2 - Capitulo 02

Por la ma√Īana, antes de que saliera el sol, el campamento estaba ya en plena actividad.
Había caído una ligera capa de nieve durante la noche, y el aire era frío y penetrante.
Punk había cumplido con sus deberes matinales, ya que el olor del café y del tocino frito llegaba hasta las tiendas. Todo el mundo estaba de buen humor.
-¬°El viento ha cambiado! -grit√≥ Hank a Simpson y a su gu√≠a, que se hallaba a bordo de la peque√Īa canoa-. ¬°Hay que cruzar el lago en l√≠nea recta! ¬°Estupendos rastros nos va a dejar la nieve! Si hay alg√ļn alce olisqueando por all√≠, tal como viene el viento, no os va a ver hasta teneros encima. ¬°Buena suerte, Monsieur D√©fago! -a√Īadi√≥ alegremente, d√°ndole por una vez la pronunciaci√≥n francesa al nombre- ¬°Bonne chance!
Défago le deseó lo mismo, de buen humor al parecer, sin acordarse para nada de su silencioso enfado de la noche anterior. Antes de las ocho, el viejo Punk se encontraba solo ya en el campamento. Cathcart y Hank, muy lejos de allí, seguían un rastro que se dirigía hacia occidente, en tanto que la canoa que llevaba a Défago y a Simpson, con una tienda de seda y provisiones para dos días, era sólo un punto confuso balanceándose en la lejanía, rumbo al este.
La crudeza invernal del aire se atemperaba con el sol que coronaba las lomas cubiertas del bosque y resplandecía con voluptuoso calor sobre los árboles y el lago. Los somormujos volaban rasantes a través del centelleo del rocío que el viento espolvoreaba; algunos sacudían sus mojadas cabezas al sol, y luego las sumergían de nuevo con vivacidad. Y hasta donde alcanzaba la vista, se elevaban las masas interminables y apretadas de los arbustos desolados que cubrían toda aquella región, jamás hollada por el hombre, que se extendía como un poderoso e ininterrumpido tapiz vegetal hasta las costas heladas de la Bahía de Hudson.
Simpson, que contemplaba todo esto por primera vez a la par que remaba vigorosamente, se sent√≠a embelesado por la austera belleza. Su coraz√≥n se embriagaba con el sentimiento de libertad de los grandes espacios, y sus pulmones con el aire fr√≠o y perfumado. Detr√°s de √©l, sentado a popa, D√©fago gobernaba con soltura aquella embarcaci√≥n de corteza de abedul y contestaba alegremente a todas las preguntas de su compa√Īero. Los dos se sent√≠an contentos y gozosos. En tales ocasiones, los hombres pierden las superficiales diferencias que el mundo establece; se convierten en seres humanos que trabajan juntos por un fin com√ļn. Simpson, el patr√≥n, y D√©fago, el servidor, entre aquellas fuerzas primitivas, eran simplemente eso: dos hombres, el ¬ęgu√≠a¬Ľ y el ¬ęguiado¬Ľ. La superior destreza asum√≠a naturalmente el mando, y el ¬ęse√Īorito¬Ľ hab√≠a pasado sin pre√°mbulos a una situaci√≥n de cuasi-subordinado. No se le ocurri√≥, ni mucho menos, poner objeci√≥n alguna cuando D√©fago suprimi√≥ el ¬ęse√Īor¬Ľ y se dirigi√≥ a √©l con un ¬ęoiga, Simpson¬Ľ, o bien ¬ęoiga, jefe¬Ľ, como se dio el caso invariablemente hasta que llegaron a la lejana orilla, despu√©s de remar de firme durante doce millas con viento de proa. El solamente se re√≠a, le gustaba; despu√©s, dej√≥ de notarlo por completo.
Este ¬ęestudiante de teolog√≠a¬Ľ era, pues, un joven de buen natural y mejor car√°cter, aunque sin mundo, como era de comprender. Y en este viaje -la primera vez que sal√≠a de su peque√Īa Escocia natal-, la gigantesca proporci√≥n de las cosas le produc√≠a cierto aturdimiento. Ahora comprend√≠a que una cosa era o√≠r hablar de los bosques primordiales, y otra muy distinta verlos. Y vivir en ellos y tratar de familiarizarse con su vida salvaje era, adem√°s, una iniciaci√≥n que ning√ļn hombre inteligente pod√≠a sufrir sin verse obligado a alterar una escala de valores considerada hasta entonces como inmutable y sagrada.
