6 - Capitulo 06

La repentina irrupci√≥n de su prosaico t√≠o en este mundo de pesadilla en que viv√≠a desde hac√≠a dos d√≠as y dos noches, tuvo el efecto inmediato de dar al asunto un cariz enteramente nuevo. Bast√≥ con o√≠r su cordial ¬ę¬°Hola, hijo m√≠o! ¬ŅQu√© te pasa?¬Ľ y sentirse agarrado por aquella mano seca y vigorosa, para que su manera de enfocar los hechos sufriera un giro radical. Estall√≥ en su interior como una violenta reacci√≥n purificadora y comprendi√≥ que su comportamiento no hab√≠a sido normal. Incluso se sinti√≥ algo avergonzado de s√≠ mismo. La original terquedad de su raza le dominaba por completo.
Y esto √ļltimo explica, indudablemente, por qu√© le result√≥ tan dif√≠cil contar su extra√Īa aventura ante el grupo reunido junto al fuego. Dijo lo necesario, no obstante, para que se tomase la inmediata decisi√≥n de ir a rescatar al gu√≠a. Pero antes, Simpson deb√≠a comer y, sobre todo, dormir para estar en condiciones de llevarles hasta all√°. El doctor Cathcart, que se daba m√°s cuenta del estado del muchacho que lo que √©ste se cre√≠a, le inyect√≥ una dosis muy ligera de morfina que le permiti√≥ dormir como un tronco durante seis horas.
De la descripci√≥n que m√°s adelante redact√≥ con todo detalle este estudiante de teolog√≠a, se desprende que en lo que cont√≥ al principio hab√≠a omitido diversos detalles de suma importancia. Confiesa que, ante la presencia s√≥lida y real de su t√≠o, cara a cara, no tuvo el valor de mencionarlos. De este modo, los componentes de la expedici√≥n entendieron, al parecer, que D√©fago hab√≠a sufrido un ataque de locura agudo e inexplicable durante la noche, en el cual se crey√≥ ¬ęllamado¬Ľ por alguien o por algo, y que se hab√≠a internado por la espesura sin provisiones ni rifle, exponi√©ndose a una muerte horrible por fr√≠o y hambre si ellos no llegaban a tiempo. Por lo dem√°s, ¬ęa tiempo¬Ľ quer√≠a decir ¬ęinmediatamente¬Ľ.
En el curso del d√≠a siguiente -salieron a las siete, dejando a Punk en el campamento con el encargo de que tuviera comida y lumbre siempre preparadas-, Simpson cont√≥ bastantes cosas m√°s sin sospechar que, en realidad, era su t√≠o quien se las estaba sonsacando. Para cuando llegaron al lugar donde comenzaba el rastro, junto al escondrijo de la canoa, Simpson hab√≠a contado ya que D√©fago habl√≥ de ¬ęalgo que √©l llamaba Wendigo¬Ľ que hab√≠a llorado durante el sue√Īo, y que √©l mismo hab√≠a cre√≠do notar un olor raro en el campamento, y que hab√≠a experimentado ciertos s√≠ntomas de excitaci√≥n mental. Asimismo, admiti√≥ haber experimentado el efecto turbador de ¬ęaquel olor extraordinario, acre y penetrante como el de los leones¬Ľ. Y cuando se encontraban a menos de una hora del Lago de las Cincuenta Islas, dej√≥ caer otro detalle, que m√°s adelante calific√≥ de est√ļpida confesi√≥n debida a su estado de histerismo. Dijo que hab√≠a o√≠do al gu√≠a desaparecido ¬ępidiendo ayuda¬Ľ. Omiti√≥ las extra√Īas palabras que √©ste hab√≠a proferido, sencillamente por no repetir aquel absurdo lenguaje. Adem√°s, al describir c√≥mo las pisadas del hombre, en la nieve, se iban convirtiendo gradualmente en una r√©plica en miniatura de las huellas profundas del animal, se call√≥ intencionadamente que tanto las zancadas del uno como las del otro eran de dimensiones completamente incre√≠bles. Le pareci√≥ oportuno llegar a un t√©rmino medio entre su orgullo personal y la absoluta sinceridad, y decidir en cada caso lo que deb√≠a y lo que no deb√≠a contar. S√≠ mencion√≥, pues, el tinte encendido de la nieve, por ejemplo, y no se atrevi√≥ a contar, en cambio, que tanto el cuerpo como el lecho del gu√≠a hab√≠an sido arrastrados hacia afuera de la tienda.
