4 - Capitulo 04

Pero el sue√Īo, a la larga, siempre acaba por imponerse a cualquier emoci√≥n. Pronto se desvanecieron sus pensamientos. Se encontraba arropado, c√≥modo, y demasiado fatigado. La noche era agradable y reparadora, y en ella se dilu√≠a toda sombra de recuerdo y alarma. Media hora m√°s tarde, hab√≠a perdido conciencia de todo cuanto le rodeaba.
Y sin embargo, esta vez fue el sue√Īo su gran enemigo, al embotarle la sensaci√≥n de inminencia y anular el estado de alarma de sus nervios.
As√≠ como en algunas de esas pesadillas que se presentan con terrible apariencia de realidad, basta a veces la inconsistencia de un simple detalle para poner de manifiesto la incoherencia y falsedad del todo, del mismo modo los acontecimientos que ahora se desarrollan, aun sucediendo en realidad, suger√≠an la existencia de un detalle que pod√≠a ser la clave de la explicaci√≥n y que hab√≠a sido pasado por alto en la confusi√≥n del momento. Todo aquello s√≥lo deb√≠a ser cierto en parte; y lo dem√°s, pura fantas√≠a. En las profundidades de una mente dormida, algo permanece despierto, preparado para emitir el juicio: ¬ęTodo esto no es completamente real; cuando despiertes lo comprender√°s.¬Ľ
Y así, en cierto modo, le sucedía a Simpson. Los acontecimientos no eran totalmente inexplicables o increíbles por sí mismos, aunque formaban, para el hombre que los veía y oía, una sucesión de hechos horribles, pero independientes, porque el detalle mínimo que podía haber esclarecido el enigma permanecía oculto o desfigurado.
Por lo que Simpson puede recordar, fue un movimiento violento, como de algo que se arrastraba en el interior de la tienda, lo que le despert√≥ y le hizo darse cuenta de que su compa√Īero estaba sentado, muy tieso, junto a √©l. Estaba temblando. Deb√≠an de haber pasado varias horas, porque el p√°lido resplandor del alba recortaba su silueta contra la tela de la tienda. Esta vez no lloraba; temblaba como una hoja, y su temblor lo sent√≠a √©l a trav√©s de la manta. D√©fago se hab√≠a arrebujado contra √©l, en busca de protecci√≥n, huyendo de algo que aparentemente se escond√≠a junto a la entrada de la tienda.
Por esta razón, Simpson le preguntó en voz alta -con el aturdimiento del despertar, no recuerda exactamente qué-, y el guía no contestó. Una atmósfera de auténtica pesadilla le envolvía, le embarazaba hasta impedirle moverse. Durante unos instantes, como es natural, no supo dónde se encontraba, si en uno de los anteriores campamentos o en su cama de Aberdeen. Estaba confuso y aturdido.
Despu√©s -casi inmediatamente-, en el profundo silencio del amanecer, oy√≥ un ruido de lo m√°s extra√Īo. Fue repentino, sin previo aviso, inesperado e indeciblemente espantoso.
Simpson afirma que se trataba de una voz, acaso humana, ronca, aunque lastimera. Una voz suave y retumbante a la vez, que parec√≠a provenir de las alturas y que, al mismo tiempo, sonaba muy cerca de la tienda. Era un bramido pavoroso y profundo que, sin embargo, pose√≠a cierta calidad dulce y seductora. Distingui√≥ en √©l como tres notas, como tres gritos separados que recordaban vagamente, apenas reconocibles, las s√≠labas que compon√≠an el nombre del gu√≠a: ¬ę¬°D√©-fa-go!¬Ľ
El estudiante admite que es incapaz de describir cabalmente este sonido, ya que jamás había oído nada semejante en su vida y en él se combinaban cualidades contradictorias.
El lo describe como ¬ęuna especie de voz lastimera y ululante como el viento, que suger√≠a la presencia de un ser solitario e ind√≥mito, tosco y a la vez incre√≠blemente poderoso¬Ľ...
Y aun antes de que cesara la voz y se hundiera de nuevo en los inmensos abismos del silencio, el gu√≠a se puso en pie de un salto y grit√≥ una respuesta ininteligible. Al incorporarse, choc√≥ violentamente contra el palo de la tienda; sacudi√≥ toda la armaz√≥n al extender los brazos fren√©ticamente para abrirse camino, y pate√≥ con furia para desembarazarse de las mantas. Durante un segundo, o quiz√° dos, permaneci√≥ r√≠gido ante la puerta; su oscuro perfil se recort√≥ contra la palidez del alba. Luego, con desenfrenada rapidez, y antes de que su compa√Īero pudiera mover un dedo para detenerle, se arroj√≥ por la entrada de la tienda... y se march√≥. Y al marcharse -con tan asombrosa rapidez, que pudo o√≠rse c√≥mo su voz se perd√≠a a lo lejos- gritaba con un acento de angustia y terror, pero que al mismo tiempo parec√≠a expresar un tremendo √©xtasis de gozo...