Simpson sinti√≥ las primeras manifestaciones de esta emoci√≥n cuando cogi√≥ en sus manos el nuevo rifle 303 y contempl√≥ sus perfectos y relucientes ca√Īones. Los tres d√≠as de viaje hasta el campamento general, a trav√©s del lago, y por tierra, despu√©s, hab√≠an constituido una nueva fase de este proceso. Y ahora que estaba tan lejos, m√°s all√° incluso de la orla de espesura donde hab√≠an acampado, en el coraz√≥n de unas regiones deshabitadas tan extensas como Europa, la verdadera realidad de su situaci√≥n le produc√≠a un efecto de placer y pavor que su imaginaci√≥n sab√≠a apreciar perfectamente.
Eran Défago y él, contra una muchedumbre... o, al menos, ¡contra un Titán!
La fr√≠a magnificencia de estos bosques solitarios y remotos le abrumaba y le hac√≠an sentir su propia peque√Īez. De la infinidad de copas azulencas que se balanceaban en el horizonte, se desprend√≠a y revelaba por s√≠ misma esa severidad que emana de las vegetaciones enmara√Īadas y que s√≥lo puede calificarse como despiadada y terrible.
Comprendía la muda advertencia. Se daba cuenta de su total desamparo. Sólo Défago, como símbolo de una civilización distante en la que era el hombre el que dominaba, se levantaba entre él y una muerte implacable por hambre y agotamiento.
Por esta razón, le resultaba emocionante ver a Défago dirigir la canoa a la orilla, guardar las palas cuidadosamente en su interior y hacer marcas, luego, en las ramas de los abetos situados a uno y otro lado de un rastro casi invisible, al tiempo que le explicaba con entera despreocupación:
-Oiga, Simpson; si me llegara a pasar algo, encontrar√° la canoa siguiendo exactamente estas se√Īales. Despu√©s cruza √©l lago todo recto hacia el sol, hasta dar con el campamento. ¬ŅHa comprendido?
Era la cosa m√°s natural del mundo, y lo dijo sin un solo cambio de voz. No obstante, con ese lenguaje, que reflejaba perfectamente la situaci√≥n y el desamparo de ambos, acert√≥ a expresar las emociones del joven en aquel momento. Se encontraba, con D√©fago, en un mundo primitivo: eso era todo. La canoa -otro s√≠mbolo del poder del hombre- deb√≠a dejarse atr√°s. Aquellas muescas amarillentas cortadas a golpes de hacha sobre los √°rboles, eran las √ļnicas se√Īales de su escondite.
Entre tanto, con los bártulos y el rifle al hombro, los dos hombres comenzaron a seguir un rastro casi imperceptible por entre rocas, troncos caídos y charcas medio heladas, sorteando los numerosos lagos que festoneaban el bosque, y bordeando sus orillas cubiertas de niebla desflecada. Hacia las cinco, se encontraron de improviso con que estaban en el límite del bosque. Ante ellos se abría una vasta extensión de agua, moteada de innumerables islas cubiertas de pinos.
-El Lago de las Cincuenta Islas -anunci√≥ D√©fago con voz cansada-, ¬°y el sol est√° metiendo en √©l su vieja cabeza pelada! -a√Īadi√≥ po√©ticamente, sin darse cuenta.
Inmediatamente, comenzaron a plantar la tienda. En cinco minutos escasos, gracias a aquellas manos que nunca hac√≠an un movimiento de m√°s ni de menos, qued√≥ armada la tienda, fueron preparados los techos con ramas de b√°lsamo y se encendi√≥ un buen fuego para guisar con el m√≠nimo de humo. Mientras el joven escoc√©s limpiaba el pescado que cogieron al curric√°n durante la traves√≠a, D√©fago dijo que ¬ępensaba¬Ľ dar una vuelta ¬ęnada m√°s¬Ľ por los alrededores, en busca de se√Īales de alce.
-Pudiera tropezarme con alg√ļn tronco donde hubiesen estado restregando los cuernos - dijo mientras se iba-, o acaso hayan mordisqueado las hojas de alg√ļn arce.
