mi pómulo con las
yemas de los dedos. Su piel estaba tan fría como de costumbre, pero su roce quemaba.

Se volvió sin decir nada y se alejó rápidamente a grandes pasos.

Entré en el gimnasio, mareada y tambaleándome un poco. Me dejé ir hasta el vestuario, donde me cambié como en
estado de trance, vagamente consciente de que había otras personas en torno a mí. No fui consciente del todo hasta
que empu√Ī√© una raqueta. No pesaba mucho, pero la sent√≠ insegura en mi mano. Vi a algunos chicos de clase
mirarme a hurtadillas. El entrenador Clapp nos ordenó jugar por parejas.

Gracias a Dios, a√ļn quedaban algunos rescoldos de caballerosidad en Mike, que acudi√≥ a mi lado.

¬ó ¬ŅQuieres formar pareja conmigo?

—Gracias, Mike... —hice un gesto de disculpa—. No tienes por qué hacerlo, ya lo sabes.

—No—te preocupes, me mantendré lejos de tu camino —dijo con una amplia sonrisa.

Algunas veces, era muy f√°cil que Mike me gustara.

La clase no transcurrió sin incidentes. No sé cómo, con el mismo golpe me las arreglé para dar a Mike en el hombro
y golpearme la cabeza con la raqueta. Pasé el resto de la hora en el rincón de atrás de la pista, con la raqueta sujeta
bien segura detrás de la espalda. A pesar de estar en desventaja por mi causa, Mike era muy bueno, y ganó él solo
tres de los cuatro partidos. Gracias a él, conseguí un buen resultado inmerecido cuando el entrenador silbó dando
por finalizada la clase.

—Así... —dijo cuando nos alejábamos de la pista.

¬óAs√≠... ¬Ņqu√©?

¬óT√ļ y Cullen, ¬Ņen? ¬ópregunt√≥ con tono de rebeld√≠a. Mi anterior sentimiento de afecto se disip√≥.

—No es de tu incumbencia, Mike —le avisé mientras en mi fuero interno maldecía a Jessica, enviándola al infierno.

—No me gusta —musitó en cualquier caso.

—No tiene por qué —le repliqué bruscamente.

—Te mira como si... —me ignoró y prosiguió—: Te mira como si fueras algo comestible.

Contuve la histeria que amenazaba con estallar, pero a pesar de mis esfuerzos se me escapó una risita tonta. Me miró
ce√Īudo. Me desped√≠ con la mano y hu√≠ al vestuario.

Me vestí a toda prisa. Un revoloteo más fuerte que el de las mariposas golpeteaba incansablemente las paredes de mi
estómago al tiempo que mi discusión con Mike se convertía en un recuerdo lejano. Me preguntaba si Edward me
estar√≠a esperando o si me reunir√≠a con √©l en su coche. ¬ŅQu√© iba a ocurrir si su familia estaba ah√≠? Me invadi√≥ una
oleada de p√°nico. ¬ŅSab√≠an que lo sab√≠a? ¬ŅSe supon√≠a que sab√≠an que lo sab√≠a, o no?

Salí del gimnasio en ese momento. Había decidido ir a pie hasta casa sin mirar siquiera al aparcamiento, pero todas
mis preocupaciones fueron innecesarias. Edward me esperaba, apoyado con indolencia contra la pared del gimnasio.
Su arrebatador rostro estaba calmado. Sentí peculiar sensación de alivio mientras caminaba a su lado.

—Hola —musité mientras esbozaba una gran sonrisa.

¬óHola ¬óme correspondi√≥ con otra deslumbrante¬ó. ¬ŅC√≥mo te ha ido en gimnasia?

Mi rostro se enfrió un poco.

—Bien —mentí.

¬ó ¬ŅDe verdad?

No estaba muy convencido. Desvió levemente la vista y miró por encima del hombro. Entrecerró los ojos. Miré
hacia atr√°s para ver la espalda de Mike al alejarse.

¬ó ¬ŅQu√© pasa? ¬óexig√≠ saber.

A√ļn tenso, volvi√≥ a mirarme.

¬óNewton me saca de mis casillas.

¬ó ¬ŅNo habr√°s estado escuchando otra vez?

Me aterré. Todo atisbo de mi repentino buen humor se desvaneció.

¬ó ¬ŅC√≥mo va esa cabeza? ¬ópregunt√≥ con inocencia.

— ¡Eres increíble!


Me di la vuelta y me alejé caminando con paso firme hacia el aparcamiento a pesar de que había descartado
dirigirme hacia ese lugar.

Me dio alcance con facilidad.

¬óFuiste t√ļ quien mencionaste que nunca te hab√≠a visto en clase de gimnasia. Eso despert√≥ mi curiosidad.

No parecía arrepentido, de modo que le ignoré.

Caminamos en silencio ¬óun silencio lleno de verg√ľenza y furia por mi parte¬ó hacia su coche, pero tuve que
detenerme unos cuantos pasos después, ya que un gentío, todos chicos, lo rodeaban. Luego, me di cuenta de que no
rodeaban al Volvo, sino al descapotable rojo de Rosalie con un inconfundible deseo en los ojos. Ninguno alzó la
vista hacia Edward cuando se deslizó entre ellos para abrir la puerta. Me encaramé rápidamente al asiento del
copiloto, pasando también inadvertida.

—Ostentoso —murmuró.

¬ó ¬ŅQu√© tipo de coche es?

¬óUn M3.

¬óNo hablo jerga de Car and Driver.

¬óEs un BMW

Entornó los ojos sin mirarme mientras intentaba salir hacia atrás y no atropellar a ninguno de los fanáticos del
automóvil.

Asentí. Había oído hablar del modelo.

¬ó ¬ŅSigues enfadada? ¬ópregunt√≥ mientras maniobraba con cuidado para salir.

—Muchísimo.

Suspiró.

¬ó ¬ŅMe perdonar√°s si te pido disculpas?

—Puede... si te disculpas de corazón —insistí—, y prometes no hacerlo otra vez.

Sus ojos brillaron con una repentina astucia.

¬ó ¬ŅQu√© te parece si me disculpo sinceramente y accedo a dejarte conducir el s√°bado? ¬óme propuso como
contraoferta.

Lo sopesé y decidí que probablemente era la mejor oferta que podría conseguir, por lo que la acepté:

¬óHecho.

¬óEntonces, lamento haberte molestado ¬ódurante un prolongado periodo de tiempo, sus ojos relucieron con
sinceridad, causando estragos en mi ritmo cardiaco. Luego, se volvieron picaros¬ó. A primera hora de la ma√Īana del
sábado estaré en el umbral de tu puerta.

—Humm... Que, sin explicación alguna, un Volvo se quede en la carretera no me va a ser de mucha ayuda con
Charlie.

Esbozó una sonrisa condescendiente.

—No tengo intención de llevar el coche.

¬ó ¬ŅC√≥mo...?

—No te preocupes —me cortó—. Estaré ahí sin coche.

Lo dejé correr. Tenía una pregunta más acuciante.

¬ó ¬ŅYa es ¬ęm√°s tarde¬Ľ? ¬ópregunt√© de forma elocuente. El frunci√≥ el ce√Īo.

—Supongo que sí.

Mantuve la expresión amable mientras esperaba.

Paró el motor del coche después de aparcarlo detrás del mío. Alcé la vista sorprendida: habíamos llegado a casa de
Charlie, por supuesto. Resultaba más fácil montar con Edward si sólo le miraba a él hasta concluir el viaje. Cuando
volví a levantar la vista, él me contemplaba, evaluándome con la mirada.

¬óY a√ļn quieres saber por qu√© no puedes verme cazar, ¬Ņno? ¬óparec√≠a solemne, pero cre√≠ atisbar un rescoldo de
humor en el fondo de sus ojos.

—Bueno —aclaré—, sobre todo me preguntaba el motivo de tu reacción.

¬ó ¬ŅTe asust√©?

Sí. Sin duda, estaba de buen humor.

—No —le mentí, pero no picó.

—Lamento haberte asustado —persistió con una leve sonrisa, pero entonces desapareció la evidencia de toda
broma—. Fue sólo la simple idea de que estuvieras allí mientras cazábamos.

Se le tensó la mandíbula.

¬ó ¬ŅEstar√≠a mal?

—En grado sumo —respondió apretando los dientes.

¬ó ¬ŅPor...?

Respiró hondo y contempló a través del parabrisas las espesas nubes en movimiento que descendían hasta quedarse
casi al alcance de la mano.


¬óNos entregamos por completo a nuestros sentidos cuando cazamos ¬óhabl√≥ despacio, a rega√Īadientes¬ó, nos
regimos menos por nuestras mentes. Domina sobre todo el sentido del olfato. Si estuvieras en cualquier lugar
cercano cuando pierdo el control de esa manera... —sacudió la cabeza mientras se demoraba contemplando
malhumorado las densas nubes.

Mantuve mi expresión firmemente controlada mientras esperaba que sus ojos me mirasen para evaluar la reacción
subsiguiente. Mi rostro no reveló nada.

Pero nuestros ojos se encontraron y el silencio se hizo más profundo... y todo cambió. Descargas de la electricidad
que había sentido aquella tarde comenzaron a cargar el ambiente mientras Edward contemplaba mis ojos de forma
implacable. No me di cuenta de que no respiraba hasta que empezó a darme vueltas la cabeza. Cuando rompí a
respirar agitadamente, quebrando la quietud, cerró los ojos.

—Bella, creo que ahora deberías entrar en casa —dijo con voz ronca sin apartar la vista de las nubes.

Abrí la puerta y la ráfaga de frío polar que irrumpió en el coche me ayudó a despejar la cabeza. Como estaba medio
ida, tuve miedo de tropezar, por lo que salí del coche con sumo cuidado y cerré la puerta detrás de mí sin mirar
atr√°s. El zumbido de la ventanilla autom√°tica al bajar me hizo darme la vuelta.

¬ó ¬ŅBella? ¬óme llam√≥ con voz m√°s sosegada.

Se inclinó hacia la ventana abierta con una leve sonrisa en los labios.

¬ó ¬ŅS√≠?

¬óMa√Īana me toca a m√≠ ¬óafirm√≥.

¬ó ¬ŅEl qu√© te toca?

Ensanchó la sonrisa, dejando entrever sus dientes relucientes.

¬óHacer las preguntas.

Luego se marchó. El coche bajó la calle a toda velocidad y desapareció al doblar la esquina antes de que ni siquiera
hubiera podido poner en orden mis ideas. Sonreí mientras caminaba hacia la casa. Cuando menos, resultaba obvio
que planeaba verme ma√Īana.

Edward protagoniz√≥ mis sue√Īos aquella noche, como de costumbre. Pero el clima de mi inconsciencia hab√≠a
cambiado. Me estremecía con la misma electricidad que había presidido la tarde, me agitaba y daba vueltas sin
cesar, despert√°ndome a menudo. Hasta bien entrada la noche no me sum√≠ en un sue√Īo agotado y sin sue√Īos.

Al despertar no sólo estaba cansada, sino con los nervios a flor de piel. Me enfundé el suéter de cuello vuelto y los
inevitables jeans mientras so√Īaba despierta con camisetas de tirantes y shorts. El desayuno fue el tranquilo y
esperado suceso de siempre. Charlie se preparó unos huevos fritos y yo mi cuenco de cereales. Me preguntaba si se
había olvidado de lo de este sábado, pero respondió a mi pregunta no formulada cuando se levantó para dejar su
plato en el fregadero.

—Respecto a este sábado... —comenzó mientras cruzaba la cocina y abría el grifo.

Me encogí.

¬ó ¬ŅS√≠, pap√°?

¬ó ¬ŅSigues empe√Īada en ir a Seattle?

¬óEse era el plan.

Hice una mueca mientras deseaba que no lo hubiera mencionado para no tener que componer cuidadosas medias
verdades.

Esparció un poco de jabón sobre el plato y lo extendió con el cepillo.

¬ó ¬ŅEst√°s segura de que no puedes estar de vuelta a tiempo para el baile?

¬óNo voy a ir al baile, pap√°.

Le fulminé con la mirada.

¬ó ¬ŅNo te lo ha pedido nadie? ¬ópregunt√≥ al tiempo que ocultaba su consternaci√≥n concentr√°ndose en enjuagar el
plato.

Esquivé el campo de minas.

¬óEs la chica quien elige.

¬óAh.

Frunci√≥ el ce√Īo mientras secaba el plato.

Sentía simpatía hacia él. Debe de ser duro ser padre y vivir con el miedo a que tu hija encuentre al chico que le
gusta, pero a√ļn m√°s duro el estar preocupado de que no sea as√≠. Qu√© horrible ser√≠a, pens√© con estremecimiento, si
Charlie tuviera la más remota idea de qué era exactamente lo que me gustaba.

Entonces, Charlie se marchó, se despidió con un movimiento de la mano y yo subí las escaleras para cepillarme los
dientes y recoger mis libros. Cuando oí alejarse el coche patrulla, sólo fui capaz de esperar unos segundos antes de
echar un vistazo por la ventana. El coche plateado ya estaba ahí, en la entrada de coches de la casa.

Baj√© las escaleras y sal√≠ por la puerta delantera, pregunt√°ndome cu√°nto tiempo durar√≠a aquella extra√Īa rutina. No
quería que acabara jamás.


Me aguardaba en el coche sin aparentar mirarme cuando cerré la puerta de la casa sin molestarme en echar el
pestillo. Me encaminé hacia el coche, me detuve con timidez antes de abrir la puerta y entré. Estaba sonriente,
relajado y, como siempre, perfecto e insoportablemente guapo.

¬óBuenos d√≠as ¬óme salud√≥ con voz aterciopelada¬ó. ¬ŅC√≥mo est√°s hoy?

Me recorrió el rostro con la vista, como si su pregunta fuera algo más que una mera cortesía.

¬óBien, gracias.

Siempre estaba bien, mucho mejor que bien, cuando me hallaba cerca de él. Su mirada se detuvo en mis ojeras.

¬óPareces cansada.

—No pude dormir —confesé, y de inmediato me removí la melena sobre el hombro preparando alguna medida para
ganar tiempo.

—Yo tampoco —bromeó mientras encendía el motor.

Me estaba acostumbrando a ese silencioso ronroneo. Estaba convencida de que me asustaría el rugido del
monovolumen, siempre que llegara a conducirlo de nuevo.

¬óEso es cierto ¬óme re√≠¬ó. Supongo que he dormido un poquito m√°s que t√ļ.

—Apostaría a que sí.

¬ó ¬ŅQu√© hiciste la noche pasada?

—No te escapes —rió entre dientes—. Hoy me toca hacer las preguntas a mí.

¬óAh, es cierto. ¬ŅQu√© quieres saber?

Torcí el gesto. No lograba imaginar que hubiera nada en mi vida que le pudiera resultar interesante.

¬ó ¬ŅCu√°l es tu color favorito? ¬ópregunt√≥ con rostro grave.

Puse los ojos en blanco.

—Depende del día.

¬ó ¬ŅCu√°l es tu color favorito hoy? ¬ósegu√≠a muy solemne.

—El marrón, probablemente.

Solía vestirme en función de mi estado de ánimo. Edward resopló y abandonó su expresión seria.

¬ó ¬ŅEl marr√≥n? ¬óinquiri√≥ con escepticismo.

—Seguro. El marrón significa calor. Echo de menos el marrón. Aquí —me quejé—, una sustancia verde, blanda y
mullida cubre todo lo que se suponía que debía ser marrón, los troncos de los árboles, las rocas, la tierra.

Mi peque√Īo delirio pareci√≥ fascinarle. Lo estuvo pensando un momento sin dejar de mirarme a los ojos.

—Tienes razón —decidió, serio de nuevo—. El marrón significa calor.

Rápidamente, aunque con cierta vacilación, extendió la mano y me apartó el pelo del hombro.

Para ese momento ya estábamos en el instituto. Se volvió de espaldas a mí mientras aparcaba.

¬ó ¬ŅQu√© CD has puesto en tu equipo de m√ļsica? ¬óten√≠a el rostro tan sombr√≠o como si me exigiera una confesi√≥n de
asesinato.

Me di cuenta de que no había quitado el CD que me había regalado Phil. Esbozó una sonrisa traviesa y un brillo
peculiar iluminó sus ojos cuando le dije el nombre del grupo. Tiró de un saliente hasta abrir el compartimiento de
debajo del reproductor de CD del coche, extrajo uno de los treinta discos que guardaba apretujados en aquel
peque√Īo espacio y me lo entreg√≥.

¬ó ¬ŅDe Debussy a esto? ¬óenarc√≥ una ceja. Era el mismo CD. Examin√© la familiar car√°tula con la mirada gacha.

El resto del día siguió de forma similar. Me estuvo preguntando cada insignificante detalle de mi existencia mientras
me acompa√Īaba a Lengua, cuando nos reunimos despu√©s de Espa√Īol, toda la hora del almuerzo. Las pel√≠culas que
me gustaban y las que aborrecía; los pocos lugares que había visitado; los muchos sitios que deseaba visitar; y
libros, libros sin descanso.

No recordaba la √ļltima vez que hab√≠a hablado tanto. La mayor√≠a de las veces me sent√≠a cohibida, con la certeza de
resultarle aburrida, pero el completo ensimismamiento de su rostro y el interminable diluvio de preguntas me
compelían a continuar. La mayoría eran fáciles, sólo unas pocas provocaron queme sonrojara, pero cuando esto
ocurría, se iniciaba toda una nueva ronda de preguntas. Me había estado lanzando las preguntas con tanta rapidez
que me sentía como si estuviera completando uno de esos test de Psiquiatría en los que tienes que contestar con la
primera palabra que acude a tu mente. Estoy segura de que habría seguido con esa lista, cualquiera que fuera, que
tenía en la cabeza de no ser porque se percató de mi repentino rubor.

Cuando me preguntó cuál era mi gema predilecta, sin pensar, me precipité a contestarle que el topacio. Enrojecí
porque, hasta hacía poco, mi favorita era el granate. Era imposible olvidar la razón del cambio mientras sus ojos me
devolvían la mirada y, naturalmente, no descansaría hasta que admitiera la razón de mi sonrojo.

—Dímelo —ordenó al final, una vez que la persuasión había fracasado, porque yo había hurtado los ojos a su
mirada.

—Es el color de tus ojos hoy —musité, rindiéndome y mirándome las manos mientras jugueteaba con un mechón de
mi cabello—. Supongo que te diría el ónice si me lo preguntaras dentro de dos semanas.


Le había dado más información de la necesaria en mi involuntaria honestidad, y me preocupaba haber provocado
esa extra√Īa ira que estallaba cada vez que ced√≠a y revelaba con demasiada claridad lo obsesionada que estaba.

Pero su pausa fue muy corta y lanzó la siguiente pregunta:

¬ó ¬ŅCu√°les son tus flores favoritas?

Suspiré aliviada y proseguí con el psicoanálisis.

Biolog√≠a volvi√≥ a ser un engorro. Edward hab√≠a continuado con su cuestionario hasta que el se√Īor Banner entr√≥ en el
aula arrastrando otra vez el equipo audiovisual. Cuando el profesor se aproximó al interruptor, me percaté de que
Edward alejaba levemente su silla de la mía. No sirvió de nada. Saltó la misma chispa eléctrica y el mismo e
incesante anhelo de tocarlo, como el día anterior, en cuanto la habitación se quedó a oscuras.

Me recliné en la mesa y apoyé el mentón sobre los brazos doblados. Los dedos ocultos aferraban el borde de la mesa
mientras luchaba por ignorar el est√ļpido deseo que me desquiciaba.

No le miraba, temerosa de que fuera mucho más difícil mantener el autocontrol si él me miraba. Intenté seguir la
película con todas mis fuerzas, pero al final de la hora no tenía ni idea de lo que acababa de ver. Suspiré aliviada
cuando el se√Īor Banner encendi√≥ las luces y por fin mir√© a Edward, que me estaba contemplando con unos ojos que
no supe interpretar.

Se levantó en silencio y se detuvo, esperándome. Caminamos hacia el gimnasio sin decir palabra, como el día
anterior, y también me acarició, esta vez con la palma de su gélida mano, desde la sien a la mandíbula sin despegar
los labios... antes de darse la vuelta y alejarse.

La clase de Educación física pasó rápidamente mientras contemplaba el espectáculo del equipo unipersonal de
b√°dminton de Mike, que hoy no me dirig√≠a la palabra, ya fuera como reacci√≥n a mi expresi√≥n ausente o porque a√ļn
segu√≠a enfadado por nuestra disputa del d√≠a anterior. Me sent√≠ mal por ello en alg√ļn rinc√≥n de la mente, pero no me
podía ocupar de él en ese momento.

Después, me apresuré a cambiarme, incómoda, sabiendo que cuanto más rápido me moviera, más pronto estaría con
Edward. La precipitación me volvió más torpe de lo habitual, pero al fin salí por la puerta; sentí el mismo alivio al
verle esperándome ahí y una amplia sonrisa se extendió por mi rostro. Respondió con otra antes de lanzarse a
nuevas preguntas.

Ahora eran diferentes, aunque no tan fáciles de responder. Quería saber qué echaba de menos de Phoenix,
insistiendo en las descripciones de cualquier cosa que desconociera. Nos sentamos frente a la casa de Charlie
durante horas mientras el cielo oscurecía y nos cayó a plomo un repentino aguacero.

Intenté describir cosas imposibles como el aroma de la creosota —amargo, ligeramente resinoso, pero aun así
agradable¬ó, el canto fuerte y lastimero de las cigarras en julio, la liviana desnudez de los √°rboles, las propias
dimensiones del cielo, cuyo azul se extendía de uno a otro confín en el horizonte sin otras interrupciones que las
monta√Īas bajas cubiertas de purp√ļreas rocas volc√°nicas.

Lo más arduo de explicar fue por qué me resultaba tan hermoso aquel lugar y también justificar una belleza que no
dependía de la vegetación espinosa y dispersa, que a menudo parecía muerta, sino que tenía más que ver con la
silueta de la tierra, las cuencas poco profundas de los valles entre colinas escarpadas y la forma en que conservaban
la luz del sol. Me encontré gesticulando con las manos mientras se lo intentaba describir.

Sus preguntas discretas y perspicaces me dejaron explayarme a gusto y olvidar a la l√ļgubre luz de la tormenta la
verg√ľenza por monopolizar la conversaci√≥n. Al final, cuando hube acabado d√© detallar mi desordenada habitaci√≥n
en Phoenix, hizo una pausa en lugar de responder con otra cuestión.

¬ó ¬ŅHas terminado? ¬ópregunt√© con alivio.

¬óNi por asomo, pero tu padre estar√° pronto en casa.

— ¡Charlie! —de repente, recordé su existencia y suspiré. Estudié el cielo oscurecido por la lluvia, pero no me
revel√≥ nada¬ó. ¬ŅEs muy tarde? ¬óme pregunt√© en voz alta al tiempo que miraba el reloj. La hora me hab√≠a pillado
por sorpresa. Charlie ya debería de estar conduciendo de vuelta a casa.

¬óEs la hora del crep√ļsculo ¬ómurmur√≥ Edward al mirar el horizonte de poniente, oscurecido como estaba por las
nubes.

Habló de forma pensativa, como si su mente estuviera en otro lugar lejano. Le contemplé mientras miraba fijamente
a través del parabrisas. Seguía observándole cuando de repente sus ojos se volvieron hacia los míos.

—Es la hora más segura para nosotros —me explicó en respuesta a la pregunta no formulada de mi mirada—. El
momento más fácil, pero también el más triste, en cierto modo... el fin de otro día, el regreso de la noche —sonrió
con a√Īoranza¬ó. La oscuridad es demasiado predecible, ¬Ņno crees?

—Me gusta la noche. Jamás veríamos las estrellas sin la oscuridad —fruncí el entrecejo—. No es que aquí se vean
mucho.

Se rió, y repentinamente su estado de ánimo mejoró.

—Charlie estará aquí en cuestión de minutos, por lo que a menos que quieras decirle que vas a pasar conmigo el
s√°bado...

Enarcó una ceja.


—Gracias, pero no —reuní mis libros mientras me daba cuenta de que me había quedado entumecida al permanecer
sentada y quieta durante tanto tiempo¬ó. Entonces, ¬Ņma√Īana me toca a m√≠?

¬ó ¬°Desde luego que no! ¬óExclam√≥ con fingida indignaci√≥n¬ó. No te he dicho que haya terminado, ¬Ņverdad?

¬ó ¬ŅQu√© m√°s queda?

¬óLo averiguar√°s ma√Īana.

Extendi√≥ una mano para abrirme la puerta y su s√ļbita cercan√≠a hizo palpitar alocadamente mi coraz√≥n.

Pero su mano se paralizó en la manija.

—Mal asunto —murmuró.

¬ó ¬ŅQu√© ocurre?

Me sorprendió verle con la mandíbula apretada y los ojos turbados. Me miró por un instante y me dijo con
des√°nimo:

—Otra complicación.

Abrió la puerta de golpe con un rápido movimiento y, casi encogido, se apartó de mí con igual velocidad.

El destello de los faros a través de la lluvia atrajo mi atención mientras a escasos metros un coche negro subía el
bordillo, dirigiéndose hacia nosotros.

—Charlie ha doblado la esquina —me avisó mientras vigilaba atentamente al otro vehículo a través del aguacero.

A pesar de la confusión y la curiosidad, bajé de un salto. El estrépito de la lluvia era mayor al rebotarme sobre la
cazadora.

Quise identificar las figuras del asiento delantero del otro vehículo, pero estaba demasiado oscuro. Pude ver a
Edward a la luz de los faros del otro coche. A√ļn miraba al frente, con la vista fija en algo o en alguien a quien yo no
pod√≠a ver. Su expresi√≥n era una extra√Īa mezcla de frustraci√≥n y desaf√≠o.

Aceler√≥ el motor en punto muerto y los neum√°ticos chirriaron sobre el h√ļmedo pavimento. El Volvo desapareci√≥ de
la vista en cuestión de segundos.

¬óHola, Bella ¬óllam√≥ una ronca voz familiar desde el asiento del conductor del peque√Īo coche negro.

¬ó ¬ŅJacob? ¬ópregunt√©, parpadeando bajo la lluvia.

Sólo entonces dobló la esquina el coche patrulla de Charlie y las luces del mismo alumbraron a los ocupantes del
coche que tenía enfrente de mí.

Jacob ya había bajado. Su amplia sonrisa era visible incluso en la oscuridad. En el asiento del copiloto se sentaba un
hombre mucho mayor, corpulento y de rostro memorable..., un rostro que se desbordaba, las mejillas llegaban casi
hasta los hombros, las arrugas surcaban la piel rojiza como las de una vieja chaqueta de cuero. Los ojos,
sorprendentemente familiares, parecían al mismo tiempo demasiado jóvenes y demasiado viejos para aquel ancho
rostro. Era el padre de Jacob, Billy Black. Lo supe inmediatamente a pesar de que en los cinco a√Īos transcurridos
desde que lo hab√≠a visto por √ļltima vez me las hab√≠a arreglado para olvidar su nombre hasta que Charlie lo
mencionó el día de mi llegada. Me miraba fijamente, escrutando mi cara, por lo que le sonreí con timidez. Tenía los
ojos desorbitados por la sorpresa o el pánico y resoplaba por la ancha nariz. Mi sonrisa se desvaneció.

¬ęOtra complicaci√≥n¬Ľ, hab√≠a dicho Edward.

Billy segu√≠a mir√°ndome con intensa ansiedad. Gem√≠ en mi fuero interno. ¬ŅHab√≠a reconocido Billy a Edward con
tanta facilidad? ¬ŅCre√≠a en las leyendas inveros√≠miles de las que se hab√≠a mofado su hijo?

La respuesta estaba clara en los ojos de Billy. Sí, así era.





JUEGOS MALABARES

— ¡Billy! —le llamó Charlie tan pronto como se bajó del coche.

Me volv√≠ hacia la casa y, una vez me hube guarecido debajo del porche, hice se√Īales a Jacob para que entrase. O√≠ a
Charlie saludarlos efusivamente a mis espaldas.

—Jake, voy a hacer como que no te he visto al volante —dijo con desaprobación.

—En la reserva conseguimos muy pronto los permisos de conducir —replicó Jacob mientras yo abría la puerta y
encendía la luz del porche.

—Seguro que sí —se rió Charlie.

¬óDe alguna manera he de dar una vuelta.

A pesar de los a√Īos transcurridos, reconoc√≠ con facilidad la voz retumbante de Billy. Su sonido me hizo sentir
repentinamente m√°s joven, una ni√Īa.

Entré en la casa, dejando abierta la puerta detrás de mí, y fui encendiendo las luces antes de colgar mi cazadora.
Luego, permanecí en la puerta, contemplando con ansiedad cómo Charlie y Jacob ayudaban a Billy a salir del coche
y a sentarse en la silla de ruedas.

Me aparté del camino mientras entraban a toda prisa sacudiéndose la lluvia.

¬óMenuda sorpresa ¬óestaba diciendo Charlie.


—Hace ya mucho tiempo que no nos vemos. Confío en que no sea un mal momento —respondió Billy, cuyos
inescrutables ojos oscuros volvieron a fijarse en mí.

—No, es magnífico. Espero que os podáis quedar para el partido.

Jacob mostró una gran sonrisa.

—Creo que ése es el plan... Nuestra televisión se estropeó la semana pasada.

Billy le dirigi√≥ una mueca a su hijo y a√Īadi√≥:

¬óY, por supuesto, Jacob deseaba volver a ver a Bella.

Jacob frunci√≥ el ce√Īo y agach√≥ la cabeza mientras yo reprim√≠a una oleada de remordimiento. Tal vez hab√≠a sido
demasiado convincente en la playa.

¬ó ¬ŅTen√©is hambre? ¬ópregunt√© mientras me dirig√≠a hacia la cocina, deseosa de escaparme de la inquisitiva mirada
de Billy.

—No, cenamos antes de venir —respondió Jacob.

¬ó ¬ŅY t√ļ, Charlie? ¬óle pregunt√© de refil√≥n al tiempo que doblaba la esquina a toda prisa para escabullirme.

—Claro —replicó. Su voz se desplazó hacia la habitación de en frente, hacia el televisor. Oí cómo le seguía la silla
de Billy.

Los sandwiches de queso se estaban tostando en la sartén mientras cortaba en rodajas un tomate cuando sentí que
había alguien a mis espaldas.

¬óBueno, ¬Ņc√≥mo te va todo? ¬óinquiri√≥ Jacob.

¬óBastante bien ¬ósonre√≠. Era dif√≠cil resistirse a su entusiasmo¬ó. ¬ŅY a ti? ¬ŅTerminaste el coche?

¬óNo ¬óarrug√≥ la frente¬ó. A√ļn necesito piezas. Hemos pedido prestado √©se ¬ócoment√≥ mientras se√Īalaba con el
pulgar en dirección al patio delantero.

¬óLo siento, pero no he visto ninguna pieza. ¬ŅQu√© es lo que est√°is buscando?

¬óUn cilindro maestro ¬ósonri√≥ de oreja a oreja y de repente a√Īadi√≥¬ó: ¬ŅHay algo que no funcione en el
monovolumen?

—Ah. Me lo preguntaba al ver que no lo conducías.

Mantuve la vista fija en la sartén mientras levantaba el extremo de un sándwich para comprobar la parte inferior.

¬óDi un paseo con un amigo.

—Un buen coche —comentó con admiración—, aunque no reconocí al conductor. Creía conocer a la mayoría de los
chicos de por aquí.

Asentí sin comprometerme ni alzar los ojos mientras daba la vuelta a los sandwiches.

—Papá parecía conocerle de alguna parte.

¬óJacob, ¬Ņme puedes pasar algunos platos? Est√°n en el armario de encima del fregadero.

¬óClaro.

Tomó los platos en silencio. Esperaba que dejara el asunto.

¬ó ¬ŅQui√©n es? ¬ópregunt√≥ mientras situaba dos platos sobre la encimera, cerca de m√≠. Suspir√© derrotada.

¬óEdward Cullen.

Para mi sorpresa, rompió a reír. Alcé la vista hacia él, que parecía un poco avergonzado.

—Entonces, supongo que eso lo explica todo —comentó—. Me preguntaba por qué papá se comportaba de un modo
tan extra√Īo.

—Es cierto —simulé una expresión inocente—. No le gustan los Cullen.

—Viejo supersticioso —murmuró en un susurro.

¬óNo crees que se lo vaya a decir a Charlie, ¬Ņverdad? ¬óno pude evitar el pregunt√°rselo. Las palabras, pronunciadas
en voz baja, salieron precipitadamente de mis labios.

¬óLo dudo ¬órespondi√≥ finalmente¬ó. Creo que Charlie le solt√≥ una buena reprimenda la √ļltima vez, y desde
entonces no han hablado mucho. Me parece que esta noche es una especie de reencuentro, por lo que no creo que
pap√° lo vuelva a mencionar.

¬óAh ¬ódije, intentando parecer indiferente.

Me quedé en el cuarto de estar después de llevarle a Charlie la cena, fingiendo ver el partido mientras Jacob
charlaba conmigo; pero, en realidad, estaba escuchando la conversación de los dos hombres, atenta a cualquier
indicio de algo sospechoso y buscando la forma de detener a Billy llegado el momento.

Fue una larga noche. Tenía muchos deberes sin hacer, pero temía dejar a Billy a solas con Charlie. Finalmente, el
partido terminó.

¬ó ¬ŅVais a regresar pronto tus amigos y t√ļ a la playa? ¬ópregunt√≥ Jacob mientras empujaba la silla de su padre fuera
del umbral.

—No estoy segura —contesté con evasivas.

¬óHa sido divertido, Charlie ¬ó¬ódijo Billy.

—Acércate a ver el próximo partido —le animó Charlie.


—Seguro, seguro —dijo Billy—. Aquí estaremos. Que paséis una buena noche —sus ojos me enfocaron y su
sonrisa desapareció al agregar con gesto serio—: Cuídate, Bella.

—Gracias —musité desviando la mirada.

Me dirigí hacia las escaleras mientras Charlie se despedía con la mano desde la entrada.

—Aguarda, Bella —me pidió.

Me encog√≠. ¬ŅLe hab√≠a dicho Billy algo antes de que me reuniera con ellos en el cuarto de estar?

Pero Charlie a√ļn segu√≠a relajado y sonriente a causa de la inesperada visita.

¬óNo he tenido ocasi√≥n de hablar contigo esta noche. ¬ŅQu√© tal te ha ido el d√≠a?

—Bien —vacilé, con un pie en el primer escalón, en busca de detalles que pudiera compartir con él sin
comprometerme—. Mi equipo de bádminton ganó los cuatro partidos.

— ¡Vaya! No sabía que supieras jugar al bádminton.

¬óBueno, lo cierto es que no, pero mi compa√Īero es realmente bueno ¬óadmit√≠.

¬ó ¬ŅQui√©n es? ¬óinquiri√≥ en se√Īal de inter√©s.

¬óEh... Mike Newton ¬óle revel√© a rega√Īadientes.

—Ah, sí. Me comentaste que eras amiga del chico de los Newton —se animó—. Una buena familia —musitó para sí
durante un minuto¬ó. ¬ŅPor qu√© no le pides que te lleve al baile este fin de semana?

— ¡Papá! —gemí—. Está saliendo con mi amiga Jessica. Además, sabes que no sé bailar.

—Ah, sí—murmuró. Entonces me sonrió con un gesto de disculpa—. Bueno, supongo que es mejor que te vayas el
sábado. .. Había planeado ir de pesca con los chicos de la comisaría. Parece que va a hacer calor de verdad, pero me
puedo quedar en casa si quieres posponer tu viaje hasta que alguien te pueda acompa√Īar. S√© que te dejo aqu√≠ sola
mucho tiempo.

—Papá, lo estás haciendo fenomenal —le sonreí con la esperanza de ocultar mi alivio—. Nunca me ha preocupado
estar sola, en eso me parezco mucho a ti.

Le gui√Ī√© un ojo, y al sonre√≠rme le salieron arrugas alrededor de los ojos.

Esa noche dorm√≠ mejor porque me encontraba demasiado cansada para so√Īar de nuevo. Estaba de buen humor
cuando el gris perla de la ma√Īana me despert√≥. La tensa velada con Billy y Jacob ahora me parec√≠a inofensiva y
decidí olvidarla por completo. Me descubrí silbando mientras me recogía el pelo con un pasador. Luego, bajé las
escaleras dando saltos. Charlie, que desayunaba sentado a la mesa, se dio cuenta y comentó:

¬óEst√°s muy alegre esta ma√Īana.

Me encogí de hombros.

¬óEs viernes.

Me di mucha prisa para salir en cuanto se fuera Charlie. Había preparado la mochila, me había calzado los zapatos y
cepillado los dientes, pero Edward fue más rápido a pesar de que salí disparada por la puerta en cuanto me aseguré
de que Charlie se había perdido de vista. Me esperaba en su flamante coche con las ventanillas bajadas y el motor
apagado.

Esta vez no vacilé en subirme al asiento del copiloto lo más rápidamente posible para verle el rostro. Me dedicó esa
sonrisa traviesa y abierta que me hacía contener el aliento y me paralizaba el corazón. No podía concebir que un
ángel fuera más espléndido. No había nada en Edward que se pudiera mejorar.

¬ó ¬ŅC√≥mo has dormido? ¬óme pregunt√≥. ¬ŅSab√≠a lo atrayente que resultaba su voz?

¬óBien. ¬ŅQu√© tal tu noche?

¬óPlacentera.

Una sonrisa divertida curvó sus labios. Me pareció que me estaba perdiendo una broma privada.

¬ó ¬ŅPuedo preguntarte qu√© hiciste?

—No —volvió a sonreír—, el día de hoy sigue siendo mío.

Quería saber cosas sobre la gente, sobre Renée, sus aficiones, qué hacíamos juntas en nuestro tiempo libre, y luego
sobre la √ļnica abuela a la que hab√≠a conocido, mis pocos amigos del colegio y... me puse colorada cuando me
preguntó por los chicos con los que había tenido citas. Me aliviaba que en realidad nunca hubiera salido con
ninguno, por lo que la conversación sobre ese tema en particular no fue demasiado larga. Pareció tan sorprendido
como Jessica y Angela por mi escasa vida rom√°ntica.

¬ó ¬ŅNunca has conocido a nadie que te haya gustado? ¬óme pregunt√≥ con un tono tan serio que me hizo
preguntarme qué estaría pensando al respecto.

De mala gana, fui sincera:

¬óEn Phoenix, no.

Frunció los labios con fuerza.

Para entonces, nos hallábamos ya en la cafetería. El día había transcurrido rápidamente en medio de ese borrón que
se estaba convirtiendo en rutina. Aproveché la breve pausa para dar un mordisco a mi rosquilla.

—Hoy debería haberte dejado que condujeras —anunció sin venir a cuento mientras masticaba.

¬ó ¬ŅPor qu√©? ¬óquise saber.


—Me voy a ir con Alice después del almuerzo.

—Vaya —parpadeé, confusa y desencantada—. Está bien, no está demasiado lejos para un paseo.

Me miró con impaciencia.

—No te voy a hacer ir a casa andando. Tomaremos tu coche y lo dejaremos aquí para ti.

—No llevo la llave encima —musité—. No me importa caminar, de verdad.

Lo que me importaba era disponer de menos tiempo en su compa√Ī√≠a.

Negó con la cabeza.

—Tu monovolumen estará aquí y la llave en el contacto, a menos que temas que alguien te lo pueda robar.

Se rió sólo de pensarlo.

—De acuerdo —acepté con los labios apretados.

Estaba casi segura de que tenía la llave en el bolsillo de los vaqueros que había llevado el miércoles, debajo de una
pila de ropa en el lavadero.

Jamás la encontraría, aunque irrumpiera en mi casa o cualquier otra cosa que estuviera planeando. Pareció percatarse
del desafío implícito en mi aceptación, pero sonrió burlón, demasiado seguro de sí mismo.

¬ó ¬ŅAdonde vas a ir? ¬ópregunt√© de la forma m√°s natural que fui capaz.

¬óDe caza ¬óreplic√≥ secamente¬ó. Si voy a estar a solas contigo ma√Īana, voy a tomar todas las precauciones
posibles ¬ósu rostro se hizo m√°s taciturno y suplicante¬ó. Siempre lo puedes cancelar, ya sabes.

Bajé la vista, temerosa del persuasivo poder de sus ojos. Me negué a dejarme convencer de que le temiera, sin
importar lo real que pudiera ser el peligro. No importa, me repetí en la mente.

—No —susurré mientras le miraba a la cara—. No puedo.

—Tal vez tengas razón —murmuró sombríamente.

El color de sus ojos parecía oscurecerse conforme lo miraba.

Cambié de tema.

¬ó ¬ŅA qu√© hora te ver√© ma√Īana? ¬óquise saber, ya deprimida por la idea de tener que dejarle ahora.

¬óEso depende... Es s√°bado. ¬ŅNo quieres dormir hasta tarde? ¬óme ofreci√≥.

—No —respondí a toda prisa. Contuvo una sonrisa.

¬óEntonces, a la misma hora de siempre ¬ódecidi√≥¬ó. ¬ŅEstar√° Charlie ah√≠?

¬óNo, ma√Īana se va a pescar.

Sonreí abiertamente ante el recuerdo de la forma tan conveniente con que se habían solucionado las cosas.

¬ó ¬ŅY qu√© pensar√° si no vuelves? ¬óinquiri√≥ con la voz cortante.

—No tengo ni idea —repliqué con frialdad—. Sabe que tengo intención de hacer la colada. Tal vez crea que me he
caído dentro de la lavadora.

Me mir√≥ con el ce√Īo enfurru√Īado y yo hice lo mismo. Su rabia fue mucho m√°s impresionante que la m√≠a.

¬ó ¬ŅQu√© vas a cazar esta noche? ¬óle pregunt√© cuando estuve segura de haber perdido el concurso de ce√Īos.

—Cualquier cosa que encontremos en el parque —parecía divertido por mi informal referencia a sus actividades
secretas¬ó. No vamos a ir lejos.

¬ó ¬ŅPor qu√© vas con Alice? ¬óme extra√Ī√©.

¬óAlice es la m√°s... compasiva.

Frunci√≥ el ce√Īo al hablar.

¬ó ¬ŅY los otros? ¬óPregunt√© con timidez¬ó. ¬ŅC√≥mo se lo toman?

Arrugó la frente durante unos momentos.

—La mayoría con incredulidad.

Miré a hurtadillas y con rapidez a su familia. Permanecían sentados con la mirada perdida en diferentes direcciones,
del mismo modo que la primera vez que los vi. Sólo que ahora eran cuatro, su hermoso hermano con pelo de bronce
se sentaba frente a mí con los dorados ojos turbados.

¬óNo les gusto ¬ósupuse.

—No es eso —disintió, pero sus ojos eran demasiado inocentes para mentir—. No comprenden por qué no te puedo
dejar sola.

Sonreí de oreja a oreja.

¬óYo tampoco, si vamos al caso.

Edward movió la cabeza lentamente y luego miró al techo antes de que nuestras miradas volvieran a encontrarse.

¬óTe lo dije, no te ves a ti misma con ninguna claridad. No te pareces a nadie que haya conocido. Me fascinas.

Le dirigí una mirada de furia, segura de que hablaba en broma. Edward sonrió al descifrar mi expresión.

—Al tener las ventajas que tengo —murmuró mientras se tocaba la frente con discreción—, disfruto de una superior
comprensi√≥n de la naturaleza humana. Las personas son predecibles, pero t√ļ nunca haces lo que espero. Siempre me
pillas desprevenido.

Desvié la mirada y mis ojos volvieron a vagar de vuelta a su familia, avergonzada y decepcionada. Sus palabras me
hacían sentir como una cobaya. Quise reírme de mí misma por haber esperado otra cosa.


—Esa parte resulta bastante fácil de explicar —continuó. Aunque todavía no era capaz de mirarle, sentí sus ojos
fijos en mi rostro¬ó, pero hay m√°s, y no es tan sencillo expresarlo con palabras...

Seguía mirando fijamente a los Cullen mientras él hablaba. De repente, Rosalie, su rubia e impresionante hermana,
se volvió para echarme un vistazo. No, no para echarme un vistazo. Para atraparme en una mirada feroz con sus ojos
fríos y oscuros. Hasta que Edward se interrumpió a mitad de frase y emitió un bufido muy bajo. Fue casi un siseo.

Rosalie giró la cabeza y me liberé. Volví a mirar a Edward, y supe que podía ver la confusión y el miedo que me
había hecho abrir tanto los ojos. Su rostro se tensó mientras se explicaba:

¬óLo lamento. Ella s√≥lo est√° preocupada. Ya ves... Despu√©s de haber pasado tanto tiempo en p√ļblico contigo no es
sólo peligroso para mí si... —bajó la vista.

¬ó ¬ŅSi...?

¬óSi las cosas van mal.

Dejó caer la cabeza entre las manos, como aquella noche en Port Angeles. Su angustia era evidente. Anhelaba
confortarle, pero estaba muy perdida para saber cómo hacerlo. Extendí la mano hacia él involuntariamente, aunque
rápidamente la dejé caer sobre la mesa, ante el temor de que mi caricia empeorase las cosas. Lentamente
comprendía que sus palabras deberían asustarme. Esperé a que el miedo llegara, pero todo lo que sentía era dolor
por su pesar.

Y frustración... Frustración porque Rosalie hubiera interrumpido fuera lo que fuera lo que estuviese a punto de decir.
No sabía cómo sacarlo a colación de nuevo. Seguía con la cabeza entre las manos. Intenté hablar con un tono de voz
normal:

¬ó ¬ŅTienes que irte ahora?

—Sí —alzó el rostro, por un momento estuvo serio, pero luego cambió de estado de ánimo y sonrió—.
Probablemente sea lo mejor. En Biolog√≠a a√ļn nos quedan por soportar quince minutos de esa espantosa pel√≠cula. No
creo que lo aguante m√°s.

Me llevé un susto. De repente, Alice se encontraba en pie detrás del hombro de Edward. Su pelo corto y de punta,
negro como la tinta, rodeaba su exquisita, delicada y peque√Īa faz como un halo impreciso. Su delgada figura era
esbelta y grácil incluso en aquella absoluta inmovilidad. Edward la saludó sin desviar la mirada de mí.

¬óAlice.

—Edward —respondió ella. Su aguda voz de soprano era casi tan atrayente como la de su hermano.

—Alice, te presento a Bella... Bella, ésta es Alice —nos presentó haciendo un gesto informal con la mano y una seca
sonrisa en el rostro.

¬óHola, Bella ¬ósus brillantes ojos de color obsidiana eran inescrutables, pero la sonrisa era cordial¬ó. Es un placer
conocerte al fin.

Edward le dirigió una mirada sombría.

—Hola, Alice —musité con timidez.

¬ó ¬ŅEst√°s preparado? ¬óle pregunt√≥.

—Casi —replicó Edward con voz distante—. Me reuniré contigo en el coche.

Alice se alejó sin decir nada más. Su andar era tan flexible y sinuoso que sentí una aguda punzada de celos.

¬óDeber√≠a decir ¬ęque te diviertas¬Ľ, ¬Ņo es el sentimiento equivocado? ¬óle pregunt√© volvi√©ndome hacia √©l.

¬óNo, ¬ęque te diviertas¬Ľ es tan bueno como cualquier otro.

Esbozó una amplia sonrisa.

¬óEn tal caso, que te diviertas.

Me esforc√© en parecer sincera, pero, por supuesto, no le enga√Ī√©.

¬óLo intentar√© ¬ósegu√≠a sonriendo¬ó. Y t√ļ, intenta mantenerte a salvo, por favor.

¬óA salvo en Forks... ¬°Menudo reto!

—Para ti lo es —el rostro se endureció—. Prométemelo.

—Prometo que intentaré mantenerme ilesa —declamé—. Esta noche haré la colada... Una tarea que no debería
entra√Īar demasiado peligro.

—No te caigas dentro de la lavadora —se mofó.

—Haré lo que pueda.

Se puso en pie y yo también me levanté.

¬óTe ver√© ma√Īana ¬ómusit√©.

¬óTe parece mucho tiempo, ¬Ņverdad? ¬ómurmur√≥.

Asentí con desánimo.

¬óPor la ma√Īana, all√≠ estar√© ¬óme prometi√≥ esbozando su sonrisa picara.

Extendió la mano a través de la mesa para acariciarme la cara, me rozó levemente los pómulos y luego se dio la
vuelta y se alejó. Clavé mis ojos en él hasta que se marchó.

Sentí la enorme tentación de hacer novillos el resto del día, faltar al menos a clase de Educación física, pero mi
instinto me detuvo. Sabía que Mike y los demás darían por supuesto que estaba con Edward si desaparecía ahora, y


a √©l le preocupaba el tiempo que pas√°bamos juntos en p√ļblico por si las cosas no sal√≠an bien. Me negu√© a
entretenerme con ese √ļltimo pensamiento y en vez de eso, concentr√© mi atenci√≥n en hacer que las cosas fueran m√°s
seguras para él.

Intuitivamente, sab√≠a ¬óy me daba cuenta de que √©l tambi√©n lo cre√≠a as√≠¬ó que ma√Īana iba a ser un momento crucial.
Nuestra relación no podía continuar en el filo de la navaja. Caeríamos a uno u otro lado, dependiendo por completo
de su elección o de sus instintos. Había tomado mi decisión, lo había hecho incluso antes de haber sido consciente
de la misma y me comprometí a llevarla a cabo hasta el final, porque para mí no había nada más terrible e
insoportable que la idea de separarme de él. Me resultaba imposible.

Resignada, me dirigí a clase. Para ser sincera, no sé qué sucedió en Biología, estaba demasiado preocupada con los
pensamientos de lo que sucedería al día siguiente. En la clase de gimnasia, Mike volvía a dirigirme la palabra otra
vez. Me deseó que tuviera buen tiempo en Seattle. Le expliqué con detalle que, preocupada por el coche, había
cancelado mi viaje.

¬ó ¬ŅVas a ir al baile con Cullen? ¬ópregunt√≥, repentinamente moh√≠no.

¬óNo, no voy a ir con nadie.

¬óEntonces, ¬Ņqu√© vas a hacer? ¬óinquiri√≥ con demasiado inter√©s.

Mi reacción instintiva fue decirle que dejara de entrometerse, pero en lugar de eso le mentí alegremente.

—La colada, y he de estudiar para el examen de Trigonometría o voy a suspender.

¬ó ¬ŅTe est√° ayudando Cullen con los estudios?

—Edward —enfaticé— no me va ayudar con los estudios. Se va a no sé dónde durante el fin de semana.

Noté con sorpresa que las mentiras me salían con mayor naturalidad que de costumbre.

—Ah —se animó—. Ya sabes, de todos modos, puedes venir al baile con nuestro grupo. Estaría bien. Todos
bailaríamos contigo —prometió.

La imagen mental del rostro de Jessica hizo que el tono de mi voz fuera m√°s cortante de lo necesario.

¬óMike, no voy a ir al baile, ¬Ņde acuerdo?

¬óVale ¬óse enfurru√Ī√≥ otra vez¬ó. S√≥lo era una oferta.

Cuando al fin terminaron las clases, me dirigí al aparcamiento sin entusiasmo. No me apetecía especialmente ir a
casa a pie, pero no veía la forma de recuperar el monovolumen. Entonces, comencé a creer una vez más que no
hab√≠a nada imposible para √©l. Este √ļltimo instinto demostr√≥ ser correcto: mi coche estaba en la misma plaza en la
que √©l hab√≠a aparcado el Volvo por la ma√Īana. Incr√©dula, sacud√≠ la cabeza mientras abr√≠a la puerta ¬óno estaba
echado el pestillo— y vi las llaves en el bombín de la puesta en marcha.

Había un pedazo de papel blanco doblado sobre mi asiento. Lo tomé y cerré la puerta antes de desdoblarlo. Había
escrito dos palabras con su elegante letra: ¬ęS√© prudente¬Ľ.

El sonido del motor al arrancar me asustó. Me reí de mí misma.

El pomo de la puerta estaba cerrado y el pestillo sin echar, tal y como se hab√≠a quedado por la ma√Īana. Una vez
dentro, me fui directa al lavadero. Parecía que todo seguía igual. Hurgué entre la ropa en busca de mis vaqueros y
revisé los bolsillos una vez que los hube encontrado. Vacíos. Quizás las hubiera dejado colgando dentro del coche,
pensé sacudiendo la cabeza.

Siguiendo el mismo instinto que me había movido a mentir a Mike, telefoneé a Jessica so pretexto de desearle suerte
en el baile. Cuando ella me deseó lo mismo para mi día con Edward, le hablé de la cancelación. Parecía más
desencantada de lo realmente necesario para ser una observadora imparcial. Después de eso, me despedí
r√°pidamente.

Charlie estuvo distraído durante la cena, supuse que le preocupaba algo relacionado con el trabajo, o tal vez con el
partido de baloncesto, o puede que le hubiera gustado de verdad la lasa√Īa. Con Charlie, era dif√≠cil saberlo.

¬ó ¬ŅSabes, pap√°? ¬ócomenc√©, interrumpiendo su meditaci√≥n.

¬ó ¬ŅQu√© pasa, Bella?

¬óCreo que tienes raz√≥n en lo del viaje a Seattle. Me parece que voy a esperar hasta que Jessica o alg√ļn otro me
puedan acompa√Īar.

¬óAh ¬ódijo sorprendido¬ó. De acuerdo. Bueno, ¬Ņquieres que me quede en casa?

—No, papá, no cambies de planes. Tengo un millón de cosas que hacer: los deberes, la colada, necesito ir a la
biblioteca y al supermercado. Estaré entrando y saliendo todo el día. Ve y diviértete.

¬ó ¬ŅEst√°s segura?

¬óTotalmente, pap√°. Adem√°s, el nivel de pescado del congelador est√° bajando peligrosamente... Hemos descendido
hasta tener reservas s√≥lo para dos o tres a√Īos.

Me sonrió.

¬óResulta muy f√°cil vivir contigo, Bella.

—Podría decir lo mismo de ti —contesté entre risas demasiado apagadas, pero no pareció notarlo. Me sentí culpable
por hacerle creer aquello, y estuve a punto de seguir el consejo de Edward y decirle dónde iba a estar. A punto.


Después de la cena, doblé la ropa y puse otra colada en la secadora. Por desgracia, era la clase de trabajo que sólo
mantiene ocupadas las manos y mi mente tuvo demasiado tiempo libre, sin duda, y debido a eso perdí el control.
Fluctuaba entre una ilusión tan intensa que se acercaba al dolor y un miedo insidioso que minaba mi resolución.
Tuve que seguir recordándome que ya había elegido y que no había vuelta atrás. Saqué del bolsillo la nota de
Edward dedicando mucho más esfuerzo del necesario para embeberme con las dos simples palabras que había
escrito. El quería que estuviera a salvo, me dije una y otra vez. Sólo podía aferrarme a la confianza de que al fin ese
deseo prevaleciera sobre los dem√°s. ¬ŅQu√© otra alternativa ten√≠a? ¬ŅApartarle de mi vida? Intolerable. Adem√°s, en
realidad, parecía que toda mi vida girase en torno a él desde que vine a Forks.

Una vocecita preocupada en el fondo de mi mente se preguntaba cuánto dolería en el caso de que las cosas
terminaran mal.

Me sentí aliviada cuando se hizo lo bastante tarde para acostarme. Sabía de sobra que estaba demasiado estresada
para dormir, por lo que hice algo que nunca había hecho antes: tomar sin necesidad y de forma consciente una
medicina para el resfriado, de esas que me dejaban grogui durante unas ocho horas. Normalmente no hubiera
justificado esa clase de comportamiento en mí misma, pero el día siguiente ya iba a ser bastante complicado como
para a√Īadirle que estuviera atolondrada por no haber pegado ojo. Me sequ√© el pelo hasta que estuvo totalmente liso
y me ocupé de la ropa que llevaría al día siguiente mientras aguardaba a que hiciera efecto el fármaco.

Una vez que lo tuve todo listo para el día siguiente, me tendí al fin en la cama. Estaba agitada, sin poder parar de dar
vueltas. Me levanté y revolví la caja de zapatos con los CD hasta encontrar una recopilación de los nocturnos de
Chopin. Lo puse a un volumen muy bajo y volví a tumbarme, concentrándome en ir relajando cada parte de mi
cuerpo. En alg√ļn momento de ese ejercicio, hicieron efecto las pastillas contra el resfriado y, por suerte, me qued√©
dormida.

Me desperté a primera hora después de haber dormido a pierna suelta y sin pesadillas gracias al innecesario uso de
los fármacos. Aun así, salté de la cama con el mismo frenesí de la noche anterior. Me vestí rápidamente, me ajusté
el cuello alrededor de la garganta y seguí forcejeando con el suéter de color canela hasta colocarlo por encima de los
vaqueros. Con disimulo, eché un rápido vistazo por la ventana para verificar que Charlie se había marchado ya. Una
fina y algodonosa capa de nubes cubría el cielo, pero no parecía que fuera a durar mucho. Desayuné sin saborear lo
que comía y me apresuré a fregar los platos en cuanto hube terminado. Volví a echar un vistazo por la ventana, pero
no se había producido cambio alguno. Apenas había terminado de cepillarme los dientes y me disponía a bajar las
escaleras cuando una sigilosa llamada de nudillos provocó un sordo golpeteo de mi corazón contra las costillas.

Fui corriendo hacia la entrada. Tuve un peque√Īo problema con el pestillo, pero al fin consegu√≠ abrir la puerta de un
tirón y allí estaba él. Se desvaneció toda la agitación y recuperé la calma en cuanto vi su rostro.

Al principio no estaba sonriente, sino sombrío, pero su expresión se alegró en cuanto se fijó en mí, y se rió entre
dientes.

—Buenos días.

¬ó ¬ŅQu√© ocurre?

Eché un vistazo hacia abajo para asegurarme de que no me había olvidado de ponerme nada importante, como los
zapatos o los pantalones.

¬óVamos a juego.

Se volvió a reír. Me di cuenta de que él llevaba un gran suéter ligero del mismo color que el mío, cuyo cuello a la
caja dejaba al descubierto el de la camisa blanca que llevaba debajo, y unos vaqueros azules. Me uní a sus risas al
tiempo que ocultaba una secreta punzada de arrepentimiento... ¬ŅPor qu√© ten√≠a √©l que parecer un modelo de pasarela
y yo no?

Cerré la puerta al salir mientras él se dirigía al monovolumen. Aguardó junto a la puerta del copiloto con una
expresión resignada y perfectamente comprensible.

—Hicimos un trato —le recordé con aire de suficiencia mientras me encaramaba al asiento del conductor y me
estiraba para abrirle la puerta.

¬ó ¬ŅAdonde? ¬óle pregunt√©.

—Ponte el cinturón... Ya estoy nervioso.

Le dirigí una mirada envenenada mientras le obedecía.

¬ó ¬ŅAdonde? ¬órepet√≠ suspirando.

—Toma la 101 hacia el norte —ordenó.

Era sorprendentemente difícil concentrarse en la carretera al mismo tiempo que sentía sus ojos clavados en mi
rostro. Lo compens√© conduciendo con m√°s cuidado del habitual mientras cruzaba las calles del pueblo, a√ļn
dormido.

¬ó ¬ŅTienes intenci√≥n de salir de Forks antes del anochecer?

¬óUn poco de respeto ¬óle recrimin√©¬ó, este trasto tiene los suficientes a√Īos para ser el abuelo de tu coche.

A pesar de su comentario recriminatorio, pronto atisbamos los límites del pueblo. Una maleza espesa y una ringlera
de troncos verdes reemplazaron las casas y el césped.


—Gira a la derecha para tomar la 101 —me indicó cuando estaba a punto de preguntárselo. Obedecía en silencio.