-¡Ah! ¡Mis pies de fuego! ¡Mis ardientes pies de fuego! ¡Ah! ¡Qué altura, qué carrera abrasadora!
Pronto la distancia acalló sus gritos, y el silencio del amanecer descendió de nuevo sobre la floresta.
Sucedi√≥ todo con tal rapidez que, a no ser por el lecho vac√≠o que ten√≠a junto a √©l, Simpson casi hubiera podido creer que acababa de sufrir una pesadilla. Pero a su lado sent√≠a a√ļn la c√°lida presi√≥n del cuerpo desaparecido. Las mantas estaban todav√≠a en un mont√≥n, en el suelo. La misma tienda temblaba a√ļn por la vehemencia de su salida impetuosa. Las extra√Īas palabras, propias de un cerebro repentinamente trastornado, resonaban en sus o√≠dos como si las oyera todav√≠a a lo lejos... No eran √ļnicamente los sentidos de la vista y el o√≠do los que denunciaban cosas extra√Īas a la raz√≥n, ya que mientras el gu√≠a gritaba y corr√≠a, pudo captar √©l un olor extra√Īo y acre que hab√≠a invadido el interior de la tienda. Y parece que fue en ese preciso momento, despabilado por el olor atosigante, cuando recobr√≥ el √°nimo, se puso en pie de un salto y sali√≥ de la tienda.
La luz gris√°cea del amanecer se derramaba indecisa y fr√≠a por entre los √°rboles, permitiendo que se distinguieran las cosas, Simpson se qued√≥ de pie, de espaldas a la tienda empapada de roc√≠o. A√ļn quedaba alguna brasa entre las cenizas de la hoguera.Contempl√≥ el lago p√°lido bajo la capa de bruma, las islas que emerg√≠an misteriosamente como envueltas en algod√≥n, y los rodales de nieve, al otro lado, en los espacios despejados del bosque de arbustos. Todo estaba fr√≠o, silencioso, inm√≥vil, esperando la salida del sol. Pero en ninguna parte hab√≠a se√Īal del gu√≠a desaparecido. Sin duda corr√≠a a√ļn, fren√©ticamente, por los bosques helados. Ni siquiera se o√≠an sus pasos, ni los ecos evanescentes de su voz. Se hab√≠a ido... definitivamente.
No había nada; nada, excepto el recuerdo de su presencia reciente, que persistía vivamente en el campamento, y ese penetrante olor que lo invadía todo.
Y aun el olor estaba desapareciendo con rapidez. A pesar de la enorme turbaci√≥n que experimentaba, Simpson se esforz√≥ por descubrir su naturaleza. Pero averiguar la calidad de un olor fugaz, que no se ha reconocido inconscientemente al instante, es una operaci√≥n muy ardua; y fracas√≥. Antes de que pudiera captarlo del todo, o reconocerlo, hab√≠a desaparecido. Incluso ahora le cuesta hacer una descripci√≥n aproximada, ya que era distinto de todo otro olor. Era acre, no muy diferente del que exhalan los leones, aunque m√°s suave, y no completamente desagradable. Ten√≠a algo de dulzarr√≥n que le recordaba el aroma de las hojas oto√Īales de un jard√≠n, la fragancia de la tierra, y los mil perfumes que se elevan de una selva inmensa. Sin embargo, la expresi√≥n ¬ęolor a leones¬Ľ es la que, a mi juicio, resume mejor todo esto.
Finalmente, el olor se desvaneci√≥ por completo y Simpson se dio cuenta de que se encontraba de pie, junto a las cenizas del fuego, en un estado de asombro y est√ļpido terror que le incapacitaba para hacer frente a la menor eventualidad. Si una rata almizclera hubiese asomado entonces su hocico puntiagudo por encima de una roca, o hubiese visto escabullirse una ardilla, lo m√°s probable es que se hubiera desmayado sin m√°s. Su instinto acababa de percibir el h√°lito de un gran Horror Exterior... y todav√≠a no hab√≠a tenido tiempo de rehacerse y adoptar una actitud firme y alerta.
Sin embargo, nada sucedi√≥. Un soplo de aire suave acarici√≥ la floresta que despertaba, y unas pocas hojas de arce se desprendieron temblorosas y cayeron a tierra. El cielo se hizo repentinamente m√°s claro. Simpson sinti√≥ el aire fr√≠o en sus mejillas y en su cabeza descubierta. Tembl√≥, aterido, y con gran esfuerzo se hizo cargo de que estaba solo entre los arbustos... y de que lo m√°s prudente era ponerse en marcha, en busca de su compa√Īero desaparecido, con el fin de socorrerle.
