7 - Capitulo 07

Una muralla de silencio los envolvía, toda vez que la nieve, aunque no abundante, sí era lo suficiente para apagar cualquier clase de ruido. Además, todo estaba rígido por lahelada. No se oía más que sus voces y el suave crepitar de las llamas. Tan sólo, de cuando en cuando, sonaba algo muy quedo, como el aleteo de una mariposa. Ninguno parecía tener ganas de irse a dormir. Las horas se deslizaban en busca de la medianoche.
-Es bastante curiosa la leyenda esa -observó el doctor, después de una pausa excepcionalmente larga y con la intención de interrumpirla, más que por ganas de hablar-. El Wendigo es simplemente la personificación de la Llamada de la Selva, que algunos individuos escuchan para precipitarse hacia su propia destrucción.
-Eso es -dijo Hank-. Y cuando lo oyes, no hay posibilidad de que te equivoques. Te llama por tu propio nombre.
Sigui√≥ otra pausa. Despu√©s, el doctor Cathcart volvi√≥ tan s√ļbitamente al tema prohibido, que pill√≥ a los otros dos desprevenidos.
-La alegor√≠a es significativa -dijo, tratando de escrutar la oscuridad que le rodeaba-, porque la Voz, seg√ļn dicen, recuerda los ruidos menudos del bosque: el viento, un salto de agua, los gritos de los animales, y cosas as√≠. Y una vez que la v√≠ctima oye eso... ¬°se acab√≥! Dicen que sus puntos m√°s vulnerables son los pies y los ojos; los pies, por el placer de caminar, y los ojos, porque gozan de la belleza. El infeliz vagabundo viaja a una velocidad tan espantosa, que los ojos le sangran y le arden los pies.
El doctor Cathcart, mientras hablaba, seguía mirando inquieto hacia las tinieblas. Su voz se convirtió en un susurro.
-Se dice tambi√©n -a√Īadi√≥- que el Wendigo quema los pies de sus v√≠ctimas, debido a la fricci√≥n que provoca su tremenda velocidad, hasta que se destruyen esos pies; y que los nuevos que entonces se les forman son exactamente como los de √©l.
Simpson escuchaba mudo de espanto. Pero lo que más fascinado le tenía era la palidez del semblante de Hank. De buena gana se habría tapado los oídos y habría cerrado los ojos, si hubiera tenido valor.
-No siempre anda por el suelo -coment√≥ Hank arrastrando las palabras-, pues sube tan alto, que la v√≠ctima piensa que son las estrellas las que le han pegado fuego. Otras veces da unos saltos enormes y corre por encima de las copas de los √°rboles, arrastrando a su v√≠ctima con √©l, para dejarla caer como hace el albatros con las suyas, que las mata as√≠, antes de devorarlas. Pero de todas las cosas que hay en el bosque, lo √ļnico que come es... ¬°musgo! -y se ri√≥ con una risa nerviosa.
-S√≠, el Wendigo come musgo -a√Īadi√≥, mirando con excitaci√≥n el rostro de sus compa√Īeros-. Es un comedor de musgo -repiti√≥, con una sarta de juramentos de lo m√°s extra√Īo que uno puede imaginar.
Pero Simpson comprend√≠a ahora el verdadero prop√≥sito de su conversaci√≥n. Lo que aquellos dos hombres fuertes y ¬ęexperimentados¬Ľ tem√≠an, cada uno a su manera, era ante todo el silencio. Hablaban para ganar tiempo. Hablaban, tambi√©n, para combatir la oscuridad, para evitar el p√°nico que les invad√≠a, para no admitir que se hallaban en un terreno hostil, decididos, ante todo, a no permitir que sus pensamientos m√°s profundos llegaran a dominarles. Pero Simpson, que ya hab√≠a sido iniciado en esa espantosa vigilia de terror, se encontraba m√°s avanzado, a este respecto, que sus dos compa√Īeros. El hab√≠a alcanzado ya un estadio en el que se sent√≠a inmune. En cambio, los otros dos, el m√©dico burl√≥n y anal√≠tico y el honrado y tozudo hombre de los bosques, temblaban en lo m√°s √≠ntimo.
De esta forma pas√≥ una hora tras otra, y de esta forma el peque√Īo grupo permaneci√≥ sentado, determinado a resistir espiritualmente, ante las fauces de la espesura salvaje, hablando ociosamente y en voz baja de la terrible y obsesionante leyenda.
