5 - Capitulo 05

S√≥lo un valiente escoc√©s, basado en el sentido com√ļn y amparado por la l√≥gica, pod√≠a conservar el sentido de la realidad como lo conserv√≥ este joven, mal que bien, para salir de aquella aventura. De no haber sido as√≠, los descubrimientos que hizo mientras avanzaba valerosamente le habr√≠an hecho retroceder hasta el refugio relativamente seguro de su tienda, en vez de apretar el rifle en sus manos y encomendarse a Dios con el pensamiento. Lo primero que observ√≥ fue que los dos rastros hablan sufrido una transformaci√≥n; y esta transformaci√≥n, por lo que se refer√≠a a las huellas del hombre, era ciertamente aterradora.
Al principio, lo not√≥ en las huellas m√°s grandes, y se qued√≥ un buen rato sin poder creer lo que ve√≠an sus ojos. ¬ŅEran las hojas ca√≠das que produc√≠an extra√Īos efectos de sombra, o tal vez la nieve, seca y espolvoreada como harina de arroz por los bordes, era responsable del efecto aquel? ¬ŅO se trataba efectivamente de que las huellas hablan adquirido un ligero matiz coloreado? Lo innegable era que las pisadas del animal ten√≠an un tinte rojizo y misterioso, que m√°s parec√≠a debido a un efecto de luz que a una sustancia que impregnara la nieve. Y a medida que avanzaba se hac√≠a m√°s intenso aquel matiz encendido que venta a a√Īadir un toque nuevo y horrible a la situaci√≥n.
Pero cuando, completamente perplejo, se fij√≥ en las huellas del hombre por ver si presentaban la misma coloraci√≥n, observ√≥ que, entretanto, √©stas hablan experimentado un cambio infinitamente peor. Durante el √ļltimo centenar de metros m√°s o menos, hab√≠an comenzado a parecerse a las huellas del animal. El cambio era imperceptible, pero inequ√≠voco. No se pod√≠a apreciar d√≥nde comenzaba. El resultado, de todos modos, estaba fuera de duda: m√°s peque√Īas, m√°s recortadas, modeladas con mayor nitidez, las huellas del hombre constitu√≠an ahora, sin embargo, un duplicado casi exacto de las otras. As√≠, pues, los pies que las hab√≠an grabado se hab√≠an transformado tambi√©n. Al darse cuenta de lo que esto significaba, sinti√≥ una sensaci√≥n de repugnancia y terror.
Por primera vez, Simpson dud√≥. Despu√©s, avergonzado de su indecisi√≥n, corri√≥ unos cuantos pasos m√°s; un poco m√°s all√°, se detuvo en seco. All√≠ mismo terminaban todas las se√Īales. Los dos rastros acababan de repente. Busc√≥ in√ļtilmente en un radio de cien metros o m√°s, pero no encontr√≥ el menor indicio de huellas. No hab√≠a nada.
Precisamente all√≠ los √°rboles se espesaban bastante. Se trataba de enormes cedros y abetos. No hab√≠a monte bajo. Permaneci√≥ un rato mirando alrededor, completamente turbado, sin saber qu√© pensar. Luego se puso a buscar con empe√Īada insistencia, pero siempre llegaba al mismo resultado: nada. ¬°Los pies que se hab√≠an marcado en la superficie de la nieve hasta all√≠, parec√≠an ahora haber dejado de tocar el suelo! En ese instante de angustia y confusi√≥n, sinti√≥ c√≥mo el terror se le enroscaba en el coraz√≥n, dej√°ndole totalmente paralizado. Todo el tiempo hab√≠a estado temiendo que sucediera... y sucedi√≥.
All√° arriba, muy lejos, debilitada por la altura y la distancia, singularmente quejumbrosa y apagada, oy√≥ la pla√Īidera voz de D√©fago, su gu√≠a.
Cayó sobre él un cielo invernal y tranquilo, y despertó en él un terror jamás rebasado. El rifle le resbaló de las manos. Durante un segundo, permaneció inmóvil donde estaba, escuchando con todo su ser. Después se retiró tambaleante hasta el árbol más cercano y se apoyó en él, deshecho e incapaz de razonar. En aquel momento aquélla le parecía la experiencia más aniquiladora del mundo. Se le había quedado el corazón vacío de todo sentimiento, tal como si se le hubiera secado.
-¬°Ah! ¬°Qu√© altura abrasadora! ¬°Ah, mis pies de fuego! ¬°Mis pies candentes! -oy√≥ que imploraba la angustiada voz del gu√≠a, con un acento de s√ļplica indescriptible. Despu√©s, el silencio volvi√≥ a reinar entre los √°rboles. Y Simpson, una vez recobrada la conciencia de s√≠, se dio cuenta de que estaba corriendo de un lado para otro, gritando, tropezando con las ra√≠ces y las piedras, buscando desenfrenadamente al que llamaba. Rasg√≥se el velo de recuerdos y emociones con que la experiencia vela habitualmente los acontecimientos; y medio enloquecido, forj√≥ visiones que llenaron de terror sus ojos, su coraz√≥n y su alma. Porque, con aquella voz lejana, le hab√≠a llamado el p√°nico de la Selva, el Poder de la Ind√≥mita Lejan√≠a, el Hechizo de la Desolaci√≥n que aniquila... En aquel momento, se le revelaron todos los suplicios de un ser irremisiblemente perdido que sufr√≠a la fatiga y el placer del alma que ha llegado a la Soledad final. Por las oscuras nieblas de sus pensamientos, como una llama, pas√≥ fugaz la visi√≥n de D√©fago, eternamente perseguido, acosado por toda la inmensidad celeste de aquellos bosques antiqu√≠simos.