Su peque√Īa figura se fundi√≥ como una sombra en el crep√ļsculo. Simpson se qued√≥ observando, con admiraci√≥n, cu√°n f√°cilmente lo absorb√≠a la floresta. S√≥lo unos pasos, y ya hab√≠a desaparecido.
No obstante, había poca maleza por los alrededores. Los árboles se elevaban algo más allá, muy espaciados, y en los claros crecían el abedul y el arce, delgados y esbeltos, junto a los troncos inmensos de los abetos. De no haber sido por algunos troncos derribados, de monstruosas proporciones, y por los fragmentos de roca gris que se hincaban en el lomo de la tierra, el paraje podía haber sido el rincón de un viejo parque.
Casi se pod√≠a ver en √©l la mano del hombre. Un poco m√°s a la derecha, no obstante, comenzaba aquella extensa comarca que llamaban el Br√Ľl√©, completamente arrasada por el incendio del a√Īo anterior. La zona entera estuvo ardiendo con furia durante semanas y semanas. Ahora se alzaban, descarnados y feos, unos tocones ennegrecidos en forma de cerillas gigantescas. Reinaba una desolaci√≥n indescriptible. El olor a carb√≥n y a ceniza empapada de lluvia a√ļn persist√≠a d√©bilmente en el aire.
El crep√ļsculo se iba haciendo m√°s denso cada vez. Las marismas se cubr√≠an de sombras.
El crepitar de la le√Īa en el fuego y el romper de las olas a lo largo de la costa rocosa del lago eran los √ļnicos ruidos audibles. El viento se hab√≠a calmado al ponerse el sol, y nada se agitaba en aquel vasto mundo de ramas. En cualquier momento, los dioses de los bosques pod√≠an esbozar sus tremendos y poderosos perfiles entre los √°rboles.
Delante, a trav√©s de los p√≥rticos sostenidos por los enormes troncos erguidos, se extend√≠a el escenario del Lago de Fifty Islands, de las Cincuenta Islas, que era como una media luna de veinticinco kil√≥metros, m√°s o menos, de punta a punta, y de unos nueve de anchura, desde donde estaban ellos acampados. Un cielo rosa y azafr√°n, m√°s claro que cualquiera de los que hab√≠a visto Simpson en su vida, derramaba a√ļn sus raudales de fuego sobre las olas, y las islas -seguramente m√°s cerca de las cien que de las cincuenta- flotaban como m√°gicas embarcaciones de una escuadra encantada. Cubiertas de pinos, con las crestas apuntando al cielo, casi parec√≠an moverse en la borrosa luz del anochecer... a punto de recoger el ancla y navegar por las rutas de los cielos, y no por las del lago arcaico y solitario.
Y los encendidos jirones de nubes, como pendones ostentosos, eran la se√Īal de que zarpaban rumbo a las estrellas...
El espect√°culo era de una belleza arrobadora. Simpson ahumaba el pescado, y se hab√≠a quemado los dedos al intentar probarlo; al mismo tiempo, cuidaba de la sart√©n y a fuego. Pero, por debajo de sus pensamientos, percib√≠a otro aspecto de la naturaleza salvaje: la indiferencia hacia la vida humana, el esp√≠ritu despiadado de la desolaci√≥n, que no tiene en cuenta al hombre. El sentimiento de su completa soledad, ahora que incluso D√©fago se hab√≠a ido, se le hizo m√°s palpable al mirar en torno suyo y aguzar el o√≠do en espera de adivinar las pisadas de su compa√Īero que regresaba.
Esta sensaci√≥n ten√≠a algo de placentera; y de alarmante, tambi√©n. E irremediablemente, se le ocurri√≥ una idea que le hizo temblar: ¬ę¬ŅQu√© podr√≠a... qu√© podr√≠a hacer yo si... si sucediera algo y no regresara?¬Ľ...
Disfrutaron de una cena bien merecida, comieron pescado a placer, y tomaron un t√© fuerte, capaz de matar a un hombre que no hubiera hecho treinta millas a ¬ęmarcha forzada¬Ľ. Y al terminar, estuvieron un rato fumando, charlando y riendo junto al fuego.
