9 - Capitulo 09

Simpson, el estudiante de teolog√≠a, fue el que sac√≥ conclusiones m√°s ordenadas, aunque no de la √≠ndole m√°s cient√≠fica. All√°, en el coraz√≥n de la inextricable espesura, hab√≠an presenciado algo cruda y esencialmente primitivo. Hab√≠an presenciado algo aterrador que hab√≠a logrado sobrevivir a la evoluci√≥n de la humanidad, pero que a√ļn se mostraba como una forma de vida monstruosa e inmadura. Para √©l, era como si se hubieran asomado a edades prehist√≥ricas en que las supersticiones, rudimentarias y toscas, oprim√≠an a√ļn los corazones de los hombres, en que las fuerzas de la naturaleza eran indomables y no se hab√≠an dispersado los Poderes que atormentaban el universo. A ellos se refiri√≥ cuando, a√Īos m√°s tarde, habl√≥ en un serm√≥n de ¬ęlas Potencias formidables y salvajes que acechan en las almas de los hombres, Potencias que tal vez no sean perversas en s√≠ mismas, aunque s√≠ instintivamente hostiles a la humanidad tal como ahora la concebimos¬Ľ.
Nunca discuti√≥ a fondo todo aquello con su t√≠o, porque lo imped√≠a la barrera que se alzaba entre sus respectivas formas de pensar. √önicamente una vez, al cabo de varios a√Īos, rozaron este tema; o m√°s exactamente, aludieron a un detalle relacionado con √©l:
-¬ŅPuedes decirme, al menos, c√≥mo... c√≥mo eran? -pregunt√≥ Simpson.
La contestación, aunque llena de tacto, no fue alentadora:
-Es mucho mejor que no intentes descubrirlo.
-Bueno, ¬Ņy aquel olor?... -insisti√≥ el sobrino--. ¬ŅQu√© opinas de √©l?
El doctor Cathcart le mir√≥ y alz√≥ las cejas, -Los olores -contest√≥- no son tan f√°ciles de comunicar por telepat√≠a como los sonidos o las visiones. Sobre eso puedo decir tanto como t√ļ, o acaso menos.
Cuando se trataba de explicar algo, el doctor Cathcart solía ser bastante locuaz. Esta vez, sin embargo, no lo fue.
Al caer el d√≠a, cansados, muertos de fr√≠o y de hambre, llegaron los tres al t√©rmino de la penosa expedici√≥n: el campamento, que, a primera vista, parec√≠a desierto. Fuego, no hab√≠a; ni tampoco sali√≥ Punk a recibirles. Ten√≠an demasiado agotada la capacidad de emocionarse, para sorprenderse o disgustarse. Pero el grito espont√°neo de Hank, que brot√≥ de sus labios al acercarse a la hoguera apagada, fue una especie de llamada de advertencia, un aviso de que aquella extra√Īa aventura no hab√≠a concluido a√ļn. Y tanto Cathcart como su sobrino confesaron despu√©s que, cuando le vieron arrodillarse, preso de incontenible excitaci√≥n, y abrazar algo que yac√≠a ante las cenizas apagadas, tuvieron el presentimiento de que ese ¬ęalgo¬Ľ era D√©fago, el verdadero D√©fago, que hab√≠a regresado.
Y así era, en efecto.
Agotado hasta el √ļltimo extremo, el franco-canadiense -es decir, lo que quedaba de √©l-, hurgaba entre las cenizas tratando de encender un fuego. Su cuerpo estaba all√≠, agachado, y sus dedos flojos apenas eran capaces de prender unas ramitas con ayuda de una cerilla. Ya no hab√≠a una inteligencia que dirigiera esta sencilla operaci√≥n. La mente hab√≠a huido al m√°s all√° y, con ella, tambi√©n la memoria. No s√≥lo el recuerdo de los acontecimientos recientes, sino todo vestigio de su vida anterior.
Esta vez era un hombre de verdad, aunque horriblemente contrahecho. En su rostro no hab√≠a expresi√≥n de ninguna clase: ni temor, ni reconocimiento, ni nada. No dio muestras de conocer a quien le hab√≠a abrazado, a quien le alimentaba y le hablaba con palabras de alivio y de consuelo. Perdido y quebrantado m√°s all√° de donde la ayuda humana puede alcanzar, el hombre hac√≠a mansamente lo que se le mandaba. Ese ¬ęalgo¬Ľ que antes constituyera su ¬ęyo individual¬Ľ hab√≠a desaparecido para siempre.
En cierto modo, lo m√°s terrible que hab√≠an visto en su vida era aquella sonrisa idiota, aquel meterse pu√Īados de musgo en la boca, mientras dec√≠a que s√≥lo ¬ęcom√≠a musgo¬Ľ, y los v√≥mitos continuos que le produc√≠an los m√°s sencillos alimentos. Pero acaso peor a√ļn fuera la voz infantil y quejumbrosa con que les cont√≥ que le dol√≠an los pies ¬ęardientes como el fuego¬Ľ, lo que era natural. Al examin√°rselos el doctor Cathcart, vio que los ten√≠a espantosamente helados. Y debajo de los ojos ten√≠an d√©biles muestras de haber sangrado recientemente.
Los detalles referentes a c√≥mo hab√≠a sobrevivido a aquel suplicio prolongado, d√≥nde hab√≠a estado o c√≥mo hab√≠a recorrido la considerable distancia que separaba los dos campamentos, teniendo en cuenta que hubo de dar a pie el enorme rodeo del lago, puesto que no dispon√≠a de canoa, contin√ļan siendo un misterio. Hab√≠a perdido completamente la memoria. Y antes de finalizar el invierno, en cuyos comienzos hab√≠a ocurrido esta tragedia, D√©fago, perdidos el juicio, la memoria y el alma, desapareci√≥ tambi√©n. S√≥lo vivi√≥ unas pocas semanas.
Lo que Punk fue capaz de aportar más tarde a la historia no arrojó ninguna luz nueva.
Estaba limpiando pescado a la orilla del lago, a eso de las cinco de la tarde -esto es, una hora antes de que regresara el grupo expedicionario-, cuando vio a la caricatura del guía que se dirigía tambaleante hacia el campamento. Dice que le precedía una débil vaharada de olor muy singular.
En ese mismo instante, el viejo Punk abandon√≥ el campamento. Hizo el largo viaje de regreso con la rapidez con que s√≥lo puede hacerlo un piel roja. El terror de toda su raza se hab√≠a apoderado de √©l. Sab√≠a lo que significaba todo aquello: D√©fago ¬ęhab√≠a visto el Wendigo¬Ľ.