8 - Capitulo 08


Por √ļltimo, una figura brot√≥ de las tinieblas. Avanz√≥ hacia la zona de dudoso resplandor, donde la luz del fuego se mezclaba con las sombras, a unos diez pasos de la hoguera. Luego, se detuvo y les mir√≥ fijamente. Sigui√≥ adelante con movimientos espasm√≥dicos, como una marioneta, y recibi√≥ la luz de lleno. Entonces se dieron cuenta los presentes de que se trataba de un hombre. Y al parecer aquel hombre era... D√©fago.
Algo así como la máscara del horror cubrió en aquel momento el semblante de los tres hombres; y sus tres pares de ojos brillaron a través de ella, como si sus miradas cruzaran las fronteras de la visión normal y percibiesen lo Desconocido.
Défago avanzó. Sus pasos eran vacilantes, inseguros. Primero se aproximó al grupo, después se volvió bruscamente y clavó los ojos en el rostro de Simpson. El sonido de su voz brotó de sus labios:
-Aquí estoy, jefe. Alguien me ha llamado -era una voz seca, débil, jadeante-. Estoy de viaje. He atravesado el fuego del Infierno... No ha estado mal...
Y se ri√≥, avanzando la cabeza hacia el rostro del otro. Pero aquella risa puso en marcha el mecanismo del grupo de figuras de cera mortalmente p√°lidas que formaban los otros tres. Hank salt√≥ inmediatamente sobre √©l, lanzando una sarta de juramentos tan rebuscados y sonoros que a Simpson ni siquiera le sonaron a ingl√©s sino m√°s bien a alg√ļn lenguaje indio o cosa as√≠. Lo √ļnico que comprend√≠a era que el hecho de que Hank se hubiese interpuesto entre los dos, le resultaba grato... extraordinariamente grato. El doctor Cathcart, aunque m√°s reposadamente, avanz√≥ tras √©l a trompicones.
Simpson no recuerda bien lo que pas√≥ en aquellos pocos segundos, porque los ojos de aquel rostro apergaminado y maldito que le escudri√Īaba de cerca, le aturdieron totalmente. Se qued√≥ alelado, ni abri√≥ la boca siquiera, No pose√≠a la disciplinada voluntad de los otros dos, que les permit√≠a actuar desafiando toda tensi√≥n emocional.
Los vio moverse como si se encontrara detrás de un cristal, como si la escena fuese una pura fantasía evanescente. Sin embargo, en medio del torrente de frases sin sentido de Hank, recuerda haber oído el tono autoritario de su tío -duro y forzado-- que decía algo sobre alimento, calor, mantas, whisky, y demás... Y durante la escena que siguió, no dejó de percibir las vaharadas de aquel olor penetrante, insólito, maligno pero embriagador a la vez.
Sin embargo, fue él -con menos experiencia y habilidad que los otros dos- quien profirió la frase que vino a aliviar la horrible situación, expresando así la duda y el pensamiento que encogía el corazón de los tres.
-¬ŅEres... eres T√ö, D√©fago? -pregunt√≥, quebrando un horror de silencio con su voz.
E inmediatamente, Cathcart irrumpió con una sonora respuesta, antes que el otro hubiera tenido tiempo de mover los labios:
-¬°Claro que s√≠! ¬°Claro que s√≠! Lo que ocurre... ¬Ņno lo ves?... es que est√° exhausto de hambre y de cansancio. ¬ŅNo es eso suficiente para cambiar a un hombre hasta el punto de hacerlo irreconocible?
Lo dec√≠a m√°s para convencerse a s√≠ mismo que a los dem√°s. El √©nfasis de su tono lo dejaba bien claro. Y mientras hablaba y se mov√≠a, se llevaba continuamente el pa√Īuelo a la nariz. Aquel olor hab√≠a penetrado en todo el campamento.
Porque el ¬ęD√©fago¬Ľ que se arrebuj√≥ en las mantas junto al fuego, bebiendo whisky caliente y comiendo con las manos, apenas si se parec√≠a m√°s al gu√≠a que ellos hab√≠an conocido que un hombre de sesenta a√Īos a un retrato de su propia juventud. No es posible describir honradamente aquella caricatura fantasmal, aquella parodia de la imagen de D√©fago. Conservaba alg√ļn vestigio espantoso y remoto de su aspecto anterior. Simpson afirma que el rostro era m√°s animal que humano, que los rasgos se le hab√≠an contra√≠do en proporciones dislocadas. La piel, fl√°ccida y colgante, como si hubiera sido sometido a presiones y tensiones f√≠sicas, le recordaba vagamente una de esas vejigas con una cara pintada que cambia de expresi√≥n a medida que la van inflando y que, al desinflarse, emiten un sonido quejumbroso y d√©bil como un sollozo. Tanto la voz como la cara de D√©fago ten√≠an una abominable semejanza con esas vejigas. Pero Cathcart, mucho despu√©s, al tratar de describir lo indescriptible, afirma que aquel pod√≠aser el aspecto de un rostro y de un cuerpo que, habi√©ndose hallado en una capa de aire rarificada, estuviera a punto de disgregarse hasta... hasta perder toda consistencia.
