1 - I




Aquel a√Īo se organizaron numerosas partidas de caza, pero apenas si se lleg√≥ a descubrir rastro alguno; los alces parec√≠an excepcionalmente t√≠midos aquella temporada y los chasqueados Nemrods regresaron al seno de sus respectivas familias formulando las mejores excusas que se les ocurrieron. El doctor Cathcart, como otros muchos, regres√≥ sin un solo trofeo. Pero trajo, en cambio, el recuerdo de una experiencia que, seg√ļn confiesa, vale por todos los alces cazados en su vida. Y es que Cathcart, de Aberdeen, aparte de los alces, estaba interesado en otras cosas; entre ellas, en las extravagancias de la mente humana. Sin embargo, esta singular historia no figura en su libro La Alucinaci√≥n colectiva por la sencilla raz√≥n de que (as√≠ lo confes√≥ una vez a un colega suyo) vivi√≥ los hechos demasiado de cerca para poder opinar con entera objetividad...
Adem√°s de √©l y de su gu√≠a Hank Davis, iban el joven Simpson, su sobrino, que era estudiante de teolog√≠a y visitaba por primera vez los apartados bosques del Canad√°, y el gu√≠a de √©ste, D√©fago. Joseph D√©fago era un franco-canadiense que hab√≠a huido de su originaria provincia de Quebec a√Īos antes, y hab√≠a conseguido trabajo en Rat Portage, cuando el Canadian Pacific Railway estaba en construcci√≥n. Era un hombre que, adem√°s de sus incomparables conocimientos sobre bosques y monte bajo, sab√≠a cantar viejas canciones de viajeros y narrar emocionantes historias de caza. Por otra parte, era profundamente sensible al encanto singular que posee la naturaleza salvaje y solitaria de ciertos parajes, y sent√≠a por esa soledad una especie de pasi√≥n rom√°ntica que rayaba en lo obsesivo. La vida de los bosques le fascinaba. De ah√≠, sin duda, la certera perspicacia con que era capaz de desentra√Īar sus misterios.
Fue Hank quien lo escogi√≥ para esta expedici√≥n. Hank lo conoc√≠a ya, y ten√≠a plena confianza en √©l. Y √©l le correspond√≠a del mismo modo, ¬ęcomo buen compadre¬Ľ. Ten√≠a un vocabulario salpicado de juramentos pintorescos, aunque totalmente carentes de significado, y la conversaci√≥n entre los dos fornidos cazadores a menudo sub√≠a de tono.
Hank trataba de paliar esta riada de exabruptos por respeto a su viejo ¬ępatr√≥n de caza¬Ľ, el doctor Cathcart -a quien llamaba ¬ęDoc¬Ľ, seg√ļn costumbre del pa√≠s-, y tambi√©n porque sab√≠a que el joven Simpson era ya ¬ę medio cura¬Ľ. Con todo, D√©fago ten√≠a un defecto y solo uno, a juicio suyo, y era que, como franco-canadiense, daba muestras de lo que Hank defin√≠a como ¬ęun maldito car√°cter¬Ľ; esto significaba, al parecer, que a veces se comportaba como genuino tipo latino y ten√≠a arrebatos de sordo mal humor en los que nadie en el mundo era capaz de sacarle una palabra. Hay que decir que D√©fago era imaginativo y melanc√≥lico, y por lo general, las estancias demasiado largas en la ¬ęcivilizaci√≥n¬Ľ parec√≠an originarle esos accesos, ya que le bastaban unos pocos d√≠as en despoblado para curarse por completo.
Estos eran, pues, los cuatro expedicionarios que se encontraban en el campamento durante la √ļltima semana del mes de octubre de aquel ¬ęa√Īo de alces t√≠midos¬Ľ, en la regi√≥n de selv√°tica espesura que se extiende, abandonada y solitaria, al norte de Rat Portage. Tambi√©n estaba Punk, un cocinero indio que siempre hab√≠a acompa√Īado al doctor Cathcart y a Hank en sus cacer√≠as de a√Īos anteriores. Su trabajo consist√≠a √ļnicamente en permanecer en el campamento, pescar y preparar las tajadas de carne de venado y el caf√©. Iba vestido con las ropas usadas que le daban sus amos y, aparte su cabello negro y espeso y su tez oscura, con aquella indumentaria de ciudad se parec√≠a tanto a un piel roja como un blanco disfrazado de negro a un africano aut√©ntico. A pesar de eso, Punk pose√≠a a√ļn los instintos de su raza moribunda: su silencio reservado y su gran resistencia. Y tambi√©n sus supersticiones.