Después, estiraron las piernas cansadas y discutieron el programa del día siguiente.
D√©fago se encontraba de un humor excelente, aunque decepcionado por no haber encontrado ning√ļn rastro todav√≠a. Pero estaba oscureciendo y no hab√≠a podido alejarse demasiado. El Br√Ľl√© era mal sitio tambi√©n. Las ropas y las manos le ol√≠an a carb√≥n.
Simpson, al mirarle, volvió a sentir con renovada intensidad que la situación seguía siendo la misma: los dos juntos en la soledad agreste.
-D√©fago -dijo-, estos bosques son... c√≥mo decirlo, un poco demasiado grandes para sentirse uno a gusto... tranquilo, quiero decir... ¬Ņno?
Con estas palabras tan sólo daba expresión a su sentir del momento. Apenas si estaba preparado para la seriedad, para la solemnidad, incluso, con que el guía acogió sus palabras.
-Está usted en lo cierto, jefe -exclamó, clavándole en el rostro sus ojos escrutadores-, Es la pura verdad. No tienen límite... ninguna clase de límite.
Luego a√Īadi√≥, bajando la voz como si hablara consigo mismo:
-Son muchos los que han descubierto eso, y han sucumbido.
Pero la gravedad que hab√≠a en su actitud no agrad√≥ en absoluto a Simpson. Sus palabras y su expresi√≥n resultaban demasiado sugerentes en un escenario y un crep√ļsculo como aquellos. Lament√≥ haber tocado ese tema. De pronto le vino a la memoria lo que hab√≠a
contado su t√≠o sobre una fiebre extra√Īa que afectaba a los hombres en la soledad de la selva. Se sent√≠an irresistiblemente atra√≠dos por las regiones despobladas, y caminaban, fascinados, hacia su muerte. Y se le ocurri√≥ que su compa√Īero ten√≠a ciertos s√≠ntomas afines a ese extra√Īo tipo de afecci√≥n. Desvi√≥ la conversaci√≥n hacia otros derroteros.
Habló de Hank y del doctor, así como de la natural rivalidad entre los dos grupos por ser los primeros en avistar un alce.
-Si ellos fuesen en dirección oeste -observó Défago con desgana-, ahora estarían a cien kilómetros de nosotros; y en mitad de camino, quedaría el viejo Punk, hinchándose de pescado y café.
Se rieron de imagin√°rselo. Pero al mencionar de pasada, por segunda vez, aquellos cien kil√≥metros, Simpson se percat√≥ de las inmensas proporciones del territorio donde estaban cazando. Cien kil√≥metros eran solamente un paseo; y doscientos, tal vez poco m√°s. A su memoria acud√≠an continuamente relatos sobre cazadores que se hab√≠an extraviado. La pasi√≥n y el misterio de unos hombres perdidos y errabundos, seducidos por la belleza de las grandes selvas, cruzaban por su mente de una forma demasiado v√≠vida para resultar completamente placentera. Se preguntaba si ser√≠a el talante de su compa√Īero lo que provocaba con tanta persistencia estas ideas inquietantes.
-Cantemos una canción, Défago, si no está usted demasiado cansado- rogó-. una de esas viejas canciones de viajeros que cantaba la otra noche.
Le alargó le petaca al guía. Después, se puso a llenar su pipa mientras el canadiense, de buena gana, elevaba su templada voz por el lago en uno de aquellos cantos dolorosos, ante los cuales los madereros y los tramperos detenían sus tareas. Tenía un acento suplicante, algo que evocaba el ambiente de los viejos tiempos de los colonizadores, cuando los indios y la rigurosa naturaleza estaban aliados, cuando las luchas eran frecuentes, y el Viejo Mundo estaba más lejano que hoy. Su voz sonora se extendió placentera por el agua; pero el bosque que había a sus espaldas parecía tragársela, de forma que no producía ecos ni resonancias.