Y as√≠ lo hizo, en efecto, pero sin resultado. Con aquella mara√Īa de √°rboles en torno suyo, el lago cort√°ndole el camino por detr√°s, y el horror de aquellos gritos salvajes latiendo a√ļn en su sangre, hizo lo que cualquier otro inexperto habr√≠a hecho en semejante situaci√≥n: correr, correr sin sentido alguno, como un ni√Īo enloquecido, y gritar continuamente el nombre de su gu√≠a: ¬°D√©fago! ¬°D√©fago! ¬°D√©fago! -vociferaba, y los √°rboles le devolv√≠an el nombre, en un eco apagado, tantas veces cuantas lo gritaba √©l:
-¡Défago! ¡Défago! ¡Défago!
Sigui√≥ el rastro impreso en la nieve hasta donde los √°rboles, demasiado espesos, hab√≠an impedido que la nieve llegara al suelo. Grit√≥ hasta quedarse ronco, y hasta que el sonido de su propia voz comenz√≥ a asustarle en aquel paraje desierto y silencioso. Su confusi√≥n aumentaba con la violencia de sus esfuerzos. La angustia se le hizo dolorosamente aguda. Por √ļltimo, fracasados sus intentos, dio la vuelta y se dirigi√≥ al campamento, completamente agotado. Fue un milagro que encontrara el camino. El caso es que, despu√©s de seguir un sinf√≠n de direcciones falsas, encontr√≥ la blanca tienda de campa√Īa entre los √°rboles, y se sinti√≥ a salvo.
El cansancio, entonces, administr√≥ su propio remedio. Encendi√≥ fuego y se prepar√≥ el desayuno. El caf√© caliente y el tocino le devolvieron un poco de sentido com√ļn y de juicio, y comprendi√≥ que se hab√≠a portado como un chiquillo. Deb√≠a medir los esfuerzos para hacer frente a la situaci√≥n de una manera m√°s sensata. Una vez recobrado el √°nimo,deb√≠a hacer en primer lugar una exploraci√≥n lo m√°s completa posible y, si no daba resultado, deb√≠a buscar el camino de regreso cuanto antes y traer ayuda.
Y eso fue lo que hizo. Cogi√≥ provisiones, cerillas, el rifle y un hacha peque√Īa para marcar los √°rboles, y se puso en camino. Eran las ocho cuando sali√≥, y el sol brillaba por encima de los √°rboles en un cielo despejado. Plant√≥ una estaca junto al fuego y dej√≥ una nota, para el caso de que D√©fago volviera mientras √©l estaba ausente.
Esta vez, de acuerdo con un plan cuidadoso, tom√≥ una nueva direcci√≥n. Cubriendo un √°rea m√°s amplia, podr√≠a tropezarse con se√Īales del rastro del gu√≠a. Y en efecto, antes de haber recorrido medio kil√≥metro, encontr√≥ las huellas de un animal grande y, al lado, las huellas, menores y m√°s ligeras, de unos pies indudablemente humanos: los de D√©fago.
El alivio que experiment√≥ inmediatamente fue natural, aunque breve. Al primer golpe de vista vio que esas huellas explicaban clara y simplemente lo sucedido: las se√Īales m√°s grandes pertenec√≠an, sin duda alguna, a un alce que, con el viento en contra, se hab√≠a acercado equivocadamente al campamento, lanzando un grito de alarma en el momento en que comprendi√≥ su error. D√©fago, que ten√≠a el instinto de la caza desarrollado hasta un grado de incre√≠ble perfecci√≥n, hab√≠a notado su presencia horas antes, por el olor del viento. Su excitaci√≥n y su desaparici√≥n se deb√≠an, naturalmente, a... este...
Entonces, la explicaci√≥n imposible a la cual quer√≠a aferrarse, se le revel√≥ implacablemente falsa. Ning√ļn gu√≠a, y mucho menos de la categor√≠a de D√©fago, habr√≠a reaccionado de forma tan insensata, echando a correr incluso sin rifle... Todo el episodio exig√≠a una explicaci√≥n mucho m√°s compleja. Record√≥ los detalles de todo lo que hab√≠a sucedido: el grito de terror, las enigm√°ticas palabras, el semblante asustado, el extra√Īo olor que hab√≠a notado, aquellos sollozos contenidos en la oscuridad, y -tambi√©n esto le vino oscuramente a la memoria- la inicial aversi√≥n del gu√≠a a estos parajes.