El grupo, sentado alrededor del fuego, se sent√≠a desanimado aquella noche porque hab√≠a pasado una semana sin descubrir un solo rastro de alce. D√©fago hab√≠a cantado su canci√≥n y hab√≠a comenzado uno de sus relatos. Pero Hank, de mal humor, le recordaba tan a menudo que ¬ęlo est√°s contando mal, no fue as√≠¬Ľ, que el ¬ęfranc√©s¬Ľ se hundi√≥ finalmente en un hosco silencio del que nada probablemente podr√≠a sacarle ya.
El doctor Cathcart y su sobrino estaban cansados, después del día agotador. Punk estuvo fregando los platos y rezongando para sus adentros bajo el sombrajo de ramas, donde más tarde acabó por dormirse. Nadie se molestaba en reavivar el fuego que lentamente se consumía. Allá arriba, las estrellas brillaban en un cielo completamente invernal; y hacía tan poco viento, que comenzaban ya, solapadamente, a helarse las orillas del lago que se extendía a sus espaldas. El silencio de la inmensidad del bosque se desplegaba en torno para envolverlos.
De pronto, lo quebró inesperadamente la voz nasal de Hank:
-Deberíamos intentarlo por otra zona, Doc -exclamó con energía mirando a su patrón-.
Por aquí ya se ve que no tenemos maldita la suerte.
-Vale -dijo Cathcart, que era hombre de pocas palabras-. Buena idea.
-Claro que es buena -continu√≥ Hank con confianza-. ¬ŅQu√© tal si, para variar, di√©semos una batida hacia el oeste, por el camino de Garden Lake? A√ļn no hemos explorado esa zona solitaria.
-De acuerdo.
-Y t√ļ, D√©fago, te llevas al se√Īorito Simpson en la canoa, cruzas el remanso, pasas el Lago de las Cincuenta Islas, y haces un buen ojeo por la orilla sur. El a√Īo pasado estaba aquello lleno de alces, y por lo que llevamos visto hasta ahora, puede que tambi√©n lo est√© ahora, nada m√°s que para fastidiarnos.
D√©fago, con los ojos clavados en el fuego, no dijo nada. Probablemente estaba ofendido a√ļn por la interrupci√≥n de su relato.
-Por esa parte no se ha visto ning√ļn alce este a√Īo, ¬°me apuesto mi √ļltimo d√≥lar! -a√Īadi√≥ Hank con √©nfasis. Miraba a su patr√≥n con astucia-. Mejor ser√≠a recoger la tienda y alejarnos un par de noches -concluy√≥, como si el asunto estuviera definitivamente decidido.
A Hank se le reconocía una gran competencia para organizar cacerías, y era el encargado de esta expedición.
Para todo el mundo estaba claro que Défago no aprobaba el plan, pero su silencio parecía dar a entender algo más que una simple desaprobación. Por su sensitivo rostro atezado cruzó una curiosa expresión, como un fugaz resplandor de llamas, que no pasó desapercibido para los tres hombres que estaban allí.
-Me parece que tiene miedo por alguna razón -comentaría Simpson más tarde, una vez solos su tío y él en la tienda que compartían. El doctor Cathcart no replicó inmediatamente, aunque pareció interesarse y tomar nota mentalmente de la observación. La expresión de Défago le había causado una pasajera inquietud, sin motivo aparente a la sazón.
Pero Hank, como era natural, fue el primero en observarla; y lo extra√Īo fue que, en lugar de irritarse o ponerse furioso por la falta de inter√©s del otro, comenzara inmediatamente a gastarle bromas.
-Me parece a m√≠ que no hay ninguna raz√≥n especial para que vayamos all√≠ este a√Īo - dijo, con cierta iron√≠a en el tono-; ¬°al menos, no la raz√≥n que quieres dar a entender! El a√Īo pasado fue el incendio lo que contuvo a la gente. Este a√Īo me parece que... que la gente ya no quiere ir. ¬°Eso es todo! -su actitud trataba de ser alentadora.
Joseph Défago alzó los ojos un momento, y luego los bajó otra vez. Una ráfaga de viento se deslizó por el bosque avivando los rescoldos y levantando llamas pasajeras. El doctor Cathcart observó nuevamente el semblante del guía, y tampoco esta vez le agradó su expresión. Le traicionaba su mirada. Por un instante, vio en aquellos ojos el destello de un hombre verdaderamente asustado. Esto le inquietó más de lo que le habría gustado admitir.