¬óAhora, avanzaremos hasta que se acabe el asfalto.

Detecté cierta sorna en su voz, pero tenía demasiado miedo a salirme de la carretera como para mirarle y asegurarme
de que estaba en lo cierto.

¬ó ¬ŅQu√© hay all√≠, donde se acaba el asfalto?

¬óUna senda.

¬ó ¬ŅVamos de caminata? ¬ópregunt√© preocupada. Gracias a Dios, me hab√≠a puesto las zapatillas de tenis.

¬ó ¬ŅSupone alg√ļn problema?

Lo dijo como si esperara que fuera así.

¬óNo.

Intenté que la mentira pareciera convincente, pero si pensaba que el monovolumen era lento, tenía que esperar a
verme a mí...

—No te preocupes, sólo son unos ocho kilómetros y no iremos deprisa.

¡Ocho kilómetros! No le respondí para que no notara cómo el pánico quebraba mi voz. Ocho kilómetros de raíces
traicioneras y piedras sueltas que intentarían torcerme el tobillo o incapacitarme de alguna otra manera. Aquello iba
a resultar humillante.

Avanzamos en silencio durante un buen rato mientras yo sentía pavor ante la perspectiva de nuestra llegada.

¬ó ¬ŅEn qu√© piensas? ¬ópregunt√≥ con impaciencia.

—Sólo me preguntaba adonde nos dirigimos —volví a mentirle.

¬óEs un lugar al que me gusta mucho ir cuando hace buen tiempo.

Luego, ambos nos pusimos a mirar por las ventanillas a las nubes, que comenzaban a diluirse en el firmamento.

—Charlie dijo que hoy haría buen tiempo.

¬ó ¬ŅLe dijiste lo que te propon√≠as?

¬óNo.

¬óPero Jessica cree que vamos a Seattle juntos... ¬óla idea parec√≠a de su agrado¬ó. ¬ó ¬ŅNo?

—No, le dije que habías suspendido el viaje... cosa que es cierta.

¬ó ¬ŅNadie sabe que est√°s conmigo? ¬óinquiri√≥, ahora con enfado.

¬óEso depende... ¬ŅHe de suponer que se lo has contado a Alice?

¬óEso es de mucha ayuda, Bella ¬ódijo bruscamente.

Fingí no haberle oído, pero volvió a la carga y preguntó:

¬ó ¬ŅTe deprime tanto Forks que est√°s preparando tu suicidio?

—Dijiste que un exceso de publicidad sobre nosotros podría ocasionarte problemas —le recordé.

¬ó ¬ŅY a ti te preocupan mis posibles problemas? ¬óEl tono de su voz era de enfado y amargo sarcasmo¬ó. ¬ŅY si no
regresas?

Negué con la cabeza sin apartar la vista de la carretera. Murmuró algo en voz baja, pero habló tan deprisa que no le
comprendí.

Nos mantuvimos en silencio el resto del trayecto en el coche. Noté que en su interior se alzaban oleadas de rabiosa
desaprobación, pero no se me ocurría nada que decir.

Entonces se terminó la carretera, que se redujo hasta convertirse en una senda de menos de medio metro de ancho
jalonada de peque√Īos indicadores de madera. Aparqu√© sobre el estrecho arc√©n y sal√≠ sin atreverme a fijar mi vista en
él puesto que se había enfadado conmigo, y tampoco tenía ninguna excusa para mirarle. Hacía calor, mucho más del
que había hecho en Forks desde el día de mi llegada, y a causa de las nubes hacía casi bochorno. Me quité el suéter
y lo anudé en torno a mi cintura, contenta de haberme puesto una camiseta liviana y sin mangas, sobre todo si me
esperaban ocho kilómetros a pie.

Le oí dar un portazo y pude comprobar que también él se había desprendido del suéter. Permanecía cerca del coche,
de espaldas a mí, encarándose con el bosque primigenio.

¬óPor aqu√≠ ¬óindic√≥, girando la cabeza y con expresi√≥n a√ļn molesta. Comenz√≥ a adentrarse en el sombr√≠o bosque.

¬ó ¬ŅY la senda?

El pánico se manifestó en mi voz mientras rodeaba el vehículo para darle alcance.

—Dije que al final de la carretera había un sendero, no que lo fuéramos a seguir.

¬ó ¬°¬ŅNo iremos por la senda?! ¬ópregunt√© con desesperaci√≥n.

¬óNo voy a dejar que te pierdas.

Se dio la vuelta al hablar, sonriendo con mofa, y contuve un gemido. Llevaba desabotonada la camiseta blanca sin
mangas, por lo que la suave superficie de su piel se veía desde el cuello hasta los marmóreos contornos de su pecho,
sin que su perfecta musculatura quedara oculta debajo de la ropa. La desesperación me hirió en lo más hondo al
comprender que era demasiado perfecto. No había manera de que aquella criatura celestial estuviera hecha para mí.

Desconcertado por mi expresión torturada, Edward me miró fijamente.

¬ó ¬ŅQuieres volver a casa? ¬ódijo con un hilo de voz. Un dolor de diferente naturaleza al m√≠o impregnaba su voz.


Me adelanté hasta llegar a su altura, ansiosa por no desperdiciar ni un segundo del tiempo que pudiera estar en su
compa√Ī√≠a.

¬ó ¬ŅQu√© va mal? ¬ópregunt√≥ con amabilidad.

—No soy una buena senderista —le expliqué con desánimo—. Tendrás que tener paciencia conmigo.

¬óPuedo ser paciente si hago un gran esfuerzo.

Me sonri√≥ y sostuvo mi mirada en un intento de levantarme el √°nimo, s√ļbita e inexplicablemente alica√≠do. Intent√©
devolverle la sonrisa, pero no fue convincente. Estudió mi rostro.

—Te llevaré de vuelta a casa —prometió.

No supe determinar si la promesa se refería al final de la jornada o a una marcha inmediata. Sabía que él creía que
era el miedo lo que me turbaba, y de nuevo agradec√≠ ser yo la √ļnica persona a la que no le pudiera leer el
pensamiento.

—Si quieres que recorra ocho kilómetros a través de la selva antes del atardecer, será mejor que empieces a
indicarme el camino —le repliqué con acritud.

Torció el gesto mientras se esforzaba por comprender mi tono y la expresión de mis facciones. Después de unos
momentos, se rindió y encabezó la marcha hacia el bosque.

No resultó tan duro como me había temido. El camino era plano la mayor parte del tiempo y estuvo a mi lado para
sostenerme al pasar por los h√ļmedos hel√©chos y los mosaicos de musgo. Cuando ten√≠amos que sortear √°rboles
caídos o pedruscos, me ayudaba, levantándome por el codo y soltándome en cuanto la senda se despejaba. El toque
gélido de su piel sobre la mía hacía palpitar mi corazón invariablemente. Las dos veces en que esto sucedió miré de
reojo su rostro, estaba segura de que, no sabía cómo, él oía mis latidos.

Intenté mantener los ojos lejos de su cuerpo perfecto tanto como me fue posible, pero a menudo no podía resistir la
tentación de mirarle, y su hermosura me sumía en la tristeza.

Recorrimos en silencio la mayor parte del trayecto. De vez en cuando, Edward formulaba una pregunta al azar, una
de las que no me hab√≠a hecho en los dos d√≠as anteriores de interrogatorio. Me interrog√≥ sobre mis cumplea√Īos, los
profesores en la escuela primaria y las mascotas de mi infancia... Tuve que admitir que había renunciado a ellas
después de que se murieran tres peces de forma seguida. Rompió a reír al oírlo con más fuerza de lo que me tenía
acostumbrada... De los bosques desiertos se levant√≥ un eco similar al ta√Īido de las campanas.

La caminata me llev√≥ la mayor parte de la ma√Īana, pero √©l no mostr√≥ signo alguno de impaciencia. El bosque se
extendía a nuestro alrededor en un interminable laberinto de viejos árboles, y la idea de que no encontráramos la
salida comenzó a ponerme nerviosa. Edward se encontraba muy a gusto y cómodo en aquel dédalo de color verde, y
nunca pareció dudar sobre qué dirección tomar.

Después de varias horas, la luz pasó de un tenebroso tono oliváceo a otro jade más brillante al filtrarse a través del
dosel de ramas. El día se había vuelto soleado, tal y como él había predicho. Comencé a sentir un estremecimiento
de entusiasmo por primera vez desde que entré en el bosque, sensación que rápidamente se convirtió en
impaciencia.

¬ó ¬ŅA√ļn no hemos llegado? ¬óle pinch√©, fingiendo fruncir el ce√Īo.

¬óCasi ¬ósonri√≥ ante el cambio de mi estado de √°nimo¬ó. ¬ŅVes ese fulgor de ah√≠ delante?

¬óHumm ¬ómir√© atentamente a trav√©s del denso follaje del bosque¬ó. ¬ŅDeber√≠a verlo?

Esbozó una sonrisa burlona.

¬óPuede que sea un poco pronto para tus ojos.

—Tendré que pedir hora para visitar al oculista —murmuré.

Su sonrisa de mofa se hizo m√°s pronunciada.

Pero entonces, despu√©s de recorrer otros cien metros, pude ver sin ning√ļn g√©nero de duda una luminosidad en los
árboles que se hallaban delante de mí, un brillo que era amarillo en lugar de verde. Apreté el paso, mi avidez crecía
conforme avanzaba. Edward me dejó que yo fuera delante y me siguió en silencio.

Alcanc√© el borde de aquel remanso de luz y atraves√© la √ļltima franja de helecho para entrar en el lugar m√°s
maravilloso que hab√≠a visto en mi vida. La pradera era un peque√Īo c√≠rculo perfecto lleno de flores silvestres:
violetas, amarillas y de tenue blanco. Pod√≠a o√≠r el burbujeo musical de un arroyo que flu√≠a en alg√ļn lugar cercano. El
sol estaba directamente en lo alto, colmando el redondel de una blanquecina calima luminosa. Pasmada, caminé
sobre la mullida hierba en medio de las flores, balance√°ndose al c√°lido aire dorado. Me di media vuelta para
compartir con él todo aquello, pero Edward no estaba detrás de mí, como creía. Repentinamente alarmada, giré a mí
alrededor en su busca. Finalmente, lo localicé, inmóvil debajo de la densa sombra del dosel de ramas, en el mismo
borde del claro, mientras me contemplaba con ojos cautelosos. Sólo entonces recordé lo que la belleza del prado me
había hecho olvidar: el enigma de Edward y el sol, lo que me había prometido mostrarme hoy.

Di un paso hacia él, con los ojos relucientes de curiosidad. Los suyos en cambio se mostraban recelosos. Le sonreí
para infundirle valor y le hice se√Īas para que se reuniera conmigo, acerc√°ndome un poco m√°s. Alz√≥ una mano en
se√Īal de aviso y yo vacil√©, y retroced√≠ un paso.

Edward pareció inspirar hondo y entonces salió al brillante resplandor del mediodía.




CONFESIONES



A la luz del sol, Edward resultaba chocante. No me hubiera acostumbrado ni aunque le hubiera estado mirando toda
la tarde. A pesar de un tenue rubor, producido a raíz de su salida de caza durante la tarde del día anterior, su piel
centelleaba literalmente como si tuviera miles de nimios diamantes incrustados en ella. Yacía completamente
inmóvil en la hierba, con la camiseta abierta sobre su escultural pecho incandescente y los brazos desnudos
centelleando al sol. Mantenía cerrados los deslumbrantes párpados de suave azul lavanda, aunque no dormía, por
supuesto. Parec√≠a una estatua perfecta, tallada en alg√ļn tipo de piedra ignota, lisa como el m√°rmol, reluciente como
el cristal.

Movía los labios de vez en cuando con tal rapidez que parecían temblar, pero me dijo que estaba cantando para sí
mismo cuando le pregunté al respecto. Lo hacía en voz demasiado baja para que le oyera.

También yo disfruté del sol, aunque el aire no era lo bastante seco para mi gusto. Me hubiera gustado recostarme
como √©l y dejar que el sol ba√Īara mi cara, pero permanec√≠ avovillada, con el ment√≥n descansando sobre las rodillas,
poco dispuesta a apartar la vista de él. Soplaba una brisa suave que enredaba mis cabellos y alborotaba la hierba que
se mecía alrededor de su figura inmóvil.

La pradera, que en un principio me había parecido espectacular, palidecía al lado de la magnificencia de Edward.

Siempre con miedo, incluso ahora, a que desapareciera como un espejismo demasiado hermoso para ser real, extendí
un dedo con indecisión y acaricié el dorso de su mano reluciente, que descansaba sobre el césped al alcance de la
mía. Otra vez me maravillé de la textura perfecta de suave satén, fría como la piedra. Cuando alcé la vista, había
abierto los ojos y me miraba. Una rápida sonrisa curvó las comisuras de sus labios sin mácula.

¬ó ¬ŅNo te asusto? ¬ópregunt√≥ con despreocupaci√≥n, aunque identifiqu√© una curiosidad real en el tono de su suave
voz.

¬óNo m√°s que de costumbre.

Su sonrisa se hizo m√°s amplia y sus dientes refulgieron al sol.

Poco a poco, me acerqué más y extendí toda la mano para trazar los contornos de su antebrazo con las yemas de los
dedos. Contemplé el temblor de mis dedos y supe que el detalle no le pasaría desapercibido.

¬ó ¬ŅTe molesta? ¬ópregunt√©, ya que hab√≠a vuelto a cerrar los ojos.

—No—respondió sin abrirlos—, no te puedes ni imaginar cómo se siente eso.

Suspiró.

Siguiendo el suave trazado de las venas azules del pliegue de su codo, mi mano avanzó con suavidad sobre los
perfectos m√ļsculos de su brazo. Estir√© la otra mano para darle la vuelta a la de Edward. Al comprender mi
pretensión, dio la vuelta a su mano con uno de esos desconcertantes y fulgurantes movimientos suyos. Esto me
sobresaltó; mis dedos se paralizaron en su brazo por un breve segundo.

—Lo siento —murmuró. Le busqué con la vista a tiempo de verle cerrar los ojos de nuevo—. Contigo, resulta
demasiado f√°cil ser yo mismo.

Alcé su mano y la volví a un lado y al otro mientras contemplaba el brillo del sol sobre la palma. La sostuve cerca
de mi rostro en un intento de descubrir las facetas ocultas de su piel.

—Dime qué piensas —susurró. Al mirarle descubrí que me estaba observando con repentina atención—. Me sigue
resultando extra√Īo no saberlo.

—Bueno, ya sabes, el resto nos sentimos así todo el tiempo.

¬óEs una vida dura ¬ó ¬Ņme imagin√© el matiz de pesar en su voz?¬ó. A√ļn no me has contestado.

¬óDeseaba poder saber qu√© pensabas t√ļ ¬óvacil√©¬ó y...

¬ó ¬ŅY?

—Quería poder creer que eres real. Y deseaba no tener miedo.

—No quiero que estés asustada.

La voz de Edward era apenas un murmullo suave. Escuché lo que en realidad no podía decir sinceramente, que no
debía tener miedo, que no había nada de qué asustarse.

—Bueno, no me refería exactamente a esa clase de miedo, aunque, sin duda, es algo sobre lo que debo pensar.

Se movi√≥ tan deprisa que ni lo vi. Se sent√≥ en el suelo, apoyado sobre el brazo derecho, y con la mano izquierda a√ļn
en las mías. Su rostro angelical estaba a escasos centímetros del mío. Podría haber retrocedido, debería haberlo
hecho, ante esa inesperada proximidad, pero era incapaz de moverme. Sus ojos dorados me habían hipnotizado.

¬óEntonces, ¬Ņde qu√© tienes miedo? ¬ómurmur√≥ mir√°ndome con atenci√≥n.

Pero no pude contestarle. Olí su gélida respiración en mi cara como sólo lo había hecho una vez. Me derretía ante
ese aroma dulce y delicioso. De forma instintiva y sin pensar, me incliné más cerca para aspirarlo.

Entonces, Edward desapareció. Su mano se desasió de la mía y se colocó a seis metros de distancia en el tiempo que
me llev√≥ enfocar la vista. Permanec√≠a en el borde de la peque√Īa pradera, a la oscura sombra de un abeto enorme. Me
miraba fijamente con expresión inescrutable y los ojos oscuros ocultos por las sombras.


Sentí la herida y la conmoción en mi rostro. Me picaban las manos vacías.

—Lo... lo siento, Edward —susurré. Sabía que podía escucharme.

—Concédeme un momento —replicó al volumen justo para que mis pocos sensitivos oídos lo oyeran. Me senté
totalmente inmóvil.

Después de diez segundos, increíblemente largos, regresó, lentamente tratándose de él. Se detuvo a pocos metros y
se dejó caer ágilmente al suelo para luego entrecruzar las piernas, sin apartar sus ojos de los míos ni un segundo.
Suspiró profundamente dos veces y luego me sonrió disculpándose.

¬óLo siento mucho ¬óvacil√≥¬ó. ¬ŅComprender√≠as a qu√© me refiero si te dijera que s√≥lo soy un hombre?

Asentí una sola vez, incapaz de reírle la gracia. La adrenalina corrió por mis venas conforme fui comprendiendo
poco a poco el peligro. Desde su posición, él lo olió y su sonrisa se hizo burlona.

¬óSoy el mejor depredador del mundo, ¬Ņno es cierto? Todo cuanto me rodea te invita a venir a m√≠: la voz, el rostro,
incluso mi olor. ¬°Como si los necesitase!

Se incorporó de forma inesperada, alejándose hasta perderse de vista para reaparecer detrás del mismo abeto de
antes después de haber circunvalado la pradera en medio segundo.

— ¡Como si pudieras huir de mí!

Rió con amargura, extendió una mano y arrancó del tronco del abeto una rama de un poco más de medio metro de
grosor sin esfuerzo alguno en medio de un chasquido estremecedor. Con la misma mano, la hizo girar en el aire
durante unos instantes y la arrojó a una velocidad de vértigo para estrellarla contra otro árbol enorme, que se agitó y
tembló ante el golpe.

Y estuvo otra vez en frente de mí, a medio metro, inmóvil como una estatua.

¬ó ¬°Como si pudieras derrotarme! ¬ódijo en voz baja.

Permanecí sentada sin moverme, temiéndolo como no lo había temido nunca. Nunca lo había visto tan
completamente libre de esa fachada edificada con tanto cuidado. Nunca había sido menos humano ni más hermoso.
Con el rostro ceniciento y los ojos abiertos como platos, estaba sentada como un p√°jaro atrapado por los ojos de la
serpiente.

Un arrebato frenético parecía relucir en los adorables ojos de Edward. Luego, conforme pasaron los segundos, se
apagaron y lentamente su expresión volvió a su antigua máscara de dolor.

—No temas —murmuró con voz aterciopelada e involuntariamente seductora—. Te prometo... —vaciló—, te. juro
que no te har√© da√Īo.

Parecía más preocupado de convencerse a sí mismo que a mí.

—No temas —repitió en un susurro mientras se acercaba con exagerada lentitud. Serpenteó con movimientos
deliberadamente lentos para sentarse hasta que nuestros rostros se encontraron a la misma altura, a treinta
centímetros.

—Perdóname, por favor —pidió ceremoniosamente—. Puedo controlarme. Me has pillado desprevenido, pero ahora
me comportaré mejor.

Esperó, pero yo todavía era incapaz de hablar.

¬óHoy no tengo sed ¬óme gui√Ī√≥ el ojo¬ó. De verdad.

Ante eso, no me quedó otro remedio que reírme, aunque el sonido fue tembloroso y jadeante.

¬ó ¬ŅEst√°s bien? ¬ópregunt√≥ tiernamente, extendiendo el brazo lenta y cuidadosamente para volver a poner su mano
de mármol en la mía.

Miré primero su fría y lisa mano, luego, sus ojos, laxos, arrepentidos; y después, otra vez la mano. Entonces,
pausadamente volví a seguir las líneas de su mano con las yemas de los dedos. Alcé la vista y sonreí con timidez.

¬óBueno, ¬Ņpor d√≥nde √≠bamos antes de que me comportara con tanta rudeza? ¬ópregunt√≥ con las amables cadencias
de principios del siglo pasado.

¬óLa verdad es que no lo recuerdo.

Sonrió, pero estaba avergonzado.

—Creo que estábamos hablando de por qué estabas asustada, además del motivo obvio.

—Ah, sí.

¬ó ¬ŅY bien?

Miré su mano y recorrí sin rumbo fijo la lisa e iridiscente palma. Los segundos pasaban.

— ¡Con qué facilidad me frustro! —musitó.

Estudié sus ojos y de repente comprendí que todo aquello era casi tan nuevo para él como para mí. A él también le
resultaba dif√≠cil a pesar de los muchos a√Īos de inconmensurable experiencia. Ese pensamiento me infundi√≥ coraje.

—Tengo miedo, además de por los motivos evidentes, porque no puedo estar contigo, y porque me gustaría estarlo
más de lo que debería.

Mantuve los ojos fijos en sus manos mientras decía aquello en voz baja porque me resultaba difícil confesarlo.

—Sí —admitió lentamente—, es un motivo para estar asustado, desde luego. ¡Querer estar conmigo! En verdad, no
te conviene nada.


—Lo sé. Supongo que podría intentar no desearlo, pero dudo que funcionara.

—Deseo ayudarte, de verdad que sí —no había el menor rastro de falsedad en sus ojos límpidos—. Debería haberme
alejado hace mucho, debería hacerlo ahora, pero no sé si soy capaz.

—No quiero que te vayas —farfullé patéticamente, mirándolo fijamente hasta lograr que apartara la vista.

—Irme, eso es exactamente lo que debería hacer, pero no temas, soy una criatura esencialmente egoísta. Ansió
demasiado tu compa√Ī√≠a para hacer lo correcto.

¬óMe alegro.

— ¡No lo hagas! —retiró su mano, esta vez con mayor delicadeza. La voz de Edward era más áspera de lo habitual.
√Āspera para √©l, aunque m√°s hermosa que cualquier voz humana. Resultaba dif√≠cil tratar con √©l, ya que sus continuos
y repentinos cambios de humor siempre me producían desconcierto.

¬ó ¬°No es s√≥lo tu compa√Ī√≠a lo que anhelo! Nunca lo olvides. Nunca olvides que soy m√°s peligroso para ti de lo que
soy para cualquier otra persona.

Enmudeció y le vi contemplar con ojos ausentes el bosque.

Medité sus palabras durante unos instantes.

¬óCreo que no comprendo exactamente a qu√© te refieres... Al menos la √ļltima parte.

Edward me miró de nuevo y sonrió con picardía. Su humor volvía a cambiar.

¬ó ¬ŅC√≥mo te explicar√≠a? ¬ómusit√≥¬ó. Y sin aterrorizarte de nuevo...

Volvió a poner su mano sobre la mía, al parecer de forma inconsciente, y la sujeté con fuerza entre las mías. Miró
nuestras manos y suspiró.

¬óEsto es asombrosamente placentero... el calor.

Transcurrió un momento hasta que puso en orden sus ideas y continuó:

¬óSabes que todos disfrutamos de diferentes sabores. Algunos prefieren el helado de chocolate y otros el de fresa.

Asentí.

—Lamento emplear la analogía de la comida, pero no se me ocurre otra forma de explicártelo.

Le dediqué una sonrisa y él me la devolvió con pesar.

—Verás, cada persona huele diferente, tiene una esencia distinta. Si encierras a un alcohólico en una habitación
repleta de cerveza rancia, se la beberá alegremente, pero si ha superado el alcoholismo y lo desea, podría resistirse.

¬ęSupongamos ahora que ponemos en esa habitaci√≥n una botella de brandy a√Īejo, de cien a√Īos, el co√Īac m√°s raro y
exquisito y llenamos la habitaci√≥n de su c√°lido aroma... En tal caso, ¬Ņc√≥mo crees que le ir√≠a?

Permanecimos sentados en silencio, mir√°ndonos a los ojos el uno al otro en un intento de descifrarnos mutuamente
el pensamiento.

Edward fue el primero en romper el silencio.

—Tal vez no sea la comparación adecuada. Puede que sea muy fácil rehusar el brandy. Quizás debería haber
empleado un heroinómano en vez de un alcohólico para el ejemplo.

¬óBueno, ¬Ņest√°s diciendo que soy tu marca de hero√≠na? ¬óle pregunt√© para tomarle el pelo y animarle.

Sonrió de inmediato, pareciendo apreciar mi esfuerzo.

¬óS√≠, t√ļ eres exactamente mi marca de hero√≠na.

¬ó ¬ŅSucede eso con frecuencia?

Miró hacia las copas de los árboles mientras pensaba la respuesta.

—He hablado con mis hermanos al respecto —prosiguió con la vista fija en la lejanía—. Para Jasper, todos los
humanos sois m√°s de lo mismo. El es el miembro m√°s reciente de nuestra familia y ha de esforzarse mucho para
conseguir una abstinencia completa. No ha dispuesto de tiempo para hacerse m√°s sensible a las diferencias de olor,
de sabor ¬ós√ļbitamente me mir√≥ con gesto de disculpa¬ó. Lo siento.

—No me molesta. Por favor, no te preocupes por ofenderme o asustarme o lo que sea... Es así como piensas. Te
entiendo, o al menos puedo intentarlo. Explícate como mejor puedas.

—De modo que Jasper no está seguro de si alguna vez se ha cruzado con alguien tan... —Edward titubeó, en busca
de la palabra adecuada¬ó, tan apetecible como t√ļ me resultas a m√≠. Eso me hizo reflexionar mucho. Emmett es el
que hace m√°s tiempo que ha dejado de beber, por decirlo de alguna manera, y comprende lo que quiero decir. Dice
que le sucedió dos veces, una con más intensidad que otra.

¬ó ¬ŅY a ti?

¬óJam√°s.

La palabra quedó flotando en la cálida brisa durante unos momentos.

¬ó ¬ŅQu√© hizo Emmett? ¬óle pregunt√© para romper el silencio.

Era la pregunta equivocada. Su rostro se ensombreció y sus manos se crisparon entre las mías. Aguardé, pero no me
iba a contestar.

¬óCreo saberlo ¬ódije al fin.

Alzó la vista. Tenía una expresión melancólica, suplicante.

¬óHasta el m√°s fuerte de nosotros recae en la bebida, ¬Ņverdad?


¬ó ¬ŅQu√© me pides? ¬ŅMi permiso? ¬ómi voz son√≥ m√°s mordaz de lo que pretend√≠a. Intent√© modular un tono m√°s
amable. Supon√≠a que aquella sinceridad le estaba costando mucho esfuerzo¬ó. Quiero decir, entonces, ¬Ņno hay
esperanza?

¡Con cuánta calma podía discutir sobre mi propia muerte!

— ¡No, no! —Se compungió casi al momento—. ¡Por supuesto que hay esperanza! Me refiero a que..., por supuesto
que no voy a... —dejó la frase en el aire. Mis ojos inflamaban las llamaradas de los suyos—. Es diferente para
nosotros. En cuanto a Emmett y esos dos desconocidos con los que se cruzó... Eso sucedió hace mucho tiempo y él
no era tan experto y cuidadoso como lo es ahora.

Se sumió en el silencio y me miró intensamente.

—De modo que si nos hubiéramos encontrado... en... un callejón oscuro o algo parecido... —mi voz se fue
apagando.

¬óNecesit√© todo mi autocontrol para no abalanzarme sobre ti en medio de esa clase llena de ni√Īos y... ¬óenmudeci√≥
bruscamente y desvió la mirada—. Cuando pasaste a mi lado, podía haber arruinado en el acto todo lo que Carlisle
ha construido para nosotros. No hubiera sido capaz de refrenarme si no hubiera estado controlando mi sed durante
los √ļltimos... bueno, demasiados a√Īos.

Se detuvo a contemplar los árboles. Me lanzó una mirada sombría mientras los dos lo recordábamos.

¬óDebiste de pensar que estaba loco.

¬óNo comprend√≠ el motivo. ¬ŅC√≥mo pod√≠as odiarme con tanta rapidez...?

—Para mí, parecías una especie de demonio convocado directamente desde mi infierno particular para arruinarme.
La fragancia procedente de tu piel... El primer d√≠a cre√≠ que me iba a trastornar. En esa √ļnica hora, ide√© cien formas
diferentes de engatusarte para que salieras de clase conmigo y tenerte a solas. Las rechacé todas al pensar en mi
familia, en lo que podía hacerles. Tenía que huir, alejarme antes de pronunciar las palabras que te harían seguirme...

Entonces, buscó con la mirada mi rostro asombrado mientras yo intentaba asimilar sus amargos recuerdos. Debajo
de sus pesta√Īas, sus ojos dorados ard√≠an, hipn√≥ticos, letales.

¬óY t√ļ hubieras acudido ¬óme asegur√≥.

Intenté hablar con serenidad.

¬óSin duda.

Torció el gesto y me miró las manos, liberándome así de la fuerza de su mirada.

¬óLuego intent√© cambiar la hora de mi programa en un est√©ril intento de evitarte y de repente ah√≠ estabas t√ļ, en esa
oficina peque√Īa y caliente, y el aroma resultaba enloquecedor. Estuve a punto de tomarte en ese momento. S√≥lo
había otra frágil humana... cuya muerte era fácil de arreglar.

Temblé a pesar de estar al sol cuando de nuevo reaparecieron mis recuerdos desde su punto de vista, sólo ahora me
percataba del peligro. ¬°Pobre se√Īora Cope! Me estremec√≠ al pensar lo cerca que hab√≠a estado de ser la responsable
de su muerte sin saberlo.

—No sé cómo, pero resistí. Me obligué a no esperarte ni a seguirte desde el instituto. Fuera, donde ya no te podía
oler, resultó más fácil pensar con claridad y adoptar la decisión correcta. Dejé a mis hermanos cerca de casa. Estaba
demasiado avergonzado para confesarles mi debilidad, sólo sabían que algo iba mal... Entonces me fui directo al
hospital para ver a Carlisle y decirle que me marchaba.

Lo miré fijamente, sorprendida.

—Intercambiamos nuestros coches, ya que el suyo tenía el depósito lleno y yo no quería detenerme. No me atrevía a
ir a casa y enfrentarme a Esme. Ella no me hubiera dejado ir sin montarme una escenita, hubiera intentado
convencerme de que no era necesario... A la ma√Īana siguiente estaba en Alaska ¬óparec√≠a avergonzado, como si
estuviera admitiendo una gran cobardía—. Pasé allí dos días con unos viejos conocidos, pero sentí nostalgia de mi
hogar. Detestaba saber que había defraudado a Esme y a los demás, mi familia adoptiva. Resultaba difícil creer que
eras tan irresistible respirando el aire puro de las monta√Īas. Me convenc√≠ de que hab√≠a sido d√©bil al escapar. Me
había enfrentado antes a la tentación, pero no de aquella magnitud, no se acercaba ni por asomo, pero yo era fuerte,
¬Ņy qui√©n eras t√ļ? ¬°Una chiquilla insignificante! ¬óde repente sonri√≥ de oreja a oreja¬ó. ¬ŅQui√©n eras t√ļ para echarme
del lugar donde quería estar? De modo que regresé...

Miró al infinito. Yo no podía hablar.

—Tomé precauciones, cacé y me alimenté más de lo acostumbrado antes de volver a verte. Estaba decidido a ser lo
bastante fuerte para tratarte como a cualquier otro humano. Fui muy arrogante en ese punto. Existía la
incuestionable complicación de que no podía leerte los pensamientos para saber cuál era tu reacción hacia mí. No
estaba acostumbrado a tener que dar tantos rodeos. Tuve que escuchar tus palabras en la mente de Jessica, que, por
cierto, no es muy original, y resultaba un fastidio tener que detenerme ahí, sin saber si realmente querías decir lo
que decías. Todo era extremadamente irritante.

Torció el gesto al recordarlo.

—Quise que, de ser posible, olvidaras mi conducta del primer día, por lo que intenté hablar contigo como con
cualquier otra persona. De hecho, estaba ilusionado con la esperanza de descifrar algunos de tus pensamientos. Pero


t√ļ resultaste demasiado interesante, y me vi atrapado por tus expresiones... Y de vez en cuando alargabas la mano o
movías el pelo..., y el aroma me aturdía otra vez.

¬ĽEntonces estuviste a punto de morir aplastada ante mis propios ojos. M√°s tarde pens√© en una excusa excelente para
justificar por qué había actuado así en ese momento, ya que tu sangre se hubiera derramado delante de mí de no
haberte salvado y no hubiera sido capaz de contenerme y revelar a todos lo que éramos. Pero me inventé esa excusa
m√°s tarde. En ese momento, todo lo que pens√© fue: ¬ęElla, no¬Ľ.

Cerró los ojos, ensimismado en su agónica confesión. Yo le escuchaba con más deseo de lo racional. El sentido
com√ļn me dec√≠a que deber√≠a estar aterrada. En lugar de eso, me sent√≠a aliviada al comprenderlo todo por fin. Y me
sentía llena de compasión por lo que Edward había sufrido, incluso ahora, cuando había confesado el ansia de tomar
mi vida.

Finalmente, fui capaz de hablar, aunque mi voz era débil:

¬ó ¬ŅY en el hospital?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Estaba horrorizado. Después de todo, no podía creer que hubiera puesto a toda la familia en peligro y yo mismo
hubiera quedado a tu merced... De entre todos, ten√≠as que ser t√ļ. Como si necesitara otro motivo para matarte ¬ó
ambos nos acobardamos cuando se le escapó esa frase—. Pero tuvo el efecto contrario —continuó
apresuradamente—, y me enfrenté con Rosalie, Emmett y Jasper cuando sugirieron que te había llegado la hora...
Fue la peor discusión que hemos tenido nunca. Carlisle se puso de mi lado, y Alice —hizo una mueca cuando
pronunció su nombre, no imaginé la razón—. Esme dijo que hiciera lo que tuviera que hacer para quedarme.

Edward sacudió la cabeza con indulgencia.

—Me pasé todo el día siguiente fisgando en las mentes de todos con quienes habías hablado, sorprendido de que
hubieras cumplido tu palabra. No te comprendí en absoluto, pero sabía que no me podía implicar más contigo. Hice
todo lo que estuvo en mi mano para permanecer lo más lejos de ti. Y todos los días el aroma de tu piel, tu
respiración, tu pelo... me golpeaba con la misma fuerza del primer día.

Nuestras miradas se encontraron otra vez. Los ojos de Edward eran sorprendentemente tiernos.

—Y por todo eso —prosiguió—, hubiera preferido delatarnos en aquel primer momento que herirte aquí, ahora, sin
testigos ni nada que me detenga.

Era lo bastante humana como para tener preguntar:

¬ó ¬ŅPor qu√©?

—Isabella —pronunció mi nombre completo con cuidado al tiempo que me despeinaba el pelo con la mano libre; un
estremecimiento recorrió mi cuerpo ante ese roce fortuito—. No podría vivir en paz conmigo mismo si te causara
da√Īo alguno ¬ófij√≥ su mirada en el suelo, nuevamente avergonzado¬ó. La idea de verte inm√≥vil, p√°lida, helada... No
volver a ver cómo te ruborizas, no ver jamás esa chispa de intuición en los ojos cuando sospechas mis intenciones...
Sería insoportable —clavó sus hermosos y torturados ojos en los míos—. Ahora eres lo más importante para mí, lo
m√°s importante que he tenido nunca.

La cabeza empezó a darme vueltas ante el rápido giro que había dado nuestra conversación. Desde el alegre tema de
mi inminente muerte de repente nos estábamos declarando. Aguardó, y supe que sus ojos no se apartaban de mí a
pesar de fijar los míos en nuestras manos. Al final, dije:

—Ya conoces mis sentimientos, por supuesto. Estoy aquí, lo que, burdamente traducido, significa que preferiría
morir antes que alejarme de ti ¬óhice una mueca¬ó. Soy idiota.

—Eres idiota —aceptó con una risa.

Nuestras miradas se encontraron y tambi√©n me re√≠. Nos re√≠mos juntos de lo absurdo y est√ļpido de la situaci√≥n.

—Y de ese modo el león se enamoró de la oveja... —murmuró. Desvié la vista para ocultar mis ojos mientras me
estremecía al oírle pronunciar la palabra.

¬ó ¬°Qu√© oveja tan est√ļpida! ¬ómusit√©.

— ¡Qué león tan morboso y masoquista!

Su mirada se perdió en el bosque y me pregunté dónde estarían ahora sus pensamientos.

¬ó ¬ŅPor qu√©...? ¬ócomenc√©, pero luego me detuve al no estar segura de c√≥mo proseguir.

Edward me miró y sonrió. El sol arrancó un destello a su cara, a sus dientes.

¬ó ¬ŅS√≠?

—Dime por qué huiste antes.

Su sonrisa se desvaneció.

—Sabes el porqué.

¬óNo, lo que quer√≠a decir exactamente es ¬Ņqu√© hice mal? Ya sabes, voy a tener que estar en guardia, por lo que ser√°
mejor aprender qué es lo que no debería hacer. Esto, por ejemplo —le acaricié la base de la mano—, parece que no
te hace mal.

Volvió a sonreír.

—Bella, no hiciste nada mal. Fue culpa mía.


—Pero quiero ayudar si está en mi mano, hacértelo más llevadero.

—Bueno... —meditó durante unos instantes—. Sólo fue lo cerca que estuviste. Por instinto, la mayoría de los
hombres nos rehuyen repelidos por nuestra diferenciación... No esperaba que te acercaras tanto, y el olor de tu
garganta...

Se calló ipso facto mirándome para ver si me había asustado.

—De acuerdo, entonces —respondí con displicencia en un intento de aliviar la atmósfera, repentinamente tensa, y
me tapé el cuello—, nada de exponer la garganta.

Funcionó. Rompió a reír.

¬óNo, en realidad, fue m√°s la sorpresa que cualquier otra cosa.

Alzó la mano libre y la depositó con suavidad en un lado de mi garganta. Me quedé inmóvil. El frío de su tacto era
un aviso natural, un indicio de que debería estar aterrada, pero no era miedo lo que sentía, aunque, sin embargo,
había otros sentimientos...

¬óYa lo ves. Todo est√° en orden.

Se me aceleró el pulso, y deseé poder refrenarlo al presentir que eso, los latidos en mis venas, lo iba a dificultar todo
un poco más. Lo más seguro es que él pudiera oírlo.

—El rubor de tus mejillas es adorable —murmuró.

Liberó con suavidad la otra mano. Mis manos cayeron flácidas sobre mi vientre. Me acarició la mejilla con suavidad
para luego sostener mi rostro entre sus manos de m√°rmol.

—Quédate muy quieta —susurró. ¡Como si no estuviera ya petrificada!

Lentamente, sin apartar sus ojos de los míos, se inclinó hacia mí. Luego, de forma sorprendente pero suave, apoyó
su mejilla contra la base de mi garganta. Apenas era capaz de moverme, incluso aunque hubiera querido. Oí el
sonido de su acompasada respiración mientras contemplaba cómo el sol y la brisa jugaban con su pelo de color
bronce, la parte m√°s humana de Edward.

Me estremecí cuando sus manos se deslizaron cuello abajo con deliberada lentitud. Le oí contener el aliento, pero
las manos no se detuvieron y suavemente siguieron su descenso hasta llegar a mis hombros, y entonces se
detuvieron.

Dejó resbalar el rostro por un lado de mi cuello, con la nariz rozando mi clavícula. A continuación, reclinó la cara y
apretó la cabeza tiernamente contra mi pecho...... escuchando los latidos de mi corazón.

¬óAh.

Suspiró.

No sé cuánto tiempo estuvimos sentados sin movernos. Pudieron ser horas. Al final, mi pulso se sosegó, pero
Edward no se movió ni me dirigió la palabra mientras me sostuvo. Sabía que en cualquier momento él podría no
contenerse y mi vida terminaría tan deprisa que ni siquiera me daría cuenta, aunque eso no me asustó. No podía
pensar en nada, excepto en que él me tocaba.

Luego, demasiado pronto, me liberó.

Sus ojos estaban llenos de paz cuando dijo con satisfacción:

¬óNo volver√° a ser tan arduo.

¬ó ¬ŅTe ha resultado dif√≠cil?

¬óNo ha sido tan dif√≠cil como hab√≠a supuesto. ¬ŅY a ti?

—No, para mí no lo ha sido en absoluto.

Sonrió ante mi entonación.

—Sabes a qué me refiero.

Le sonreí.

¬óToca ¬ótom√≥ mi mano y la situ√≥ sobre su mejilla¬ó. ¬ŅNotas qu√© caliente est√°?

Su piel habitualmente gélida estaba casi caliente, pero apenas lo noté, ya que estaba tocando su rostro, algo con lo
que llevaba so√Īando desde el primer d√≠a que le vi.

—No te muevas —susurré.

Nadie podía permanecer tan inmóvil como Edward. Cerró los ojos y se quedó tan quieto como una piedra, una
estatua debajo de mi mano.

Me mov√≠ incluso m√°s lentamente que √©l, teniendo cuidado de no hacer ning√ļn movimiento inesperado. Roc√© su
mejilla, acarici√© con delicadeza sus p√°rpados y la sombra p√ļrpura de las ojeras. Tuve sus labios entreabiertos debajo
de mi mano y sentí su fría respiración en las yemas de los dedos. Quise inclinarme para inhalar su aroma, pero dejé
caer la mano y me alejé, sin querer llevarle demasiado lejos.

Abrió los ojos, y había hambre en ellos. No la suficiente para atemorizarme, pero lo bastante para que se me hiciera
un nudo en el estómago y el pulso se me acelerara mientras la sangre de mis venas no cesaba de martillar.

—Querría —susurró—, querría que pudieras sentir la complejidad... la confusión que yo siento, que pudieras
entenderlo.

Llevó la mano a mi pelo y luego recorrió mi rostro.


—Dímelo —musité.

¬óDudo que sea capaz. Por una parte, ya te he hablado del hambre..., la sed, y te he dicho la criatura deplorable que
soy y lo que siento por ti. Creo que, por extensión, lo puedes comprender, aunque —prosiguió con una media
sonrisa¬ó probablemente no puedas identificarte por completo al no ser adicta a ninguna droga. Pero hay otros
apetitos... ¬óme hizo estremecer de nuevo al tocarme los labios con sus dedos¬ó, apetitos que ni siquiera entiendo,
que me son ajenos.

¬óPuede que lo entienda mejor de lo que crees.

¬óNo estoy acostumbrado a tener apetitos tan humanos. ¬ŅSiempre es as√≠?

—No lo sé —me detuve—. Para mí también es la primera vez.

Sostuvo mis manos entre las suyas, tan d√©biles en su herc√ļlea fortaleza.

—No sé lo cerca que puedo estar de ti —admitió—. No sé si podré...

Me incliné hacia delante muy despacio, avisándole con la mirada. Apoyé la mejilla contra su pecho de piedra. Sólo
podía oír su respiración, nada más.

¬óEsto basta.

Cerré los ojos y suspiré. En un gesto muy humano, me rodeó con los brazos y hundió el rostro en mi pelo.

¬óSe te da mejor de lo que t√ļ mismo crees ¬óapunt√©.

—Tengo instintos humanos. Puede que estén enterrados muy hondo, pero están ahí.

Permanecimos sentados durante otro periodo de tiempo inmensurable. Me preguntaba si le apetecería moverse tan
poco como a mí, pero podía ver declinar la luz y la sombra del bosque comenzaba a alcanzarnos. Suspiré.

¬óTienes que irte.

—Creía que no podías leer mi mente —le acusé.

¬óCada vez resulta m√°s f√°cil.

Noté un atisbo de humor en el tono de su voz. Me tomó por los hombros y le miré a la cara. En un arranque de
repentino entusiasmo, me preguntó:

¬ó ¬ŅTe puedo ense√Īar algo?

¬ó ¬ŅEl qu√©?

¬óTe voy a ense√Īar c√≥mo viajo por el bosque ¬óvio mi expresi√≥n aterrada¬ó. No te preocupes, vas a estar a salvo, y
llegaremos al coche mucho antes.

Sus labios se curvaron en una de esas sonrisas traviesas tan hermosas que casi detenían el latir de mi corazón.

¬ó ¬ŅTe vas a convertir en murci√©lago? ¬ópregunt√© con recelo.

Rompió a reír con más fuerza de la que le había oído jamás.

— ¡Como si no hubiera oído eso antes!

¬óVale, ya veo que no voy a conseguir quedarme contigo.

¬óVamos, peque√Īa cobarde, s√ļbete a mi espalda.

Aguardé a ver si bromeaba, pero al parecer lo decía en serio. Me dirigió una sonrisa al leer mi vacilación y extendió
los brazos hacia mí. Mi corazón reaccionó. Aunque Edward no pudiera leer mi mente, el pulso siempre me delataba.
Procedió a ponerme sobre su espalda, con poco esfuerzo por mi parte, aunque, cuando ya estuve acomodada, lo
rodeé con brazos y piernas con tal fuerza que hubiera estrangulado a una persona normal. Era como agarrarse a una
roca.

—Peso un poco más de la media de las mochilas que sueles llevar —le avisé.

— ¡Bahh.! —resopló. Casi pude imaginarle poniendo los ojos en blanco. Nunca antes le había visto tan animado.

Me sobrecogió cuando de forma inesperada me aferró la mano y presionó la palma sobre el rostro para inhalar
profundamente.

—Cada vez más fácil —musitó.

Y entonces echó a correr.

Si en alguna ocasión había tenido miedo en su presencia, aquello no era nada en comparación con cómo me sentí en
ese momento.

Cruzó como una bala, como un espectro, la oscura y densa masa de maleza del bosque sin hacer ruido, sin evidencia
alguna de que sus pies rozaran el suelo. Su respiraci√≥n no se alter√≥ en ning√ļn momento, jam√°s dio muestras de
esforzarse, pero los √°rboles pasaban volando a mi lado a una velocidad vertiginosa, no golpe√°ndonos por
centímetros.

Estaba demasiado aterrada para cerrar los ojos, aunque el frío aire del bosque me azotaba el rostro hasta escocerme.
Me sentí como si en un acto de estupidez hubiera sacado la cabeza por la ventanilla de un avión en pleno vuelo, y
experimenté el acelerado desfallecimiento del mareo.

Entonces, termin√≥. Aquella ma√Īana hab√≠amos caminado durante horas para alcanzar el prado de Edward, y ahora, en
cuestión de minutos, estábamos de regreso junto al monovolumen.

¬óEstimulante, ¬Ņverdad? ¬ódijo entusiasmado y con voz aguda.


Se qued√≥ inm√≥vil, a la espera de que me bajara. Lo intent√©, pero no me respond√≠an los m√ļsculos. Me mantuve
aferrada a él con brazos y piernas mientras la cabeza no dejaba de darme vueltas.

¬ó ¬ŅBella? ¬ópregunt√≥, ahora inquieto.

—Creo que necesito tumbarme —respondí jadeante.

—Ah, perdona —me esperó, pero aun así no me pude mover.

—Creo que necesito ayuda —admití.

Se rió quedamente y deshizo suavemente mi presa alrededor de su cuello. No había forma de resistir la fuerza de
hierro de sus manos. Luego, me dio la vuelta y qued√© frente a √©l, y me acun√≥ en sus brazos como si fuera una ni√Īa
peque√Īa. Me sostuvo en vilo un momento para luego depositarme sobre los mullidos helechos.

¬ó ¬ŅQu√© tal te encuentras?

No estaba muy segura de cómo me sentía, ya que la cabeza me daba vueltas de forma enloquecida.

¬óMareada, creo.

¬óPon la cabeza entre las rodillas.

Intenté lo que me indicaba, y ayudó un poco. Inspiré y espiré lentamente sin mover la cabeza. Me percaté de que se
sentaba a mi lado. Pasado el mal trago, pude alzar la cabeza. Me pitaban los oídos.

—Supongo que no fue una buena idea —musitó.

Intenté mostrarme positiva, pero mi voz sonó débil cuando respondí:

¬óNo, ha sido muy interesante.

¬ó ¬°Vaya! Est√°s blanca como un fantasma, tan blanca como yo mismo.

—Creo que debería haber cerrado los ojos.

—Recuérdalo la próxima vez.

¬ó ¬°¬ŅLa pr√≥xima vez?! ¬ógem√≠.

Edward se rió, seguía de un humor excelente.

—Fanfarrón —musité.

—Bella, abre los ojos —rogó con voz suave.

Y ahí estaba él, con el rostro demasiado cerca del mío. Su belleza aturdió mi mente... Era demasiada, un exceso al
que no conseguía acostumbrarme.

—Mientras corría, he estado pensando...

¬ó En no estrellarnos contra los √°rboles, espero.

—Tonta Bella —rió entre dientes—. Correr es mi segunda naturaleza, no es algo en lo que tenga que pensar.

—Fanfarrón —repetí. Edward sonrió.

—No. He pensado que había algo que quería intentar.

Y volvió a tomar mi cabeza entre sus manos. No pude respirar.

Vaciló... No de la forma habitual, no de una forma humana, no de la manera en que un hombre podría vacilar antes
de besar a una mujer para calibrar su reacción e intuir cómo le recibiría. Tal vez vacilaría para prolongar el
momento, ese momento ideal previo, muchas veces mejor que el beso mismo.

Edward se detuvo vacilante para probarse a s√≠ mismo y ver si era seguro, para cerciorarse de que a√ļn manten√≠a bajo
control su necesidad.

Entonces sus fríos labios de mármol presionaron muy suavemente los míos.

Para lo que ninguno de los dos estaba preparado era para mi respuesta.

La sangre me hervía bajo la piel quemándome los labios. Mi respiración se convirtió en un violento jadeo. Aferré su
pelo con los dedos, atrayéndolo hacia mí, con los labios entreabiertos para respirar su aliento embriagador.
Inmediatamente, sentí que sus labios se convertían en piedra. Sus manos gentilmente pero con fuerza, apartaron mi
cara. Abrí los ojos y vi su expresión vigilante.

— ¡Huy! —musité.

¬óEso es quedarse corto.

Sus ojos eran feroces y apretaba la mandíbula para controlarse, sin que todavía se descompusiera su perfecta
expresión. Sostuvo mi rostro a escasos centímetros del suyo, aturdiéndome.

¬ó ¬ŅDeber√≠a...?

Intenté desasirme para concederle cierto espacio, pero sus manos no me permitieron alejarme más de un centímetro.

—No. Es soportable. Aguarda un momento, por favor —pidió con voz amable, controlada.

Mantuve la vista fija en sus ojos, contemplé como la excitación que lucía en ellos se sosegaba. Entonces, me dedicó
una sonrisa sorprendentemente traviesa.

— ¡Listo! —exclamó, complacido consigo mismo.

¬ó ¬ŅSoportable? ¬ópregunt√©.

—Soy más fuerte de lo que pensaba —rió con fuerza—. Bueno es saberlo.

—Desearía poder decir lo mismo. Lo siento. —Después de todo, sólo eres humana.

—Muchas gracias —repliqué mordazmente.


Se puso de pie con uno de sus movimientos ágiles, rápidos, casi invisibles. Me tendió su mano, un gesto inesperado,
ya que estaba demasiado acostumbrada a nuestro habitual comportamiento de nulo contacto. Tomé su mano helada,
ya que necesitaba ese apoyo m√°s de lo que cre√≠a. A√ļn no hab√≠a recuperado el equilibrio.

¬ó ¬ŅSigues estando d√©bil a causa de la carrera? ¬ŅO ha sido mi pericia al besar?

¡Qué desenfadado y humano parecía su angelical y apacible rostro cuando se reía! Era un Edward diferente al que
yo conocía, y estaba loca por él. Ahora, separarme me iba a causar un dolor físico.

¬óNo puedo estar segura, a√ļn sigo grogui ¬óconsegu√≠ responderle¬ó. Creo que es un poco de ambas cosas.

—Tal vez deberías dejarme conducir.

¬ó ¬ŅEst√°s loco? ¬óprotest√©.

¬óConduzco mejor que t√ļ en tu mejor d√≠a ¬óse burl√≥¬ó. Tus reflejos son mucho m√°s lentos.

—Estoy segura de eso, pero creo que ni mis nervios ni mi coche seríamos capaces de soportarlo.

¬óUn poco de confianza, Bella, por favor.

Tenía la mano en el bolsillo, crispada sobre las llaves. Fruncí los labios con gesto pensativo y sacudí la cabeza
firmemente.

¬óNo. Ni en broma.

Arqueó las cejas con incredulidad.

Comencé a dar un rodeo a su lado para dirigirme al asiento del conductor. Puede que me hubiera dejado pasar si no
me hubiese tambaleado ligeramente. Puede que no.

¬óBella, llegados a este punto, ya he invertido un enorme esfuerzo personal en mantenerte viva. No voy a dejar que
te pongas detrás del volante de un coche cuando ni siquiera puedes caminar en línea recta. Además, no hay que
dejar que los amigos conduzcan borrachos —citó con una risita mientras su brazo creaba una trampa ineludible
alrededor de mi cintura.

—No puedo rebatirlo —dije con un suspiro. No había forma de sortearlo ni podía resistirme a él. Alcé las llaves y
las dejé caer, observando que su mano, veloz como el rayo, las atrapaba sin hacer ruido—. Con calma... Mi
monovolumen es un se√Īor mayor.

—Muy sensata —aprobó.

¬ó ¬ŅY t√ļ no est√°s afectado por mi presencia? ¬ó¬ópregunt√© con enojo.

Sus facciones sufrieron otra transformación, su expresión se hizo suave y cálida. Al principio, no me respondió; se
limitó a inclinar su rostro sobre el mío y deslizar sus labios lentamente a lo largo de mi mandíbula, desde la oreja al
mentón, de un lado a otro. Me estremecí.

—Pase lo que pase —murmuró finalmente—, tengo mejores reflejos.



MENTE VERSUS CUERPO



Tuve que admitir que Edward conducía bien cuando iba a una velocidad razonable. Como tantas otras cosas, la
conducci√≥n no parec√≠a requerirle ning√ļn esfuerzo. Aunque apenas miraba a la carretera, los neum√°ticos nunca se
desviaban más de un centímetro del centro de la senda. Conducía con una mano, sosteniendo la mía con la otra. A
veces fijaba la vista en el sol poniente, otras en mí, en mi rostro, en mi pelo expuesto al viento que entraba por la
ventana abierta, en nuestras manos unidas.

Había cambiado el dial de la radio para sintonizar una emisora de viejos éxitos y cantaba una canción que no había
oído en mi vida. Se sabía la letra entera.

¬ó ¬ŅTe gusta la m√ļsica de los cincuenta?

¬óEn los cincuenta, la m√ļsica era buena, mucho mejor que la de los sesenta, y los setenta... ¬°Buaj! ¬óse
estremeció—. Los ochenta fueron soportables.

¬ó ¬ŅVas a decirme alguna vez cu√°ntos a√Īos tienes? ¬ópregunt√©, indecisa, sin querer arruinar su optimismo.

¬ó ¬ŅImporta mucho?

Para mi gran alivio, su sonrisa se mantuvo clara.

¬óNo, pero me lo sigo preguntando... ¬óhice una mueca¬ó. No hay nada como un misterio sin resolver para
mantenerte en vela toda la noche.

—Me pregunto si te perturbaría... —comentó para sí.

Fijó la mirada en el sol, pasaron los minutos y al final dije:

¬óPonme a prueba.

Suspiró. Luego me miró a los ojos, olvidándose al parecer, y por completo, del camino durante un buen rato. Fuera
lo que fuese lo que viera en ellos, debió de animarle. Clavó la vista en el sol —la luz del astro rey al ponerse
arrancaba de su piel un centelleo similar al de los rubíes— y comenzó a hablar.

—Nací en Chicago en 1901 —hizo una pausa y me miró por el rabillo del ojo. Puse mucho cuidado en que mi rostro
no mostrara sorpresa alguna, esperando el resto de la historia con paciencia. Esbozó una leve sonrisa y prosiguió—:


Carlisle me encontr√≥ en un hospital en el verano de 1918. Ten√≠a diecisiete a√Īos y me estaba muriendo de gripe
espa√Īola.

Me oyó inhalar bruscamente, aunque apenas era audible para mí misma. Volvió a mirar mis ojos.

—No me acuerdo muy bien. Sucedió hace mucho tiempo y los recuerdos humanos se desvanecen —se sumió en sus
propios pensamientos durante un breve lapso de tiempo antes de continuar—. Recuerdo cómo me sentía cuando
Carlisle me salvó. No es nada fácil ni algo que se pueda olvidar.

¬ó ¬ŅY tus padres?

—Ya habían muerto a causa de la gripe. Estaba solo. Me eligió por ese motivo. Con todo el caos de la epidemia,
nadie iba a darse cuenta de que yo había desaparecido.

¬ó ¬ŅC√≥mo...? ¬ŅC√≥mo te salv√≥?

Transcurrieron varios segundos antes de que respondiera. Parecía estar eligiendo las palabras con sumo cuidado.

—Fue difícil. No muchos de nosotros tenemos el necesario autocontrol para conseguirlo, pero Carlisle siempre ha
sido el más humano y compasivo de todos. Dudo que se pueda hallar uno igual a él en toda la historia —hizo una
pausa—. Para mí, sólo fue muy, muy doloroso.

Supe que no iba a revelar más de ese tema por la forma en que fruncía los labios. Reprimí mi curiosidad, aunque
estaba lejos de estar satisfecha. Había muchas cosas sobre las que necesitaba pensar respecto a ese tema en
particular, cosas que surgían sobre la marcha. Sin duda alguna, su mente rápida ya había previsto todos los aspectos
en los que me iba a eludir.

Su voz suave interrumpió el hilo de mis pensamientos:

¬óActu√≥ desde la soledad. √Čsa es, por lo general, la raz√≥n que hay detr√°s de cada elecci√≥n. Fui el primer miembro de
la familia de Carlisle, aunque poco después encontró a Esme. Se cayó de un risco. La llevaron directamente a la
morgue del hospital, aunque, nadie sabe cómo, su corazón seguía latiendo.

—Así pues, tienes que estar a punto de morir para convertirte en...

Nunca pronunci√°bamos esa palabra, y no lo iba a hacer ahora.

—No, eso es sólo en el caso de Carlisle. El jamás hubiera convertido a alguien que hubiera tenido otra alternativa —
siempre que hablaba de su padre lo hac√≠a con un profundo respeto¬ó. Aunque, seg√ļn √©l ¬ócontinu√≥¬ó, es m√°s f√°cil
si la sangre es débil.

Contempló la carretera, ahora a oscuras, y sentí que estaba a punto de zanjar el tema.

¬ó ¬ŅY Emmett y Rosalie?

—La siguiente a quien Carlisle trajo a la familia fue Rosalie. Hasta mucho después no comprendí que albergaba la
esperanza de que ella fuera para mí lo mismo que Esme para él. Se mostró muy cuidadoso en sus pensamientos
sobre m√≠ ¬ópuso los ojos en blanco¬ó. Pero ella nunca fue m√°s que una hermana y s√≥lo dos a√Īos despu√©s encontr√≥ a
Emmett. Rosalie iba de caza, en aquel tiempo íbamos a los Apalaches, y se topó con un oso que estaba a punto de
acabar con él. Lo llevó hasta Carlisle durante ciento cincuenta kilómetros al temer que no fuera capaz de hacerlo por
sí sola. Sólo ahora comienzo a intuir qué difícil fue ese viaje para ella.

Me dirigió una mirada elocuente y alzó nuestras manos, todavía entrelazadas, para acariciarme la mejilla con la base
de la mano.

—Pero lo consiguió —le animé mientras desviaba la vista de la irresistible belleza de sus ojos.