Le pareció que transcurría una eternidad y, en el caos de sus desorganizadas sensaciones, no consiguió encontrar nada a que aferrarse por un momento y pensar...
El grito no se repitió; sus propias llamadas no tuvieron respuesta. Las fuerzas inescrutables de la Naturaleza Salvaje habían llamado a su víctima con voz inapelable y la habían atenazado.
Sin embargo, a√ļn continu√≥ buscando y llamando durante unas cuatro horas, por lo menos, puesto que ya era casi de noche cuando decidi√≥, por fin, abandonar tan in√ļtil persecuci√≥n y regresar al campamento, a orillas del Lago de las Cincuenta Islas. De todos modos, se marchaba de mala gana. Aquella voz implorante resonaba a√ļn en sus o√≠dos. Le cost√≥ trabajo encontrar el rifle y la pista de regreso. La necesidad de concentrarse en la tarea de seguir los √°rboles mal marcados, y un hambre voraz que le ro√≠a las tripas, le ayudaron a apartar de su mente lo ocurrido. De no haber sido as√≠, √©l mismo admite que su extrav√≠o le habr√≠a acarreado peores consecuencias. Gradualmente, las dificultades concretas del momento le devolvieron a su ser, y no tard√≥ en recuperar el equilibrio de sus nervios.
No obstante, durante toda la marcha, a trav√©s de las sombras crecientes, se sinti√≥ miserablemente perseguido. O√≠a innumerables ruidos de pasos que le segu√≠an, voces que re√≠an y hablaban por lo bajo; y ve√≠a figuras agazapadas tras los √°rboles y las rocas, haci√©ndose se√Īas unas a otras como para atacarle a un tiempo, en el instante en que pasara. El rumor del viento le hizo dar un respingo y detenerse a escuchar. Camin√≥ furtivamente, tratando de ocultar su presencia, haciendo el menor ruido posible. Las sombras de los √°rboles, que hasta entonces le proteg√≠an o le cubr√≠an, se volv√≠an ahora amenazadoras, inquietantes; y la confusi√≥n de su mente asustada le hac√≠a sentir una multitud de posibilidades, tanto m√°s siniestras cuanto m√°s oscuras. El presentimiento de un destino fatal acechaba detr√°s de cada uno de los acontecimientos que acababan de suceder.
Fue realmente admirable el modo como sali√≥ airoso al final. Acaso hombres de madura experiencia hubieran fracasado en esta prueba. Consigui√≥ dominarse bastante bien y pens√≥ en todo, como demuestra su plan de acci√≥n. Puesto que no ten√≠a sue√Īo en absoluto, y caminaba siguiendo un rastro invisible en la total oscuridad, se sent√≥ a pasar la noche, rifle en mano, delante de una hoguera que ni por un momento dej√≥ de alimentar. El rigor de aquella vigilancia dej√≥ marcado su esp√≠ritu para siempre; pero la llev√≥ a cabo con √©xito, y a las primeras claridades del d√≠a emprendi√≥ el viaje de regreso, en busca de ayuda. Como la vez anterior, dej√≥ una nota escrita en la que explicaba su ausencia e indicaba tambi√©n d√≥nde dejaba un dep√≥sito de abundantes provisiones y cerillas... ¬°aunque no esperaba que lo encontrasen manos humanas! Ser√≠a por s√≠ misma una historia digna de contarse la manera como Simpson encontr√≥ el camino, solo, a trav√©s del lago y del bosque. O√≠rsela a √©l es conocer la apasionada soledad de esp√≠ritu que puede sentir un hombre cuando la Naturaleza Salvaje lo tiene en el hueco de su mano ilimitada... y se r√≠e de √©l. Es, tambi√©n, admirar su voluntad inquebrantable.
No reclama para s√≠ ning√ļn m√©rito. Confiesa que segu√≠a maquinalmente, y sin pensar, el rastro casi invisible. Y esto, indudablemente, es verdad. Confiaba en la gu√≠a inconsciente de la raz√≥n, que es el instinto. Tal vez le ayudara tambi√©n cierto sentido de orientaci√≥n, tan desarrollado en los animales y en el hombre primitivo. El caso es que, a trav√©s de toda aquella enmara√Īada regi√≥n, consigui√≥ llegar al sitio donde D√©fago, casi tres d√≠as antes, hab√≠a escondido la canoa con estas palabras:
-Cruzar el lago todo recto, hacia el sol, hasta dar con el campamento.
No hab√≠a sol de ninguna clase, pero se ayud√≥ con la br√ļjula como Dios le dio a entender, y cubri√≥ los √ļltimos veinte kil√≥metros de su viaje a bordo de la fr√°gil piragua, con una inmensa sensaci√≥n de alivio al dejar atr√°s, por fin, el bosque interminable. Por fortuna, el agua estaba tranquila. Enfil√≥ proa al centro del lago, en vez de costear, Y tuvo la suerte, adem√°s, de que los otros estuvieran ya de regreso. La luz de la hoguera le proporcion√≥ un punto de referencia, sin el cual habr√≠a perdido toda la noche para encontrar el campamento.
De todos modos, era cerca de media noche cuando su canoa rozó la arena de la ensenada. Hank, Punk y su tío, despertados por sus gritos, echaron a correr. Y viéndole cansado y deshecho, le ayudaron a abrirse camino por las rocas hasta el fuego casi apagado.