Cuando estaba a mitad de la tercera estrofa, Simpson not√≥ algo raro, algo que removi√≥ en su pensamiento un torrente de reminiscencias lejanas. Se hab√≠a producido un cambio en la voz de D√©fago. Antes incluso de saber lo que era, se sinti√≥ intranquilo, y al levantar los ojos, vio que, aunque segu√≠a cantando, miraba nervioso a su alrededor como si oyera o viera algo. Su voz se debilit√≥, se hizo inaudible, y luego call√≥ del todo. En ese mismo instante, con un movimiento asombrosamente alerta, dio un salto y se puso de pie... olfateando el aire. Como un perro ¬ętoma¬Ľ un rastro con el olfato, as√≠ sorbi√≥ √©l el aire por las ventanas nasales, en cortas y profundas aspiraciones, volvi√©ndose r√°pidamente en todos los sentidos, hasta que ¬ęapunt√≥¬Ľ la nariz a la orilla del lago, hacia el este, y se qued√≥ parado. Fue algo inquietante, y al mismo tiempo singularmente dram√°tico. El coraz√≥n de Simpson lat√≠a con angustia vi√©ndole actuar.
-¬°Hombre, por Dios! ¬°El salto que me ha hecho dar! -exclam√≥, levant√°ndose y poni√©ndose a su lado para escudri√Īar aquel oc√©ano de oscuridad-. ¬ŅQu√© es? ¬ŅAcaso tiene miedo?...
Antes de terminar la pregunta se dio cuenta de que era ociosa. Cualquier persona con un par de ojos en la cara habría visto al canadiense ponerse pálido de terror. Ni siquiera el color moreno de su piel y el resplandor de las llamas lo pudieron ocultar.
El estudiante temblaba, le flaqueaban las rodillas.
-¬ŅQu√© es? -repiti√≥ alarmado- ¬ŅSiente el olor de alg√ļn alce? ¬ŅO... o pasa algo? -acab√≥, bajando la voz instintivamente.
La selva se estrechaba en torno a ellos como una muralla circular. Los troncos de los árboles más cercanos brillaban como bronce a la luz de la hoguera. Más allá, las tinieblas. Y en la lejanía, un silencio de muerte. Justo detrás de ellos, una ráfaga de viento levantó una solitaria hoja de árbol y luego la dejó caer sin mover las demás.
Parecía como si se hubieran combinado un millón de causas invisibles para producir este efecto tan simple. Junto a ellos había palpitado otra vida... y había desaparecido.
Défago se volvió bruscamente. El color lívido de su rostro se había convertido en un gris repugnante.
-Yo no he dicho que he oído... o he olido nada -dijo despacioso y enfático, con voz singularmente alterada-. Sólo quería echar una mirada alrededor... por así decir. Se precipita usted preguntando; por eso se equivoca.
Y a√Īadi√≥, de pronto, en un claro esfuerzo por dar a su voz un tono natural:
-¬ŅTiene cerillas, jefe?
Y procedió a encender la pipa que había llenado a medias, antes de empezar a cantar.
Sin más hablar, se sentaron otra vez junto al fuego. Défago cambió de sitio, de forma que ahora estaba de cara a la dirección del viento. La maniobra era elocuente por sí misma: Défago había cambiado de posición con el fin de oír y oler todo lo que hubiera que oír y oler. Y, puesto que se había colocado de espaldas a los árboles, era evidente que no provenía del bosque lo que había alarmado repentinamente su fina sensibilidad.
-Se me han quitado las ganas de cantar -.explic√≥ espont√°neamente-. Esa clase de canciones me traen recuerdos penosos. No deb√≠a haber empezado. Me hace pensar, ¬Ņsabe?
Se notaba que el hombre luchaba todav√≠a con alguna emoci√≥n que le agitaba profundamente. Quer√≠a justificarse ante los ojos del otro. Pero el pretexto, que por otra parte ten√≠a algo de verdad, era falso; y √©l sab√≠a perfectamente que Simpson no se hab√≠a quedado convencido. Nada podr√≠a explicar el terror l√≠vido que hab√≠a reflejado su semblante mientras estuvo olfateando el aire, y nada -ni el fuego, ni ninguna charla sobre cualquier tema corriente- podr√≠a devolverles la naturalidad anterior. La sombra de desconocido horror que cruz√≥, fugaz, por el semblante del gu√≠a, se hab√≠a comunicado de manera indefinible a su compa√Īero. Los visibles esfuerzos del gu√≠a por disimular la verdad no hicieron sino empeorar las cosas. Adem√°s, para mayor intranquilidad del joven, se sent√≠a incapaz de hacer preguntas y en completa ignorancia de lo que pasaba.