—Sí —murmuró—. Rosalie vio algo en sus facciones que le dio la suficiente entereza, y llevan juntos desde
entonces. A veces, viven separados de nosotros, como una pareja casada: cuanto m√°s joven fingimos ser, m√°s
tiempo podemos permanecer en un lugar determinado. Forks parecía perfecto, de ahí que nos inscribiéramos en el
instituto ¬óse ech√≥ a re√≠r¬ó. Supongo que dentro de unos a√Īos vamos a tener que ir a su boda otra vez.

¬ó ¬ŅY Alice y Jasper?

¬óSon dos criaturas muy extra√Īas. Ambos desarrollaron una conciencia, como nosotros la llamamos, sin ninguna
guía o influencia externa. Jasper perteneció a otra familia... Una familia bien diferente. Se había deprimido y vagaba
por su cuenta. Alice lo encontró. Al igual que yo, está dotada de ciertos dones superiores que están más allá de los
propios de nuestra especie.

¬ó ¬ŅDe verdad? ¬óle interrump√≠ fascinada¬ó. Pero t√ļ dijiste que eras el √ļnico que pod√≠a o√≠r el pensamiento de la
gente.

—Eso es verdad. Alice sabe otras cosas, las ve... Ve cosas que podrían suceder, hechos venideros, pero todo es muy
subjetivo. El futuro no est√° grabado en piedra. Las cosas cambian.

La mandíbula de Edward se tensó y me lanzó una mirada, pero la apartó tan deprisa que no quedé muy segura de si
no lo habría imaginado.

¬ó ¬ŅQu√© tipo de cosas ve?

—Vio a Jasper y supo que la estaba buscando antes de que él la conociera. Vio a Carlisle y a nuestra familia, y ellos
acudieron a nuestro encuentro. Es m√°s sensible hacia quienes no son humanos. Por ejemplo, siempre ve cuando se
acerca otro clan de nuestra especie y la posible amenaza que pudiera suponer.

¬ó ¬ŅHay muchos... de los tuyos?


Estaba sorprendida. ¬ŅCu√°ntos pod√≠an estar entre nosotros sin ser detectados?

¬óNo, no demasiados, pero la mayor√≠a no se asienta en ning√ļn lugar. S√≥lo pueden vivir entre los humanos por
mucho tiempo los que, como nosotros, renuncian a dar caza a tu gente —me dirigió una tímida mirada—. Sólo
hemos encontrado otra familia como la nuestra en un pueblecito de Alaska. Vivimos juntos durante un tiempo, pero
éramos tantos que empezamos a hacernos notar. Los que vivimos de forma diferente tendemos a agruparnos.

¬ó ¬ŅY el resto?

—Son nómadas en su mayoría. Todos hemos llevado esa vida alguna vez. Se vuelve tediosa, como casi todo, pero
de vez en cuando nos cruzamos con los otros, ya que la mayoría preferimos el norte.

¬ó ¬ŅPor qu√© raz√≥n?

En aquel momento ya nos habíamos detenido en frente de mi casa y él había apagado el motor. Todo estaba oscuro
y en calma. No hab√≠a luna. Las luces del porche estaban apagadas, de ah√≠ que supiera que mi padre a√ļn no estaba en
casa.

¬ó ¬ŅHas abierto los ojos esta tarde? ¬óbrome√≥¬ó. ¬ŅCrees que podr√≠amos caminar por las calles sin provocar
accidentes de tráfico? Hay una razón por la que escogimos la Península de Olympic: es uno de los lugares menos
soleados del mundo. Resultaba agradable poder salir durante el día. Ni te imaginas lo fatigoso que puede ser vivir de
noche durante ochenta y tantos a√Īos.

¬óEntonces, ¬Ņde ah√≠ viene la leyenda?

¬óProbablemente.

¬ó ¬ŅProced√≠a Alice de otra familia, como Jasper?

—No, y es un misterio, ya que no recuerda nada de su vida humana ni sabe quién la convirtió. Despertó sola.
Quienquiera que lo hiciese, se marchó, y ninguno de nosotros comprende por qué o cómo pudo hacerlo. Si Alice no
hubiera tenido ese otro sentido, si no hubiera visto a Jasper y Carlisle y no hubiera sabido que un día se convertiría
en una de nosotros, probablemente se hubiera vuelto una criatura totalmente salvaje.

Hab√≠a tanto en qu√© pensar y quedaba tanto por preguntar... Pero, para gran verg√ľenza m√≠a, me sonaron las tripas.
Estaba tan intrigada que ni siquiera había notado el apetito que tenía. Ahora me daba cuenta de que tenía un hambre
feroz.

¬óLo siento, te estoy impidiendo cenar.

¬óMe encuentro bien, de veras.

¬óJam√°s hab√≠a pasado tanto tiempo en compa√Ī√≠a de alguien que se alimentara de comida. Lo olvid√©.

¬óQuiero estar contigo.

Era más fácil decirlo en la oscuridad al saber que la voz delataba mi irremediable atracción por él cada vez que
hablaba.

¬ó ¬ŅNo puedo entrar?

¬ó ¬ŅTe gustar√≠a?

No me imaginaba a esa criatura divina sent√°ndose en la zarrapastrosa silla de mi padre en la cocina.

—Sí, si no es un problema.

Le oí cerrar la puerta con cuidado y casi al instante ya estaba frente a la mía para abrirla.

—Muy humano —le felicité.

¬óEsa parte est√° emergiendo a la superficie, no cabe duda.

Caminó detrás de mí en la noche cerrada con tal sigilo que debía mirarlo a hurtadillas para asegurarme de que
continuaba ah√≠. Desentonaba menos en la oscuridad. Segu√≠a p√°lido y tan hermoso como un sue√Īo, pero ya no era la
fant√°stica criatura centelleante de nuestra tarde al sol.

Se me adelantó y me abrió la puerta. Me detuve en medio del umbral.

¬ó ¬ŅEstaba abierta?

¬óNo, he usado la llave de debajo del alero.

Entré, encendí las luces del porche y lo miré enarcando las cejas. Estaba segura de no haber usado nunca esa llave
delante de él.

—Sentía curiosidad por ti.

¬ó ¬ŅMe has espiado?

Sin saber por qué, no pude infundir a mi voz el adecuado tono de ultraje. Me sentía halagada y él no parecía
arrepentido.

¬ó ¬ŅQu√© otra cosa iba a hacer de noche?

Lo dejé correr por el momento y pasé del vestíbulo a la cocina. Ahí seguía, a mis espaldas, sin necesitar que lo
guiara. Se sentó en la misma silla en la que había intentado imaginármelo. Su belleza iluminó la cocina.
Transcurrieron unos instantes antes de que pudiera apartar los ojos de él.

Me concentr√© en prepararme la cena, tomando del frigor√≠fico la lasa√Īa de la noche anterior, poniendo una parte
sobre un plato y calentándola en el microondas. Este empezó a girar, llenando la cocina de olor a tomate y orégano.
No aparté los ojos de la comida mientras decía con indiferencia:


¬ó ¬ŅCon cu√°nta frecuencia?

¬ó ¬ŅEh?

Parec√≠a haberle cortado alg√ļn otro hilo de su pensamiento. Segu√≠ sin girarme.

¬ó ¬ŅCon qu√© frecuencia has venido aqu√≠?

¬óCasi todas las noches.

Aturdida, me di la vuelta.

¬ó ¬ŅPor qu√©?

¬óEres interesante cuando duermes ¬óexplic√≥ con total naturalidad¬ó. Hablas en sue√Īos.

— ¡No! —exclamé sofocada mientras una oleada de calor recorría todo mi rostro hasta llegar al cabello. Me agarré a
la encimera de la cocina para sostenerme. Sab√≠a que hablaba en sue√Īos, por supuesto, mi madre siempre bromeaba
al respecto, pero no había creído que fuera algo de lo que tuviera que preocuparme.

Su expresión pasó a ser de disgusto inmediatamente.

¬ó ¬ŅEst√°s muy enfadada conmigo?

— ¡Eso depende! —me senté, parecía como si me hubiera quedado sin aire.

Esperó y luego me urgió:

¬ó ¬ŅDe qu√©?

— ¡De lo que hayas escuchado! —gemí.

Un momento después, sin hacer ruido, estaba a mi lado para tomarme las manos delicadamente entre las suyas.

— ¡No te disgustes! —suplicó.

Agachó el rostro hasta el nivel de mis ojos y sostuvo mi mirada. Estaba avergonzada, por lo que intenté apartarla.

—Echas de menos a tu madre —susurró—. Te preocupas por ella, y cuando llueve, el sonido hace que te revuelvas
inquieta. Sol√≠as hablar mucho de Phoenix, pero ahora lo haces con menos frecuencia. En una ocasi√≥n dijiste: ¬ęTodo
es demasiado verde¬Ľ.

Se ri√≥ con suavidad, a la espera, y pude ver que era para no ofenderme a√ļn m√°s.

¬ó ¬ŅAlguna otra cosa? ¬ó¬óexig√≠ saber.

Supuso lo que yo quería descubrir y admitió:

¬óPronunciaste mi nombre.

Frustrada, suspiré.

¬ó ¬ŅMucho?

¬óExactamente, ¬Ņcu√°ntas veces entiendes por ¬ęmucho¬Ľ?

¬óOh, no.

Bajé la cabeza, pero él la atrajo contra su pecho con suave naturalidad.

¬óNo te acomplejes ¬óme susurr√≥ al o√≠do¬ó¬ó. Si pudiera so√Īar, ser√≠a contigo. Y no me avergonzar√≠a de ello.

En ese momento, ambos oímos el sonido de unas llantas sobre los ladrillos del camino de entrada a la casa y vimos
las luces—delanteras que nos llegaban desde el vestíbulo a través de las ventanas frontales. Me envaré en sus
brazos.

¬ó ¬ŅDeber√≠a saber tu padre que estoy aqu√≠? ¬ópregunt√≥.

—Yo... —intenté pensar con rapidez—. No estoy segura...

—En otra ocasión, entonces.

Y me quedé sola.

— ¡Edward! —le llamé, intentando no gritar.

Escuché una risita espectral y luego, nada más.

Mi padre hizo girar la llave de la puerta.

¬ó ¬ŅBella? ¬óme llam√≥. Eso me hubiera molestado antes. ¬ŅQui√©n m√°s pod√≠a haber? De repente, Charlie me parec√≠a
totalmente fuera de lugar.

—Estoy aquí.

Esperaba que no apreciara la nota histérica de mi voz. Tomé mi cena del microondas y me senté a la mesa mientras
él entraba. Después de pasar el día con Edward, sus pasos parecían estrepitosos.

¬ó ¬ŅMe puedes preparar un poco de eso? Estoy hecho polvo.

Charlie se detuvo para quitarse las botas, apoy√°ndose sobre el respaldo de la silla para ayudarse.

Puse mi cena en mi sitio para zampármela en cuanto le hubiera preparado la suya. Me escocía la lengua. Mientras se
calentaba la lasa√Īa de Charlie, llen√© dos vasos de leche y beb√≠ un trago del m√≠o para mitigar la quemaz√≥n. Advert√≠
que me temblaba el pulso cuando vi que la leche se agitaba al dejar el vaso. Mi padre se sentó en la silla. El
contraste entre él y su antiguo ocupante resultaba cómico.

—Gracias —dijo mientras le servía la comida en la mesa.

¬ó ¬ŅQu√© tal te ha ido el d√≠a? ¬ópregunt√© con precipitaci√≥n. Me mor√≠a de ganas de escaparme a mi habitaci√≥n.

¬óBien. Los peces picaron... ¬ŅQu√© tal t√ļ? ¬ŅHiciste todo lo que quer√≠as hacer?


¬óEn realidad, no ¬ómord√≠ otro gran pedazo de lasa√Īa¬ó. Se estaba demasiado bien fuera como para quedarse en
casa.

—Ha sido un gran día —coincidió.

Eso es quedarse corto, pensé en mi fuero interno.

Di buena cuenta del √ļltimo trozo de lasa√Īa, alc√© el vaso y me beb√≠ de un trago lo que quedaba de leche. Charlie me
sorprendió al ser tan observador cuando preguntó:

¬ó ¬ŅTienes prisa?

—Sí, estoy cansada. Me voy a acostar pronto.

—Pareces nerviosa —comentó.

¬°Ay! ¬ŅPor qu√©? ¬ŅPor qu√© ha tenido que ser justamente esta noche la que ha elegido para fijarse en m√≠?

¬ó ¬ŅDe verdad? ¬ófue todo lo que consegu√≠ contestar.

Fregué rápidamente los platos en la pila y para que se secaran los puse bocabajo sobre un trapo de cocina.

—Es sábado —musitó.

No le respondí, pero de repente preguntó:

¬ó ¬ŅNo tienes planes para esta noche?

—No, papá, sólo quiero dormir un poco.

¬óNinguno de los chicos del pueblo es tu tipo, ¬Ņverdad?

Charlie recelaba, pero intentaba actuar con frialdad.

¬óNo. Ning√ļn chico me ha llamado a√ļn la atenci√≥n.

Me cuidé mucho de enfatizar la palabra chico, sin dejarme llevar por mi deseo de ser sincera con Charlie.

—Pensé que tal vez el tal Mike Newton... Dijiste que era simpático.

—Sólo es un amigo, papá.

—Bueno, de todos modos, eres demasiado buena para todos ellos. Aguarda a que estés en la universidad para
empezar a mirar.

El sue√Īo de cada padre es que su hija est√© ya fuera de casa antes de que se le disparen las hormonas.

—Me parece una buena idea —admití mientras me dirigía escaleras arriba.

—Buenas noches, cielo —se despidió. Sin duda, iba a estar con el oído atento toda la noche, a la espera de
atraparme intentando salir a hurtadillas.

¬óTe veo ma√Īana, pap√°.

Te veo esta noche cuando te deslices a medianoche para comprobar si sigo ahí.

Me esforcé en que el ruido de mis pasos pareciera lento y cansado cuando subí las escaleras hacia mi dormitorio.
Cerré la puerta con la suficiente fuerza para que mi padre lo oyera y luego me precipité hacia la ventana andando de
puntillas. La abrí de un tirón y me asomé, escrutando las oscuras e impenetrables sombras de los árboles.

¬ó ¬ŅEdward? ¬ósusurr√©, sinti√©ndome completamente idiota.

La tranquila risa de respuesta procedía de detrás de mí.

¬ó ¬ŅS√≠?

Me giré bruscamente al tiempo que, como reacción a la sorpresa, me llevaba una mano a la garganta.

Sonriendo de oreja a oreja, yacía tendido en mi cama con las manos detrás de la nuca y los pies colgando por el otro
extremo. Era la viva imagen de la despreocupación.

— ¡Oh! —musité insegura, sintiendo que me desplomaba sobre el suelo.

¬óLo siento.

Frunció los labios en un intento de ocultar su regocijo.

—Dame un minuto para que me vuelva a latir el corazón.

Se incorporó despacio para no asustarme de nuevo. Luego, ya sentado, se inclinó hacia delante y extendió sus largos
brazos para recogerme, sujet√°ndome por los brazos como a un ni√Īo peque√Īo que empieza a andar. Me sent√≥ en la
cama junto a él.

¬ó ¬ŅPor qu√© no te sientas conmigo? ¬ósugiri√≥, poniendo su fr√≠a mano sobre la m√≠a¬ó. ¬ŅC√≥mo va el coraz√≥n?

¬óD√≠melo t√ļ... Estoy segura de que lo escuchas mejor que yo.

Noté que su risa sofocada sacudía la cama.

Nos sentamos ahí durante un momento, escuchando ambos los lentos latidos de mi corazón. Se me ocurrió pensar en
el hecho de tener a Edward en mi habitación estando mi padre en casa.

¬ó ¬ŅMe concedes un minuto para ser humana?

¬óDesde luego.

Me indicó con un gesto de la mano que procediera.

¬óNo te muevas ¬óle dije, intentando parecer severa.

¬óS√≠, se√Īorita.

Y me hizo una demostración de cómo convertirse en una estatua sobre el borde de mi cama.


Me incorporé de un salto, recogí mi pijama del suelo y mi neceser de aseo del escritorio. Dejé la luz apagada y me
deslicé fuera, cerrando la puerta al salir.

O√≠ subir por las escaleras el sonido del televisor. Cerr√© con fuerza la puerta del ba√Īo para que Charlie no subiera a
molestarme.

Tenía la intención de apresurarme. Me cepillé los dientes casi con violencia en un intento de ser minuciosa y rápida
a la hora de eliminar todos los restos de lasa√Īa. Pero no pod√≠a urgir al agua caliente de la ducha, que me relaj√≥ los
m√ļsculos de la espalda y me calm√≥ el pulso. El olor familiar de mi champ√ļ me hizo sentirme la misma persona de
esta ma√Īana. Intent√© no pensar en Edward, que me esperaba sentado en mi habitaci√≥n, porque entonces tendr√≠a que
empezar otra vez con todo el proceso de relajamiento. Al final, no pude dilatarlo más. Cerré el grifo del agua y me
sequé con la toalla apresuradamente, acelerándome otra vez. Me puse el pijama: una camiseta llena de agujeros y un
pantalón gris de chándal. Era demasiado tarde para arrepentirse de no haber traído conmigo el pijama de seda
Victorias Secret que, dos a√Īos atr√°s, me regal√≥ mi madre para mi cumplea√Īos, y que a√ļn se encontrar√≠a en alg√ļn
cajón en la casa de Phoenix con la etiqueta del precio puesta.

Volví a frotarme el pelo con la toalla y luego me pasé el cepillo a toda prisa. Arrojé la toalla a la cesta de la ropa
sucia y lancé el cepillo y la pasta de dientes al neceser. Bajé escopetada las escaleras para que Charlie pudiera
verme en pijama y con el pelo mojado.

¬óBuenas noches, pap√°.

¬óBuenas noches, Bella.

Pareció sorprendido de verme. Tal vez hubiera desechado la idea de asegurarse de que estaba en casa esta noche.

Subí las escaleras de dos en dos, intentando no hacer ruido, entré zumbando en mi habitación, y me aseguré de
cerrar bien la puerta detrás de mí.

Edward no se había movido ni un milímetro, parecía la estatua de Adonis encaramada a mi descolorido edredón. Sus
labios se curvaron cuando sonreí, y la estatua cobró vida.

Me evalu√≥ con la mirada, tomando nota del pelo h√ļmedo y la zarrapastrosa camiseta. Enarc√≥ una ceja.

¬óBonita ropa.

Le dediqué una mueca.

¬óNo, te sienta bien.

—Gracias —susurré.

Regresé a su lado y me senté con las piernas cruzadas. Miré las líneas del suelo de madera.

¬ó ¬ŅA qu√© ven√≠a todo eso?

¬óCharlie cree que me voy a escapar a hurtadillas.

¬óAh ¬ólo consider√≥¬ó. ¬ŅPor qu√©? ¬ópregunt√≥ como si fuera incapaz de comprender la mente de Charlie con la
claridad que yo le suponía.

¬óAl parecer, me ve un poco acalorada.

Me levantó el mentón para examinar mi rostro.

¬óDe hecho, pareces bastante sofocada.

—Huram... —musité.

Resultaba muy difícil formular una pregunta coherente mientras me acariciaba. Comenzar me llevó un minuto de
concentración.

—Parece que te resulta mucho más fácil estar cerca de mí.

¬ó ¬ŅEso te parece? ¬ómurmur√≥ Edward mientras deslizaba la nariz hacia la curva de mi mand√≠bula. Sent√≠ su mano,
m√°s ligera que el ala de una polilla, apartar mi pelo h√ļmedo para que sus labios pudieran tocar la hondonada de
debajo de mi oreja.

—Sí. Mucho, mucho más fácil —contesté mientras intentaba espirar.

¬óHumm.

—Por eso me preguntaba... —comencé de nuevo, pero sus dedos seguían la línea de mi clavícula y me hicieron
perder el hilo de lo que estaba diciendo.

¬ó ¬ŅS√≠? ¬ómusit√≥.

¬ó ¬ŅPor qu√© ser√°? ¬óinquir√≠ con voz temblorosa, lo cual me avergonz√≥¬ó. ¬ŅQu√© crees?

Noté el temblor de su respiración sobre mi cuello cuando se rió.

¬óEl triunfo de la mente sobre la materia.

Retrocedí. Se quedó inmóvil cuando me moví, por lo que ya no pude oírle respirar.

Durante un instante nos miramos el uno al otro con prevención; luego, la tensión de su mandíbula se relajó
gradualmente y su expresión se llenó de confusión.

¬ó ¬ŅHice algo mal?

—No, lo opuesto. Me estás volviendo loca —le expliqué.

Lo pensó brevemente y pareció complacido cuando preguntó:

¬ó ¬ŅDe veras?


Una sonrisa triunfal iluminó lentamente su rostro.

¬ó ¬ŅQuerr√≠as una salva de aplausos? ¬óle pregunt√© con sarcasmo.

Sonrió de oreja a oreja.

¬óS√≥lo estoy gratamente sorprendido ¬óme aclar√≥¬ó. En los √ļltimos cien a√Īos, o casi ¬ócoment√≥ con tono
bromista— nunca me imaginé algo parecido. No creía encontrar a nadie con quien quisiera estar de forma distinta a
la que estoy con mis hermanos y hermanas. Y entonces descubro que estar contigo se me da bien, aunque todo sea
nuevo para mí.

¬óT√ļ eres bueno en todo ¬óobserv√©.

Se encogió de hombros, dejándolo correr, y los dos nos reímos en voz baja.

¬óPero ¬Ņc√≥mo puede ser tan f√°cil ahora? ¬óle presion√©¬ó. Esta tarde...

—No es fácil—suspiró—. Pero esta tarde estaba todavía... indeciso. Lo lamento, es imperdonable que me haya
comportado de esa forma.

—No es imperdonable —discrepé.

—Gracias —sonrió—. Ya ves —prosiguió, ahora mirando al suelo—, no estaba convencido de ser lo bastante
fuerte... —me tomó una mano y la presionó suavemente contra su rostro—. Estuve susceptible mientras existía la
posibilidad de que me viera sobrepasado... ¬óexhal√≥ su aroma sobre mi mu√Īeca¬ó. Hasta que me convenc√≠ de que
mi mente era lo bastante fuerte, que no exist√≠a peligro de ning√ļn tipo de que yo... de que pudiera...

Jamás le había visto trabarse de esa forma con las palabras. Resultaba tan... humano.

¬ó ¬ŅAhora ya no existe esa posibilidad?

—La mente domina la materia —repitió con una sonrisa que dejó entrever unos dientes que relucían incluso en la
oscuridad.

—Vaya, pues sí que era fácil.

Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, imperceptible como un suspiro, pero exuberante de todos modos.

— ¡Fácil para ti! —me corrigió al tiempo que me acariciaba la nariz con la yema de los dedos.

En ese momento se puso serio.

—Lo estoy intentando —susurró con voz dolida—. Si resultara..... insoportable, estoy bastante seguro de ser capaz
de irme.

Torcí el gesto. No me gustaba hablar de despedidas.

¬óMa√Īana va a ser m√°s duro ¬óprosigui√≥¬ó. He tenido tu aroma en la cabeza todo el d√≠a y me he insensibilizado de
forma increíble. Si me alejo de ti por cualquier lapso de tiempo, tendré que comenzar de nuevo. Aunque no desde
cero, creo.

—Entonces, no te vayas —le respondí, incapaz de esconder mí anhelo.

—Eso me satisface —replicó mientras su rostro se relajaba al esbozar una sonrisa amable—. Saca los grilletes... Soy
tu prisionero.

Pero mientras hablaba, eran sus manos las que se convert√≠an en esposas alrededor de mis mu√Īecas. Volvi√≥ a re√≠r con
esa risa suya, sosegada, musical. Le había oído reírse más esta noche que en todo el tiempo que había pasado con él.

—Pareces más optimista que de costumbre —observé—. No te había visto así antes.

¬ó ¬ŅNo se supone que debe ser as√≠? El esplendor del primer amor, y todo eso. ¬ŅNo es incre√≠ble la diferencia existente
entre leer sobre una materia o verla en las películas y experimentarla?

—Muy diferente —admití—. Y más fuerte de lo que había imaginado.

—Por ejemplo —comenzó a hablar más deprisa, por lo que tuve que concentrarme para no perderme nada—, la
emoción de los celos. He leído sobre los celos un millón de veces, he visto actores representarlos en mil películas y
obras teatrales diferentes. Creía haberlos comprendido con bastante claridad, pero me asustaron... —hizo una
mueca¬ó. ¬ŅRecuerdas el d√≠a en que Mike te pidi√≥ que fueras con √©l al baile?

Asentí, aunque recordaba ese día por un motivo diferente.

—Fue el día en que empezaste a dirigirme la palabra otra vez.

—Me sorprendió la llamarada de resentimiento, casi de furia, que experimenté... Al principio no supe qué era. No
poder saber qu√© pensabas, por qu√© le rechazabas, me exasperaba m√°s que de costumbre. ¬ŅLo hac√≠as en beneficio de
tu amiga? ¬ŅO hab√≠a alg√ļn otro? En cualquier caso, sab√≠a que no ten√≠a derecho alguno a que me importara, e intent√©
que fuera así.

¬ęEntonces, todo empez√≥ a estar claro ¬óri√≥ entre dientes y yo torc√≠ el gesto en las sombras¬ó. Esper√©,
irracionalmente ansioso de oír qué les decías, de vigilar vuestras expresiones. No niego el alivio que sentí al ver el
fastidio en tu rostro, pero no podía estar seguro.

¬Ľ√Čsa fue la primera noche que vine aqu√≠. Me debat√≠ toda la noche, mientras vigilaba tu sue√Īo, por el abismo que
mediaba entre lo que sabía que era correcto, moral, ético, y lo que realmente quería. Supe que si continuaba
ignor√°ndote como hasta ese momento, o si dejaba transcurrir unos pocos a√Īos, hasta que te fueras, llegar√≠a un d√≠a en
que le dirías sí a Mike o a alguien como él. Eso me enfurecía.


¬ĽY en ese momento ¬ósusurr√≥¬ó, pronunciaste mi nombre en sue√Īos. Lo dijiste con tal claridad que por un
momento creí que te habías despertado, pero te diste la vuelta, inquieta, musitaste mi nombre otra vez y suspiraste.
Un sentimiento desconcertante y asombroso recorrió mi cuerpo. Y supe que no te podía ignorar por más tiempo.

Enmudeció durante un momento, probablemente al escuchar el repentinamente irregular latido de mi corazón.

¬óPero los celos son algo extra√Īo y mucho m√°s poderoso de lo que hubiera pensado. ¬°E irracional! Justo ahora,
cuando Charlie te ha preguntado por ese vil de Mike Newton...

Movió la cabeza con enojo.

—Debería haber sabido que estarías escuchando —gemí.

¬óPor supuesto.

¬ó ¬ŅDe veras que eso te hace sentir celoso?

—Soy nuevo en esto. Has resucitado al hombre que hay en mí, y lo siento todo con más fuerza porque es reciente.

—Pero sinceramente —bromeé—, que eso te moleste después de lo que he oído de esa Rosalie... Rosalie, la
encarnaci√≥n de la pura belleza... Eso es lo que Rosalie significa para ti, con o sin Emmett, ¬Ņc√≥mo voy a competir
con eso?

¬óNo hay competencia.

Sus dientes centellearon. Arrastró mis manos atrapadas alrededor de su espalda, apretándome contra su pecho. Me
mantuve tan quieta como pude, incluso respiré con precaución.

—Sé que no hay competencia —murmuré sobre su fría piel—. Ese es el problema.

—Rosalie es hermosa a su manera, por supuesto, pero incluso si no fuera como una hermana para mí, incluso si
Emmett no le perteneciera, jam√°s podr√≠a ejercer la d√©cima, no, qu√© digo, la cent√©sima parte de la atracci√≥n que t√ļ
tienes sobre mí —estaba serio, meditabundo—. He caminado entre los míos y los hombres durante casi noventa
a√Īos... Todo ese tiempo me he considerado completo sin comprender que estaba buscando, sin encontrar nada
porque t√ļ a√ļn no exist√≠as.

—No parece demasiado justo —susurré con el rostro todavía recostado sobre su pecho, escuchando la cadencia de
su respiraci√≥n¬ó. En cambio, yo no he tenido que esperar para nada. ¬ŅPor qu√© deber√≠a dejarte escapar tan
f√°cilmente?

—Tienes razón —admitió divertido—. Debería ponértelo más difícil, sin duda —al liberar una de sus manos, me
solt√≥ la mu√Īeca s√≥lo para atraparla cuidadosamente con la otra mano. Me acarici√≥ suavemente la melena mojada de
la coronilla hasta la cintura—. Sólo te juegas la vida cada segundo que pasas conmigo, lo cual, seguramente, no es
mucho. S√≥lo tienes que regresar a la naturaleza, a la humanidad... ¬ŅMerece la pena?

¬óArriesgo muy poco... No me siento privada de nada.

¬óA√ļn no.

Al hablar su voz se llenó abruptamente de la antigua tristeza. Intenté echarme hacia atrás para verle la cara, pero su
mano me sujetaba las mu√Īecas con una presi√≥n de la que no me pod√≠a zafar.

¬ó ¬ŅQu√©...? ¬óempec√© a preguntar cuando su cuerpo se tens√≥, alerta. Me qued√© inm√≥vil, pero inopinadamente me
soltó las manos y desapareció. Estuve a punto de caer de bruces.

¬ó ¬°T√ļmbate! ¬ómurmur√≥. No sabr√≠a decir desde qu√© lugar de la negrura me hablaba.

Me di la vuelta para meterme debajo de la colcha y me acurruqué sobre un costado, de la forma en que solía dormir.
Oí el crujido de la puerta cuando Charlie entró para echar un vistazo a hurtadillas y asegurarse de que estaba donde
se suponía que debía estar. Respiré acompasadamente, exagerando el movimiento.

Transcurrió un largo minuto. Estuve atenta, sin estar segura de haber escuchado cerrarse la puerta. En ese momento,
el frío brazo de Edward me rodeó debajo de las mantas y me besó en la oreja.

—Eres una actriz pésima... Diría que ése no es tu camino.

¬ó ¬°Caray!

Mi corazón estaba a punto de salirse del pecho. Tarareó una melodía que no identifiqué. Parecía una nana. Hizo una
pausa.

¬ó ¬ŅDeber√≠a cantarte para que te durmieras?

¬óCierto ¬óme re√≠¬ó. ¬°C√≥mo me podr√≠a dormir estando t√ļ aqu√≠!

—Lo has hecho todo el tiempo —me recordó.

—Pero no sabía que estabas aquí —repliqué con frialdad.

—Bueno, si no quieres dormir... —sugirió, ignorando mi tono. Se me cortó la respiración.

¬óSi no quiero dormir..., ¬Ņqu√©?

Rió entre dientes.

¬óEn ese caso, ¬Ņqu√© quieres hacer?

Al principio no supe qué responder, y finalmente admití:

¬óNo estoy segura.

—Dímelo cuando lo hayas decidido.

Sentí su frío aliento sobre mi cuello y el deslizarse de su nariz a lo largo de mi mandíbula, inhalando.


—Pensé que te habías insensibilizado.

—Que haya renunciado a beber el vino no significa que no pueda apreciar el buqué —susurró—. Hueles a flores,
como a lavanda y a fresa ¬óse√Īal√≥¬ó. Se me hace la boca agua.

—Sí, tengo un mal día siempre que no encuentro a alguien que me diga qué apetitoso es mi aroma.

Rió entre dientes, y luego suspiró.

—He decidido qué quiero hacer —le dije—. Quiero saber más de ti.

¬óPregunta lo que quieras.

Cribé todas mis preguntas para elegir la más importante y entonces dije:

¬ó ¬ŅPor qu√© lo haces? Sigo sin comprender c√≥mo te esfuerzas tanto para resistirte a lo que... eres. Por favor, no me
malinterpretes, me alegra que lo hagas. Sólo que no veo la razón por la que te preocupó al principio.

Vaciló antes de responderme:

—Es una buena pregunta, y no eres la primera en hacerla. El resto, la mayoría de nuestra especie, está bastante
satisfecho con nuestro sino... Ellos también se preguntan cómo vivimos. Pero, ya ves, sólo porque nos hayan
repartido ciertas cartas no significa que no podamos elegir el sobreponernos, dominar las ataduras de un destino que
ninguno de nosotros deseaba e intentar retener toda la esencia de humanidad que nos resulte posible.

Yací inmóvil, atrapada por un silencio sobrecogedor.

¬ó ¬ŅTe has dormido? ¬ócuchiche√≥ despu√©s de unos minutos.

¬óNo.

¬ó ¬ŅEso es todo lo que te inspira curiosidad?

¬óEn realidad, no.

¬ó ¬ŅQu√© m√°s deseas saber?

¬ó ¬ŅPor qu√© puedes leer mentes? ¬ŅPor qu√© s√≥lo t√ļ? ¬ŅY por qu√© Alice lee el porvenir? ¬ŅPor qu√© sucede?

En la penumbra, sentí cómo se encogía de hombros.

—En realidad, lo ignoramos. Carlisle tiene una teoría. Cree que todos traemos algunos de nuestros rasgos humanos
m√°s fuertes a la siguiente vida, donde se ven intensificados, como nuestras mentes o nuestros sentidos. Piensa que
yo debía de tener ya una enorme sensibilidad para intuir los pensamientos de quienes me rodeaban y que Alice tuvo
el don de la precognición, donde quiera que estuviese.

¬ó ¬ŅQu√© es lo que se trajo √©l a la siguiente vida? ¬ŅY el resto?

—Carlisle trajo su compasión y Esme, la capacidad para amar con pasión. Emmett trajo su fuerza, y Rosalie la...
tenacidad, o la obstinación, si así lo prefieres —se rió—. Jasper es muy interesante. Fue bastante carismático en su
primera vida, capaz de influir en todos cuantos tenía alrededor para que vieran las cosas a su manera. Ahora es
capaz de manipular las emociones de cuantos le rodean para apaciguar una habitación de gente airada, por ejemplo,
o a la inversa, exaltar a una multitud aletargada. Es un don muy sutil.

Estuve considerando lo inverosímil de cuanto me describía en un intento de aceptarlo. Aguardó pacientemente
mientras yo pensaba.

¬ó ¬ŅD√≥nde comenz√≥ todo? Quiero decir, Carlisle te cambi√≥ a ti, luego alguien antes tuvo que convertirlo a √©l, y as√≠
sucesivamente...

¬ó ¬ŅDe d√≥nde procedemos? ¬ŅEvoluci√≥n? ¬ŅCreaci√≥n? ¬ŅNo podr√≠amos haber evolucionado igual que el resto de las
especies, presas y depredadores? O, si no crees que el universo surgió por su cuenta, lo cual me resulta difícil de
aceptar, ¬Ņtan dif√≠cil es admitir que la misma fuerza que cre√≥ al delicado chiribico y al tibur√≥n, a la cr√≠a de foca y a la
ballena asesina, hizo a nuestras respectivas especies?

¬óA ver si lo he entendido... Yo soy la cr√≠a de foca, ¬Ņverdad?

¬óExacto.

Edward se ech√≥ a re√≠r. Algo me toc√≥ el pelo... ¬ŅSus labios?

Quise volverme hacia él para comprobar si de verdad eran sus labios los que rozaban mi pelo, pero tenía que
portarme bien. No quería hacérselo más difícil de lo que ya era.

¬ó ¬ŅEst√°s preparada para dormir o tienes alguna pregunta m√°s? ¬óinquiri√≥, rompiendo el breve silencio.

—Sólo uno o dos millones.

¬óTenemos ma√Īana, y pasado, y pasado ma√Īana... ¬óme record√≥. Sonre√≠ euf√≥rica ante la perspectiva.

¬ó ¬ŅEst√°s seguro de que no te vas a desvanecer por la ma√Īana? ¬óquise asegurarme¬ó. Despu√©s de todo, eres un
mito.

¬óNo te voy a dejar ¬ósu voz llevaba la impronta de una promesa.

¬óEntonces, una m√°s por esta noche...

Pero me puse colorada y me callé. La oscuridad no iba a servir de mucho. Estaba segura de que él había notado el
repentino calor debajo de mi piel.

¬ó ¬ŅCu√°l?

—No, olvídalo. He cambiado de idea.

¬óBella, puedes preguntarme lo quieras.


No le respondí y él gimió.

¬óIntento pensar que no leerte la mente ser√° menos frustrante cada vez, pero no deja de empeorar y empeorar.

¬óMe alegra que no puedas leerme la mente, ya es bastante malo que esp√≠es lo que digo en sue√Īos.

¬óPor favor.

Su voz era extremadamente persuasiva, casi imposible de resistir. Negué con la cabeza.

—Si no me lo dices, voy a asumir que es algo mucho peor que lo que es —me amenazó sombríamente—. Por favor
—repitió con voz suplicante.

—Bueno... —empecé, contenta de que no pudiera verme el rostro.

¬ó ¬ŅS√≠?

¬óDijiste que Rosalie y Emmett van a casarse pronto... ¬ŅEs ese matrimonio igual que para los humanos?

Ahora, al comprenderlo, se rió con ganas.

¬ó ¬ŅEra eso lo que quer√≠as preguntar?

Me inquieté, incapaz de responder.

—Sí, supongo que es prácticamente lo mismo. Ya te dije que la mayoría de esos deseos humanos están ahí, sólo que
ocultos por instintos m√°s poderosos.

¬óAh ¬ófue todo lo que pude decir.

¬ó ¬ŅHab√≠a alguna intenci√≥n detr√°s de esa curiosidad?

¬óBueno, me preguntaba... si alg√ļn d√≠a t√ļ y yo...

Se puso serio de inmediato. Sentí la repentina inmovilidad de su cuerpo. Yo también me quedé quieta, reaccionando
autom√°ticamente.

¬óNo creo que eso... sea... posible para nosotros...

¬ó ¬ŅPorque ser√≠a demasiado arduo para ti si yo estuviera demasiado cerca?

—Es un problema, sin duda, pero no me refería a eso. Es sólo que eres demasiado suave, tan frágil. Tengo que
controlar mis actos cada instante que estamos juntos para no da√Īarte. Podr√≠a matarte con bastante facilidad, Bella, y
simplemente por accidente —su voz se había convertido en un suave murmullo. Movió su palma helada hasta
apoyarla sobre mi mejilla—. Si me apresurase, si no prestara la suficiente atención por un segundo, podría extender
la mano para acariciar tu cara y aplastarte el cráneo por error. No comprendes lo increíblemente frágil que eres. No
puedo perder el control mientras estoy a tu lado.

Aguardó mi respuesta. Su ansiedad fue creciendo cuando no lo hice.

¬ó ¬ŅEst√°s asustada? ¬ópregunt√≥.

Esperé otro minuto antes de responder para que mis palabras fueran verdad.

¬óNo. Estoy bien.

Pareció pensativo durante un momento.

¬óAunque ahora soy yo quien tiene una curiosidad ¬ódijo con voz m√°s suelta¬ó. ¬ŅNunca has...? ¬ódej√≥ la frase sin
concluir de modo insinuante.

—Naturalmente que no —me sonrojé—. Ya te he dicho que nunca antes he sentido esto por nadie, ni siquiera de
cerca.

—Lo sé. Es sólo que conozco los pensamientos de otras personas, y sé que el amor y el deseo no siempre recorren el
mismo camino.

—Para mí, sí. Al menos ahora que ambos existen para mí —musité.

¬óEso est√° bien. Al menos tenemos una cosa en com√ļn ¬ódijo complacido.

¬óTus instintos humanos... ¬ócomenc√©. √Čl esper√≥¬ó. Bueno, ¬Ņme encuentras atractiva en ese sentido?

Se echó a reír y me despeinó ligeramente la melena casi seca.

—Tal vez no sea humano, pero soy un hombre —me aseguró.

Bostecé involuntariamente.

—He respondido a tus preguntas, ahora deberías dormir —insistió.

¬óNo estoy segura de poder.

¬ó ¬ŅQuieres que me marche?

¬ó ¬°No! ¬ódije con voz demasiado fuerte.

Rió, y entonces comenzó a tararear otra vez aquella nana desconocida con su suave voz de arcángel al oído.

Más cansada de lo que creía, y más exhausta de lo que me había sentido nunca después de un largo día de tensión
emocional y mental, me abandoné en sus fríos brazos hasta dormirme.



LOS CULLEN



Finalmente, me despertó la tenue luz de otro día nublado. Yacía con el brazo sobre los ojos, grogui y confusa. Algo,
el atisbo de un sue√Īo digno de recordar, pugnaba por abrirse paso en mi mente. Gem√≠ y rod√© sobre un costado
esperando volver a dormirme. Y entonces lo acaecido el día anterior irrumpió en mi conciencia.


¬ó ¬°Oh!

Me senté tan deprisa que la cabeza me empezó a dar vueltas.

¬óTu pelo parece un almiar, pero me gusta.

La voz serena procedía de la mecedora de la esquina.

—¡Edward, te has quedado! —me regocijé y crucé el dormitorio para arrojarme irreflexivamente a su regazo. Me
quedé helada, sorprendida por mi desenfrenado entusiasmo, en el instante en el que comprendí lo que había hecho.
Alcé la vista, temerosa de haberme pasado de la raya, pero él se reía.

—Por supuesto —contestó, sorprendido, pero complacido de mi reacción. Me frotó la espalda con las manos.

Recosté con cuidado la cabeza sobre su hombro, inspirando el olor de su piel.

¬óEstaba convencida de que era un sue√Īo.

—No eres tan creativa —se mofó.

—¡Charlie! —exclamé.

Volví a saltar de forma irreflexiva en cuanto me acordé de él y me dirigí hacia la puerta.

¬óSe march√≥ hace una hora... Despu√©s de volver a conectar los cables de la bater√≠a de tu coche, deber√≠a a√Īadir. He
de admitir cierta decepci√≥n. ¬ŅEs todo lo que se le ocurre para detenerte si estuvieras decidida a irte?

Estuve reflexionando mientras me quedaba de pie, me moría de ganas de regresar junto a él, pero temí tener mal
aliento.

¬óNo sueles estar tan confundida por la ma√Īana ¬óadvirti√≥.

Me tendió los brazos para que volviera. Una invitación casi irresistible.

—Necesito otro minuto humano —admití.

—Esperaré.

Me precipit√© hacia el ba√Īo sin reconocer mis emociones. No me conoc√≠a a m√≠ misma, ni por dentro ni por fuera. El
rostro del espejo, con los ojos demasiado brillantes y unas manchas rojizas de fiebre en los pómulos, era
pr√°cticamente el de una desconocida. Despu√©s de cepillarme los dientes, me esforc√© por alisar la ca√≥tica mara√Īa que
era mi pelo. Me eché agua fría sobre el rostro e intenté respirar con normalidad sin éxito evidente. Regresé a mi
cuarto casi a la carrera.

Parecía un milagro que siguiera ahí, esperándome con los brazos tendidos para mí. Extendió la mano y mi corazón
palpitó con inseguridad.

—Bienvenida otra vez —musitó, tomándome en brazos.

Me meció en silencio durante unos momentos, hasta que me percaté de que se había cambiado de ropa y llevaba el
pelo liso.

—¡Te has ido! —le acusé mientras tocaba el cuello de su camiseta nueva.

¬óDif√≠cilmente pod√≠a salir con las ropas que entr√©. ¬ŅQu√© pensar√≠an los vecinos?

Hice un mohín.

¬óHas dormido profundamente, no me he perdido nada ¬ósus ojos centellearon¬ó. Empezaste a hablar en sue√Īos
muy pronto.

Gemí.

¬ó¬ŅQu√© o√≠ste?

Los ojos dorados se suavizaron.

—Dijiste que me querías.

—Eso ya lo sabías —le recordé, hundí mi cabeza en su hombro.

—Da lo mismo, es agradable oírlo.

Oculté la cara contra su hombro.

—Te quiero —susurré.

¬óAhora t√ļ eres mi vida ¬óse limit√≥ a contestar.

No había nada más que decir por el momento. Nos mecimos de un lado a otro mientras se iba iluminando el
dormitorio.

¬óHora de desayunar ¬ódijo al fin de manera informal para demostrar, estaba segura, que se acordaba de todas mis
debilidades humanas.

Me protegí la garganta con ambas manos y lo miré fijamente con ojos abiertos de miedo. El pánico cruzó por su
rostro.

¬ó¬°Era una broma! ¬óme re√≠ con disimulo¬ó. ¬°Y t√ļ dijiste que no sab√≠a actuar!

Frunci√≥ el ce√Īo de disgusto.

¬óEso no ha sido divertido.

¬óLo ha sido, y lo sabes.

No obstante, estudié sus ojos dorados con cuidado para asegurarme de que me había perdonado. Al parecer, así era.

¬ó¬ŅPuedo reformular la frase? ¬ópregunt√≥¬ó. Hora de desayunar para los humanos.

¬óAh, de acuerdo.


Me echó sobre sus hombros de piedra, con suavidad, pero con tal rapidez que me dejó sin aliento. Protesté mientras
me llevaba con facilidad escaleras abajo, pero me ignoró. Me sentó con delicadeza, derecha sobre la silla.

La cocina estaba brillante, alegre, parecía absorber mi estado de ánimo.

¬ó¬ŅQu√© hay para desayunar? ¬ópregunt√© con tono agradable.

Aquello le descolocó durante un minuto.

¬óEh... No estoy seguro. ¬ŅQu√© te gustar√≠a?

Arrugó su frente de mármol. Esbocé una amplia sonrisa y me levanté de un salto.

—Vale, sola me defiendo bastante bien. Obsérvame cazar.

Encontré un cuenco y una caja de cereales. Pude sentir sus ojos fijos en mí mientras echaba la leche y tomaba una
cuchara. Puse el desayuno sobre la mesa, y luego me detuve para, sin querer ser irónica, preguntarle:

¬ó¬ŅQuieres algo?

Puso los ojos en blanco.

—Limítate a comer, Bella.

Me senté y le observé mientras comía. Edward me contemplaba fijamente, estudiando cada uno de mis
movimientos, por lo que me sentí cohibida. Me aclaré la garganta para hablar y distraerle.

¬ó¬ŅQu√© planes tenemos para hoy?

¬óEh... ¬óle observ√© elegir con cuidado la respuesta¬ó. ¬ŅQu√© te parecer√≠a conocer a mi familia?

Tragué saliva.

¬ó¬ŅAhora tienes miedo?

Parecía esperanzado.

—Sí —admití, pero cómo negarlo si lo podía advertir en mis ojos.

—No te preocupes —esbozó una sonrisa de suficiencia—. Té protegeré.

¬óNo los temo a ellos ¬óme expliqu√©¬ó, sino a que no les guste. ¬ŅNo les va a sorprender que lleves a casa para
conocerlos a alguien, bueno, a alguien como yo?

—Oh, están al corriente de todo. Ayer cruzaron apuestas, ya sabes —sonrió, pero su voz era severa—, sobre si te
traería de vuelta, aunque no consigo imaginar la razón por la que alguien apostaría contra Alice. De todos modos,
no tenemos secretos en la familia. No es viable con mi don para leer las mentes, la precognición de Alice y todo eso.

¬óY Jasper haci√©ndote sentir todo el cari√Īo con que te arrancar√≠a las tripas.

—Prestaste atención —comentó con una sonrisa de aprobación.

¬óS√© hacerlo de vez en cuando ¬óhice una mueca¬ó¬ó. ¬ŅAs√≠ que Alice me vio regresar?

Su reacci√≥n fue extra√Īa.

—Algo por el estilo —comentó con incomodidad mientras se daba la vuelta para que no le pudiera ver los ojos. Le
miré con curiosidad.

¬ó¬ŅTiene buen sabor? ¬ópregunt√≥ al volverse de repente y contemplar mi desayuno con un gesto burl√≥n¬ó. La
verdad es que no parece muy apetitoso.

¬óBueno, no es un oso gris irritado... ¬ómurmur√©, ignor√°ndole cuando frunci√≥ el ce√Īo.

A√ļn me segu√≠a preguntando por qu√© me hab√≠a respondido de esa manera cuando mencion√© a Alice. Mientras
especulaba, me apresuré a terminar los cereales.

Permaneció plantado en medio de la cocina, de nuevo convertido en la estatua de un Adonis, mirando con expresión
ausente por las ventanas traseras. Luego, volvió a posar los ojos en mí y esbozó esa arrebatadora sonrisa suya.

¬óCreo que tambi√©n t√ļ deber√≠as presentarme a tu padre.

—Ya te conoce —le recordé.

¬óComo tu novio, quiero decir.

Le miré con gesto de sospecha.

¬ó¬ŅPor qu√©?

¬ó¬ŅNo es √©sa la costumbre? ¬ópregunt√≥ inocentemente.

—Lo ignoro —admití. Mi historial de novios me ofrecía pocas referencias con las que trabajar, y ninguna de las
reglas normales sobre salir con chicos ven√≠a al caso¬ó. No es necesario, ya sabes. No espero que t√ļ... Quiero decir,
no tienes que fingir por mí.

Su sonrisa fue paciente.

¬óNo estoy fingiendo.

Empujé el resto de los cereales a una esquina del cuenco mientras me mordía el labio.

¬ó¬ŅVas a decirle a Charlie que soy tu novio o no? ¬óquiso saber.

¬ó¬ŅEs eso lo que eres?

En mi fuero interno, me encogí ante la perspectiva de unir a Edward, Charlie y la palabra novio en la misma
habitación y al mismo tiempo.

—Admito que es una interpretación libre, dada la connotación humana de la palabra.

—De hecho, tengo la impresión de que eres algo más —confesé clavando los ojos en la mesa.


—Bueno, no creo necesario darle todos los detalles morbosos —se estiró sobre la mesa y me levantó el mentón con
un dedo frío y suave—. Pero vamos a necesitar una explicación de por qué merodeo tanto por aquí. No quiero que el
jefe de policía Swan me imponga una orden de alejamiento.

¬ó¬ŅEstar√°s? ¬ópregunt√©, repentinamente ansiosa¬ó. ¬ŅDe veras vas a estar aqu√≠?

¬óTanto tiempo como t√ļ me quieras ¬óme asegur√≥.

—Te querré siempre —le avisé—. Para siempre.

Caminó alrededor de la mesa muy despacio y se detuvo muy cerca, extendió la mano para acariciarme la mejilla con
las yemas de los dedos. Su expresión era inescrutable.

¬ó¬ŅEso te entristece?

No contestó y me miró fijamente a los ojos por un periodo de tiempo inmensurable.

¬ó¬ŅHas terminado? ¬ó¬ópregunt√≥ finalmente.

Me incorporé de un salto.

—Sí.

—Vístete... Te esperaré aquí.

Resultó difícil decidir qué ponerme. Dudaba que hubiera libros de etiqueta en los que se detallara cómo vestirte
cuando tu novio vampiro te lleva a su casa para que conozcas a su familia vampiro. Era un alivio emplear la palabra
en mi fuero interno. Sabía que yo misma la eludía de forma intencionada.

Termin√© poni√©ndome mi √ļnica falda, larga y de color caqui, pero aun as√≠ informal. Me vest√≠ con la blusa de color
azul oscuro de la que Edward había hablado favorablemente en una ocasión. Un rápido vistazo en el espejo me
convenció de que mi pelo era una causa perdida, por lo que me lo recogí en una coleta.

—De acuerdo —bajé a saltos las escaleras—. Estoy presentable.

Me esperaba al pie de las mismas, más cerca de lo que pensaba, por lo que salté encima de él. Edward me sostuvo,
durante unos segundos me retuvo con cautela a cierta distancia antes de atraerme s√ļbitamente.

—Te has vuelto a equivocar —me murmuró al oído—. Vas totalmente indecente. No está bien que alguien tenga un
aspecto tan apetecible.

¬ó¬ŅC√≥mo de apetecible? Puedo cambiar...

Suspiró al tiempo que sacudía la cabeza.

—Eres tan ridícula...

Presionó con suavidad sus labios helados en mi frente y la habitación empezó a dar vueltas. El olor de su respiración
me impedía pensar.

¬ó¬ŅDebo explicarte por qu√© me resultas apetecible?

Era claramente una pregunta retórica. Sus dedos descendieron lentamente por mi espalda y su aliento rozó con más
fuerza mi piel. Mis manos descansaban flácidas sobre su pecho y otra vez me sentí aturdida. Inclinó la cabeza
lentamente y por segunda vez sus fríos labios tocaron los míos con mucho cuidado, separándolos levemente.

Entonces sufrí un colapso.

¬ó¬ŅBella? ¬ódijo alarmado mientras me recog√≠a y me alzaba en vilo.

—Has hecho que me desmaye... —le acusé en mi aturdimiento.

¬ó¬ŅQu√© voy a hacer contigo? ¬óGimi√≥ con desesperaci√≥n¬ó. Ayer te beso, ¬°y me atacas! ¬°Y hoy te desmayas!

Me reí débilmente, dejando que sus brazos me sostuvieran mientras la cabeza seguía dándome vueltas.

¬óEso te pasa por ser bueno en todo.

Suspiró.

¬ó√Čse es el problema ¬óyo a√ļn segu√≠a grogui¬ó. Eres demasiado bueno. Muy, muy bueno.

¬ó¬ŅEst√°s mareada? ¬ópregunt√≥. Me hab√≠a visto as√≠ con anterioridad.

—No... No fue la misma clase de desfallecimiento de siempre. No sé qué ha sucedido —agité la cabeza con gesto de
disculpa—. Creo que me olvidé de respirar.

¬óNo te puedo llevar de esta guisa a ning√ļn sitio.

¬óEstoy bien ¬óinsist√≠¬ó. Tu familia va a pensar que estoy loca de todos modos, as√≠ que... ¬ŅCu√°l es la diferencia?

Evaluó mi expresión durante unos instantes.

—No soy imparcial con el color de esa blusa —comentó inesperadamente. Enrojecí de placer y desvié la mirada.

¬óMira, intento con todas mis fuerzas no pensar en lo que estoy a punto de hacer, as√≠ que ¬Ņpodemos irnos ya?

¬óA ti no te preocupa dirigirte al encuentro de una casa llena de vampiros, lo que te preocupa es conseguir su
aprobaci√≥n, ¬Ņme equivoco?

—No —contesté de inmediato, ocultando mi sorpresa ante el tono informal con el que utilizaba la palabra.

Sacudió la cabeza.

—Eres increíble.

Cuando condujo fuera del centro del pueblo comprendí que no tenía ni idea de dónde vivía. Cruzamos el puente
sobre el río Calwah, donde la carretera se desviaba hacia el Norte. Las casas que aparecían de forma intermitente al
pasar se encontraban cada vez m√°s alejadas de la carretera, y eran de mayor tama√Īo. Luego sobrepasamos otro


n√ļcleo de edificios antes de dirigirnos al bosque neblinoso. Intentaba decidir entre preguntar o tener paciencia y
mantenerme callada cuando gir√≥ bruscamente para tomar un camino sin pavimentar. No estaba se√Īalizado y apenas
era visible entre los helechos. El bosque, serpenteante entre los centenarios árboles, invadía a ambos lados el
sendero hasta tal punto que sólo era distinguible a pocos metros de distancia.

Luego, a escasos kil√≥metros, los √°rboles ralearon y de repente nos encontramos en una peque√Īa pradera, ¬Ņo era un
jardín? Sin embargo, se mantenía la penumbra del bosque; no remitió debido a que las inmensas ramas de seis
cedros primigenios daban sombra a todo un acre de tierra. La sombra de los árboles protegía los muros de la casa
que se erguía entre ellos, dejando sin justificación alguna el profundo porche que rodeaba el primer piso.

No s√© lo que en realidad pensaba encontrarme, pero definitivamente no era aquello. La casa, de unos cien a√Īos de
antig√ľedad, era atemporal y elegante. Estaba pintada de un blanco suave y desva√≠do. Ten√≠a tres pisos de altura y era
rectangular y bien proporcionada. El monovolumen era el √ļnico coche a la vista. Pod√≠a escuchar fluir el r√≠o cerca de
allí, oculto en la penumbra del bosque.

¬ó¬°Guau!

¬ó¬ŅTe gusta? ¬ópregunt√≥ con una sonrisa.

¬óTiene... cierto encanto.

Me tiró de la coleta y rió entre dientes. Luego, cuando me abrió la puerta, me preguntó.

¬ó¬ŅLista?

¬óNi un poquito... ¬°Vamos!

Intenté reírme, pero la risa se me quedó pegada a la garganta. Me alisé el peso con gesto nervioso.

¬óTienes un aspecto adorable.

Me tomó de la mano de forma casual, sin pensarlo.

Caminamos hacia el porche a la densa sombra de los árboles. Sabía que notaba mi tensión. Me frotaba el dorso de la
mano, describiendo círculos con el dedo pulgar.

Me abrió la puerta.

El interior era a√ļn m√°s sorprendente y menos predecible que el exterior. Era muy luminoso, muy espacioso y muy
grande. Lo más posible es que originariamente hubiera estado dividido en varias habitaciones, pero habían hecho
desaparecer los tabiques para conseguir un espacio más amplio. El muro trasero, orientado hacia el sur, había sido
totalmente reemplazado por una vidriera y más allá de los cedros, el jardín, desprovisto de árboles, se estiraba hasta
alcanzar el ancho río. Una maciza escalera de caracol dominaba la parte oriental de la estancia. Las paredes, el alto
techo de vigas, los suelos de madera y las gruesas alfombras eran todos de diferentes tonalidades de blanco.

Los padres de Edward nos aguardaban para recibirnos a la izquierda de la entrada, sobre un altillo del suelo, en el
que descansaba un espectacular piano de cola.

Había visto antes al doctor Cullen, por supuesto, pero eso no evitó que su joven y ultrajante perfección me
sorprendieran de nuevo. Presum√≠ que quien estaba a su lado era Esme, la √ļnica a la que no hab√≠a visto con
anterioridad. Tenía los mismos rasgos pálidos y hermosos que el resto. Había algo en su rostro en forma de corazón
y en las ondas de su suave pelo de color caramelo que recordaba a la ingenuidad de la época de las películas de cine
mudo. Era peque√Īa y delgada, pero, aun as√≠, de facciones menos pronunciadas, m√°s redondeadas que las de los
otros. Ambos vestían de manera informal, con colores claros que encajaban con el interior de la casa. Me sonrieron
en se√Īal de bienvenida, pero ninguno hizo adem√°n de acercarse a nosotros en lo que supuse era un intento de no
asustarme. La voz de Edward rompió el breve lapso de silencio.

¬óCarlisle, Esme, os presento a Bella.

—Sé bienvenida, Bella.

El paso de Carlisle fue comedido y cuidadoso cuando se acercó a mí. Alzó una mano con timidez y me adelanté un
paso para estrech√°rsela.

¬óMe alegro de volver a verle, doctor Cullen.

¬óLl√°mame Carlisle, por favor.

Le sonreí de oreja a oreja con una repentina confianza que me sorprendió. Noté el alivio de Edward, que seguía a mi
lado.

Esme sonrió y avanzó un paso para alcanzar mi mano. El apretón de su fría mano, dura como la piedra, era tal y
como yo esperaba.

¬óMe alegro mucho de conocerte ¬ódijo con sinceridad.

—Gracias. Yo también me alegro.

Y ahí estaba yo. Era como encontrarse formando parte de un cuento de hadas... Blancanieves en carne y hueso.

¬ó¬ŅD√≥nde est√°n Alice y Jasper? ¬ópregunt√≥ Edward, pero nadie tuvo ocasi√≥n de responder, ya que ambos
aparecieron en ese momento en lo alto de las amplias escaleras.

—¡Hola, Edward! —le saludó Alice con entusiasmo.


Echó a correr escaleras abajo, una centella de pelo oscuro y tez nívea, que llegó para detenerse delante de mí
repentinamente y con elegancia. Esme y Carlisle le lanzaron sendas miradas de aviso, pero a mí me agradó. Después
de todo, eso era natural para ella.