El resultado fue que el doctor Cathcart, que se consideraba a s√≠ mismo como un h√°bil psic√≥logo, le explic√≥ con claridad y exactitud que su mente, influida por la soledad, el aturdimiento y el terror, hab√≠an sucumbido frente a una tensi√≥n excesiva, provocando esas alucinaciones. No por elogiar su conducta dej√≥ de se√Īalar, d√≥nde, cu√°ndo y c√≥mo se hab√≠a extraviado su mente. El resultado fue que su sobrino, h√°bilmente halagado, se crey√≥, por una parte, m√°s perspicaz de lo que era en realidad, y m√°s tonto por otra, al ver c√≥mo quitaban importancia a sus declaraciones. Como tantos otros materialistas, su t√≠o hab√≠a sabido utilizar con sagacidad el argumento de la insuficiencia de datos para enmascarar el hecho de que los datos aducidos le resultaban a √©l totalmente inadmisibles.
-El hechizo de estas inmensas soledades -dec√≠a- es muy nocivo para la mente; es decir, siempre que √©sta posea una elevada capacidad de imaginaci√≥n. Y lo ha sido para ti exactamente igual que lo fue para m√≠ cuando tenia tu edad. El animal que merodeaba por vuestro peque√Īo campamento era indudablemente un alce, ya que el bramido de un alce puede tener a veces una calidad muy peculiar. El color que cre√≠ste ver en las huellas fue, evidentemente, una ilusi√≥n √≥ptica provocada por tu estado de excitaci√≥n. Las dimensiones de las huellas, ya tendremos ocasi√≥n de comprobarlas cuando lleguemos.
En cuanto a las voces que te pareci√≥ o√≠r, naturalmente, fueron alucinaciones muy corrientes que se suelen producir por la misma excitaci√≥n mental... excitaci√≥n que resulta perfectamente excusable y que ha sido, si me lo permites, maravillosamente dominada por ti en esas circunstancias. En cuanto a lo dem√°s, tengo que decir que has obrado con gran valor, porque el terror de sentirse uno perdido en esta espesura no es ninguna bagatela; de haber estado yo en tu lugar, creo que no me habr√≠a portado ni con la mitad de juicio y decisi√≥n que t√ļ. Lo √ļnico que encuentro particularmente dif√≠cil de explicar es... es ese... ese condenado olor.
-Me puso enfermo, te lo aseguro -declaró su sobrino-; estuve a punto de marearme.
La imperturbable serenidad de su tío, debida tan sólo a su habilidad psicológica, le impulsaba a adoptar una actitud ligeramente retadora. ¡Era tan fácil explicar con términos eruditos unos hechos de los que uno no había sido testigo presencial!
-Era un olor salvaje y terrible. As√≠ es √ļnicamente como podr√≠a describirlo -concluy√≥, sosteniendo la mirada reposada y fr√≠a de su t√≠o.
-Lo que me maravilla -comentó éste-, es que, en semejantes circunstancias, no hayas experimentado nada peor.
Simpson comprendió que estas palabras quedaban a mitad de camino entre la verdad y la interpretación que de ella hacía su tío.
Y as√≠, por √ļltimo, llegaron al peque√Īo campamento y encontraron la tienda plantada a√ļn. Tanto la tienda como los restos del fuego y el papel clavado en la estaca, estaban intactos. El escondrijo, en cambio, improvisado de mala manera por manos inexpertas, hab√≠a sido descubierto y saqueado por las ratas almizcleras, los visones y las ardillas.
Los f√≥sforos estaban esparcidos por el agujero; en cuanto a las provisiones, hab√≠an desaparecido hasta la √ļltima miga.
-Bueno, se√Īores, aqu√≠ no hay nadie -exclam√≥ sonoramente Hank, seg√ļn era costumbre suya-; ¬°tan cierto como el sol que nos alumbra! Pero saber d√≥nde se ha metido, que el diablo me lleve si lo s√©.
La presencia del estudiante de teología no fue entonces obstáculo para su lengua, aunque por respeto al lector se hayan de moderar las expresiones que utilizó.
Propongo -a√Īadi√≥- que empecemos ahora mismo a buscarle y que registremos hasta el infierno, si es necesario.