-¬ŅHay indios peligrosos en esa direcci√≥n? -pregunt√≥ con una sonrisa conciliadora, en tanto que Simpson, demasiado so√Īoliento para percatarse de estas sutilezas, se marchaba a la cama con un prodigioso bostezo- ¬Ņo... o pasa algo? -a√Īadi√≥, cuando su sobrino ya no pod√≠a o√≠rle.
Hank le miró con menos franqueza que de costumbre.
-Est√° asustado -exclam√≥, fingiendo buen humor-. est√° asustado por alg√ļn cuento de hadas que le han contado. Eso es todo, ¬Ņeh, viejo? -y le dio amistosamente en el pie que ten√≠a m√°s cercano al fuego.
D√©fago alz√≥ los ojos con rapidez, como si le hubieran interrumpido alg√ļn sue√Īo, de un sue√Īo que, sin embargo, no le hab√≠a abstra√≠do de todo lo que pasaba a su alrededor.
-¬ŅAsustado...? ¬°Ni hablar! -contest√≥ con desafiadora animaci√≥n-. No hay nada en el bosque que pueda asustar a Joseph D√©fago, ¬°que no se te olvide! -y la natural energ√≠a con que habl√≥, hizo imposible saber si contar√≠a toda la verdad, o s√≥lo una parte.
Hank se volvi√≥ hacia el doctor. Iba a a√Īadir algo, cuando se detuvo bruscamente y mir√≥ en torno. Justo detr√°s de ellos, en la oscuridad, hab√≠a sonado un ruido que les hizo estremecer a los tres. Era el viejo Punk, que hab√≠a abandonado su yacija mientras hablaban y ahora estaba de pie, un poco m√°s all√° del c√≠rculo de luz, escuchando lo que dec√≠an.
-Ahora no, Doc -susurr√≥ Hank haciendo un gui√Īo- ; m√°s adelante, cuando no haya moros en la costa.
Y poniéndose en pie de un salto, le dio al indio una manotada en la espalda y exclamó sonoramente:
-¬°Ac√©rcate al fuego y calienta un poco esa sucia piel colorada que tienes! -lo arrastr√≥ hacia el fuego y ech√≥ m√°s le√Īa-. Ha sido muy buena la comida que nos has preparado antes -continu√≥ cordialmente, como si quisiera encauzar los pensamientos del hombre por otros derroteros- y no ser√≠a de cristianos dejarte ah√≠, de pie, enfri√°ndote el pellejo, mientras nosotros estamos aqu√≠ bien calentitos.
Punk avanzó, y se calentó los pies, sonriendo ante la verbosidad del otro, que comprendía sólo a medias, pero no dijo nada. El doctor Cathcart, viendo que era imposible proseguir la conversación, siguió el ejemplo de su sobrino y se metió en la tienda, dejando a los tres hombres que siguieran fumando alrededor de las renovadas llamas del fuego.
No es f√°cil desnudarse en una tienda peque√Īa sin despertar al compa√Īero, y Cathcart, hombre duro y de sangre ardorosa a pesar de sus cincuenta a√Īos, hizo al raso lo que Hank habr√≠a descrito como ¬ęuna temeridad¬Ľ. Mientras se desnudaba observ√≥ que Punk hab√≠a regresado a su yacija, y que Hank y D√©fago segu√≠an charlando junto al fuego. Era la t√≠pica escena convencional del Oeste: el fuego de campamento iluminaba sus rostros con luces y sombras. D√©fago, con el sombrero echado y los mocasines, parec√≠a representar el papel de malvado; Hank, con el rostro despejado y sin sombrero, encogi√©ndose de hombros con indiferencia, pod√≠a ser el h√©roe justo y desenga√Īado; y el viejo Punk, escuchando oculto en la oscuridad, proporcionaba la atm√≥sfera de misterio.
El doctor sonri√≥ al darse cuenta de los detalles. Pero al mismo tiempo sinti√≥ en su interior como si algo muy hondo -no sab√≠a qu√©- le oprimiera un poco, como si un soplo casi imperceptible de advertencia hubiera rozado la superficie de su alma, desapareciendo antes de poderlo captar. Probablemente se deb√≠a a la ¬ęexpresi√≥n asustada¬Ľ que hab√≠a observado en los ojos de D√©fago. ¬ęProbablemente¬Ľ... porque de no ser a esto, no sab√≠a a qu√© atribuir esta sombra de emoci√≥n fugitiva que escapaba a su fina capacidad de an√°lisis. Le dio la impresi√≥n de que acaso hubiera problemas con D√©fago. No le parec√≠a un gu√≠a tan seguro como Hank, por ejemplo... aunque no sab√≠a exactamente por qu√©.