Hank, aunque totalmente confundido y agitado por una emoción sin límites que no podía reprimir ni comprender, fue quien, sin más dilaciones, puso fin a la cuestión. Se apartó unos pasos de la hoguera, de forma que el resplandor no le deslumbrara demasiado y, haciéndose sombra con las dos manos en los ojos, exclamó con voz potente, mezcla de furia y excitación:
-¬°T√ļ no eres D√©fago! ¬°Ni hablar! ¬°A m√≠ me importa un condenado pimiento lo que t√ļ... pero aqu√≠ no vengas diciendo que eres mi compadre de hace veinte a√Īos! -los ojos le fulguraban como si quisiera destruir aquella figura acurrucada con su mirada furibunda-.
Y si es verdad, que me caiga un rayo de punta y me mande al infierno de cabeza. ¬°Dios nos asista! -a√Īadi√≥, sacudido por un violento escalofr√≠o de repugnancia y horror.
Fue imposible hacerlo callar. All√≠ estuvo gritando como un poseso, y tan terrible era verle como o√≠r lo que dec√≠a... porque era verdad. No hizo m√°s que repetir lo mismo cincuenta veces, y cada vez, en una lengua m√°s enrevesada que la anterior. El bosque se llenaba de sus ecos. Lleg√≥ un momento en que parec√≠a como si quisiera arrojarse sobre ¬ęel intruso¬Ľ, pues su mano sub√≠a constantemente hacia su cintur√≥n, en busca de su largo cuchillo de monte.
Pero al final no hizo nada y la tempestad estuvo a punto de terminar en l√°grimas.
S√ļbitamente, la voz de Hank se quebr√≥. Se dej√≥ caer en el suelo y Cathcart se las arregl√≥ para convencerle de que se marchara a la tienda y se echase a descansar. El resto de la escena, claro est√°, lo presenci√≥ desde dentro. Su p√°lida cara de terror atisbaba por la abertura de la tienda.
Luego el doctor Cathcart, seguido de cerca por su sobrino, que tan bien había conservado su presencia de ánimo, adoptó un aire de determinación y se puso en pie, frente a la figura arrebujada junto al fuego. La miró de frente y habló, Al principio, le salió una voz firme:
-Défago, díganos qué ha sucedido... no hace falta que entre en detalles, sólo deseamos saber cómo podemos ayudarle -preguntó con acento autoritario, casi como una orden.
Pero inmediatamente después varió de tono, porque el rostro de aquella figura se volvió hacia él con una expresión tan lastimera, tan terrible y tan poco humana, que el médico retrocedió como si tuviera delante un ser espiritualmente impuro. Simpson, que miraba desde atrás, dice que le daba la impresión de que el rostro de Défago era una máscara a punto de caerse y de que debajo se iba a revelar, en toda su desnudez, su verdadero rostro, negro y diabólico.
-¬°Vamos, hombre, vamos! -gritaba Cathcart, a quien el terror le atenazaba la garganta-.
No podemos estarnos aquí toda la noche... -era el grito del instinto sobre la razón.
Y entonces ¬ęD√©fago¬Ľ, con una sonrisa inexpresiva, contest√≥; y su voz era d√©bil, inconsistente y extra√Īa, como a punto de convertirse en un sonido enteramente distinto:
-He visto al gran Wendigo -susurró, olfateando el aire en torno suyo, exactamente igual que una bestia-. He estado con él, también...
Allí terminaron el pobre diablo su discurso y el doctor Cathcart su interrogatorio, porque en ese momento se oyó un grito desgarrador de Hank, cuyos ojos se veían brillar desde fuera de la tienda:
-¡SUS pies! ¡Oh, Dios, sus pies! ¡Mirad Cómo le han cambiado los pies!