—Hola, Bella —dijo Alice y se adelantó para darme un beso en la mejilla.

Si Carlisle y Esme habían parecido antes muy cautos, ahora se mostraron estupefactos. Mis ojos también reflejaban
esa sorpresa, pero al mismo tiempo me complacía mucho que ella pareciera aceptarme por completo. Me sorprendió
percatarme de que Edward, a mi lado, se ponía rígido. Le miré, pero su expresión era inescrutable.

¬óHueles bien ¬óme alab√≥, para mi enorme verg√ľenza¬ó, hasta ahora no me hab√≠a dado cuenta.

Nadie más parecía saber qué decir cuando Jasper se presentó allí, alto, leonino. Sentí una sensación de alivio y de
repente me encontré muy a gusto a pesar del sitio en que me hallaba. Edward miró fijamente a Jasper y enarcó una
ceja. Entonces recordé lo que éste era capaz de hacer.

—Hola, Bella —me saludó Jasper.

Mantuvo la distancia y no me ofreció la mano para que la estrechara, pero era imposible sentirse incómodo cerca de
él.

¬óHola, Jasper ¬óle sonre√≠ con timidez, y luego a los dem√°s, antes de a√Īadir como f√≥rmula de cortes√≠a¬óMe alegro
de conoceros a todos... Tenéis una casa preciosa.

—Gracias —contestó Esme—. Estarnos encantados de que hayas venido.

Me habló con sentimiento, y me di cuenta de que pensaba que yo era valiente.

También caí en la cuenta de que no se veía por ninguna parte a Rosalie y a Emmett. Recordé entonces la negativa
demasiado inocente de Edward cuando le pregunté si no les agradaba a todos.

La expresión de Carlisle me distrajo del hilo de mis pensamientos. Miraba a Edward de forma significativa con gran
intensidad. Vi a Edward asentir una vez con el rabillo del ojo.

Miré hacia otro lado, intentando ser amable, y mis ojos vagaron de nuevo hacia el hermoso instrumento que había
sobre la tarima al lado de la puerta. S√ļbitamente record√© una fantas√≠a de mi ni√Īez, seg√ļn la cual, comprar√≠a un gran
piano de cola a mi madre si alguna vez me tocaba la lotería. No era una buena pianista, sólo tocaba para sí misma en
nuestro piano de segunda mano, pero a mí me encantaba verla tocar. Se la veía feliz, absorta, entonces me parecía
un ser nuevo y misterioso, alguien diferente a la persona a quien daba por hecho que conocía. Me hizo tomar clases,
por supuesto, pero, como la mayor√≠a de los ni√Īos, llorique√© hasta conseguir que dejara de llevarme.

Esme se percat√≥ de mi atenci√≥n y, se√Īalando el piano con un movimiento de cabeza, me pregunt√≥:

¬ó¬ŅTocas?

Negué con la cabeza.

¬óNo, en absoluto. Pero es tan hermoso... ¬ŅEs tuyo?

¬óNo ¬óse ri√≥¬ó. ¬ŅNo te ha dicho Edward que es m√ļsico?

—No —entrecerré los ojos antes de mirarle—. Supongo que debería de haberlo sabido.

Esme arqueó las cejas como muestra de su confusión.

¬óEdward puede hacerlo todo, ¬Ņno? ¬óle expliqu√©.

Jasper se rió con disimulo y Esme le dirigió una mirada de reprobación.

¬óEspero que no hayas estado alardeando... Es de mala educaci√≥n ¬óle ri√Ī√≥.

—Sólo un poco —Edward rió de buen grado, el rostro de Esme se suavizó al oírlo y ambos intercambiaron una
rápida mirada cuyo significado no comprendí, aunque la faz de ella parecía casi petulante.

—De hecho —rectifiqué—, se ha mostrado demasiado modesto.

—Bueno, toca para ella —le animó Esme.

—Acabas de decir que alardear es de mala educación —objetó Edward.

—Cada regla tiene su excepción —le replicó.

—Me gustaría oírte tocar —dije, sin que nadie me hubiera pedido mi opinión.

¬óEntonces, decidido.

Esme empujó hacia el piano a Edward, que tiró de mí y me hizo sentarme a su lado en el banco. Me dedicó una
prolongada y exasperada mirada antes de volverse hacia las teclas.

Luego sus dedos revolotearon rápidamente sobre las teclas de marfil y una composición, tan compleja y exuberante
que resultaba imposible creer que la interpretara un √ļnico par de manos, llen√≥ la habitaci√≥n. Me qued√© boquiabierta
del asombro y a mis espaldas oí risas en voz baja ante mi reacción.

Edward me mir√≥ con indiferencia mientras la m√ļsica segu√≠a surgiendo a nuestro alrededor sin descanso. Me gui√Ī√≥
un ojo:

¬ó¬ŅTe gusta?

¬ó¬ŅT√ļ has escrito esto? ¬ódije entrecortadamente al comprenderlo.

Asintió.

¬óEs la favorita de Esme.

Cerré los ojos al tiempo que sacudía la cabeza.


¬ó¬ŅQu√© ocurre?

¬óMe siento extremadamente insignificante.

El ritmo de la m√ļsica se hizo m√°s pausado hasta transformarse en algo m√°s suave y, para mi sorpresa, entre la
profusa mara√Īa de notas, distingu√≠ la melod√≠a de la nana que me tarareaba.

¬óT√ļ inspiraste √©sta ¬ódijo en voz baja. La m√ļsica se convirti√≥ en algo de desbordante dulzura.

No me salieron las palabras.

¬óLes gustas, ya lo sabes ¬ódijo con tono coloquial¬ó. Sobre todo a Esme.

Eché un fugaz vistazo a mis espaldas, pero la enorme estancia se había quedado vacía.

¬ó ¬ŅAdonde han ido?

¬óSupongo que, muy sutilmente, nos han concedido un poco de intimidad.

Suspiré.

—Les gusto, pero Rosalie y Emmett... —dejé la frase sin concluir porque no estaba muy segura de cómo expresar
mis dudas.

Edward torció el gesto.

—No te preocupes por Rosalie —insistió con su persuasiva mirada—. Cambiará de opinión.

Fruncí los labios con escepticismo.

¬ó¬ŅY Emmett?

¬óBueno, opina que soy un lun√°tico, lo cual es cierto, pero no tienen ning√ļn problema contigo. Est√° intentando
razonar con Rosalie.

¬ó¬ŅQu√© le perturba? ¬óinquir√≠, no muy segura de querer conocer la respuesta.

Suspiró profundamente.

¬óRosalie es la que m√°s se debate contra... contra lo que somos. Le resulta duro que alguien de fuera de la familia
sepa la verdad, y est√° un poco celosa.

¬ó¬ŅRosalie tiene celos de m√≠? ¬ópregunt√© con incredulidad.

Intenté imaginarme un universo en el que alguien tan impresionante como Rosalie tuviera alguna posible razón para
sentir celos de alguien como yo.

—Eres humana —Edward se encogió de hombros—. Es lo que ella también desearía ser.

¬óVaya ¬ómusit√©, a√ļn aturdida¬ó. En cuanto a Jasper...

—En realidad, eso es culpa mía —me explicó—. Ya te dije que era el que hace menos tiempo que está probando
nuestra forma de vida. Le previne para que se mantuviera a distancia.

Pensé en la razón de esa instrucción y me estremecí.

¬ó¬ŅY Esme y Carlisle...? ¬ócontinu√© r√°pidamente para evitar que se diera cuenta.

—Son felices de verme feliz. De hecho, a Esme no le preocuparía que tuvieras un tercer ojo y dedos palmeados.
Durante todo este tiempo se ha preocupado por mí, temiendo que se hubiera perdido alguna parte esencial de mi
carácter, ya que era muy joven cuando Carlisle me convirtió... Está entusiasmada. Se ahoga de satisfacción cada vez
que te toco.

¬óAlice parece muy... entusiasta.

—Alice tiene su propia forma de ver las cosas —murmuró con los labios repentinamente contraídos.

¬óY no me la vas a explicar, ¬Ņverdad?

Se produjo un momento de comunicación sin palabras entre nosotros. Edward comprendió que yo sabía que me
ocultaba algo y yo que no me lo iba a revelar. Ahora, no.

¬ó¬ŅQu√© te estaba diciendo antes Carlisle?

Sus cejas se juntaron hasta casi tocarse.

¬óTe has dado cuenta, ¬Ņverdad?

Me encogí de hombros.

¬óNaturalmente.

Me miró con gesto pensativo durante unos segundos antes de responder.

—Quería informarme de ciertas noticias... No sabía si era algo que yo debería compartir contigo.

¬ó¬ŅLo har√°s?

—Tengo que hacerlo, porque durante los próximos días, tal vez semanas, voy a ser un protector muy autoritario y
me disgustaría que pensaras que soy un tirano por naturaleza.

¬ó¬ŅQu√© sucede?

¬óEn s√≠ mismo, nada malo. Alice acaba de ¬ęver¬Ľ que pronto vamos a tener visita. Saben que estamos aqu√≠ y sienten
curiosidad.

¬ó¬ŅVisita?

—Sí, bueno... Los visitantes se parecen a nosotros en sus hábitos de caza, por supuesto. Lo más probable es que no
vayan a entrar al pueblo para nada, pero, desde luego, no voy a dejar que estés fuera de mi vista hasta que se hayan
marchado.


Me estremecí.

—¡Por fin, una reacción racional! —murmuró—. Empezaba a creer que no tenías instinto de supervivencia alguno.

Dej√© pasar el comentario y apart√© la vista para que mis ojos recorrieran de nuevo la espaciosa estancia. √Čl sigui√≥ la
dirección de mi mirada.

¬óNo es lo que esperabas, ¬Ņverdad? ¬óinquiri√≥ muy ufano.

—No —admití.

¬óNo hay ata√ļdes ni cr√°neos apilados en los rincones. Ni siquiera creo que tengamos telara√Īas... ¬°Qu√© decepci√≥n
debe de ser para ti! —prosiguió con malicia.

Ignoré su broma.

¬óEs tan luminoso, tan despejado.

Se puso m√°s serio al responder:

¬óEs el √ļnico lugar que tenemos para escondernos.

Edward seguía tocando la canción, mi canción, que siguió fluyendo libremente hasta su conclusión, las notas finales
hab√≠an cambiado, eran m√°s melanc√≥licas y la √ļltima revolote√≥ en el silencio de forma conmovedora.

—Gracias —susurré.

Entonces me di cuenta de que tenía los ojos anegados en lágrimas. Me las enjugué, avergonzada.

Rozó la comisura de mis ojos para atrapar una lágrima que se me había escapado. Alzó el dedo y examinó la gota
con ademán inquietante. Entonces, a una velocidad tal que no pude estar segura de que realmente lo hiciera, se llevó
el dedo a la boca para saborearla.

Le miré de manera intuitiva, y Edward sostuvo mí mirada un prolongado momento antes de esbozar una sonrisa
finalmente.

¬ó¬ŅQuieres ver el resto de la casa?

¬ó¬ŅNada de ata√ļdes? ¬óme quise asegurar.

El sarcasmo de mi voz no logró ocultar del todo la leve pero genuina ansiedad que me embargaba. Se echó a reír,
me tomó de la mano y me alejó del piano.

¬óNada de ata√ļdes ¬óme prometi√≥.

Acaricié la suave y lisa barandilla con la mano mientras subíamos por la imponente escalera. En lo alto de la misma
había un gran vestíbulo de paredes revestidas con paneles de madera color miel, el mismo que las tablas del suelo.

—La habitación de Rosalie y Emmett... El despacho de Carlisie. .. —Hacía gestos con la mano conforme íbamos
pasando delante de las puertas—. La habitación de Alice...

Edward hubiera continuado, pero me detuve en seco al final del vestíbulo, contemplando con incredulidad el
ornamento que pendía del muro por encima de mi cabeza. Se rió entre dientes de mi expresión de asombro.

—Puedes reírte, es una especie de ironía.

No lo hice. De forma automática, alcé la mano con un dedo extendido como si fuera a tocar la gran cruz de madera.
Su oscura pátina contrastaba con el color suave de la pared. Pero no la toqué, aun cuando sentí curiosidad por saber
si su madera antigua era tan suave al tacto como aparentaba.

—Debe de ser muy antigua —aventuré.

Se encogió de hombros.

—Es del siglo XVI, a principios de la década de los treinta, más o menos.

Aparté los ojos de la cruz para mirarle.

¬ó¬ŅPor qu√© conserv√°is esto aqu√≠?

—Por nostalgia. Perteneció al padre de Carlisle.

¬ó¬ŅColeccionaba antig√ľedades? ¬ósuger√≠ dubitativamente.

—No. La talló él mismo para colgarla en la pared, encima del pulpito de la vicaría en la que predicaba.

No estaba segura de si la cara delataba mi sorpresa, pero, sólo por si acaso, continué mirando la sencilla y antigua
cruz. Efectu√© el c√°lculo de memoria. La reliquia tendr√≠a unos trescientos setenta a√Īos. El silencio se prolong√≥
mientras me esforzaba por asimilar la noci√≥n de tant√≠simos a√Īos.

¬ó¬ŅTe encuentras bien? ¬ópregunt√≥ preocupado.

¬ó¬ŅCu√°ntos a√Īos tiene Carlisle? ¬óinquir√≠ en voz baja, sin apartar los ojos de la cruz e ignorando su pregunta.

¬óAcaba de celebrar su cumplea√Īos tricent√©simo sexag√©simo segundo ¬ócontest√≥ Edward. Le mir√© de nuevo, con un
millón de preguntas en los ojos.

Me estudió atentamente mientras hablaba:

¬óCarlisle naci√≥ en Londres, √©l cree que hacia 1640. Aunque las fechas no se se√Īalaban con demasiada precisi√≥n en
aquella √©poca, al menos, no para la gente com√ļn, s√≠ se sabe que sucedi√≥ durante el gobierno de Cromwell.

No descompuse el gesto, consciente del escrutinio al que Edward me sometía al informarme:

¬óFue el hijo √ļnico de un pastor anglicano. Su madre muri√≥ al alumbrarle a √©l. Su padre era un fan√°tico. Cuando los
protestantes subieron al poder, se unió con entusiasmo a la persecución desatada contra los católicos y personas de


otros credos. También creía a pies juntillas en la realidad del mal. Encabezó partidas de caza contra brujos,
lic√°ntropos... y vampiros.

Me qued√© a√ļn m√°s quieta ante la menci√≥n de esa palabra. Estaba segura de que lo hab√≠a notado, pero continu√≥
hablando sin pausa.

—Quemaron a muchos inocentes, por supuesto, ya que las criaturas a las que realmente ellos perseguían no eran tan
f√°ciles de atrapar.

¬ĽE1 pastor coloc√≥ a su obediente hijo al frente de las razias cuando se hizo mayor. Al principio, Carlisle fue una
decepción. No se precipitaba en lanzar acusaciones ni veía demonios donde no los había, pero era persistente y
mucho más inteligente que su padre. De hecho, localizó un aquelarre de auténticos vampiros que vivían ocultos en
las cloacas de la ciudad y sólo salían de caza durante las noches. En aquellos días, cuando los monstruos no eran
meros mitos y leyendas, ésa era la forma en que debían vivir.

—La gente reunió horcas y teas, por supuesto, y se apostó allí donde Carlisle había visto a los monstruos salir a la
calle —ahora la risa de Edward fue más breve y sombría—. Al final, apareció uno.

¬ĽDeb√≠a de ser muy viejo y estar debilitado por el hambre. Carlisle le oy√≥ c√≥mo avisaba a los otros en lat√≠n cuando
detectó el efluvio del gentío —Edward hablaba con un hilo de voz y tuve que aguzar el oído para comprender las
palabras¬ó. Luego, corri√≥ por las calles y Carlisle, que ten√≠a veintitr√©s a√Īos y era muy r√°pido, encabez√≥ la
persecución. La criatura podía haberlos dejado atrás con facilidad, pero se revolvió y, dándose la vuelta, los atacó.
Carlisle piensa que debía estar sediento. Primero se abalanzó sobre él, pero le plantó cara para defenderse y había
otros muy cerca a quienes atacar. El vampiro mató a dos hombres y se escabulló llevándose a un tercero y dejando a
Carlisle sangrando en la calle.

Hizo una pausa. Intuí que estaba censurando una parte de la historia, que me ocultaba algo.

—Carlisle sabía lo que haría su padre: quemar los cuerpos y matar a cualquiera que hubiera resultado infectado por
el monstruo. Carlisle actuó por instinto para salvar su piel. Se alejó a rastras del callejón mientras la turba perseguía
al monstruo y a su presa. Se ocultó en un sótano y se enterró entre patatas podridas durante tres días. Es un milagro
que consiguiera mantenerse en silencio y pasar desapercibido.

¬ĽSe dio cuenta de que se hab√≠a ¬ęconvertido¬Ľ cuando todo termin√≥.

No estaba muy segura de lo que reflejaba mi rostro, pero de repente enmudeció.

¬ó¬ŅC√≥mo te encuentras? ¬ópregunt√≥.

—Estoy bien —le aseguré, y, aunque me mordí el labio dubitativa, debió de ver la curiosidad reluciendo en mis
ojos.

¬óEspero ¬ódijo con una sonrisa¬ó que tengas algunas preguntas que hacerme.

¬óUnas cuantas.

Al sonreír, Edward dejó entrever su brillante dentadura. Se dirigió de vuelta al vestíbulo, me tomó de la mano y me
arrastró.

—En ese caso, vamos —me animó—. Te lo voy a mostrar.



CARLISLE



Me condujo de vuelta a la habitación que había identificado como el despacho de Carlisle. Se detuvo delante de la
puerta durante unos instantes.

—Adelante —nos invitó la voz de Carlisle.

Edward abrió la puerta de acceso a una sala de techos altos con vigas de madera y de grandes ventanales orientados
hacia el oeste. Las paredes también estaban revestidas con paneles de madera más oscura que la del vestíbulo, allí
donde ésta se podía ver, ya que unas estanterías, que llegaban por encima de mi cabeza, ocupaban la mayor parte de
la superficie. Contenían más libros de los que jamás había visto fuera de una biblioteca.

Carlisle se sentaba en un sillón de cuero detrás del enorme escritorio de caoba. Acababa de poner un marcador entre
las páginas del libro que sostenía en las manos. El despacho era idéntico a como yo imaginaba que sería el de un
decano de la facultad, sólo que Carlisle parecía demasiado joven para encajar en el papel.

¬ó ¬ŅQu√© puedo hacer por vosotros? ¬ónos pregunt√≥ con tono agradable mientras se levantaba del sill√≥n.

¬óQuer√≠a ense√Īar a Bella un poco de nuestra historia ¬ócontest√≥ Edward¬ó. Bueno, en realidad, de tu historia.

—No pretendíamos molestarte —me disculpé.

¬óEn absoluto. ¬ŅPor d√≥nde vais a comenzar?

—Por los cuadros —contestó Edward mientras me ponía con suavidad la mano sobre el hombro y me hacía girar
para mirar hacia la puerta por la que acab√°bamos de entrar.

Cada vez que me tocaba, incluso aunque fuera por casualidad, mi corazón reaccionaba de forma audible. Resultaba
de lo m√°s embarazoso en presencia de Carlisle.

La pared hacia la que nos habíamos vuelto era diferente de las demás, ya que estaba repleta de cuadros enmarcados
de todos los tama√Īos y colores ¬óunos muy vivos y otros de apagados monocromos¬ó en lugar de estanter√≠as.


Busqu√© un motivo oculto com√ļn que diera coherencia a la colecci√≥n, pero no encontr√© nada despu√©s de mi
apresurado examen.

Edward me arrastr√≥ hacia el otro lado, a la izquierda, y me dej√≥ delante de un peque√Īo √≥leo con un sencillo marco
de madera. No figuraba entre los m√°s grandes ni los m√°s destacados. Pintado con diferentes tonos de sepia,
representaba la miniatura de una ciudad de tejados muy inclinados con finas agujas en lo alto de algunas torres
diseminadas. Un r√≠o muy caudaloso ¬ólo cruzaba un puente cubierto por estructuras similares a min√ļsculas
catedrales¬ó dominaba el primer plano.

—Londres hacia 1650 —comentó.

¬óEl Londres de mi juventud ¬óa√Īadi√≥ Carlisle a medio metro detr√°s de nosotros. Me estremec√≠. No le hab√≠a o√≠do
aproximarse. Edward me apretó la mano.

¬ó ¬ŅLe vas a contar la historia? ¬óinquiri√≥ Edward.

Me retorcí un poco para ver la reacción de Carlisle. Sus ojos se encontraron con los míos y me sonrió.

¬óLo har√≠a ¬óreplic√≥¬ó, pero de hecho llego tarde. Han telefoneado del hospital esta ma√Īana. El doctor Snow se ha
tomado un d√≠a de permiso. Adem√°s, te conoces la historia tan bien como yo ¬óa√Īadi√≥, dirigiendo a Edward una gran
sonrisa.

Resultaba dif√≠cil asimilar una combinaci√≥n tan extra√Īa: las preocupaciones del d√≠a a d√≠a de un m√©dico de pueblo en
mitad de una conversación sobre sus primeros días en el Londres del siglo XVII.

También desconcertaba saber que hablaba en voz alta sólo en deferencia hacia mí.

Carlisle abandon√≥ la estancia despu√©s de destinarme otra c√°lida sonrisa. Me qued√© mirando el peque√Īo cuadro de la
ciudad natal de Carlisle durante un buen rato. Finalmente, volví los ojos hacia Edward, que estaba observándome, y
le pregunté:

¬ó ¬ŅQu√© sucedi√≥ luego? ¬ŅQu√© ocurri√≥ cuando comprendi√≥ lo que le hab√≠a pasado?

Volvió a estudiar las pinturas y miré para saber qué imagen atraía su interés ahora. Se trataba de un paisaje de mayor
tama√Īo y colores apagados, una pradera despejada a la sombra de un bosque con un pico escarpado a lo lejos.

—Cuando supo que se había convertido —prosiguió en voz baja—, se rebeló contra su condición, intentó destruirse,
pero eso no es f√°cil de conseguir.

¬ó ¬ŅC√≥mo?

No quería decirlo en voz alta, pero las palabras se abrieron paso a través de mi estupor.

—Se arrojó desde grandes alturas —me explicó Edward con voz impasible—, e intentó ahogarse en el océano, pero
en esa nueva vida era joven y muy fuerte. Resulta sorprendente que fuera capaz de resistir el deseo... de
alimentarse... cuando era a√ļn tan inexperto. El instinto es m√°s fuerte en ese momento y lo arrastra todo, pero sent√≠a
tal repulsión hacia lo que era que tuvo la fuerza para intentar matarse de hambre.

¬ó ¬ŅEs eso posible? ¬óinquir√≠ con voz d√©bil.

¬óNo, hay muy pocas formas de matarnos.

Abrí la boca para formular otra pregunta, pero Edward comenzó a hablar antes de que lo pudiera hacer.

—De modo que su hambre crecía y al final se debilitó. Se alejó cuanto pudo de toda población humana al detectar
que su fuerza de voluntad también se estaba debilitando. Durante meses, estuvo vagabundeando de noche en busca
de los lugares más solitarios, maldiciéndose.

¬ĽUna noche, una manada de ciervos cruz√≥ junto a su escondrijo. La sed le hab√≠a vuelto tan salvaje que los atac√≥ sin
pensarlo. Recuper√≥ las fuerzas y comprendi√≥ que hab√≠a una alternativa a ser el vil monstruo que tem√≠a ser. ¬ŅAcaso
no había comido venado en su anterior vida? Podía vivir sin ser un demonio y de nuevo se halló a sí mismo.

¬ęComenz√≥ a aprovechar mejor su tiempo. Siempre hab√≠a sido inteligente y √°vido de aprender. Ahora ten√≠a un tiempo
ilimitado por delante. Estudiaba de noche y trazaba planes durante el día. Se marchó a Francia a nado y...

¬ó ¬ŅNad√≥ hasta Francia?

—Bella, la gente siempre ha cruzado a nado el Canal —me recordó con paciencia.

¬óSupongo que es cierto. S√≥lo que parec√≠a divertido en ese contexto. Contin√ļa.

¬óNadar es f√°cil para nosotros...

—Todo es fácil para ti —me quejé.

Me aguardó con expresión divertida.

—No volveré a interrumpirte otra vez, lo prometo.

Rió entre dientes con aire misterioso y terminó la frase:

—Es fácil porque, técnicamente, no necesitamos respirar.

¬óT√ļ...

¬óNo, no, lo has prometido ¬óse ri√≥ y me puso con suavidad el helado dedo en los labios¬ó. ¬ŅQuieres o√≠r la historia
o no?

—No me puedes soltar algo así y esperar que no diga nada —mascullé contra su dedo.

Levantó la mano hasta ponerla sobre mi cuello. Mi corazón se desbocó, pero perseveré.

¬ó ¬ŅNo necesitas respirar? ¬óexig√≠ saber.


—No, no es una necesidad —se encogió de hombros—. Sólo un hábito.

¬ó ¬ŅCu√°nto puedes aguantar sin respirar?

—Supongo que indefinidamente, no lo sé. La privación del sentido del olfato resulta un poco incómoda.

—Un poco incómoda —repetí.

No prestaba atención a mis expresiones, pero hubo algo en ellas que le ensombreció el ánimo. La mano le colgó a un
costado y se quedó inmóvil, mirándome con gran intensidad. El silencio se prolongó y sus facciones siguieron tan
inmóviles como una piedra.

¬ó ¬ŅQu√© ocurre? ¬ósusurr√© mientras le acariciaba el rostro helado.

Sus facciones se suavizaron ante mi roce y suspiró.

¬óSigo a la espera de que pase.

¬ó ¬ŅA que pase el qu√©?

¬óS√© que en alg√ļn momento, habr√° algo que te diga o que te haga ver que va a ser demasiado. Y entonces te alejar√°s
de mí entre alaridos —esbozó una media sonrisa, pero sus ojos eran serios—. No voy a detenerte. Quiero que
suceda, porque quiero que estés a salvo. Y aun así, quiero estar a tu lado. Ambos deseos son imposibles de
conciliar...

Dejó la frase en el aire mientras contemplaba mi rostro, a la espera.

¬óNo voy a irme a ning√ļn lado ¬óle promet√≠.

—Ya lo veremos —contestó, sonriendo de nuevo.

Le frunc√≠ el ce√Īo.

—Bueno, continuemos... Carlisle se marchó a Francia a nado.

Hizo una pausa mientras intentaba recuperar el hilo de la historia. Con gesto pensativo, fijó la mirada en otra
pintura, la de mayor colorido y de marco más lujoso, y también la más grande. Personajes llenos de vida, envueltos
en t√ļnicas onduladas y enroscadas en torno a grandes columnas en el exterior de balconadas marm√≥reas, llenaban el
lienzo. No sabía si representaban figuras de la mitología helena o si los personajes que flotaban en las nubes de la
parte superior ten√≠an alg√ļn significado b√≠blico.

¬óCarlisle nad√≥ hacia Francia y continu√≥ por Europa y sus universidades. De noche estudi√≥ m√ļsica, ciencias,
medicina y encontró su vocación y su penitencia en salvar vidas —su expresión se tornó sobrecogida, casi
reverente—. No sé describir su lucha de forma adecuada. Carlisle necesitó dos siglos de atormentadores esfuerzos
para perfeccionar su autocontrol. Ahora es pr√°cticamente inmune al olor de la sangre humana y es capaz de hacer el
trabajo que adora sin sufrimiento. Obtiene una gran paz de espíritu allí, en el hospital...

Edward se quedó con la mirada ausente durante bastante tiempo. De repente, pareció recordar su intención. Dio
unos golpecitos en la enorme pintura que teníamos delante con el dedo.

—Estudió en Italia cuando descubrió que allí había otros. Eran mucho más civilizados y cultos que los espectros de
las alcantarillas londinenses.

Rozó a un cuarteto relativamente sereno de figuras pintadas en lo alto de un balcón que miraban con calma el caos
reinante a sus pies. Estudié al grupo con cuidado y, con una risa de sorpresa, reconocí al hombre de cabellos
dorados.

—Los amigos de Carlisle fueron una gran fuente de inspiración para Francesco Solimena. A menudo los
representaba como dioses ¬óri√≥ entre dientes¬ó. Aro, Marco, Cayo ¬ódijo conforme iba se√Īalando a los otros tres,
dos de cabellos negros y uno de cabellos canos¬ó¬ó, los patrones nocturnos de las artes.

¬ó ¬ŅQu√© fue de ellos? ¬ópregunt√© en voz alta, con la yema de los dedos inm√≥vil en el aire a un cent√≠metro de las
figuras de la tela.

—Siguen ahí, como llevan haciendo desde hace quién sabe cuántos milenios —se encogió de hombros—. Carlisle
sólo estuvo entre ellos por un breve lapso de tiempo, apenas unas décadas. Admiraba profundamente su amabilidad
y su refinamiento, pero persistieron en su intento de curarle de aquella aversi√≥n a su ¬ęfuente natural de
alimentaci√≥n¬Ľ. Ellos intentaron persuadirle y √©l a ellos, en vano. Llegados a ese punto, Carlisle decidi√≥ probar suerte
en el Nuevo Mundo. So√Īaba con hallar a otros como √©l. Ya sabes, estaba muy solo.

¬ęTranscurri√≥ mucho tiempo sin que encontrara a nadie, pero pod√≠a interactuar entre los confiados humanos como si
fuera uno de ellos porque los monstruos se habían convertido en tema para los cuentos de hadas. Comenzó a
practicar la medicina. Pero rehu√≠a el ansiado compa√Īerismo al no poderse arriesgar a un exceso de confianza.

¬ęTrabajaba por las noches en un hospital de Chicago cuando golpe√≥ la pandemia de gripe. Le hab√≠a estado dando
vueltas durante varios a√Īos y casi hab√≠a decidido actuar. Ya que no encontraba un compa√Īero, lo crear√≠a; pero
dudaba si hacerlo o no, ya que él mismo no estaba totalmente seguro de cómo se había convertido. Además, se
había jurado no arrebatar la vida de nadie de la misma manera que se la habían robado a él. Estaba en ese estado de
ánimo cuando me encontró. No había esperanza para mí. Me habían dejado en la sala de los moribundos. Había
asistido a mis padres, por lo que sabía que estaba solo en el mundo, .y decidió intentarlo....

Ahora, cuando dejó la frase inacabada, su voz era apenas un susurro. Me pregunté qué imágenes ocuparían su mente
en ese instante, ¬Ņlos recuerdos de Carlisle o los suyos? Esper√© sin hacer ruido.


Una angelical sonrisa iluminaba su rostro cuando se volvió hacia mí.

—Y así es como se cerró el círculo —concluyó.

¬óEntonces, ¬Ņsiempre has estado con Carlisle?

¬óCasi siempre.

Me puso la mano en la cintura con suavidad y me arrastró con él mientras cruzaba la puerta. Me volví a mirar los
cuadros de la pared, preguntándome si alguna vez llegaría a oír el resto de las historias.

Edward no dijo nada mientras caminábamos hacia el vestíbulo, de modo que pregunté:

¬ó ¬ŅCasi?

Suspiró. Parecía renuente a responder.

¬óBueno, tuve el t√≠pico brote de rebeld√≠a adolescente unos diez a√Īos despu√©s de... nacer... o convertirme, como
prefieras llamarlo. No me resignaba a llevar su vida de abstinencia y estaba resentido con él por refrenar mi sed, por
lo que me marché a seguir mi camino durante un tiempo.

¬ó ¬ŅDe verdad?

Estaba mucho más intrigada que asustada, que es como debería estar.

Y él lo sabía. Vagamente me di cuenta de que nos dirigíamos al siguiente tramo de escaleras, pero no estaba
prestando demasiada atención a cuanto me rodeaba.

¬ó ¬ŅNo te causa repulsa?

¬óNo.

¬ó ¬ŅPor qu√© no?

¬óSupongo que... suena razonable.

Soltó una carcajada más fuerte que las anteriores. Ahora nos encontrábamos en lo más alto de las escaleras, en otro
vestíbulo de paredes revestidas con paneles de madera.

—Gocé de la ventaja de saber qué pensaban todos cuantos me rodeaban, fueran humanos o no, desde el momento de
mi renacimiento ¬ósusurr√≥¬ó. √Čsa fue la raz√≥n por la que tard√© diez a√Īos en desafiar a Carlisle... Pod√≠a leer su
absoluta sinceridad y comprender la razón de su forma de vida.

Apenas tard√© unos pocos a√Īos en volver a su lado y comprometerme de nuevo con su visi√≥n. Cre√≠ poderme librar de
los remordimientos de conciencia, ya que podía dejar a los inocentes y perseguir sólo a los malvados al conocer los
pensamientos de mis presas. Si seguía a un asesino hasta un callejón oscuro donde acosaba a una chica, si la
salvaba, en ese caso no sería tan terrible.

Me estremecí al imaginar con claridad lo que describía: el callejón de noche, la chica atemorizada, el hombre
siniestro detr√°s de ella y Edward de caza, terrible y glorioso como un joven dios, imparable. ¬ŅLe estar√≠a agradecida
la chica o se asustaría más que antes?

—Pero con el paso del tiempo comencé a verme como un monstruo. No podía rehuir la deuda de haber tomado
demasiadas vidas, sin importar cuánto se lo merecieran, y regresé con Carlisle y Esme. Me acogieron como al hijo
pródigo. Era más de lo que merecía.

Nos hab√≠amos detenido frente a la √ļltima puerta del vest√≠bulo.

—Mi habitación —me informó al tiempo que abría la puerta y me hacía pasar.

Su habitaci√≥n ten√≠a vistas al sur y una ventana del tama√Īo de la pared, igual que en el gran recibidor del primer piso.
Toda la parte posterior de la casa debía de ser de vidrio. La vista daba al meandro que describía el río Sol Duc antes
de cruzar el bosque intacto que llegaba hasta la cordillera de Olympic Mountain. La pared de la cara oeste estaba
totalmente cubierta por una sucesión de estantes repletos de CD. El cuarto de Edward estaba mejor surtido que una
tienda de m√ļsica. En el rinc√≥n hab√≠a un sofisticado aparato de m√ļsica, de un tipo que no me atrev√≠a a tocar por
miedo a romperlo. No había ninguna cama, sólo un espacioso y acogedor sofá de cuero negro. Una gruesa alfombra
de tonos dorados cubría el suelo y las paredes estaban tapizadas de tela de un tono ligeramente más oscuro.

¬ó ¬ŅPara conseguir una buena ac√ļstica? ¬óaventur√©.

Edward rió entre dientes y asintió con la cabeza.

Tom√≥ un mando a distancia y encendi√≥ el equipo, la suave m√ļsica de jazz, pese a estar a un volumen bajo, sonaba
como si el grupo estuviera con nosotros en la habitaci√≥n. Me fui a mirar su alucinante colecci√≥n de m√ļsica.

¬ó ¬ŅC√≥mo los clasificas? ¬ópregunt√© al sentirme incapaz de encontrar un criterio para el orden de los t√≠tulos.

No me estaba prestando atención.

¬óEsto... Por a√Īo, y luego por preferencia personal dentro de ese a√Īo ¬ócontest√≥ con aire distra√≠do.

Al darme la vuelta, le vi mirarme con un brillo muy peculiar en los ojos.

¬ó ¬ŅQu√© ocurre?

—Contaba con sentirme aliviado después de habértelo explicado todo, de no tener secretos para ti, pero no esperaba
sentir más que eso. Me gusta —se encogió de hombros al tiempo que sonreía imperceptiblemente—. Me hace feliz.

¬óMe alegro.

Le devolví la sonrisa. Me preocuparía que se arrepintiera de haberme contado todo aquello. Era bueno saber que no
era el caso.


Pero entonces, mientras sus ojos estudiaban mi expresión, su sonrisa se apagó y su frente se pobló de arrugas.

¬óA√ļn sigues esperando que salga huyendo ¬ósupuse¬ó, gritando espantada, ¬Ņverdad?

Una ligera sonrisa curvó sus labios y asintió.

—Lamento estropearte la ilusión, pero no inspiras tanto miedo, de veras —con toda naturalidad, le mentí—: De
hecho, no me asustas nada en absoluto.

Se detuvo y arqueó las cejas con manifiesta incredulidad. Una sonrisa ancha y traviesa recorrió su rostro.

—No deberías haber dicho eso, de veras.

Edward emiti√≥ un sordo gru√Īido gutural y los labios mostraron unos dientes perfectos al curvarse hacia atr√°s. De
repente, su cuerpo cambió, se había agachado, tenso como un león a punto de acometer.

Sin dejar de mirarlo, me aparté de él.

—No deberías haberlo dicho.

No le vi saltar hacia mí, fue demasiado rápido. De repente me encontré en el aire y luego caímos sobre el sofá, que
golpeó contra la pared por el impacto. Sus brazos formaron una protectora jaula durante todo el tiempo, por lo que
apenas sentí el zarandeo, pero seguía respirando agitadamente cuando intenté ponerme en pie.

¬ó ¬ŅQu√© era lo que dec√≠as? ¬ópregunt√≥ juguet√≥n.

—Que eres un monstruo realmente aterrador —repliqué. El jadeo de mi voz estropeó algo el sarcasmo de mi
respuesta.

—Mucho mejor —aprobó.

¬óEsto... ¬óforceje√©¬ó¬ó. ¬ŅMe puedes bajar ya?

Se limitó a reírse.

¬ó ¬ŅSe puede? ¬ópregunt√≥ una voz que parec√≠a proceder del vest√≠bulo.

Me debatí para liberarme, pero Edward se limitó a dejar que pudiera sentarme de forma más convencional sobre su
regazo. Entonces vi en el vestíbulo a Alice y a Jasper detrás de ella. Me puse colorada, pero Edward parecía a gusto.

¬óAdelante ¬ócontest√≥ Edward, que a√ļn segu√≠a ri√©ndose discretamente.

Alice no pareció hallar nada inusual en nuestro abrazo. Caminó —casi bailó, tal era la gracia de sus movimientos—
hacia el centro del cuarto y se dobló de forma sinuosa para sentarse sobre el suelo. Jasper, sin embargo, se detuvo en
el umbral un poco sorprendido. Clavó los ojos en el rostro de Edward y me pregunté si estaba tanteando el clima
reinante con su inusual sensibilidad.

—Parecía que te ibas a almorzar a Bella —anunció Alice—, y veníamos a ver si la podíamos compartir.

Me puse rígida durante un instante, hasta que me percaté de la gran sonrisa de Edward. No sabría decir si se debía al
comentario de Alice o a mi reacción.

—Lo siento. No creo que haya bastante para compartir —replicó sin dejar de rodearme con los brazos.

—De hecho —dijo Jasper, sonriendo a su pesar cuando entró en la habitación—, Alice anuncia una gran tormenta
para esta noche y Emmett quiere jugar a la pelota. ¬ŅTe apuntas?

Las palabras eran bastante comunes, pero me desconcertaba el contexto; aunque Alice era m√°s fiable que el hombre
del tiempo.

Los ojos de Edward se iluminaron, pero aun así vaciló.

¬óTraer√≠as a Bella, por supuesto ¬óa√Īadi√≥ Alice jovialmente. Hab√≠a cre√≠do atisbar la r√°pida mirada que Jasper le
lanzaba.

¬ó ¬ŅQuieres ir? ¬óme pregunt√≥ Edward, animado y con expresi√≥n de entusiasmo.

¬óClaro ¬óno pod√≠a decepcionar a un rostro como √©se¬ó. Eh, ¬Ņadonde vamos?

—Hemos de esperar a que truene para jugar, ya verás la razón —me prometió.

¬ó ¬ŅNecesitar√© un paraguas?

Las tres rompieron a reír estrepitosamente.

¬ó ¬ŅLo va a necesitar? ¬ópregunt√≥ Jasper a Alice.

—No; —estaba segura—. La tormenta va a descargar sobre el pueblo. El claro del bosque debería de estar bastante
seco.

¬óEn ese caso, perfecto.

El entusiasmo de la voz de Jasper fue contagioso, por descontado. Yo misma me descubrí más curiosa que aterrada.

¬óVamos a ver si Carlisle quiere venir.

Alice se levantó y cruzó la puerta de un modo que hubiera roto de envidia el corazón de una bailarina.

—Como si no lo supieras —la pinchó Jasper.

Ambos siguieron su camino con rapidez, pero Jasper se las arregló para dejar la puerta discretamente cerrada al salir.

¬ó ¬ŅA qu√© vamos a jugar? ¬óquise saber.

¬óT√ļ vas a mirar ¬óaclar√≥ Edward¬ó. Nosotros jugaremos al b√©isbol.

Levanté los ojos hacia el cielo

¬ó ¬ŅA los vampiros les gusta el b√©isbol?

—Es el pasatiempo americano —me replicó con burlona solemnidad.




EL PARTIDO



Apenas había comenzado a lloviznar cuando Edward dobló la esquina para entrar en mi calle. Hasta ese momento,
no hab√≠a albergado duda alguna de que me acompa√Īar√≠a las pocas horas de interludio hasta el partido que iba a
pasar en el mundo real.

Entonces vi el coche negro, un Ford desvencijado, aparcado en el camino de entrada a la casa de Charlie, y oí a
Edward mascullar algo ininteligible con voz sorda y √°spera.

Jacob Black estaba de pie detr√°s de la silla de ruedas de su padre, al abrigo de la lluvia, debajo del estrecho saliente
del porche. El rostro de Billy se mostraba tan impasible como la piedra mientras Edward aparcaba el monovolumen
en el bordillo. Jacob clavaba la mirada en el suelo, con expresión mortificada.

¬óEsto... ¬óla voz baja de Edward sonaba furiosa¬ó. Esto es pasarse de la raya.

¬ó ¬ŅHan venido a avisar a Charlie? ¬óaventur√©, m√°s horrorizada que enfadada.

Edward asintió con sequedad, respondiendo con los ojos entrecerrados a la mirada de Billy a través de la lluvia.

Se me aflojaron las piernas de alivio al saber que Charlie no hab√≠a llegado a√ļn.

—Déjame arreglarlo a mí —sugerí, ansiosa al ver la oscura mirada llena de odio de Edward.

Para mi sorpresa, estuvo de acuerdo.

¬óQuiz√°s sea lo mejor, pero, de todos modos, ten cuidado. El chico no sabe nada.

Me molest√≥ un poco la palabra ¬ęchico¬Ľ.

—Jacob no es mucho más joven que yo —le recordé.

Entonces, me miró, y su ira desapareció repentinamente.

—Sí, ya lo sé ——me aseguró con una amplia sonrisa.

Suspiré y puse la mano en la manija de la puerta.

—Haz que entren a la casa para que me pueda ir —ordenó—. Volveré hacia el atardecer.

¬ó ¬ŅQuieres llevarte el coche? ¬ópregunt√© mientras me cuestionaba c√≥mo le iba a explicar su falta a Charlie.

Edward puso los ojos en blanco.

¬óPuedo llegar a casa mucho m√°s r√°pido de lo que puede llevarme este coche.

—No tienes por qué irte —dije con pena.

Sonrió al ver mi expresión abatida.

—He de hacerlo —lanzó a los Black una mirada sombría—. Una vez que te libres de ellos, debes preparar a Charlie
para presentarle a tu nuevo novio.

Esbozó una de sus amplias sonrisas que dejó entrever todos los dientes.

¬óMuchas gracias ¬órefunfu√Ī√©.

Sonrió otra vez, pero con esa sonrisa traviesa que yo amaba tanto.

—Volveré pronto —me prometió.

Sus ojos volaron de nuevo al porche y entonces se inclinó para besarme rápidamente justo debajo del borde de la
mandíbula. El corazón se me desbocó alocado y yo también eché una mirada al porche. El rostro de Billy ya no
estaba tan impasible, y sus manos se aferraban a los brazos de la silla.

—Pronto —remarqué, al abrir la puerta y saltar hacia la lluvia.

Podía sentir sus ojos en mi espalda conforme me apresuraba hacia la tenue luz del porche.

—Hola, Billy. Hola, Jacob —los saludé con todo el entusiasmo del que fui capaz—. Charlie se ha marchado para
todo el día, espero que no llevéis esperándole mucho tiempo.

—No mucho —contestó Billy con tono apagado; sus ojos negros me traspasaron—. Solo queríamos traerle esto —
se√Īal√≥ la bolsa de papel marr√≥n que llevaba en el regazo.

¬óGracias ¬óle dije, aunque no ten√≠a idea de qu√© pod√≠a ser¬ó. ¬ŅPor qu√© no entr√°is un momento y os sec√°is?

Intent√© mostrarme indiferente al intenso escrutinio de Billy mientras abr√≠a la puerta y les hac√≠a se√Īas para que me
siguieran.

¬óVenga, d√°melo ¬óle ofrec√≠ mientras me giraba para cerrar la puerta y echar una √ļltima mirada a Edward, que
seguía a la espera, completamente inmóvil y con aspecto solemne.

—Deberías ponerlo en el frigorífico —comentó Billy mientras me tendía la bolsa—. Es pescado frito casero de
Harry Clearwater, el favorito de Charlie. En el frigorífico estará más seco.

Billy se encogió de hombros.

Gracias —repetí, aunque ahora lo agradecía de corazón—. Ando en busca de nuevas recetas para el pescado y
seguro que traer√° m√°s esta noche a casa.

¬ó ¬ŅSe ha ido de pesca otra vez? ¬óPregunt√≥ Billy con un sutil destello en la mirada¬ó. ¬ŅAll√≠ abajo, donde siempre?
Quiz√° me acerque a saludarlo.

—No —mentí rápidamente, endureciendo la expresión—. Se ha ido a un sitio nuevo..., y no tengo ni idea de dónde
est√°.


Se percató del cambio operado en mi expresión y se quedó pensativo.

¬óJake ¬ódijo sin dejar de observarme¬ó. ¬ŅPor qu√© no vas al coche y traes el nuevo cuadro de Rebecca? Se lo dejar√©
a Charlie también.

¬ó ¬ŅD√≥nde est√°? ¬ópregunt√≥ Jacob, con voz malhumorada.

Le miré, pero tenía la vista fija en el suelo, con gesto contrariado.

¬óCreo haberlo visto en el maletero, a lo mejor tienes que rebuscar un poco.

Jacob se encaminó hacia la lluvia arrastrando los pies.

Billy y yo nos encaramos en silencio. Después de unos segundos, el silencio se hizo embarazoso, por lo que me
dirigí hacia la cocina. Oí el chirrido de las ruedas mojadas de su silla mientras me seguía.

Empujé la bolsa dentro del estante más alto del frigorífico, ya atestado, y me di la vuelta para hacerle frente. Su
rostro de rasgos marcados era inescrutable.

—Charlie no va a volver hasta dentro de un buen rato —espeté con tono casi grosero.

Billy asintió con la cabeza, pero no dijo nada.

—Gracias otra vez por el pescado frito —repetí.

Continuó asintiendo, yo suspiré y crucé los brazos sobre el pecho. Pareció darse cuenta de que yo había dado por
finalizada nuestra peque√Īa charla.

—Bella —comenzó, y luego dudó.

Esperé.

—Bella —volvió a decir—, Charlie es uno de mis mejores amigos.

—Sí.

¬óMe he dado cuenta de que est√°s con uno de los Cullen.

Pronunció cada palabra cuidadosamente, con su voz resonante.

—Sí —repetí de manera cortante.

Sus ojos se achicaron.

—Quizás no sea asunto mío, pero no creo que sea una buena idea.

—Llevas razón, no es asunto tuyo.

Arqueó las cejas, que ya empezaban a encanecer.

—Tal vez lo ignores, pero la familia Cullen goza de mala reputación en la reserva.

—La verdad es que estaba al tanto —le expliqué con voz seca; aquello le sorprendió—. Sin embargo, esa reputación
podr√≠a ser inmerecida, ¬Ņno? Que yo sepa, los Cullen nunca han puesto el pie en la reserva, ¬Ņo s√≠?

Me percaté de que se detenía en seco ante la escasa sutileza de mi alusión al acuerdo que vinculaba y protegía a su
tribu.

—Es cierto ——admitió, mirándome con prevención—. Pareces, bien informada sobre los Cullen, más de lo que
esperaba.

¬óQuiz√°s incluso m√°s que t√ļ ¬ó¬ódije, mir√°ndole desde mi altura.

Frunció los gruesos labios mientras lo encajaba.

¬óPodr√≠a ser ¬óconcedi√≥, aunque un brillo de astucia iluminaba sus ojos¬ó. ¬ŅEst√° Charlie tan bien informado?

Había encontrado el punto débil de mi defensa.

—A Charlie le gustan mucho los Cullen —me salí por la tangente, y él percibió con claridad mi movimiento
evasivo. No parecía muy satisfecho, pero tampoco sorprendido.

—O sea, que no es asunto mío, pero quizás sí de Charlie.

¬óSi creo que incumbe o no a mi padre, tambi√©n es s√≥lo asunto m√≠o. ¬ŅDe acuerdo?

Me pregunté si habría captado la idea a pesar de mis esfuerzos por embarullarlo todo y no decir nada
comprometedor. Parec√≠a que s√≠. La lluvia repiqueteaba sobre el tejado, era el √ļnico sonido que romp√≠a el silencio
mientras Billy reflexionaba sobre el tema.

—Sí —se rindió finalmente—. Imagino que es asunto tuyo.

—Gracias, Billy —suspiré aliviada.

—Piensa bien lo que haces, Bella —me urgió.

—Vale —respondí con rapidez.

Volvi√≥ a fruncir el ce√Īo.

—Lo que quería decir es que dejaras de hacer lo que haces.

Le miré a los ojos, llenos de sincera preocupación por mí, y no se me ocurrió ninguna contestación. En ese preciso
momento, la puerta se abrió de un fuerte golpe y me sobresalté con el ruido.

A Jacob le precedió su voz quejumbrosa:

—No había ninguna pintura en el coche.

Apareció por la esquina de la cocina con los hombros mojados por la lluvia y el cabello chorreante.

¬óHumm ¬ógru√Ī√≥ Billy, separ√°ndose de m√≠ s√ļbitamente y girando la silla para encarar a su hijo¬ó. Supongo que me
lo dejé en casa.


¬óEstupendo.

Jacob levantó los ojos al cielo de forma teatral.

¬óBueno, Bella, dile a Charlie... ¬óBilly se detuvo antes de continuar¬ó, que hemos pasado por aqu√≠, ¬Ņs√≠?

—Lo haré —murmuré.

Jacob estaba sorprendido.

¬ó ¬ŅPero nos vamos ya?

—Charlie va a llegar tarde —explicó Billy al tiempo que hacía rodar las ruedas de la silla y sobrepasaba a Jacob.

—Vaya —Jacob parecía molesto—. Bueno, entonces supongo que ya te veré otro día, Bella.

—Claro —afirmé.

—Ten cuidado —me advirtió Billy; no le contesté.

Jacob ayudó a su padre a salir por la puerta. Les despedí con un ligero movimiento del brazo mientras contemplaba
mi coche, ahora vacío, con atención. Cerré la puerta antes de que desaparecieran de mi vista.

Permanecí de pie en la entrada durante un minuto, escuchando el sonido del coche mientras daba marcha atrás y se
alejaba. Me quedé allí, a la espera de que se me pasaran la irritación y la angustia. Cuando al fin conseguí relajarme
un poco, subí las escaleras para cambiarme la elegante ropa que me había puesto para salir.

Me probé un par de tops, no muy segura de qué debía esperar de esta noche. Estaba tan concentrada en lo que
ocurriría que lo que acababa de suceder perdió todo interés para mí. Ahora que me encontraba lejos de la influencia
de Jasper y Edward intenté convencerme de que lo que había pasado no me debía asustar. Deseché rápidamente la
idea de ponerme otro conjunto y elegí una vieja camisa de franela y unos vaqueros, ya que, de todos modos, llevaría
puesto el impermeable toda la noche.

Sonó el teléfono y eché a correr escaleras abajo para responder. Sólo había una voz que quería oír; cualquier otra me
molestaría. Pero imaginé que si él hubiera querido hablar conmigo, probablemente sólo habría tenido que
materializarse en mi habitación.

¬ó ¬ŅDiga? ¬ópregunt√© sin aliento.

¬ó ¬ŅBella? Soy yo ¬ódijo Jessica.

—Ah, hola, Jess —luché durante unos momentos para descender de nuevo a la realidad. Me parecía que habían
pasado meses en vez de d√≠as desde la √ļltima vez que habl√© con ella¬ó. ¬ŅQu√© tal te fue en el baile?

— ¡Me lo pasé genial! —parloteó Jessica, que, sin necesidad de más invitación, se embarcó en una descripción
pormenorizada de la noche pasada. Murmur√© unos cuantos ¬ęhumm¬Ľ y ¬ęah¬Ľ en los momentos adecuados, pero me
costaba concentrarme. Jessica, Mike, el baile y el instituto se me antojaban extra√Īamente irrelevantes en esos
momentos. Mis ojos volvían una y otra vez hacia la ventana, intentando juzgar el grado de luz real a través de las
nubes espesas.

¬ó ¬ŅHas o√≠do lo que te he dicho, Bella? ¬óme pregunt√≥ Jess, irritada.

¬óLo siento, ¬Ņqu√©?

¬ó ¬°Te he dicho que Mike me bes√≥! ¬ŅTe lo puedes creer?

¬óEso es estupendo, Jessica.

¬ó ¬ŅY qu√© hiciste t√ļ ayer? ¬óme desafi√≥ Jessica, todav√≠a molesta por mi falta de atenci√≥n. O quiz√°s estaba enfadada
porque no le había preguntado por los detalles.

—No mucho, la verdad. Sólo di un garbeo por ahí para disfrutar del sol.

Oí entrar el coche de Charlie en el garaje.

¬óOye, ¬Ņy has sabido algo de Edward Cullen?

La puerta principal se cerró de un portazo y escuché a Charlie avanzar dando tropezones cerca de las escaleras,
mientras guardaba el aparejo de pesca.

—Humm —dudé, sin saber qué más contarle.

¬ó ¬°Hola, cielo!, ¬Ņest√°s ah√≠? ¬óme salud√≥ Charlie al entrar en la cocina. Le devolv√≠ el saludo por se√Īas.

Jess oyó su voz.

¬óAh, vaya, ha llegado tu padre. No importa, hablamos ma√Īana. Nos vemos en Trigonometr√≠a.

—Nos vemos, jess —le respondí y luego colgué.

¬óHola, pap√° ¬ódije mientras √©l se lavaba las manos en el fregadero¬ó. ¬ŅQu√© tal te ha ido la pesca?

¬óBien, he metido el pescado en el congelador.

¬óVoy a sacar un poco antes de que se congele. Billy trajo pescado frito del de Harry Clearwater esta tarde ¬óhice
un esfuerzo por sonar alegre.

¬óAh, ¬Ņeso hizo? ¬ólos ojos de Charlie se iluminaron¬ó. Es mi favorito.

Se lavó mientras yo preparaba la cena. No tardamos mucho en sentarnos a la mesa y cenar en silencio. Charlie
disfrutaba de su comida, y entretanto yo me preguntaba desesperadamente cómo cumplir mi misión, esforzándome
por hallar la manera de abordar el tema.

¬ó ¬ŅQu√© has hecho hoy? ¬óme pregunt√≥, sac√°ndome bruscamente de mi enso√Īaci√≥n.


¬óBueno, esta tarde anduve de aqu√≠ para all√° por la casa ¬óen realidad, s√≥lo hab√≠a sido la √ļltima parte de la tarde.
Intent√© mantener mi voz animada, pero sent√≠a un vac√≠o en el est√≥mago¬ó. Y esta ma√Īana me pas√© por casa de los
Cullen.

Charlie dejó caer el tenedor.

¬ó ¬ŅLa casa del doctor Cullen? ¬óinquiri√≥ at√≥nito.

Hice como que no me había dado cuenta de su reacción.

¬ó ¬ŅA qu√© fuiste all√≠? A√ļn no hab√≠a levantado su tenedor.

¬óBueno, ten√≠a una especie de cita con Edward Cullen esta noche, y √©l quer√≠a presentarme a sus padres... ¬ŅPap√°?
Parec√≠a como si Charlie estuviera sufriendo un aneurisma. ¬óPap√°, ¬Ņest√°s bien? ¬óEst√°s saliendo con Edward
Cullen —tronó.

¬óPensaba que te gustaban los Cullen.

—Es demasiado mayor para ti —empezó a despotricar.

¬óLos dos vamos al instituto ¬óle correg√≠, aunque desde luego llevaba m√°s raz√≥n de la que hubiera podido so√Īar.

¬óEspera... ¬óhizo una pausa¬ó. ¬ŅCu√°l de ellos es Edwin?

¬óEdward es el m√°s joven, el de pelo cobrizo.

El más hermoso, el más divino..., pensé en mi fuero interno.

—Ah, ya, eso está... —se debatía— mejor. No me gusta la pinta del grandote. Seguro que será un buen chico y todo
eso, pero parece demasiado... maduro para ti. ¬ŅY este Edwin es tu novio?

¬óSe llama Edward, pap√°.

¬ó ¬ŅY lo es?

—Algo así, supongo.

¬óPues la otra noche me dijiste que no te interesaba ning√ļn chico del pueblo ¬óal verle tomar de nuevo el tenedor
empecé a pensar que había pasado lo peor.

¬óBueno, Edward no vive en el pueblo, pap√°.

Me miró con displicencia mientras masticaba.

—Y de todos modos —continué—, estamos empezando todavía, ya sabes. No me hagas pasar un mal rato con todo
ese serm√≥n sobre novios y tal, ¬Ņvale?

¬ó ¬ŅCu√°ndo vendr√° a recogerte?

¬óLlegar√° dentro de unos minutos.

¬ó ¬ŅAdonde te va a llevar?

¬óEspero que te vayas olvidando ya de comportarte como un inquisidor, ¬Ņvale? ¬óGru√Ī√≠ en voz alta¬ó. Vamos a
jugar al béisbol con su familia.

Arrugó la cara y luego, finalmente, rompió a reír entre dientes.

¬ó ¬ŅQue t√ļ vas a jugar al b√©isbol?

¬óBueno, m√°s bien creo que voy a mirar la mayor parte del tiempo.

—Pues sí que tiene que gustarte ese chico —comentó mientras me miraba con gesto de sospecha.

Suspiré y puse los ojos en blanco para que me dejara en paz.

Escuché el rugido de un motor, y luego lo sentí detenerse justo en frente de la casa. Pegué un salto en la silla y
empecé a fregar los platos.

—Deja los platos, ya los lavaré yo luego. Me tienes demasiado mimado.

Sonó el timbre y Charlie se dirigió a abrir la puerta; le seguí a un paso.

No me había dado cuenta de que fuera caían chuzos de punta. Edward estaba de pie, aureolado por la luz del porche,
con el mismo aspecto de un modelo en un anuncio de impermeables.

¬óEntra, Edward.

Respiré aliviada al ver que Charlie no se había equivocado con el nombre.

—Gracias, jefe Swan —dijo él con voz respetuosa.

¬óEntra y ll√°mame Charlie. Ven, dame la cazadora.

¬óGracias, se√Īor.

—Siéntate aquí, Edward.

Hice una mueca.

Edward se sent√≥ con un √°gil movimiento en la √ļnica silla que hab√≠a, oblig√°ndome a sentarme al lado del jefe Swan
en el sof√°. Le lanc√© una mirada envenenada y √©l me gui√Ī√≥ un ojo a espaldas de Charlie.

¬óTengo entendido que vas a llevar a mi ni√Īa a ver un partido de b√©isbol.

El que llueva a c√°ntaros y esto no sea ning√ļn impedimento para hacer deporte al aire libre s√≥lo ocurre aqu√≠, en
Washington.