Antes de zambullirse en la tienda donde Simpson dorm√≠a ya ruidosamente, observ√≥ un poco m√°s a los dos hombres. Hank juraba como un africano loco en una sala de fiestas; pero sus juramentos eran de ¬ęafecto¬Ľ. Los pintorescos denuestos brotaban libremente, ahora que dorm√≠a la causa de sus anteriores represiones. Luego pas√≥ el brazo cari√Īosamente por encima del hombro de su camarada y se marcharon juntos hacia las sombras donde ten√≠an la tienda. Punk sigui√≥ su ejemplo tambi√©n, un momento despu√©s, y desapareci√≥ entre sus malolientes mantas, en el otro extremo del claro.
El doctor Cathcart se retir√≥ a su vez. La fatiga y el sue√Īo luchaban en su mente contra una oscura curiosidad por averiguar qu√© hab√≠a al otro lado de las Cincuenta Islas, que tanto parec√≠a atemorizar a D√©fago... Se preguntaba tambi√©n por qu√© la presencia de Punk impidi√≥ a Hank terminar lo que hab√≠a empezado a decir. Despu√©s, el sue√Īo le venci√≥. Ma√Īana lo sabr√≠a. Se lo contar√≠a Hank mientras caminaran en pos de los alces huidizos.
Un profundo silencio descendi√≥ sobre el peque√Īo campamento, tan atrevidamente instalado ante las mismas fauces de la selva. El lago brillaba como una l√°mina de cristal negro bajo las estrellas. Picaba el aire fr√≠o. En las brisas nocturnas que surg√≠an silenciosas de las profundidades del bosque, con mensajes de lejanas cordilleras y de lagos que comenzaban a helar, flotaban ya unos perfumes fr√≠os y desmayados que anunciaban la llegada del invierno. El hombre blanco, con su olfato embotado, jam√°s habr√≠a podido adivinarlos; la fragancia del fuego de le√Īa le habr√≠a ocultado, en un centenar de millas a la redonda, la viveza de ese olor a musgo, a corteza de √°rbol y a marisma seca. Incluso Hank y D√©fago, ligados √≠ntimamente al esp√≠ritu de los bosques, habr√≠an olfateado en vano...
Pero una hora m√°s tarde, cuando todos estuvieron dormidos como troncos, el viejo Punk sali√≥ a gatas de entre sus mantas y se escurri√≥ como una sombra hasta la orilla del lago, en silencio, como √ļnicamente un indio sabe moverse. Despu√©s levant√≥ la cabeza y mir√≥ a su alrededor. La espesa negrura hac√≠a casi imposible toda visibilidad; pero, como los animales, pose√≠a √©l otros sentidos que la oscuridad no era capaz de anular. Escuch√≥, y luego olfate√≥ el aire. Se qued√≥ quieto, inm√≥vil como un arbusto. Al cabo de unos cinco minutos, estir√≥ de nuevo la cabeza y olfate√≥ el aire una y otra vez. Un prodigioso hormigueo de nervios le corri√≥ por el cuerpo al oler el aire penetrante. Luego, se sumergi√≥ en la negrura como s√≥lo hacen los animales y los hombres salvajes, y regres√≥ finalmente, desliz√°ndose bajo el ramaje, hasta su lecho.
Poco despu√©s de dormirse, el cambio de viento que hab√≠a presentido agitaba blandamente el reflejo de las estrellas en el lago. Proced√≠a de las lejanas monta√Īas de la regi√≥n situada al otro lado del Lago de las Cincuenta Islas, ven√≠a en la direcci√≥n que hab√≠a observado √©l, pasaba por encima del campamento dormido y cruzaba, como un murmullo apagado y suspirante, apenas perceptible, por entre las copas de los √°rboles inmensos. Con √©l, por los desiertos senderos de la noche, aunque demasiado tenue a√ļn para los agudos sentidos del indio, cruz√≥ un olor liger√≠simo, muy particular y extra√Īamente inquietante; un olor de algo raro... absolutamente desconocido.
El franco-canadiense y el hombre de sangre india se agitaron intranquilos en su sue√Īo, aunque ninguno de los dos se despert√≥. Luego, el espectro de aquel olor innominado se alej√≥ para perderse entre las regiones remotas del bosque deshabitado.