Consider√°ndolo bien, era una lucha desigual, porque el esp√≠ritu indomable de los bosques ten√≠a la doble ventaja de haber atacado primero y de contar ya con un reh√©n. El destino del compa√Īero se cern√≠a sobre ellos y les causaba una creciente opresi√≥n, que a lo √ļltimo se les har√≠a insoportable.
Fue Hank, despu√©s de una pausa larga y enervante, el que liber√≥ de modo totalmente inesperado toda esa emoci√≥n contenida. De pronto, se puso en pie de un salto y lanz√≥ a las tinieblas el aullido m√°s terrible que se pueda imaginar. Seguramente no pod√≠a dominarse por m√°s tiempo. Para darle mayor sonoridad, se dio palmadas en la boca, provocando de este modo numerosas y breves intermitencias. -Eso para D√©fago -dijo, mirando a sus compa√Īeros con una sonrisa extra√Īa y retadora-, porque estoy convencido (aqu√≠ se omiten varios exabruptos) de que mi compadre no est√° demasiado lejos de nosotros en este preciso momento.
Hab√≠a tal vehemencia y tal seguridad en su afirmaci√≥n, que Simpson dio un salto tambi√©n y se puso en pie. Al doctor se le fue la pipa de la boca. El rostro de Hank estaba l√≠vido y el de Cathcart daba muestras de un s√ļbito desfallecimiento, casi de una p√©rdida de todas las facultades. Luego brill√≥ una furia moment√°nea en sus ojos, se puso de pie con una calma que era fruto de su habitual autodominio y se encar√≥ con el excitado gu√≠a. Porque esto era inadmisible, est√ļpido, peligroso, y hab√≠a que cortarlo de ra√≠z.
Puede uno imaginarse lo que pasaría a continuación, aunque no puede saberse con certeza, porque en aquel momento de silencio profundo que siguió al alarido de Hank, y como contestándolo, algo cruzó la oscuridad del cielo por encima de ellos a una velocidad prodigiosa, algo necesariamente muy grande, porque produjo un gran ramalazo de viento, y, al mismo tiempo, descendió a través de los árboles un débil grito humano que, en un tono de angustia indescriptible, clamaba:
-¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis candentes pies de fuego!
Blanco como el papel, Hank mir√≥ est√ļpidamente en torno suyo, como un ni√Īo. El doctor Cathcart profiri√≥ una especie de exclamaci√≥n incomprensible y ech√≥ a correr, en un movimiento instintivo de terror ciego, en busca de la protecci√≥n de la tienda, y a los pocos pasos se par√≥ en seco. Simpson fue el √ļnico de los tres que conserv√≥ la presencia de √°nimo. Su horror era demasiado hondo para manifestarse en reacciones inmediatas.
Ya había oído aquel grito anteriormente.
Volvi√©ndose hacia sus impresionados compa√Īeros, dijo, casi con toda naturalidad:
-Ese es exactamente el grito que oí... ¡y las mismas palabras que dijo!
Luego, alzando su rostro hacia el cielo, gritó muy alto:
-¡Défago! ¡Défago! ¡Baja aquí, con nosotros! ¡Baja!...
Y antes de que ninguno tuviera tiempo de tomar una decisión cualquiera, se oyó un ruido de algo que caía entre los árboles, rompiendo las ramas, y aterrizaba con un tremendo golpe sobre la tierra helada. El impacto fue verdaderamente terrible y atronador.
-¡Es él, que el buen Dios nos asista! -se oyó exclamar a Hank, en un grito sofocado, a la vez que maquinalmente echaba mano al cuchillo.
-¬°Y viene! ¬°Y viene! -a√Īadi√≥, soltando unas irracionales carcajadas de terror, al o√≠r sobre la nieve helada el ruido de unos pasos que se acercaban a la luz.
Y, mientras avanzaban aquellas pisadas, los tres hombres permanecieron de pie, inm√≥viles, junto a la hoguera. El doctor Cathcart se hab√≠a quedado como muerto; ni siquiera parpadeaba. Hank sufr√≠a espantosamente y, aunque no se mov√≠a tampoco, daba la impresi√≥n de que estaba a punto de abalanzarse no se sabe hacia d√≥nde. En cuanto a Simpson, parec√≠a petrificado. Estaban at√≥nitos, asustados como ni√Īos. El cuadro era espantoso. Y entre tanto, aunque todav√≠a invisible, los pasos se acercaban, haciendo crujir la nieve. Parec√≠a que no iban a llegar jam√°s. Eran unos pasos lentos, pesados, interminables como una pesadilla.