El destino de D√©fago, probablemente fatal, abrumaba a los tres expedicionarios y les llenaba de una espantosa aprensi√≥n, sobre todo despu√©s de haber visto los vestigios de su estancia all√≠. La tienda, sobre todo, con el lecho de ramas de b√°lsamo aplastado a√ļn por el peso de su cuerpo, parec√≠a sugerirles vivamente su presencia. Simpson, como si notara vagamente que sus palabras pod√≠an ponerse en tela de juicio, intent√≥ explicar algunos detalles. Ahora estaba mucho m√°s tranquilo, aunque fatigado por el esfuerzo de tantas caminatas. El m√©todo de su t√≠o para explicar -para ¬ędesechar¬Ľ m√°s bien- sus terror√≠ficos recuerdos, contribuy√≥ tambi√©n a tranquilizarle.
-Y esa es la direcci√≥n que tom√≥ al echar a correr -dijo Simpson a sus dos compa√Īeros, apuntando por donde hab√≠a desaparecido el gu√≠a aquella madrugada de claridades grises-. Por all√°, en l√≠nea recta. Corr√≠a como un ciervo, por entre los abedules y los cedros...
Hank y el doctor Cathcart se miraron.
-Y seguí el rastro unas dos millas en la misma dirección -prosiguió, con algo de su antiguo terror en la voz-; después, a eso de unas dos millas o así, las huellas se detienen... ¡se terminan!
-Que fue donde usted oyó que le llamaba y notó el mal olor y todo lo demás -exclamó Hank con una volubilidad que traicionaba su profundo pesar.
-Y donde tu excitaci√≥n te domin√≥ hasta el extremo de provocar toda clase de ilusiones - a√Īadi√≥ el doctor Cathcart en voz baja, aunque no tanto que su sobrino no lo oyera.
La tarde no hab√≠a hecho m√°s que empezar. Hab√≠an caminado de prisa, y todav√≠a les quedaban m√°s de dos horas de luz. El doctor Cathcart y Hank comenzaron inmediatamente la b√ļsqueda. Simpson estaba demasiado cansado para acompa√Īarles. Ledijeron que ellos seguir√≠an las marcas de los √°rboles y, en cuanto les fuera posible, las pisadas tambi√©n. Entre tanto, lo mejor que pod√≠a hacer √©l era cuidar del fuego y descansar.
Al cabo de unas tres horas de exploración, ya oscurecido, los dos hombres regresaron al campamento sin novedad. La nieve reciente había borrado todas las huellas, y aunque habían seguido los árboles marcados hasta donde Simpson emprendió el camino de regreso, no descubrieron el menor indicio de ser humano... ni de animal alguno. No había huellas de ninguna clase: la nieve estaba impoluta.
Era dif√≠cil decidir qu√© conven√≠a hacer, aunque la realidad era que no se pod√≠a hacer nada m√°s. Pod√≠an quedarse y continuar buscando durante semanas y semanas sin demasiadas probabilidades de √©xito. La nieve de la noche anterior hab√≠a destruido su √ļnica esperanza. Se sentaron alrededor del fuego para cenar. Formaban un grupo sombr√≠o y desalentado. Los hechos, efectivamente, eran bastante tristes, ya que D√©fago ten√≠a esposa en Rat Portage y lo que √©l ganaba era el √ļnico medio de subsistencia para el matrimonio.
Ahora que se sab√≠a la verdad en toda su descarnada crudeza, parec√≠a in√ļtil tratar de seguir disimul√°ndola. A partir de ese momento, hablaron con franqueza de lo que hab√≠a sucedido y de las posibilidades existentes. No era la primera vez, incluso para el doctor Cathcart, que un hombre sucumb√≠a a la seducci√≥n singular de las Soledades y perd√≠a el juicio. D√©fago, por otra parte, estaba bastante predispuesto a una eventualidad de ese tipo, ya que a su natural melancol√≠a se sumaban sus frecuentes borracheras que a menudo le duraban varias semanas. Algo debi√≥ de ocurrir en la excursi√≥n -no se sab√≠a qu√©-, que bast√≥ para desencadenar su crisis. Eso era todo. Y hab√≠a huido. Hab√≠a huido a la salvaje espesura de los √°rboles y los lagos, para morir de hambre y de cansancio. Las posibilidades de que no consiguiera volver a encontrar el campamento eran abrumadoras. El delirio que le dominaba aumentar√≠a sin duda, y era completamente seguro que hab√≠a atentado contra s√≠ mismo, apresurando de esta forma su destino implacable. Pod√≠a incluso que a estas horas hubiera sobrevenido ya el desenlace final.