D√©fago, que se hab√≠a removido en su sitio, se hab√≠a colocado de tal forma que por primera vez aparecieron sus piernas a la luz y sus pies quedaron al descubierto. Sin embargo, Simpson no tuvo tiempo de ver lo que Hank se√Īalaba. En el mismo instante, con un salto de tigre asustado, Cathcart se arroj√≥ sobre √©l y le tap√≥ las piernas con mantas con tal rapidez que el joven estudiante apenas si lleg√≥ a vislumbrar algo oscuro y singularmente abultado all√≠ donde deber√≠an verse sus pies enfundados en un par de mocasines.
Después, antes que al doctor le diera tiempo de nada más, antes de que a Simpson se le ocurriera ninguna pregunta, y mucho menos pudiera formularla, Défago se puso en pie, se irguió frente a ellos, bamboleándose con dificultad, y con una expresión sombría y maliciosa en su rostro deforme. Resultaba literalmente monstruoso.
-Ahora, vosotros lo habéis visto también -jadeó-. ¡Habéis visto mis ardientes pies de fuego! Y ahora... bueno, a no ser que podáis salvarme y evitar... poco falta para...
Su voz lastimera fue interrumpida por un ruido, como por el rugir de un vendaval que viniese cruzando el lago. Los √°rboles sacudieron sus ramas enmara√Īadas. Las llamas del fuego se agitaron, azotadas por una r√°faga violenta, y algo pas√≥ sobre el campamento con furia ensordecedora. D√©fago arranc√≥ de s√≠ todas las mantas, dio media vuelta hacia el bosque y con aquel torpe movimiento con que hab√≠a venido... se march√≥. Pero lo hizo a una velocidad tan pasmosa que, cuando quisieron darse cuenta, la oscuridad ya se lo hab√≠a tragado. Y pocos segundos despu√©s, por encima de los √°rboles azotados y del rugido del viento repentino, los tres hombres oyeron, con el coraz√≥n encogido, un grito que parec√≠a provenir de una altura inmensa.
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis candentes pies de fuego!...
Luego, la voz se apagó en el espacio incalculable y silencioso.
El doctor Cathcart -que hab√≠a dominado de pronto sus nervios, y se hab√≠a adue√Īado tambi√©n de la situaci√≥n- agarr√≥ a Hank violentamente del brazo en el momento que iba a lanzarse hacia la espesura.
-¬°Quiero que conste! -gritaba el gu√≠a-, ¬°que conste, digo, que √©se no es √©l! ¬°De ninguna manera! ¬°Ese es alg√ļn... demonio que le ha usurpado el sitio!
De una u otra forma -el doctor Cathcart admite que nunca ha sabido claramente cómo lo consiguió--, se las arregló para retenerle en la tienda y apaciguarlo. El doctor, por lo visto, había conseguido reaccionar, y era capaz nuevamente de dominar sus propias energías. En efecto, manejó a Hank admirablemente. Sin embargo, su sobrino, que hasta ese momento se había portado maravillosamente, fue quien vino a causarle más preocupación, pues la tensión acumulada se le desbordó en un acceso de llanto histérico que hizo necesario aislarle en un lecho de ramas y mantas, lo más lejos posible de Hank.
All√≠ permaneci√≥, debati√©ndose bajo las mantas, gritando cosas incoherentes, mientras pasaban las horas de aquella noche de pesadilla. Sus palabras formaban una jerigonza en la que velocidad, altura y fuego se mezclaban extra√Īamente con las ense√Īanzas recibidas en sus clases de teolog√≠a.
-¬°Veo unas gentes con la cara destrozada y ardiendo, que caminan de manera alucinante y se acercan al campamento!
Y lloraba durante un minuto. Luego se incorporaba, se ponía de cara al bosque, escuchaba atento, y susurraba:
-¡Qué terribles son, en la espesura salvaje... los pies de... de los que...
Y su tío le interrumpía, distraía sus pensamientos, y le reconfortaba.
Por fortuna, su histerismo fue transitorio. El sue√Īo le cur√≥, igual que a Hank.
Hasta que apuntaron las primeras claridades del amanecer, poco despu√©s de las cinco de la madrugada, el doctor Cathcart estuvo despierto. Su cara ten√≠a el color de la pared y un extra√Īo rubor bajo sus ojos. Durante todas aquellas horas de silencio, su voluntad hab√≠a estado luchando con el espantoso terror de su alma, y de esta lucha proven√≠an las huellas de su rostro...
Al amanecer, encendió fuego, preparó el desayuno y despertó a los otros. A eso de las siete, se pusieron en camino de regreso al otro campamento. Eran tres hombres perplejos y afligidos; pero, cada uno a su modo, habían conseguido mitigar la inquietud interior recobrando más o menos el sosiego.