Adem√°s, ahora que las examinaba de cerca, ¬°aquellas huellas no eran de alce, ni mucho menos! Hank le hab√≠a explicado el perfil que deja la pezu√Īa de un alce macho, de una hembra o de una cr√≠a. Se las hab√≠a dibujado claramente sobre una tira de abedul. Estas eran totalmente distintas. Eran grandes, redondas, amplias, no ten√≠an la forma puntiaguda de la pezu√Īa afilada. Por un momento, se pregunt√≥ si ser√≠an de oso. No se le ocurri√≥ pensar en ning√ļn otro animal, porque el reno no bajaba tan al sur en esa √©poca del a√Īo y, aun cuando fuese as√≠, sus huellas dibujar√≠an la forma de una pezu√Īa.
Eran siniestros aquellos trazos dejados en la nieve por una misteriosa criatura que había atraído a un ser humano lejos de su refugio. Y, al querer relacionarlos, en su imaginación, con aquel susurro obsesionante que interrumpió la paz del amanecer, le invadió un vértigo momentáneo, una angustia inconcebible. Sintió una sombra de amenaza por todo su alrededor. Y al examinar con más detalle una de las huellas, notó una débil vaharada de aquel olor dulzarrón y penetrante, que le hizo dar un respingo y le produjo náuseas.
Entonces su memoria le jugó otra mala pasada. Recordó, de pronto, aquellos pies destapados que se salían de la tienda, y cómo el cuerpo del guía parecía haber sido arrastrado hacia la entrada. Recordó también cómo Défago había retrocedido, aterrado, ante algo que había percibido junto a la tienda, cuando él se despertó. Los detalles acudían a su mente con violencia, asediándola de forma obsesiva; parecían agolparse en aquellos espacios profundos de la selva silenciosa que le rodeaba, donde él, en medio de los árboles, permanecía de pie, a la escucha, esperando, tratando de actuar del modo más aconsejable. El bosque le cercaba.
Con la firmeza de una suprema resoluci√≥n, Simpson inici√≥ la marcha, siguiendo las huellas lo mejor que pod√≠a, y tratando de reprimir las emociones desagradables que trataban de debilitar su voluntad. Marc√≥ una infinidad de √°rboles a medida que caminaba, con el temor siempre de no poder encontrar el camino de regreso, gritando de cuando en cuando el nombre del gu√≠a. El seco golpear del hacha sobre lo troncos macizos, y el acento extra√Īo de su propia voz se convirtieron finalmente en unos sonidos que a √©l mismo le daba miedo producir. Incluso le daba miedo o√≠rlos. Atra√≠an laatenci√≥n y delataban su situaci√≥n exacta, y si se diera realmente el caso de que le estuvieran siguiendo, lo mismo que segu√≠a √©l a otro...
Con un esfuerzo supremo, rechazó tal idea en el mismo instante en que se le ocurrió.
Comprendía que era el principio de un aturdimiento diabólico que podía conducirle vertiginosamente a su propia perdición.
Aunque la nieve no formaba una alfombra continua, sino sólo ligeras capas en los espacios más despejados, no le fue difícil seguir el rastro durante varios kilómetros.
Caminaba en l√≠nea recta, en la medida en que se lo permit√≠an los √°rboles. Las pisadas impresas en la nieve comenzaron pronto a distanciarse, hasta que, finalmente, su separaci√≥n fue tal que parec√≠a absolutamente imposible que ning√ļn animal diera zancadas tan enormes. Eran como saltos enormes. Midi√≥ una de aquellas zancadas y, aunque sab√≠a que la ¬ędistancia¬Ľ de seis metros no deb√≠a de ser muy exacta, se qued√≥ perplejo; no comprend√≠a c√≥mo no encontraba en la nieve ninguna pisada intermedia entre las huellas extremas. Pero lo que m√°s confundido le ten√≠a, lo que le hac√≠a mirar con recelo, era que las zancadas de D√©fago crec√≠an tambi√©n en longitud, poco a poco, hasta cubrir exactamente las mismas distancias. Parec√≠a como si la enorme bestia lo hubiera arrastrado con ella en esos saltos asombrosos. Simpson, que ten√≠a las piernas mucho m√°s largas, comprob√≥ que no pod√≠a cubrir la mitad del trecho, ni aun tomando impulso.
Y la visión de aquellas huellas que corrían unas junto a otras, mudo testimonio de una carrera espantosa en la que el terror o la locura habían provocado unas consecuencias imposibles, le impresionó profundamente y le conmovió en lo más hondo de su alma.
Era lo m√°s espantoso que hab√≠an visto sus ojos. Comenz√≥ a seguirlas maquinalmente, casi enajenado, mirando de soslayo, furtivamente, por si alg√ļn ser, con zancadas gigantescas, le segu√≠a los pasos a √©l tambi√©n... Y sucedi√≥ que, al poco tiempo, no supo ya lo que significaban aquellas pisadas en la nieve, acompa√Īadas por las huellas del peque√Īo franco-canadiense, su gu√≠a, su camarada, el hombre que hab√≠a compartido su tienda unas horas antes, charlando, riendo, incluso cantando con √©l.