Los indios, los animales salvajes, el incendio... todas estas cosas no tenían nada que ver, lo sabía. Su imaginación se debatía febrilmente, pero en vano...
Sin embargo, no se sabe cómo, cuando ya llevaba largo rato fumando y charlando ante el fuego reavivado, la sombra que tan repentinamente invadiera el pacífico campamento comenzó a disiparse, quizá por los esfuerzos de Défago o por haber retornado a su actitud normal y sosegada; puede también que el mismo Simpson hubiera exagerado la realidad, o tal vez la densa atmósfera de la naturaleza salvaje había conseguido purificarles. Fuera cual fuese la causa, la sensación de horror inmediato pareció desvanecerse tan misteriosamente como había venido, ya que nada ocurrió. Simpson comenzó a pensar que se había dejado llevar por un terror irracional propio de un chiquillo. En parte, lo atribuyó a la exaltación que este escenario inmenso y salvaje comunicaba a su sangre; en parte, al encanto de la soledad, y en parte, también, al tremendo cansancio. En cuanto a la palidez del rostro del guía, era, naturalmente, muchísimo más difícil de explicar, aunque podía deberse, en cierto modo, a un efecto del resplandor del fuego, o a su propia imaginación... Consideró que era mejor ponerlo en duda. Simpson era escocés.
Cuando desaparece una emoci√≥n fuera de lo com√ļn, la raz√≥n encuentra siempre una docena de argumentos para explicarla a posteriori. Encendi√≥ una √ļltima pipa, y trat√≥ de re√≠r. Ser√≠a un buen relato para cuando estuviese en Escocia, de regreso. No se daba cuenta de que aquella risa era se√Īal de que el terror acechaba a√ļn en lo m√°s rec√≥ndito de su alma; de que, en realidad, era uno de los s√≠ntomas m√°s caracter√≠sticos con que un hombre seriamente alarmado trata de persuadirse de que no lo est√°.
En cambio, D√©fago oy√≥ aquella risa y lo mir√≥ con sorpresa. Los dos hombres permanecieron un rato, el uno junto al otro, d√°ndole con el pie a los rescoldos, antes de marcharse a dormir. Eran las diez, hora bastante avanzada para que los cazadores est√©n despiertos a√ļn.
-¬ŅEn qu√© piensa usted? -pregunt√≥ D√©fago en tono corriente, aunque con gravedad.
-En este momento estaba pensando en... en los bosques de juguete que tenemos all√≠ - balbuce√≥ Simpson, sobresaltado por la pregunta, pero expresando lo que realmente dominaba su pensamiento- y los comparaba con todo esto -a√Īadi√≥, haciendo un gesto amplio con la mano para indicar la vasta espesura.
Hubo una pausa. Ninguno de los dos parecía querer decir nada.
-De todos modos, yo que usted no me reiría -exclamó Défago, mirando las sombras por encima del hombro de Simpson-. Hay lugares ahí dentro que nadie ha visto jamás...
Nadie sabe lo que se oculta ahí.
El tono del guía sugería algo inmenso y terrible
-¬ŅTan grande es?
Défago asintió. La expresión de su rostro era sombría. También él se sentía intranquilo.
El joven comprendi√≥ que en un territorio de aquellas dimensiones muy bien pod√≠a haber profundidades de bosque jam√°s conocidas ni holladas en toda la historia de la tierra. El pensamiento no era precisamente tranquilizador. En voz alta, y tratando de manifestar alegr√≠a, dijo que ya era hora de irse a dormir. Pero el gu√≠a remoloneaba, trasteaba en el fuego, ordenaba las piedras innecesariamente, y segu√≠a haciendo una porci√≥n de cosas que, en realidad, no hac√≠an falta alguna. Evidentemente, hab√≠a algo que ten√≠a ganas de decir, aunque le resultaba muy dif√≠cil ¬ęempezar¬Ľ.
-Oiga, Simpson -exclam√≥ de pronto, cuando las √ļltimas chispas se perdieron, por fin, en el aire-, ¬Ņno nota usted... no nota nada en el olor... nada de particular, quiero decir?
Simpson se dio cuenta de que la pregunta, normal y corriente en apariencia, encerraba una sombra de amenaza. Sintió un escalofrío.