¬óS√≠, se√Īor, √©sa es la idea ¬óno pareci√≥ sorprendido de que le hubiera contado a mi padre la verdad. Aunque
también podría haber estado escuchando, claro.

¬óBueno, eso es llevarla a tu terreno, supongo ¬Ņno?


Charlie rió y Edward se unió a él.

—Estupendo —me levanté—. Ya basta de bromitas a mi costa. Vamonos.

Volví al recibidor y me puse la cazadora. Ellos me siguieron.

¬óNo vuelvas demasiado tarde, Bella.

—No se preocupe Charlie, la traeré temprano —prometió Edward.

¬óCuidar√°s de mi ni√Īa, ¬Ņverdad?

Refunfu√Ī√©, pero me ignoraron.

¬óLe prometo que estar√° a salvo conmigo, se√Īor.

Charlie no pudo cuestionar la sinceridad de Edward, ya que cada palabra quedaba impregnada de ella.

Salí enfadada. Ambos rieron y Edward me siguió.

Me paré en seco en el porche. Allí, detrás de mi coche, había un Jeep gigantesco. Las llantas me llegaban por
encima de la cintura, protectores metálicos recubrían las luces traseras y delanteras, además de llevar cuatro
enormes faros antiniebla sujetos al guardabarros. El techo era de color rojo brillante.

Charlie dejó escapar un silbido por lo bajo.

—Poneos los cinturones —advirtió.

Edward me siguió hasta la puerta del copiloto y la abrió. Calculé la distancia hasta el asiento y me preparé para
saltar. Edward suspiró y me alzó con una sola mano. Esperaba que Charlie no se hubiera dado cuenta.

Mientras regresaba al lado del conductor, a un paso normal, humano, intenté ponerme el cinturón, pero había
demasiadas hebillas.

¬ó ¬ŅQu√© es todo esto? ¬óle pregunt√© cuando abri√≥ la puerta.

—Un arnés para conducir campo a traviesa.

¬óOh, oh.

Intenté encontrar los sitios donde se tenían que enganchar todas aquellas hebillas, pero iba demasiado despacio.
Edward volvió a suspirar y se puso a ayudarme. Me alegraba de que la lluvia fuera tan espesa como para que
Charlie no pudiera ver nada con claridad desde el porche. Eso quería decir que no estaba dándose cuenta de cómo
las manos de Edward se deslizaban por mi cuello, acariciando mi nuca. Dejé de intentar ayudarle y me concentré en
no hiperventilar.

Edward giró la llave y el motor arrancó; al fin nos alejamos de la casa.

¬óEsto es... humm... ¬°Vaya pedazo de Jeep que tienes!

—Es de Emmett. Supuse que no te apetecería correr todo el camino.

¬ó ¬ŅD√≥nde guard√°is este tanque?

¬óHemos remodelado uno de los edificios exteriores para convertirlo en garaje.

¬ó ¬ŅNo te vas a poner el cintur√≥n?

Me lanzó una mirada incrédula.

Entonces caí en la cuenta del significado de sus palabras.

¬ó ¬ŅCorrer todo el camino? O sea, ¬Ņque una parte s√≠ la vamos a hacer corriendo?

Mi voz se elevó varias octavas y él sonrió ampliamente.

¬óNo ser√°s t√ļ quien corra.

¬óMe voy a marear.

¬óSi cierras los ojos, seguro que estar√°s bien.

Me mordí el labio, intentando luchar contra el pánico.

Se inclinó para besarme la coronilla y entonces gimió. Le miré sorprendida.

—Hueles deliciosamente a lluvia —comentó.

¬óPero, ¬Ņbien o mal? ¬ópregunt√© con precauci√≥n.

—De las dos maneras —suspiró—. Siempre de las dos maneras.

Entre la penumbra y el diluvio, no s√© c√≥mo encontr√≥ el camino, pero de alg√ļn modo llegamos a una carretera
secundaria, con más aspecto de un camino forestal que de carretera. La conversación resultó imposible durante un
buen rato, dado que yo iba rebotando arriba y abajo en el asiento como un martillo pilón. Sin embargo, Edward
parec√≠a disfrutar del paseo, ya que no dej√≥ de sonre√≠r en ning√ļn momento.

Y entonces fue cuando llegamos al final de la carretera; los √°rboles formaban grandes muros verdes en tres de los
cuatro costados del Jeep. La lluvia se había convertido en llovizna poco a poco y el cielo brillante asomaba entre las
nubes.

—Lo siento, Bella, pero desde aquí tenemos que ir a pie.

¬ó ¬ŅSabes qu√©? Que casi mejor te espero aqu√≠.

¬óPero ¬Ņqu√© le ha pasado a tu coraje? Estuviste estupenda esta ma√Īana.

¬óTodav√≠a no se me ha olvidado la √ļltima vez.

Parecía increíble que aquello sólo hubiera sucedido ayer. Se acercó tan rápidamente a mi lado del coche que apenas
pude apreciar una imagen borrosa. Empezó a desatarme el arnés.


¬óYa los suelto yo; t√ļ, vete ¬óprotest√© en vano.

—Humm... —parecía meditar mientras terminaba rápidamente—. Me parece que voy a tener que forzar un poco la
memoria.

Antes de que pudiera reaccionar, me sacó del Jeep y me puso de pie en el suelo. Había ahora apenas un poco de
niebla; parecía que Alice iba a tener razón.

¬ó ¬ŅForzar mi memoria? ¬ŅC√≥mo? ¬ópregunt√© nerviosamente.

—Algo como esto —me miró intensamente, pero con cautela, aunque había una chispa de humor en el fondo de sus
ojos.

Apoyó las manos sobre el Jeep, una a cada lado de mi cabeza, y se inclinó, obligándome a permanecer aplastada
contra la puerta. Se inclin√≥ m√°s a√ļn, con el rostro a escasos cent√≠metros del m√≠o, sin espacio para escaparme.

¬óAhora, dime ¬órespir√≥ y fue entonces cuando su efluvio desorganiz√≥ todos mis procesos mentales¬ó, ¬Ņqu√© es
exactamente lo que te preocupa?

—Esto, bueno... estamparme contra un árbol y morir —tragué saliva—. Ah, y marearme.

Reprimió una sonrisa. Luego, inclinó la cabeza y rozó suavemente con sus fríos labios el hueco en la base de mi
garganta.

¬ó ¬ŅSigues preocupada? ¬ómurmur√≥ contra mi piel.

¬ó ¬ŅS√≠? ¬óluch√© para concentrarme¬ó. Me preocupa terminar estampada en los √°rboles y el mareo.

Su nariz trazó una línea sobre la piel de mi garganta hasta el borde de la barbilla. Su aliento frío me cosquilleaba la
piel.

¬ó ¬ŅY ahora? ¬ósusurraron sus labios contra mi mand√≠bula.

¬ó√Ārboles ¬óaspir√© aire¬ó. Movimiento, mareo.

Levantó la cabeza para besarme los párpados.

¬óBella, en realidad, no crees que te vayas a estampar contra un √°rbol, ¬Ņa que no?

¬óNo, aunque podr√≠a ¬órepuse sin mucha confianza. √Čl ya ol√≠a una victoria f√°cil.

Me besó, descendiendo despacio por la mejilla hasta detenerse en la comisura de mis labios.

¬ó ¬ŅCrees que dejar√≠a que te hiriera un √°rbol?

Sus labios rozaron levemente mi tembloroso labio inferior.

—No —respiré. Tenía que haber en mi defensa algo eficaz, pero no conseguía recordarlo.

¬óYa ves ¬ósus labios entreabiertos se mov√≠an contra los m√≠os¬ó. No hay nada de lo que tengas que asustarte, ¬Ņa
que no?

—No —suspiré, rindiéndome.

Entonces tomó mi cara entre sus manos, casi con rudeza y me besó en serio, moviendo sus labios insistentes contra
los míos.

Realmente no había excusa para mi comportamiento. Ahora lo veo más claro, como es lógico. De cualquier modo,
parecía que no podía dejar de comportarme exactamente como lo hice la primera vez. En vez de quedarme quieta, a
salvo, mis brazos se alzaron para enroscarse apretadamente alrededor de su cuello y me quedé de pronto soldada a
su cuerpo, duro como la piedra. Suspiré y mis labios se entreabrieron.

Se tambaleó hacia atrás, deshaciendo mi abrazo sin esfuerzo.

— ¡Maldita sea, Bella! —se desasió jadeando—. ¡Eres mi perdición, te juro que lo eres!

Me acuclillé, rodeándome las rodillas con los brazos, buscando apoyo.

—Eres indestructible —mascullé, intentando recuperar el aliento.

—Eso creía antes de conocerte. Ahora será mejor que salgamos de aquí rápido antes de que cometa alguna estupidez
de verdad ¬ógru√Ī√≥.

Me arrojó sobre su espalda como hizo la otra vez y vi el tremendo esfuerzo que hacía para comportarse dulcemente.
Enrosqué mis piernas en su cintura y busqué seguridad al sujetarme a su cuello con un abrazo casi estrangulador.

—No te olvides de cerrar los ojos —me advirtió severamente.

Hundí la cabeza entre sus omóplatos, por debajo de mi brazo, y cerré con fuerza los ojos.

No podía decir realmente si nos movíamos o no. Sentía la sensación del vuelo a lo largo de mi cuerpo, pero el
movimiento era tan suave que igual hubiéramos podido estar dando un paseo por la acera. Estuve tentada de echar
un vistazo, sólo para comprobar si estábamos volando de verdad a través del bosque igual que antes, pero me resistí.
No merecía la pena ganarme un mareo tremendo. Me contenté con sentir su respiración acompasada.

No estuve segura de que habíamos parado de verdad hasta que no alzó el brazo hacia atrás y me tocó el pelo.

—Ya pasó, Bella.

Me atreví a abrir los ojos y era cierto, ya nos habíamos detenido. Medio entumecida, deshice la presa estranguladora
sobre su cuerpo y me deslicé al suelo, cayéndome de espaldas.

— ¡Ay! —grité enfadada cuando me golpeé contra el suelo mojado.

Me miró sorprendido; era obvio que no estaba totalmente seguro de si podía reírse a mi costa en esa situación, pero
mi expresión desconcertada venció sus reticencias y rompió a reír a mandíbula batiente.


Me levanté, ignorándole, y me puse a limpiar de barro y ramitas la parte posterior de mi chaqueta. Eso sólo sirvió
para que se riera a√ļn m√°s. Enfadada, empec√© a andar a zancadas hacia el bosque.

Sentí su brazo alrededor de mi cintura.

¬ó ¬ŅAdonde vas, Bella?

¬óA ver un partido de b√©isbol. Ya que t√ļ no pareces interesado en jugar, voy a asegurarme de que los dem√°s se
divierten sin ti.

—Pero si no es por ahí... ;

Me di la vuelta sin mirarle, y seguí andando a zancadas en la dirección opuesta. Me atrapó de nuevo.

—No te enfades, no he podido evitarlo. Deberías haberte visto la cara —se reía entre dientes, otra vez sin poder
contenerse.

¬óAh claro, aqu√≠ t√ļ eres el √ļnico que se puede enfadar, ¬Ņno? ¬óle pregunt√©, arqueando las cejas.

¬óNo estaba enfadado contigo.

¬ó ¬Ņ¬ęBella, eres mi perdici√≥n¬Ľ? ¬ócit√© amargamente.

—Eso fue simplemente la constatación de un hecho.

Intenté revolverme y alejarme de él una vez más, pero me sujetó rápido.

—Te habías enfadado —insistí.

—Sí.

¬óPero si acabas de decir...

¬óNo estaba enfadado contigo, Bella, ¬Ņes que no te das cuenta? ¬óSe hab√≠a puesto serio de pronto, desaparecido del
todo cualquier amago de broma en su expresi√≥n¬ó. ¬ŅEs que no lo entiendes?

¬ó ¬ŅEntender el qu√©? ¬óle exig√≠, confundida por su r√°pido cambio de humor, tanto como por sus palabras.

¬óNunca podr√≠a enfadarme contigo, ¬Ņc√≥mo podr√≠a? Eres tan valiente, tan leal, tan... c√°lida.

¬óEntonces, ¬Ņpor qu√©? ¬ósusurr√©, recordando los duros modales con los que me hab√≠a rechazado, que no hab√≠a
podido interpretar salvo como una frustración muy clara, frustración por mi debilidad, mi lentitud, mis
desordenadas reacciones humanas...

Me puso las manos cuidadosamente a ambos lados de la cara.

¬óEstaba furioso conmigo mismo ¬ódijo dulcemente¬ó. Por la manera en que no dejo de ponerte en peligro. Mi
propia existencia ya supone un peligro para ti. Algunas veces, de verdad que me odio a mí mismo. Debería ser más
fuerte, debería ser capaz de...

Le tapé la boca con la mano.

¬óNo lo digas.

Me tomó de la mano, alejándola de los labios, pero manteniéndola contra su cara.

¬óTe quiero ¬ódijo¬ó. Es una excusa muy pobre para todo lo que te hago pasar, pero es la pura verdad.

Era la primera vez que me decía que me quería, al menos con tantas palabras. Tal vez no se hubiera dado cuenta,
pero yo ya lo creo que sí.

¬óAhora, intenta cuidarte, ¬Ņvale? ¬ócontinu√≥ y se inclin√≥ para rozar suavemente sus labios contra los m√≠os.

Me quedé quieta, mostrando dignidad. Entonces, suspiré.

¬óLe prometiste al jefe Swan que me llevar√≠as a casa temprano, ¬Ņrecuerdas? As√≠ que ser√° mejor que nos pongamos
en marcha.

¬óS√≠, se√Īorita.

Sonrió melancólicamente y me soltó, aunque se quedó con una de mis manos. Me llevó unos cuantos metros más
adelante, a través de altos helechos mojados y musgos que cubrían un enorme abeto, y de pronto nos encontramos
all√≠, al borde de un inmenso campo abierto en la ladera de los montes Olympic. Ten√≠a dos veces el tama√Īo de un
estadio de béisbol.

Allí vi a todos los demás; Esme, Emmett y Rosalie, sentados en una lisa roca salediza, eran los que se hallaban más
cerca de nosotros, a unos cien metros. A√ļn m√°s lejos, a unos cuatrocientos metros, se ve√≠a a Jasper y Alice, que
parec√≠an lanzarse algo el uno al otro, aunque no vi la bola en ning√ļn momento. Parec√≠a que Carlisle estuviera
marcando las bases, pero ¬Ņrealmente pod√≠a estar poni√©ndolas tan separadas unas de otras?

Los tres que se encontraban sobre la roca se levantaron cuando estuvimos a la vista. Esme se acercó hacia nosotros y
Emmett la siguió después de echar una larga ojeada a la espalda de Rosalie, que se había levantado con gracia y
avanzaba a grandes pasos hacia el campo sin mirar en nuestra dirección. En respuesta, mi estómago se agitó
incómodo.

¬ó ¬ŅEs a ti a quien hemos o√≠do, Edward? ¬ópregunt√≥ Esme conforme se acercaba.

—Sonaba como si se estuviera ahogando un oso —aclaró Emmett.

Sonreí tímidamente a Esme.

—Era él.

—Sin querer, Bella resultaba muy cómica en ese momento —explicó rápido Edward, intentando apuntarse el tanto.


Alice había abandonado su posición y corría, o más bien se podría decir que danzaba, hacia nosotros. Avanzó a toda
velocidad para detenerse con gran desenvoltura a nuestro lado.

—Es la hora —anunció.

El hondo estruendo de un trueno sacudió el bosque de en frente apenas hubo terminado de hablar. A continuación
retumbó hacia el oeste, en dirección a la ciudad.

¬óRaro, ¬Ņa que s√≠? ¬ódijo Emmett con un gui√Īo, como si nos conoci√©ramos de toda la vida.

¬óVenga, vamos...

Alice tomó a Emmett de la mano y desaparecieron como flechas en dirección al gigantesco campo.

Ella corría como una gacela; él, lejos de ser tan grácil, sin embargo le igualaba en velocidad, aunque nunca se le
podría comparar con una gacela.

¬ó ¬ŅTe apetece jugar una bola? ¬óme pregunt√≥ Edward con los ojos brillantes, deseoso de participar.

Yo intenté sonar apropiadamente entusiasta.

¬ó ¬°Ve con los dem√°s!

Rió por lo bajo, y después de revolverme el pelo, dio un gran salto para reunirse con los otros dos. Su forma de
correr era m√°s agresiva, m√°s parecida a la de un guepardo que a la de una gacela, por lo que pronto les dio alcance.
Su exhibición de gracia y poder me cortó el aliento.

¬ó ¬ŅBajamos? ¬óinquiri√≥ Esme con voz suave y melodiosa.

En ese instante, me di cuenta de que lo estaba mirando boquiabierta. Rápidamente controlé mi expresión y asentí.
Esme estaba a un metro escaso de mí y me pregunté si seguía actuando con cuidado para no asustarme. Acompasó
su paso al mío, sin impacientarse por mi ritmo lento.

¬ó ¬ŅNo vas a jugar con ellos? ¬óle pregunt√© con timidez.

—No, prefiero arbitrar; alguien debe evitar que hagan trampas y a mí me gusta —me explicó.

¬óEntonces, ¬Ņles gusta hacer trampas?

—Oh, ya lo creo que sí, ¡tendrías que oír sus explicaciones! Bueno, espero que no sea así, de lo contrario pensarías
que se han criado en una manada de lobos.

—Te pareces a mi madre —reí, sorprendida, y ella se unió a mis risas.

—Bueno, me gusta pensar en ellos como si fueran hijos míos, en más de un sentido. Me cuesta mucho controlar mis
instintos maternales. ¬ŅNo te cont√≥ Edward que hab√≠a perdido un beb√©?

—No —murmuré aturdida, esforzándome por comprender a qué periodo de su vida se estaría refiriendo.

¬óS√≠, mi primer y √ļnico hijo muri√≥ a los pocos d√≠as de haber nacido, mi pobre cosita ¬ósuspir√≥¬ó. Me rompi√≥ el
coraz√≥n y por eso me arroj√© por el acantilado, como ya sabr√°s ¬óa√Īadi√≥ con toda naturalidad.

—Edward sólo me dijo que te caíste —tartamudeé.

—Ah. Edward, siempre tan caballeroso —esbozó una sonrisa—. Edward fue el primero de mis nuevos hijos.
Siempre pienso en él de ese modo, incluso aunque, en cierto modo, sea mayor que yo —me sonrió cálidamente—.
Por eso me alegra tanto que te haya encontrado, coraz√≥n ¬óaquellas cari√Īosas palabras sonaron muy naturales en
sus labios—. Ha sido un bicho raro durante demasiado tiempo; me dolía verle tan solo.

¬óEntonces, ¬Ņno te importa? ¬óPregunt√©, dubitativa otra vez¬ó. ¬ŅQue yo no sea... buena para √©l?

¬óNo ¬óse qued√≥ pensativa¬ó. T√ļ eres lo que √©l quiere. No s√© c√≥mo, pero esto va a salir bien ¬óme asegur√≥, aunque
su frente estaba fruncida por la preocupación. Se oyó el estruendo de otro trueno.

En ese momento, Esme se detuvo. Por lo visto, habíamos llegado a los límites del campo. Al parecer, ya se habían
formado los equipos. Edward estaba en la parte izquierda del campo, bastante lejos; Carlisle se encontraba entre la
primera y la segunda base, y Alice tenía la bola en su poder, en lo que debía ser la base de lanzamiento.

Emmett hacía girar un bate de aluminio, sólo perceptible por su sonido silbante, ya que era casi imposible seguir su
trayectoria en el aire con la vista. Esperaba que se acercara a la base de meta, pero ya estaba allí, a una distancia
inconcebible de la base de lanzamiento, adoptando la postura de bateo para cuando me quise dar cuenta. Jasper se
situó detrás, a un metro escaso, para atrapar la bola para el otro equipo. Como era de esperar, ninguno llevaba
guantes.

—De acuerdo —Esme habló con voz clara, y supe que Edward la había oído a pesar de estar muy alejado—, batea.

Alice permanecía erguida, aparentemente inmóvil. Su estilo parecía que estaba más cerca de la astucia, de lo furtivo,
que de una técnica de lanzamiento intimidatorio. Sujetó la bola con ambas manos cerca de su cintura; luego, su
brazo derecho se movió como el ataque de una cobra y la bola impactó en la mano de Jasper.

¬ó ¬ŅHa sido un strike? ¬óle pregunt√© a Esme.

—Si no la golpean, es un strike —me contestó.

Jasper lanzó de nuevo la bola a la mano de Alice, que se permitió una gran sonrisa antes de estirar el brazo para
efectuar otro nuevo lanzamiento.

Esta vez el bate consiguió, sin saber muy bien cómo, golpear la bola invisible. El chasquido del impacto fue
tremendo, atronador. Entendí con claridad la razón por la que necesitaban una tormenta para jugar cuando las
monta√Īas devolvieron el eco del golpe.


La bola sobrevoló el campo como un meteorito para irse a perder en lo profundo del bosque circundante.

—Carrera completa —murmuré.

¬óEspera ¬ódijo Esme con cautela, escuchando atenta y con la mano alzada.

Emmett era una figura borrosa que corría de una base a otra y Carlisle, la sombra que lo seguía. Me di cuenta de que
Edward no estaba.

— ¡Out!—cantó Esme con su voz clara.

Contemplé con incredulidad cómo Edward saltaba desde la linde del bosque con la bola en la mano alzada. Incluso
yo pude ver su brillante sonrisa.

—Emmett será el que batea más fuerte —me explicó Esme—, pero Edward corre al menos igual de rápido.

Las entradas se sucedieron ante mis ojos incrédulos. Era imposible mantener contacto visual con la bola teniendo en
cuenta la velocidad a la que volaba y el ritmo al que se movían alrededor del campo los corredores de base.

Comprendí el otro motivo por el cual esperaban a que hubiera una tormenta para jugar cuando Jasper bateó una
roleta, una de esas pelotas que van rodando por el suelo, hacia la posición de Carlisle en un intento de evitar la
infalible defensa de Edward.

Carlisle corrió a por la bola y luego se lanzó en pos de Jasper, que iba disparado hacia la primera base. Cuando
chocaron, el sonido fue como el de la colisión de dos enormes masas de roca. Preocupada, me incorporé de un salto
para ver lo sucedido, pero habían resultado ilesos.

—Están bien —anunció Esme con voz tranquila.

El equipo de Emmett iba una carrera por delante. Rosalie se las apa√Ī√≥ para revolotear sobre las bases despu√©s de
aprovechar uno de los larguísimos lanzamientos de Emmett, cuando Edward consiguió el tercer out. Se acercó de un
salto hasta donde estaba yo, chispeante de entusiasmo.

¬ó ¬ŅQu√© te parece? ¬óinquiri√≥.

—Una cosa es segura: no volveré a sentarme otra vez a ver esa vieja y aburrida Liga Nacional de Béisbol.

—Ya, suena como si lo hubieras hecho antes muchas veces —replicó Edward entre risas.

—Pero estoy un poco decepcionada —bromeé.

¬ó ¬ŅPor qu√©? ¬óme pregunt√≥, intrigado.

—Bueno, sería estupendo encontrar una sola cosa que no hagas mejor que cualquier otra persona en este planeta.

Esa sonrisa torcida suya relampagueó en su rostro durante un momento, dejándome sin aliento.

¬óYa voy ¬ódijo al tiempo que se encaminaba hacia la base del bateador.

Jugó con mucha astucia al optar por una bola baja, fuera del alcance de la excepcionalmente rápida mano de
Rosalie, que defendía en la parte exterior del campo, y, veloz como el rayo, ganó dos bases antes de que Emmett
pudiera volver a poner la bola en juego. Carlisle golpeó una tan lejos fuera del campo —con un estruendo que me
hirió los oídos—, que Edward y él completaron la carrera. Alice chocó delicadamente las palmas con ellos.

El tanteo cambiaba continuamente conforme avanzaba el partido y se gastaban bromas unos a otros como otros
jugadores callejeros al ir pasando todos por la primera posición. De vez en cuando, Esme tenía que llamarles la
atención. Otro trueno retumbó, pero seguíamos sin mojarnos, tal y como había predicho Alice.

Carlisle estaba a punto de batear con Edward como receptor cuando Alice, de pronto, profirió un grito sofocado que
sonó muy fuerte. Yo miraba a Edward, como siempre, y entonces le vi darse la vuelta para mirarla. Las miradas de
ambos se encontraron y en un instante circuló entre ellos un flujo misterioso. Edward ya estaba a mi lado antes de
que los demás pudieran preguntar a Alice qué iba mal.

¬ó ¬ŅAlice? ¬ópregunt√≥ Esme con voz tensa.

—No lo he visto con claridad, no podría deciros... —susurró ella.

Para entonces ya se habían reunido todos.

¬ó ¬ŅQu√© pasa, Alice? ¬óle pregunt√≥ Carlisle a su vez con voz tranquila, cargada de autoridad.

—Viajan mucho más rápido de lo que pensaba. Creo que me he equivocado en eso —murmuró.

Jasper se inclinó sobre ella con ademán protector.

¬ó ¬ŅQu√© es lo que ha cambiado? ¬óle pregunt√≥.

¬óNos han o√≠do jugar y han cambiado de direcci√≥n ¬óse√Īal√≥, contrita, como si se sintiera responsable de lo que
fuera que la había asustado.

Siete pares de r√°pidos ojos se posaron en mi cara de forma fugaz y se apartaron.

¬ó ¬ŅCu√°nto tardar√°n en llegar? ¬óinquiri√≥ Carlisle, volvi√©ndose hacia Edward.

Una mirada de intensa concentración cruzó por su rostro y respondió con gesto contrariado:

¬óMenos de cinco minutos. Vienen corriendo, quieren jugar.

¬ó ¬ŅPuedes hacerlo? ¬óle pregunt√≥ Carlisle, mientras sus ojos se posaban sobre m√≠ brevemente.

—No, con carga, no —resumió él—. Además, lo que menos necesitamos es que capten el olor y comiencen la caza.

¬ó ¬ŅCu√°ntos son? ¬ópregunt√≥ Emmett a Alice.

—Tres —contestó con laconismo.


¬ó ¬°Tres! ¬óexclam√≥ Emmett con tono de mofa. Flexion√≥ los m√ļsculos de acero de sus imponentes brazos¬ó.
Dejadlos que vengan.

Carlisle lo consideró durante una fracción de segundo que pareció más larga de lo que fue en realidad. Sólo Emmett
parecía impasible; el resto miraba fijamente el rostro de Carlisle con los ojos llenos de ansiedad.

—Nos limitaremos a seguir jugando —anunció finalmente Carlisle con tono frío y desapasionado—. Alice dijo que
sólo sentían curiosidad.

Pronunció las dos frases en un torrente de palabras que duró unos segundos escasos. Escuché con atención y
conseguí captar la mayor parte, aunque no conseguí oír lo que Esme le estaba preguntando en este momento a
Edward con una vibración silenciosa de sus labios. Sólo atisbé la imperceptible negativa de cabeza por parte de
Edward y el alivio en las facciones de Esme.

¬óIntenta atrapar t√ļ la bola, Esme. Yo me encargo de prepararla ¬óy se plant√≥ delante de m√≠.

Los otros volvieron al campo, barriendo recelosos el bosque oscuro con su mirada aguda. Alice y Esme parecían
intentar orientarse alrededor de donde yo me encontraba.

—Suéltate el pelo —ordenó Edward con voz tranquila y baja.

Obedientemente, me quité la goma del pelo y lo sacudí hasta extenderlo todo a mí alrededor.

Comenté lo que me parecía evidente.

¬óLos otros vienen ya para ac√°.

—Sí, quédate inmóvil, permanece callada —intentó ocultar bastante bien el nerviosismo de su voz, pero pude
captarlo¬ó, y no te apartes de mi lado, por favor.

Tiró de mi melena hacia delante, y la enrolló alrededor de mi cara. Alice apuntó en voz baja:

—Eso no servirá de nada. Yo la podría oler incluso desde el otro lado del campo.

—Lo sé —contestó Edward con una nota de frustración en la voz.

Carlisle se quedó de pie en el prado mientras el resto retomaba el juego con desgana.

¬óEdward, ¬Ņqu√© te pregunt√≥ Esme? ¬ósusurr√©.

Vaciló un momento antes de contestarme.

—Que si estaban sedientos —murmuró reticente.

Pasaron unos segundos y el juego progresaba, ahora con apatía, ya que nadie tenía ganas de golpear fuerte. Emmett,
Rosalie y Jasper merodeaban por el √°rea interior del campo. A pesar de que el miedo me nublaba el entendimiento,
fui consciente m√°s de una vez de la mirada fija de Rosalie en m√≠. Era inexpresiva, pero de alg√ļn modo, por la forma
en que plegaba los labios, me hizo pensar que estaba enfadada.

Edward no prestaba ninguna atención al juego, sus ojos y su mente se encontraban recorriendo el bosque.

¬óLo siento, Bella ¬ómurmur√≥ ferozmente¬ó. Exponerte de este modo ha sido est√ļpido e irresponsable por mi parte.
¬°Cu√°nto lo siento!

Noté cómo contenía la respiración y fijaba los ojos abiertos como platos en la esquina oeste del campo. Avanzó
medio paso, interponiéndose entre lo que se acercaba y yo.

Carlisle, Emmett y los demás se volvieron en la misma dirección en cuanto oyeron el ruido de su avance, que a mí
me llegaba mucho m√°s apagado.



LA CAZA



Aparecieron de uno en uno en la linde del bosque a doce metros de nuestra posición.

El primer hombre entró en el claro y se apartó inmediatamente para dejar paso a otro más alto, de pelo negro, que se
colocó al frente, de un modo que evidenciaba con claridad quién lideraba el grupo.

El tercer integrante era una mujer; desde aquella distancia, sólo alcanzaba a verle el pelo, de un asombroso matiz
rojo.

Cerraron filas conforme avanzaban con cautela hacia donde se hallaba la familia de Edward, mostrando el natural
recelo de una manada de depredadores ante un grupo desconocido y m√°s numeroso de su propia especie.

Comprobé cuánto diferían de los Cullen cuando se acercaron. Su paso era gatuno, andaban de forma muy similar a
la de un felino al acecho. Se vestían con el típico equipo de un excursionista: vaqueros y una sencilla camisa de
cuello abotonado y gruesa tela impermeable. Las ropas se veían deshilachadas por el uso e iban descalzos. Los
hombres llevaban el pelo muy corto y la rutilante melena pelirroja de la chica estaba llena de hojas y otros restos del
bosque.

Sus ojos agudos se apercibieron del aspecto m√°s urbano y pulido de Carlisle, que, alerta, flanqueado por Emmett y
Jasper, salió a su encuentro. Sin que aparentemente se hubieran puesto de acuerdo, todos habían adoptado una
postura erguida y de despreocupación.

El líder de los recién llegados era sin duda el más agraciado, con su piel de tono oliváceo debajo de la característica
palidez y los cabellos de un brillantísimo negro. Era de constitución mediana, musculoso, por supuesto, pero sin


acercarse ni de lejos a la fuerza física de Emmett. Esbozó una sonrisa agradable que permitió entrever unos
deslumbrantes dientes blancos.

La mujer tenía un aspecto más salvaje, en parte por la melena revuelta y alborotada por la brisa. Su mirada iba y
venía incesantemente de los hombres que tenía en frente al grupo desorganizado que me rodeaba. Su postura era
marcadamente felina. El segundo hombre, de complexión más liviana que la del líder —tanto las facciones como el
pelo casta√Īo claro eran anodinos¬ó, revoloteaba con desenvoltura entre ambos. Sin embargo, su mirada era de una
calma absoluta, y sus ojos, en cierto modo, los m√°s atentos.

Los ojos de los recién llegados también eran diferentes. No eran dorados o negros, como cabía esperar, sino de un
intenso color borgo√Īa con una tonalidad perturbadora y siniestra.

El moreno dio un paso hacia Carlisle sin dejar de sonreír.

—Creíamos haber oído jugar a alguien —hablaba con voz reposada y tenía un leve acento francés—. Me llamo
Laurent, y √©stos son Victoria y James ¬óa√Īadi√≥ se√Īalando a los vampiros que le acompa√Īaban.

—Yo soy Carlisle y ésta es mi familia: Emmett y Jasper; Rosalie, Esme y Alice; Edward y Bella —nos identificaba
en grupos, intentando deliberadamente no llamar la atenci√≥n hacia ning√ļn individuo. Me sobresalt√© cuando me
nombró.

¬ó ¬ŅHay sitio para unos pocos jugadores m√°s? ¬óinquiri√≥ Laurent con afabilidad.

Carlisle acomodó la inflexión de la voz al mismo tono amistoso de Laurent.

—Bueno, lo cierto es que acabamos de terminar el partido. Pero estaríamos verdaderamente encantados en otra
ocasi√≥n. ¬ŅPens√°is quedaros mucho tiempo en la zona?

—En realidad, vamos hacia el norte, aunque hemos sentido curiosidad por lo que había por aquí. No hemos tenido
compa√Ī√≠a durante mucho tiempo.

¬óNo, esta regi√≥n suele estar vac√≠a si exceptuamos a mi grupo y alg√ļn visitante ocasional, como vosotros.

La tensa atmósfera había evolucionado hacia una conversación distendida; supuse que Jasper estaba usando su
peculiar don para controlar la situación.

¬ó ¬ŅCu√°l es vuestro territorio de caza? ¬ópregunt√≥ Laurent como quien no quiere la cosa.

Carlisle ignoró la presunción que implicaba la pregunta.

—Esta, los montes Olympic, y algunas veces la Coast Ranges de una punta a la otra. Tenemos una residencia aquí.
También hay otro asentamiento permanente como el nuestro cerca de Denali.

Laurent se balanceó, descansando el peso del cuerpo sobre los talones, y preguntó con viva curiosidad:

¬ó ¬ŅPermanente? ¬ŅY como hab√©is conseguido algo as√≠?

¬ó ¬ŅPor qu√© no nos acompa√Ī√°is a nuestra casa y charlamos m√°s c√≥modos? ¬óLos invit√≥ Carlisle¬ó. Es una larga
historia.

James y Victoria intercambiaron una mirada de sorpresa cuando Carlisle mencion√≥ la palabra ¬ęcasa¬Ľ, pero Laurent
controló mejor su expresión.

¬óEs muy interesante y hospitalario por vuestra parte ¬ósu sonrisa era encantadora¬ó. Hemos estado de caza todo el
camino desde Ontario —estudió a Carlisle con la mirada, percatándose de su aspecto refinado—. No hemos tenido
ocasión de asearnos un poco.

¬óPor favor, no os ofend√°is, pero he de rogaros que os absteng√°is de cazar en los alrededores de esa zona. Debemos
pasar desapercibidos, ya me entiendes —explicó Carlisle.

—Claro ——asintió Laurent—. No pretendemos disputaros el territorio. De todos modos, acabamos de
alimentarnos a las afueras de Seattle.

Un escalofrío recorrió mi espalda cuando Laurent rompió a reír.

—Os mostraremos el camino si queréis venir con nosotros. Emmett, Alice, id con Edward y Bella a recoger el Jeep
¬óa√Īadi√≥ sin darle importancia.

Mientras Carlisle hablaba, ocurrieron tres cosas a la vez. La suave brisa despeinó mi cabello, Edward se envaró y el
segundo varón, James, movió su cabeza repentinamente de un lado a otro, buscando, para luego centrar en mí su
escrutinio, agitando las aletas de la nariz.

Una rigidez repentina afectó a todos cuando James se adelantó un paso y se agazapó. Edward exhibió los dientes y
adoptó la misma postura defensiva al tiempo que emitía un rugido bestial que parecía desgarrarle la garganta. No
ten√≠a nada que ver con los sonidos juguetones que le hab√≠a escuchado esta ma√Īana. Era lo m√°s amenazante que
había oído en mi vida y me estremecí de los pies a la cabeza.

¬ó ¬ŅQu√© ocurre? exclam√≥ Laurent, sorprendido. Ni James ni Edward relajaron sus agresivas poses. El primero fint√≥
ligeramente hacia un lado y Edward respondió al movimiento.

¬óElla est√° con nosotros.

El firme desafío de Carlisle se dirigía James. Laurent parecía percibir mi olor con menos fuerza que James, pero
pronto se dio cuenta y el descubrimiento se reflejó también en su rostro.

¬ó ¬ŅNos hab√©is tra√≠do un aperitivo? ¬óinquiri√≥ con voz incr√©dula, mientras, sin darse cuenta, daba un paso adelante.


Edward rugió con mayor ferocidad y dureza, curvando el labio superior sobre sus deslumbrantes dientes desnudos.
Laurent retrocedió el paso que había dado.

—He dicho que ella está con nosotros —replicó Carlisle con sequedad.

—Pero es humana —protestó Laurent. No había agresividad en sus palabras, simplemente estaba atónito.

—Sí... —Emmett se hizo notar al lado de Carlisle, con los ojos fijos en James, que se irguió muy despacio y volvió a
su posición normal, aunque las aletas de su nariz seguían dilatadas y no me perdía de vista. Edward continuaba
agazapado como un león delante de mí.

¬óParece que tenemos mucho que aprender unos de otros.

Laurent hablaba con un tono tranquilizador en un intento de suavizar la repentina hostilidad.

—Sin duda —la voz de Carlisle todavía era fría.

¬óA√ļn nos gustar√≠a aceptar vuestra invitaci√≥n ¬ósus ojos se movieron r√°pidamente hacia m√≠ y retornaron a
Carlisle¬ó. Y claro, no le haremos da√Īo a la chica humana. No cazaremos en vuestro territorio, como os he dicho.

James miró a Laurent con incredulidad e irritación, e intercambió otra larga mirada con Victoria, cuyos ojos seguían
errando nerviosos de rostro en rostro.

Carlisle evaluó la franca expresión de Laurent durante un momento antes de hablar.

—Os mostraremos el camino. Jasper, Rosalie, Esme —llamó y se reunieron todos delante de mí, ocultándome de la
vista de los recién llegados. Alice estuvo a mi lado en un momento y Emmett se situó lentamente a mi espalda, con
sus ojos trabados en los de James mientras éste retrocedía unos pasos.

—Vamonos, Bella —ordenó Edward con voz baja y sombría.

Parecía como si durante todo ese tiempo hubiera echado raíces en el suelo, porque me quedé totalmente inmóvil y
aterrorizada. Edward tuvo que agarrarme del codo y tirar bruscamente de mí para sacarme del trance. Alice y
Emmett estaban muy cerca de mi espalda, ocultándome. Tropecé con Edward, todavía aturdida por el miedo, y no
pude oír si el otro grupo se había marchado ya. La impaciencia de Edward casi se podía palpar mientras andábamos
a paso humano hacia el borde del bosque.

Sin dejar de caminar, Edward me subió encima de su espalda en cuanto llegamos a los árboles. Me sujeté con la
mayor fuerza posible cuando se lanzó a tumba abierta con los otros pegados a los talones. Mantuve la cabeza baja,
pero no podía cerrar los ojos, los tenía dilatados por el pánico. Los Cullen se zambulleron como espectros en el
bosque, ahora en una absoluta penumbra. La sensaci√≥n de j√ļbilo que habitualmente embargaba a Edward al correr
hab√≠a desaparecido por completo, sustituida por una furia que lo consum√≠a y le hac√≠a ir a√ļn m√°s r√°pido. Incluso
conmigo a las espaldas, los otros casi le perdieron de vista.

Llegamos al Jeep en un tiempo inverosímil. Edward apenas se paró antes de echarme al asiento trasero.

—Sujétala —ordenó a Emmett, que se deslizó a mi lado.

Alice se había sentado ya en el asiento delantero y Edward puso en marcha el coche. El motor rugió al encenderse y
el vehículo giró en redondo para encarar el tortuoso camino.

Edward gru√Ī√≠a algo demasiado r√°pido para que pudiera entenderle, pero sonaba bastante parecido a una sarta de
blasfemias.

El traqueteo fue mucho peor esta vez y la oscuridad lo hac√≠a a√ļn m√°s aterrador. Emmett y Alice miraban por las
ventanillas laterales.

Llegamos a la carretera principal y entonces pude ver mejor por donde íbamos, aunque había aumentado la
velocidad. Se dirigía al sur, en dirección contraria a Forks.

¬ó ¬ŅAdonde vamos? ¬ópregunt√©.

Nadie contestó. Ni siquiera me miraron.

¬ó ¬°Maldita sea, Edward! ¬ŅAdonde me llevas?

—Debemos sacarte de aquí, lo más lejos posible y ahora mismo.

No miró hacia atrás mientras hablaba, pendiente de la carretera. El velocímetro marcaba más de ciento noventa
kilómetros por hora.

¬ó ¬°Da media vuelta! ¬°Tienes que llevarme a casa! ¬ógrit√©. Luch√© contra aquel est√ļpido arn√©s, tirando de las correas.

—Emmett —advirtió Edward con tono severo.

Y Emmett me sujetó las manos con un férreo apretón.

¬ó ¬°No! ¬°Edward, no puedes hacer esto!

—He de hacerlo, Bella, ahora por favor, quédate quieta.

— ¡No puedo! ¡Tienes que devolverme a casa, Charlie llamará al FBI y éste se echará encima de toda tu familia, de
Carlisie y Esme! ¬°Tendr√°n que marcharse, y a partir de ese momento deber√°n esconderse siempre!

—Tranquilízate, Bella —su voz era fría—. Ya lo hemos hecho otras veces.

— ¡Pero no por mí, no lo hagas! ¡No lo arruines todo por mí!

Luché violentamente para soltarme, sin ninguna posibilidad.

—Edward, dirígete al arcén —Alice habló por primera vez.

El la miró con cara de pocos amigos, y luego aceleró.


¬óEdward, vamos a hablar de esto.

—No lo entiendes —rugió frustrado. Nunca había oído su voz tan alta y resultaba ensordecedora dentro del Jeep. El
veloc√≠metro rebasaba los doscientos por hora¬ó. ¬°Es un rastreador, Alice! ¬ŅEs que no te has dado cuenta? ¬°Es un
rastreador!

Sentí cómo Emmett se tensaba a mi lado y me pregunté la razón por la que reaccionaba de ese modo ante esa
palabra. Significaba algo para ellos, pero no para mí; quería entenderlo, pero no podía preguntar.

—Para en el arcén, Edward.

El tono de Alice era razonable, pero había en él un matiz de autoridad que yo no había oído antes. El velocímetro
rebasó los doscientos veinte.

¬óHazlo, Edward.

¬óEsc√ļchame, Alice. Le he le√≠do la mente. El rastreo es su pasi√≥n, su obsesi√≥n, y la quiere a ella, Alice, a ella en
concreto. La cacería empieza esta noche.

—No sabe dónde...

Edward la interrumpió.

¬ó ¬ŅCu√°nto tiempo crees que va a necesitar para captar su olor en el pueblo? Laurent ya hab√≠a trazado el plan en su
mente antes de decir lo que dijo.

Ahogué un grito al comprender adonde le conduciría mi olor.

— ¡Charlie! ¡No podéis dejarle allí! ¡No podéis dejarle! —me debatí contra el arnés.

—Bella tiene razón ——observó Alice.

El coche redujo la velocidad ligeramente.

—No tardaremos demasiado en considerar todas las opciones —intentó persuadirle Alice.

El coche redujo nuevamente la velocidad, en esta ocasión de forma más patente, y entonces frenó con un chirrido en
el arcén de la autopista. Salí disparada hacia delante, precipitándome contra el arnés, para luego caer hacia atrás y
chocar contra el asiento.

—No hay ninguna opción —susurró Edward.

— ¡No voy a abandonar a Charlie! —chillé.

¬óC√°llate, Bella.

¬óTienes que llevarla a casa ¬ó¬óintervino Emmett, finalmente.

—No —rechazó de plano.

¬óJames no puede compararse con nosotros, Edward. No podr√° tocarla.

¬óEsperar√°.

Emmett sonrió.

—Ya también puedo esperar.

¬ó ¬ŅNo lo veis? ¬ŅEs que no lo entend√©is? No va a cambiar de idea una vez que se haya entregado a la caza.
Tendremos que matarlo.

A Emmett no pareció disgustarle la idea.

—Es una opción.

¬óY tambi√©n tendremos que matar a la mujer. Est√° con √©l. Si luchamos, el l√≠der del grupo tambi√©n los acompa√Īar√°.

¬óSomos suficientes para ellos.

—Hay otra opción —dijo Alice con serenidad.

Edward se revolvió contra ella furioso, su voz fue un rugido devastador cuando dijo:

— ¡No—hay—otra—opción!

Emmett y yo le miramos aturdidos, pero Alice no parecía sorprendida. El silenció se prolongó durante más de un
minuto, mientras Edward y Alice se miraban fijamente el uno al otro.

Yo lo rompí.

¬ó ¬ŅQuerr√≠a alguien escuchar mi plan?

¬óNo ¬ógru√Ī√≥ Edward. Alice le clav√≥ la mirada, definitivamente enfadada.

—Escucha —supliqué—. Llévame de vuelta.

—No —me interrumpió él.

Le miré fijamente y continué.

¬óMe llevas de vuelta y le digo a mi padre que quiero irme a casa, a Phoenix. Hago las maletas, esperamos a que el
rastreador esté observando y entonces huimos. Nos seguirá y dejará a Charlie tranquilo. Charlie no lanzará al FBI
sobre tu familia y entonces me podr√°s llevar a cualquier maldito lugar que se te ocurra.

Me miraron sorprendidos.

¬óPues realmente no es una mala idea, en absoluto.

La sorpresa de Emmett suponía un auténtico insulto.

¬óPodr√≠a funcionar, y desde luego no podemos dejar desprotegido al padre de Bella. T√ļ lo sabes ¬ódijo Alice.

Todos mir√°bamos a Edward.


—Es demasiado peligroso... Y no le quiero cerca de ella ni a cien kilómetros a la redonda.

Emmett rebosaba auto confianza.

—Edward, él no va a acabar con nosotros.

Alice se concentró durante un minuto.

¬óNo le veo atacando. Va a esperar a que la dejemos sola.

¬óNo le llevar√° mucho darse cuenta de que eso no va a suceder.

—Exijo que me lleves a casa —intenté sonar decidida.

Edward presionó los dedos contra las sienes y cerró los ojos con fuerza.

—Por favor —supliqué en voz mucho más baja.

No levantó la vista. Cuando habló, su voz sonaba como si las palabras salieran contra su voluntad.

¬óTe marchas esta noche, tanto si el rastreador te ve como si no. Le dir√°s a Charlie que no puedes estar un minuto
más en Forks, cuéntale cualquier historia con tal de que funcione. Guarda en una maleta lo primero que tengas a
mano y m√©tete despu√©s en tu coche. Me da exactamente igual lo que √©l te diga. Dispones de quince minutos. ¬ŅMe
has escuchado? Quince minutos a contar desde el momento en que pongas el pie en el umbral de la puerta.

El Jeep volvió a la vida con un rugido y las ruedas chirriaron cuando describió un brusco giro. La aguja del
velocímetro comenzó a subir de nuevo.

¬ó ¬ŅEmmett? ¬ópregunt√© con intenci√≥n, mir√°ndome las manos.

—Ah, perdón —dijo, y me soltó.

Transcurrieron varios minutos en silencio, sin que se oyera otro sonido que el del motor. Entonces, Edward habló de
nuevo.

¬óVamos a hacerlo de esta manera. Cuando lleguemos a la casa, si el rastreador no est√° all√≠, la acompa√Īar√© a la
puerta ¬óme mir√≥ a trav√©s del retrovisor¬ó. Dispones de quince minutos a partir de ese momento. Emmett, t√ļ
controlar√°s el exterior de la casa. Alice, t√ļ llevar√°s el coche, yo estar√© dentro con ella todo el tiempo. En cuanto
salga, llev√°is el Jeep a casa y se lo cont√°is a Carlisle.

—De ninguna manera —le contradijo Emmett—. Iré contigo.

—Piénsalo bien, Emmett. No sé cuánto tiempo estaré fuera.

—Hasta que no sepamos en qué puede terminar este asunto, estaré contigo.

Edward suspiró.

—Si el rastreador está allí —continuó inexorablemente—, seguiré conduciendo.

—Vamos a llegar antes que él —dijo Alice con confianza.

Edward pareció aceptarlo. Fuera cual fuera el roce que hubiera tenido con Alice, no dudaba de ella ahora.

¬ó ¬ŅQu√© vamos a hacer con el Jeep? ¬ópregunt√≥ ella.

Su voz sonaba dura y afilada.

¬óT√ļ lo llevar√°s a casa.

—No, no lo haré —replicó ella con calma.

La retahila ininteligible de blasfemias volvió a comenzar.

—No cabemos todos en mi coche —susurré.

Edward no pareció escucharme.

—Creo que deberías dejarme marchar sola —dije en voz baja, mucho más tranquila.

√Čl lo oy√≥.

—Bella, por favor, hagamos esto a mi manera, sólo por esta vez —dijo con los dientes apretados.

¬óEscucha, Charlie no es ning√ļn imb√©cil ¬óprotest√©¬ó. Si ma√Īana no est√°s en el pueblo, va a sospechar.

¬óEso es irrelevante. Nos aseguraremos de que se encuentre a salvo y eso es lo √ļnico que importa.

¬óBueno, ¬Ņy qu√© pasa con el rastreador? Vio la forma en que actuaste esta noche. Pensar√° que est√°s conmigo, est√©s
donde estés.

Emmett me miró, insultantemente sorprendido otra vez.

¬óEdward, esc√ļchala ¬óle urgi√≥¬ó. Creo que tiene raz√≥n.

—Sí, estoy de acuerdo —comentó Alice.

¬óNo puedo hacer eso ¬óla voz de Edward era helada.

—Emmett podría quedarse también —continué—. Le ha tomado bastante ojeriza.

¬ó ¬ŅQu√©? ¬óEmmett se volvi√≥ hacia m√≠.

—Si te quedas, tendrás más posibilidades de ponerle la mano encima —acordó Alice.

Edward la miró con incredulidad.

¬ó ¬ŅY t√ļ te crees que la voy a dejar irse sola?

¬óClaro que no ¬ódijo Alice¬ó. La acompa√Īaremos Jasper y yo.

—No puedo hacer eso —repitió Edward, pero esta vez su voz mostraba signos evidentes de derrota. La lógica estaba
haciendo de las suyas con él.

Intenté ser persuasiva.


—Déjate ver por aquí durante una semana —vi su expresión en el retrovisor y rectifiqué—. Bueno, unos cuantos
d√≠as. Deja que Charlie vea que no me has secuestrado y que James se vaya de caza in√ļtilmente. Cerci√≥rate por
completo de que no tenga ninguna pista; luego, te vas y me buscas, tomando una ruta que lo despiste, claro.
Entonces, Jasper y Alice podr√°n volver a casa.

Vi que empezaba a considerarlo.

¬ó ¬ŅD√≥nde te ir√≠a a buscar?

—A Phoenix —respondí sin dudar.

—No. El oirá que es allí donde vas —replicó con impaciencia.

¬óY t√ļ le har√°s creer que es un truco, claro. Es consciente de que sabemos que nos est√° escuchando. Jam√°s creer√°
que me dirija de verdad a donde anuncie que voy.

—Esta chica es diabólica —rió Emmett entre dientes.

¬ó ¬ŅY si no funciona?

—Hay varios millones de personas en Phoenix —le informé.

—No es tan difícil usar una guía telefónica.

—No iré a casa.

¬ó ¬ŅAh, no? ¬ópregunt√≥ con una nota peligrosa en la voz.

¬óYa soy bastante mayorcita para buscarme un sitio por mi cuenta.

—Edward, estaremos con ella —le recordó Alice.

¬ó ¬ŅY qu√© vas a hacer t√ļ en Phoenix? ¬óle pregunt√≥ √©l mordazmente.

¬óQuedarme bajo techo.

¬óYa lo creo que voy a disfrutar ¬óEmmett pensaba seguramente en arrinconar a James.

¬óC√°llate, Emmett.

—Mira, si intentamos detenerle mientras ella anda por aquí, hay muchas más posibilidades de que alguien termine
herido..., tanto ella como t√ļ al intentar protegerla. Ahora, si lo pillamos solo... ¬óEmmett dej√≥ la frase inconclusa y
lentamente empezó a sonreír. Yo había acertado.

El Jeep avanzaba más lentamente conforme entrábamos en el pueblo. A pesar de mis palabras valientes, sentí cómo
se me ponía el vello de punta. Pensé en Charlie, solo en la casa, e intenté hacer acopio de valor.

¬óBella ¬ódijo Edward en voz baja. Alice y Emmett miraban por las ventanillas¬ó, si te pones en peligro y te pasa
cualquier cosa, cualquier cosa, te har√© personalmente responsable. ¬ŅLo has comprendido?

—Sí —tragué saliva.

Se volvió a Alice.

¬ó ¬ŅVa a poder Jasper manejar este asunto?

—Confía un poco en él, Edward. Lo está haciendo bien, muy bien, teniendo todo en cuenta.

¬ó ¬ŅPodr√°s manejarlo t√ļ?¬ópregunt√≥ √©l.

La peque√Īa y gr√°cil Alice ech√≥ hacia atr√°s sus labios en una mueca horrorosa y dej√≥ salir un gru√Īido gutural que me
hizo encogerme en el asiento del terror.

Edward le sonrió, mas de repente musitó:

¬óPero gu√°rdate tus opiniones.













DESPEDIDAS



Charlie me esperaba levantado y con todas las luces de la casa encendidas. Me quedé con la mente en blanco
mientras pensaba en algo para que me dejara marcharme. No iba a resultar agradable.

Edward aparcó despacio junto al bordillo, a bastante distancia detrás de mi automóvil. Los tres estaban sumamente
alertas, sentados muy erguidos en sus asientos; escuchaban cada sonido del bosque, escrutaban cada sombra,
captaban cada olor, todo en busca de cualquier cosa que estuviera fuera de lugar. El motor se paró y me quedé
sentada, inmóvil, mientras continuaban a la escucha.

—No está aquí —anunció Edward muy tenso—. Vamos.

Emmett se inclinó para ayudarme a salir del arnés.

—No te preocupes, Bella —susurró con jovialidad—. Solucionaremos las cosas lo antes posible.

Sentí que se me humedecían los ojos mientras miraba a Emmett. Apenas le conocía y, sin embargo, me angustiaba
el hecho de no saber si lo volvería a ver después de esta noche. Esto, sin duda, era un aperitivo de las despedidas a


las que debería sobrevivir durante la próxima hora, y ese pensamiento hizo que se desbordaran las lágrimas de mis
ojos.

—Alice, Emmett —espetó Edward con autoridad. Ambos se deslizaron en la oscuridad en el más completo silencio
y desaparecieron de inmediato. Edward me abrió la puerta y me tomó de la mano, amparándome en su abrazo
protector. Me acompa√Ī√≥ r√°pidamente hacia la casa sin dejar de escrutar la noche.

—Quince minutos —me advirtió en voz baja.

—Puedo hacerlo —inhalé. Las lágrimas me habían inspirado.

Me detuve delante del porche y tomé su rostro entre las manos, mirándole con ferocidad a los ojos.

—Te quiero —le dije con voz baja e intensa—, siempre te amaré, no importa lo que pase ahora.

—No te va a pasar nada, Bella —me respondió con igual ferocidad.

¬óS√≥lo te pido que sigas el plan, ¬Ņvale? Mant√©n a Charlie a salvo por m√≠. No le voy a caer muy bien despu√©s de esto,
y quiero tener la oportunidad de disculparme en otro momento.

—Entra, Bella, tenemos prisa —me urgió.

—Una cosa más —susurré apasionadamente—. No hagas caso a nada de lo que me oigas decir ahora.

Edward estaba inclinado, por lo que sólo tuve que ponerme de puntillas para besar sus labios fríos, desprevenidos,
con toda la fuerza de la que fui capaz. Entonces, rápidamente me di la vuelta y abrí la puerta de una patada.

— ¡Vete, Edward! —le grité.

Ech√© a correr hacia el interior de la casa despu√©s de cerrarle la puerta de golpe en la cara, a√ļn at√≥nita.

¬ó ¬ŅBella?

Charlie deambulaba de aquí para allá en el cuarto de estar, por lo que ya estaba de pie cuando entré.

— ¡Déjame en paz! —le chillé entre lágrimas, que caían ahora implacablemente.

Corrí escaleras arriba hasta mi habitación, cerré la puerta de golpe y eché el cestillo. Me abalancé hacia la cama y
me arrojé al suelo para sacar mi petate. Busqué precipitadamente entre el colchón y el somier para recoger el viejo
calcetín anudado en el que escondía mi reserva secreta de dinero.

Charlie aporreó la puerta.

¬óBella, ¬Ņte encuentras bien? ¬ósu voz sonaba asustada¬ó. ¬ŅQu√© est√° pasando?

—Me voy a casa —grité; la voz se me quebró en el punto exacto.

¬ó ¬ŅTe ha hecho da√Īo?

Su tono derivaba hacia la ira.

— ¡No! —chillé unas cuantas octavas más alto. Me volví hacia el armario, pero Edward ya estaba allí, recogiendo
en silencio y sin mirar verdaderas brazadas de vestidos para luego lanz√°rmelos.

¬ó ¬ŅHa roto contigo?

Charlie estaba perplejo.

— ¡No! —grité de nuevo, apenas sin aliento mientras empujaba todo dentro del petate. Edward me arrojó el
contenido de otro cajón, aunque a estas alturas apenas cabía nada más.

¬ó ¬ŅQu√© ha ocurrido, Bella? ¬óvocifer√≥ Charlie a trav√©s de la puerta, aporre√°ndola de nuevo.

—He sido yo la que ha cortado con él —le respondí, dando tirones a la cremallera del petate. Las capacitadas manos
de Edward me apartaron, la cerró con suavidad y me pasó la correa por el hombro con cuidado.

—Estaré en tu coche, ¡venga! —me susurró.

Me empujó hacia la puerta y se desvaneció por la ventana. Abrí la puerta y empujé a Charlie con rudeza al pasar,
luchan do con la pesada carga que llevaba y corrí hacia las escaleras.

¬ó ¬ŅQu√© ha pasado? ¬óGrit√≥ Charlie detr√°s de m√≠¬ó. ¬°Cre√≠ que te gustaba!

Me sujetó por el codo al llegar a la cocina, y, aunque estaba desconcertado, su presión era firme.

Me obligó a darme la vuelta para que le mirara y leí en su rostro que no tenía intención de dejarme marchar.
√önicamente hab√≠a una forma de lograrlo y eso implicaba hacerle tanto da√Īo que me odiaba a m√≠ misma s√≥lo de
pensarlo, pero no disponía de más tiempo y tenía que mantenerle con vida.

Miré a mi padre, con nuevas lágrimas en los ojos por lo que iba a hacer.

—Claro que me gusta, ése es el problema. ¡No aguanto más! ¡No puedo echar más raíces aquí! ¡No quiero terminar
atrapada en este pueblo est√ļpido y aburrido como mam√°! No voy a cometer el mismo error que ella, odio Forks, y
¡no quiero permanecer aquí ni un minuto más!

Su mano soltó mi brazo como si lo hubiera electrocutado. Me volví para no ver su rostro herido y consternado, y me
dirigí hacia la puerta.

—Bella, no puedes irte ahora, es de noche —susurró a mi espalda. No me volví.

—Dormiré en el coche si me siento cansada.

—Espera otra semana —me suplicó, todavía en estado de shock—. Renée habrá vuelto a Phoenix para entonces.

Esto me desquició por completo.

¬ó ¬ŅQu√©?

Charlie continuó con ansiedad, casi balbuceando de alivio al verme dudar.