Por iniciativa de Hank, su viejo camarada, esperar√≠an algo m√°s y dedicar√≠an todo el d√≠a siguiente, desde el amanecer hasta que oscureciese a una b√ļsqueda sistem√°tica. Se repartir√≠an el terreno a explorar. Discutieron el proyecto con todos los pormenores.
Harían lo humanamente posible por encontrarlo.
Y a continuaci√≥n se pusieron a hablar de la curiosa forma en que el p√°nico de la Selva hab√≠a atacado al infortunado gu√≠a. A Hank, a pesar de estar familiarizado con esta clase de relatos, no le agrad√≥ el giro que hab√≠a tomado la conversaci√≥n. Intervino poco, pero ese poco fue revelador. Admiti√≥ que se contaba, por aquella regi√≥n, la historia de unos indios que ¬ęhab√≠an visto al Wendigo¬Ľ merodeando por las costas del Lago de las Cincuenta Islas en el oto√Īo del a√Īo anterior, y que √©ste era el verdadero motivo de la aversi√≥n de D√©fago a cazar por all√≠. Hank, indudablemente, estaba convencido de que, en cierto modo, hab√≠a contribuido a la muerte de su compa√Īero, ya que era √©l quien le hab√≠a persuadido para que fuese all√≠.
-Cuando un indio se vuelve loco -explicó, como hablando consigo mismo-, se dice que ha visto al Wendigo. ¡Y el pobre Défago era supersticioso hasta los tuétanos!...
Y entonces Simpson, sintiendo un ambiente m√°s propicio, cont√≥ todos los hechos de su asombrado relato. Esta vez no omiti√≥ ning√ļn detalle; refiri√≥ sus propias sensaciones y el miedo sobrecogedor que hab√≠a pasado. Unicamente se call√≥ el extra√Īo lenguaje que hab√≠a empleado el gu√≠a.
-Pero, sin duda, Défago te había contado ya todos esos pormenores acerca de la leyenda del Wendigo -insistió el doctor-. Quiero decir que él habría hablado ya sobre todo esto, y de esta suerte imbuyó en tu mente la idea que tu propia excitación desarrolló más adelante.
Entonces Simpson repiti√≥ nuevamente los hechos. Declar√≥ que D√©fago se hab√≠a limitado a mencionar el nombre de la bestia. √Čl, Simpson, no sab√≠a nada de aquella leyenda y, que √©l recordara, no hab√≠a le√≠do jam√°s nada que se refiriese a ella. Incluso le resultaba extra√Īo el nombre aquel.
Naturalmente, estaba diciendo la verdad, y el doctor Cathcart se vio obligado a admitir, de mala gana, el car√°cter singular de todo el caso. Sin embargo, no lo manifest√≥ tanto con palabras como con su actitud: a partir de entonces mantuvo la espalda protegida contra un √°rbol corpulento, reavivaba el fuego cuando le parec√≠a que empezaba a apagarse, era siempre el primero en captar el menor ruido que sonara en la oscuridad circundante -acaso un pez que saltaba en el lago, el crujir de alguna rama, la ca√≠da ocasional de un poco de nieve desde las ramas altas donde el calor del fuego comenzaba a derretirla- e incluso se alter√≥ un tanto la calidad de su voz, que se hizo algo menos segura y m√°s baja. El miedo, por decirlo lisa y llanamente, se cern√≠a sobre el peque√Īo campamento y, a pesar de que los tres prefer√≠an hablar de otras cosas, parec√≠a que lo √ļnico de que pod√≠an discutir era de eso: del motivo de su miedo. En vano intentaron variar de conversaci√≥n; no encontraban nada que decir. Hank era el m√°s honrado del grupo: no dec√≠a nada. Con todo, tampoco dio la espalda a la oscuridad ni una sola vez.
Permaneci√≥ de cara a la espesura y, cuando necesitaron m√°s le√Īa, no dio un paso m√°s all√° de, los necesarios para obtenerla.