-Nada, aparte el olor a le√Īa quemada -contest√≥ con firmeza, d√°ndole con el pie a los rescoldos. Incluso el ruido de su propio pie le asust√≥.
-Y en toda la tarde, ¬Ņno ha notado ning√ļn... ning√ļn olor? -insisti√≥ el gu√≠a, mir√°ndole por encima del resplandor-. ¬ŅNada extraordinario y distinto de cualquier otro olor que haya olido antes?
-No; desde luego que no -replicó agresivamente, casi con mal humor.
El rostro de Défago se aclaró.
-¡Eso está bien! -exclamó con evidente alivio-. Me gusta oír eso.
-¬ŅY usted? -pregunt√≥ Simpson con viveza, y en el mismo instante, se arrepinti√≥ de haberlo hecho.
El canadiense se le acercó en la oscuridad. Sacudió la cabeza.
-Creo que no -dijo, sin demasiada convicción-. Debe de haber sido la canción esa.
Suelen cantarla en los campamentos de madereros y en sitios abandonados de la mano de Dios, como éste, cuando están asustados porque oyen al Wendigo andar por ahí cerca.
-¬ŅY qu√© es el Wendigo, si se puede saber? -pregunt√≥ Simpson, contrariado por la imposibilidad de reprimir otro escalofr√≠o. Sab√≠a que se encontraba muy cerca del terror de aquel hombre, y de su causa. No obstante, una imperiosa curiosidad venci√≥ su buen sentido y su temor.
D√©fago se volvi√≥ r√°pidamente y le mir√≥ como si estuviera a punto de gritar. Sus ojos refulg√≠an, ten√≠a la boca completamente abierta. No obstante, lo √ļnico que dijo -o m√°s bien que susurr√≥, porque su voz son√≥ muy baja-, fue:
-No es nada... nada. Algo que dicen esos tipos piojosos cuando se han soplado una botella de m√°s... Una especie de animal que vive por all√° -sacudi√≥ la cabeza hacia el norte-, veloz como un rel√°mpago, y no muy agradable de ver, seg√ļn se cree... ¬°Eso es todo!
-Una superstición de los bosques -comenzó Simpson, mientras se dirigía a la tienda apresuradamente con el fin de sacudirse la mano del guía, que se le aferraba al brazo-
¬°Vamos, vamos de prisa, por Dios, y tr√°igame esa l√°mpara! ¬°Deber√≠amos estar durmiendo ya, si tenemos que levantarnos ma√Īana al amanecer!
El guía iba pisándole los talones.
-Ya voy, ya voy -dijo.
Despu√©s de una peque√Īa dilaci√≥n, apareci√≥ con la l√°mpara y la colg√≥ en una clavo del palo plantado delante de la tienda. Las sombras de un centenar de √°rboles se movieron inquietas y r√°pidas al cambiar la luz de posici√≥n. Tropez√≥ con la cuerda al entrar, y la tienda entera tembl√≥ como agitada por una s√ļbita r√°faga de viento.
Los dos hombres se echaron, sin desvestirse, en sus techos de ramas de b√°lsamo. En el interior se estaba caliente y c√≥modo. Afuera, en cambio, un mundo formado por m√ļltiples √°rboles se espesaba a su alrededor, fundiendo sus sombras milenarias y ahogando la peque√Īa tienda que se alzaba como una concha blanca y diminuta frente al oc√©ano tremendo de la selva.
Entre las dos figuras solitarias de su interior se condensaba tambi√©n, otra sombra que no era de la noche. Era la Sombra que proyectaba el extra√Īo Temor, a√ļn no conjurado del todo, que se hab√≠a introducido en el esp√≠ritu de D√©fago a mitad de su canci√≥n. Y Simpson, que vigilaba la oscuridad a trav√©s de la peque√Īa abertura de la tienda, dispuesto ya a sumergirse en el fragante abismo del sue√Īo, sinti√≥ aquella quietud profunda y √ļnica del bosque primitivo, en la que nada se mov√≠a... y en la cual la noche adquir√≠a una corporeidad y un espesor que se filtraba en el esp√≠ritu y lo invad√≠a de tinieblas... Despu√©s, el sue√Īo se apoder√≥ de √©l.