¬óHa telefoneado mientras estabas fuera. Las cosas no han ido muy bien en Florida y volver√°n a Arizona si Phil no
ha firmado a finales de esta semana. El asistente de entrenador de los Sidewinders dijo que tal vez hubiera lugar
para otro medio en el equipo.

Sacudí la cabeza, intentando reordenar mis pensamientos, ahora confusos. Cada segundo que pasaba, ponía a
Charlie en m√°s peligro.

—Tengo una llave de casa —murmuré, dando otra vuelta de tuerca a la situación. Charlie estaba muy cerca de mí,
con una mano extendida y el rostro aturdido. No podía perder más tiempo discutiendo con él, así que pensé que
tendr√≠a que herirlo a√ļn m√°s profundamente.

¬óD√©jame ir, Charlie ¬óiba repitiendo las √ļltimas palabras de mi madre mientras sal√≠a por la misma puerta hac√≠a
ahora tantos a√Īos. Las pronunci√© con el mayor enfado posible y abr√≠ la puerta de un tir√≥n¬ó. No ha funcionado,
¬Ņvale? De veras, ¬°odio Forks con toda mi alma!

Mis crueles palabras cumplieron su cometido a la perfección, porque Charlie se quedó helado en la entrada, atónito,
mientras yo corría hacia la noche. Me aterrorizó horriblemente el patio vacío y corrí enloquecida hacia el coche al
visualizar una sombra oscura detrás de mí. Arrojé el petate a la plataforma del monovolumen y abrí la puerta de un
tirón. La llave estaba en el bombín de la puesta en marcha.

¬ó ¬°Te llamar√© ma√Īana! ¬ógrit√©.

No había nada en el mundo que deseara más que explicarle todo en ese momento, aun sabiéndome incapaz de
hacerlo. Encendí el motor y arranqué. Edward me tocó la mano.

—Detente en el bordillo —me ordenó en cuanto Charlie y la casa desaparecieron a nuestras espaldas.

—Puedo conducir —aseguré mientras las lágrimas inundaban mis mejillas.

De forma inesperada, las grandes manos de Edward me sujetaron por la cintura, su pie empujó al mío fuera del
acelerador, me puso sobre su regazo y me soltó las manos del volante.

De pronto me encontré en el asiento del copiloto sin que el automóvil hubiera dado el más leve bandazo.

—No vas a encontrar nuestra casa —me explicó.

Unas luces destellaron repentinamente detrás de nosotros. Miré aterrada por la ventanilla trasera.

—Es Alice —me tranquilizó, tomándome la mano de nuevo.

La imagen de Charlie en el quicio de la puerta seguía ocupando mi mente.

¬ó ¬ŅY el rastreador?

—Escuchó el final de tu puesta en escena —contestó Edward con desaliento.

¬ó ¬ŅY Charlie? ¬ópregunt√© con pena.

¬óEl rastreador nos ha seguido. Ahora est√° corriendo detr√°s de nosotros.

Me quedé helada.

¬ó ¬ŅPodemos dejarle atr√°s?

—No —replicó, pero aceleró mientras hablaba. El motor del monovolumen se quejó con un estrepitoso chirrido.

De repente, el plan había dejado de parecerme tan brillante.

Estaba mirando hacia atrás, a las luces delanteras de Alice, cuando el coche sufrió una sacudida y una sombra oscura
surgió en mi ventana.

El grito espeluznante que lancé duró sólo la fracción de segundo que Edward tardó en taparme la boca con la mano.

¬ó ¬°Es Emmett!

Apartó la mano de mi boca y me pasó su brazo por la cintura.

—Toda va bien, Bella —me prometió—. Vas a estar a salvo.

Corrimos a través del pueblo tranquilo hacia la autopista del norte.

¬óNo me hab√≠a dado cuenta de que la vida de una peque√Īa ciudad de provincias te aburr√≠a tanto ¬ócoment√≥ Edward
tratando de entablar conversación; supe que intentaba distraerme—. Me pareció que te estabas integrando bastante
bien, sobre todo en los √ļltimos tiempos. Incluso me sent√≠a bastante halagado al pensar que hab√≠a conseguido que la
vida te resultara un poco m√°s interesante.

—No pretendía ser agradable —confesé, haciendo caso omiso de su intento de distraerme, mirando hacia mis
rodillas—. Mi madre pronunció esas mismas palabras cuando dejó a Charlie. Se podría decir que fue un golpe bajo.

¬óNo te preocupes, te perdonar√° ¬ósonri√≥ levemente, aunque esa ¬ęalegr√≠a¬Ľ no le lleg√≥ a los ojos.

Le miré con desesperación y él vio un pánico manifiesto en mis ojos.

¬óBella, todo va a salir bien.

—No irá bien si no estamos juntos —susurré.

—Nos reuniremos dentro de unos días —me aseguró mientras me rodeaba con el brazo—. Y no olvides que fue idea
tuya.

—Era la mejor idea, y claro que fue mía.

Me respondió con una sonrisa triste que desapareció de inmediato.

¬ó ¬ŅPor qu√© ha ocurrido todo esto? ¬óPregunt√© con voz temblorosa¬ó ¬ŅPor qu√© a m√≠?

Contempló fijamente la carretera que se extendía delante de nosotros.


—Es por mi culpa —dirigía contra sí mismo la rabia que le alteraba la voz—. He sido un imbécil al exponerte a algo
así.

¬óNo me refer√≠a a eso ¬óinsist√≠¬ó. Yo estaba all√≠, vale, mira qu√© bien, pero eso no perturb√≥ a los otros dos. ¬ŅPor qu√©
el tal James decidi√≥ matarme a m√≠? Si hab√≠a all√≠ un mont√≥n de gente, ¬Ņpor qu√© a m√≠?

Edward vaciló, pensándoselo antes de contestar.

—Inspeccioné a fondo su mente en ese momento —comenzó en voz baja—. Una vez que te vio, dudo que yo
hubiera podido hacer algo para evitar esto. Esa es tu parte de culpa —su voz adquirió un punto irónico—. No se
habría alterado si no olieras de esa forma tan fatídicamente deliciosa. Pero cuando te defendí... bueno, eso lo
empeoró bastante. No está acostumbrado a no salirse con la suya, sin importar lo insignificante que pueda ser el
asunto. James se concibe a sí mismo como un cazador, sólo eso. Su existencia se reduce al rastreo y todo lo que le
pide a la vida es un buen reto. Y de pronto nos presentamos nosotros, un gran clan de fuertes luchadores con un
precioso trofeo, todos volcados en proteger al √ļnico elemento vulnerable. No te puedes hacer idea de su euforia. Es
su juego favorito y lo hemos convertido para él en algo mucho más excitante.

El tono de su voz estaba lleno de disgusto. Hizo una pausa y agregó con desesperanza y frustración:

—Sin embargo, te habría matado allí mismo, en ese momento, de no haber estado yo.

—Creía que no olía igual para los otros... que como huelo para ti —comenté dubitativa.

—No, lo cual no quiere decir que no seas una tentación para todos. Se habría producido un enfrentamiento allí
mismo si hubieras atraído al rastreador, o a cualquiera de ellos, como a mí.

Me estremecí.

—No creo que tenga otra alternativa que matarle —murmuró—, aunque a Carlisle no le va gustar.

Oí el sonido de las ruedas cruzando el puente aunque no se veía el río en la oscuridad. Sabía que nos estábamos
acercando, de modo que se lo tenía que preguntar en ese momento.

¬ó ¬ŅC√≥mo se mata a un vampiro?

Me miró con ojos inescrutables y su voz se volvió repentinamente áspera.

¬óLa √ļnica manera segura es cortarlo en pedazos, y luego quemarlos.

¬ó ¬ŅVan a luchar a su lado los otros dos?

—La mujer, sí, aunque no estoy seguro respecto a Laurent. El vínculo entre ellos no es muy fuerte y Laurent sólo
los acompa√Īa por conveniencia. Adem√°s, James lo avergonz√≥ en el prado.

¬óPero James y la mujer... ¬Ņintentar√°n matarte? ¬ómi voz tambi√©n se hab√≠a vuelto √°spera al preguntar.

¬óBella, no te permito que malgastes tu tiempo preocup√°ndote por m√≠. Tu √ļnico inter√©s debe ser mantenerte a salvo
y por favor te lo pido, intenta no ser imprudente.

¬ó ¬ŅTodav√≠a nos sigue?

—Sí, aunque no va a asaltar la casa. No esta noche.

Dobló por un camino invisible, con Alice siguiéndonos.

Condujo directamente hacia la casa. Las luces del interior estaban encendidas, pero servían de poco frente a la
oscuridad del bosque circundante. Emmett abrió mi puerta antes de que el vehículo se hubiera detenido del todo; me
sac√≥ del asiento, me empotr√≥ como un bal√≥n de f√ļtbol contra su enorme pecho, y cruz√≥ la puerta a la carrera
llevándome con él.

Irrumpimos en la gran habitación blanca del primer piso, con Edward y Alice flanqueándonos a ambos lados. Todos
se hallaban all√≠ y se levantaron al o√≠rnos llegar; Laurent estaba en el centro. Escuch√© los gru√Īidos sordos retumbar
en lo profundo de la garganta de Emmett cuando me soltó al lado de Edward.

¬óNos est√° rastreando ¬óanunci√≥ Edward, mirando ce√Īudo a Laurent.

El rostro de éste no parecía satisfecho.

—Me temo que sí.

Alice se deslizó junto a Jasper y le susurró al oído; los labios le temblaron levemente por la velocidad de su
silencioso monólogo. Subieron juntos las escaleras. Rosalie los observó y se acercó rápidamente al lado de Emmett.
Sus bellos ojos brillaban con intensidad, pero se llenaron de furia cuando, sin querer, recorrieron mi rostro.

¬ó ¬ŅQu√© crees que va a hacer? ¬óle pregunt√≥ Carlisle a Laurent en un tono escalofriante.

—Lo siento —contestó—. Ya me temí, cuando su chico la defendió, que se desencadenaría esta situación.

¬ó ¬ŅPuedes detenerle?

Laurent sacudió la cabeza.

¬óUna vez que ha comenzado, nada puede detener a James.

—Nosotros lo haremos —prometió Emmett, y no cabía duda de a qué se refería.

¬óNo podr√°n con √©l. No he visto nada semejante en los √ļltimos trescientos a√Īos. Es absolutamente letal, por eso me
uní a su aquelarre.

Su aquelarre, pensé; entonces, estaba claro. La exhibición de liderazgo en el prado había sido solamente una
pantomima.

Laurent seguía sacudiendo la cabeza. Me miró, perplejo, y luego nuevamente a Carlisle.


¬ó ¬ŅEst√°s convencido de que merece la pena?

El rugido airado de Edward llenó la habitación y Laurent se encogió. Carlisle miró a Laurent con gesto grave.

¬óMe temo que tendr√°s que escoger.

Laurent lo entendió y meditó durante unos instantes. Sus ojos se detuvieron en cada rostro y finalmente recorrieron
la rutilante habitación.

—Me intriga la forma de vida que habéis construido, pero no quiero quedarme atrapado aquí dentro. No siento
enemistad hacia ninguno de vosotros, pero no actuaré contra James. Creo que me marcharé al norte, donde está el
clan de Denali —dudó un momento—. No subestiméis a James. Tiene una mente brillante y unos sentidos
inigualables. Se siente tan cómodo como vosotros en el mundo de los hombres y no os atacará de frente... Lamento
lo que se ha desencadenado aquí. Lo siento de veras —inclinó la cabeza, pero me lanzó otra mirada incrédula.

¬óVe en paz ¬ófue la respuesta formal de Carlisle.

Laurent echó otra larga mirada alrededor y entonces se apresuró hacia la puerta.

El silencio duró menos de un minuto.

¬ó ¬ŅA qu√© distancia se encuentra? ¬óCarlisle mir√≥ a Edward.

Esme ya estaba en movimiento, tocó con la mano un control invisible que había en la pared y con un chirrido, unos
grandes postigos metálicos comenzaron a sellar la pared de cristal. Me quedé boquiabierta.

—Está a unos cinco kilómetros pasando el río, dando vueltas por los alrededores para reunirse con la mujer.

¬ó ¬ŅCu√°l es el plan?

—Lo alejaremos de aquí para que Jasper y Alice se la puedan llevar al sur,

¬ó ¬ŅY luego?

El tono de Edward era mortífero.

—Le daremos caza en cuanto Bella esté fuera de aquí.

—Supongo que no hay otra opción —admitió Carlisle con el rostro sombrío.

Edward se volvió hacia Rosalie.

¬óS√ļbela arriba e intercambiad vuestras ropas ¬óle orden√≥, y ella le devolvi√≥ la mirada, furibunda e incr√©dula.

¬ó ¬ŅPor qu√© debo hacerlo? ¬óDijo en voz baja¬ó. ¬ŅQu√© es ella para m√≠? Nada, salvo una amenaza, un peligro que t√ļ
has buscado y que tenemos que sufrir todos.

Me acobardó el veneno que destilaban sus palabras.

—Rosa... —murmuró Emmett, poniéndole una mano en el hombro. Ella se la sacó de encima con una sacudida.

Sin embargo, yo fijaba en Edward toda mi atención; conociendo su temperamento, me preocupaba su reacción. Pero
me sorprendió.

Apartó la mirada de Rosalie como si no hubiera dicho nada, como si no existiera.

¬ó ¬ŅEsme? ¬ópregunt√≥ con calma.

—Por supuesto —murmuró ella.

Esme estuvo a mi lado en menos de lo que dura un latido, y me alzó en brazos sin esfuerzo. Se lanzó escaleras arriba
antes de que yo empezara a jadear del susto.

¬ó ¬ŅQu√© vamos a hacer? ¬ópregunt√© sin aliento cuando me solt√≥ en una habitaci√≥n oscura en alg√ļn lugar del
segundo piso.

—Intentaremos confundir el olor —pude oír como caían sus ropas al suelo—. No durará mucho, pero ayudará a que
puedas huir.

—No creo que me las pueda poner... —dudé, pero ella empezó a quitarme la camiseta con brusquedad.
Rápidamente, me quité yo sola los vaqueros. Me tendió lo que parecía ser una camiseta y luché por meter los brazos
en los huecos correctos. Tan pronto como lo conseguí, ella me entregó sus mallas de deporte.

Tiré de ellas pero no conseguí ponérmelas bien, eran demasiado largas, por lo que Esme dobló diestramente los
dobladillos unas cuantas veces de manera que pude ponerme en pie. Ella ya se había puesto mis ropas y me llevó
hacia las escaleras donde aguardaba Alice con un peque√Īo bolso de piel en la mano. Me tomaron cada una de un
codo y me llevaron en volandas hasta el tramo de las escaleras.

Parecía como si todo se hubiera resuelto en el salón en nuestra ausencia. Edward y Emmett estaban preparados para
irse, este √ļltimo llevaba una mochila de aspecto pesado sobre el hombro. Carlisle le tendi√≥ un objeto peque√Īo a
Esme, luego se volvi√≥ y le dio otro igual a Alice; era un peque√Īo m√≥vil plateado.

—Esme y Rosalie se llevarán tu coche, Bella —me dijo al pasar a mi lado. Asentí, mirando con recelo a Rosalie,
que contemplaba a Carlisle con expresión resentida.

¬óAlice, Jasper, llevaos el Mercedes. En el sur vais a necesitar ventanillas con cristales tintados.

Ellos asintieron también.

¬óNosotros nos llevaremos el Jeep.

Me sorprendi√≥ verificar que Carlisle pretend√≠a acompa√Īar a Edward. Me di cuenta de pronto, con una punzada de
miedo, que estaban reuniendo la partida de caza.

¬óAlice ¬ópregunt√≥ Carlisle¬ó, ¬Ņmorder√°n el cebo?


Todos miramos a Alice, que cerró los ojos y permaneció increíblemente inmóvil. Finalmente, los abrió y dijo con
voz segura:

¬óEl te perseguir√° y la mujer seguir√° al monovolumen. Debemos salir justo detr√°s.

—Vamonos —ordenó Carlisle, y empezó a andar hacia la cocina.

Edward se acercó a mí enseguida. Me envolvió en su abrazo férreo, apretándome contra él. No parecía consciente de
que su familia le observaba cuando acercó mi rostro al suyo, despegándome los pies del suelo. Durante un breve
segundo posó sus labios helados y duros sobre los míos y me dejó en el suelo sin dejar de sujetarme el rostro; sus
espléndidos ojos ardían en los míos, pero, curiosamente, se volvieron inexpresivos y apagados conforme se daba la
vuelta.

Entonces, se marcharon.

Las demás nos quedamos allí de pie, los cuatro desviaron la mirada mientras las lágrimas corrían en silencio por mi
cara.

El silencio parecía no acabarse nunca hasta que el teléfono de Esme vibró en su mano; lo puso sobre su oreja con la
velocidad de un rayo.

—Ahora —dijo. Rosalie acechaba la puerta frontal sin dirigir ni una sola mirada en mi dirección, pero Esme me
acarició la mejilla al pasar a mi lado.

—Cuídate.

El susurro de Esme quedó flotando en la habitación mientras ellas se deslizaban al exterior. Oí el ensordecedor
arranque del monovolumen y luego cómo el ruido del motor se desvanecía en la noche.

Jasper y Alice esperaron. Alice pareció llevarse el móvil al oído antes de que sonara.

¬óEdward dice que la mujer est√° siguiendo a Esme. Voy a por el coche.

Se desvaneció en las sombras por el mismo lugar que se había ido Edward. Jasper y yo nos miramos el uno al otro.
Anduvo a mi lado a lo largo de todo vestíbulo... vigilante.

¬óTe equivocas, ya lo sabes ¬ódijo con calma.

¬ó ¬ŅQu√©? ¬ótragu√© saliva.

¬óS√© lo que sientes en estos momentos, y t√ļ s√≠ lo mereces.

—No —murmuré entre dientes—. Si les pasa algo, será por nada.

—Te equivocas —repitió él, sonriéndome con amabilidad.

No oí nada, pero en ese momento Alice apareció por la puerta frontal y me tendió los brazos.

¬ó ¬ŅPuedo? ¬óme pregunt√≥.

—Eres la primera que me pide permiso —sonreí irónicamente.

Me tomó en sus esbeltos brazos con la misma facilidad que Emmett, protegiéndome con su cuerpo y entonces
salimos precipitadamente de la casa, cuyas luces siguieron brillando a nuestras espaldas.



























IMPACIENCIA

Me despert√© confusa. Mis pensamientos eran inconexos y se perd√≠an en sue√Īos y pesadillas. Me llev√≥ m√°s tiempo de
lo habitual darme cuenta de dónde me hallaba.

La habitaci√≥n era demasiado impersonal para pertenecer a ning√ļn otro sitio que no fuera un hotel. Las lamparitas,
atornilladas a las mesillas de noche, eran baratas, de saldo, lo mismo que las acuarelas de las paredes y las cortinas,
hechas del mismo material que la colcha, que colgaban hasta el suelo.

Intenté recordar cómo había llegado allí, sin conseguirlo al principio.


Luego, me acord√© del elegante coche negro con los cristales de las ventanillas a√ļn m√°s oscuros que los de las
limusinas. Apenas si se oyó el motor, a pesar de que durante la noche habíamos corrido al doble del límite de la
velocidad permitida por la autovía.

Tambi√©n recordaba a Alice, sentada junto a m√≠ en el asiento trasero de cuero negro. En alg√ļn momento de la larga
noche reposé la cabeza sobre su cuello de granito. Mi cercanía no pareció alterarla en absoluto y su piel dura y fría
me result√≥ extra√Īamente c√≥moda. La parte delantera de su fina camiseta de algod√≥n estaba fr√≠a y h√ļmeda a causa de
las l√°grimas vertidas hasta que mis ojos, rojos e hinchados, se quedaron secos.

Me había desvelado y permanecí con los doloridos ojos abiertos, incluso cuando la noche terminó al fin y amaneció
detr√°s de un pico de escasa altura en alg√ļn lugar de California. Haces de luz gris poblaron el cielo despejado,
hiriéndome en los ojos, pero no podía cerrarlos, ya que en cuanto lo hacía, se me aparecían las imágenes demasiado
vividas, como diapositivas proyectadas desde detrás de los párpados; y eso me resultaba insoportable. La expresión
desolada de Charlie, el brutal rugido de Edward al exhibir los dientes, la mirada resentida de Rosalie, el experto
escrutinio del rastreador, la mirada apagada de los ojos de Edward despu√©s de besarme por √ļltima vez... No
soportaba esos recuerdos, por lo que luché contra la fatiga mientras el sol se alzaba en el horizonte.

Me manten√≠a despierta cuando atravesamos un ancho paso monta√Īoso y el astro rey, ahora a nuestras espaldas, se
reflejó en los techos de teja del Valle del Sol. Ya no me quedaba la suficiente sensibilidad para sorprenderme de que
hubiéramos efectuado un viaje de tres días en uno solo. Miré inexpresivamente la llanura amplia y plana que se
extendía ante mí. Phoenix, las palmeras, los arbustos de creosota, las líneas caprichosas de las autopistas que se
entrecruzaban, las franjas verdes de los campos de golf y los manchones turquesas de las piscinas, todo cubierto por
una fina capa de poluci√≥n que envolv√≠a las sierras chatas y rocosas, sin la altura suficiente para llamarlas monta√Īas.

Las sombras de las palmeras se inclinaban sobre la autopista interestatal, definidas y claramente delineadas, aunque
menos intensas de lo habitual. Nada podía esconderse en esas sombras. La calzada, brillante y sin tráfico, incluso
parec√≠a agradable. Pero no sent√≠ ning√ļn alivio, ninguna sensaci√≥n de bienvenida.

¬ó ¬ŅCu√°l es el camino al aeropuerto, Bella? ¬ópregunt√≥ Jasper y se sobresalt√≥, aunque su voz era bastante suave y
tranquilizadora. Fue el primer sonido, aparte del ronroneo del coche, que rompió el largo silencio de la noche.

—No te salgas de la I—10 —contesté automáticamente—. Pasaremos justo al lado.

El no haber podido dormir me nublaba la mente y me costaba pensar.

¬ó ¬ŅVamos a volar a alg√ļn sitio? ¬óle pregunt√© a Alice.

—No, pero es mejor estar cerca, sólo por si acaso.

Después vino a mi memoria el comienzo de la curva alrededor del Sky Harbor International..., pero en mi recuerdo
no llegué a terminarla. Supongo que debió de ser entonces cuando me dormí.

Aunque ahora que recuperaba los recuerdos tenía la vaga impresión de haber salido del coche cuando el sol acababa
de ocultarse en el horizonte, con un brazo sobre los hombros de Alice y el suyo firme alrededor de mi cintura,
sujetándome mientras yo tropezaba en mí caminar bajo las sombras cálidas y secas.

No recordaba esta habitación.

Mir√© el reloj digital en la mesilla de noche. Los n√ļmeros en rojo indicaban las tres, pero no si eran de la tarde o de la
madrugada. A través de las espesas cortinas no pasaba ni un hilo de luz exterior, aunque las lámparas iluminaban la
habitación.

Me levanté entumecida y me tambaleé hasta la ventana para apartar las cortinas.

Era de noche, así que debían de ser las tres de la madrugada. Mi habitación daba a una zona despejada de la autovía
y al nuevo aparcamiento de estacionamiento prolongado del aeropuerto. Me sentí algo mejor al saber dónde me
encontraba.

Me miré. Seguía llevando las ropas de Esme, que no me quedaban nada bien. Recorrí la habitación con la mirada y
me alboroc√© al descubrir mi petate en lo alto de un peque√Īo armario.

Iba en busca de ropa nueva cuando me sobresaltó un ligero golpecito en la puerta.

¬ó ¬ŅPuedo entrar? ¬ópregunt√≥ Alice.

Respiré hondo.

—Sí, claro.

Entró y me miró con cautela.

¬óTienes aspecto de necesitar dormir un poco m√°s.

Me limité a negar con la cabeza.

En silencio, se acercó despacio a las cortinas y las cerró con firmeza antes de volverse hacia mí.

¬óDebemos quedarnos dentro ¬óme dijo.

—De acuerdo —mi voz sonaba ronca y se me quebró.

¬ó ¬ŅTienes sed?

¬óMe encuentro bien ¬óme encog√≠ de hombros¬ó. ¬ŅY t√ļ qu√© tal?

—Nada que no pueda sobrellevarse —sonrió—. Te he pedido algo de comida, la tienes en el saloncito. Edward me
recordó que comes con más frecuencia que nosotros.


Presté más atención en el acto.

¬ó ¬ŅHa telefoneado?

—No —contestó, y vio cómo aparecía la desilusión en mi rostro—. Fue antes de que saliéramos.

Me tomó de la mano con delicadeza y me llevó al saloncito de la suite. Se oía un zumbido bajo de voces procedente
de la televisión. Jasper estaba sentado inmóvil en la mesa que había en una esquina, con los ojos puestos en las
noticias, pero sin prestarles atención alguna.

Me senté en el suelo al lado de la mesita de café donde me esperaba una bandeja de comida y empecé a picotear sin
darme cuenta de lo que ingería.

Alice se sentó en el brazo del sofá y miró a la televisión con gesto ausente, igual que Jasper.

Comí lentamente, observándola, mirando también de hito en hito a Jasper. Me percaté de que estaban demasiado
quietos. No apartaban la vista de la pantalla, aunque acababan de aparecer los anuncios.

Empujé la bandeja a un lado, con el estómago repentinamente revuelto. Alice me miró.

¬ó ¬ŅQu√© es lo que va mal, Alice?

—Todo va bien —abrió los ojos con sorpresa, con expresión sincera... y no me creí nada.

¬ó ¬ŅQu√© hacemos aqu√≠?

¬óEsperar a que nos llamen Carlisle y Edward.

¬ó ¬ŅY no deber√≠an haber telefoneado ya?

Me pareció que me iba acercando al meollo del asunto. Los ojos de Alice revolotearon desde los míos hacia el
teléfono que estaba encima de su bolso; luego volvió a mirarme.

¬ó ¬ŅQu√© significa eso? ¬óme temblaba la voz y luch√© para controlarla¬ó. ¬ŅQu√© quieres decir con que no han
llamado?

¬óSimplemente que no tienen nada que decir.

Pero su voz sonaba demasiado monótona y el aire se me hizo más difícil de respirar.

De repente, Jasper se situó junto a Alice, más cerca de mí de lo habitual.

—Bella —dijo con una voz sospechosamente tranquilizadora—, no hay de qué preocuparse. Aquí estás
completamente a salvo.

—Ya lo sé.

¬óEntonces, ¬Ņde qu√© tienes miedo? ¬óme pregunt√≥ confundido. Aunque pod√≠a sentir el tono de mis emociones, no
comprendía el motivo.

—Ya oíste a Laurent —mi voz era sólo un susurro, pero estaba segura de que podía oírme—. Dijo que James era
mort√≠fero. ¬ŅQu√© pasa si algo va mal y se separan? Si cualquiera de ellos sufriera alg√ļn da√Īo, Carlisle, Emmett,
Edward... ¬óTragu√© saliva¬ó. Si esa mujer brutal le hace da√Īo a Esme... ¬óhablaba cada vez m√°s alto, y en mi voz
apareci√≥ una nota de histeria¬ó. ¬ŅC√≥mo podr√© vivir despu√©s sabiendo que fue por mi culpa? Ninguno de vosotros
debería arriesgarse por mí...

—Bella, Bella, para... —me interrumpió Jasper, pronunciando con tal rapidez que me resultaba difícil entenderle—.
Te preocupas por lo que no debes, Bella. Confía en mí en esto: ninguno de nosotros está en peligro. Ya soportas
demasiada presi√≥n tal como est√°n las cosas, no hace falta que le a√Īadas todas esas innecesarias preocupaciones.
¬°Esc√ļchame! ¬óMe orden√≥, porque yo hab√≠a vuelto la mirada a otro lado¬ó. Nuestra familia es fuerte y nuestro
√ļnico temor es perderte.

¬óPero ¬Ņpor qu√©...?

Alice le interrumpió esta vez, tocándome la mejilla con sus dedos fríos.

—Edward lleva solo casi un siglo y ahora te ha encontrado. No sabes cuánto ha cambiado, pero nosotros sí lo
vemos, despu√©s de llevar juntos tanto tiempo. ¬ŅCrees que podr√≠amos mirarle a la cara los pr√≥ximos cien a√Īos si te
pierde?

La culpa remitió lentamente cuando me sumergí en sus ojos oscuros. Pero, incluso mientras la calma se extendía
sobre mí, no podía confiar en mis sentimientos en presencia de Jasper.

Había sido un día muy largo.

Permanecimos en la habitación. Alice llamó a recepción y les pidió que no enviaran a las mujeres de la limpieza
para arreglar el cuarto. Las ventanas permanecieron cerradas, con la televisión encendida, aunque nadie la miraba.
Me tra√≠an la comida a intervalos regulares. El m√≥vil plateado parec√≠a aumentar de tama√Īo conforme pasaban las
horas.

Mis ni√Īeros soportaban mejor que yo la incertidumbre. Yo me mov√≠a nerviosamente, andaba de un lado para otro y
ellos sencillamente cada vez parecían más inmóviles, dos estatuas cuyos ojos me seguían imperceptiblemente
mientras me mov√≠a. Intent√© mantenerme ocupada memorizando la habitaci√≥n: el dise√Īo de la tela del sof√° dispuesto
en bandas de color canela, melocotón, crema, dorado mate y canela otra vez. Algunas veces me quedaba mirando
fijamente las l√°minas abstractas, intentando encontrar figuras reconocibles en las formas, del mismo modo que las
imaginaba en las nubes cuando era ni√Īa. Descubr√≠ una mano azul, una mujer que se peinaba y un gato estir√°ndose,
pero dejé de hacerlo cuando un pálido círculo rojo se convirtió en un ojo al acecho.


Me fui a la cama, sólo por hacer algo, al morir la tarde. Albergaba la esperanza de que los miedos que merodeaban
en el umbral de la consciencia, incapaces de burlar la escrupulosa vigilancia de Jasper, reaparecieran si permanecía
sola en la penumbra.

Pero como por casualidad, Alice me siguió, como si por pura coincidencia se hubiera cansado del saloncito al
mismo tiempo que yo. Empezaba a preguntarme qué clase de instrucciones le había dado exactamente Edward. Me
tumbé en la cama y ella se sentó a mi lado con las piernas entrecruzadas. La ignoré al principio, pero de repente me
sentí demasiado cansada para dormir. Al cabo de varios minutos hizo acto de presencia el pánico que se había
mantenido a raya en presencia de Jasper. Entonces, deseché rápidamente la idea de dormir, y me avovillé,
sujet√°ndome las rodillas contra el cuerpo con los brazos.

¬ó ¬ŅAlice?

¬ó ¬ŅS√≠?

Hice un esfuerzo por aparentar calma y pregunté:

¬ó ¬ŅQu√© crees que est√°n haciendo?

—Carlisle quería conducir al rastreador al norte tanto como fuera posible, esperar que se les acercara para dar la
vuelta y emboscarlo. Esme y Rosalie se dirigirían al oeste con la mujer a la zaga el máximo tiempo posible. Si ésta
se volvía, entonces tenían que regresar a Forks y vigilar a tu padre. Imagino que todo debe de ir bien, ya que no han
llamado. Eso significa que el rastreador debe de estar lo bastante cerca de ellos como para que no quieran
arriesgarse a que se entere de algo por casualidad.

¬ó ¬ŅY Esme?

¬óSeguramente habr√° regresado a Forks. No puede llamar por si hay alguna posibilidad de que la mujer escuche
algo. Confío en que todos tengan mucho cuidado con eso.

¬ó ¬ŅCrees de verdad que est√°n bien?

¬óBella, ¬Ņcu√°ntas veces hemos de decirte que no corremos peligro?

¬óDe todos modos, ¬Ņme dir√≠as la verdad?

—Sí. Siempre te la diré.

Parecía hablar en serio. Me lo pensé un rato y al final me convencí de que realmente estaba siendo sincera.

Entonces dime, ¬Ņc√≥mo se convierte uno en vampiro?

Mi pregunta la sorprendió con la guardia bajada. Se quedó quieta. Me volví para mirarle la cara y vi que su
expresión era vacilante.

—Edward no quiere que te lo cuente —respondió con firmeza, aunque me di cuenta de que ella estaba en
desacuerdo con esa postura.

¬óEso no es jugar limpio. Creo que tengo derecho a saberlo.

—Ya lo sé.

La miré, expectante.

Alice suspiró.

—Se va a enfadar muchísimo.

¬óNo es de su incumbencia. Esto es entre t√ļ y yo. Alice, te lo estoy pidiendo como amiga.

Y en cierto modo nosotras lo éramos ahora, tal como ella seguramente habría sabido desde mucho antes por sus
visiones.

Me miró con sus ojos sabios, espléndidos... mientras tomaba la decisión.

—Te contaré cómo se desarrolla el proceso —dijo finalmente—, pero no recuerdo cómo me sucedió, no lo he hecho
ni he visto hacerlo a nadie, así que ten claro que sólo te puedo explicar la teoría.

Esperé: —

¬óNuestros cuerpos de depredador disponen de un verdadero arsenal de armas. Fuerza, velocidad, sentidos muy
agudos, y eso sin tener en cuenta a aquellos de nosotros que como Edward, Jasper o yo misma también poseemos
poderes extrasensoriales. Además, resultamos físicamente atractivos a nuestras presas, como una flor carnívora.

Permanecí inmóvil mientras recordaba de qué forma tan deliberada me había demostrado Edward eso mismo en el
prado.

Esbozó una sonrisa amplia y ominosa.

¬óTenemos tambi√©n otra arma de escasa utilidad. Somos ponzo√Īosos ¬óa√Īadi√≥ con los dientes brillantes¬ó. Esa
ponzo√Īa no mata, simplemente incapacita. Act√ļa despacio y se extiende por todo el sistema circulatorio, de modo
que ninguna presa se encuentra en condiciones físicas de resistirse y huir de nosotros una vez que la hemos
mordido. Es poco √ļtil, como te he dicho, porque no hay v√≠ctima que se nos escape en distancias cortas, aunque,
claro, siempre hay excepciones. Carlisle, por ejemplo.

¬óAs√≠ que si se deja que la ponzo√Īa se extienda... ¬ómurmur√©.

¬óCompletar la transformaci√≥n requiere varios d√≠as, depende de cu√°nta ponzo√Īa haya en la sangre y cu√°ndo llegue
al corazón. Mientras el corazón siga latiendo se sigue extendiendo, curando y transformando el cuerpo conforme


llega a todos los sitios. La conversión finaliza cuando se para el corazón, pero durante todo ese lapso de tiempo, la
víctima desea la muerte a cada minuto.

Temblé.

¬óNo es agradable, ya te lo dije.

—Edward me dijo que era muy difícil de hacer... Y no le entendí bien —confesé.

¬óEn cierto modo nos asemejamos a los tiburones. Una vez que hemos probado la sangre o al menos la hemos olido,
da igual, se hace muy difícil no alimentarse. Algunas veces resulta imposible. Así que ya ves, morder realmente a
alguien y probar la sangre puede iniciar la vorágine. Es difícil para todos: el deseo de sangre por un lado para
nosotros, y por otro el dolor horrible para la víctima.

¬ó ¬ŅPor qu√© crees que no lo recuerdas?

—No lo sé. El dolor de la transformación es el recuerdo más nítido que suelen tener casi todos de su vida humana —
su voz era melancólica—. Sin embargo, yo no recuerdo nada de mi existencia anterior.

Estuvimos allí tumbadas, ensimismadas cada una en nuestras meditaciones. Transcurrieron los segundos, y estaba
tan perdida en mis pensamientos que casi había olvidado su presencia.

Entonces, Alice saltó de la cama sin mediar aviso alguno y cayó de pie con un ágil movimiento. Sorprendida, volví
r√°pidamente la cabeza para mirarla.

¬óAlgo ha cambiado.

Su voz era acuciante, pero no me reveló nada más.

Alcanzó la puerta al mismo tiempo que Jasper. Con toda seguridad, éste había oído nuestra conversación y la
repentina exclamación. Le puso las manos en los hombros y guió a Alice otra vez de vuelta a la cama, sentándola en
el borde.

¬ó ¬ŅQu√© ves? ¬ópregunt√≥ Jasper, mir√°ndola fijamente a los ojos, todav√≠a concentrados en algo muy lejano. Me sent√©
junto a ella y me incliné para poder oír su voz baja y rápida.

—Veo una gran habitación con espejos por todas partes. El piso es de madera. James se encuentra allí, esperando.
Hay algo dorado... una banda dorada que cruza los espejos.

¬ó ¬ŅD√≥nde est√° la habitaci√≥n?

¬óNo lo s√©. A√ļn falta algo, una decisi√≥n que no se ha tomado todav√≠a.

¬ó ¬ŅCu√°nto tiempo queda para que eso ocurra?

¬óEs pronto, estar√° en la habitaci√≥n del espejo hoy o quiz√°s ma√Īana. Se encuentra a la espera y ahora permanece en
la penumbra.

La voz de Jasper era metódica, actuaba con la tranquilidad de quien tiene experiencia en ese tipo de interrogatorios.

¬ó ¬ŅQu√© hace ahora?

¬óVer la televisi√≥n a oscuras en alg√ļn sitio... no, es un v√≠deo.

¬ó ¬ŅPuedes ver d√≥nde se encuentra?

¬óNo, hay demasiada oscuridad.

¬ó ¬ŅHay alg√ļn otro objeto en la habitaci√≥n del espejo?

¬óS√≥lo veo espejos y una especie de banda dorada que rodea la habitaci√≥n. Tambi√©n hay un gran equipo de m√ļsica y
un televisor encima de una mesa negra. Ha colocado allí un vídeo, pero no lo mira de la misma forma que lo hacía
en la habitación a oscuras —sus ojos erraron sin rumbo fijo, y luego se centraron en el rostro de Jasper—. Esa es la
habitación donde espera.

¬ó ¬ŅNo hay nada m√°s?

Ella negó con la cabeza; luego, se miraron el uno al otro, inmóviles.

¬ó ¬ŅQu√© significa? ¬ópregunt√©.

Nadie me contestó durante unos instantes; luego, Jasper me miró.

—Significa que el rastreador ha cambiado de planes y ha tomado la decisión que lo llevará a la habitación del espejo
y a la sala oscura.

—Pero no sabemos dónde están.

¬óBueno, pero s√≠ sabemos que no le est√°n persiguiendo en las monta√Īas al norte de Washington. Se les escapar√° ¬ó
concluy√≥ Alice l√ļgubremente.

¬ó ¬ŅNo deber√≠amos llamarlos? ¬ópregunt√©. Ellos intercambiaron una mirada seria, indecisos.

El teléfono sonó.

Alice cruzó la habitación antes de que pudiera alzar el rostro para mirarla.

Pulsó un botón y se lo acercó al oído, aunque no fue la primera en hablar.

—Carlisle —susurró. A mí no me pareció sorprendida ni aliviada—. Sí —dijo sin dejar de mirarme; permaneció a la
escucha un buen rato—. Acabo de verlo —afirmó, y le describió la reciente visión—. Fuera lo que fuera lo que le
hizo tomar ese avión, seguramente le va conducir a esas habitaciones —hizo una pausa—. Sí —contestó al teléfono,
y luego me llam√≥¬ó. ¬ŅBella?

Me alargó el teléfono y corrí hacia el mismo.


¬ó ¬ŅDiga? ¬ómurmur√©.

¬óBella ¬ódijo Edward.

¬ó ¬°Oh, Edward! Estaba muy preocupada.

¬óBella ¬ósuspir√≥, frustrado¬ó. Te dije que no te preocuparas de nadie que no fueras t√ļ misma.

Era tan increíblemente maravilloso oír su voz que mientras él hablaba sentí cómo la nube de desesperación que
planeaba sobre mí ascendía y se disolvía.

¬ó ¬ŅD√≥nde est√°s?

—En los alrededores de Vancouver. Lo siento, Bella, pero lo hemos perdido. Parecía sospechar de nosotros y ha
tenido la precaución de permanecer lo bastante lejos para que no pudiera leerle el pensamiento. Se ha ido, parece
que ha tomado un avi√≥n. Creemos que ha vuelto a Forks para empezar de nuevo la b√ļsqueda.

Oía detrás de mí cómo Alice ponía al día a Jasper. Hablaba con rapidez, las palabras se atropellaban unas a otras,
formando un zumbido constante.

—Lo sé. Alice vio que se había marchado.

—Pero no tienes de qué preocuparte, no podrá encontrar nada que le lleve hasta ti. Sólo tienes que permanecer ahí y
esperar hasta que le encontremos otra vez.

¬óMe encuentro bien. ¬ŅEst√° Esme con Charlie?

—Sí, la mujer ha estado en la ciudad. Entró en la casa mientras Charlie estaba en el trabajo. No temas, no se le ha
acercado. Est√° a salvo, vigilado por Esme y Rosalie.

¬ó ¬ŅQu√© hace ella ahora?

¬óProbablemente, intenta conseguir pistas. Ha merodeado por la ciudad toda la noche. Rosalie la ha seguido hasta
las cercanías del aeropuerto, por todas las carreteras alrededor de la ciudad, en la escuela... Está rebuscando por
todos lados, Bella, pero no va a encontrar nada.

¬ó ¬ŅEst√°s seguro de que Charlie est√° a salvo?

—Sí, Esme no le pierde de vista; y nosotros volveremos pronto. Si el rastreador se acerca a Forks, le atraparemos.

—Te echo de menos —murmuré.

—Ya lo sé, Bella. Créeme que lo sé. Es como si te hubieras llevado una mitad de mí contigo.

—Ven y recupérala, entonces —le reté.

—Pronto, en cuanto pueda, pero antes me aseguraré de que estás a salvo —su voz se había endurecido.

—Te quiero —le recordé.

¬ó ¬ŅMe crees si te digo que, a pesar del trago que te estoy haciendo pasar, tambi√©n te quiero?

—Desde luego que sí, claro que te creo.

—Me reuniré contigo enseguida.

—Te esperaré.

La nube de abatimiento se volvió a cernir sobre mí sigilosamente en cuanto se cortó la comunicación.

Me giré para devolver el móvil a Alice y los encontré a ella y a Jasper inclinados sobre la mesa. Ella dibujaba un
boceto en un trozo del papel con el membrete del hotel. Me incliné sobre el respaldo del sofá para mirar por encima
de su hombro.

Hab√≠a pintado una habitaci√≥n grande y rectangular, con una peque√Īa secci√≥n cuadrada al fondo. Las tablas de
madera del suelo se extendían a lo largo de toda la estancia. En la parte inferior de las paredes había unas líneas que
atravesaban horizontalmente los espejos, y también una banda larga, a la altura de la cintura, que recorría las cuatro
paredes. Alice había dicho que era una banda dorada.

¬óEs un estudio de ballet¬ódije al reconocer de pronto el aspecto familiar del cuarto.

Me miraron sorprendidos.

¬ó ¬ŅConoces esta habitaci√≥n?

La voz de Jasper sonaba calmada, pero debajo de esa tranquila apariencia fluía una corriente subterránea de algo que
no pude identificar.

Alice inclinó la cabeza hacia su dibujo, moviendo rápidamente ahora su mano por la página; en la pared del fondo
fue tomando forma una salida de emergencia y en la esquina derecha de la pared frontal, una televisión y un equipo
de m√ļsica encima de una mesa baja.

¬óSe parece a una academia a la que sol√≠a ir para dar clases de ballet cuando ten√≠a ocho o nueve a√Īos. Ten√≠a el
mismo aspecto —toqué la página donde destacaba la sección cuadrada, que luego se estrechaba en la parte trasera
de la habitaci√≥n¬ó. Aqu√≠ se encontraba el ba√Īo, y esa puerta daba a otra clase, pero el aparato de m√ļsica estaba aqu√≠
¬óse√Īal√© la esquina izquierda¬ó. Era m√°s viejo, y no hab√≠a televisor. Tambi√©n hab√≠a una ventana en la sala de
espera, que se podía ver desde este sitio si te colocabas aquí.

Alice y Jasper me miraban fijamente.

¬ó ¬ŅEst√°s segura de que es la misma habitaci√≥n? ¬óme pregunt√≥ Jasper, todav√≠a tranquilo.


¬óNo, no del todo. Supongo que todos los estudios de danza son muy parecidos, todos tienen espejos y barras ¬ó
deslicé un dedo a lo largo de la barra de ballet situada junto a los espejos—. Sólo digo que su aspecto me resulta
familiar.

Toqué la puerta del boceto, colocada exactamente en el mismo sitio donde se encontraba la que yo recordaba.

¬ó ¬ŅTendr√≠a alg√ļn sentido que quisieras ir all√≠ ahora? ¬óme pregunt√≥ Alice, interrumpiendo mis recuerdos.

¬óNo, no he puesto un pie all√≠ desde hace por lo menos diez a√Īos. Era una bailarina espantosa, hasta el punto de que
me pon√≠an en la √ļltima fila en todas las actuaciones ¬óreconoc√≠.

¬ó ¬ŅY no puede guardar alg√ļn tipo de relaci√≥n contigo ahora? ¬óinquiri√≥ Alice con suma atenci√≥n.

¬óNo, ni siquiera creo que siga perteneciendo a la misma persona. Estoy segura de que debe de ser otro estudio de
danza en cualquier otro sitio.

¬ó ¬ŅD√≥nde est√° el estudio en el que dabas clase? ¬óme pregunt√≥ Jasper con fingida indiferencia.

—Estaba justo en la esquina de la calle donde vivía mi madre, solía pasar por allí después de la escuela... —dejé la
frase inconclusa, pero me percaté del intercambio de miradas entre Alice y Jasper.

¬óEntonces, ¬Ņest√° aqu√≠?, ¬Ņen Phoenix? ¬óel tono de la voz de √©ste segu√≠a pareciendo imperturbable.

—Sí —murmuré—. En la 58 esquina con Cactus.

Nos quedamos todos sentados contemplando fijamente el dibujo.

¬óAlice, ¬Ņes seguro este tel√©fono?

¬óS√≠ ¬óme garantiz√≥¬ó. Si rastrean el n√ļmero, la pista los llevar√° a Washington.

¬óEntonces puedo usarlo para llamar a mi madre.

—Creía que estaba en Florida.

—Así es, pero va a volver pronto y no puede ir a esa casa mientras. .. —me tembló la voz.

No dejaba de darle vueltas a un detalle que había comentado Edward. La mujer pelirroja había estado en casa de
Charlie y en la escuela, donde figuraban mis datos.

¬ó ¬ŅC√≥mo la puedes localizar?

¬óNo tienen n√ļmero fijo, salvo en casa, aunque se supone que mam√° comprueba si tiene mensajes en el contestador
de vez en cuando.

¬ó ¬ŅJasper? ¬ópregunt√≥ Alice.

El aludido se lo pensó.

¬óNo creo que esto ocasione da√Īo alguno, aunque aseg√ļrate de no revelar tu paradero, claro.

Tom√© el m√≥vil con impaciencia y marqu√© el n√ļmero que me era tan familiar. Son√≥ cuatro veces; luego, o√≠ la voz
despreocupada de mi madre pidiendo que dejara un mensaje.

—Mamá —dije después del pitido—, soy yo, Bella. Escucha, necesito que hagas algo. Es importante. Llámame a
este n√ļmero en cuanto oigas el mensaje ¬óAlice ya estaba a mi lado, escribi√©ndomelo en la parte inferior del dibujo,
y lo leí cuidadosamente dos veces—. Por favor, no vayas a ninguna parte hasta que no hablemos. No te preocupes,
estoy bien, pero ll√°mame enseguida, no importa lo tarde que oigas el mensaje, ¬Ņvale? Te quiero, mam√°, chao.

Cerr√© los ojos y rec√© con todas mis fuerzas para que no llegara a casa por alg√ļn cambio imprevisto de planes antes
de oír mi mensaje.

Me acomodé en el sofá y picoteé las sobras de fruta de un plato al tiempo que me iba haciendo a la idea de que la
tarde sería larga. Pensé en llamar a Charlie, pero no estaba segura de si ya habría llegado a casa o no. Me concentré
en las noticias, buscando historias sobre Florida o sobre el entrenamiento de primavera, adem√°s de huelgas,
huracanes o ataques terroristas, cualquier cosa que provocase un regreso anticipado.

La inmortalidad debe de ayudar mucho a ejercitar la paciencia. Ni Jasper ni Alice parecían sentir la necesidad de
hacer nada en especial. Durante un rato, Alice dibuj√≥ un dise√Īo vago de la habitaci√≥n oscura que hab√≠a visto en su
visión, a la luz débil de la televisión. Pero cuando terminó, simplemente se quedó sentada, mirando las blancas
paredes con sus ojos eternos. Tampoco Jasper parecía tener la necesidad de pasear, inspeccionar el exterior por un
lado de las cortinas, o salir corriendo de la habitación como me ocurría a mí.

Debí de quedarme dormida en el sofá mientras esperaba que volviera a sonar el móvil. El frío tacto de las manos de
Alice me despertó bruscamente cuando me llevó a la cama, pero volví a caer inconsciente otra vez antes de que mi
cabeza descansara sobre la almohada.



LA LLAMADA



Me percaté de que otra vez era demasiado temprano en cuanto me desperté. Sabía que estaba invirtiendo
progresivamente el horario habitual del día y de la noche. Me quedé tumbada en la cama y escuché las voces
tranquilas de Jasper y Alice en la otra habitaci√≥n. Resultaba muy extra√Īo que hablaran lo bastante alto como para
que los escuchara. Rodé rápidamente sobre la cama y me incorporé. Luego, me dirigí trastabillando hacia el
saloncito.


El reloj que había sobre la televisión marcaba las dos de la madrugada. Alice y Jasper se sentaban juntos en el sofá.
Alice estaba dibujando otra vez, Jasper miraba el boceto por encima del hombro de ésta. Estaban tan absortos en el
trabajo de Alice que no miraron cuando entré.

Me arrastré hasta el lado de Jasper para echar un vistazo.

¬ó ¬ŅHa visto algo m√°s? ¬ópregunt√© en voz baja.

—Sí. Algo le ha hecho regresar a la habitación donde estaba el vídeo, y ahora está iluminada.

Observé a Alice dibujar una habitación cuadrada con vigas oscuras en el techo bajo. Las paredes estaban cubiertas
con paneles de madera, un poco más oscuros de la cuenta, pasados de moda. Una oscura alfombra estampada cubría
el suelo. Había una ventana grande en la pared sur y en la pared oeste un vano que daba a una sala de estar. Uno de
los lados de esta entrada era de piedra y en él se abría una gran chimenea de color canela que daba a ambas
habitaciones. Desde este punto de vista, el centro de la imagen lo ocupaban una televisión y un vídeo —en
equilibrio un tanto inestable sobre un soporte de madera demasiado peque√Īo para los dos¬ó, que se encontraban en
la esquina sudoeste de la habitación. Un viejo sofá de módulos se curvaba en frente de la televisión con una mesita
de café redonda delante.

—El teléfono está allí —susurré e indiqué el lugar.

Dos pares de ojos eternos se fijaron en mí.

¬óEs la casa de mi madre.

Alice ya se había levantado del sofá de un salto con el móvil en la mano; empezó a marcar. Contemplé ensimismada
la precisa interpretaci√≥n de la habitaci√≥n donde se reun√≠a la familia de mi madre. Jasper se acerc√≥ a√ļn m√°s a m√≠,
cosa rara en él, y me puso la mano suavemente en el hombro. El contacto físico acentuó su influjo tranquilizador. La
sensación de pánico se difuminó y no llegó a tomar forma.

Los labios de Alice temblaban debido a la velocidad con la que hablaba, por lo que no pude descifrar ese sordo
zumbido. No podía concentrarme.

—Bella —me llamó Alice. La miré atontada—. Bella, Edward viene a buscarte. Emmett, Carlisle y él te van a
recoger para esconderte durante un tiempo.

¬ó ¬ŅViene Edward?

Aquellas palabras se me antojaron como un chaleco salvavidas al que sujetarme para mantener la cabeza fuera de
una riada.

—Sí. Va a tomar el primer vuelo que salga de Seattle. Lo recogeremos en el aeropuerto y te irás con él.

¬óPero, mi madre... ¬óa pesar de Jasper, la histeria burbujeaba en mi voz¬ó. ¬°El rastreador ha venido a por mi
madre, Alice!

—Jasper y yo nos aseguraremos de que esté a salvo.

¬óNo puedo ganar a la larga, Alice. No pod√©is proteger a toda la gente que conozco durante toda la vida. ¬ŅNo ves lo
que est√° haciendo? No me persigue directamente a m√≠, pero encontrar√° y har√° da√Īo a cualquier persona que yo
ame... Alice, no puedo...

—Le atraparemos, Bella —me aseguró ella.

¬ó ¬ŅY si te hiere, Alice? ¬ŅCrees que eso me va a parecer bien? ¬ŅCrees que s√≥lo puede hacerme da√Īo a trav√©s de mi
familia humana?

Alice miró a Jasper de forma significativa. Una espesa niebla y un profundo letargo se apoderaron de mí y los ojos
se me cerraron sin que pudiera evitarlo. Mi mente luchó contra la niebla cuando me di cuenta de lo que estaba
pasando. Forcé a mis ojos para que se abrieran y me levanté, alejándome de la mano de Jasper.

—No quiero volverme a dormir —protesté enfadada.

Caminé hacia mi habitación y cerré la puerta, en realidad, casi di un portazo para dejarme caer en la cama, hecha
pedazos, con cierta privacidad. Alice no me siguió en esta ocasión. Estuve contemplando la pared durante tres horas
y media, hecha un ovillo, meciéndome. Mi mente vagabundeaba en círculos, intentando salir de alguna manera de
esta pesadilla. Pero no hab√≠a forma de huir, ni indulto posible. S√≥lo ve√≠a un √ļnico y sombr√≠o final que se avecinaba
en mi futuro. La √ļnica cuesti√≥n era cu√°nta gente iba a resultar herida antes de que eso ocurriera.

El √ļnico consuelo, la √ļnica esperanza que me quedaba era saber que ver√≠a pronto a Edward. Quiz√°s, ser√≠a capaz de
hallar la solución que ahora me rehuía sólo con volverle a ver.

Regresé al salón, sintiéndome un poco culpable por mi comportamiento, cuando sonó el móvil. Esperaba que
ninguno de los dos se hubiera enfadado, que supieran cuánto les agradecía los sacrificios que hacían por mí.

Alice hablaba tan rápido como de costumbre, pero lo que me llamó la atención fue que, por primera vez, Jasper no
se hallaba en la habitaci√≥n. Mir√© el reloj; eran las cinco y media de la ma√Īana.

—Acaban de subir al avión. Aterrizarán a las nueve cuarenta y cinco —dijo Alice; sólo tenía que seguir respirando
unas cuantas horas más hasta que él llegara.

¬ó ¬ŅD√≥nde est√° Jasper?

¬óHa ido a reconocer el terreno.

¬ó ¬ŅNo os vais a quedar aqu√≠?


¬óNo, nos vamos a instalar m√°s cerca de la casa de tu madre.

Sentí un retortijón de inquietud en el estómago al escuchar sus palabras, pero el móvil sonó de nuevo, lo que hizo
que abandonara mi preocupación por el momento. Alice parecía sorprendida, pero yo ya había avanzado hacia él
esperanzada.

¬ó ¬ŅDiga? ¬óContest√≥ Alice¬ó. No, est√° aqu√≠ ¬óme pas√≥ el tel√©fono y anunci√≥ ¬ęTu madre¬Ľ, articulando para que le
leyera los labios.

¬ó ¬ŅDiga?

¬ó ¬ŅBella? ¬ŅEst√°s ah√≠?

Era la voz de mi madre, con ese timbre familiar que le había oído miles de veces en mi infancia cada vez que me
acercaba demasiado al borde de la acera o me alejaba demasiado de su vista en un lugar atestado de gente. Era el
timbre del p√°nico.

Suspiré. Me lo esperaba, aunque, a pesar del tono urgente de mi llamada, había intentado que mi mensaje fuera lo
menos alarmante posible.

—Tranquilízate, mamá —contesté con la más sosegada de las voces mientras me separaba lentamente de Alice. No
estaba segura de poder mentir de forma convincente con sus ojos fijos en m√≠¬ó. Todo va bien, ¬Ņde acuerdo? Dame
un minuto nada más y te lo explicaré todo, te lo prometo.

Hice una pausa, sorprendida de que no me hubiera interrumpido ya.

¬ó ¬ŅMam√°?

¬óTen mucho cuidado de no soltar prenda hasta que haya dicho todo lo que tengo que decir ¬óla voz que acababa de
escuchar me fue tan poco familiar como inesperada. Era una voz de hombre, afinada, muy agradable e impersonal,
la clase de voz que se oye de fondo en los anuncios de deportivos de lujo. Hablaba muy deprisa¬ó. Bien, no tengo
por qu√© hacer da√Īo a tu madre, as√≠ que, por favor, haz exactamente lo que te diga y no le pasar√° nada ¬óhizo una
pausa de un minuto mientras yo escuchaba muda de horror—. Muy bien —me felicitó—. Ahora repite mis palabras,
y procura que parezca natural. Por favor, di: ¬ęNo, mam√°, qu√©date donde est√°s¬Ľ.

—No, mamá, quédate donde estás —mi voz apenas sobrepasaba el volumen de un susurro.

—Empiezo a darme cuenta de que esto no va a ser fácil —la voz parecía divertida, todavía agradable y amistosa—.
¬ŅPor qu√© no entras en otra habitaci√≥n para que la expresi√≥n de tu rostro no lo eche todo a perder? No hay motivo
para que tu madre sufra. Mientras caminas, por favor, di: ¬ęMam√°, por favor, esc√ļchame¬Ľ. ¬°Venga, dilo ya!

¬óMam√°, por favor, esc√ļchame ¬ósupliqu√©.

Me encaminé muy despacio hacia el dormitorio sin dejar de sentir la mirada preocupada de Alice clavada en mi
espalda.

Cerré la puerta al entrar mientras intentaba pensar con claridad a pesar del pavor que nublaba mi mente.

¬ó ¬ŅHay alguien donde te encuentras ahora? Contesta s√≥lo s√≠ o no.

¬óNo.

—Pero todavía pueden oírte, estoy seguro.

—Sí.

¬óEst√° bien, entonces ¬ócontinu√≥ la voz amigable¬ó, repite: ¬ęMam√°, conf√≠a en m√≠¬Ľ.

—Mamá, confía en mí.

—Esto ha salido bastante mejor de lo que yo creía. Estaba dispuesto a esperar, pero tu madre ha llegado antes de lo
previsto. Es m√°s f√°cil de este modo, ¬Ņno crees? Menos suspense y menos ansiedad para ti.

Esperé.

¬óAhora, quiero que me escuches con mucho cuidado. Necesito que te alejes de tus amigos, ¬Ņcrees que podr√°s
hacerlo? Contesta sí o no.

¬óNo.

¬óLamento mucho o√≠r eso. Esperaba que fueras un poco m√°s imaginativa. ¬ŅCrees que te ser√≠a m√°s f√°cil separarte de
ellos si la vida de tu madre dependiera de ello? Contesta sí o no.

No sabía cómo, pero debía encontrar la forma. Recordé que nos íbamos a dirigir al aeropuerto. El Sky Harbor
International siempre estaba atestado, y tal y como lo hab√≠an dise√Īado era f√°cil perderse...

—Eso está mejor. Estoy seguro de que no va a ser fácil, pero si tengo la más mínima sospecha de que estás
acompa√Īada, bueno... Eso ser√≠a muy malo para tu madre ¬óprometi√≥ la voz amable¬ó. A estas alturas ya debes
saber lo suficiente sobre nosotros para comprender la rapidez con la que voy a saber si acudes acompa√Īada o no, y
qu√© poco tiempo necesito para cargarme a tu madre si fuera necesario. ¬ŅEntiendes? Responde s√≠ o no.

—Sí —mi voz se quebró.

¬óMuy bien, Bella. Esto es lo que has de hacer. Quiero que vayas a casa de tu madre. Hay un n√ļmero junto al
teléfono. Llama, y te diré adonde tienes que ir desde allí —me hacía idea de adonde iría y dónde terminaría aquel
asunto, pero, a pesar de todo, pensaba seguir las instrucciones con exactitud¬ó. ¬ŅPuedes hacerlo? Contesta s√≠ o no.

—Y que sea antes de mediodía, por favor, Bella. No tengo todo el día —pidió con extrema educación.

¬ó ¬ŅD√≥nde est√° Phil? ¬ópregunt√© secamente.


¬óAh, y ten cuidado, Bella. Espera hasta que yo te diga cu√°ndo puedes hablar, por favor.

Esperé.

¬óEs muy importante ahora que no hagas sospechar a tus amigos cuando vuelvas con ellos. Diles que ha llamado tu
madre, pero que la has convencido de que no puedes ir a casa por lo tarde que es. Ahora, responde después de mí:
¬ęGracias, mam√°¬Ľ. Rep√≠telo ahora.

¬óGracias, mam√°.

Rompí a llorar, a pesar de que intenté controlarme.

¬óDi: ¬ęTe quiero, mam√°. Te ver√© pronto¬Ľ. Dilo ya.

—Te quiero, mamá —repetí con voz espesa—. Te veré pronto.

—Adiós, Bella. Estoy deseando verte de nuevo.

Y colgó.

Mantuve el móvil pegado al oído. El miedo me había agarrotado los dedos y no conseguía estirar la mano para
soltarlo.

Sabía que debía ponerme a pensar, pero el sonido de la voz aterrada de mi madre ocupaba toda mi mente.
Transcurrieron varios segundos antes de que recobrara el control.

Despacio, muy despacio, mis pensamientos consiguieron romper el espeso muro del dolor. Planes, tenía que hacer
planes, aunque ahora no me quedaba más opción que ir a la habitación llena de espejos y morir. No había ninguna
otra garant√≠a, nada con lo que pudiera salvar la vida de mi madre. Mi √ļnica esperanza era que James se diera por
satisfecho con ganar la partida, que derrotar a Edward fuera suficiente. Me agobiaba la desesperación, porque no
había nada con lo que pudiera negociar, nada que le importara para ofrecer o retener. Pero por muchas vueltas que
le diera no había ninguna otra opción. Tenía que intentarlo.

Situé el pánico en un segundo plano lo mejor que pude. Había tomado la decisión. No servía para nada perder
tiempo angustiándome sobre el resultado. Debía pensar con claridad, porque Alice y Jasper me estaban esperando y
era esencial, aunque parecía imposible, que consiguiera escaparme de ellos.

Me sent√≠ repentinamente agradecida de que Jasper no estuviera. Hubiera sentido la angustia de los √ļltimos cinco
minutos de haber estado en la habitaci√≥n del hotel, y en tal caso, ¬Ņc√≥mo iba a evitar sus sospechas? Contuve el
miedo, la ansiedad, intentando sofocarlos. No podía permitírmelos ahora, ya que no sabía cuándo regresaría Jasper.

Me concentré en la fuga. Confiaba en que mi conocimiento del aeropuerto supusiera una baza a mi favor. Era
prioritario alejar a Alice como fuera...

Era consciente de que me esperaba en la otra habitación, curiosa. Pero tenía que resolver otra cosa más en privado
antes de que Jasper volviera.

Deb√≠a aceptar que no volver√≠a a ver a Edward nunca m√°s, ni siquiera una √ļltima mirada que llevarme a la habitaci√≥n
de los espejos. Iba a herirle y no le podía decir adiós. Dejé que las oleadas de angustia me torturaran y me inundaran
un rato. Entonces, también las controlé y fui a enfrentarme con Alice.

La √ļnica expresi√≥n que pod√≠a adoptar sin meter la pata era la de una muerta, con gesto ausente. La vi alarmarse, y no
quise darle ocasión de que me preguntara. Sólo tenía un guión preparado y no me sentía capaz de improvisar ahora.

—Mi madre estaba preocupada, quería venir a Phoenix —mi voz sonaba sin vida—. Pero todo va bien, la he
convencido de que se mantenga alejada.

—Nos aseguraremos de que esté bien, Bella, no te preocupes.

Le di la espalda para evitar que me viera el rostro.

Mis ojos se detuvieron en un folio en blanco con membrete del hotel encima del escritorio. Me acerqué a él
lentamente, con un plan ya formándose en mi cabeza. También había un sobre. Buena idea.

—Alice —pregunté despacio, sin volverme, manteniendo inexpresivo el tono de voz—, si escribo una carta para mi
madre, ¬Ņse la dar√°s? Quiero decir si se la puedes dejar en casa.

—Sin duda, Bella —respondió con voz cautelosa, porque veía que estaba totalmente destrozada. Tenía que controlar
mejor mis emociones.

Me dirigí de nuevo al dormitorio y me arrodillé junto a la mesita de noche para apoyarme al escribir.

—Edward... —garabateé.

Me temblaba la mano, tanto que las letras apenas eran legibles.



Te quiero. Lo siento muchísimo—. Tiene a mi madre en su poder y he de intentarlo a pesar de saber que no
funcionará. Lo siento mucho, muchísimo.

No te enfades con Alice y Jasper, si consigo escaparme de ellos ser√° un milagro, dales las gracias de mi parte en
especial a Alice por favor.

Y te lo suplico por favor no le sigas, creo que eso es precisamente lo que quiere. No podría soportar que alguien
saliera herido por mi culpa, especialmente t√ļ, por favor es lo √ļnico que te pido. Hazlo por m√≠.

Te quiero,perdóname

Bella




Doblé la carta con cuidado y sellé el sobre. Ojala que lo encontrara. Sólo podía esperar que lo entendiera y me
hiciera caso, aunque fuera sólo esta vez.

Y también sellé cuidadosamente mi corazón.



EL JUEGO DEL ESCONDITE



Todo el pavor, la desesperación y la devastación de mi corazón habían requerido menos tiempo del que había
pensado. Los minutos transcurr√≠an con mayor lentitud de lo habitual. Jasper a√ļn no hab√≠a regresado cuando me
reuní con Alice. Me atemorizaba permanecer con ella en la misma habitación —por miedo a lo que pudiera
adivinar¬ó tanto como rehuirla, por el mismo motivo.

Creía que mis pensamientos torturados y volubles harían que fuera incapaz de sorprenderme por nada, pero me
sorprendí de verdad cuando la vi doblarse sobre el escritorio, aferrándose al borde con ambas manos.

¬ó ¬ŅAlice?

No reaccionó cuando mencioné su nombre, pero movía la cabeza de un lado a otro. Vi su rostro y la expresión vacía
y aturdida de su mirada. De inmediato pens√© en mi madre. ¬ŅEra ya demasiado tarde?

Me apresuré a acudir junto a ella y sin pensarlo, extendí la mano para tocar la suya.

— ¡Alice! —exclamó Jasper con voz temblorosa.

Este ya se hallaba a su lado, justo detrás, cubriéndole las manos con las suyas y soltando la presa que la aferraba a la
mesa. Al otro lado de la sala de estar, la puerta de la habitación se cerró sola con suave chasquido.

¬ó ¬ŅQu√© ves? ¬óexigi√≥ saber.

Ella apartó el rostro de mí y lo hundió en el pecho de Jasper.

¬óBella ¬ódijo Alice.

—Estoy aquí —repliqué.

Aunque con una expresión ausente, Alice giró la cabeza hasta que nuestras miradas se engarzaron. Comprendí
inmediatamente que no me hablaba a mí, sino que había respondido a la pregunta de Jasper.

¬ó ¬ŅQu√© has visto? ¬óinquir√≠. Pero en mi voz √°tona e indiferente no hab√≠a ninguna pregunta de verdad.

Jasper me estudió con atención. Mantuve la expresión ausente y esperé. Estaba confuso y su mirada iba del rostro de
Alice al mío mientras sentía el caos... Yo había adivinado lo que acababa de ver Alice.

Sentí que un remanso de tranquilidad se instalaba en mi interior, y celebré la intervención de Jasper, ya que me
ayudaba a disciplinar mis emociones y mantenerlas bajo control.

Alice también se recobró y al final, con voz sosegada y convincente, contestó:

—En realidad, nada. Sólo la misma habitación de antes.

Por √ļltimo, me mir√≥ con expresi√≥n dulce y retra√≠da antes de preguntar:

¬ó ¬ŅQuieres desayunar?

—No, tomaré algo en el aeropuerto.

Tambi√©n yo me sent√≠a muy tranquila. Me fui al ba√Īo a darme una ducha. Por un momento cre√≠ que Jasper hab√≠a
compartido conmigo su extra√Īo poder extrasensorial, ya que percib√≠ la virulenta desesperaci√≥n de Alice, a pesar de
que la ocultaba muy bien, desesperación porque yo saliera de la habitación y ella se pudiera quedar a solas con
Jasper. De ese modo, le podría contar que se estaban equivocando, que iban a fracasar...

Me prepar√© met√≥dicamente, concentr√°ndome en cada una de las peque√Īas tareas. Me solt√© el pelo, extendi√©ndolo a
mí alrededor, para que me cubriera el rostro. El pacífico estado de ánimo en que Jasper me había sumido cumplió su
cometido y me ayudó a pensar con claridad y a planear. Rebusqué en mi petate hasta encontrar el calcetín lleno de
dinero y lo vacié en mi monedero.

Ardía en ganas de llegar al aeropuerto y estaba de buen humor cuando nos marchamos a eso de las siete de la
ma√Īana. En esta ocasi√≥n, me sent√© sola en el asiento trasero mientras que Alice reclinaba la espalda contra la puerta,
con el rostro frente a Jasper, aunque cada pocos segundos me lanzaba miradas desde detr√°s de sus gafas de sol.

¬ó ¬ŅAlice? ¬ópregunt√© con indiferencia.

¬ó ¬ŅS√≠? ¬ócontest√≥ con prevenci√≥n.

¬ó ¬ŅC√≥mo funcionan tus visiones? ¬ómir√© por la ventanilla lateral y mi voz son√≥ aburrida¬ó. Edward me dijo que no
eran definitivas, que las cosas podían cambiar.

El pronunciar el nombre de Edward me resultó más difícil de lo esperado, y esa sensación debió alertar a Jasper, ya
que poco después una fresca ola de serenidad inundó el vehículo.

—Sí, las cosas pueden cambiar... —murmuró, supongo que de forma esperanzada—. Algunas visiones se aproximan
a la verdad más que otras, como la predicción metereológica. Resulta más difícil con los hombres. Sólo veo el curso
que van a tomar las cosas cuando están sucediendo. El futuro cambia por completo una vez que cambian la decisión
tomada o efect√ļan otra nueva, por peque√Īa que sea.

Asentí con gesto pensativo.


—Por eso no pudiste ver a James en Phoenix hasta que no decidió venir aquí.

—Sí —admitió, mostrándose todavía cautelosa.

Y tampoco me había visto en la habitación de los espejos con James hasta que no accedí a reunirme con él. Intenté
no pensar en qu√© otras cosas podr√≠a haber visto, ya que no quer√≠a que el p√°nico hiciera recelar a√ļn m√°s a Jasper. De
todos modos, los dos iban a redoblar la atención con la que me vigilaban a raíz de la visión de Alice. La situación se
estaba volviendo imposible.

La suerte se puso de mi parte cuando llegamos al aeropuerto, o tal vez sólo era que habían mejorado mis
probabilidades. El avión de Edward iba a aterrizar en la terminal cuatro, la más grande de todas, pero tampoco era
extra√Īo que fuera as√≠, ya que all√≠ aterrizaban la mayor parte de los vuelos. Sin duda, era la terminal que m√°s me
convenía —la más grande y la que ofrecía mayor confusión—, y en el nivel tres había una puerta que posiblemente
ser√≠a mi √ļnica oportunidad.

Aparcamos en el cuarto piso del enorme garaje. Fui yo quien los guié, ya que, por una vez, conocía el entorno mejor
que ellos. Tomamos el ascensor para descender al nivel tres, donde bajaban los pasajeros. Alice y Jasper se
entretuvieron mucho rato estudiando el panel de salida de los vuelos. Los escuchaba discutiendo las ventajas e
inconvenientes de Nueva York, Chicago, Atlanta, lugares que nunca había visto, y que, probablemente, nunca vería.

Esperaba mi oportunidad con impaciencia, incapaz de evitar que mi pie zapateara en el suelo. Nos sentamos en una
de las largas filas de sillas cerca de los detectores de metales. Jasper y Alice fingían observar a la gente, pero en
realidad, sólo me observaban a mí. Ambos seguían de reojo todos y cada uno de mis movimientos en la silla. Me
sent√≠a desesperanzada. ¬ŅPodr√≠a arriesgarme a correr? ¬ŅSe atrever√≠an a impedir que me escapara en un lugar p√ļblico
como √©ste? ¬ŅO simplemente me seguir√≠an?

Saqué del bolso el sobre sin destinatario y lo coloqué encima del bolso negro de piel que llevaba Alice; ésta me miró
sorprendida.

—Mi carta —le expliqué.

Asintió con la cabeza e introdujo el sobre en el bolso debajo de la solapa, de modo que Edward lo encontraría
relativamente pronto.

Los minutos transcurrían e iba acercándose el aterrizaje del avión en el que viajaba Edward. Me sorprendía cómo
cada una de mis células parecía ser consciente de su llegada y la anhelarla. Esa sensación me complicaba las cosas,
y pronto me descubrí buscando excusas para quedarme a verle antes de escapar, pero sabía que eso me limitaba la
posibilidad de huir.

Alice se ofreci√≥ varias veces para acompa√Īarme a desayunar. ¬óM√°s tarde ¬óle dije¬ó, todav√≠a no.

Estudié el panel de llegadas de los vuelos, comprobando cómo uno tras otro llegaban con puntualidad. El vuelo
procedente de Seattle cada vez ocupaba una posición más alta en el panel. —

Los dígitos volvieron a cambiar cuando sólo me quedaban treinta minutos para intentar la fuga. Su vuelo llegaba con
diez minutos de adelanto, por lo que se me acababa el tiempo.

¬óCreo que me apetece comer ahora ¬ódije r√°pidamente.

Alice se puso de pie.

—Iré contigo.

¬ó ¬ŅTe importa que venga Jasper en tu lugar? ¬ópregunt√©¬ó. Me siento un poco... ¬óno termin√© la frase. Mis ojos
estaban lo bastante enloquecidos como para transmitir lo que no decían las palabras.

Jasper se levantó. La mirada de Alice era confusa, pero, comprobé para alivio mío, que no sospechaba nada. Ella
debía de atribuir la alteración en su visión a alguna maniobra del rastreador, más que a una posible traición por mi
parte.

Jasper camin√≥ junto a m√≠ en silencio, con la mano en mis r√≠√Īones, como si me estuviera guiando. Simul√© falta de
interés por las primeras cafeterías del aeropuerto con que nos encontramos, y movía la cabeza a izquierda y derecha
en busca de lo que realmente quer√≠a encontrar: los servicios para se√Īoras del nivel tres, que estaban a la vuelta de la
esquina, lejos del campo de visión de Alice.

¬ó ¬ŅTe importa? ¬ópregunt√© a Jasper al pasar por delante¬ó. S√≥lo ser√° un momento.

—Aquí estaré —dijo él.

Eché a correr en cuanto la puerta se cerró detrás de mí. Recordé aquella ocasión en que me extravié por culpa de
este ba√Īo, que ten√≠a dos salidas.

S√≥lo ten√≠a que dar un peque√Īo salto para ganar los ascensores cuando saliera por la otra puerta. No entrar√≠a en el
campo de visi√≥n de Jasper si √©ste permanec√≠a donde me hab√≠a dicho. Era mi √ļnica oportunidad, por lo que tendr√≠a
que seguir corriendo si él me veía. La gente se quedaba mirándome, pero los ignoré. Los ascensores estaban
abiertos, esperando, cuando doblé la esquina. Me precipité hacia uno de ellos ——estaba casi lleno, pero era el que
bajaba— y metí la mano entre las dos hojas de la puerta que se cerraba. Me acomodé entre los irritados pasajeros y
me cercioré con un rápido vistazo de que el botón de la planta que daba a la calle estuviera pulsado. Estaba
encendido cuando las puertas se cerraron.


Salí disparada de nuevo en cuanto se abrieron, a pesar de los murmullos de enojo que se levantaron a mi espalda.
Anduve con lentitud mientras pasaba al lado de los guardias de seguridad, apostados junto a la cinta transportadora,
preparada para correr tan pronto como viera las puertas de salida. No tenía forma de saber si Jasper ya me estaba
buscando. Sólo dispondría de unos segundos si seguía mi olor. Estuve a punto de estrellarme contra los cristales
mientras cruzaba de un salto las puertas autom√°ticas, que se abrieron con excesiva lentitud.

No había ni un solo taxi a la vista a lo largo del atestado bordillo de la acera.

No me quedaba tiempo. Alice y Jasper estarían a punto de descubrir mi fuga, si no lo habían hecho ya, y me
localizarían en un abrir y cerrar de ojos.

El servicio de autob√ļs del hotel Hyatt acababa de cerrar las puertas a pocos pasos de donde me encontraba.

¬ó ¬°Espere! ¬ó¬ógrit√© al tiempo que corr√≠a y le hac√≠a se√Īas al conductor.

¬ó√Čste es el autob√ļs del Hyatt ¬ódijo el conductor confundido al abrir la puerta.

—Sí. Allí es adonde voy —contesté con la respiración entrecortada, y subí apresuradamente los escalones.

Al no llevar equipaje, me miró con desconfianza, pero luego se encogió de hombros y no se molestó en hacerme
m√°s preguntas.

La mayoría de los asientos estaban vacíos. Me senté lo más alejada posible de los restantes viajeros y miré por la
ventana, primero a la acera y después al aeropuerto, que se iba quedando atrás. No pude evitar imaginarme a
Edward de pie al borde de la calzada, en el lugar exacto donde se perd√≠a mi pista. No puedes llorar a√ļn, me dije a
mí misma. Todavía me quedaba un largo camino por recorrer.

La suerte sigui√≥ sonri√©ndome. En frente del Hyatt, una pareja de aspecto fatigado estaba sacando la √ļltima maleta
del maletero de un taxi. Me baj√© del autob√ļs de un salto e inmediatamente me lanc√© hacia el taxi y me introduje en
el asiento de atr√°s. La cansada pareja y el conductor del autob√ļs me miraron fijamente.

Le indiqu√© al sorprendido taxista las se√Īas de mi madre.

—Necesito llegar aquí lo más pronto posible.

—Pero esto está en Scottsdale —se quejó.

Arrojé cuatro billetes de veinte sobre el asiento.

¬ó ¬ŅEs esto suficiente?

—Sí, claro, chica, sin problema.

Me recliné sobre el asiento y crucé los brazos sobre el regazo. Las calles de la ciudad, que me resultaba tan familiar,
pasaban rápidamente a nuestro lado, pero no me molesté ni en mirar por la ventanilla. Hice un gran esfuerzo por
mantener el control y estaba resuelta a no perderlo llegada a aquel punto, ahora que había completado con éxito mi
plan. No merecía la pena permitirme más miedo ni más ansiedad. El camino estaba claro, y sólo tenía que seguirlo.

Así pues, en lugar de eso cerré los ojos y pasé los veinte minutos de camino creyéndome con Edward en vez de
dejarme llevar por el p√°nico.

Imaginé que me había quedado en el aeropuerto a la espera de su llegada. Visualicé cómo me pondría de puntillas
para verle el rostro lo antes posible, y la rapidez y el garbo con que él se deslizaría entre el gentío. Entonces, tan
impaciente como siempre, yo recorrería a toda prisa los pocos metros que me separaban de él para cobijarme entre
sus brazos de m√°rmol, al fin a salvo.

Me pregunt√© adonde habr√≠amos ido. A alg√ļn lugar del norte, para que √©l pudiera estar al aire libre durante el d√≠a, o
quiz√°s a alg√ļn paraje remoto en el que nos hubi√©ramos tumbado al sol, juntos otra vez. Me lo imagin√© en la playa,
con su piel destellando como el mar. No me importaba cuánto tiempo tuviéramos que ocultarnos. Quedarme
atrapada en una habitación de hotel con él sería una especie de paraíso, con la cantidad de preguntas que todavía
tenía que hacerle. Podría estar hablando con él para siempre, sin dormir nunca, sin separarme de él jamás.

Vislumbré con tal claridad su rostro que casi podía oír su voz, y en ese momento, a pesar del horror y la
desesperanza, me sent√≠ feliz. Estaba tan inmersa en mi ensue√Īo escapista que perd√≠ la noci√≥n del tiempo
transcurrido.

¬óEh, ¬Ņqu√© n√ļmero me dijo?

La pregunta del taxista pinchó la burbuja de mi fantasía, privando de color mis maravillosas ilusiones vanas. El
miedo, sombrío y duro, estaba esperando para ocupar el vacío que aquéllas habían dejado.

—Cincuenta y ocho —contesté con voz ahogada.

Me miró nervioso, pensando que quizás me iba a dar un ataque o algo parecido.

¬óEntonces, hemos llegado.

El taxista estaba deseando que yo saliera del coche; probablemente, albergaba la esperanza de que no le pidiera las
vueltas.

—Gracias —susurré.

No hacía falta que me asustara, me recordé. La casa estaba vacía. Debía apresurarme. Mamá me esperaba aterrada, y
dependía de mí.

Subí corriendo hasta la puerta y me estiré con un gesto maquinal para tomar la llave de debajo del alero. Abrí la
puerta. El interior permanecía a oscuras y deshabitado, todo en orden. Volé hacia el teléfono y encendí la luz de la


cocina en el trayecto. En la pizarra blanca hab√≠a un n√ļmero de diez d√≠gitos escrito a rotulador con caligraf√≠a peque√Īa
y esmerada. Pulsé los botones del teclado con precipitación y me equivoqué. Tuve que colgar y empezar de nuevo.
En esta ocasión me concentré sólo en las teclas, pulsándolas con cuidado, una por una. Lo hice correctamente.
Sostuve el auricular en la oreja con mano temblorosa. Sólo sonó una vez.

—Hola, Bella ——contestó James con voz tranquila—. Lo has hecho muy deprisa. Estoy impresionado.

¬ó ¬ŅSe encuentra bien mi madre?

¬óEst√° estupendamente. No te preocupes, Bella, no tengo nada contra ella. A menos que no vengas sola, claro ¬ó
dijo esto con despreocupación, casi divertido.

¬óEstoy sola.

Nunca había estado más sola en toda mi vida.

¬óMuy bien. Ahora, dime, ¬Ņconoces el estudio de ballet que se encuentra justo a la vuelta de la esquina de tu casa?

—Sí, sé cómo llegar hasta allí.

—Bien, entonces te veré muy pronto.

Colgué.

Salí corriendo de la habitación y crucé la puerta hacia el calor achicharrante de la calle.

No había tiempo para volver la vista atrás y contemplar mi casa. Tampoco deseaba hacerlo tal y como se encontraba
ahora, vac√≠a, como un s√≠mbolo del miedo en vez de un santuario. La √ļltima persona en caminar por aquellas
habitaciones familiares había sido mi enemigo.

Casi pod√≠a ver a mi madre con el rabillo del ojo, de pie a la sombra del gran eucalipto donde sol√≠a jugar de ni√Īa; o
arrodillada en un peque√Īo espacio no asfaltado junto al buz√≥n de correos, un cementerio para todas las flores que
había plantado. Los recuerdos eran mejores que cualquier realidad que hoy pudiera ver, pero aun así, los aparté de
mi mente rápidamente y me encaminé hacia la esquina, dejándolo todo atrás.

Me sentía torpe, como si corriera sobre arena mojada. Parecía incapaz de mantener el equilibrio sobre el cemento.
Tropec√© varias veces, y en una ocasi√≥n me ca√≠. Me hice varios rasgu√Īos en las manos cuando las apoy√© en la acera
para amortiguar la caída. Luego me tambaleé, para volver a caerme, pero finalmente conseguí llegar a la esquina.
Ya sólo me quedaba otra calle más. Corrí de nuevo, jadeando, con el rostro empapado de sudor. El sol me quemaba
la piel; brillaba tanto que su intenso reflejo sobre el cemento blanco me cegaba. Me sentía peligrosamente
vulnerable. A√Īor√© la protecci√≥n de los verdes bosques de Forks, de mi casa, con una intensidad que jam√°s hubiera
imaginado.

Al doblar la √ļltima esquina y llegar a Cactus, pude ver el estudio de ballet, que conservaba el mismo aspecto
exterior que recordaba. La plaza de aparcamiento de la parte delantera estaba vacía y las persianas de todas las
ventanas, echadas. No podía correr—más, me asfixiaba. El esfuerzo y el pánico me habían dejado extenuada. El
recuerdo de mi madre era lo √ļnico que, un paso tras otro, me manten√≠a en movimiento.

Al acercarme vi el letrero colocado por la parte interior de la puerta. Estaba escrito a mano en papel rosa oscuro:
decía que el estudio de danza estaba cerrado por las vacaciones de primavera. Aferré el pomo y lo giré con cuidado.
Estaba abierto. Me esforcé por contener el aliento y abrí la puerta.

El oscuro vestíbulo estaba vacío y su temperatura era fresca. Se podía oír el zumbido del aire acondicionado. Las
sillas de pl√°stico estaban apiladas contra la pared y la alfombra ol√≠a a champ√ļ. El aula de danza orientada al oeste
estaba a oscuras y podía verla a través de una ventana abierta con vistas a esa sala. El aula que daba al este, la
habitación más grande, estaba iluminada a pesar de tener las persianas echadas.

Se apoderó de mí un miedo tan fuerte que me quedé literalmente paralizada. Era incapaz de dar un solo paso.

Entonces, la voz de mi madre me llamó con el mismo tono de pánico e histeria.

¬ó ¬ŅBella? ¬ŅBella? ¬óMe precipit√© hacia la puerta, hacia el sonido de su voz¬ó. ¬°Bella, me has asustado! ¬óContinu√≥
hablando mientras yo entraba corriendo en el aula de techos altos¬ó. ¬°No lo vuelvas a hacer nunca m√°s!

Miré a mí alrededor, intentando descubrir de dónde venía su voz. Entonces la oí reír y me giré hacia el lugar de
procedencia del sonido.

Y allí estaba ella, en la pantalla de la televisión, alborotándome el pelo con alivio. Era el Día de Acción de Gracias y
yo ten√≠a doce a√Īos. Hab√≠amos ido a ver a mi abuela el a√Īo anterior a su muerte. Fuimos a la playa un d√≠a y me
incliné demasiado desde el borde del embarcadero. Me había visto perder pie y luego mis intentos de recuperar el
equilibrio. ¬ę ¬ŅBella? ¬ŅBella?¬Ľ, me hab√≠a llamado ella asustada.

La pantalla del televisor se puso azul.

Me volví lentamente. Inmóvil, James estaba de pie junto a la salida de emergencia, por eso no le había visto al
principio. Sostenía en la mano el mando a distancia. Nos miramos el uno al otro durante un buen rato y entonces
sonrió.

Caminó hacia mí y pasó muy cerca. Depositó el mando al lado del vídeo. Me di la vuelta con cuidado para seguir
sus movimientos.

¬óLamento esto, Bella, pero ¬Ņacaso no es mejor que tu madre no se haya visto implicada en este asunto? ¬ódijo con
voz cortés, amable.


De repente caí en la cuenta. Mi madre seguía a salvo en Florida. Nunca había oído mi mensaje. Los ojos rojo oscuro
de aquel rostro inusualmente pálido que ahora tenía delante de mí jamás la habían aterrorizado. Estaba a salvo.

—Sí —contesté llena de alivio.

¬óNo pareces enfadada porque te haya enga√Īado.

¬óNo lo estoy.

La euforia repentina me hab√≠a insuflado coraje. ¬ŅQu√© importaba ya todo? Pronto habr√≠a terminado y nadie har√≠a
da√Īo a Charlie ni a mam√°, nunca tendr√≠an que pasar miedo. Me sent√≠a casi mareada. La parte m√°s racional de mi
mente me avisó de que estaba a punto de derrumbarme a causa del estrés.

¬ó ¬°Qu√© extra√Īo! Lo piensas de verdad ¬ósus ojos oscuros me examinaron con inter√©s. El iris de sus pupilas era casi
negro, pero hab√≠a una chispa de color rub√≠ justo en el borde. Estaba sediento¬ó. He de conceder a vuestro extra√Īo
aquelarre que vosotros, los humanos, podéis resultar bastante interesantes. Supongo que observaros debe de ser toda
una atracci√≥n. Y lo extra√Īo es que muchos de vosotros no parec√©is tener conciencia alguna de lo interesantes que
sois.

Se encontraba cerca de mí, con los brazos cruzados, mirándome con curiosidad. Ni el rostro ni la postura de James
mostraban el menor indicio de amenaza. Tenía un aspecto muy corriente, no había nada destacable en sus facciones
ni en su cuerpo, salvo la piel pálida y los ojos ojerosos a los que ya me había acostumbrado. Vestía una camiseta
azul claro de manga larga y unos vaqueros desgastados.

—Supongo que ahora vas a decirme que tu novio te vengará —aventuró casi esperanzado, o eso me pareció.

¬óNo, no lo creo. De hecho, le he pedido que no lo haga.

¬ó ¬ŅY qu√© te ha contestado?

¬óNo lo s√© ¬óresultaba extra√Īamente sencillo conversar con un cazador tan gentil¬ó. Le dej√© una carta.

¬ó ¬ŅUna carta? ¬°Qu√© rom√°ntico! ¬óla voz se endureci√≥ un poco cuando a√Īadi√≥ un punto de sarcasmo al tono
educado¬ó. ¬ŅY crees que te har√° caso?

¬óEso espero.

¬óHumm. Bueno, en tal caso, tenemos expectativas distintas. Como ves, esto ha sido demasiado f√°cil, demasiado
rápido. Para serte sincero, me siento decepcionado. Esperaba un desafío mucho mayor. Y después de todo, sólo he
necesitado un poco de suerte.

Esperé en silencio.

—Hice que Victoria averiguara más cosas sobre ti cuando no consiguió atrapar a tu padre. Carecía de sentido darte
caza por todo el planeta cuando podía esperar cómodamente en un lugar de mi elección. Por eso, después de hablar
con Victoria, decidí venir a Phoenix para hacer una visita a tu madre. Te había oído decir que regresabas a casa. Al
principio, ni se me ocurrió que lo dijeras en serio, pero luego lo estuve pensando. ¡Qué predecibles sois los
humanos! Os gusta estar en un entorno conocido, en alg√ļn lugar que os infunda seguridad. ¬ŅAcaso no ser√≠a una
estratagema perfecta que si te persigui√©ramos acudieras al √ļltimo lugar en el que deber√≠as estar, es decir, a donde
habías dicho que ibas a ir?

¬ĽPero claro, no estaba seguro, s√≥lo era una corazonada. Habitualmente las suelo tener sobre las presas que cazo, un
sexto sentido, por llamarlo así. Escuché tu mensaje cuando entré a casa de tu madre, pero claro, no podía estar
seguro del lugar desde el que llamabas. Era √ļtil tener tu n√ļmero, pero por lo que yo sab√≠a, lo mismo pod√≠as estar en
la Antártida; y el truco no funcionaría a menos que estuvieras cerca.

¬ęEntonces, tu novio toma un avi√≥n a Phoenix. Victoria lo estaba vigilando, naturalmente; no pod√≠a actuar solo en un
juego con tantos jugadores. Y así fue como me confirmaron lo que yo barruntaba, que te encontrabas aquí. Ya
estaba preparado; había visto tus enternecedores vídeos familiares, por lo que sólo era cuestión de marcarse el farol.

¬ęDemasiado f√°cil, como ves. En realidad, nada que est√© a mi altura. En fin, espero que te equivoques con tu novio.
Se llama Edward, ¬Ņverdad?

No contesté. La sensación de valentía me abandonaba por momentos. Me di cuenta de que estaba a punto de
terminar de regodearse en su victoria. Aunque, de todos modos, ya me daba igual. No había ninguna gloria para él
en abatirme a mí, una débil humana.

¬ó ¬ŅTe molestar√≠a mucho que tambi√©n yo le dejara una cartita a tu Edward?

Dio un paso atr√°s y puls√≥ algo en una videoc√°mara del tama√Īo de la palma de la mano, equilibrada cuidadosamente
en lo alto del aparato de m√ļsica. Una diminuta luz roja indic√≥ que ya estaba grabando. La ajust√≥ un par de veces,
ampliando el encuadre. Lo miré horrorizada.

—Lo siento, pero dudo de que se vaya a resistir a darme caza después de que vea esto. Y no quiero que se pierda
nada. Todo esto es por √©l, claro. T√ļ simplemente eres una humana, que, desafortunadamente, estaba en el sitio
equivocado y en el momento equivocado, y podr√≠a a√Īadir tambi√©n, que en compa√Ī√≠a de la gente equivocada.

Dio un paso hacia mí, sonriendo.

¬óAntes de que empecemos...

Sentí náuseas en la boca del estómago mientras hablaba. Esto era algo que yo no había previsto.


—Hay algo que me gustaría restregarle un poco por las narices a tu novio. La solución fue obvia desde el principio,
y siempre temí que tu Edward se percatara y echara a perder la diversión. Me pasó una vez, oh, sí, hace siglos. La
primera y √ļnica vez que se me ha escapado una presa.

¬ĽE1 vampiro que tan est√ļpidamente se hab√≠a encari√Īado con aquella insignificante presa hizo la elecci√≥n que tu
Edward ha sido demasiado débil para llevar a cabo, ya ves. Cuando aquel viejo supo que iba detrás de su amiguita,
la raptó del sanatorio mental donde él trabajaba —nunca entenderé la obsesión que algunos vampiros tienen por
vosotros, los humanos¬ó, y la liber√≥ de la √ļnica forma que ten√≠a para ponerla a salvo. La pobre criaturita ni siquiera
pareció notar el dolor. Había permanecido encerrada demasiado tiempo en aquel agujero negro de su celda. Cien
a√Īos antes la habr√≠an quemado en la hoguera por sus visiones, pero en el siglo XIX te llevaban al psiqui√°trico y te
administraban tratamientos de electro—choque. Cuando abrió los ojos fortalecida con su nueva juventud, fue como
si nunca antes hubiera visto el sol. El viejo la convirtió en un nuevo y poderoso vampiro, pero entonces yo ya no
ten√≠a ning√ļn aliciente para tocarla ¬ósuspir√≥¬ó. En venganza, mat√© al viejo.

—Alice —dije en voz baja, atónita.

—Sí, tu amiguita. Me sorprendió verla en el claro. Supuse que su aquelarre obtendría alguna ventaja de esta
experiencia. Yo te tengo a ti, y ellos la tienen a ella. La √ļnica v√≠ctima que se me ha escapado, todo un honor, la
verdad.

¬ĽY ten√≠a un olor realmente delicioso. A√ļn lamento no haber podido probarla... Ol√≠a incluso mejor que t√ļ.
Perd√≥name, no quiero ofenderte, t√ļ hueles francamente bien. Un poco floral, creo...

Dio otro paso en mi dirección hasta situarse a poca distancia. Levantó un mechón de mi pelo y lo olió con
delicadeza. Entonces, lo puso otra vez en su sitio con dulzura y sentí sus dedos fríos en mi garganta. Alzó luego la
mano para acariciarme rápidamente una sola vez la mejilla con el pulgar, con expresión de curiosidad. Deseaba
echar a correr con todas mis fuerzas, pero estaba paralizada. No era capaz siquiera de estremecerme.

—No —murmuró para sí mientras dejaba caer la mano—. No lo entiendo —suspiró—. En fin, supongo que
deberíamos continuar. Luego, podré telefonear a tus amigos y decirles dónde te pueden encontrar, a ti y a mi
mensajito.

Ahora me sentía realmente mal. Supe que iba a ser doloroso, lo leía en sus ojos. No se conformaría con ganar,
alimentarse y desaparecer. El final rápido con que yo contaba no se produciría. Empezaron a temblarme las rodillas
y temí caerme de un momento a otro.

El cazador retrocedió un paso y empezó a dar vueltas en torno a mí con gesto indiferente, como si quisiera obtener
la mejor vista posible de una estatua en un museo. Su rostro seguía siendo franco y amable mientras decidía por
dónde empezar.

Entonces, se echó hacia atrás y se agazapó en una postura que reconocí de inmediato. Su amable sonrisa se
ensanchó, y creció hasta dejar de ser una sonrisa y convertirse en un amasijo de dientes visibles y relucientes.

No pude evitarlo, intent√© correr aun sabiendo que ser√≠a in√ļtil y que mis rodillas estaban muy d√©biles. Me invadi√≥ el
pánico y salté hacia la salida de emergencia.

Lo tuve delante de mí en un abrir y cerrar de ojos. Actuó tan rápido que no vi si había usado los pies o las manos.
Un golpe demoledor impactó en mi pecho y me sentí volar hacia atrás, hasta sentir el crujido del cristal al romperse
cuando mi cabeza se estrell√≥ contra los espejos. El cristal se agriet√≥ y los trozos se hicieron a√Īicos al caer al suelo, a
mi lado.

Estaba demasiado aturdida para sentir el dolor. Ni siquiera podía respirar.

Se acercó muy despacio.

—Esto hará un efecto muy bonito —dijo con voz amable otra vez mientras examinaba el caos de cristales—. Pensé
que esta habitación crearía un efecto visualmente dramático para mi película. Por eso escogí este lugar para
encontrarnos. Es perfecto, ¬Ņa que s√≠?

Le ignoré mientras gateaba de pies y manos en un intento de arrastrarme hasta la otra puerta.

Se abalanzó sobre mí de inmediato y me pateó con fuerza la pierna. Oí el espantoso chasquido antes de sentirlo,
pero luego lo sentí y no pude reprimir el grito de agonía. Me retorcí para agarrarme la pierna, él permaneció junto a
mí, sonriente.

¬ó ¬ŅTe gustar√≠a reconsiderar tu √ļltima petici√≥n? ¬óme pregunt√≥ con amabilidad.

Me golpeó la pierna rota con el pie. Oí un alarido taladrador. En estado de shock, lo reconocí como mío.

¬ó ¬ŅSigues sin querer que Edward intente encontrarme? ¬óme acuci√≥.

¬óNo ¬ódije con voz ronca¬ó. No, Edward, no lo hagas...

Entonces, algo me impactó en la cara y me arrojó de nuevo contra los espejos.

Por encima del dolor de la pierna, sentí el filo cortante del cristal rasgarme el cuero cabelludo. En ese momento, un
l√≠quido caliente y h√ļmedo empez√≥ a extenderse por mi pelo a una velocidad alarmante. Not√© c√≥mo empapaba el
hombro de mi camiseta y oí el goteo en la madera sobre la que me hallaba. Se me hizo un nudo en el estómago a
causa del olor.


A trav√©s de la n√°usea y el v√©rtigo, atisb√© algo que me dio un √ļltimo hilo de esperanza. Los ojos de James, que poco
antes sólo mostraban interés, ahora ardían con una incontrolable necesidad. La sangre, que extendía su color
carmesí por la camiseta blanca y empezaba a formar un charco rápidamente en el piso, lo estaba enloqueciendo a
causa de su sed. No importaban ya cuáles fueran sus intenciones originales, no se podría refrenar mucho tiempo.

Ojala que fuera rápido a partir de ahora, todo lo que podía esperar es que la pérdida de sangre se llevara mi
conciencia con ella. Se me cerraban los ojos.

O√≠ el gru√Īido final del cazador como si proviniera de debajo del agua. Pude ver, a trav√©s del t√ļnel en el que se hab√≠a
convertido mi visi√≥n, c√≥mo su sombra oscura ca√≠a sobre m√≠. Con un √ļltimo esfuerzo, alc√© la mano instintivamente
para protegerme la cara. Entonces se me cerraron los ojos y me dejé ir.



EL ANGEL



Mientras iba a la deriva, so√Ī√©.

En el lugar donde flotaba, debajo de las aguas negras, oí el sonido más feliz que mi mente podía conjurar, el más
hermoso, el √ļnico que pod√≠a elevarme el esp√≠ritu y a la vez, el m√°s espantoso. Era otro gru√Īido, un rugido salvaje y
profundo, impregnado de la m√°s terrible ira.

El dolor agudo que traspasaba mi mano alzada me trajo de vuelta, casi hasta la superficie, pero no era un camino de
regreso lo bastante amplio para que me permitiera abrir los ojos.

Entonces, supe que estaba muerta...

... porque o√≠ la voz de un √°ngel pronunciando mi nombre a trav√©s del agua densa, llam√°ndome al √ļnico cielo que yo
anhelaba.

— ¡Oh no, Bella, no! —gritó la voz horrorizada del ángel.

Se produjo un ruido, un terrible tumulto que me asust√≥ detr√°s de aquel sonido anhelado. Un gru√Īido grave y
despiadado, un sonido seco, espantoso y un lamento lleno de agonía, que repentinamente se quebró...

Yo en cambio decidí concentrarme en la voz del ángel.

¬ó ¬°Bella, por favor! ¬°Bella, esc√ļchame; por favor, por favor, Bella, por favor! ¬ósuplicaba.

Sí, quise responderle. Quería decirle algo, cualquier cosa, pero no encontraba los labios.

— ¡Carlisle! —Llamó el ángel con su voz perfecta cargada de angustia—. ¡Bella, Bella, no, oh, no, por favor, no,
no!

El ángel empezó a sollozar sin lágrimas, roto de dolor.

Un ángel no debería llorar, eso no está bien. Intenté ponerme en contacto con él, decirle que todo iba a salir bien,
pero las aguas eran tan profundas que me aprisionaban y no podía respirar.

Sentí un punto de dolor taladrarme la cabeza. Dolía mucho, pero entonces, mientras ese dolor irrumpía a través de la
oscuridad para llegar hasta mí, acudieron otros mucho más fuertes. Grité mientras intentaba aspirar aire y emerger
de golpe del estanque oscuro.

— ¡Bella! —gritó el ángel.

¬óHa perdido algo de sangre, pero la herida no es muy profunda ¬óexplicaba una voz tranquila¬ó. Echa una ojeada a
su pierna, est√° rota.

El ángel reprimió en los labios un aullido de ira.

Sentí una punzada aguda en el costado. Aquel lugar no era el cielo, más bien no. Había demasiado dolor aquí para
que lo fuera.

—Y me temo que también lo estén algunas costillas —continuó la voz serena de forma metódica.

Aquellos dolores agudos iban remitiendo. Sin embargo, apareció uno nuevo, una quemazón en la mano que anulaba
a todos los dem√°s.

Alguien me estaba quemando.

—Edward —intenté decirle, pero mi voz sonaba pastosa y débil. Ni yo era capaz de entenderme.

¬óBella, te vas a poner bien. ¬ŅPuedes o√≠rme, Bella? Te amo.

—Edward —lo intenté de nuevo, parecía que se me iba aclarando la voz.

—Sí, estoy aquí.

—Me duele —me quejé.

¬óLo s√©, Bella, lo s√© ¬óentonces, a lo lejos, le escuch√© preguntar angustiado¬ó. ¬ŅNo puedes hacer nada?

—Mi maletín, por favor... No respires, Alice, eso te ayudará —aseguró Carlisle.

¬ó ¬ŅAlice? ¬ógem√≠.

—Está aquí, fue ella la que supo dónde podíamos encontrarte.

—Me duele la mano —intenté decirle.

—Lo sé, Bella, Carlisle te administrará algo que te calme el dolor.

¬ó ¬°Me arde la mano! ¬óconsegu√≠ gritar, saliendo al fin de la oscuridad y pesta√Īeando sin cesar.


No pod√≠a verle la cara porque una c√°lida oscuridad me empa√Īaba los ojos. ¬ŅPor qu√© no ve√≠an el fuego y lo
apagaban?

La voz de Edward sonó asustada.

¬ó ¬ŅBella?

— ¡Fuego! ¡Que alguien apague el fuego! —grité mientras sentía cómo me quemaba.

¬ó ¬°Carlisle! ¬°La mano!

¬óLa ha mordido.

La voz de Carlisle había perdido la calma, estaba horrorizado. Oí cómo Edward se quedaba sin respiración, del
espanto.

—Edward, tienes que hacerlo —dijo Alice, cerca de mi cabeza; sus dedos fríos me limpiaron las lágrimas.

— ¡No! —rugió él.

—Alice —gemí.

¬óHay otra posibilidad ¬óintervino Carlisle.

¬ó ¬ŅCu√°l? ¬ósuplic√≥ Edward.

¬óIntenta succionar la ponzo√Īa, la herida es bastante limpia.

Mientras Carlisle hablaba podía sentir cómo aumentaba la presión en mi cabeza, y algo pinchaba y tiraba de la piel.
El dolor que esto me provocaba desaparecía ante la quemazón de la mano.

¬ó ¬ŅFuncionar√°? ¬óAlice parec√≠a tensa.

—No lo sé —reconoció Carlisle—, pero hay que darse prisa.

—Carlisle, yo... —Edward vaciló—. No sé si voy a ser capaz de hacerlo.

La angustia había aparecido de nuevo en la voz del ángel.

—Sea lo que sea, es tu decisión, Edward. No puedo ayudarte. Debemos cortar la hemorragia si vas a sacarle sangre
de la mano.

Me retorcí prisionera de esta ardiente tortura, y el movimiento hizo que el dolor de la pierna llameara de forma
escalofriante.

— ¡Edward! —grité y me di cuenta de que había cerrado los ojos de nuevo. Los abrí, desesperada por volver a ver
su rostro y allí estaba. Por fin pude ver su cara perfecta, mirándome fijamente, crispada en una máscara de
indecisión y pena.

—Alice, encuentra algo para que le entablille la pierna —Carlisle seguía inclinado sobre mí, haciendo algo en mi
cabeza¬ó. Edward, has de hacerlo ya o ser√° demasiado tarde.

El rostro de Edward se veía demacrado. Le miré a los ojos y al fin la duda se vio sustituida por una determinación
inquebrantable. Apretó las mandíbulas y sentí sus dedos fuertes y frescos en mi mano ardiente, colocándola con
cuidado. Entonces inclinó la cabeza sobre ella y sus labios fríos presionaron contra mi piel.

El dolor empeoró. Aullé y me debatí entre las manos heladas que me sujetaban. Oí hablar a Alice, que intentaba
calmarme. Algo pesado me inmovilizó la pierna contra el suelo y Carlisle me sujetó la cabeza en el torno de sus
brazos de piedra.

Entonces, despacio, dejé de retorcerme conforme la mano se me entumecía más y más. El fuego se había convertido
en un rescoldo mortecino que se concentraba en un punto m√°s peque√Īo.

Y mientras el dolor desaparecía, sentí cómo perdía la conciencia, deslizándome hacia alguna parte. Me aterraba
volver a aquellas aguas negras y perderme de nuevo en la oscuridad.

—Edward —intenté decir, pero no conseguí escuchar mi propia voz, aunque ellos sí parecieron oírme.

—Está aquí a tu lado, Bella.

—Quédate, Edward, quédate conmigo...

—Aquí estoy.

Parecía agotado, pero triunfante. Suspiré satisfecha. El fuego se había apagado y los otros dolores se habían
mitigado mientras el sopor se extendía por todo mi cuerpo.

¬ó ¬ŅHas extra√≠do toda la ponzo√Īa? ¬ópregunt√≥ Carlisle desde un lugar muy, muy lejano.

¬óLa sangre est√° limpia ¬ódijo Edward con serenidad¬ó. Puedo sentir el sabor de la morfina.

¬ó ¬ŅBella? ¬óme llam√≥ Carlisle.

Hice un esfuerzo por contestarle.

¬ó ¬ŅMmm?

¬ó ¬ŅYa no notas la quemaz√≥n?

—No —suspiré—. Gracias, Edward.

—Te quiero —contestó él.

—Lo sé —inspiré aire, me sentía tan cansada...

Y entonces escuché mi sonido favorito sobre cualquier otro en el mundo: la risa tranquila de Edward, temblando de
alivio.

¬ó ¬ŅBella? ¬óme pregunt√≥ Carlisle de nuevo. Frunc√≠ el entrecejo, quer√≠a dormir.


¬ó ¬ŅQu√©?

¬ó ¬ŅD√≥nde est√° tu madre?

¬óEn Florida ¬ósuspir√© de nuevo¬ó. Me enga√Ī√≥, Edward. Vio nuestros v√≠deos.

La indignación de mi voz sonaba lastimosamente débil...

Pero eso me lo recordó.

¬óAlice ¬óintent√© abrir los ojos¬ó. Alice, el v√≠deo... √Čl te conoc√≠a, conoc√≠a tu procedencia ¬óquer√≠a dec√≠rselo todo de
una vez, pero mi voz se iba debilitando. Me sobrepuse a la bruma de mi mente para a√Īadir¬ó: Huelo gasolina.

¬óEs hora de llev√°rsela ¬ódijo Carlisle.

—No, quiero dormir —protesté.

—Duérmete, mi vida, yo te llevaré —me tranquilizó Edward.

Y entonces me tomó en sus brazos, acunada contra su pecho, y floté, sin dolor ya.

Las √ļltimas palabras que o√≠ fueron:

—Duérmete ya, Bella.



PUNTO MUERTO



Vi una deslumbrante luz nívea al abrir los ojos. Estaba en una habitación desconocida de paredes blancas. Unas
persianas bajadas cubrían la pared que tenía al lado. Las luces brillantes que tenía encima de la cabeza me
deslumbraban. Estaba recostada en una cama dura y desnivelada, una cama con barras. Las almohadas eran
estrechas y llenas de bultos. Un molesto pitido sonaba desde alg√ļn lugar cercano. Esperaba que eso significara que
seguía viva. La muerte no podía ser tan incómoda.

Unos tubos trasl√ļcidos se enroscaban alrededor de mis manos y debajo de la nariz ten√≠a un objeto pegado al rostro.
Alcé la mano para quitármelo.

¬óNo lo hagas.

Unos dedos helados me atraparon la mano.

¬ó ¬ŅEdward?

Ladeé levemente la cabeza y me encontré con su rostro exquisito a escasos centímetros del mío. Reposaba el mentón
sobre el extremo de mi almohada. Comprend√≠ que segu√≠a con vida, pero esta vez con gratitud y j√ļbilo.

¬ó ¬°Ay, Edward! ¬°Cu√°nto lo siento!

—Shhh... —me acalló—. Ahora todo está en orden.

¬ó ¬ŅQu√© sucedi√≥?

No conseguía recordarlo con claridad, y mi mente parecía resistirse cada vez que intentaba rememorarlo.

—Estuve a punto de llegar tarde. Pude no haber llegado a tiempo —susurró con voz atormentada.

— ¡Qué tonta fui! Creí que tenía a mi madre en su poder.

¬óNos enga√Ī√≥ a todos.

—Necesito telefonear a Charlie y a mamá —me percaté a pesar de la nube de confusión.

—Alice los ha llamado. Renée está aquí, bueno, en el hospital. Se acaba de marchar para comer algo.

¬ó ¬ŅEst√° aqu√≠?

Intenté incorporarme, pero se agravó el mareo de mi cabeza. Las manos de Edward me empujaron suavemente hacia
las almohadas.

¬óVa a volver enseguida ¬óme prometi√≥¬ó, y t√ļ necesitas permanecer en reposo.

¬óPero ¬Ņqu√© le has dicho? ¬óme aterr√©. No quer√≠a que me calmaran. Mam√° estaba all√≠ y yo me estaba recobrando del
ataque de un vampiro¬ó. ¬ŅPor qu√© le has dicho que me hab√≠an hospitalizado?

¬óRodaste por dos tramos de escaleras antes de caer por una ventana ¬óhizo una pausa¬ó. Has de admitir que pudo
suceder.

Suspiré, y me dolió. Eché una ojeada por debajo de la sábana a la parte inferior de mi cuerpo, al enorme bulto que
era mi pierna.

¬ó ¬ŅC√≥mo estoy?

¬óTienes rotas una pierna y cuatro costillas, algunas contusiones en la cabeza y moraduras por todo el cuerpo y has
perdido mucha sangre. Te han efectuado varias transfusiones. No me gusta, hizo que olieras bastante mal durante un
tiempo.

—Eso debió de suponer un cambio agradable para ti.

—No, me gusta cómo hueles.

¬ó ¬ŅC√≥mo lo conseguiste? ¬ópregunt√© en voz baja.

De inmediato, supo a qué me refería.

¬óNo estoy seguro.

Rehuyó la mirada de mis ojos de asombro al tiempo que alzaba mi mano vendada y la sostenía gentilmente con la
suya, teniendo mucho cuidado de no romper un cable que me conectaba a uno de los monitores.


Esperé pacientemente a que me contara lo demás.

Suspiró sin devolverme la mirada.

—Era imposible contenerse —susurró—, imposible. Pero lo hice —al fin, alzó la mirada y esbozó una media
sonrisa¬ó. Debe de ser que te quiero.

¬ó ¬ŅNo tengo un sabor tan bueno como mi olor?

Le devolví la sonrisa y me dolió toda la cara.

¬óMejor a√ļn, mejor de lo que imaginaba.

—Lo siento —me disculpé.

Miró al techo.

¬óTienes mucho por lo que disculparte.

¬ó ¬ŅPor qu√© deber√≠a disculparme?

—Por estar a punto de apartarte de mí para siempre.

—Lo siento —pedí perdón otra vez.

—Sé por qué lo hiciste —su voz resultaba reconfortante—. Sigue siendo una locura, por supuesto. Deberías
haberme esperado, deberías habérmelo dicho.

¬óNo me hubieras dejado ir.

—No —se mostró de acuerdo—. No te hubiera dejado.

Estaba empezando a rememorar algunos de los recuerdos más desagradables. Me estremecí e hice una mueca de
dolor.

Edward se preocupó de inmediato.

¬óBella, ¬Ņqu√© te pasa?

¬ó ¬ŅQu√© le ocurri√≥ a James?

—Emmett y Jasper se encargaron de él después de que te lo quitase de encima —concluyó Edward, que hablaba con
un hondo pesar.

Aquello me confundió.

—No vi a ninguno de los dos allí.

—Tuvieron que salir de la habitación... Había demasiada sangre.

—Pero Alice y Carlísle... —apunté maravillada.

¬óYa sabes, ambos te quieren.

De repente, el recuerdo de las dolorosas im√°genes de la √ļltima vez que la hab√≠a visto me record√≥ algo.

¬ó ¬ŅHa visto Alice la cinta de v√≠deo? ¬ópregunt√© con inquietud.

—Sí —una nueva nota endureció la voz de Edward, una nota de puro odio.

—Alice siempre vivió en la oscuridad, por eso no recordaba nada.

—Lo sé, y ahora, ella por fin lo entiende todo —su voz sonaba tranquila, pero su rostro estaba oscurecido por la
furia.

Intenté tocarle la cara con la mano libre, pero algo me lo impidió. Al bajar la mirada descubrí la vía intravenosa
sujeta al dorso de la mano.

— ¡Ay! —exclamé con un gesto de dolor.

¬ó ¬ŅQu√© sucede? ¬ópregunt√≥ preocupado.

Se distrajo algo, pero no lo suficiente. Su mirada continuó teniendo un aspecto siniestro.

— ¡Agujas! —le expliqué mientras apartaba la vista de la vía intravenosa.

Fijé la vista en un azulejo combado del techo e intenté respirar hondo a pesar del dolor en las costillas.

¬ó ¬°Te asustan las agujas! ¬ómurmur√≥ Edward para s√≠ en voz baja y moviendo la cabeza¬ó. ¬ŅUn vampiro s√°dico que
pretende torturarla hasta la muerte? Claro, sin problemas, ella se escapa para reunirse con él. Pero una vía
intravenosa es otra cosa...

Puse los ojos en blanco. Me alegraba saber que al menos su reacción estaba libre de dolor. Decidí cambiar de tema.

¬ó ¬ŅPor qu√© est√°s aqu√≠?

Me miró fijamente; confundido al principio y herido después. Frunció el entrecejo hasta el punto de que las cejas
casi se tocaron.

¬ó ¬ŅQuieres que me vaya?

¬ó ¬°No! ¬óProtest√© de inmediato, aterrada s√≥lo de pensarlo¬ó. No, lo que quer√≠a decir es ¬Ņpor qu√© cree mi madre que
estás aquí? Necesito tener preparada mi historia antes de que ella vuelva.

—Ah —las arrugas desaparecieron de su frente—. He venido a Phoenix para hacerte entrar en razón y convencerte
de que vuelvas a Forks ——abrió los ojos con tal seriedad y sinceridad que hasta yo misma estuve a punto de
creérmelo—. Aceptaste verme y acudiste en coche hasta el hotel en el que me alojaba con Carlisle y Alice. Yo
estaba bajo la supervisión paterna, por supuesto —agregó en un despliegue de virtuosismo—, pero te tropezaste
cuando ibas de camino a mi habitaci√≥n y bueno, ya sabes el resto. No necesitas acordarte de ning√ļn detalle, aunque
dispones de una magnífica excusa para poder liar un poco los aspectos más concretos.


Lo pensé durante unos instantes.

¬óEsa historia tiene algunos flecos, como la rotura de los cristales...

¬óEn realidad, no. Alice se ha divertido un poco preparando pruebas. Se ha puesto mucho cuidado en que todo
parezca convincente. Probablemente, podrías demandar al hotel si así lo quisieras. No tienes de qué preocuparte —
me prometi√≥ mientras me acariciaba la mejilla con el m√°s leve de los roces¬ó. Tu √ļnico trabajo es curarte.

No estaba tan atontada por el dolor ni la medicación como para no reaccionar a su caricia. El indicador del holter al
que estaba conectada comenz√≥ a moverse incontroladamente. Ahora, √©l no era el √ļnico en o√≠r el err√°tico latido de mi
corazón.

—Esto va a resultar embarazoso —musité para mí.

Rió entre dientes y me estudió con la mirada antes de decir:

¬óHumm... Me pregunto si...

Se inclinó lentamente. El pitido se aceleró de forma salvaje antes de que sus labios me rozaran, pero cuando lo
hicieron con una dulce presión, se detuvo del todo.

Torció el gesto.

¬óParece que debo tener contigo a√ļn m√°s cuidado que de costumbre...

—Todavía no había terminado de besarte —me quejé—. No me obligues a ir a por ti.

Esbozó una amplia sonrisa y se inclinó para besarme suavemente en los labios. El monitor enloqueció.

Pero en ese momento, los labios se tensaron y se apartó.

—Me ha parecido oír a tu madre ——comentó, sonriendo de nuevo.

—No te vayas —chillé.

Sentí una oleada irracional de pánico. No podía dejarle marchar... Podría volver a desaparecer. Edward leyó el terror
de mis ojos en un instante y me prometió solemnemente:

—No lo haré —entonces, sonrió—. Me voy a echar una siesta.

Se desplazó desde la dura silla de plástico situada cerca de mí hasta el sillón reclinable de cuero de imitación color
turquesa que había al pie de mi cama. Se tumbó de espaldas y cerró los ojos. Se quedó totalmente quieto.

—Que no se te olvide respirar —susurré con sarcasmo.

Suspiró profundamente, pero no abrió los ojos.

Entonces o√≠ a mi madre, que caminaba en compa√Ī√≠a de otra persona, tal vez una enfermera. Su voz reflejaba
cansancio y preocupación. Quise levantarme de un salto y correr hacia ella para calmarla y prometerle que todo iba
bien. Pero no estaba en condiciones de hacerlo, por lo que aguardé con impaciencia.

La puerta se abrió una fracción y ella asomó la cabeza con cuidado.

— ¡Mamá! —susurré, henchida de amor y alivio.

Se percató de la figura inmóvil de Edward sobre el sillón reclinable y se dirigió de puntillas al lado de mi cama.

¬óNunca se aleja de ti, ¬Ņverdad? ¬ómusit√≥ para s√≠.

¬óMam√°, ¬°cu√°nto me alegro de verte!

Las c√°lidas l√°grimas me cayeron sobre las mejillas al inclinarse para abrazarme con cuidado.

—Bella, me sentía tan mal...

—Lo siento, mamá, pero ahora todo va bien —la reconforté—, no pasa nada.

¬óEstoy muy contenta de que al final hayas abierto los ojos.

Se sentó al borde de mi cama.

De pronto me di cuenta de que no tenía ni idea de qué día era.

¬ó ¬ŅQu√© d√≠a es?

¬óEs viernes, cielo, has permanecido desmayada bastante tiempo.

¬ó ¬ŅViernes? ¬óme sorprend√≠. Intent√© recordar qu√© d√≠a fue cuando... No, no quer√≠a pensar en eso.

—Te han mantenido sedada bastantes horas, cielo. Tenías muchas heridas.

—Lo sé —me dolían todas.

—Has tenido suerte de que estuviera allí el doctor Cullen. Es un hombre encantador, aunque muy joven. Se parece
más a un modelo que a un médico...

¬ó ¬ŅHas conocido a Carlisle?

¬óY a Alice, la hermana de Edward. Es una joven adorable.

—Lo es —me mostré totalmente de acuerdo.

Se giró para mirar a Edward, que yacía en el sillón con los ojos cerrados.

—No me habías dicho que tenías tan buenos amigos en Forks.

Me encogí, y luego me quejé.

¬ó ¬ŅQu√© te duele? ¬ópregunt√≥ preocupada, gir√°ndose de nuevo hacia m√≠.

Los ojos de Edward se centraron en mi rostro.

—Estoy bien —les aseguré—, pero debo acordarme de no moverme.

Edward volvi√≥ a reclinarse y sumirse en su falso sue√Īo.


Aproveché la momentánea distracción para mantener la conversación lejos de mi más que candido comportamiento.

¬ó ¬ŅC√≥mo est√° Phil? ¬ópregunt√© r√°pidamente.

¬óEn Florida. ¬°Ay, Bella, nunca te lo hubieras imaginado! Llegaron las mejores noticias justo cuando est√°bamos a
punto de irnos.

¬ó ¬ŅHa firmado? ¬óaventur√©.

¬óS√≠. ¬ŅC√≥mo lo has adivinado? Ha firmado con los Suns, ¬Ņte lo puedes creer?

—Eso es estupendo, mamá —contesté con todo el entusiasmo que fui capaz de simular, aunque no tenía mucha idea
de a qué se estaba refiriendo.

—Jacksonville te va a gustar mucho —dijo efusivamente—. Me preocupé un poco cuando Phil empezó a hablar de
ir a Akron, con toda esa nieve y el mal tiempo, ya sabes cómo odio el frío. Pero ¡Jacksonville! Allí siempre luce el
sol, y en realidad la humedad no es tan mala. Hemos encontrado una casa de primera, de color amarillo con
molduras blancas, un porche idéntico al de las antiguas películas y un roble enorme. Está a sólo unos minutos del
oc√©ano y tendr√°s tu propio cuarto de ba√Īo...

—Aguarda un momento, mamá —la interrumpí. Edward mantuvo los ojos cerrados, pero parecía demasiado
crispado para poder dar la impresi√≥n de que estaba dormido¬ó¬ó. ¬ŅDe qu√© hablas? No voy a ir a Florida. Vivo en
Forks.

—Pero ya no tienes que seguir haciéndolo, tonta —se echó a reír—. Phil ahora va a poder estar más cerca... Hemos
hablado mucho al respecto y lo que voy a hacer es perderme los partidos de fuera para estar la mitad del tiempo
contigo y la otra mitad con él...

—Mamá —vacilé mientras buscaba la mejor forma de mostrarme diplomática—, quiero vivir en Forks. Ya me he
habituado al instituto y tengo un par de amigas... —ella miró a Edward mientras le hablaba de mis amigas, por lo
que busqué otro tipo de justificación—. Además, Charlie me necesita. Está muy solo y no sabe cocinar.

¬ó ¬ŅQuieres quedarte en Forks? ¬óme pregunt√≥ aturdida. La idea le resultaba inconcebible. Entonces volvi√≥ a posar
sus ojos en Edward¬ó. ¬ŅPor qu√©?

—Te lo digo... El instituto, Charlie... —me encogí de hombros. No fue una buena idea—. ¡Ay!

Sus manos revolotearon de forma indecisa encima de mí mientras encontraba un lugar adecuado para darme unas
palmaditas. Y lo hizo en la frente, que no estaba vendada.

¬óBella, cari√Īo, t√ļ odias Forks ¬óme record√≥.

¬óNo es tan malo.

Renée frunció el gesto. Miraba de un lado a otro, ora a Edward, ora a mí, en esta ocasión con detenimiento.

¬ó ¬ŅSe trata de este chico? ¬ósusurr√≥.

Abrí la boca para mentir, pero estaba estudiando mi rostro y supe que lo descubriría.

—En parte, sí —admití. No era necesario confesar la enorme importancia de esa parte—. Bueno ——pregunté—,
¬Ņno has tenido ocasi√≥n de hablar con Edward?

—Sí —vaciló mientras contemplaba su figura perfectamente inmóvil—, y quería hablar contigo de eso.

Oh, oh.

¬ó ¬ŅDe qu√©?

—Creo que ese chico está enamorado de ti —me acusó sin alzar el volumen de la voz.

—Eso creo yo también —le confié.

¬ó ¬ŅY qu√© sientes por √©l? ¬ómam√° apenas pod√≠a controlar la intensa curiosidad en la voz.

Suspiré y miré hacia otro lado. Por mucho que quisiera a mi madre, ésa no era una conversación que quisiera
sostener con ella.

—Estoy loca por él.

¡Ya estaba dicho! Eso se parecía demasiado a lo que diría una adolescente sobre su primer novio.

—Bueno, parece muy buena persona, y, ¡válgame Dios!, es increíblemente bien parecido, pero, Bella, eres tan
joven...

Hablaba con voz insegura. Hasta donde podía recordar, ésta era la primera vez que había intentado parecer investida
de autoridad materna desde que yo ten√≠a ocho a√Īos. Reconoc√≠ el razonable pero firme tono de voz de las
conversaciones que había tenido con ella sobre los hombres.

—Lo sé, mamá. No te preocupes. Sólo es un enamoramiento de adolescente —la tranquilicé.

—Está bien —admitió. Era fácil de contentar.

Entonces, suspiró y giró la cabeza para contemplar el gran reloj redondo de la pared.

¬ó ¬ŅTienes que marcharte?

Se mordió el labio.

—Se supone que Phil llamará dentro de poco... No sabía que ibas a despertar...

—No pasa nada, mamá —intenté disimular el alivio que sentía para no herir sus sentimientos—. No me quedo sola.

—Pronto estaré de vuelta. He estado durmiendo aquí, ya lo sabes —anunció, orgullosa de sí misma.

—Mamá, ¡no tenías por qué hacerlo! Podías dormir en casa. Ni siquiera me di cuenta.


El efecto de los calmantes en mi mente dificultaba mi concentración incluso en ese momento, aunque al parecer
había estado durmiendo durante varios días.

¬óEstaba demasiado nerviosa ¬óadmiti√≥ con verg√ľenza¬ó. Se ha cometido un delito en el vecindario y no me
gustaba quedarme ahí sola.

¬ó ¬ŅUn delito? ¬ópregunt√© alarmada.

—Alguien irrumpió en esa academia de baile que había a la vuelta de la esquina y la quemó hasta los cimientos...
¬°No ha quedado nada! Dejaron un coche robado justo en frente. ¬ŅTe acuerdas de cuando ibas a bailar all√≠, cari√Īo?

—Me acuerdo —me estremecí y acto seguido hice una mueca de dolor.

¬óMe puedo quedar, ni√Īa, si me necesitas.

¬óNo, mam√°, voy a estar bien. Edward estar√° conmigo.

Renée me miró como si ése fuera el motivo por el que quería quedarse.

—Estaré de vuelta a la noche.

Parecía mucho más una advertencia que una promesa, y miraba a Edward mientras pronunciaba esas palabras.

¬óTe quiero, mam√°.

—Y yo también, Bella. Procura tener más cuidado al caminar, cielo. No quiero perderte.

Edward continuó con los ojos cerrados, pero una enorme sonrisa se extendió por su rostro.

En ese momento entró animadamente una enfermera para revisar todos los tubos y goteros. Mi madre me besó en la
frente, me palmeó la mano envuelta en gasas y se marchó.

La enfermera estaba revisando la lectura del gr√°fico impreso por mi holter.

¬ó ¬ŅTe has sentido alterada, coraz√≥n? Hay un momento en que tu ritmo cardiaco ha estado un poco alto.

—Estoy bien —le aseguré.

—Le diré a la enfermera titulada que se encarga de ti que te has despertado. Vendrá a verte enseguida.

Edward estuvo a mi lado en cuanto ella cerró la puerta.

¬ó ¬ŅRobasteis un coche?

Arqueé las cejas y él sonrió sin el menor indicio de arrepentimiento.

¬óEra un coche estupendo, muy r√°pido.

¬ó ¬ŅQu√© tal tu siesta?

—Interesante —contestó mientras entrecerraba los ojos.

¬ó ¬ŅQu√© ocurre?

—Estoy sorprendido —bajó la mirada mientras respondía—. Creí que Florida y tu madre... Creí que era eso lo que
querías.

Le miré con estupor.

—Pero en Florida tendrías que permanecer dentro de una habitación todo el día. Sólo podrías salir de noche, como
un auténtico vampiro.

Casi sonrió, sólo casi. Entonces, su rostro se tornó grave.

—Me quedaría en Forks, Bella, allí o en otro lugar similar —explicó—. En un sitio donde no te pueda causar más
da√Īo.

Al principio, no entendí lo que pretendía decirme. Continué observándole con la mirada perdida mientras las
palabras iban encajando una a una en mi mente como en un horrendo puzzle. Apenas era consciente del sonido de
mi corazón al acelerarse, aunque sí lo fui del dolor agudo que me producían mis maltrechas costillas cuando
comencé a hiperventilar.

Edward no dijo nada. Contempló mi rostro con recelo cuando un dolor que no tenía nada que ver con mis huesos
rotos, uno infinitamente peor, amenazaba con aplastarme.

Otra enfermera entró muy decidida en ese momento. Edward se sentó, inmóvil como una estatua, mientras ella
evaluaba mi expresión con ojo clínico antes de volverse hacia las pantallas de los indicadores.

¬ó ¬ŅNo necesitas m√°s calmantes, cari√Īo? ¬ópregunt√≥ con amabilidad mientras daba peque√Īos golpecitos para
comprobar el gotero del suero.

—No, no —mascullé, intentando ahogar la agonía de mi voz—. No necesito nada.

No me podía permitir cerrar los ojos en ese momento.

—No hace falta que te hagas la valiente, cielo. Es mejor que no te estreses. Necesitas descansar —ella esperó, pero
me limité a negar con la cabeza—. De acuerdo. Pulsa el botón de llamada cuando estés lista.

Dirigió a Edward una severa mirada y echó otra ojeada ansiosa a los aparatos médicos antes de salir.

Edward puso sus frías manos sobre mi rostro. Le miré con ojos encendidos.

¬óShhh... Bella, c√°lmate.

—No me dejes —imploré con la voz quebrada.

—No lo haré —me prometió—. Ahora, relájate antes de que llame a la enfermera para que te sede.

Pero mi corazón no se serenó.


¬óBella ¬óme acarici√≥ el rostro con ansiedad¬ó. No pienso irme a ning√ļn sitio. Estar√© aqu√≠ tanto tiempo como me
necesites.

¬ó ¬ŅJuras que no me vas a dejar? ¬ósusurr√©.

Intenté controlar al menos el jadeo. Tenía un dolor punzante en las costillas. Edward puso sus manos sobre el lado
opuesto de mi cara y acercó su rostro al mío. Me contempló con ojos serios.

¬óLo juro.

El olor de su aliento me alivió. Parecía atenuar el dolor de mi respiración. Continuó sosteniendo mi mirada mientras
mi cuerpo se relajaba lentamente y el pitido recuperó su cadencia normal. Hoy, sus ojos eran oscuros, más cercanos
al negro que al dorado.

¬ó ¬ŅMejor? ¬óme pregunt√≥.

—Sí —dije cautelosa.

Sacudi√≥ la cabeza y murmur√≥ algo ininteligible. Cre√≠ entender las palabras ¬ęreacci√≥n exagerada¬Ľ.

¬ó ¬ŅPor qu√© has dicho eso? ¬óSusurr√© mientras intentaba evitar que me temblara la voz¬ó. ¬ŅTe has cansado de tener
que salvarme todo el tiempo? ¬ŅQuieres que me aleje de ti?

—No, no quiero estar sin ti, Bella, por supuesto que no. Sé racional. Y tampoco tengo problema alguno en salvarte
de no ser por el hecho de que soy yo quien te pone en peligro..., soy yo la razón por la que estás aquí.

¬óS√≠, t√ļ eres la raz√≥n ¬ótorc√≠ el gesto¬ó. La raz√≥n por la que estoy aqu√≠... viva.

¬óApenas ¬ódijo con un hilo de voz¬ó. Cubierta de vendas y escayola, y casi incapaz de moverte.

¬óNo me refer√≠a a la √ļltima vez en que he estado a punto de morir ¬órepuse con creciente irritaci√≥n¬ó. Estaba
pensando en las otras, puedes elegir cuál. Estaría criando malvas en el cementerio de Forks de no ser por ti.

Su rostro se crispó de dolor al oír mis palabras y la angustia no abandonó su mirada.

—Sin embargo, ésa no es la peor parte —continuó susurrando. Se comportó como si yo no hubiera hablado—. Ni
verte ahí, en el suelo, desmadejada y rota —dijo con voz ahogada—, ni pensar que era demasiado tarde, ni oírte
gritar de dolor... Podría haber llevado el peso de todos esos insufribles recuerdos durante el resto de la eternidad.
No, lo peor de todo era sentir, saber que no podría detenerme, creer que iba a ser yo mismo quien acabara contigo.

¬óPero no lo hiciste.

¬óPudo ocurrir con suma facilidad.

Sabía que necesitaba calmarme, pero estaba hablando para sí mismo de dejarme, y el pánico revoloteó en mis
pulmones, pugnando por salir.

—Promételo —susurré.

¬ó ¬ŅQu√©?

—Ya sabes el qué.

Había decidido mantener obstinado una negativa y yo me estaba empezando a enfadar. Apreció el cambio operado
en mi tono de voz y su mirada se hizo m√°s severa.

¬óAl parecer, no tengo la suficiente voluntad para alejarme de ti, por lo que supongo que tendr√°s que seguir tu
camino... Con independencia de que eso te mate o no ¬óa√Īadi√≥ con rudeza.

No me lo había prometido. Un hecho que yo no había pasado por alto. Contuve el pánico a duras penas. No me
quedaban fuerzas para controlar el enojo.

—Me has contado cómo lo evitaste... Ahora quiero saber por qué —exigí.

¬ó ¬ŅPor qu√©? ¬órepiti√≥ a la defensiva.

¬ó ¬ŅPor qu√© lo hiciste? ¬ŅPor qu√© no te limitaste a dejar que se extendiera la ponzo√Īa? A estas alturas, ser√≠a como t√ļ.

Los ojos de Edward parecieron volverse de un negro apagado. Entonces comprendí que jamás había tenido intención
de permitir que me enterase de aquello. Alice debía de haber estado demasiado preocupada por las cosas que
acababa de saber sobre su pasado o se había mostrado muy precavida con sus pensamientos mientras estuvo cerca
de Edward, ya que estaba muy claro que éste no sabía que ella me había iniciado en el conocimiento del proceso de
la conversión en vampiro. Estaba sorprendido y furioso. Bufó, y sus labios parecían cincelados en piedra.

No me iba a responder, eso estaba m√°s que claro.

—Soy— la primera en admitir que carezco de experiencia en las relaciones —dije—, pero parece lógico que entre
un hombre y una mujer ha de haber una cierta igualdad, uno de ellos no puede estar siempre lanz√°ndose en picado
para salvar al otro. Tienen que poder salvarse el uno al otro por igual.

Se cruzó de brazos junto a mi cama y apoyó en los míos su mentón con el rostro sosegado y la ira contenida.
Evidentemente, había decidido no enfadarse conmigo. Esperaba tener la oportunidad de avisar a Alice antes de que
los dos se pusieran al día en ese tema.

¬óT√ļ me has salvado ¬ódijo con voz suave.

—No puedo ser siempre Lois Lane —insistí—. Yo también quiero ser Superman.

¬óNo sabes lo que me est√°s pidiendo.

Su voz era dulce, pero sus ojos miraban fijamente la funda de la almohada.

—Yo creo que sí.


¬óBella, no lo sabes. Llevo casi noventa a√Īos d√°ndole vueltas al asunto, y sigo sin estar seguro

¬ó ¬ŅDesear√≠as que Carlisle no te hubiera salvado?

—No, eso no —hizo una pausa antes de continuar—. Pero mi vida terminó y no he empezado nada.

¬óT√ļ eres mi vida. Eres lo √ļnico que me doler√≠a perder.

Así, iba a tener más éxito. Resultaba fácil admitir lo mucho que le necesitaba.

Pero se mostraba muy calmado. Resuelto.

¬óNo puedo, Bella. No voy a hacerte eso.

¬ó ¬ŅPor qu√© no? ¬óten√≠a la voz ronca y las palabras no sal√≠an con el volumen que yo pretend√≠a¬ó. ¬°No me digas que
es demasiado duro! Después de hoy, supongo que en unos días... Da igual, después, eso no sería nada.

Me miró fijamente y preguntó con sarcasmo:

¬ó ¬ŅY el dolor?

Palidecí. No lo pude evitar. Pero procuré evitar que la expresión de mi rostro mostrara con qué nitidez recordaba la
sensación el fuego en mis venas.

¬ó√Čse es mi problema ¬ódije¬ó, podr√© soportarlo.

—Es posible llevar la valentía hasta el punto de que se convierta en locura.

¬óEso no es ning√ļn problema. Tres d√≠as. ¬°Qu√© horror!

Edward hizo una mueca cuando mis palabras le recordaron que estaba m√°s informada de lo que era su deseo. Le
miré conteniendo el enfado, contemplando cómo sus ojos adquirían un brillo más calculador.

¬ó ¬ŅY qu√© pasa con Charlie y Ren√©e? ¬óinquiri√≥ lac√≥nicamente.

Los minutos transcurrieron en silencio mientras me devanaba los sesos para responder a su pregunta. Abrí la boca
sin que saliera sonido alguno. La cerré de nuevo. Esperó con expresión triunfante, ya que sabía que yo no tenía
ninguna respuesta sincera.

—Mira, eso tampoco importa —musité al fin; siempre que mentía mi voz era tan poco convincente como en este
momento—. Renée ha efectuado las elecciones que le convenían... Querría que yo hiciera lo mismo. Charlie es de
goma, se recuperar√°, est√° acostumbrado a ir a su aire. No puedo cuidar de ellos para siempre, tengo que vivir mi
propia vida.

—Exactamente —me atajó con brusquedad—, y no seré yo quien le ponga fin.

—Si esperas a que esté en mi lecho de muerte, ¡tengo noticias para ti! ¡Ya estoy en él!

—Te vas a recuperar —me recordó.

Respiré hondo para calmarme, ignorando el espasmo de dolor que se desató. Nos miramos de hito en hito. En su
rostro no había el menor atisbo de compromiso.

—No —dije lentamente—. No es así.

Su frente se pobló de arrugas.

—Por supuesto que sí. Tal vez te queden un par de cicatrices, pero...

—Te equivocas —insistí—. Voy a morir.

—De verdad, Bella. Vas a salir de aquí en cuestión de días —ahora estaba preocupado—. Dos semanas a lo sumo.

Le miré.

¬óPuede que no muera ahora, pero alg√ļn d√≠a morir√©. Estoy m√°s cerca de ello a cada minuto que pasa. Y voy a
envejecer.

Frunci√≥ el ce√Īo cuando comprendi√≥ mis palabras al tiempo que cerraba los ojos y presionaba sus sienes con los
dedos.

—Se supone que la vida es así, que así es como debería ser, como hubiera sido de no existir yo, y yo no debería
existir.

Resoplé y él abrió los ojos sorprendido.

¬óEso es una estupidez. Es como si alguien a quien le ha tocado la loter√≠a dice antes de recoger el dinero: ¬ęMira,
dejemos las cosas como est√°n. Es mejor as√≠¬Ľ, y no lo cobra.

—Difícilmente se me puede considerar un premio de lotería.

¬óCierto. Eres mucho mejor.

Puso los ojos en blanco y esbozó una sonrisa forzada.

¬óBella, no vamos a discutir m√°s este tema. Me niego a condenarte a una noche eterna. Fin del asunto.

¬óMe conoces muy poco si te crees que esto se ha acabado ¬óle avise¬ó. No eres el √ļnico vampiro al que conozco.

El color de sus ojos se oscureció de nuevo.

—Alice no se atrevería.

Parecía tan aterrador que durante un momento no pude evitar creerlo. No concebía que alguien fuera tan valiente
como para cruzarse en su camino.

¬óAlice ya lo ha visto, ¬Ņverdad? ¬óaventur√©¬ó. Por eso te perturban las cosas que te dice. Sabe que alg√ļn d√≠a voy a
ser como t√ļ...

—Ella también se equivoca. Te vio muerta, pero eso tampoco ha sucedido.


¬óJam√°s me ver√°s apostar contra Alice.

Estuvimos mir√°ndonos largo tiempo, sin m√°s ruido que el zumbido de las m√°quinas, el pitido, el goteo, el tictac del
gran reloj de la pared... Al final, la expresión de su rostro se suavizó.

¬óBueno ¬óle pregunt√©¬ó, ¬Ņd√≥nde nos deja eso?

Edward se rió forzadamente entre dientes.

¬óCreo que se llama punto muerto.

Suspiré.

— ¡Ay! —musité.

¬ó ¬ŅC√≥mo te encuentras? ¬ópregunt√≥ con un ojo puesto en el bot√≥n de llamada.

—Estoy bien —mentí.

¬óNo te creo ¬órepuso amablemente.

¬óNo me voy a dormir de nuevo.

¬óNecesitas descansar. Tanto debate no es bueno para ti.

—Así que te rindes —insinué.

¬óBuen intento.

Alargó la mano hacia el botón.

¬ó ¬°No!

Me ignoró.

¬ó ¬ŅS√≠? ¬ógrazn√≥ el altavoz de la pared.

—Creo que es el momento adecuado para más sedantes —dijo con calma, haciendo caso omiso de mi expresión
furibunda.

—Enviaré a la enfermera —fue la inexpresiva contestación.

—No me los voy a tomar —prometí.

Buscó con la mirada las bolsas de los goteros que colgaban junto a mi cama.

¬óNo creo que te vayan a pedir que te tragues nada.

Comenzó a subir mi ritmo cardiaco. Edward leyó el pánico en mis ojos y suspiró frustrado.

¬óBella, tienes dolores y necesitas relajarte para curarte. ¬ŅPor qu√© lo pones tan dif√≠cil? Ya no te van a poner m√°s
agujas.

—No temo a las agujas —mascullé—, tengo miedo a cerrar los ojos.

Entonces, él esbozó esa sonrisa picara suya y tomó mi rostro entre sus manos.

—Te dije que no iba a irme a ninguna parte. No temas, estaré aquí mientras eso te haga feliz.

Le devolví la sonrisa e ignoré el dolor de mis mejillas.

¬óEntonces, es para siempre, ya lo sabes.

—Vamos, déjalo ya. Sólo es un enamoramiento de adolescente.

Sacudí la cabeza con incredulidad y me mareé al hacerlo.

¬óMe sorprendi√≥ que Ren√©e se lo tragara. S√© que t√ļ me conoces mejor.

¬óEso es lo hermoso de ser humano ¬óme dijo¬ó. Las cosas cambian.

Se me cerraron los ojos.

—No te olvides de respirar —le recordé.

Seguía riéndose cuando la enfermera entró blandiendo una jeringuilla.

—Perdón —dijo bruscamente a Edward, que se levantó y cruzó la habitación hasta llegar al extremo opuesto, donde
se apoyó contra la pared.

Se cruz√≥ de brazos y esper√≥. Mantuve los ojos fijos en √©l, a√ļn con aprensi√≥n. Sostuvo mi mirada con calma.

¬óYa est√°, cielo ¬ódijo la enfermera con una sonrisa mientras inyectaba las medicinas en la bolsa del gotero¬ó.
Ahora te vas a sentir mejor.

—Gracias —murmuré sin entusiasmo.

Las medicinas actuaron enseguida. Noté cómo la somnolencia corría por mis venas casi de inmediato.

—Esto debería conseguirlo —contestó ella mientras se me cerraban los párpados.

Luego, debió de marcharse de la habitación, ya que algo frío y liso me acarició el rostro.

—Quédate —dije con dificultad.

—Lo haré —prometió. Su voz sonaba tan hermosa como una canción de cuna— Como te dije, me quedaré mientras
eso te haga feliz, todo el tiempo que eso sea lo mejor para ti.

Intenté negar con la cabeza, pero me pesaba demasiado.

—No es lo mismo —mascullé.

Se echó a reír.

¬óNo te preocupes de eso ahora, Bella. Podremos discutir cuando despiertes.

Creo que sonreí.

¬óVale.


Sentí sus labios en mi oído cuando susurró:

¬óTe quiero.

—Yo, también.

—Lo sé —se rió en voz baja.

Ladeé levemente la cabeza en busca de... adivinó lo que perseguía y sus labios rozaron los míos con suavidad.

—Gracias —suspiré.

¬óSiempre que quieras.

En realidad, estaba perdiendo la consciencia por mucho que luchara, cada vez más débilmente, contra el sopor. Sólo
había una cosa que deseaba decirle.

¬ó ¬ŅEdward? ¬ótuve que esforzarme para pronunciar su nombre con claridad.

¬ó ¬ŅS√≠?

¬óVoy a apostar a favor de Alice.

Y entonces, la noche se me echó encima.



EPILOGO

Una ocasión especial



Edward me ayudó a entrar en su coche. Prestó especial atención a las tiras de seda que adornaban mí vestido de
gasa, las flores que él me acababa de poner en los rizos, cuidadosamente peinados, y la escayola, de tan difícil
manejo. Ignoró la mueca de enfado de mis labios.

Se sentó en el asiento del conductor después de que me hubo instalado y recorrió el largo y estrecho camino de
salida.

¬ó ¬ŅCu√°ndo tienes pensado decirme de qu√© va todo esto? ¬órefunfu√Ī√© quejosa; odio las sorpresas de todo coraz√≥n, y
él lo sabía.

¬óMe sorprende que a√ļn no lo hayas adivinado ¬óme lanz√≥ una sonrisa burlona, y el aliento se me atasc√≥ en la
garganta. ¬ŅEs que nunca me iba a acostumbrar a un ser tan perfecto?

¬óYa te he dicho lo guapo que est√°s, ¬Ņno? ¬óme asegur√©.

—Sí.

Volvió a sonreír. Hasta ese instante, jamás le había visto vestido de negro, y el contraste con la piel pálida convertía su belleza en algo totalmente irreal. No había mucho que pudiera ocultar, me ponía nerviosa incluso el hecho de que llevara un traje de etiqueta...

... Aunque no tanto como mi propio vestido, o los zapatos. En realidad, un solo zapato, porque a√ļn ten√≠a escayolado y protegido el otro pie. Sin duda, el tac√≥n fino, sujeto al pie s√≥lo por unos lazos de sat√©n, no iba a ayudarme mucho cuando intentara cojear por ah√≠.

—No voy a volver más a tu casa si Alice y Esme siguen tratándome como a una Barbie, como a una cobaya cada vez que venga —rezongué.

Estaba segura de que no podía salir nada bueno de nuestras indumentarias formales. A menos que..., pero me asustaba expresar en palabras mis suposiciones, incluso pensarlas.

Me distrajo entonces el timbre de un tel√©fono. Edward sac√≥ el m√≥vil del bolsillo interior de la chaqueta y r√°pidamente mir√≥ el n√ļmero de la llamada entrante antes de contestar.

—Hola, Charlie —contestó con prevención.

¬ó ¬ŅCharlie? ¬ópregunt√© con p√°nico.

La experiencia vivida hacía ahora ya más de dos meses había tenido sus consecuencias. Una de ellas era que me había vuelto hipersensible en mi relación con la gente que amaba. Había intercambiado los roles naturales de madre e hija con Renée, al menos en lo que se refería a mantener contacto con ella. Si no podía hacerlo a diario a través del correo electrónico y, aunque sabía que era innecesario pues ahora era muy feliz en Jacksonville, no descansaba hasta llamarla y hablar con ella.

Y todos los días, cuando Charlie se iba a trabajar, le decía adiós con más ansiedad de la necesaria.

Sin embargo, la cautela de la voz de Edward era harina de otro costal. Charlie se había puesto algo difícil desde que regresé a Forks. Mi padre había adoptado dos posturas muy definidas respecto a mi mala experiencia. En lo que se refería a Carlisle, sentía un agradecimiento que rayaba en la adoración. Por otro lado, se obstinaba en responsabilizar a Edward como principal culpable porque yo no me hubiera ido de casa de no ser por él. Y Edward estaba lejos de contradecirle. Durante los siguientes días fueran apareciendo reglas antes inexistentes, como toques de queda... y horarios de visita.

Edward se lade√≥ para mirarme al notar la preocupaci√≥n en mi voz. Su rostro estaba tranquilo, lo cual suaviz√≥ mi s√ļbita e irracional ansiedad. A pesar de eso, sus ojos parec√≠an tocados por alguna pena especial. Entendi√≥ el motivo de mi reacci√≥n, y sigui√≥ sinti√©ndose responsable de cuanto me suced√≠a.


Algo que le estaba diciendo Charlie le distrajo de sus taciturnos pensamientos. Sus ojos dilatados por la incredulidad me hicieron estremecer de miedo hasta que una amplia sonrisa le iluminó el rostro.

— ¡Me estás tomando el pelo! —rió.

¬ó ¬ŅQu√© pasa? ¬óinquir√≠, ahora curiosa.

Me ignoró.

¬ó ¬ŅPor qu√© no me dejas que hable con √©l? ¬ósugiri√≥ con evidente placer. Esper√≥ durante unos segundos.

—Hola, Tyler; soy Edward Cullen —saludó muy educado, al menos en apariencia, pero yo ya le conocía lo bastante para detectar el leve rastro de amenaza en su tono.

¬ŅQu√© hac√≠a Tyler en mi casa? Ca√≠ en la cuenta de la terrible verdad poco a poco. Baj√© la vista para contemplar el elegante traje azul oscuro en el que Alice me hab√≠a metido.

¬óLamento que se haya producido alg√ļn tipo de malentendido, pero Bella no est√° disponible esta noche ¬óel tono de su voz cambi√≥, y la amenaza de repente se hizo m√°s evidente mientras segu√≠a hablando¬ó. Para serte totalmente sincero, ella no va a estar disponible ninguna noche para cualquier otra persona que no sea yo. No te ofendas. Y lamento estropearte la velada ¬ódijo, pero lo cierto es que no sonaba como si no lo sintiera en absoluto.

Cerr√≥ el tel√©fono con un golpe mientras se extend√≠a por su rostro una ancha y est√ļpida sonrisa.

Mi rostro y mi cuello enrojecieron de ira. Notaba cómo las lágrimas producidas por la rabia empezaban a llenarme los ojos.

Me miró sorprendido.

¬ó ¬ŅMe he extralimitado algo al final? No quer√≠a ofenderte.

Pasé eso por alto.

— ¡Me llevas al baile de fin de curso! —grité furiosa.

Para verg√ľenza m√≠a, era bastante obvio. Estaba segura de que me hubiera dado cuenta de la fecha de los carteles que decoraban los edificios del instituto de haber prestado un poco de atenci√≥n, pero ni en sue√Īos se me pas√≥ por la imaginaci√≥n que Edward pensara hacerme pasar por esto, ¬Ņes que no me conoc√≠a de nada?

No esperaba una reacción tan fuerte, eso estaba claro. Apretó los labios y estrechó los ojos.

—No te pongas difícil, Bella.

Eché un vistazo por la ventanilla. Estábamos ya a mitad de camino del instituto.

¬ó ¬ŅPor qu√© me haces esto? ¬ópregunt√© horrorizada.

¬óFrancamente, Bella, ¬Ņqu√© otra cosa cre√≠as que √≠bamos a hacer? se√Īal√≥ su traje de etiqueta con un gesto de la mano.

Estaba avergonzada. Primero, por no darme cuenta de lo evidente, y luego por haberme pasado de la raya con las vagas sospechas —expectativas, más bien— que habían ido tomando forma en mi mente a lo largo del día conforme Alice y Esme intentaban transformarme en una reina de la belleza. Mis esperanzas, a medias temidas, parecían ahora estupideces.

Hab√≠a adivinado que se estaba cociendo alg√ļn acontecimiento, pero ¬°el baile de fin de curso! Era lo √ļltimo que se me hubiera ocurrido.

Recordé consternada que, contra mi costumbre, hoy llevaba puesto rimel, por lo que me restregué rápidamente debajo de los ojos para evitar los manchurrones. Sin embargo, tenía los dedos limpios cuando retiré la mano; Alice debía haber usado una máscara resistente al agua al maquillarme, seguramente porque intuía que algo así iba a suceder.

¬óEsto es completamente rid√≠culo. ¬ŅPor qu√© lloras? ¬ópregunt√≥ frustrado.

¬ó ¬°Porque estoy loca!

¬óBella...

Dirigió contra mí toda la fuerza de sus ojos dorados, llenos de reproche.

¬ó ¬ŅQu√©? ¬ómurmur√©, s√ļbitamente distra√≠da.

—Hazlo por mí —insistió.

Sus ojos derritieron toda mi furia. Era imposible luchar con √©l cuando hac√≠a ese tipo de trampas. Me rend√≠ a rega√Īadientes.

—Bien —contesté con un mohín, incapaz de echar fuego por los ojos con la eficacia deseada—. Me lo tomaré con calma. Pero ya verás —advertí—. En mi caso, la mala suerte se está convirtiendo en un hábito. Seguramente me romperé la otra pierna. ¡Mira este zapato! ¡Es una trampa mortal! —levanté la pierna para reforzar la idea.

—Humm —miró atentamente mi pierna más tiempo del necesario—. Recuérdame que le dé las gracias a Alice esta noche.

¬ó ¬ŅAlice va a estar all√≠? ¬óeso me consol√≥ un poco.

—Con Jasper, Emmett... y Rosalie —admitió él.

Desapareció la sensación de alivio, ya que mi relación con Rosalie no avanzaba. Me llevaba bastante bien con su marido de quita y pon. Emmett me tenía por una persona divertidísima, pero ella actuaba como si yo no existiera.
Mientras sacudía la cabeza para modificar el curso de mis pensamientos, me acordé de otra cosa.

¬ó ¬ŅEstaba Charlie al tanto de esto? ¬ópregunt√©, repentinamente recelosa.


—Claro —esbozó una amplia sonrisa; luego empezó a reírse entre dientes—. Aunque Tyler, al parecer, no.

Me rechinaron los dientes. No entendía cómo Tyler se había creado esas falsas expectativas. Excepto en los pocos días soleados, Edward y yo éramos inseparables en el instituto, donde Charlie no podía interferir.

Para entonces ya habíamos llegado al instituto. Un coche destacaba entre todos los demás del aparcamiento, el descapotable rojo de Rosalie. Hoy, las nubes eran finas y algunos rayos de sol se filtraban lejos, al oeste.

Se bajó del coche y lo rodeó para abrirme la puerta. Luego, me tendió la mano.

Me quedé sentada en mi asiento, obstinada, con los brazos cruzados. Sentía una secreta punzada de satisfacción, ya que el aparcamiento estaba atestado de gente vestida de etiqueta: posibles testigos. No podría sacarme a la fuerza del coche como habría hecho de estar solos.

Suspiró.

—Hay que ver, eres valiente como un león cuando alguien quiere matarte, pero cuando se menciona el baile... —
sacudió la cabeza.

Tragué saliva. Baile.

¬óBella, no voy a dejar que nada te haga da√Īo, ni siquiera t√ļ misma. Te prometo que voy a estar contigo todo el
tiempo.

Lo pensé un poco, y de repente me sentí mucho mejor. Edward lo notó en mi semblante.

—Así que ahora... —dijo con dulzura—. No puede ser tan malo.

Se inclinó y me pasó un brazo por la cintura, me apoyé en su otra mano y dejé que me sacara del coche.

En Phoenix celebran los bailes de fin de curso en el sal√≥n de recepciones de los hoteles; sin embargo, aqu√≠, el baile se hace en el gimnasio, por supuesto. Seguro que deb√≠a de ser la √ļnica sala lo bastante amplia en la ciudad para poder organizar un baile. Cuando entramos, me dio la risa tonta. Hab√≠a por todos lados arcos con globos y las paredes estaban festoneadas con guirnaldas de papel de seda.

—Parece un escenario listo para rodar una película de terror —me reí por lo bajo.

—Bueno —murmuró él mientras nos acercábamos lentamente hacia la mesa de las entradas. Edward soportaba la mayor parte de mi peso, pero aun así yo debía caminar arrastrando los pies y cojeando—, desde luego hay vampiros presentes más que de sobra.

Contempl√© la pista de baile; se hab√≠a abierto un espacio vac√≠o en el centro, donde dos parejas daban vueltas con gracia. Los otros bailarines se hab√≠an apartado hacia los lados de la habitaci√≥n para concederles espacio, ya que nadie se sent√≠a capaz de competir ante tal exhibici√≥n. Nadie pod√≠a igualar la elegancia de Emmett y Jasper, que vest√≠an trajes de etiqueta cl√°sicos. Alice luc√≠a un llamativo vestido de sat√©n negro con cortes geom√©tricos que dejaba al aire grandes tri√°ngulos de n√≠vea piel p√°lida. Y Rosalie era... bueno, era Rosalie. Estaba incre√≠ble. Su ce√Īido vestido de vivido color p√ļrpura mostraba un gran escote que llegaba hasta la cintura y dejaba la espalda totalmente al descubierto, y a la altura de las rodillas se ensanchaba en una amplia cola rizada. Me dieron pena todas las chicas de la habitaci√≥n, incluy√©ndome yo.

¬ó ¬ŅQuieres que eche el cerrojo a las puertas mientras masacras a todos estos incautos pueblerinos? ¬ósusurr√© como si urdi√©ramos alguna conspiraci√≥n.

Edward me miró.

¬ó ¬ŅY de parte de qui√©n te pondr√≠as t√ļ?

—Oh, me pondría de parte de los vampiros, por supuesto.

Sonrió con renuencia.

¬óCualquier cosa con tal de no bailar.

¬óLo que sea.

Compró las entradas y nos dirigimos hacia la pista de baile. Me apreté asustada contra su brazo y empecé a arrastrar los pies.

—Tengo toda la noche —me advirtió.

Al final, me llev√≥ hasta el lugar donde su familia bailaba con elegancia, por cierto, en un estilo totalmente inapropiado para esta m√ļsica y esta √©poca. Los mir√© espantada.

—Edward —tenía la garganta tan seca que sólo conseguía hablar en susurros—. De verdad, no puedo bailar.

Sentí que el pánico rebullía en mi interior.

—No te preocupes, tonta —me contestó con un hilo de voz—. Yo sí puedo —colocó mis brazos alrededor de su cuello, me levantó en vilo y deslizó sus pies debajo de los míos.

Y de repente, nosotros también estuvimos dando vueltas en la pista de baile.

¬óMe siento como si tuviera cinco a√Īos ¬óme re√≠ despu√©s de bailar el vals sin esfuerzo alguno durante varios minutos.

—No los aparentas —murmuró Edward al tiempo que me acercaba a él hasta tener la sensación de que mis pies habían despegado del suelo y flotaban a más de medio metro.

Alice atrajo mi atención en una de las vueltas y me sonrió para infundirme valor. Le devolví la sonrisa. Me sorprendió darme cuenta de que realmente estaba disfrutando, aunque fuera sólo un poco.


—De acuerdo, esto no es ni la mitad de malo de lo que pensaba —admití.

Pero Edward miraba hacia las puertas con rostro enojado.

¬ó ¬ŅQu√© pasa? ¬ópregunt√© en voz alta.

Aunque estaba desorientada después de dar tantas vueltas, seguí la dirección de su mirada hasta ver lo que le perturbaba. Jacob Black, sin traje de etiqueta, pero con una camisa blanca de manga larga y corbata, y el pelo recogido en su sempiterna coleta, cruzaba la pista de baile hacia nosotros.

Después de que pasara la primera sorpresa al reconocerlo, no pude evitar sentirme mal por el pobre Jacob. Parecía realmente incómodo, casi de una forma insoportable. Tenía una expresión de culpabilidad cuando se encontraron nuestras miradas.

Edward gru√Ī√≥ muy bajito.

— ¡Compórtate! —susurré.

La voz de Edward sonó cáustica.

¬óQuiere hablar contigo.

En ese momento, Jacob lleg√≥ a nuestra posici√≥n. La verg√ľenza y la disculpa se evidenciaron m√°s en su rostro.

—Hola, Bella, esperaba encontrarte aquí —parecía como si realmente hubiera esperado justo lo contrario, aunque su sonrisa era tan cálida como siempre.

¬óHola, Jacob ¬ósonre√≠ a mi vez¬ó. ¬ŅQu√© quieres?

¬ó ¬ŅPuedo interrumpir? ¬ópregunt√≥ indeciso mientras observaba a Edward por primera vez.

Me sorprendió descubrir que Jacob no necesitaba alzar los ojos para mirar a Edward. Debía de haber crecido más de diez centímetros desde que le vi por vez primera.

El rostro de Edward, de expresión ausente, aparentaba serenidad. En respuesta se limitó a depositarme con cuidado en el suelo y retroceder un paso.

¬óGracias ¬ódijo Jacob amablemente.

Edward se limitó a asentir mientras me miraba atentamente antes de darme la espalda y marcharse.

Jacob me rodeó la cintura con las manos y yo apoyé mis brazos en sus hombros.

¬ó ¬°Hala, Jacob! ¬ŅCu√°nto mides ahora?

—Metro ochenta y ocho —contestó pagado de sí mismo.

No bail√°bamos de verdad, ya que mi pierna lo imped√≠a. Nos balanceamos desma√Īadamente de un lado a otro sin mover los pies. Menos mal, porque el reciente estir√≥n le hab√≠a dejado un aspecto desgarbado y de miembros descoordinados, y probablemente era un bailar√≠n tan malo como yo.

¬óBueno, ¬Ņy c√≥mo es que has terminado viniendo por aqu√≠ esta noche? ¬ópregunt√© sin verdadera curiosidad.

Me hacía una idea aproximada si tenía en cuenta cuál había sido la reacción de Edward.

¬ó ¬ŅPuedes creerte que mi padre me ha pagado veinte pavos por venir a tu baile de fin de curso? ¬óadmiti√≥ un poco avergonzado.

¬óClaro que s√≠ ¬ómusit√©¬ó. Bueno, espero que al menos lo est√©s pasando bien. ¬ŅHas visto algo que te haya gustado? ¬óbrome√© mientras dirig√≠a una mirada cargada de intenci√≥n a un grupo de chicas alineadas contra la pared como tartas en una pasteler√≠a.

—Sí —admitió—, pero está comprometida.

Miró hacia bajo para encontrarse con mis ojos llenos de curiosidad durante un segundo. Luego, avergonzados, los dos miramos hacia otro lado.

¬óA prop√≥sito, est√°s realmente guapa ¬óa√Īadi√≥ con timidez.

¬óVaya, gracias. ¬ŅY por qu√© te pag√≥ Billy para que vinieras? ¬ópregunt√© r√°pidamente, aunque conoc√≠a la respuesta.

A Jacob no pareció hacerle mucha gracia el cambio de tema. Siguió mirando a otro lado, incómodo otra vez.

¬óDijo que era un lugar ¬ęseguro¬Ľ para hablar contigo. Te prometo que al viejo se le est√° yendo la cabeza.

Me uní a su risa con desgana.

—De todos modos, me prometió conseguirme el cilindro maestro que necesito si te daba un mensaje —confesó con una sonrisa avergonzada.

—En ese caso, dámelo. Me gustaría que lograras terminar tu coche —le devolví la sonrisa.

Al menos, Jacob no creía ni una palabra de las viejas leyendas, lo que facilitaba la situación. Apoyado contra la pared, Edward vigilaba mi rostro, pero mantenía el suyo inexpresivo. Vi cómo una chica de segundo con un traje rosa le miraba con interés y timidez, pero él no pareció percatarse.

¬óNo te enfades, ¬Ņvale? ¬óJacob mir√≥ a otro lado, con aspecto culpable.

—No es posible que me enfade contigo, Jacob —le aseguré—. Ni siquiera voy a enfadarme con Billy. Di lo que tengas que decir.

¬óBueno, es un tanto est√ļpido... Lo siento, Bella, pero quiere que dejes a tu novio. Me dijo que te lo pidiera ¬ępor favor¬Ľ.

Sacudió la cabeza con ademán disgustado.

¬óSigue con sus supersticiones, ¬Ņverdad?


¬óS√≠. Se vio abrumado cuando te hiciste da√Īo en Phoenix. No se crey√≥ que... ¬óJacob no termin√≥ la frase, sin ser consciente de ello.

—Me caí —le atajé mientras entrecerraba los ojos.

—Lo sé —contestó Jacob con rapidez.

—Billy cree que Edward tuvo algo que ver con el hecho de que me hiriera —no era una pregunta, y me enfadé a pesar de mi promesa.

Jacob rehuy√≥ mi mirada. Ni siquiera nos molest√°bamos ya en seguir el comp√°s de la m√ļsica, aunque sus manos segu√≠an en mi cintura y yo ten√≠a las m√≠as en sus hombros.

¬óMira, Jacob, s√© que probablemente Billy no se lo va a creer, pero quiero que al menos t√ļ lo sepas ¬óme mir√≥ ahora, notando la nueva seriedad que destilaba mi voz¬ó. En realidad, Edward me salv√≥ la vida. Hubiera muerto de no ser por √©l y por su padre.

—Lo sé —aseguró.

Parecía que la sinceridad de mis palabras le había convencido en parte y, después de todo, tal vez Jacob consiguiera
convencer a su padre, al menos en ese punto.

—Jake, escucha, lamento que hayas tenido que hacer esto —me disculpé—. En cualquier caso, ya has cumplido con
tu tarea, ¬Ņde acuerdo?

—Sí —musitó. Seguía teniendo un aspecto incómodo y enfadado.

¬ó ¬ŅHay m√°s? ¬ópregunt√© con incredulidad.

—Olvídalo —masculló—. Conseguiré un trabajo y ahorraré el dinero por mis propios medios.

Clavé los ojos en él hasta que nuestras miradas se encontraron. —Suéltalo y ya está, Jacob.

¬óEs bastante desagradable.

—No te preocupes. Dímelo —insistí.

¬óVale... Pero, ostras, es que suena tan mal... ¬ómovi√≥ la cabeza¬ó. Me pidi√≥ que te dijera, pero no que te advirtiera... ¬ólevant√≥ una mano de mi cintura y dibuj√≥ en el aire unas comillas¬ó: ¬ęEstaremos vigilando¬Ľ. El plural es suyo, no m√≠o.

Aguardó mi reacción con aspecto circunspecto.

Se parecía tanto a la frase de una película de mafiosos que me eché a reír.

¬óSiento que hayas tenido que hacer esto, Jake.

Me reí con disimulo.

¬óNo me ha importado demasiado ¬ósonri√≥ aliviado mientras evaluaba con la mirada mi vestido¬ó. Entonces, ¬Ņle puedo decir que me has contestado que deje de meterse en tus asuntos de una vez? ¬ópregunt√≥ esperanzado.

—No —suspiré—. Agradéceselo de mi parte. Sé que lo hace por mi bien.

La canción terminó y bajé los brazos.

Sus manos dudaron un momento en mi cintura y luego mir√≥ a mi pierna in√ļtil.

¬ó ¬ŅQuieres bailar otra vez, o te llevo a alg√ļn lado?

—No es necesario, Jacob —respondió Edward por mí—. Yo me hago cargo.

Jacob se sobresaltó y miró con los ojos como platos a Edward, que estaba justo a nuestro lado.

—Eh, no te he oído llegar —masculló—. Espero verte por ahí, Bella —dio un paso atrás y saludó con la mano de mala gana.

Sonreí.

¬óClaro, nos vemos luego.

¬óLo siento ¬óa√Īadi√≥ antes de darse la vuelta y encaminarse hacia la puerta.

Los brazos de Edward me tomaron por la cintura en cuanto empezó la siguiente canción. Parecía de un ritmo algo rápido para bailar lento, pero a él no pareció importarle. Descansé la cabeza sobre su pecho, satisfecha.

¬ó ¬ŅTe sientes mejor? ¬óle tom√© el pelo.

—No del todo —comentó con parquedad.

—No te enfades con Billy —suspiré—. Se preocupa por mí sólo por el bien de Charlie. No es nada personal.

—No estoy enfadado con Billy —me corrigió con voz cortante—, pero su hijo me irrita.

Eché la cabeza hacia atrás para mirarle. Estaba muy serio.

¬ó ¬ŅPor qu√©?

¬óEn primer lugar, me ha hecho romper mi promesa.

Le miré confundida, y él esbozó una media sonrisa cuando me explicó:

—Te prometí que esta noche estaría contigo en todo momento.

¬óAh. Bueno, quedas perdonado.

¬óGracias ¬óEdward frunci√≥ el ce√Īo¬ó. Pero hay algo m√°s.

Esperé pacientemente.

¬óTe llam√≥ guapa ¬óprosigui√≥ al fin, acentuando m√°s el ce√Īo fruncido¬ó. Y eso es pr√°cticamente un insulto con el aspecto que tienes hoy. Eres mucho m√°s que hermosa.


Me reí.

¬óTu punto de vista es un poco parcial.

¬óNo lo creo. Adem√°s, tengo una vista excelente.

Continuamos dando vueltas en la pista. Llevaba mis pies con los suyos y me estrechaba cerca de él.

¬ó ¬ŅVas a explicarme ya el motivo de todo esto? ¬óle pregunt√©.

Me buscó con la mirada y me contempló confundido. Yo lancé una significativa mirada hacia las guirnaldas de papel.

Se detuvo a considerarlo durante un instante y luego cambi√≥ de direcci√≥n. Me condujo a trav√©s del gent√≠o hacia la puerta trasera del gimnasio. De soslayo, vi bailar a Mike y Jessica, que me miraban con curiosidad. Jessica me salud√≥ con la mano y de inmediato le respond√≠ con una sonrisa. √Āngela tambi√©n se encontraba all√≠, en los brazos del peque√Īo Ben Cheney; parec√≠a dichosa y feliz sin levantar la vista de los ojos de √©l, era una cabeza m√°s bajo que ella.
Lee y Samantha, Lauren, acompa√Īada por Conner, tambi√©n nos miraron. Era capaz de recordar los nombres de todos aquellos que pasaban delante de m√≠ a una velocidad de v√©rtigo. De pronto, nos encontramos fuera del gimnasio, a la suave y fresca luz de un crep√ļsculo mortecino.

Me tom√≥ en brazos en cuanto estuvimos a solas. Atravesamos el umbr√≠o jard√≠n sin detenernos hasta llegar a un banco debajo de los madro√Īos. Se sent√≥ all√≠, acun√°ndome contra su pecho. Visible a trav√©s de las vaporosas nubes, la luna luc√≠a ya en lo alto e iluminaba con su n√≠vea luz el rostro de Edward. Sus facciones eran severas y ten√≠a los ojos turbados.

¬ó ¬ŅQu√© te preocupa? ¬óle interrump√≠ con suavidad.

Me ignoró sin apartar los ojos de la luna.

¬óEl crep√ļsculo, otra vez ¬ómurmur√≥¬ó. Otro final. No importa lo perfecto que sea el d√≠a, siempre ha de acabar.

—Algunas cosas no tienen por qué terminar —musité entre dientes, de repente tensa.

Suspiró.

¬óTe he tra√≠do al baile ¬ódijo arrastrando las palabras y contestando finalmente a mi pregunta¬ó, porque no deseo que te pierdas nada, ni que mi presencia te prive de nada si est√° en mi mano. Quiero que seas humana, que tu vida contin√ļe como lo habr√≠a hecho si yo hubiera muerto en 1918, tal y como deber√≠a haber sucedido.

Me estremecí al oír sus palabras y luego sacudí la cabeza con enojo.

¬ó ¬ŅY en qu√© extra√Īa dimensi√≥n paralela habr√≠a asistido al baile alguna vez por mi propia voluntad? Si no fueras cien veces m√°s fuerte que yo, nunca habr√≠as conseguido traerme.

Esbozó una amplia sonrisa, pero la alegría de esa sonrisa no llegó a los ojos.

¬óT√ļ misma has reconocido que no ha sido tan malo.

¬óPorque estaba contigo.

Permanecimos inmóviles durante un minuto. Edward contemplaba la luna, y yo a él. Deseaba encontrar la forma de explicarle qué poco interés tenía yo en llevar un vida humana normal.

¬ó ¬ŅMe contestar√°s si te pregunto algo? ¬óinquiri√≥, mir√°ndome con una sonrisa suave.

¬ó ¬ŅNo lo hago siempre?

—Prométeme que lo harás —insistió, sonriente.

¬óDe acuerdo ¬ósupe que iba a arrepentirme muy pronto.

—Parecías realmente sorprendida cuando te diste cuenta de que te traía aquí —comenzó.

—Lo estaba —le interrumpí.

¬óExacto ¬óadmiti√≥¬ó, pero algo tendr√≠as que suponer. Siento curiosidad... ¬ŅPara qu√© pensaste que nos vest√≠amos de esta forma?

Sí, me arrepentí de inmediato. Fruncí los labios, dubitativa.

—No quiero decírtelo.

—Lo has prometido —objetó.

—Lo sé.

¬ó ¬ŅCu√°l es el problema?

Me di cuenta de que √©l cre√≠a que lo que me imped√≠a hablar era simplemente la verg√ľenza.

¬óCreo que te vas a enfadar o entristecer.

Enarcó las cejas mientras lo consideraba.

¬óDe todos modos, quiero saberlo. Por favor.

Suspir√©. √Čl aguardaba mi contestaci√≥n.

¬óBueno, supuse que iba a ser una especie de... ocasi√≥n especial. Ni se me pas√≥ por la cabeza que fuera algo tan humano y com√ļn como... ¬°un baile de fin de curso! ¬óme burl√©.

¬ó ¬ŅHumano? ¬ópregunt√≥ cansinamente.

Había captado la palabra clave a la primera. Observé mi vestido mientras jugueteaba nerviosamente con un hilo suelto de gasa. Edward esperó en silencio mi respuesta.


—De acuerdo —confesé atropelladamente—, albergaba la esperanza de que tal vez hubieras cambiado de idea y que, después de todo, me transformaras.

Una decena de sentimientos encontrados recorrieron su rostro. Reconocí algunos, como la ira y el dolor, y, después de que se hubo serenado, la expresión de sus facciones pareció divertida.

¬óPensaste que ser√≠a una ocasi√≥n para vestirse de tiros largos, ¬Ņa que s√≠? ¬óse burl√≥, tocando la solapa de la chaqueta de su traje de etiqueta.

Torc√≠ el gesto para ocultar mi verg√ľenza.

—No sé cómo van esas cosas; al menos, a mí me parecía más racional que un baile de fin de curso —Edward seguía sonriendo—. No es divertido —le aseguré.

—No, tienes razón, no lo es —admitió mientras se desvanecía su sonrisa—. De todos modos, prefiero tomármelo como una broma antes que pensar que lo dices en serio.

¬óLo digo en serio.

Suspiró profundamente.

¬óLo s√©. ¬ŅY eso es lo que deseas de verdad?

La pena había vuelto a sus ojos. Me mordí el labio y asentí.

¬óDe modo que est√°s preparada para que esto sea el final, el crep√ļsculo de tu existencia aunque apenas si has comenzado a vivir ¬ómusit√≥, hablando casi para s√≠ mismo¬ó. Est√°s dispuesta a abandonarlo todo.

¬óNo es el final, sino el comienzo ¬óle contradije casi sin aliento.

¬óNo lo merezco ¬ódijo con tristeza.

¬ó ¬ŅRecuerdas cuando me dijiste que no me percib√≠a a m√≠ misma de forma realista? ¬óle pregunt√©, arqueando las cejas¬ó. Obviamente, t√ļ padeces de la misma ceguera.

—Lo sé.

Suspiré.

De repente, su voluble estado de ánimo cambió. Frunció los labios y me estudió con la mirada. Examinó mi rostro durante mucho tiempo.

¬ó ¬ŅEst√°s preparada, entonces? ¬óme pregunt√≥.

¬óEsto... ¬ótragu√© saliva¬ó. ¬ŅYa?

Sonrió e inclinó despacio la cabeza hasta rozar mi piel debajo de la mandíbula con sus fríos labios.

¬ó ¬ŅAhora, ya? ¬ósusurr√≥ al tiempo que exhalaba su aliento fr√≠o sobre mi cuello. Me estremec√≠ de forma involuntaria.

—Sí —contesté en un susurro para que no se me quebrara la voz.

Edward se iba a llevar un chasco si pensaba que me estaba tirando un farol. Ya hab√≠a tomado mi decisi√≥n, estaba segura. No me importaba que mi cuerpo fuera tan r√≠gido como una tabla, que mis manos se transformaran en pu√Īos y mi respiraci√≥n se volviera irregular... Se ri√≥ de forma enigm√°tica y se irgui√≥ con gesto de verdadera desaprobaci√≥n.

—No te puedes haber creído de verdad que me iba a rendir tan fácilmente —dijo con un punto de amargura en su tono burlón.

¬óUna chica tiene derecho a so√Īar.

Enarcó las cejas.

¬ó ¬ŅSue√Īas con convertirte en un monstruo?

¬óNo exactamente ¬órepliqu√©. Frunc√≠ el ce√Īo ante la palabra que hab√≠a escogido. En verdad, era eso, un monstruo¬ó. M√°s bien sue√Īo con poder estar contigo para siempre.

Su expresión se alteró, más suave y triste a causa del sutil dolor que impregnaba mi voz.

¬óBella ¬ósus dedos recorrieron con ligereza el contorno de mis labios¬ó. Yo voy a estar contigo..., ¬Ņno basta con eso?

Edward puso las yemas de los dedos sobre mis labios, que esbozaron una sonrisa.
¬óBasta por ahora.
Torci√≥ el gesto ante mi tenacidad. Esta noche ninguno de los dos parec√≠a darse por vencido. Espir√≥ con tal fuerza que casi pareci√≥ un gru√Īido.
Le acaricié el rostro y le dije:
¬óMira, te quiero m√°s que a nada en el mundo. ¬ŅNo te basta eso?
—Sí, es suficiente —contestó, sonriendo—. Suficiente para siempre.
Y se inclinó para presionar una vez más sus labios fríos contra mi garganta.